Pierre Faroux (1705-1740)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
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En la inauguración de un monumento erigido en la parroquia natal del Sr. Faroux, en Maucour, diócesis de Amiens, el orador de la solemnidad ha presentado a la vista del auditorio la vida del generoso misionero (23 de noviembre de 1869):

En los primeros ejércicios del siglo diecisiete (1705?), un niño nacía en esta parroquia  de Maucour de padres humildes, que no tenían como recurso más que el trabajo de sus manos, pero que honraban su pobreza por la viveza de su fe y su fidelidad a todos los deberes del cristiano. Al nacer Pierre Faroux nadie pensó en preguntarse: ¿Qué pensáis que será este niño? tan natural parecía que tuviera la suerte de sus padres, y que viviera como ellos en medio de los trabajos de los campos. Sin embargo Dios tenía designios sobre él. Frente a las previsiones humanas,  este niño debía ser sacerdote, misionero, vicario apostólico, y morir en una tierra bárbara, víctima de su caridad.

Así había nacido en la pobreza, un siglo antes, san Vicente de Paúl, que debía ser su padre y su modelo. Desde sus más jóvenes años, se vio en Pierre Faroux inclinaciones a la virtud. Después de Dios, son sus padres a quienes se han de deber tan felices disposiciones.

Se ha de hacer honor también a un digno fundador cuya memoria se ha conservado hasta nosotros, y que por su inteligencia, su entrega, su piedad ha contribuido a enraizar la fe en estas regiones, el Sr. Martin Camus. Gloria a este maestro modesto que supo enseñar con el ejemplo así como con la palabra y formar el corazón cultivando el espíritu!

Pronto las lecciones del fundador no bastan ya al laborioso discípulo, se sabe todo cuanto su maestro puede enseñarle, aspira a algo más elevado, querría estudiar latín para llegar hasta el sacerdocio.

La Providencia parece favorecer en primer lugar su plan haciéndole encontrar a un buen sacerdote quien se encarga de iniciarle en los elementos de esta lengua. Pero, ay, su felicidad no tarda en verse confundida. Había contado sin la pobreza. Para contribuir a su subsistencia de cada día, tiene que trabajar duramente, y el estudio se lo impide.

¿Quién nos dirá sus perplejidades, y sus penas? Sin embargo no pierde toda su esperanza, reza con fervor, y poniendo su confianza en El que no abandona  nunca a sus siervos, se ingenia para hallar el medio de ganarse la vida sin renunciar a sus queridos estudios. Este medio, se lo procura la Providencia haciéndole obtener  el doble encargo de cuidar las pequeñas escuelas, como se decía por entonces, y desempeñar en la iglesia las funciones de sacristán.

Esta clase de trabajo le proporcionaba recursos indispensables  a su mantenimiento y dejaba también algunas horas de libertad que aprovechaba para su instrucción. En su ardor, habría dedicado de buena gana una parte de la noche a estudiar, pero no permitiéndole su indigencia procurarse luz, debió renunciar.

Después de una preparación tan penosa y meritoria, a los veinticuatro años, resolvió dejar el mundo y dirigirse a París para ser admitido en la Congregación de la Misión. Se presentó en San Lázaro. Pero una nueva prueba le esperaba: por el examen que tuvo que realizar fue hallado demasiado débil y en consecuencia fue rechazado. Habituado de mucho tiempo a las contradicciones, no se desanimó; recurre a Dios con la oración, insiste a los superiores  para ser examinado de nuevo, tanto insiste que al fin sus deseos son escuchados; le encuentran, es verdad, poca facilidad, poca cultura, pero un juicio sólido, piedad, buena voluntad, le admiten a comenzar su noviciado (1730).

Adornado de todas las virtudes, verdadero discípulo de san Vicente de Paúl, versado en los conocimientos eclesiásticos, dotado de una gran prudencia y de una generosidad que no retrocedía  ante ningún sacrificio, después de tantos esfuerzos, de paciencia y de oraciones, Pierre Faroux fue ordenado sacerdote a la edad de treinta y un años y, sin otra prueba juzgado digno de las misiones extranjeras. Destinado primero a la isla Bourbon, las circunstancias le hicieron enviar a Berbería, a Argel donde iba a trabajar como apóstol, sufrir como santo y morir como mártir.

Fue en la misión difícil y peligrosa de Argel adonde fue enviado Pierre Faroux. Llegó para recibir el último suspiro del vicario apostólico Duchesne, quien murió en sus brazos legándole sus poderes que la Santa Sede no iba a tardar en confirmar. ¡Qué cargo más agobiante para un joven sacerdote que no solo se ha ejercitado aún en las funciones del ministerio! ¡Que trabajos para las fuerzas de un hombre! ¡Qué peligro de comprometer por inexperiencia los intereses sagrados de la religión y de las almas! Pero el joven misionero se acuerda de las misericordias de Dios con él, de la asistencia que ha recibido en todas sus necesidades, y exclama una vez más: Yo lo puedo todo en Aquél que me conforta.

Su primer cuidado fue aprender las diferentes lenguas habladas por los esclavos. Dios bendice tan visiblemente sus esfuerzos que en poco tiempo fue capaz de hacerse entender de todos. Sus ocupaciones eran tan múltiples que era bien difícil explicarse cómo podía atender a todo : varias capillas que servir, frecuentes catecismos que dar, instrucciones que predicar, afligidos que consolar, débiles a quienes animar, moribundos que asistir, le obligaban a menudo a quitarse el reposo de sus noches. Sufriendo con los que sufrían, respirando el olor fétido de las mazmorras, no teniendo con frecuencia para sostenerse más que un pobre alimento, estaba a la disposición cuando se reclamaba su presencia. A veces su corazón se hallaba lleno de amargura cuando algún desdichado cristiano, vencido por la persecución, caía en la apostasía; con mayor frecuencia la alegría inundaba su alma viendo a sus hijos confesar su fe con peligro de su vida y resistir a todas las seducciones de sus amos infieles.

Una caridad tan perfecta no tardó en ganarle el corazón de los infortunados cautivos; todos le querían como a un padre, todos recurrían a él en sus penas, todos le consideraban como  un santo.

No obstante el exceso de trabajo agotaba todas sus fuerzas, se consumía cada día en el ejercicio de la caridad, y cuando sus cohermanos querían moderar su ardor, se contentaba con responderles: » He venido aquí para entregarme «.

Después de cuatro años en este penoso ministerio, estaba maduro para el cielo, Dios iba ponerle en posesión del descanso de los bienaventurados. La peste acababa de destallar en las costas de África, sus golpes caían sobre todo en los pobres esclavos. ¿Quién los consolará, quién los asistirá en su agonía? El vicario apostólico reclama para él este privilegio. En vano le exhortan a no exponerse, le suplican que se reserve para el bien general; su caridad triunfa de todas las oposiciones; se encierra en el lugar donde están reunidos los apestados, y día y noche se afana por prestar a estos desdichados todas clases de servicios corporales y espirituales. Allí fue donde la muerte vino a alcanzarle. Él se lo esperaba. No le decayó el espíritu ni se abatió su ánimo.

Reuniendo lo que le queda de energía, pide y recibe los últimos sacramentos con una angélica piedad: da a sus cohermanos los consejos y las instrucciones necesarias, luego entrega dulcemente su alma en las manos de Dios, en medio de las lágrimas y los sollozos de los cristianos que perdían en él a un amigo, a un pastor, a un padre. –Notice sur la vie de Pierre Faroux, par l’abbé Haclin. In-18, Amiens, 1872. Cf. Mémoires de la Congrégation de la Mission : Algérie, t. II, p. 5.

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