Pierre Rhodes (1668-1740)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
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Vimos morir en esta casa de San Lázaro el 14 del mes de mayo último al Sr. Pierre Rhodes, superior de nuestra casa de Vannes, misionero de un verdadero mérito, y a quien sus buenas cualidades hacen echar de menos sensiblemente. Nacido en Thiézac en la diócesis de Saint-Flour el 8 de febrero de 1668, era diácono cuando fue recibido en París, en el seminario, el 1º de marzo de 1693. Habiendo hecho muy buenos estudios en Dijon de Bourgogne bajo la mirada de un tío sabio, que poseía un beneficio en la diócesis de Chalons-sur-Saône, se le creyó bien pronto capaz  de enseñar, y para ello le enviaron a Troyes. Sus éxitos unidos a su buena conducta hicieron que le llamaran  para confiarle en Cahors la instrucción de los jóvenes misioneros. Su amor por la formación de sus escolares en la ciencia y en la piedad, le hizo entregarse con un celo imparable, a dar bien sus lecciones y sus conferencias. Fue siempre tan querido como estimado, pues su firmeza y su exactitud por el mantenimiento de la regularidad, estaban tan bien templadas de bondad y de compasión, como si se reconociese tener en él a un maestro, no estaban menos persuadidos de que era buen amigo.

Encargado pronto después de la dirección del seminario externo por Chevremont, hizo ver cada vez más que apto para todo, se podía también confiar en él para todo. Mantuvo el orden y la observancia de los reglamentos con tanta prudencia que los de dentro y los de fuera quedaron plenamente satisfechos. Halló siempre en los seminaristas, la mayor parte excelentes sujetos y muy capaces, pero después de todo espíritus más o menos fáciles de manejar, la docilidad, el amor y el respeto: pues hallando siempre ellos mismos en él prudencia, bondad, capacidad, se veían obligados a reconocerle como su superior en todo. Junto a los empleos de profesor y de director se le encargó de la explicación de la sagrada Escritura; le emplearon en predicar, en confesar en la parroquia de Saint-Barthélemy, unida al seminario, y a dirigir a muchos ejercitantes, entre los cuales tuvo el consuelo de ver a su propio padre. Con gran pena abandonó Cahors. El buen orden que allí reinaba, los buenos y poderosos ejemplos que animaban a esta familia, el bien  que estaba en condiciones de hacer, le tenían atado allí.

Se dirigió no obstante a Agen hacia 1704 o 1705. Una vez que fue conocido, Mons. el obispo, los Srs. vicarios mayores, y todos los eclesiásticos  de la diócesis le manifestaron su estima y su confianza: los externos mismos de la primera distinción se dirigieron a él para aprender los caminos de Dios; y muchos le llamaron en sus enfermedades mortales, para hacerle depositario de sus últimos sentimientos, y estar preparados para la eternidad. El Sr. Révérend, su superior, le consideraba como su brazo derecho. Concurrían juntos al bien con la mejor inteligencia. Su unión fundada en la gracia era tan sólida y tan tierna que ambos derramaron lágrimas  cuando obligándoles la obediencia a separarse, llamó al Sr. Rhodes a Vannes para confiarle la dirección de la familia. Allí pasó los treinta últimos años de su vida con una edificación igual, siempre vigilante en procurar el bien espiritual y temporal del seminario, celoso en sostener los verdaderos intereses, a expensas incluso de su reposo y de su salud.

No ahorraba nada para que los ornamentos y  demás cosas necesarias al servicio divino estuvieran con toda la decencia conveniente. No contaba en nada tampoco los gastos justos y razonables que se debían hacer por las misiones a las que su casa estaba obligada.

¿Había que hacerlos?  Invitaba, según la costumbre del país, a un cierto número de los eclesiásticos más virtuosos que bajo su dirección compartían la obra. Los trataba tan bien, y con tanta generosidad, que todos muy satisfechos, se entregaban de buena gana al trabajo: a ello les ayudaba con su celo, y haciendo siempre mucho bien con las almas, enseñaba a sus cooperadores  la manera de continuarlo, y les inspiraba el deseo de seguir haciéndolo. En los lugares donde las misiones se daban en bajo-bretón, sentía no poder hablar en esta lengua, y entonces él encomendaba al más antiguo de los obreros la dirección de la misión, sin quedarse ocioso por ello; pues en su particular se ocupaba con una ardiente caridad, animada por felices éxitos, a confesar a las personas  que entendían el francés, y a concluir los diferendos. Tenía la gracia de ganarse los espíritus y los corazones y de reconciliarlos. Su compasión por los pobres era tierna y eficaz, sobre todo para los de las tierras pertenecientes al seminario. En esos tiempos de miseria pública que los pecados de los hombres parecen haber hecho más frecuentes, él los hacía consolar, les daba remedios y auxilios en sus enfermedades, los protegía contra la vejaciones de sus enemigos; y por correcciones vivas y caritativas les hacía verse libres de los trabajos que se les exigían, y a los que no se someterían sin perjuicio de sus familias. Un año incluso que el grano estaba muy caro, distribuyó cuatro toneles de trigo a los campesinos que los necesitaban, y no se lo pidió hasta cuando la abundancia de una nueva cosecha lo hubiera puesto a bajo precio. Lo que prueba una vez más el desinterés de la caridad  es que no temía servir a ingratos. Le informaban a veces que los desdichados a quienes prestaba servicios, abusaban de ello con frecuencia contra él mismo. No importa, decía, que sean agradecidos; ellos lo necesitan, es una razón para aliviarlos. Todo lo que se le pedía para los pobres de la parroquia del Mené unida al seminario de Vannes se les concedía liberal y alegremente, sobre todo cuando alguna debilidad hacía su necesidad más agobiante. Es el testimonio que le prestan los más ancianos de la parroquia, quienes aseguran también que, en los años de escasez, ha mandado varias veces hacer hornadas de pan, cuya distribución había aliviado a cantidad de menesterosos.

Su conducta tan regular, y regular en todos los aspectos, había adquirido a nuestro querido difunto una gran reputación en toda la diócesis. Las personas más distinguidas  le estimaban singularmente, y le honraban  con su confianza. Tenéis demasiado espíritu, le decía un día el ilustre Sr. de Montaran, encantado de la dulzura de sus conversaciones y de la solidez de sus razonamientos. En efecto, su espíritu vivo, penetrante, amplio, le hacía hallar en su propio fondo de los expedientes que los abogados a quienes consultaba no podían por menos de admirar. Propio para tratar los asuntos espinosos, por otro lado no era menos sólidamente hábil en la ciencia eclesiástica. El Sr de Tresant muerto arzobispo de Rouen, el Sr. de Caumartin muerto obispo de Blois, el Sr d’Argouges muerto obispo de Vannes, el Sr. Fagon que dirige hoy la diócesis, todos prelados de un verdadero mérito, conocían tan bien el dej Sr. Rhodes, que le han empleado siempre con toda confianza. Pero el Sr. Rhodes no se servía de su crédito ante estos ilustres señores más que para el bien de la Iglesia, insinuándoles con destreza acertados consejos para el gobierno de sus diócesis, y fijando su buena voluntad sobre el seminario. Su rectitud y su probidad eran tan conocidas que se fiaban de él en cosas muy importantes. Así ha sido día tras día la vida del Sr. Rhodes, vida ocupada en todas clases de  buenas obras. Allí ha contraído el cruel mal de la piedra, para cuya cura en 1730 sufrió aquí una dolorosa operación. El temor de causar problemas en el seminario de los Bons-Enfants adonde había bajado, si fuera a morirse, le hizo consentir en ser llevado a San Lázaro. Había recibido ya todos los sacramentos, con los sentimientos de una fe viva y una tierna devoción. Hizo en esta ocasión la profesión de fe y creyó deber añadir para la edificación pública, por amor a la verdad, que moría muy sumiso a todas las Constituciones  de la santa Iglesia católica, apostólica y romana. «Yo he suscrito, dice, la bula Unigenitus, y yo no he aprobado jamás el error, y he lamentado la suerte de aquellos que le seguían». Y con estos sentimientos expiró.

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