Presencia entre los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoTestigos vicencianosLeave a Comment

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Autor: María Milagros Cantón, H.C. · Fuente: Caminos de Misión.
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pobre-pedro2El 3 de diciembre de 1983, día de san Francisco Javier, marcó un antes y un después en mi vida de Hija de la Caridad. Ese día, la República Dominicana me acogió con cariño y, desde entonces, puedo decir que he sido y soy muy feliz. Estoy viviendo entre los pobres, y en ellos se me permite vivir la presencia y las llamadas de Dios. La misión está siendo para mí encontrarme con Dios en los pobres.

La primera experiencia que tuve fue la de compartir. Este verbo tiene mucha importancia en la cultura donde estoy; me sitúa al mismo nivel y mi actitud no es la de enseñar ni convencer. Me abro y pongo a su disposición lo que Dios me ha dado. La segunda, la gracia de ver y oír, de tener sensibilidad para percibir a Dios y su acción liberadora, actuando entre los pobres, allí donde parece más dificil, en personas descalificadas y excluidas por su pobreza, por su pecado, por su religión, por su piel…

Precisamente, donde es más difícil por la aparente ausencia de Dios, por la trivialidad de la vida, por la falta de horizonte o la dureza del sufrimiento; precisamente allí es más necesaria la capacidad de ver y oír. Si no vemos y oímos a Dios salvando nuestra realidad, ¿cómo podremos anunciar la Buena Noticia del Evangelio, precisamente donde es más necesario anunciarla?

Junto a los pobres he aprendido a tener horizontes más amplios, a reconocer que toda cultura tiene sus valores y contravalores. A descubrir que siempre hay espacios que evangelizar. He aprendido que hay formas diferentes de pensar, de vivir, de relacionarse, de organizarse, que no son ni mejores ni peores, sino diferentes. He aprendido a no absolutizar. En definitiva, he aprendido que en todas las culturas están las «Semillas del Verbo».

Al integrarme en esta nueva realidad descubrí la importancia de escuchar y acoger.

No era conveniente llevar todo hecho; los proyectos, los planes, las catequesis … desde fuera. Es necesario conocer su modo de vivir, su pensamiento, sus sentimientos; ver en qué sueñan, qué necesitan. La cercanía, el ser asequible, el escuchar, «perder el tiempo» con ellos, es la llave para entrar en el mundo de los más vulnerables, aquellos a quien nadie escucha y que a nadie interesa en este mundo globalizado.

Hay que poner a Dios en el centro, como protagonista, el Dios que acompaña y sostiene a los excluidos. El Dios que toma partido por el que es abandonado por todos a su suerte. Ese Dios que saca de la basura al Pobre y lo sienta en el banquete de la vida.

Por eso, mi presencia y mi servicio tiene que ser signo de ese amor preferencial que Dios tiene por ellos. Ojalá que la espiritualidad misionera participe de la espiritualidad de San Juan Bautista: «Que Él crezca y que yo disminuya». Es necesario que ellos crezcan y sean. Lo nuestro es posibilitar, favorecer… el resto pertenece a Dios
Desde esta perspectiva, he descubierto que la virtud esencial en la Misión es la Humildad. Lo propio de una persona humilde es que su presencia posibilite la existencia de los demás, sin que nadie se dé cuenta. Es una forma de transparentar a ese Dios que se abajó hasta nosotros. Ese Dios que nos crea y se retira para dejaros ser.

Los pobres también me han enseñado a tener paciencia, a saber esperar: ellos tienen muchas dificultades, todo se les junta, viven desprovistos, a la intemperie, no tienen seguridades; pero acogen lo que les acontece con paz, sin desesperarse. Expresiones como «no se apure», «cójalo suave», «no le dé mente» … son corrientes. Es increíble su capacidad de esperar y confiar en que algo se podrá lograr, aunque no sea lo que más necesitan. A veces quiero que las cosas se me resuelvan rápido, que todo salga como pienso o planifico; Si no es así, me incomodo, me altero, me pongo de mal genio. Ellos no, se toman las situaciones con calma, con serenidad, Nosotros, desde nuestra forma de ser, lo interpretamos como pasividad y decimos que están aplatanados. No es correcto, creo que es una actitud muy sana para enfrentar las continuas frustraciones a las que se ven expuestos; de lo contrario se volverían locos. Viven lo imprevisto con naturalidad y saben aplazar. Viven la provisionalidad del día a día, incluso con un alto índice de humor; a todo le sacan chispa.

También tienen un sentido profundo de la solidaridad y del compartir: El pobre experimenta la carencia, no tiene lo que necesita; por eso, cuando el otro sufre o no puede solucionar algo concreto, es muy sensible con su vecino y se mete en su pellejo, y se pone en su lugar, porque lo mismo le puede suceder a éL Es sorprendente cómo comparten desde su pobreza. Lo mismo se hace una colecta en la escuela para que se pueda operar a un niño, como se recolecta en todo el pueblo para comprar la caja para un difunto. Son solidarios en el dolor. Ellos dejan todo y se van a acompañar a la familia que está sufriendo, porque tiene un difunto. En torno a la muerte hay una serie de costumbres que reflejan esa profunda solidaridad. «Hoy por ti, mañana por mí»

Vas a su casa y te ofrecen lo mejor, aunque se queden ellos sin comer. Sabes que pasan hambre y, sin embargo, te llevan frutas, huevos, todo lo que tienen. Y tienes que aceptarlo.

Para ellos tienen importancia capital las relaciones y el trato. La amistad es amiga de los pobres. Los pobres no sólo se benefician de mi servicio, sino que son mis amigos. Valoran muchísimo el que estemos con ellos, el que les dediquemos tiempo, el que vayamos a su casa, el que entremos en su mundo. Acercarse a su realidad es la manera de reconocer su dignidad y de sacarlos del anonimato. De esa manera, se sienten reconocidos por alguien que los toma en cuenta.

En estas relaciones se da lo mejor de cada uno. Son experiencias de Dios, puesto que se aprende a recibir de los pobres. Ir a ellos y estar con ellos, no como quien da, sabe, tiene, vale y puede. Porque en nuestra mentalidad el pobre se define por la negación: No sabe, no tiene, no puede; y, por tanto, no es.

Pues he de decir que he descubierto, confirmado y reconocido que el pobre tiene una sabiduría especial de la vida, aunque no tenga demasiada teoría. El pobre es rico en valores humanos: Es sensible para con los demás. Tiene tal sentido para cuestionar nuestros sistemas y nuestras decisiones, que no nos deja tranquilos. Con su pobreza nos habla de que algo no marcha bien en el mundo. Cuando los pobres aumentan y aumentan es señal de que el carro donde vamos montados no es el ideal. Que el mundo del bienestar, derecho de todo hombre y mujer a vivir con dignidad, sólo ha llegado a unos pocos, y son muchísimos los excluidos de él.

No sé si atreverme a decir que «sólo los pobres salvarán a los pobres». Tal vez porque son los que más experimentan la cercanía de Dios. Y Dios es para ellos aquel que no les abandona.»EI que se agarra a Dios no se cae». Aunque no se sienten reconocidos por la sociedad, sienten que hay Alguien, con mayúscula, que está con ellos. Por eso viven a Dios desde lo que les acontece y les rodea. Desde su pobreza, el pobre ofrece lo mejor de sí, su persona. En su generosidad, no cuentan ni calculan. Por eso es importante aceptar lo que nos dan; de lo contrario se sienten rechazados, creen que lo de ellos no vale.

Hay experiencias personales tan profundas, que nunca se olvidan. Cuando murió mi hermano, los pobres me expresaron de mil maneras sus condolencias: «No está sola, nosotros somos su fa­milia», —me decían para consolarme—. Qué lección me dieron en esos momentos. De ellos recibí el consuelo, la compañía y el experimentar que de verdad son mi familia.

Por eso, estoy abligada a reconocer en ellos, lo primero de todo, su dignidad. A verles como sujetos de su propia promoción. ¡Son muy vulnerables! Sí hay que vivir con ellos los procesos de discernimiento, pero es necesario creer en su capacidad para que ellos se den cuenta de que realmente participan en su propio crecimiento.
No podemos mantenerlos en meros ejecutores de lo que nosotros pensamos y decidimos.

Podemos, sin damos cuenta, humillar y machacar a los pobres con nuestras maneras de trabajar autoritarias, sin contar con ellos para nada. De ahí nace la pasividad que tantas veces criticamos, a pesar de que somos nosotros quienes mantenemos perpetuamente su dependencia.

El pobre tiene un gran sentido de lo celebrativo, de la fiesta, es como una disposición para gozar y disfrutar de lo poco que tiene. Como lo más grande es la vida, entonces cualquier logro, cualquier hecho, cualquier acontecimiento es motivo para una celebración. Las fiestas se organizan con rapidez entre todos. Este sentido festivo está presente en la política, en la escuela, en la familia … Se desbordan, todo se comparte y cada uno lleva a su casa para los suyos. El tiempo no cuenta.

Y saben integrar su fe en su vida: El pobre vive a Dios desde lo que le sucede. Tiene una sabiduría especial para acoger e interpretar la Palabra y unida a sus situaciones vitales de alegría, de tristeza, de dolor, de justicia, de injusticia … Hace sus aplicaciones e ilumina su quehacer diario con la Palabra de Dios. Es muy participativo y en las Comunidades expresa con normalidad lo que esa Palabra le deja para su vida.

Sabe que Dios es el Dios de la historia y que en ella, no en otra, crece su Reino. Por eso, todo el que trabaja por la vida en plenitud, contra todas las fuerzas que quieren quitarla, está sintiendo pasar por el centro de su persona al Dios de la vida.

«Para que nuestra casa común sea un continente de la esperanza, del amor, de la vida y de la paz, hay que ir como buenos samaritanos, al encuentro de las necesidades de los pobres y de los que sufren y crear las estructuras justas que son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad …» (Benedicto XVI en Aparecida).

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