Reconciliados con el Padre y la Iglesia

Mitxel OlabuénagaEspiritualidadLeave a Comment

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asd«Si reconocemos nuestros pe­cados, Dios, que es fiel y justo, perdona nuestros pe­cados y, además, nos limpia de toda injusticia».

(I Jai 1,9).

«Nos acercamos frecuente­mente al Sacramento de la Penitencia a fin de poder con­seguir la conversión conti­nua y la sinceridad de la vo­cación». (C 45,2).

Aunque llamados a una comunidad santa, escogida por Dios, no siempre somos fieles a la gracia recibida; con frecuencia pecamos apartándonos del amor que el Señor nos tiene. Necesitamos, por consiguiente, que ven­ga sobre nosotros la remisión de los pecados, origen de divisiones y faltas de amor.

  1. «La Iglesia es en sus miembros defectible y está necesitada de conversión».

La conversión afecta tanto a la comunidad como a cada uno de sus miembros. Así como la Iglesia no cesa de meditar en su propio misterio y confiesa el pecado de sus hijos, también la Comunidad vicenciana no ha de terminar nunca de examinar su propia condición, tan necesitada de conversión. A ello nos invitan las reflexio­nes de los últimos Pontífices sobre la Iglesia:

«La Iglesia, meditando con más profundidad en su misterio, ha examinado su naturaleza en toda su dimen­sión, y ha escrutado sus elementos humanos y divinos, visibles e invisibles, temporales y eternos. Profundizan­do, ante todo, en el lazo que la une a Cristo y a su obra salvadora, ha subrayado especialmente que todos sus miembros están llamados a participar en la obra de Cris­to y, consiguientemente, a participar en su expiación; además, ha tomado conciencia más clara de que, aun siendo por vocación divina santa e irrepensible, es en sus miembros defectible y está continuamente necesita­da de conversión y renovación, renovación que debe llevarse a cabo no sólo interiormente e individualmente, vino externa y socialmente». (Pablo VI, Const. Apostó­lica Poenitemini, 17-2-1966).

  1. «El don de la metanoia adquiere nuevo vigor por medio del Sacramento de la Penitencia».

La necesidad que tenemos de la penitencia, como cualquier fiel cristiano, y las ventajas espirituales que nos trae el Sacramento de la Reconciliación, están bien explicitadas en la Constitución Apostólica sobre la re-‘orina de la Penitencia:

«Estando la Iglesia íntimamente unida a Cristo, la penitencia de cada cristiano tiene también una propia

íntima relación con toda la comunidad eclesial, pues no sólo en el seno de la Iglesia, en el bautismo, recibe el don de la metanoia, sino que este don se restaura y adquiere nuevo vigor por medio del Sacramento de la Penitencia, en aquellos miembros del Cuerpo de Cristo que han caído en pecado. Quienes se acercan al Sacra­mento de la Penitencia reciben por misericordia de Dios al perdón de las ofensas que a El se le han infligido y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que han producido una herida con el pecado, y la cual coopera a su conversión con la caridad, con el ejemplo y con la oración. Finalmente, también en la Iglesia por el pequeño acto penitencial impuesto a cada uno en el Sacramento se hace partícipe de forma especial de la infinita expiación de Cristo, al paso que, por una disposición general de la Iglesia, el penitente puede íntimamente unir a la satisfacción sacramental todas sus demás acciones, padecimientos y sufrimientos». (Pablo VI, Constitución Apostólica Poenitemini, 17-2-1966).

  1. «La lógica interna de este gran Sacramento».

Más en particular, a los sacerdotes se les recomienda la asidua y consciente práctica personal del Sacramento de la Penitencia:

«Toda la existencia sacerdotal sufre un inevitable decaimiento, si le falta, por negligencia o cualquier otro motivo el recurso periódico e inspirado en una auténti­ca fe y devoción al Sacramento de la Penitencia. En un sacerdote que no se confesase o se confesase mal, su ser como sacerdote y su ministerio se resentirían muy pronto, y se daría cuenta también la comunidad de la que es pastor. Nosotros sacerdotes, basándonos en nues­tra experiencia personal, podemos decir con toda razón que, en la medida en que recurrimos atentamente al Sacramento de la Penitencia y nos acercamos al mismo con frecuencia y con buenas disposiciones, cumplimos mejor nuestro ministerio de confesores y aseguramos el beneficio del mismo a los penitentes. En cambio, este ministerio perdería mucho de su eficacia, si de algún modo dejáramos de ser buenos penitentes. Tal es la ló­gica interna de este sacramento. El nos invita a todos nosotros, sacerdotes de Cristo, a una renovada atención en nuestra confesión personal». (RP 31, VI).

  • ¿Me he detenido a pensar en las consecuencias sociales de mi pecado, conocido u oculto a los ojos de los hombres, pero manifiesto siempre a la mirada de Dios?
  • ¿Con qué frecuencia y disposiciones me acerco a recibir el Sacramento de la Penitencia?
  • Si soy sacerdote, ¿me presto fácilmente a escu­char a los penitentes en confesión?

ORACIÓN:

«Señor Jesucristo, cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, por la gracia del Espíritu Santo reconcíliame con tu Padre; lava con tu sangre todas mis culpas, y haz de mí un hombre nuevo para alabanza de su gloria». (Ritual del Sacramento de la Penitencia, oración del peni­tente).

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