Introducción
La manera de utilizar en la Compañía lo que se llama «bienes personales» guarda relación con la virtud y el voto de pobreza que asumen y practican las Hijas de la Caridad.
En varias Asambleas Provinciales y Regionales celebradas recientemente se ha tratado este tema pues, sin duda, guarda relación con el estilo de vida cercano a los pobres.
Algunas Hermanas y Directores Provinciales me han formulado preguntas relacionadas con la utilización de los «bienes personales». Y en el modo de formular tales preguntas se percibe una preocupación, a la vez que la conveniencia de una clarificación, pues se nota que se están dando diferentes interpretaciones, algunas de ellas no siempre coherentes con lo que implica el voto de pobreza y la práctica que sobre este punto se ha seguido en la Compañía.
La finalidad de este artículo es, pues, ofrecer algunas reflexiones tendentes a recordar y concretar lo que sobre este tema dicen las Constituciones y Estatutos de la Compañía, cosa que, por otra parte, hace extensamente también la Instrucción sobre los votos. Y porque es conveniente que los Directores tengan unos criterios similares sobre este aspecto de la pobreza para ayudar a las Hermanas al discernimiento y a la posterior utilización de sus «bienes personales». Unos criterios que, lógicamente, deberán estar de acuerdo con lo que implica el voto y la virtud de pobreza en la Compañía.
Los Fundadores daban tal importancia a la pobreza que vinculaban su cumplimiento o descuido con la pervivencia o destrucción de la Compañía. Ante las tentaciones que la sociedad actual nos presenta al modo de vivir hoy la pobreza, probablemente nuestros fundadores utilizarían similares expresiones, fuertes sin duda, a las que sobre este tema dirigían a las primeras Hermanas. Por eso nos será útil volver a escuchar a san Vicente.
La pobreza en la Compañía
San Vicente habló a las primeras Hermanas de la virtud de la pobreza más veces que del voto. Lo cual es lógico, si tenemos en cuenta que había algunas Hermanas con votos y otras sin ellos.
Las jóvenes que se incorporaban a la Compañía asumían el compromiso de vivir esta virtud como siervas de los pobres, a semejanza de Cristo siervo y pobre. Siempre el ejemplo de Cristo como motor y fundamento de la pobreza y en vistas a la misión y fin de la Compañía. Sólo imitando la pobreza del que siendo rico se hizo pobre podrá la Compañía continuar la misión que Dios le ha confiado en la Iglesia. Cuando las Hermanas pronunciaban el voto de pobreza —y cuando lo pronuncian y asumen hoy no hacían sino confirmar y ratificar el compromiso de vivir la pobreza adquirido al entrar en la Compañía.
En la conferencia del 20 de agosto de 1656, san Vicente fue muy claro y contundente al afirmar reiteradamente la necesidad de que la Compañía entera viviese la pobreza, con mayor motivo aún aquellas Hermanas que tenían votos:
«Hijas mías, lo escogisteis cuando entrasteis en la Compañía; le habéis dado vuestra palabra. Si El llevó una vida pobre, tenéis que imitarle en eso… ¿Y no querrá sujetarse una Hermana a hacer lo que el Hijo de Dios nos enseñó con su ejemplo? ¿Creerá que no está obligada a ello por no haber hechos los votos? Que no se os ocurra pensar así… Acordaos bien de esto, hijas mías: todas las que estáis en la Compañía y las que no han hecho votos tendréis que guardar la pobreza… ¡Qué feliz estado en el que se sitúa un alma que observa sus votos, y principalmente el de pobreza, sin descuidar tampoco lo referente a los demás!… Hijas mías, manteneos firmes y estad seguras de que no observar esta regla de la santa pobreza es ponerse en peligro, no solamente de abandonar la vocación, sino de destruir a toda la Compañía y de veros a vosotras mismas abandonadas de Dios, ya que es la base y el fundamento que la sostiene, y si se llega a fallar, todo el edificio se vendrá abajo» 4.
En la redacción de las Constituciones (C. 2.7) se entrelazan las exigencias de la virtud y las del voto. Quizá esto sea lo más conveniente, pues una formulación escueta de lo que implica el voto podría dar la impresión que éste rebaja las exigencias de la virtud. Y no es eso, ya que asumir algo por voto, para san Vicente entrañaba una nueva exigencia y un mayor compromiso de radicalidad, tal como también lo recuerda reiteradamente la reciente Exhortación sobre la Vida Consagrada (3b, 14b, 18a).
El voto y la virtud de la pobreza
«Mediante su voto de pobreza se comprometen a una total dependencia en el uso y disposición de los bienes de la Compañía, así como en el uso de sus bienes Personales».
Según esta formulación que hacen las Constituciones, lo que prometen por voto las Hijas de la Caridad es vivir en total dependencia a la hora de utilizar y disponer de los bienes de la comunidad y los bienes personales. La finalidad de los permisos de pobreza, en uno y otro caso, debería interpretarse, más que como simple dependencia, como una ayuda al discernimiento para la mejor utilización de los bienes, a la vez que sentirse más libre interiormente ante ellos.
Con esta práctica no se intenta rebajar las exigencias de la virtud de la pobreza, pues el voto, además de precisar la materia de la que se trata, viene a confirmar lo que se asumió al entregarse totalmente a Dios para servirle en los pobres.
San Vicente fundó una comunidad para servir a Cristo en los pobres, con derecho a poseer bienes, aunque considerándola administradora de lo que es patrimonio de los pobres. Para el fundador, vivir la pobreza era expresión de confianza en la Providencia, a la vez que de disponibilidad para el servicio del Reino de Dios, imitando a Cristo servidor y evangelizador de los pobres. Por eso san Vicente y las Constituciones resaltan también la pobreza de espíritu o del corazón:
«Los corazones pobres son bienaventurados porque poseen el Reino de los Cielos: por eso aceptan con paz las contradicciones y fracasos, las limitaciones propias y ajenas. La pobreza del corazón, que permite acoger el Espíritu, abre al amor de todos e impulsa a las Hijas de la Caridad a poner al servicio de sus hermanos su persona, talentos, tiempo, trabajo, lo mismo que los bienes materiales, que consideran como patrimonio de los desheredados».
Sin la pobreza de espíritu, la pobreza material se convierte en simple carencia de bienes —lo cual no es deseable para nadie; y sin un modo de vida realmente sobrio y sencillo, la pobreza de espíritu no es creíble. De ahí la importancia de un estilo de vida que nos acerque a los pobres, o, al menos, no nos distancie de ellos «pues sólo la práctica personal y colectiva de la pobreza puede dar un testimonio auténtico».
Las Hijas de la Caridad, por el don que han hecho a Dios de sus vidas, ponen en manos de El su persona, sus bienes, sus talentos, su tiempo… para servir a Cristo en los pobres. El voto que asumen apunta a una manera concreta, también evangélica, de comprender y vivir la pobreza: bajo la forma de dependencia, expresada en la petición de permisos y en la disposición de aceptar que se les conceda o se les niegue lo que pidan. También así se asemejan a quienes, por no tener nada, viven la dependencia.
Cómo administrar y utilizar los «bienes personales»
«Las Hijas de la Caridad conservan sus derechos naturales a las herencias, sucesiones legales y testamentarias, así como a la propiedad y administración de sus bienes personales, pero los emplean, lo mismo que las rentas que producen, y previa autorización de los superiores, en lo que se ha convenido llamar «obras pías». Pueden, sin permiso especial, hacer los gastos necesarios para la conservación de dichos bienes y disponer de ellos por testamento».
A partir de este texto de las Constituciones, vamos a centrarnos en el tema de los bienes personales, con la intención de clarificar diversas cuestiones que me han planteado algunos Directores Provinciales y Hermanas. Para ser más concretos lo hacemos enumerando diversas situaciones que pueden darse en la vida práctica, consciente de que existen otras muchas, dada la diversidad de culturas en las que viven las Hermanas.
Respecto a la administración
Según las últimas líneas del párrafo de las Constituciones citado anteriormente, las Hermanas pueden poseer bienes inmuebles (casas, fincas) y bienes muebles (dinero, acciones, etc.). Tienen que procurar que los bienes inmuebles no se deterioren, para lo cual pueden, sin permiso, gastar lo que requiera su conservación (reparaciones, adaptaciones exigidas por las leyes…). No necesitan permiso para disponer de sus bienes por testamento, siendo muy aconsejable que hagan este documento. También les está permitido deshacerse libremente de los bienes, previa autorización del Director. (Los Fundadores preferían que las Hermanas no se deshiciesen totalmente de sus bienes, pues realistas como eran, conocían las vueltas que puede dar la vida personal y social.) Es conveniente que tanto los bienes inmuebles como los muebles produzcan frutos y beneficios legales y justos (rentas de alquiler, intereses bancarios…), buscando que sean los pobres los beneficiados. Sin embargo, para gastar las rentas y los intereses, siempre en «obras pías», se necesita el permiso del Director; y no sería conveniente sumarlos al capital bajo el pretexto de la devaluación de la moneda. Tal interpretación no parece coherente con el espíritu de pobreza y sobre todo, porque podría estar indicando un deseo de poseer o acumular. Y para que las Hermanas vivan más libres y entregadas al servicio de los pobres será conveniente que la gestión de sus bienes se la confíen a personas honradas, de confianza y expertas en estos asuntos, o al economato provincial.
Respecto a la utilización
Desde el conocimiento que tengo sobre el uso que hacen las Hermanas de sus «bienes personales» es justo reconocer que, en general, son fieles a la hora de pedir los permisos necesarios, así como en el destino que hacen de ellos empleándolos en «obras pías». Sobre esto hay ejemplos admirables de sensibilidad y generosidad en favor de los pobres, así como de humildad y anonimato. Igualmente es justo reconocer que el hecho de que algunas Hermanas posean bienes personales y la manera de utilizarlos, en general, no crea diferencias en el estilo de vida en las comunidades. Esto es importante y laudable.
Con la intención de alentar y afianzar tal comportamiento coherente con el voto de pobreza, a la vez que ayudar a corregir posibles abusos y orientar en este punto de su oficio a los Directores, van las orientaciones siguientes:
Ante todo, la posesión y utilización de los bienes personales no debe ser causa de desigualdad entre las Hermanas, ni contribuir a que existan diferencias en el estilo de vida, siempre sobrio y sencillo. Para ello, es la comunidad la que debe salir al paso ante las necesidades de sus miembros, no éstos con el uso de sus bienes en su propio favor. ¡Cuidado con la tentación del consumismo!
Las Hermanas, y los Directores a la hora de discernir con ellas, tendrán que tener presente que el uso de los intereses o rentas que produzca el capital debe redundar en beneficio de los pobres, empleándolos solamente en lo que se entiende por obras pías (caridad, misiones, personas sin trabajo, pobres en las más variadas necesidades, misas, etc.). (El consejo evangélico de «que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» será una buena manera de no crear dependencias. En algunos casos el anonimato es bueno).
Cuando son los familiares quienes pasan por una verdadera necesidad, es lógico que las Hermanas que poseen bienes acudan en su ayuda, más por estar necesitados que por ser familiares. Y frecuentemente tal necesidad, si es ocasional, se soluciona con un préstamo, cuya devolución permitiría a las Hermanas seguir remediando en lo sucesivo las necesidades de otros.
Si es la comunidad o la obra que ella tiene confiada quienes pasan por una verdadera necesidad, las Hermanas que tienen bienes personales podrían utilizarlos para remediarla, siempre que esté de acuerdo el gobierno provincial y con el permiso del Director. De lo contrario también sería causa de desigualdad entre las comunidades. Lo mismo habría que decir cuando las Hermanas quieren emplear sus bienes en favor de los pobres que ellas tienen confiados. Las Constituciones son bien precisas al respecto: «Las Hermanas evitarán siempre cualquier desigualdad o manifestación de propiedad».
Otra posible desigualdad a evitar será utilizar esos bienes, por ejemplo, obsequiando personalmente a las Hermanas o a otras personas con motivo de sus fiestas o acontecimientos familiares o comunitarios. ¿Qué sentirían las otras Hermanas que carecen de esa posibilidad?
Una práctica frecuente es que las Hermanas confían la administración de sus bienes personales al economato provincial. En tal caso, las responsables de esa administración deberían entregar los intereses anualmente a las Hermanas para que éstas puedan disponer de ellos libremente, a no ser que las mismas Hermanas hayan expresado el deseo de que sea el gobierno provincial quien disponga de ellos en beneficio de los pobres y en «obras pías».
Conclusión
Al finalizar estas aclaraciones tengo la impresión de haberme detenido demasiado en casos concretos o en posibles situaciones y con un sentido más bien restrictivo. Si lo he hecho así ha sido con la intención de ser más concreto y como aplicación práctica a algunas situaciones relacionadas con el modo de comprender y vivir la pobreza en la Compañía. Y también tratando de responder a preguntas concretas que se me han formulado, y que probablemente también me formularían otros y otras que aún no lo han hecho. Y si bien el tema de los «bienes personales» afecta a un número reducido de Hermanas, el modo de utilizarlos puede tener repercusiones positivas o negativas en las comunidades y en los pobres.
La conclusión más importante de todo lo dicho es que la Compañía tiene que seguir viviendo la pobreza hoy para seguir siendo fiel al proyecto de los Fundadores. Y porque la tentación del consumismo es constante. Como comunidad y como miembros de ella, las Hermanas han asumido el compromiso de la pobreza para ser siervas de los pobres, imitando así el ejemplo de Cristo. Sólo así podrán descubrir los pobres que la Compañía sigue siendo el regalo que Dios les ha hecho, y sentirla cercana y al servicio de ellos. Sólo así hará creíble el mensaje de salvación que les anuncia.
Y más concretamente, las Hermanas que tienen bienes personales recordarán lo que dice san Pablo: «Ya sabéis cuál ha sido la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual siendo rico se hizo pobre por vosotros para que vosotros os enriquezcáis con su pobreza». Y vivid en la igualdad: «El que tuvo mucho, no tuvo de más; y el que poco, no tuvo de menos».
Todas las Hijas de la Caridad quieren vivir la pobreza evangélica en la Compañía; y las que tienen bienes personales la viven también situándose ante ellos y utilizándolos en coherencia con el compromiso que han asumido. Lo sintetizan perfectamente las Constituciones: «Con el deseo de compartir la vida de los pobres se esfuerzan por convertirse todos los días a la pobreza evangélica, tal y como la vivieron los Fundadores: sólo la práctica personal y colectiva de esa pobreza puede dar testimonio auténtico».






