Mirada de fe del itinerario espiritual de Luisa de Marillac

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Luisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Claire Herrmann, H.C. · Year of first publication: 2010 · Source: Ecos de la Compañía.
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Introducción

Luisa de Marillac

Luisa de Marillac

La mirada de fe es un hecho humano fundamental que nos orienta hacia Dios y nos invita a vivir de su Espíritu. La presencia de los Santos es un recuerdo continuo de las cosas del cielo. La Iglesia nos enseña que los santos son inseparables de la plenitud de los misterios de Cristo en lo concreto, del mismo modo que lo son del misterio de la santa Iglesia por su calidad.

La Sagrada Escritura nos recuerda nuestros deberes: «Sed santos, porque yo, vuestro Dios, soy santo» (Lev 19, 2). Jesús responde en eco: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» Cristo invita a seguirle y creer no es sólo adherirse intelectualmente a lo que él dice, sino comprometerse con El «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga». El camino de la fe es un camino de prueba y de libertad, pero es también la obra de la gracia. Esta gracia, con frecuencia es oscura. Reside también en el sufrimiento, pero Dios siempre nos precede como gracia. Si crecemos en el hacer, es preciso también hacerlo en el ser, en el arte de vivir.

Esta mirada de fe nos permite ver, escrutar lo esencial de la vida de Luisa de Marillac, en la confusión de las cosas del mundo, «Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, y obedientes a la voz del Padre, adorándole en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, a fin de merecer ser hechos partícipes de su gloria»1.

«La caridad de Jesucristo crucificado nos apremia»

El camino de santidad de Luisa de Marillac

«Entregada a Dios al servicio de los demás»

Con firme suavidad, el Señor Vicente le indica el camino «Dios es amor y quiere que vayamos a El por amor»2. Es a la vez una etapa ascendente y descendente. Luisa sube espiritualmente y se despoja humanamente. En un contexto de desórdenes políticos (la Fronda), de fundaciones fuera de Paris, de formación de las Hermanas, imperturbablemente, continúa realizando su resolución: adhesión a la voluntad de Dios, despojo total de todo lo que aun conserva el aspecto humano. Había leído en Granada: «Dios es el que es y cuenta sólo una realidad: Dios». No hay, pues, más que perder su ser en el ser de Dios.

En la conferencia del 3 de julio de 1660 presidida por el Señor Vicente, algunas nociones aportadas por las Hermanas permitirán conocer mejor a Luisa de Marillac como instrumento de Dios para formar a las Hermanas, perfeccionar lo que había comenzado y descubrir los designios de Dios sobre la Compañía. La correspondencia con las Hermanas que están lejos, nos ilustran sus cualidades personales, su espíritu de adaptación y la unión entre el quehacer diario y la intervención divina.

¿Cómo lo vivió Luisa de Marillac?

En la imposibilidad de trazar de nuevo lo vivido de la historia diaria, hemos retenido algunas líneas seguras: la docilidad al Espíritu Santo, el abandono y la confianza en la Providencia y la ascesis. La vida de Luisa es un conjunto de fidelidades que se convierten en la gran fidelidad a las inspiraciones del Espíritu Santo el día de Pentecostés de 1623.

¿Por qué hace referencia al Espíritu Santo en sus escritos? La iluminación de Pentecostés es bien conocida por ella misma: las tinieblas en las que estaba sumergida, se encuentra iluminada y el corazón sosegado por la certeza de la grata presencia que le habitaba y que le hacía presagiar su futura misión. Esta claridad que, de repente la invade, fue la respuesta a su alma sedienta de Dios.

Algunos aspectos de su vida permiten comprender mejor y esbozar su disponibilidad al Espíritu Santo.

Su niñez

En primer lugar,¡qué doloroso fue para Luisa saber y comprender su origen! No se rebela, pero sufre por no ser como las otras que vuelven a su familia. Hasta los trece años, vivirá en el Convento Real de Poissy donde está su tía, Luisa de Marillac. Es pues en este marco monacal donde comienzan a germinar las gracias de su bautismo.

Esta atmósfera de contemplación y oración en la que Luisa estaba inmersa, que no conoció idas y venidas de una vuelta a la familia, ¿no es esto lo que sencillamente la hacía, más que a las demás, receptiva a escuchar a Dios a través de las jornadas ritmadas por el sonido de la campana?

Es lo que dirá mucho tiempo después a Margarita Chétif: «Desde mi infancia, he tenido gusto y facilidad por la meditación» Y, puesto que la educación fue muy avanzada, no dejó de estimular su espíritu y su inteligencia a la cultura y a las artes del siglo con este sentido religioso en el que Dios es el comienzo y el fin de todo conocimiento.

1604-1613

El tiempo de Poissy no dura. Luisa está a pensión en casa de una buena señorita. Es un cambio de medio pero se adapta con el sentido que le daba su piedad. Comulgando con las evoluciones religiosas de su tiempo que pone en práctica el Concilio de Trento, se alimenta de Bérulle, de los escritos de san Francisco de Sales que hacían furor en la época. Las Capuchinas se instalan en Paris y Luisa sueña con formar parte de ellas. A las primeras Carmelitas las recibe, en nombre de la Reina, su tío Miguel de Marillac. Este confidente no teme escribirle un día: «El alma pobre, que se reconoce y acepta como tal, espera de Dios lo que él disponga… Se contenta con someterse a Dios y no intenta dictarle la manera cómo ha de conducirla»3. No teme ayudarla a ser más dócil al Espíritu Santo y Luisa comprende bien este lenguaje.

Después de 1625

La santidad es una obra larga y difícil, es la obra del Espíritu Santo la que día tras día, perfila el alma para hacerla pura y agradable a Dios. El Señor Vicente será el instrumento de la liberación progresiva de los escrúpulos de Luisa y de los lazos que aún la retienen cautiva y le impiden confiar en los impulsos del Espíritu con toda humildad y obediencia.

¿Cuántos retiros no haría para consagrarse más totalmente al Señor y a sus miembros sufrientes, los pobres? Al finalizar una de sus oraciones, escribe:

«No es, pues, bastante que me enseñes, oh Salvador mío, los medios para prepararme a la venida del Espíritu Santo, sino que hace falta que tú, alma mía, trabajes de verdad para vaciarte de todos los impedimentos, y actúes, o mejor dicho dejes actuar plenamente a la gracia que el Espíritu Santo quiere derramar en todas las potencias de nuestro ser; y esto no podrá ocurrir sino mediante la destrucción de mis malos hábitos que cuando llega el caso se oponen a ello»4.

¿Cómo no mencionar la caída del techo? Apenas acaba Luisa de dejar la habitación donde estaba con sus Hermanas, cuando el techo se cae. Era la víspera de Pentecostés de 1644. ¿Qué camino recorrido entre estos dos Pentecostés: 1623, toda iluminada y 1644? Este último la confirma en sus asuntos, poniendo fin a las inquietudes que se hacía con relación al futuro de la Compañía.

Así, la santidad se abre paso en el corazón de Luisa. En su oración casi continua Luisa se deja impregnar por el Evangelio que, cuanto más contempla y medita, más ve a Dios en los pobres. Contemplación y acción, es todo uno: la una invade a la otra y viceversa.

Lo que ella desea para ella misma, lo desea para sus hijas: «Hay que (ser) totalmente de Dios, ¿Quiénes somos nosotras para querer escoger libremente nuestros caminos? Dejemos que Dios actúe»5.

En una instrucción a las Hermanas de Montreuil, les dice algunas palabras para dejarse invadir por el Espíritu: «Será por eso conveniente que todas las mañanas las Hermanas pidan, cada una interiormente la bendición de nuestro bondadoso Dios para actuar según el espíritu de su Hijo… o más bien que ese mismo espíritu actúe por medio de ellas; para asemejarnos a la Santísima Trinidad, no ser más que un corazón»6.

Siempre prosternada humildemente ante Dios, ella siente en una de sus oraciones unos medios de los que se sirve para participar en la recepción del Espíritu Santo: «… ¡Quita mi ceguera, Luz eterna! da sencillez a mi alma, Unidad perfecta! ¡humilla mi corazón para asentar el fundamento de tus gracias! y que la capacidad de amar que has puesto en mi alma no se detenga ya nunca más en el desarreglo de mi propia suficiencia que no es, en efecto, más que un obstáculo y un impedimento al puro Amor que he de recibir con la efusión del Espíritu Santo…»7.

«¡Oh Amor puro, cuánto te amo! Pues eres fuerte como la muerte, aparta de mi cuanto te sea contrario»8.

El abandono y la confianza en la Providencia

Dejarse conducir por la Providencia, confiar en la Providencia, abandonarse en la Providencia, son otros tantos términos que a menudo encontramos en los escritos de Luisa de Marillac: correspondencia con las primeras Hermanas o notas personales. Si Luisa habla y escribe así, es para compartir con ellas los sentimientos que la impregnan profundamente.

En ella, el empleo de la palabra Providencia traduce a la vez su confianza total en Dios y el abandono en la fe a sus designios. A veces, emplea sencillamente esta palabra para significar la acción de Dios en una u otra circunstancia. El Señor Vicente la ayudó en este proceso que la llevará a un completo abandono en Dios, liberándola de una ansiedad natural. Hacia 1629, la invita a no adelantarse a la Providencia: «Dios, hija mía, tiene grandes tesoros ocultos en su santa Providencia; ¡y cómo honran maravillosamente a Nuestro Señor los que la siguen y no se adelantan a ella!»9

En 1632, le escribe : «que alabo a Dios por haberla consolado y que lo que me parece que El pide de usted es que honre su santa Providencia en su conducta, sin prisas ni fatigas»10.

Más tarde, en 1652, el Señor Vicente la renueva en este camino: «Lo que Nuestro Señor guarda está bien guardado; es justo que nos pongamos en manos de su adorable providencia»11.

Luisa ha vivido y ha sabido compartir con las primeras Hermanas esta fe y esta confianza en la Providencia basada en su amor de Dios. Lo que escribe no puede ser más que el reflejo de lo que piensa, de lo que vive y de lo que la habita hasta el final de su vida.

En las observaciones de Maturina Guérin sobre Luisa de Marillac, leemos: » …y en seguida volvía a la disposición de la divina Providencia…»12

Las Hermanas están dispersas por diferentes lugares, algunas veces muy lejos de Paris. Es en su correspondencia donde se encuentran sus consejos, sus estímulos y los fuertes sentimientos que la habitan y que ella quiere compartir.

La Providencia provee nuestras necesidades o se hace esperar. Luisa escribe a Sor Jeanne Etienne en Chantilly en 1647: «He estado esperando a escribirle al mismo tiempo que le enviaba una hermana. Hasta ahora la Providencia no ha permitido que encontráramos una apropiada para ahí»13.

En otros escritos, encuentra en la Providencia, la expresión de la voluntad de Dios, que hay que aceptar y en la que hay que abandonarse. En 1656, escribe a Carlota Royer en Richelieu : «Ya ve usted, querida Hermana, que el camino por el que Dios quiere vaya hacia El es el camino real de la Cruz; no dudo de que se deja usted llevar por él de buen grado y alegremente para cumplir su santa voluntad, como creo lo hizo cuando su Providencia cargó sobre usted el cuidado de esa pequeña familia»14.

Puesto que Dios nos conduce y provee todas nuestras necesidades, abandonémonos en la fe a su acción, él sabe lo que necesitamos. Es en esta línea en la que escribe a las Hermanas del Hospital general de Nantes en 1658: «Trabajando por mantener el recogimiento interior en medio de sus ocupaciones, especialmente en la de estar sometidas al beneplácito divino, abandonadas a la Providencia y no entregadas a un cuidado ansioso por conocer todos los movimientos de nuestro espíritu»15.

A Maturina Guérin en la Fère en 1659, le escribe: «el abandono de todas las cosas a la Providencia«16.

Estos términos traducen lo que ella misma vive y cómo ha estado moldeada, ya que podemos presentir en todas estas acciones una entera disponibilidad a la voluntad de Dios y su deseo de imitar a Cristo. Es feliz al observar este mismo abandono en Maturina Guérin a la que escribe en 1659 :«Es un gran consuelo para mí esa confianza que el Señor le da en su divina Providencia»17.

Esta confianza en la Providencia parece primordial para vivir sencillamente con Dios y aconseja esta práctica a Francisca Carcireux en 1556: «Tenemos que simplificarnos mediante un completo abandono a la dirección de su divina Providencia«18.

«Me abandono enteramente a las disposiciones de tu Santa Providencia«. Esta frase extraída de sus escritos es el reflejo de su fe profunda y de la solidez de su vida de intimidad con Dios. Sus hijas supieron descubrir el mensaje que quería transmitirles, ya que una de ellas está sacada de la conferencia sobre las virtudes de la fundadora «Tenía una confianza admirable en la Providencia de Dios para todas las cosas y especialmente en lo que se refería a la Compañía, recomendándonos que nos pusiéramos en manos de Dios…» SV IX-2. 118.(03.07.60) Sobre las virtudes de Luisa de Marillac. Pp.1218-1231

Esta devoción de nuestros santos Fundadores en la Providencia divina es deseada y querida por todas las Hermanas, porque debe ser el reflejo de la vida de fe que debe animar a cada una. También en las Reglas comunes de las Hijas de la Caridad está escrito: «Tendrán gran confianza en la divina Providencia, abandonándose a ella totalmente como lo hace un niño con su nodriza»

En conclusión, las palabras Providencia de Dios no son de ningún modo palabras del pasado utilizadas para tranquilizar. Luisa se expresa por ella misma con fuerza: «Necesito practicar una gran humildad y desconfianza en mí misma, abandonándome continuamente en la Providencia e imitar tanto como pueda a Nuestro Señor que vino a la tierra para cumplir la santísima voluntad de Dios, su Padre, ayudar al prójimo todo lo que pueda, tanto a las almas como a los cuerpos por el amor que Dios nos tiene a todos por igual y practicar con esmero mis ejercicios»19.

Un camino de santidad: la ascesis

El documento sobre «la formación en los Institutos religiosos» trazó algunas líneas seguras para la formación según el decreto Perfectae Caritatis. Estas líneas seguras, se encuentran en el segundo capítulo: «la ascesis».

¿Qué dice el documento? «Caminar en pos de Cristo lleva a compartir cada vez más consciente y concretamente el misterio de su pasión, de su muerte y de su resurrección el misterio pascual debe ser como el núcleo de los programas de formación fuente de vida y de madurez. Sobre este fundamento se forma el hombre nuevo».

Este pasaje conduce a inscribir en el programa de una formación integral, una ascesis personal diaria que necesariamente pasa por la Cruz. En la vida de Luisa de Marillac, encontramos todos estos elementos. La palabra ascesis no formaba parte del vocabulario de su tiempo, pero Luisa de Marillac tenía el espíritu. La ascesis forma parte de su vida personal y del programa de formación de las Hermanas. Esta ascesis se presenta a las Hermanas como un acto de amor a Cristo, muerto y resucitado. La mortificación, esta muerte diaria a uno mismo, actualiza la de Jesús y prolonga la fecundidad en su cuerpo que es la Iglesia.

La Pasión del Cristo es un prodigioso poder de conversión. Luisa lo percibe durante su retiro anual en 1632 : «Nada puede separarme de Jesús si no es el pecado, el cual ha de ser castigado ahora personalmente»20.

Al contemplar la muerte y la resurrección de Cristo, ella desea tomar a Jesús crucificado como modelo de vida. En una de sus meditaciones, escribe: «escoger la vida de Jesús Crucificado como modelo de nuestra vida«, con frecuencia invita a las Hermanas a adherirse plenamente al misterio de muerte y resurrección de Cristo: «Ruego a nuestro amado Jesús crucificado que nos sujete fuertemente a su cruz…»21

La ascesis, esta vía real de la Cruz, no puede vivirse más que en la alegría del amor. Luisa utiliza incluso el término suavidad al escribir a Margarita Chetif : «Tengo la seguridad, querida Hermana, de que Nuestro Señor le habrá hecho gustar la suavidad que las almas llenas de su santo amor experimentan en medio de los sufrimientos y angustias de esta vida. Si así no fuera se hallara usted todavía en el Calvario, tenga por cierto que Jesús Crucificado se complace en verla allí retirada, y si tiene valor suficiente para querer permanecer en tal lugar«. C. 604 (L. 545 bis) A Sor Margarita Chétif en Arras 1. pp.552-553

Para Luisa, la ascesis no es un conjunto de ejercicios más o menos difíciles que marcan el menosprecio del cuerpo, sino todo lo contrario, es un acto de amor, una plena adhesión a Cristo Redentor. Ella desea hacer de su vida una respuesta de amor a Cristo: «…Vivamos, pues, como muertas en Jesucristo y por lo tanto, ya no más resistencia a Jesús, no más acciones que por Jesús, no ya más pensamientos que en Jesús, en una palabra, no ya más vida que para Jesús y el prójimo, para que en este amor unitivo ame yo todo lo que Jesús ama…»22

Esta mediación, sacada de los pensamientos sobre el bautismo, recuerda otro texto de san Vicente cuando escribe al Padre Portail, el himno a Jesucristo que muestra bien el lugar central que ocupa el Hijo de Dios en la fe y la vida del Señor Vicente : «Acuérdese, padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo …»23

Muerte y resurrección eran palabras familiares para Luisa. ¿Por qué mortificarse? Expresa sus pensamientos en una de sus meditaciones para preparar la conferencia: » nuestras almas en el estado de su creación, porque habiendo sido hechas a imagen de Dios, están en cierto modo desfiguradas cuando no mortifican sus pasiones y se dejan llevar de ellas»24

La mortificación es la vida del alma,… si no la mortificamos, muere siguiendo sus pasiones…una tercera razón si no practicamos la virtud de la mortificación, no sabremos soportarnos unas a otras… y Luisa entra en lo concreto de la vida:

  • Mortificar con frecuencia nuestro propio juicio
  • Mortificar también nuestra voluntad para inclinarnos más a la de nuestras Hermanas.
  • Nos es muy necesaria la mortificación rigurosa de nuestra curiosidad, principalmente cuando las Hermanas se encuentran reunidas: de ordinario, hay una premura para informarse de los defectos y carácter de las demás y también para decir lo que se sabe acerca de ello…
  • Empeñarnos en mortificar los resentimientos y aun deseos de pequeñas venganzas que pueden sembrar la turbación entre las Hermanas de las Parroquias cuando alguna se ha dejado ir a contar los disgustillos que han tenido recíprocamente.
  • Para mantenerse en su vocación, las Hijas de la Caridad deben velar continuamente sobre sus sentidos y sus pasiones.

Luisa recomienda «que hemos de emprender generosamente este trabajo durante toda nuestra vida ya como no es más que mortificar, no es morir, y así nuestras pasiones seguirán vivas, y tenemos que velar de continuo y trabajar en mortificarlas».

Íntimamente penetrada del misterio de la Cruz que recuerda en sus instrucciones, sus meditaciones, su correspondencia, Luisa de Marillac comparte su experiencia de Cristo, nos desvela su riqueza espiritual al servicio de la pequeña Compañía en la formación de las Hermanas. Sus exigencias se refieren tanto a las recién llegadas como a las Hermanas en particular y a las comunidades:

A Margarita Chétif : » lo que se necesitan son espíritus, que quieran morir a si mismas por la mortificación y la verdadera renuncia, ya hecha en el santo bautismo, y que el espíritu de Jesucristo reine en ellas …«25

Luisa recuerda la utilidad de la práctica de la mortificación.

A Anne Hardemont, le recuerda que, para trabajar útilmente en la obra de Dios, «… no basta con ir y dar, sino que es necesario un corazón purificado de todo interés y no dejar nunca de trabajar en la mortificación general de todos los sentidos y pasiones, y para ello, queridas Hermanas, hemos de tener continuamente ante la vista nuestro modelo que es la vida ejemplar de Jesucristo»26

A Cecilia Angiboust: «desconfíen de ustedes mismas y piensen que el hombre viejo no ha muerto del todo en ustedes»27.

A Francisca Carcireux: «Sólo le diré, querida Hermana, si me lo permite, que he alabado a Dios varias veces por las gracias que le ha concedido y le he pedido que sepa usted olvidarse de sí misma y mortificar el deseo de su propia satisfacción que se oculta en usted bajo la apariencia engañosa de buscar una mayor perfección …»28

… «No tolerar nada en nuestra voluntad que se oponga a la voluntad de Dios; darnos por completo a El para no descuidar ninguna de las prácticas que se nos aconsejan, para desprendernos de nuestro propio juicio y trabajar en mortificar nuestras inclinaciones aun en las cosas que nos parecen buenas»29.

Luisa se dirige a las comunidades a través de la hermana Sirviente :

A Sor Hellot después de un contratiempo: «… en cuanto a lo que ha ocurrido después, hay que recibirlo con amor y saber servirse de tales ocasiones para morir enteramente a nosotras mismas»30«queridas Hermanas, si se mantienen con frecuencia en la presencia de Dios, su bondad no dejará de hacerles ver todo lo que pide de ustedes, tanto en la mortificación de sus sentidos y pasiones como en la práctica de las virtudes que quiere ver en ustedes para que le sean gratas»31.

A la comunidad de Nantes: «… no podremos tener paz con Dios, con el prójimo y con nosotras mismas si Jesucristo no nos la da, y que no nos la dará sino por los méritos de sus llagas y sufrimientos, los que no nos serán nunca aplicados sin la mortificación de nosotros mismos, que adquiriremos imitándole en el cumplimiento de la voluntad de Dios»32.

A la Hermana Sirviente, Juana Lepintre : » … Le ruego querida Hermana, lo encomiende con frecuencia a las oraciones de nuestras queridas hermanas, a las que quisiera ver muy valientes en el amor de Dios y en la práctica de las mortificaciones interiores: ¡qué razonable sería que aquellas a las que Dios ha llamado al seguimiento de su Hijo, tratasen de hacerse perfectas como El!»33.

A la comunidad de Chateaudun, Sor Juana Delacroix es la Hna Sirviente: «y que me diga, sobre todo, si mientras trabajan en el servicio exterior, su interior se ocupa, por amor de Nuestro Señor, en velar sobre sí mismas para vencer y dominar sus pasiones, negando a los sentidos lo que puede llevarlas a ofender a Dios…»34.

A la comunidad de Angers, «Créanme, nuestro principal cuidado ha de ser también el mortificarnos mucho, no con penitencias exteriores, sino con una sumisión que parta de una verdadera y sólida humildad, que ame el desprecio y declare la guerra a nuestros sentidos y pasiones, entregándonos con toda exactitud a la obediencia, a todas las virtudes y también a la cordialidad entre nosotras, sin preferencias, esa cordialidad que impide las murmuraciones…»35

Resumiendo, podríamos decir que Luisa de Marillac, como todos los maestros espirituales, invita a la Hermanas a seguir a Cristo: «no podemos llegar si no es siguiendo a Jesús en sus trabajos y sufrimientos! y aún no nos habría podido llevar a ella si su perseverancia no le hubiera llevado a El a la muerte de cruz» C. 33 (L. 426) (A las Hermanas del Hospital de Angers).p.47

Es en el silencio de la oración, ese tiempo de contemplación de Cristo encarnado, de Cristo redentor donde las Hermanas sacaron las fuerzas necesarias para realizar las exigencias de su vocación. ¿No se le decía a Bárbara Angiboust en una carta?: «Sean, pues, animosas avanzando por momentos por el camino en el que Dios las ha puesto para que vayan hacia El». C. 426 (L. 360 bis) (A Sor Cecilia Angiboust, Angers) 1. Pp.402-403

La mirada de fe, en el camino de santidad de Luisa de Marillac, se detiene en algunas líneas seguras, entre las que se encuentra la docilidad al Espíritu Santo, el abandono a la divina Providencia y la ascesis permitiéndole realizar el plan de Dios en su «ser y hacer», la contemplación de Cristo en el pobre, la vivencia de la ayuda mutua fraterna y María nuestra única Madre.

Al final de su vida, vuelve sobre lo que siempre la ha hecho vibrar: «Quiera Dios que pueda escribir por completo los pensamientos que su bondad me ha concedido la gracia de tener sobre la Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen, para que el verdadero conocimiento que he tenido de sus méritos y del honor que le debo, así como la voluntad de tributárselo, no se aparten nunca de mi corazón… Por eso, quiero durante toda mi vida y en la eternidad, amarla y honrarla…»36

Su testamento espiritual, recogido por las Hermanas que la asistieron en sus últimos momentos, recuerda «la gracia de perseverar en su vocación para que puedan servirle en la forma que El pide de ustedes y pidan mucho a la Santísima Virgen que sea Ella su única Madre».

De las alturas de la fe donde había establecido sus pensamientos, Luisa de Marillac veía en sus pobres hijas, esposas de Jesucristo, siervas de los pobres. En las recomendaciones que ella dirigía a la Comunidad, volvía sin cesar a su culto de predilecto: el espíritu de paz, el apoyo, la cordialidad. Por eso, en el tiempo de Navidad, Epifanía, ella sugiere «… Podemos también ofrecerlos ante el pesebre como los presentes de los tres Reyes. La limosna en vez del oro, el ayuno en vez de la mirra y la oración como el incienso: y también presentárselos los tres a la Santísima Trinidad: la oración al Padre, el ayuno al Hijo y la limosna al Espíritu Santo; haciéndolo así, adoraremos a nuestro Dios encarnado con los ángeles por medio de la oración, con los Reyes por medio de la limosna y con los pastores por el ayuno, y Dios nos bendecirá»

Conclusión

Gobillon, su primer biógrafo, termina su cuarto libro, capítulo quinto, por los últimos momentos de Luisa y sobre todo por el elogio de su caridad, de la que hizo profesión toda su vida y en la que perseveró hasta la muerte.

«Es esta virtud la que hace a los santos y la que, según el sentir del Apóstol, es un don más excelente que la gracia de los milagros. Sin embargo, parece que Dios no se contenta con haber dado a conocer el mérito de esta sierva fiel por tantos bienes como él ha obrado por su ministerio; sino que incluso tiene algún designio de declararse, por medio de pruebas sensibles, sobre el juicio que ha pronunciado en su muerte; y que quiere manifestar su gloria por los hechos extraordinarios que hace aparecer en su tumba. De cuando en cuando sale de ella como un dulce vapor que expande un olor semejante al de la violeta y el lirio; de lo cual hay gran número de personas que pueden dar testimonio. Y lo que es más sorprendente es que las Hijas de la Caridad que vienen a orar sobre su tumba, vuelven a veces tan impregnadas de este olor, que lo llevan consigo a las hermanas enfermas en la enfermería de la casa. Podría yo añadir el testimonio de la experiencia que tengo hecha de ello varias veces, si ello fuera de algún valor en esta circunstancia; y podría decir que, después de haber tomado todas las precauciones posibles para examinar si esto no será efecto de alguna causa natural, no he podido descubrir ninguna a la que se le pueda atribuir. Pero de cualquier naturaleza que sea el olor que se desprende del sepulcro de esta sierva de los pobres, sale uno enteramente espiritual de los ejemplos de su vida, más precioso que todos los perfumes, que es una obra maravillosa de la gracia y la señal más gloriosa de su santidad: es ese verdadero perfume que penetra el corazón de sus hijas…para comprometerlas en su imitación»37.

El 24 de julio de 1660, en la conferencia del Señor Vicente sobre las virtudes de Luisa de Marillac exclamó:

«¡Qué hermoso cuadro, Dios mío! ¡Ved qué cuadro! ¿Y cómo vais a utilizarlo, hijas mías? Procurando conformar vuestra vida con la suya»

  1. Lumen Gentium. n° 41
  2. SV. I. 51 [49] a Luisa de Marillac. pp.148-149
  3. Luisa de Marillac, Jean Calvet. Ceme. p. 32 Carta del 6 de marzo de 1620
  4. E. 98 (A. 26) Razones para darse a Dios a fin de participar en la recepción del Espíritu Santo el día de Pentecostés. 807-811
  5. C. 245 (L. 320) A mi querida Sor Cecilia 1. pp.246-247
  6. E. 55 (A. 85) Instrucciones a las Hermanas enviadas a Montreuil-sur-Mer. pp.758-762
  7. E. 98 (A. 26) Razones para darse a Dios a fin de participar en la recepción del Espíritu Santo el día de Pentecostés. 807-811
  8. E. 105 (A. 27) Práctica del puro Amor. pp.819-823.
  9. SV I, Carta 30 [31] a Luisa de Marillac. p.131
  10. SV I. 155 [147] a Luisa de Marillac. pp.261-262
  11. SV IV, 1569 [1501] a Luisa de marillac. pp.364-365
  12. La Compañía de las Hijas de la Caridad en sus orígenes .Ceme. Documentos. p. 815
  13. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos. C. 219 (L. 197) A mi querida Sor Juana Etienne. p.226
  14. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos. C. 557 (L. 500) A Sor Carlota Royer p.512
  15. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos. C. 638 (L. 581) A las Hermanas del Hospital General. pp.580-581
  16. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos. C. 708 (L. 643) A mi querida Sor Maturina Guérin 1 pp.637-638
  17. La Compañía de las Hijas de la Caridad en sus orígenes .Ceme. Documentos. p. 763
  18. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos. C. 542 (L. 531 bis) A Sor Carcireux 1. pp.499-500
  19. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos. E. 66 (M. 40 bis) (Abandono en la Providencia). p.772
  20. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos E. 22 (A. 5) (Ejercicios Espirituales). pp.689-692
  21. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos C. 51 (L. 46) A mi querida Sor Isabel Martín. pp.62-63
  22. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos E. 69 (A. 23) (Pensamientos sobre el Bautismo). pp.774-775
  23. SV I. 198 [197] a Antonio Portail, Sacerdote de la Misión. pp.319-323
  24. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos E. 82 (A. 67) (Sobre la mortificación). pp.787-788
  25. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos C. 717 (L. 651) A mi querida Sor Margarita Chétif. pp.647-648
  26. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos C. 257 (L. 217) A Sor Ana Hardemont 1. pp.259-260
  27. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos C. 495 (L. 394) (A Sor Cecilia Angiboust, Angers). pp.461-462
  28. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos C. 549 (L. 557 bis) A Sor Carcireux 1. p.505
  29. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos C. 542 (L. 531 bis) A Sor Carcireux 1. pp.499-500
  30. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos C. 168 (L. 156) Para Sor Hellot. pp.172-173
  31. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos C. 211 (L. 193) (A Sor Hellot) 1. pp.218-219
  32. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos C. 191 (L. 174) (A nuestras queridas Hermanas las Hijas de la Caridad. pp.197-199
  33. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos C. 384 (L. 328) A mi querida Sor Juana Lepintre 1. p.364
  34. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos C. 722 (L. 656) A mi querida Sor Juana Delacroix. pp.652-653
  35. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos C. 540 (L. 485) (A las Hermanas de Angers )1. pp.497-498
  36. Santa Luisa de M. Correspondencia y escritos E. 106. (A. 31 bis) (Pensamientos sobre la Inmaculada Concepción de la Virgen María). pp.823-824
  37. Vida de la Señorita Le Gras por N. Gobillon 1676, Ceme. p. 185

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