Nuestro P. Vicente Lebbe (1877-1940)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: · Translator: Jaime Brufau. · Year of first publication: 1950 · Source: Anales Barcelona.
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P. LebbeEl P. Lebbe fue un obrero evangélico que tuvo un elevado ideal, al cual supo servir con constancia y entusiasmo el ideal de transformar todo lo mezquino y sórdido de un pasado que caminaba rápidamente a la tumba.

El P. Lebbe inició en China un movimiento que acaso bien pudiera extenderse a muchos otros países de Misión. En este movimiento empleó métodos muy particulares que, aunque le acarrearon grandes dificultades, le llevaron adonde no se había podido llegar después de tres siglos de evangeli­zación: al corazón del pueblo chino.

La historia misionera actual está demostrando ahora cuán acertado estuvo el P. Lebbe en sus métodos. Hoy acaso no hablaríamos de una jerarquía eclesiástica en China, de la Iglesia china, si el P. Lebbe no hubiese vencido, a costa de destierros y humillaciones, la barrera. nacionalista que impe­día al alma china acercarse a Cristo. Si hoy empezábamos a asistir a un magnífico florecimiento del cristianismo en China, es debido al P. Lebbe. El P. Lebbe merece por sólo esto estar al lado de los grandes maestros del apostolado mi­sionero. ¿Qué quedaría hoy en China, después de estos años de ruinas, angustias, incógnitas, después de un poderoso resurgimiento de la conciencia nacionalista en los pueblos orientales sí el P. Lebbe no hubiese librado al cristianismo chino de las viejas ideas europeas? ¿Cómo quedaría hoy la Iglesia en China si el P. Lebbe no hubiese logrado crear allí con sus esfuerzos una jerarquía eclesiástica propia?

Grandes son los méritos del P. Lebbe. Por esto creemos que nuestros Iectores leerán con interés estas páginas que no reflejan más que una mirada de conjunto sobre la vida y la obra apostólica del P. Lebbe.

Hacia la cumbre del apostolado

Hace casi los diez años, el 24 de junio de 1940, moría en Chung-King el P. Vicente Lebbe, el apóstol de la China mo­derna.

¿Quién es y qué cosas realizó este misionero a quien la China proclamó héroe nacional, a quien un profesor de la Universidad de Lovaina ha llamado «la más grande figura de la Iglesia contemporánea?

Nació en Gante, Bélgica, el 19 de agosto de 1877. Desde los primeros años sintió el ideal de llevar la luz del Evan­gelio a los pobres chinos. Su madre estaba suscrita’ a una revista misional de Ios PP. Paúles. El pequeño Vicente se divertía recortando chinitos, que guardaba cuidadosamente en una cajita, y que de cuando en cuando ponía en fila sobre la mesa, para predicarles con el mayor candor:

En 1895 entró como novicio en la Congregación de la Misión. Antes de terminar la carrera es enviado a Roma a completar sus estudios. Y en Roma escucha a Mons. Favier, que viene de China, en 1900, hablando de la revolución de los boxers, de los innumerables mártires producidos por la misma, de la sangre aun caliente de varios obispos, de mu­chos misioneros europeos y de millares de cristianos chinos, sacerdotes y seglares…

Vicente quiere partir inmediatamente para. China a pesar de las objeciones que se le hacen porque todavía no es sacer­dote. A los pocos meses, el 10 de febrero de 1901, está ya navegando rumbo a China.

A su llegada a Pekín queda tristemente impresionado por el aspecto externo que presenta el problema misionero. Desde la cima del monte King-Chang descubre y observa las mara­villas de la ciudad. Pagodas, palacios, terrazas, escalinatas y ‘arcos de triunfo, que emergen como un sueño de hadas, de entre centenares y millares de verdes acacias. Techum­bres de bordes deliciosamente curvados, con sus tejas doradas y multicolores. Y, en torno a este parque encantado, imperial, vese agrupado el barrio comercial, más sencillo, pero conce­bido todo en una misma tónica…

El joven misionero contempla embelesado el admirable conjunto. Y, mirando, descubre a lo lejos algo extraño que rompe la maravillosa armonía del paisaje. Es precisamente la catedral católica, fuera del contexto estético de Pekín, al margen de la civilización china, edificada con ese frío amane­ramiento del siglo pasado… Y junto a la catedral, igualmente extraños al paisaje y al alma del pueblo chino, los pesados edificios de la Misión católica, y los horribles cuarteles extran­jeros, los cuarteles de los que quieren humillar a China, y las embajadas extranjeras en todos los estilos menos el chino. Y todo ello, iglesia, cuarteles, embajadas, no forma más que un solo bloque, un bloque que permanece situado al margen de la hermosa China…

En aquellos primeros días tan propicios a la observación, advierte también el P. Lebbe que cuando el chino visita las iglesias ve en el presbiterio, no la bandera nacional, sino las banderas extranjeras.

Es una revelación para el joven misionero, una revelación decisiva, una revelación, que es el principio de una revolu­ción. Hay que suprimir aquella nota discordante del pano­rama doy Pekín. Hay que desnudar de sus apariencias extranjeras una religión que como la de Cristo es de todos por igual y para todos.

Súbitamente el gran apóstol comprende que, para conver­tir la China, necesita desvincularse completamente de todo lo extranjero y hacerse chino con los chinos, como el Hijo de Dios se .hizo hombre para salvar a los hombres, como San Pablo se hizo todo a todos para ganarlos a Jesucristo.

Recibió la ordenación sacerdotal el 28 de octubre de 1001. Pero antes se presentó lealmente ante sus Superiores para declarar con una decisión irrevocable que pone de manifiesto su energía de carácter:

«Monseñor, yo no desobedeceré jamás una orden de mis Superiores; pero no puedo ocultarle que, dentro de estos límites, tengo el propósito decidido de no aceptar jamás el hecho consumado de métodos tradicionales. Quiera ser abso­lutamente .chino y no tendré reposo hasta conseguir que la Iglesia sea aquí netamente china. ¿Puede admitírseme a la ordenación en estas condiciones?»

Ordenado de sacerdote, empezó a trabaiar.

Profundizó bien presto en el estudio de la lengua china, hasta el punto de llegar a ser tenido por un excelente orador.

Es más: para ser completamente hijo del gran país, y para ligar completamente su destino con el de la nación que ha ido a. evangelizar, pide y obtiene la nacionalidad china.

Y aquí empieza su inmensa labor de apostolado.

En su trabajo parece que anda sólo tras este ideal: las masas. Así nos lo dicen. estas impresiones, algunas de las cuales aparecieron vistosamente en la tercera página del «Osservatore. Romano» del 6 de noviembre próximo pasado.

Las conversiones en masa

Pío XI en la encíclica Rerum Ecclesiae se lamentaba de no poder dar reposo al pensamiento de que el número de infieles alcanzaba la suma de mil millones de paganos., En­tretanto sabemos que este número ha ido creciendo en muchos millones con el aumento de la población mundial. Aun en la hipótesis de que este número no aumentase más en adelante, siguiendo el ritmo actual de conversiones, se necesitarían aún 25 siglos para que el mundo llegase a ser católico. Pero en realidad el número de paganos aumenta actualmente con cerca de 20 millones cada año. La proporción va creciendo por ende de día en día. Dentro de 50 años habrá en el inundo mil millones más de hombres. De estos mil millones 800 mi­llones habrán engrosado el número de los no católicos

La marcha actual de la desproporción entre católicos y no católicos hace ver claramente que la entrada del género humano en el rebaño de la Iglesia es matemáticamente incon­cebible, si en la marcha de las conversiones no sobreviene un cambio completo. Esto es: si las conversiones no se produ­cen en masa en el futuro. Y en esto se basé el ideal que animó ya desde un principio al P. Lebbe: convertir en masa.

El patriotismo, arma de apostolado

Orientando todo su trabajo a la conversión de las masas, empezó el P. Lebbe por no mostrarse extraño a ningún mo­vimiento de la vida nacional china, buscando siempre poner bien alto el nombre católico, la Iglesia y el cristianismo.

Las fuerzas católicas necesitaban lanzarse a la gran co­rriente de la vida nacional.

El P. Lebbe veía vacilar a la China entré dos grandes ideologías: sus cultos tradicionales y el comunismo. Quiso resolver estas vacilaciones proponiendo un tercer camino, capaz de satisfacer las aspiraciones de todos: el catolicismo, Para ello lo injerté en la vida nacional, y lo presentó como el medio supremo para salvar el alma y la patria.

Pero se necesitaba un punto de apoyo, pacíficamente acep­tado por todos. Buscólo y lo encontró: el patriotismo. Ya desde el principio de su ministerio se había hecho repetida­mente esta observación: cuando la persecución se ensañó en China, invocóse como razón suprema siempre el carácter ex­tranjero’ de la religión cristiana. Este hecho llevó al P. Lebbe a un profundo y detenido estudio. He aquí cómo resume el estado de ánimo del pueblo chino (sobre todo del sector intelectual):

1) El cristianismo es una religión de importación extran­jera que no ha sabido jamás fusionarse con el ambiente chino, y que, después de tantas siglos, es todavía una religión extraña al país. Adherirse a esta religión significa renegar del carácter nacional chino,

2) El cristianismo es un peligro para la nación. Todas las colonias fueron abiertas por misioneros. Acaso tramen algo contra China. Un día u otro pueden sus patrias pasar a ser nuestros enemigos, y entonces el sentimiento de una gran parte de la población puede depender de la actitud de los misioneros.

3) El cristianismo es una religión oscurantista que im­pide el progreso de la nación,

La jerarquía china

Había que salir de esta penosa situación y abrirse paso en el ánimo del pueblo. Lo primero que tenía que hacerse era presentar a los misioneros como apóstoles de una religión y no como emisarios de una potencia extranjera.

El mejor medio para ello era suscitar lo más rápidamente posible un clero indígena completo, libre de toda tutela extra­ña y con obispos chinos a la cabeza. Había que invertir la situación: los misioneros blancos debían estar a la disposi­ción de los obispos chinos. Precisaba transformar rápida­mente las colonias espirituales (las misiones) en una Iglesia nacional y completa. Con esto se abrirían aquellos corazones, y se prepararían las conversiones en masa.

Consecuente con sus reflexiones, trabajó abnegadamente para obtener con todos los medios la constitución de una Igle­sia china, con sus obispos y su clero indígena.

Puede decirse con razón que, a pesar de las grandes difi­cultades que le salieron al paso, él fué el promotor de la reciente Iglesia china, que ahora cuenta con un Cardenal, varios obispos y un magnífico clero.

  1. S. Pío XI y el Cardenal Van Rossum le mostraron su completa confianza, llamándole a Roma en marzo de 1926, para tratar con él del nombramiento de obispos chinos. Seis meses después, el 28 de octubre, asistía a la solemne ceremo­nia de la consagración de los seis primeros obispos chinos, dos de los cuales pertenecían a su mismo Instituto, la Con­gregación de la Misión. Aquel día fue para él el más grande de su vida. Hablando de ello, solía llorar de gozo.

La apologética del P. Lebbe

A partir de 1811 instaló el P. Lebbe una sala de confe­rencias. Con esto, además de la predicación ordinaria que se hace en la iglesia, se exponía una apologética basada exclu­sivamente en el plano nacional y patriótico.

Para hacer interesante nuestra religión, había que buscar un punto de contacto entre el catolicismo y las necesidades, los deseos y aspiraciones de la población. Este punto de con­tacto hallólo en un estudio del Evangelio, que le llevó a for­mular el principio de que el Evangelio era el único medio para satisfacer plenamente las justas aspiraciones del pueblo chino.

He aquí el título de una serie de conferencias suyas: «Es necesario hacer algo para la salvación de China, y la religión católica es el único medio para salvar a China». Con esto el Evangelio empezó a ser mirado con interés, porque perdía toda apariencia de una pura teoría más, y porque represen­taba el alivio de sus males, el remedio de sus necesidades, la voz de sus intereses…

Esta nueva apologética produjo un movimiento grande en favor del catolicismo. El vicepresidente de la cámara provin­cial de diputados dijo un día públicamente: «Ahora que conozco al P. Lebbe y que he oído su predicación, si no me hiciera católico, me juzgaría indigno del nombre de hombre» y en otra ocasión: «Antes teníamos horror al catolicismo; ahora todos quisiéramos ser católicos». Un misionero que residía a 50 kilómetros de Tientsin decía: «En el campo no se habla de otra cosa que de la conversión del Tientsin; dícese que se hacen todos cristianos».

No había medio que no utilizase el P. Lebbe: prensa, con­ferencias, cursos de derecho, discursos en las asambleas del partido obrero, en los sindicatos, en la Cruz Roja, etc.

Un tema muy desarrollado por él, sobre todo entre los estudiantes chinos de Europa y los intelectuales, fue la inves­tigación del secreto de la grandeza de los pueblos occiden­tales. En estas investigaciones llevaba siempre a su auditorio a la conclusión de que el motivo que impedía a la China un vasto desenvolvimiento en la civilización era la falta de virtud. Y lo proclamaba con acentos patéticos: la falta de virtud, de mortificación, de abnegación es la causa de los males de China. Su tema preferido traído por doquiera con la fuerza de un slogan era éste: «Un pueblo sin virtud no puede prosperar; no hay virtud sin la verdadera religión, y ésta no es más que una, la católica».

La cooperación seglar

El método del P. Lebbe no se para aquí. Continuando en la búsqueda de puntos de contacto con el pueblo, pensó en asociarse a los que eran sus directivos a título de coopera­dores, haciéndoles ver así que aquellas sus obras de aposto­lado eran en cierto sentido cosa suya.

Empezó por instituir en forma que diríase de actualidad, numerosas asociaciones de Acción Católica. Veía que la nación necesitaba un vivero de apóstoles seglares. Una eficaz Acción Católica le parecía indispensable, aun más que en nuestros países de tradición católica. Necesitaba conquistadores. No un apostolado estático, sino eminentemente dinámico y con­quistador.

En 1912 es nombrado Vicario General de Mons. Dumond, y funda en Tientsin la Unión de Acción Católica China, que pronto se esparció por los 25 Vicariatos apostólicos. Funda en todas partes la Acción Católica en todas sus ramas, para que lo movilice todo: hombres, mujeres, jóvenes, obreros, estu­diantes, etc.

Busca por todos los medios hacer surgir y formar una élite capaz de minar aquella sociedad pagana vacilante, que ya mostraba abiertamente sus grandes grietas ; había que pe­netrar en todos sentidos, en sus instituciones, en su cultura, en su conjunto, para recogerla en su desfallecimiento y diri­girla hacia la nueva meta de una sociedad cristiana.

Con sus ardorosas conferencias de Tientsin, con la funda­ción de la Prensa china que nacía gracias a sus impulsos, con la magnífica Acción Católica, buscó el medio de cristianizar la vida y hacer entrar al católico chino en la vida pública de la nación para que sirviera de saludable fermento entre las masas paganas.

El joven e ilustre Arzobispo de Nankín, Mons. Yu-Pin, rendía al P. Lebbe este magnífico elogio sobre este particu­lar.: «La obra más grande llevada a cabo por el P. Lebbe fué el haber introducido al católico chino en la vida china».

La prensa en manos del P. Lebbe

Hemos aludido a su labor en la Prensa china. Veamos más detalladamente lo que hizo el P. Lebbe con esta arma de propaganda.

El gran misionero vio claramente que un poderoso medio de penetración en las masas era la Prensa. Creó la Prensa china: Fundó el Ichepao, el primer diario católico chino, que por su presentación y por su gran tirada se conquistó el título de «rey de los periódicos». Salía en dos ediciones: una en Tientsin, y otra en Pekín, en donde se fundó una sucursal. El Ichepao desde el primer número vino a ser el eco fiel y enérgico de las reivindicaciones chinas, y se con­quistó bien pronto las simpatías de todos.

Empezó a salir también después un Ichepao popular de la tarde, diario dependiente del primero, y un semanario femenino ilustrado.

Aparecieron luego dos nuevas publicaciones quincenales, esta vez en inglés, con el fin específico de dar a conocer al mundo anglosajón el catolicismo de los chinos.

El P. Lebbe, Padre del monacato chino

Mucho había hecho el P. Lebbe por el pueblo chino, pero su mente incansable, que soñaba siempre por un completo triunfo de Cristo en la gran nación del Extremo Oriente, encontró a faltar aún algo. Faltaba la obra de los benedic­tinos de la Edad Media en Europa.

El monacato sería también un medio de convencer al pueblo. Quería hacer brillar ante la masa pagana una realiza­ción verdadera y. completa del cristianismo puro, abrazado voluntariamente por la gente común de su pueblo, por los mismos chinos.

Por esto los Hermanos de San Juan Bautista, fundados por el mismo P. Lebbe con la intención de dar al Obispo de Ankwo eI personal que necesitara, se convirtieron por el deseo ele sus mismos miembros en una orden monástica, basada en, la divisa de San Benito Ora et labora. Los Hermanos de San Juan Bautista unen la vida ascética a tina vida activísima en todos los órdenes. Según las necesidades son enfermeros, maestros, catequistas, y durante la guerra, auxiliares en el Ho vicio militar de Sanidad.

La jornada del Hermano se divide entre el trabajo y la piedad: ésta comprende la Misa por la mañana, la recitación en chino del Oficio divino, la meditación y la lectura, espiri­tual. La vida del cuerpo es dura: duerme sobre una tabla, no come jamás carne ni pescado, no fuma, no bebe más que agua.

Recientemente, con el apoyo de S. Emcia. el Cardenal Tien, habían emprendido obras sociales en favor de los agricultores. Algunos de estos monjes se dedicaban a formas de apostolado más intelectual, como Fray Yi, que era director del Ichepaa.

La obra de sus monjes fue seguramente la más atrevida que concibió y realizó el P. Lebbe. Para llevarla felizmente a cabo, el Hijo de San, Vicente, con permiso de sus Superio­res, dejó su Congregación para pertenecer totalmente al Instituto indígena de los Hermanos de San Juan Bautista y. formarse todos en la escuela de San Benito. En1928 le vemos abad de Ankwo.

El apostolado del P. Lebbe en Europa

Además de su apostolado en China, el P., Lebbe desarrolla todavía una Obra magnífica en Europa.

Eran muchos los estudiantes chinos que dejaban su patria para proseguir sus estudios en América o Europa. Llegaban a nuestros países con muchos prejuicios contra la religión católica, que seguía pareciéndoles, aun más claramente que en su patria, un medio de penetración y opresión en manos de las potencias extranjeras. La lectura de nuestros periódicos y revistas misionales les confirmaba en su opinión.

En 1920 el P. Lebbe, incomprendido en su trabajo, viene desterrado de. China. Apenas llegado a Europa, ve y com­prende las dificultades de sus paisanos de adopción, y se dedi­ca a ayudarles en todo y en todas las formas. Gracias a su contacto, caen los prejuicios. La Iglesia se les aparece a los estudiantes chinos bajo su verdadero aspecto. De este .modo en los siete años que pasó en Europa, de 1920 a 1927, logró convertir a 300 de estos estudiantes, entre ellos el jefe de la Liga anticristiana, que luego ocuparon cargos importantes en la Celeste República.

Para consolidar y dar mayor eficacia a su obra, en agosto de 1921 funda la obró de los estudiantes chinos, y en 1923, la «Associatio Catholica Juventutis Sinensis», con su periódico, «Le bulletin de la jeunesse catholique chinorse».

Su obra más importante llevada a cabo en Europa, fue no obstante la fundación de dos congregaciones con espíritu y programas nuevos. Los seis obispos chinos, apenas consagrados, expresaron su angustia al P. Lebbe. Al volver a China iban a encontrarse con pocos sacerdotes a su disposición. Iluminado por Dios, respondió el P. Lebbe: «Yo os procu­raré sacerdotes: fundaré una nueva congregación de misione­ros que deberán ponerse por completo a vuestra disposición». Habló de esto con el Cardenal Van Rossum, el cual animóle y bendijo su proyecto.

Tres meses después nacía en Lovaina la. Sociedad Auxi­liadora de los Sacerdotes de la Misión (S. A. M.). Después surge también la Asociación Misionera Seglar (A. L. M., Asociación Laica Misionera), que pondrá al servicio de los obispos indígenas a. jóvenes europeos.

Conclusión

Como habrá comprendido el lector, el P. Lebbe provocó en la Iglesia una gran rotura .de obstáculos, que en algún modo puede compararse con aquella que su gran modelo, San Pablo, provocó en los primeros siglos del cristianismo, cuando bajo sus impulsos la Iglesia se libró definitivamente del particula­rismo judaico para avanzar expedita, impertérrita, en el cam­po inconmensurable del universalismo católico.

En honor del P. Lebbe podernos hoy afirmar que las mi­siones en China han dejado de ser «colonias espirituales». Hoy «la Iglesia en China», aquello que en su inmenso y profético deseo constituía para el P. Lebbe lo único necesario, está fundada.

Y los métodos de evangelización del P. Lebbe hoy han basado a la opinión común.

Si el gran jesuita P. Mateo Ricci puede ser llamado el fun­dador de las misiones en China, nuestro P. Vicente Lebbe puede ser considerado como el fundador de la Iglesia en China.

Trad. Jaime Brufau

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