IV
Dios Nuestro Señor iba preparando con suavidad los caminos para la realización de sus adorables designios sobre el celoso vicario de San Claudio. Entre todas las prácticas de su santo ministerio, la que más atractivo tenía para él y en la que con más gusto se empleaba, era en procurar socorros espirituales á los enfermos del hospicio, dirigido por las Hijas de la Caridad. El Sr. Kamocki era, por decirlo así, apasionado por los pobres; creía no existir alegría más pura ni más grande que la de aliviar sus miserias, llorar con ellos, animarlos con palabras de fe y consuelo, y procurarles la paz del alma reconciliándolos con Dios. Así es que conmovíase vivamente cuando observaba la caridad, el profundo respeto, la paciencia con que las Hijas de la Caridad servían á sus amados maestros y señores, como ellas llaman á los pobres. Esto le hizo concebir grande estima de tina vocación capaz de inspirar sentimientos tan elevados, á lo que contribuyó mucho un acto de admirable paciencia y humildad de que él mismo fué testigo.
Una hermana que asistía á un enfermo en sus últimos, momentos, redoblaba sus caritativos cuidados para con él, exhortándole al mismo tiempo á que recibiera los Sacramentos. El infeliz respondía á tantas finezas con insultos, llegando hasta escupirla en el rostro. La hermana, sin inmutarse en lo más mínimo ni despreciarlo por eso, limpióse la inmundicia, y sonriéndose le dijo con la mayor dulzura: «Vaya, amigo mío, que no os portáis muy galantemente». Continuó en sus buenos servicios y tierna solicitud, con que al fin rindió y ganó para Dios aquel infeliz moribundo.
El Sr. Kamocki gustaba mucho de referir cuán edificada había quedado de este hecho, añadiendo que á aquella verdadera Hija de la Caridad debía él su vocación de misionero, pues nunca como entonces llegó á conocer tanto la excelencia del espíritu de San Vicente de Paúl, que así hacía triunfar de las repugnancias de la naturaleza.
El Sr. Etienne, procurador entonces de la Congregación de la Misión, solía ir de vez en cuando á San Claudio á confesar á las Hermanas. El Sr. Kamocki le conocía, y manifestóle sus deseos de entrar en la Congregación, rogándole que él mismo los hiciese presentes al señor Superior general.
El Consejo de San Lázaro, considerando la ya avanzada edad del pretendiente, no se mostró dispuesto á condescender con sus ruegos. Mas no por eso se desanimó el Sr. Kamocki. Pasó algún tiempo; y habiendo sido el Sr. Etienne elegido Superior general, fué á verse con él. Recibióle éste con aquella amabilidad y especial afecto que le profesó siempre (como que solía llamarle su «hijo primogénito»), y el 24 de Septiembre de 1843 ingresó definitivamente en la Casa- -Noviciado de San Lázaro, siendo de edad de treinta y nueve años.
Reconocido el Sr. Kamocki al favor que acababa de obtener por medio del Sr. Etienne, jamás durante su vida olvidó al digno sucesor de San Vicente. Era tal el respeto, la devoción, el cariño filial que le profesaba, que escuchaba sus palabras, recibía sus cartas y circulares como si vinieran del mismo santo Fundador. Cuando murió el Sr. Kamocki se halló en su habitación una colección completa de las circulares y conferencias del Sr. Etienne, quien sin duda se las remitía periódicamente con el objeto de premiar de algún modo el grande amor que á la doble familia de San Vicente Profesaba.
Mucho le hubo de costar, atendida su edad, el acomodarse á las prácticas del seminario interno ó noviciado; fuéle preciso romper en algún modo los últimos lazos que le sujetaban todavía á su amada patria, renunciar á las relaciones amistosas que hasta entonces había conservado, sacrificarlo todo á la obediencia, aun las aspiraciones más legítimas, la sola esperanza de volver á ver su hija, á quien casi no conocía; firme en sus propósitos, el Sr. Kamocki pasó por todo y no se ocupó en otro que revestirse del espíritu de su vocación, llegando á ser muy pronto el modelo de sus hermanos. Considerábase como el último de todos, indigno de ocupar un lugar, siquiera fuese el último, en la casa del Señor.
El Sr. Kamocki, tan bondadoso, tan caritativo, que con tanta perfección poseía el arte de consolar los espíritus atribulados, afianzarlos en el bien, inspirarles confianza en la misericordia divina, no supo ó no pudo librarse á sí mismo de los temores que durante toda su vida le causaban los juicios de Dios. Esta tortura en que se hallaba su espíritu traslucíase, á pesar suyo, en sus conversaciones familiares, y frecuentemente refería con admirable sencillez algunos sucesos de su vida pasada. Víspera del día en que debía hacer los santos votos, desordenado el cabello y como fuera de sí, fué á buscar al P. Etienne. Este, que, como hemos di- (lo, era ya Superior general, recibióle con mucho agrado y compasión, y dejóle hablar largo tiempo; y cuando hubo acabado, por toda respuesta díjole con tono severo: «Mañana hará Ud. los votos. Ahora vaya Ud. á mirarse en el espejo; está Ud. que no parece un hombre en sus cabales».
No necesitaba la obediencia y humildad del Sr. Kamocki otros argumentos para someterse sin réplica á la decisión de su superior. Calmóse su espíritu, pero no dejó de sentir cierta vergüenza de sí mismo cuando observó el desorden de su cabellera. Este hecho indica las penas interiores que su espíritu experimentó más de una vez, y á ellas indudablemente se debía atribuir el cambio verificado en su carácter después de entrar en el seminario de la Misión! De soldado intrépido tornóse en tímido y apocado novicio que parecía temblar delante de todos. Solía referir más tarde que su excesiva timidez le había proporcionado más de una vez serias reprimendas del director del Seminario. Dios lo disponía así, á fin de que más tarde se compadeciese de las almas atribuladas confiadas á su cuidado.
Transcurrido el primer año del seminario interno, el señor Etienne, de piadosa memoria, nombróle confesor de las Hermanas de la Caridad de Clichy, de Menages y de otras muchas casas de París. Con este motivo entabló relaciones con las más nobles familias polacas, sin que por eso frecuentase sus reuniones sino únicamente cuando lo exigía el ejercicio de su ministerio, como confesor que era de las familias Czartoryski, Zamojski, Dziatynski y otras.







