En nuestro mundo hay dos clases de hombres. Los obispos latinoamericanos lo dijeron claramente: «Pocos tienen mucho (cultura, riqueza, poder, prestigio) mientras muchos tienen poco»1.
En un mundo así, cualquier hombre concientizado, para saber si debe o no escuchar a la Iglesia, le preguntará: ¿con quién está tu Dios?
¿Con quién está tu Dios? He aquí una respuesta —desde luego no teológica— tomada de una canción que tararean los jóvenes de cualquier lugar del mundo:
Un día yo pregunté: Abuelo, ¿dónde está Dios?
Mí abuelo se puso triste y nada me respondió.
Mi abuelo murió en los campos sin rezo ni confesión,
y lo enterraron los indios,
flauta de caña y tambor.
Al tiempo yo pregunté: Padre, ¿qué sabes de Dios?
Mi padre se puso serio y nada me respondió.
Mi padre murió en la mina,
sin doctor ni protección.
Color de sangre minera tiene el oro del patrón.
Mi hermano vive en los montes
y no conoce una flor.
Sudor, malaria y serpientes,
la vida del leñador.
Y que «naide» le pregunte
si sabe dónde está Dios:
Por su casa no ha pasado tan importante señor.
Yo canto por los caminos
y cuando estoy en prisión
oigo las voces del pueblo
que canta mejor que yo:
Hay un asunto en la tierra
más importante que Dios,
y es que ‹‹naide» escupa sangre
«pa›, que otro viva mejor.
¿Que Dios vela por los hombres?
Tal vez sí y tal vez no…
Pero es seguro que almuerza en la mesa del patrón.2
Quede aquí esta canción como aldabonazo a las conciencias cristianas e intentemos responder desde la teología a la pregunta de con quién está Dios.
Para ello dirigiremos nuestra mirada a Jesús de Nazaret; sabemos que quien le ve a él ve al Padre (Jn 14,9).
Jesús prefiere a los pobres
Joachim Jeremias ha publicado un magistral «Estudio económico y social del Nuevo Testamento» y gracias a él sabemos que también en tiempos de Jesús había dos clases de hombres: Jerusalén era un centro de mendicidad y, en las épocas de hambre, muchos morían de inanición. Incluso algunos tenían que recurrir a venderse a sí mismos como esclavos para sobrevivir. Contrastando con esa pobreza, las minorías privilegiadas vivían en medio de un lujo ofensivo: el servicio del palacio de Herodes el Grande constaba de 500 personas y Eleazar ben Jarson heredó de su padre mil aldeas y mil naves, y tenía tantos esclavos que a la mayoría no los había visto nunca3.
Es interesante señalar que no solamente en los tiempos de Jesús y en los nuestros se dan esas desigualdades escandalosas, sino también en el tiempo de san Vicente, que será nuestro tercer punto de referencia. Baste este testimonio de uno de sus misioneros:
«El hambre es tan grande que vemos a hombres comer tierra, masticar la hierba, arrancar la corteza de los árboles, desgarrar los miserables harapos de que están cubiertos para tragárselos. Pero lo que no nos atreveríamos a decir si no lo hubiéramos visto es que da horror ver cómo se comen sus brazos y sus manos y mueren así en esa desesperación» (IV, 288-289).4
Pues bien, en aquella sociedad Jesús se colocó claramente al lado de los pobres. Afirma que el Espíritu del Señor le ha ungido «para anunciar a los pobres la Buena Noticia» (Lc 4,18), e incluso hace de la opción por los pobres el distintivo de su misión:
«Id a contar a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Noticia» (Mt 11,4-5),
responde a quienes le preguntan de parte del Bautista si él era el Mesías.
Tanto es así que Joachim Jeremias llega a afirmar:
«En sentido auténtico, no dice solamente: el tiempo de la salvación ha llegado, el nuevo mundo está ahí, el salvador ha llegado, sino: ¡La salvación ha llegado a los pobres!» 5.
Véase la semejanza, incluso formal, con san Vicente cuando afirma que el objetivo de la misión es «dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el reino de los cielos y que este reino es para los pobres» (XI, 387).
Al fin y al cabo se afirma en la primera bienaventuranza: Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios (Lucas 6,20).
Y Joachim Jeremias, después de justificar que la formulación de Lucas (bienaventurados los «pobres») y no la de Mateo (bienaventurados los «pobres de espíritu») es la original6, va más lejos aún y afirma:
«El reino pertenece únicamente a los pobres. Las lenguas semíticas omiten con frecuencia el adverbio restrictivo «únicamente», aun en casos en los que, para nuestra sensibilidad lingüística, no podría omitirse. Y por tanto con bastante frecuencia habrá que suplirlo en la traducción. Así ocurre aquí también. La primera bienaventuranza afirma: la salvación está destinada únicamente a los mendigos y a los pecadores» 7.
Según este especialista en Nuevo Testamento, los pobres debemos considerar que son «los oprimidos en sentido amplísimo, los desesperados, los que no tienen salvación», en definitiva, los desheredados de la vida.
Decimos que Jesús es el Hijo de Dios. Pues bien, la opción de Cristo por los pobres nos manifiesta claramente que no es el Hijo… de algún Dios falso (por ejemplo, del dios fenicio Moloch, que exigía sacrificios humanos), sino del Dios que había aparecido constantemente en el Antiguo Testamento prefiriendo a los pobres:
«No porque seáis el más numeroso de los pueblos se ha prendado Yahveh de vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos» (Dt 7,7).
En Juan 5,19 («El hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que ve hacer al padre») ha descubierto Dodd una parábola oculta. Según las costumbres de la época, los padres iniciaban a sus hijos en su oficio, de tal manera que basta ver cómo trabaja un individuo para saber de quién es hijo: el hijo del herrero, el hijo del carpintero, etc.8. Pues bien, basta ver la preferencia de Cristo por los pobres para saber que es el hijo de Yahveh Dios y no de alguno de esos dioses falsos «que almuerzan en la mesa del patrón».
Podríamos preguntarnos por qué Jesús prefiere a los pobres, qué cualidades habrá encontrado en ellos que justifiquen su predilección. De hecho, su conducta contrastaba llamativamente con la de los hombres «bien pensantes» de entonces (y de ahora). He aquí algunos testimonios de la literatura del judaísmo de su tiempo:
«No permanezcas junto a un ignorante aunque sea piadoso, porque los ignorantes son detestables y sus mujeres sabandijas, y de sus hijos está escrito: maldito será el que se ayunte con cualquier bestia»9.
«Los cojos, los mancos, los tuertos, los ciegos, los sordos, los mudos, los que tengan algún defecto que les deforme la figura, o simplemente los demasiado viejos… Ninguno de éstos debe tomar asiento en el Consejo de la comunidad (de Qumram) porque los ángeles de santidad están en cada uno de sus lugares»10.
Pues bien, Jesús no se dignó señalar ninguna cualidad especial de los pobres que justificara su preferencia por ellos, a pesar de que era consciente de que una conducta así le enfrentaba con la religión de los rabinos. También aquí se vio que:
«Enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mt 7,29).
De hecho, como vamos a mostrar a continuación, Jesús no necesita otra razón para amar a los pobres que la de saber que son pobres:
Prefiere a la oveja perdida entre las 99 restantes, e incluso la prefiere ante todas las demás juntas, sólo porque estaba perdida (Lc 15,4-6).
Favorece al obrero que había estado parado frente a todos los demás, y sólo porque había estado parado (Mt 20,1-16).
Lázaro, por último, no parecía tener otro mérito frente a Epulón que el de ser pobre (Lc 16,19-31).
Lo dicho se ve claramente por el contraste con narraciones muy similares extrabíblicas, en las que sistemáticamente se recalca la existencia de alguna cualidad oculta en el pobre preferido.
El evangelio apócrifo de Tomás narra así la parábola de la oveja perdida:
«Se perdió una de ellas, que era la más gorda. El dejó las otras 99 y buscó a esta sola hasta encontrarla. Tras esta fatiga, le dijo: Te amo más que a las 99″11.
El Talmud de Jerusalén cuenta la parábola de los viñadores con términos muy similares a los que nosotros conocemos, pero haciendo notar que el amo se fija en que el último en llegar trabaja con tal diligencia que en dos horas realiza el mismo trabajo que sus compañeros en todo el día; cuando éstos critican al amo por haber remunerado a todos igual, puede responder: «Con esto no hago ninguna injusticia; este trabajador ha realizado en dos horas más que vosotros en todo el día» 12.
Algo parecido ocurre con la parábola de Epulón y Lázaro. En el Talmud se precisa que el rico era un glotón impío y el pobre un escriba piadoso 13.
El contraste entre estos textos extrabíblicos y nuestros Evangelios canónicos no puede ser más elocuente: si éstos omiten sistemáticamente cualquier cualidad o mérito personal de los pobres que pudiera justificar las preferencias de Jesús es sencillamente porque no existía. La predilección de Jesús por los pobres no tiene otra razón de ser que la misma pobreza de éstos. Como afirmaba la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Puebla: «Los pobres merecen una atención preferencial, cualquiera que sea la situación moral o personal en que se encuentren» 14.
También la Iglesia debe preferir a los pobres
Jesús no sólo vivió personalmente su opción por los pobres, sino que quiso inculcársela a los suyos. Tras la parábola del buen samaritano dice: «Vete y haz tú lo mismo» (Lc 10,37).
Y en otra ocasión:
«Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos (…). Llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos, y serás dichoso porque no te pueden corresponden• (Lc 14,12-14).
Pero es la parábola del juicio final (Mt 25,31-36) el texto que invita más claramente a optar por el pobre a los seguidores de Cristo.
En esta parábola afirma que él sigue presente en el rostro de todos los crucificados de la tierra, de todos aquellos ante los cuales «se vuelve el rostro» como ante el siervo de Yahveh (Is 53,3). Por eso los obispos latinoamericanos se han atrevido a llamar a estos rostros, «rostros de Cristo»: rostros de niños golpeados por la pobreza antes de nacer, rostros de indígenas, de campesinos, de obreros explotados, de desempleados, de ancianos marginados…15.
Por eso Juan XXIII proclamó que la Iglesia, «que es la Iglesia de todos, quiere ser particularmente LA IGLESIA DE LOS POBRES»16.
Y sin embargo, Pío XI se vio obligado a reconocer en una conversación con el cardenal Cardijn: «HEMOS PERDIDO A LA CLASE TRABAJADORA»17.
Esta conclusión de Pío XI plantea a la Iglesia nada menos que un problema de identidad. ¿Puede ser la Iglesia de Jesucristo una Iglesia que haya perdido precisamente a los pobres? Recordemo§ que durante una misión en Montmirail (año 1620), un protestante sostuvo ante san Vicente que la Iglesia de Roma no está conducida por el Espíritu Santo porque abandona a los pobres (XI, 727).
San Vicente, en vez de discutir teológicamente esta espinosa cuestión, decidió contestar con obras, y dice a la Congregación de la Misión que, mediante su dedicación a los pobres, tiene que hacer comprobar a todos que «el Espíritu Santo guía a la Iglesia romana» (XI, 730). «Por eso todo el mundo piensa que esta Compañía es de Dios, porque se ve que acude a las necesidades más apremiantes y más abandonadas» (XI, 396).
De modo que para san Vicente estaba claro que precisamente por la dedicación preferente a los pobres se estaba demostrando que ésa seguía siendo la Iglesia de Dios.
Pero no está dicho todo con afirmar que la Iglesia debe estar con los pobres. Debemos preguntarnos inmediatamente por la actitud a adoptar ante los pobres y la pobreza. ¿Qué pensar del hecho mismo de que haya pobres y ricos?
La respuesta a esta pregunta no es en modo alguno evidente. Mientras un filósofo —Nietzsche— dice: «Mi noción de la justicia es ésta: los hombres no son iguales. ¡Y no deben serlo tampoco en el futuro!» 18, otro filósofo —Rousseau— escribe: «Va manifiestamente contra la ley de la naturaleza (..) que un puñado de gentes rebose de cosas superfluas mientras la multitud hambrienta carece de lo necesario» 19.
Para elegir entre estas dos opiniones encontradas nos acercaremos a la Biblia, y en ella vemos que la pobreza de unos hombres respecto a otros aparece siempre como contraria al plan de Dios.
Israel conoció a Yahveh como el Dios que les liberó de la esclavitud a la que les tenían sometidos los egipcios, les condujo a una tierra «que mana leche y miel» (Ex 3,8) y allí les dotó de unas normas para la convivencia que apuntaban a un fin muy claro: «Así no habrá pobres junto a ti» (Dt 15,4). Por eso se distribuyó la tierra equitativamente (Núm 34,13-15) y se arbitraron leyes que garantizaran esa igualdad inicial frente al egoísmo que hace fácil presa en el corazón humano. Cada siete años debía celebrarse un año sabático en el que se liberaba a los esclavos (Ex 21,2) y se perdonaban las deudas (Dt 15,1-4), y cada cincuenta años un año jubilar en el que se redistribuían las tierras entre todos (Lev 25,8-17), lo que, en términos actuales, se podría llamar muy bien «reforma agraria de Yahveh».
Cuando trece siglos más tarde explicitó Jesús el proyecto último que Dios tenía para el mundo y para la historia —el Reino de Dios—, se vio más claramente todavía que las desigualdades que hoy existen entre los hombres están llamadas a desaparecer, porque pertenecen al viejo mundo del pecado. Y porque están llamadas a desaparecer, tienen que ir desapareciendo ya aquí (cfr. Lc 11, 20; 17,21) y deben verse aquí ya sus primicias (Mt 11,4-5).
Por eso ya el mismo Precursor anunciaba: «Convertíos, porque ha llegado a vosotros el reino de Dios» (Mt 3,2) cuando le preguntaban: «Pues, ¿qué debemos hacer?», contesta: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo» (Lc 3,10-14).
Ya se ve adónde conduce una praxis así: a la igualdad. San Pablo lo afirmaba claramente:
‹No se trata de que paséis apuros para que otros tengan abundancia, sino de que se llegue a la igualdad. Hoy vuestra abundancia remedia la necesidad de los otros, para que la abundancia de ellos pueda remediar también vuestra necesidad y reine la igualdad. Como dice la Escritura: el que mucho recogió no tuvo de más; el que poco no tuvo de menos» (2 Cor 8,13-15).
San Vicente dice también claramente: «Tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria» (IX, 451). Es decir, que no se comparte sin aceptar empobrecemos.
Limosna y justicia social
Quizás la comunicación de bienes presentada hasta aquí desborda con creces el concepto habitual de «limosna», pero es porque esta palabra ha perdido su significado original y requiere ser rescatada.
Con frecuencia una palabra de un texto antiguo, que para el receptor de entonces significaba una cosa determinada, traducida en pura equivalencia lingüística expresa hoy otra idea diferente, porque el lenguaje está sometido a cambios (¡y a veces muy importantes!) con el correr de los años.
Cuando ocurre tal cosa debe recurrirse a nuevas expresiones o palabras que tengan hoy la misma capacidad expresiva que tuvieron las otras. No se dará en tal caso una equivalencia lingüística formal, pero sí una equivalencia dinámica.
Este es el caso de la palabra griega elemosyne (limosna), que en los LXX suele traducir el hebreo sedaqa (justicia), y con esa acepción se utiliza en el Nuevo Testamento20.
Limosna era algo así como hacer justicia en nombre de Dios a aquellos a quienes no se la hacían los hombres21.
La limosna, pues, lejos de sustituir las reformas estructurales, las exige a gritos y en nombre de Dios, porque está anunciando que la justicia de Dios no coincide con la justicia de los hombres y hay que hacerlas coincidir.
Así debemos entender la afirmación vicenciana de que socorriendo a los necesitados «¡estamos haciendo justicia y no misericordia!» (VII, 90).
Por tanto, una asociación de caridad nunca agotará su finalidad realizando tareas asistenciales, por numerosas que éstas sean, ni siquiera serán suficientes las tareas de promoción humana, sino que deberá plantearse la reforma de estructuras injustas.
1. Acciones asistenciales
Quizás sea ésta la parcela en que las acciones caritativas se mueven todavía hoy con más soltura. Es desde luego un campo que no se puede abandonar, pero que tampoco puede hacerse de cualquier manera. Deben exigirse dos condiciones mínimas:
a) Eficacia
Precisamente el señor Vicente fundó el primer grupo de la «Asociación de Caridad» en Chátillon-les-Dombes al constatar que lo que faltaban no eran tanto personas caritativas como organización eficaz de la caridad (IX, 232-234).
Hoy parece dificil lograr esa eficacia sin una colaboración entre el voluntariado y el trabajador social profesional.
b) Actitud crítica
Un personaje de Sartre rechaza una limosna con estas palabras: aGuárdalo todo, me robaste mi bolsa, pero no me darás limosna con mi dinero» 22.
Y es que entre nuestros contemporáneos se va generalizando la convicción de que frecuentemente la opresión ha precedido a la limosna. El mismo Pablo VI daba por buena dicha idea cuando afirmaba, refiriéndose a ciertas ayudas que prestan los países desarrollados a los subdesarrollados, que a estos últimos les causa la impresión de que «una mano les quita lo que la otra les da»23. Y esto que es válido a nivel de relaciones internacionales, puede ser igualmente válido si lo referimos a las «ayudas» que un hombre da a otro dentro del mismo país.
Las organizaciones de caridad deben tener una actitud de vigilancia permanente sobre sus ingresos para que nunca se les pueda aplicar aquella coplilla de un famoso poeta satírico español a propósito del hospital edificado por el riquísimo señor don Juan de Pones:
«El Señor Don Juan de Pon–es de caridad sin igual
por amor hacia los pobres construyó este hospital.
… Pero antes hizo a los pobres.»
Una de las páginas más bellas de san Vicente de Paúl es aquella en la que dice a los misioneros: «De los religiosos se dice que están en estado de perfección; nosotros no somos religiosos, pero podemos decir que estamos en un estado de caridad» (XI, 564).
Es decir, que no se trata de hacer caridad «a ratos», sino de vivir en «estado de caridad» —quien, cuando trabaja, trabaja con caridad; cuando negocia, negocia con caridad, etc.— puede luego dar limosna con caridad. Por el contrario, el dinero de aquel que ha parcelado su vida —»los negocios son los negocios», la «beneficencia» vendrá después— será siempre un dinero sucio para cualquier asociación de caridad.
Esto empalma con la mejor tradición de la Iglesia: en la época de los Santos Padres no se aceptaban las limosnas de los injustos y de los pecadores, de los que se enumeraba una larga lista:
«Los ricos que guardan hombres en prisión o que abusan de sus esclavos, que tratan mal a sus mujeres y que oprimen a los pobres,
- aquellos que viven de profesiones bajas o que deshonran su cuerpo, o los malhechores, o aquellos que cambian los precios, o los que entablan una acción judicial o acusan injustamente, o los jueces que hacen acepción de personas o aquellos que hacen cuadros
- representaciones de ídolos, o los artesanos de oro, plata o bronce que roban, o los preceptores injustos, o aquellos que simulan haber tenido visiones, o los que cambian los pesos y alteran las medidas,
- los posaderos que aguan el vino, o los soldados que se conducen injustamente, o los homicidas, o aquellos que esperan condenas o todo magistrado del Imperio romano que se ha manchado de sangre en las guerras y ha derramado sangre inocente, aquellos que pervierten los juicios, que se asocian pérfidamente o deshonestamente para robar con los paganos y miserables, o aquellos que reciben usura de las rentas y excedentes…»24.
Y en la «Didascalia» (primera mitad del siglo III) se llega a afirmar que si en algún caso las Iglesias son tan pobres que en ellas no hay otro remedio para alimentar a los necesitados que aceptar el dinero que dan los ricos que cometen injusticias, «es preferible morirse de hambre que recibir nada de los malvados» 25.
Las fuentes de financiación de una obra social apostólica tienen que ser unas fuentes muy limpias y muy claras para que no se nos pueda nunca acusar —como hacía Lenin— de vender muy baratos los billetes de entrada en el cielo:
«La religión predica la humildad y la resignación a aquellos que pasan toda su vida en el trabajo y en la miseria, consolándoles con la esperanza de una recompensa celestial. Por el contrario, a los que viven del trabajo ajeno, la religión les enseña la beneficencia en este mundo, ofreciendo así una fácil justificación a su existencia de explotadores y vendiéndoles bien baratos los billetes de entrada en la bienaventuranza celestial» 26.
2. Acciones de promoción humana
Casi todas las asociaciones de caridad han aceptado ya —al menos a nivel de las ideas, quizá no tanto en la práctica— que las tareas asistenciales deben completarse con obras de promoción humana, y se cita como un lugar común aquello de: (Si le das un pez a uno que tiene hambre, le has quitado el hambre de ese día; pero si le enseñas a pescar le has quitado el hambre de toda la vida.»
San Vicente preferirá siempre el trabajo a la limosna, que envilece, y ahí están sus experiencias de Mácon, hospicio del «Nombre de Jesús», etc.27.
Él decía:
Se trata de «no asistir más que a aquellos que no pueden trabajar ni buscar su sustento, y que estarían en peligro de morir de hambre si no se les socorre. En efecto, apenas tenga uno fuerzas para trabajar, habrá que comprarle algunos utensilios conformes a su profesión, pero sin darle nada más. Según esto, las limosnas no son para los que pueden trabajar en las fortificaciones o hacer otras cosas, sino para los pobres enfermos, los huérfanos o los ancianos» (IV, 180).
3. Reforma de estructuras injustas
Como se puede constatar fácilmente, el proverbio anteriormente citado queda incompleto. No por enseñar a pescar al que tiene hambre se le ha quitado necesariamente el hambre de toda la vida. Hace falta también conseguir que le dejen pescar, y que no le exploten cuando vaya a vender los peces, y que no le arrinconen como si fuera un trasto viejo cuando ya no sirva para pescar. Es decir: hace falta acabar con las estructuras injustas en la sociedad. Entramos así, naturalmente, en la esfera de lo político, esfera que, una vez más, no dudó en invadir san Vicente de Paúl: recordemos sus intentos de que cesara el bloqueo de París en una dura conversación con la reina en Saint Germain-en-Laye tras la muerte de Luis XIV o sus gestiones ante Luis XIV para que fuera alejado del Gobierno el cardenal Mazarino (III, 368; IV, 397-398 y 440-444).
Evidentemente, cuando san Vicente abordaba tales empresas lo hacía plenamente convencido de que era una exigencia más de la caridad. Tres siglos después Pío XI diría a la Federación Universitaria Católica Italiana:
‹‹El campo político abarca los intereses de la sociedad entera; y, en este sentido, es el campo de la más vasta caridad, de la caridad política, de la caridad de la sociedad» 28.
Un aspecto de la lucha por reformar las estructuras, que no debería eludir ninguna asociación de caridad, es la denuncia profética de las injusticias. San Vicente se complacía en poner como ejemplo a sor Juana Dalmagne, quien, «al saber que algunas personas ricas se habían eximido de tributo para sobrecargar a los pobres, les dijo libremente que era contra la justicia y que Dios les juzgaría por esos abusos» (IX, 188).
Conclusión
Con esto llegamos al final de nuestro recorrido. Dado que este cuarto centenario del nacimiento de san Vicente de Paúl debe ser un «Kairós», es decir, un tiempo de gracia para toda la familia vicenciana, me gustaría que de mi ponencia haya quedado muy clara la conclusión: quien esté con el señor Vicente está con los tiempos de hoy.
Puntos para el trabajo por grupos
1.° Jesús hace la opción por los pobres
Pues afirma que el Espíritu del Señor le ha ungido «para anunciar la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4,18).
2.° El distintivo de la misión de Jesús es la opción por los pobres
«Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Noticia» (Mt 11,4-5), responde a quienes le preguntaban de parte del Bautista si él era el Mesías.
3.° La Iglesia ha hecho también la opción por los pobres
Jesús no sólo vivió personalmente su opción por los pobres, sino que quiso inculcarla a los suyos. El Papa Juan Pablo II y el Sínodo Extraordinario de Obispos, celebrado en Roma (1985), ha hecho también esta opción por los pobres. Por eso Juan XXIII proclamó solemnemente que «la Iglesia, que es de todos, quiere ser especialmente de los pobres», porque están más necesitados.
Es una opción preferencial, no exclusiva.
4.° Para estar con los pobres hay que estar contra la pobreza
No está dicho todo con afirmar que la Iglesia debe estar con los pobres. Es preciso luchar contra las distintas formas de pobreza para que haya menos desigualdades. Esta idea la expresa muy bien el apóstol san Pablo cuando dice: «No se trata de que paséis apuros para que otros tengan abundancia, sino de que se llegue a la igualdad. Hoy vuestra abundancia remedia la necesidad de los otros, para que la abundancia de ellos pueda remediar también vuestra necesidad y reine la igualdad. Como dice la Sagrada Escritura: el que mucho recogió, no tuvo de más, y el que poco, no tuvo de menos» (2 Cor 8,13-15).
5.° Recuperar el sentido primitivo de la «limosna»
Consiste en hacer justicia en nombre de Dios a aquellos a quienes no se la hacen los hombres.
Así debemos entender la afirmación vicenciana de que socorriendo a los necesitados «practicamos la justicia, no la misericordia».
La limosna, pues, lejos de sustituir las reformas estructurales, las exige a gritos.
Preguntas para la reflexión personal o comunitaria
- ¿He hecho, de verdad, mi opción por los pobres como la hizo un día Jesús de Nazaret y Vicente de Paúl?
- ¿Trabajo por la reforma de las estructuras injustas que están a mi alrededor?
- ¿Qué sentido tiene para mí la limosna?
- ¿Me contento con «hacer caridad a ratos» o me esfuerzo por «vivir en estado de caridad»?
- II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano: Los Documentos de Medellín, «Paz», n.° 3, Nova Terra, Barcelona, 1969, pág. 68.
- Atahualpa Yupanqui: Preguntas sobre Dios, Hispavox HCS 41-05 (LS).
- Joachim Jeremias: Jerusalén en tiempos de Jesús, Cristiandad, Madrid, 1977, págs. 105, 117, 136, 148, 324, 325.
- Citaré siempre a san Vicente según la versión castellana de sus Obras Completas y publicada por Sígueme (Salamanca) a partir de 1972. El número romano se refiere al tomo y el arábigo indica la página.
- Joachim Jeremias: Las parábolas de Jesús, Verbo Divino, Estella, 1970, págs. 153-154.
- Joachim Jeremias: Teología del Nuevo Testamento, Sígueme, Salamanca, 1977, pág. 137.
- Joachim Jeremias: Teología del Nuevo Testamento, pág. 142.
- C. H. Dodd: Une parabole cachee dans le Quatrieme Evanffik, «Revue d’Histoire et de Philosophie Religieuse», 42, 107-115.
- David Romano: Talmud Babilónico, Planeta, Barcelona, 1975, pág. 276.
- «Documento de las dos columnas», II, 5-9, en M. Jiménez, F. Bonhomme, Cristiandad, Madrid, 1976, pág. 87.
- Anónimo: El Evangelio de Tomás, P.U.F., París, 1959, págs. 53-55.
- J. Ber. 2,3c (par Midr. Ecl. 5,11, Midr. Cant. 6,2).
- J. Sanh. 6,23c (par J. Hag. 2,77d).
- III Conf. Gener. Episc. Lat.amer.: Puebla. La evangelización en el presente y en el futuro de Amér. Lat., BAC, 1142, pág. 346.
- III Conf. Gener. del Episc. Lat.amer., o.c., n.° 32-39, pág. 80.
- Juan XXIII: Radiomensaje del 11-11-62, en Galindo, «Colección de Encíclicas y Doc. Pont.», A.E.C., Madrid, 7′ ed., 1967, t. III, pág. 2.493.
- Víctor Manuel Arbeloa: Jóvenes rebeldes (la JOC), PPC, Madrid, 1965, página 6.
- F. Nietzsche: Así habló Zaratustra, en sus «Obras compl.», Prestigio, Buenos Aires, 1970, t. 3, pág. 430.
- J. J. Rousseau: Discurso sobre el origen de la desigualdad de los hombres, Castellete, Madrid, 1972, pág. 117.
- Cfr. José Alonso Díaz: Términos bíblicos de justicia social y traducción de equivalencia dinámica, PPC, Madrid, 1978.
- Joachim Jeremias: Teología del Nuevo Testamento.
- J. P. Sartre: «Le diable et le bon Dieu», en sus Obras completas, Aguilar, Madrid, t. 1, 1974, pág. 512.
- Pablo VI: Populorum progressio, 56.
- Constituciones Apostólicas, IV, 6, 1-5, Ed. Funk, 1805, pág. 224.
- Didascalia, IV, 8, 2, Funk, pág. 228.
- Lenin: Sulla religione, Rinascita, Roma, pág. 13.
- J. M. Ibáñez: Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo, Sígueme, Salamanca, 1977.
- Pío XI: Discurso a la Federación Católica Universitaria Italiana, 18 de diciembre de 1927.






