Muy querido y recordado Padre Caramés:
Te escribo esta carta, porque me imagino que en el cielo, los Ángeles tendrán organizado un buen servicio de correos. Sí, los Ángeles; los mismos que en la noche del 24 de diciembre en Belén, comunicaron a los pastores que muy cerca de su majada había nacido el Mesías, el Salvador. Estaban tan contentos, aquella noche, los Ángeles, que celebraban el acontecimiento con cantos, que se oían por toda la montaña de Judá. Cuando me contestes, me cuentas quienes estaban a la puerta del cielo para recibirte. Pero, como no quiero esperar demasiado, aunque tú eres muy puntual en contestar, voy a imaginarme el recibimiento que te han hecho ayer a las cuatro de la tarde.
Estoy convencido, que como tú siempre fuiste fiel a Dios, estaría el Padre a la puerta para darte la bienvenida, rodeado de tantos y tantas a quienes has trasmitido la fe; tantos y tantas a quienes has anunciado el Evangelio; a tantas Hijas de la Caridad a quienes puntualmente a las cuatro de la tarde todos los sábados en Villaobispo, les administrabas el sacramento del perdón; a tantos pobres a quienes pacientemente escuchabas y alargabas tu mano para aliviar sus penas, mitigar sus carencias. Dios te habrá dicho: Gracias, P. Caramés por tu fidelidad mantenida desde el día de tu bautismo. Te habrá dicho también: Gracias por haber encarnado con tanta fidelidad el estilo de misionero que San Vicente de Paúl nos pide para responder como buenos evangelizadores de los pobres. Tú has llevado a tu vida, a la práctica, este capítulo 25 del evangelio de Mateo que nos han proclamado. Y que como dice san Juan de la Cruz, será la materia que nos pondrán en el examen final: ¿Cómo hemos andado de amor?
Al final de la vida, nos examinarán del amor.
P. Caramés, la Congregación de la Misión y la Provincia de Salamanca, estamos orgullosos de ti. Has sido todo un ejemplo de cómo se debe ser misionero fiel al Cristo evangelizador de los pobres, en estos tiempos, a veces un poco oscuros. Gracias por los nueve años que formé comunidad contigo y pude ser testigo de tu fidelidad comunitaria. Gracias por tus desvelos, por tenernos la cena caliente a las 9 de todas las noches. Gracias por tu piedad sincera. Tal vez fruto de ella es la frase que hasta hace dos días, me repetías: Dios ante todo, Dios sobre todo. Y a continuación rezábamos juntos el Padrenuestro, o el Ave María y la jaculatoria: Oh María sin pecado concebida.
P. Caramés, hace día y medio, cuando la doctora te preguntaba, ¿cómo está P. Caramés? Tu le respondías con tus manos diciéndole esto se acaba y ya no podéis hacer más por mi; os despido con este gesto de mis manos. Y con la seguridad de que en ti se cumplía lo que nos dice el libro de la Sabiduría que hemos proclamado como primera lectura: «La vida de los justos está en manos de Dios, y no los tocará el tormento. La gente insensata pensaba que morían, consideraba su tránsito como una desgracia, y su partida de entre nosotros como una destrucción; pero ellos están en paz. La gente pensaba que cumplían una pena, pero ellos esperaban de lleno la inmortalidad» (Sb. 3, 1-4)
Ahora, que estás en la casa del Padre, te pido que le digas a Dios. Dile que te escuche bien: que anime a algunos jóvenes a seguir esta vocación de la que tú sentías orgulloso y que tantas satisfacciones humanas, cristianas y espirituales te ha regalado. Dile al Padre, que no nos conformamos con que la Congregación crezca en otros lugares de la tierra; que también queremos que crezca aquí; que tú necesitas que alguien recoja el testigo que dejas y que también hay pobres entre nosotros.
P. Caramés hay algo que no me ha parecido del todo bien; es tu prisa por irte y no haber esperado al 27 de este mes para celebrar contigo, tu 90 cumpleaños. Te has quedado en 89 años y 355 días. Pero si era la voluntad de Dios y tu derecho a descansar y disfrutar de la compañía del Padre, yo lo acepto.
P. Caramés: gracias por haber sido un buen Misionero Paúl. Un buen seguidor del Cristo evangelizador de los pobres. Desde el cielo reza por nosotros, tus hermanos, para que seamos fieles a la vocación. Y por todos los que estamos hoy aquí despidiéndote para que llevemos a la vida de cada día el Proyecto que Dios ha hecho para cada uno de nosotros.
Gracias a tu familia terrena que siempre te ha acompañado con el cariño y la cercanía; y que te ha llamado para que presidieras bautizos, bodas, primeras comuniones que tenían lugar en el seno familiar.
Termino esta carta, con un fuerte abrazo de tu hermano
Eblerino, Eble







