
La pobreza de muchas familias campesinas de San Lucas, les impide gozar de una mejor vivienda. LA PRENSA/William AragÛn
«Precisamente el Espíritu acude en auxilio de nuestra debilidad; nosotros no sabemos a ciencia cierta lo que debemos pedir, pero el Espíritu en persona intercede por nosotros con gemidos, sin palabras; y aquel que escruta el corazón conoce la intención del Espíritu, porque éste intercede por los consagrados como Dios quiere». (Rom 8,26-27).
«La oración del misionero debe estar informada de espíritu filial, de humildad, de confianza en la Providencia y de amor a la bondad de Dios. De este modo aprendemos a orar como pobres de espíritu, teniendo por cierto que nuestra debilidad se robustece con la fuerza del Espíritu Santo. El, en efecto, ilumina nuestras mentes y fortalece nuestras voluntades para que conozcamos con más profundidad y aliviemos con más eficacia las necesidades del mundo». (C 43).
Se sabe de sobra que la oración es un don divino que Dios concede sobre todo a los pobres de espíritu. No son los sabios ni entendidos de este mundo los más privilegiados en materia de oración, sino los humildes y sencillos; éstos están capacitados, más que nadie, para descubrir los secretos del Reino; a ellos se les prometió una asistencia especial del Espíritu, verdadero inspirador de la oración; sobre ellos Dios se derrama abundantemente. La Constitución 43 recoge las principales notas que han de acompañar la oración de los Misioneros.
- «La verdadera religión está entre los pobres».
San Vicente alude con alguna frecuencia a su experiencia del trato con el pobre pueblo para incitarnos a la oración, que tiene su asiento en el corazón de los humildes. Había constatado también el Fundador de la Misión que, dentro de la comunidad, eran los Hermanos Coadjutores, menos provistos de ciencia teológica y de cultura, en general, que los sacerdotes, quienes gozaban del don de oración. Acordándose de los primeros, los pobres del campo, dijo en cierta ocasión:
«¿A quiénes da Dios la penetración de las verdades cristianas? Al pueblo sencillo, a las buenas gentes. Podemos comprobar esto en la diferencia que se adverte n la fe de los campesinos y la nuestra. Lo que me queda de la experiencia que tengo, es el juicio que siempre me he hecho: que la verdadera religión, hermanos míos, Id verdadera religión está entre los pobres. Dios los ha enriquecido con una fe viva: ellos creen, palpan, saborean las palabras de vida. No los veréis nunca, en medio de sus enfermedades, aflicciones y necesidades, murmurar, quejarse, dejarse llevar de la impaciencia; nunca u muy raras veces». (XI 462).
- «Pidamos a Dios que sea El mismo quien nos ilumine e inspire lo que le agrada».
En la oración no se trata de tener subidos pensamientos, sino de amar como hijos a Dios Padre; no es cuestión de convertir la oración en un estudio frío, sino de dejarse iluminar por las luces del Espíritu para inflamar el corazón en actos de amor a Dios. A este respecto, comenta San Vicente:
«Fijaos en la diferencia que hay entre la luz del fuego del sol; durante la noche nos ilumina nuestro fuego, y con su esplendor vemos las cosas, pero muy imperfectamente, sin descubrir más que la superficie, porque este resplandor no da más de si. Pero el sol lo llena lodo y lo vivifica con su luz; no sólo descubre el exterior de las cosas, sino que con su virtud secreta penetra dentro de ellas, las hace obrar y que sean fructuosas y fértiles, según la cualidad de su naturaleza. Puesbien, los pensamientos y consideraciones que vienen de nuestro entendimiento no son más que unos fuegos muy pequeños, que sólo muestran un poco por fuera el exterior de los objetos, sin producir nada; pero las luces de la gracia, que el Sol de justicia derrama en nuestra alma, descubren y penetran hasta el fondo más íntimo de nuestro corazón, excitándolo y haciéndole producir frutos maravillosos. Por tanto, hemos de pedir a Dios que sea El quien nos ilumine y nos inspire lo que le agrada. Todas esas consideraciones altas y rebuscadas no son oración; son más bien con frecuencia brotes de la soberbia». (XI 779-780).
- «Comporta un hondo sentido de los atributos profundos de Dios».
Como San Vicente nos lo ha declarado arriba, también Pablo VI vuelve a poner de relieve los valores de la religiosidad popular:
«La religiosidad popular refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer. Hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe. Comporta un hondo sentido de los atributos profundos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado de quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás, devoción». (EN 48).
- ¿Qué disposiciones interiores acompañan mi oración? ¿Reduzco la oración a un estudio frío, sin llegar a entablar un diálogo de amor con Dios Padre?
- ¿Acato la voluntad de Dios, descubierta en la oración?
- ¿Me acerco a la oración con la humildad del publicano o, por el contrario, voy a justificarme como el fariseo?
ORACIÓN:
«Oh Dios, que ilustraste los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, danos a conocer lo que es recto según el mismo Espíritu Santo, y gozar siempre de su consolación. Por Cristo nuestro Señor». (Mro, Votiva del Espíritu Santo).






