Oremos como los pobres

Mitxel OlabuénagaEspiritualidadLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:
La pobreza de muchas familias campesinas de San Lucas, les impide gozar de una mejor vivienda. LA PRENSA/William AragÛn

La pobreza de muchas familias campesinas de San Lucas, les impide gozar de una mejor vivienda. LA PRENSA/William AragÛn

«Precisamente el Espíritu acude en auxilio de nuestra debilidad; nosotros no sabe­mos a ciencia cierta lo que debemos pedir, pero el Es­píritu en persona intercede por nosotros con gemidos, sin palabras; y aquel que escruta el corazón conoce la intención del Espíritu, por­que éste intercede por los consagrados como Dios quie­re». (Rom 8,26-27).

«La oración del misionero debe estar informada de es­píritu filial, de humildad, de confianza en la Providencia y de amor a la bondad de Dios. De este modo aprende­mos a orar como pobres de espíritu, teniendo por cierto que nuestra debilidad se ro­bustece con la fuerza del Es­píritu Santo. El, en efecto, ilumina nuestras mentes y fortalece nuestras voluntades para que conozcamos con más profundidad y aliviemos con más eficacia las necesida­des del mundo». (C 43).

Se sabe de sobra que la oración es un don divino que Dios concede sobre todo a los pobres de espíritu. No son los sabios ni entendidos de este mundo los más privilegiados en materia de oración, sino los humildes y sencillos; éstos están capacitados, más que nadie, para descubrir los secretos del Reino; a ellos se les prometió una asistencia especial del Espíritu, verdadero inspira­dor de la oración; sobre ellos Dios se derrama abundan­temente. La Constitución 43 recoge las principales notas que han de acompañar la oración de los Misioneros.

  1. «La verdadera religión está entre los pobres».

San Vicente alude con alguna frecuencia a su expe­riencia del trato con el pobre pueblo para incitarnos a la oración, que tiene su asiento en el corazón de los humildes. Había constatado también el Fundador de la Misión que, dentro de la comunidad, eran los Her­manos Coadjutores, menos provistos de ciencia teológica y de cultura, en general, que los sacerdotes, quie­nes gozaban del don de oración. Acordándose de los primeros, los pobres del campo, dijo en cierta ocasión:

«¿A quiénes da Dios la penetración de las verdades cristianas? Al pueblo sencillo, a las buenas gentes. Po­demos comprobar esto en la diferencia que se adverte n la fe de los campesinos y la nuestra. Lo que me que­da de la experiencia que tengo, es el juicio que siempre me he hecho: que la verdadera religión, hermanos míos, Id verdadera religión está entre los pobres. Dios los ha enriquecido con una fe viva: ellos creen, palpan, sabo­rean las palabras de vida. No los veréis nunca, en me­dio de sus enfermedades, aflicciones y necesidades, mur­murar, quejarse, dejarse llevar de la impaciencia; nunca u muy raras veces». (XI 462).

  1. «Pidamos a Dios que sea El mismo quien nos ilumine e inspire lo que le agrada».

En la oración no se trata de tener subidos pensa­mientos, sino de amar como hijos a Dios Padre; no es cuestión de convertir la oración en un estudio frío, sino de dejarse iluminar por las luces del Espíritu para inflamar el corazón en actos de amor a Dios. A este respecto, comenta San Vicente:

«Fijaos en la diferencia que hay entre la luz del fuego del sol; durante la noche nos ilumina nuestro fuego, y con su esplendor vemos las cosas, pero muy imperfectamente, sin descubrir más que la superficie, porque este resplandor no da más de si. Pero el sol lo llena lodo y lo vivifica con su luz; no sólo descubre el exterior de las cosas, sino que con su virtud secreta penetra dentro de ellas, las hace obrar y que sean fructuosas y fértiles, según la cualidad de su naturaleza. Puesbien, los pensamientos y consideraciones que vienen de nuestro entendimiento no son más que unos fuegos muy pequeños, que sólo muestran un poco por fuera el exterior de los objetos, sin producir nada; pero las luces de la gracia, que el Sol de justicia derrama en nuestra alma, descubren y penetran hasta el fondo más íntimo de nuestro corazón, excitándolo y haciéndole producir frutos maravillosos. Por tanto, hemos de pedir a Dios que sea El quien nos ilumine y nos inspire lo que le agrada. Todas esas consideraciones altas y rebus­cadas no son oración; son más bien con frecuencia bro­tes de la soberbia». (XI 779-780).

  1. «Comporta un hondo sentido de los atributos profundos de Dios».

Como San Vicente nos lo ha declarado arriba, también Pablo VI vuelve a poner de relieve los valores de la religiosidad popular:

«La religiosidad popular refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer. Hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuan­do se trata de manifestar la fe. Comporta un hondo sentido de los atributos profundos de Dios: la paterni­dad, la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra actitudes interiores que raramente pueden ob­servarse en el mismo grado de quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida co­tidiana, desapego, aceptación de los demás, devoción». (EN 48).

  • ¿Qué disposiciones interiores acompañan mi ora­ción? ¿Reduzco la oración a un estudio frío, sin llegar a entablar un diálogo de amor con Dios Padre?
  • ¿Acato la voluntad de Dios, descubierta en la oración?
  • ¿Me acerco a la oración con la humildad del pu­blicano o, por el contrario, voy a justificarme como el fariseo?

ORACIÓN:

«Oh Dios, que ilustraste los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, danos a conocer lo que es recto según el mismo Espíritu Santo, y gozar siempre de su con­solación. Por Cristo nuestro Señor». (Mro, Votiva del Espíritu Santo).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *