Si tratamos aquí y ahora el tema de María, en el misterio de Cristo y de la Iglesia, se debe a que la Santísima Virgen María es la primera cristiana, la discípula más aventajada del seguimiento de Jesús, la Madre de la Caridad, el tipo y modelo de la Iglesia de los pobres. San Vicente se dirige a ella con los títulos de la letanía lauretana. En sus exhortaciones marianas no aparece un comentario expreso al nombre de Madre de la Iglesia, título con que fue declarada María por Pablo VI al clausurar la tercera etapa conciliar del Vaticano II. La intercesión suplicante de la Madre de Jesús atrae las miradas del apóstol de la caridad, que ve en ella «el ejemplo de aquel amor materno con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres».
Vicente de Paúl, como cualquier teólogo de su tiempo, fundamenta los privilegios marianos en la maternidad divina, pero no elabora un tratadito de mariología, como tampoco lo hizo de cristología ni de eclesiología. Sus enseñanzas se reducen a presentar a la Santísima Virgen como modelo de los que han de practicar la evangelización de los pobres. Por eso la venera y exhorta a un culto especial para con ella. La devoción mariana establece una de las pautas de piedad cristiana y misionera. Con palabras del Vaticano II podemos asegurar que el culto aconsejado no consiste ni en sentimentalismo estéril y transitorio ni en bula vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes».
I. Liberado por la intercesión de la Santa Virgen María
Sea o no sea cierto, históricamente, el hecho de la cautividad del joven Vicente en el norte de África, no dudamos de su esclavitud moral hacia las mismas fechas (1605-1607) en que andaba privado de la verdadera libertad. Él sabía que «el que comete pecado es un esclavo» (Jn 8,34). En este sentido, estaba encadenado por sus propios proyectos humanos. Pero, en cualquiera de las situaciones en que se encontrara (o en las dos a la vez), no era un descreído ni un malvado. Su amor a la Virgen estallaba en cánticos de alabanza; honraba a nuestra Señora, «peregrina en la fe», y a la Madre de Dios, «a cuyo amparo los fieles acuden con sus súplicas en todos los peligros y necesidades» (3); entonaba con lágrimas en los ojos el salmo Super Ilumina Babylonis (Sal 136), la Salve, Regina, y varias preces más. María seguía siendo para él la esclava del Señor, la obediente y fiel servidora de los planes divinos, «la que sobresale entre los humildes y pobres, que confiada- mente esperan y reciben del Señor la salvación». Pensando en la libertad plena que un día disfrutaría, escribe:
«Dios mantuvo siempre en mí una esperanza de liberación gracias a las asiduas plegarias que le dirigí a El y a la santa Virgen María, por cuya intercesión yo creo firmemente que he sido libertado».
Acude a María como «refugio de pecadores y auxilio de los cristianos» durante el largo proceso de maduración de la fe. Aunque no conste en documentos escritos, estimamos que la entrega a Dios para servir al pobre es un intento serio de nuestro cautivo por imitar el Fiat de María al plan de Dios. El Sí de la Virgen nazarena orienta la respuesta vicenciana a la llamada de Dios para evangelizar a los pobres. La fe de María en el Dios de la Salvación encuentra un eco en el joven Vicente, solidario de la historia de su pueblo, como lo fue la Madre de todos los creyentes en la historia salvífica.
Notemos bien que, ya en las cartas de cautividad, Vicente enaltece la abogacía e intercesión de María, pero subordinándola y apoyándola en el poder del Hijo, único Mediador entre Dios y los hombres (1 Tm 2,5-6). La madre nunca suplanta al Hijo, sino que recibe de él, por una especial benevolencia divina y por los méritos de su pasión y muerte, la gracia de ser preservada del pecado original desde su concepción inmaculada.
II. «Patrona y protectora de la Caridad»
El verdadero inspirador de la Misión y de la Caridad es Jesucristo, evangelizador de los pobres. La Madre de Jesús de Nazaret es la patrona y protectora, el modelo y estímulo de los servidores del Evangelio, «la promotora de la vida cristiana y del empeño apostólico». No podía ser de otra manera para quien la caridad ha de presidir la Iglesia universal y las pequeñas comunidades. Ya en el primer Reglamento de la Caridad es propuesta María como ejemplo de protección:
«[…] Y porque la Madre de Dios es invocada y tomada como patrona para las cosas importantes, y todo resulte y redunde para gloria del buen Jesús, las señoras de la Caridad la toman como patrona y protectora de la obra y la piden que las proteja».
La Madre de Jesús será, desde ahora y para siempre, la Madre de la Caridad. Ser «Madre de la Caridad» significa que ella ha engendrado, por obra y gracia del Espíritu Santo, al Dios Amor, hecho carne para la salvación del mundo; que es santuario del Espíritu, templo de la divinidad, lugar santificado por la presencia del Amor uno y trino; que es la gloria más excelsa de su Hijo y del grupo que escucha la Palabra de Dios y la lleva a la práctica; que es la madre de todas las familias cristianas que se dedican al ejercicio de la caridad con los pobres; en fin, que es «el gran signo de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo».
La protección de María se extiende a la misma familia vicenciana, que no tiene otro fin en la Iglesia que servir a Jesucristo en la persona de los pobres:
«Decidle a María…: Puesto que nos permites que te llamemos madre nuestra y eres realmente la madre de la misericordia, de cuyo canal procede toda misericordia, y puesto que has obtenido de Dios la fundación de esta Compañía, acepta tomarla bajo tu protección».
Luisa de Marillac, adoctrinada por su director, declarará a María «única Madre de la Compañía». Sus hijas espirituales invocarán a la Madre de Dios, después de cada decena del rosario, con la plegaria Santísima Virgen, creo y confieso, oración en la que se pide el espíritu propio de las siervas de los pobres. Los misioneros, por su parte, tendrán siempre en cuenta la consigna de venerar a la Reina de los Apóstoles junto con los misterios de la Santísima Trinidad y del Verbo encarnado.
III. Cuadros evangélicos de inspiración mariana
La piedad mariana está profundamente enraizada en el pueblo cristiano. Hasta los reyes le consagran su gobierno. Se hacen peregrinaciones a los santuarios dedicados a nuestra Señora, sobre todo en tiempo de epidemias y de guerra, aunque no estén exentas de algunas supercherías. Catedrales, iglesias y ermitas rebosan religiosidad popular. Numerosos grupos y personas particulares corren a la sombra de la Madre común de los cristianos en cumplimiento de antiguas promesas o para ofrecerle alguna obra naciente. Con esta intención peregrinan a Chartres Vicente de Paúl y Luisa de Marillac. Allí oran ante la Virgen de la Soterraña, a la que presentan la Compañía de la Caridad.
Pero más que las imágenes, los monumentos, los ejemplos del pueblo y las mismas enseñanzas de los teólogos, fueron directamente los evangelios los que descubrieron a Vicente la misión caritativa de la Madre de Jesús. Cuatro cuadros ilustran la palabra vicenciana sobre la Virgen María, palabra de carácter preferentemente parenético.
a) La Anunciación del Señor
Según sean las circunstancias de tiempo y lugar en que haga la lectura del evangelista Lucas 1,26-38, Vicente de Paúl ve en la Virgen de la Anunciación «a la purísima e inmaculada Virgen, a la llena de gracia, vacía de pecado y enriquecida de piedad, a un templo digno de la divinidad, a un palacio lleno de todas las perfecciones para su Hijo». Otras veces descubre a través del mismo texto evangélico «a la Madre de Dios, a la esclava del Señor, pobre y humilde servidora de los designios divinos».
Como exenta de pecado original, María está colmada de gracia: «Alégrate, llena de gracia». Como Madre de Dios, concibe y da a luz a Jesús. Como esclava del Señor, es la Virgen del Sí a la voluntad y plan del Padre de salvar a todos los pueblos.
San Vicente enseña lo que el Vaticano II ha expresado en estos términos: «La Madre de Jesús no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres». Fue asunta al cielo «porque perseveró en medio de todas las dificultades que se presentaron durante su vida y hasta la muerte de nuestro Señor. Por eso fue glorificada por encima de los ángeles y considerada como la nueva Eva de la justicia y santidad de Dios».
Del cuadro de la Anunciación se desprende también que María es la Madre del Emmanuel —Dios con nosotros—, de un Dios hecho hombre que no abandona nunca a los hombres, en especial a los pobres y humildes. María de la Anunciación enseña a vivir la humildad y pureza de corazón.
La respuesta de la Virgen Nazarena al mensaje del ángel ha jugado un papel destacado en la espiritualidad de la familia vicenciana. Las Señoras de la Caridad no sólo la tomaron como protectora, sino como modelo de servicio. Las Hijas de la Caridad emitieron sus primeros votos en la fiesta de la Encarnación (25 de marzo de 1642). Todos los años, en igual fiesta litúrgica, renuevan su entrega a Dios para un mejor servicio del pobre. Cada día, al romper la tarde, las mismas Hijas de la Caridad adoran el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios. Votos y adoración expresan su voluntad firme de insertarse en las realidades de los pobres y de solidarizarse con los abandonados de la tierra.
Desde los orígenes de la Congregación de la Misión, los misioneros veneran a María, de quien esperan los auxilios para evangelizar a los pobres. Las Apariciones de la Inmaculada a Catalina Labouré, en 1830, afianzan a todos los hijos de san Vicente en la devoción a la Madre de Dios. Estas manifestaciones privadas resultan un revulsivo espiritual y apostólico, que les ayuda a recuperar los ministerios específicos y el espíritu propio. Hasta el Pueblo mismo que puso a la Medalla el nombre de Milagrosa se aprovechó y sigue enriqueciéndose de su mensaje.
A raíz de las Apariciones de 1830 surgen otras ramas del tronco vicenciano. En 1833 florece la Sociedad de san Vicente de Paúl, fundada por Federico Ozanam, con fines apostólicos de caridad. Ozanam coloca las Conferencias bajo la protección de María Inmaculada.
La Asociación de Hijas de María nace en 1837. Sus objetivos apostólicos y espirituales están revestidos del espíritu de amor al pobre y a María, por cuyo deseo, manifestado a Catalina Labouré, se establece la Asociación, primero en Francia y, más tarde, en Europa y demás partes del mundo. Actualmente recibe el nombre de Juventudes Marianas Vicencianas.
Diez años más tarde del nacimiento de las Hijas de María surge la Asociación de la Medalla de la Inmaculada Concepción, conocida popularmente por Asociación de la Medalla Milagrosa. A principios de siglo, ario 1908, el papa Pío X la extiende a toda la cristiandad. Numerosas familias de todo el mundo se reunen en torno a María para implorar su bendición y aprender de ella a vivir unidas en la fe y en la caridad.
Laicos y clérigos, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, partícipes todos de un mismo espíritu, pero con funciones, servicios y ministerios distintos, forman hoy un escuadrón de cerca de un millón de personas, empeñado en la liberación del pobre bajo la égida de María, o mejor todavía urgido por la caridad de Jesucristo.
b) La Visitación de María
El evangelista Lucas nos presenta otro cuadro de María: el de la Visitación (Lc 1, 39-56). El aludido pasaje bíblico contiene dos partes. La primera relata el camino de María hasta llegar a la casa de su pariente Isabel (cf. Lc 1,39-45). Apenas la Madre del Señor pisa los umbrales de la mansión de Zacarías, toda la casa se llena de alborozo. La actitud servicial de María da pie a Vicente de Paúl para encomiar las cualidades del servicio a domicilio. Los superiores, al girar visitas regulares o canónicas, han de cursarlas con el espíritu de la Virgen, y los que las reciben, con el agradecimiento exultante de Isabel.
El proyecto primero de Francisco de Sales, al fundar la Visitación, frustrado por las presiones del arzobispo de Lyon, fue recuperado y puesto en obra por Vicente de Paúl. La fórmula con que describe la misión de las Siervas de los pobres en el mundo es una interpretación libre y bella a la vez del cuadro de la Visitación de María:
«(Las Hijas de la Caridad) tendrán por monasterio las casa de los enfermos; por celda, un cuarto de alquiler; por capilla, la iglesia de la parroquia; por claustro, las calles de la ciudad; por clausura, la obediencia, sin que tengan que ir a otra parte más que a las casas de los enfermos o a los lugares necesarios para su servicio; por rejas, el temor de Dios; por velo, la santa modestia, y no hacen otra profesión para asegurar su vocación más que por esa confianza continua que tienen en la divina providencia, y el ofrecimiento que le hacen de todo lo que son y de su servicio en la persona de los pobres».
La segunda parte del relato de la Visitación (cf. Lc 1,46-56) contiene el himno de los pobres entonado por María: el Magnificat. La humilde hija del pueblo bendice a su Dios y Salvador, porque el Todopoderoso ha hecho obras grandes en ella, fijándose en la pequeñez —tapéinosis— de su esclava. Desde una perspectiva de los pobres, «María personifica la opción preferencial de Dios por los pobres, el triunfo de Dios sobre lo débil, la parcialidad de Dios hacia el que sufre… María tipifica la forma de actuar de Dios en la Historia de la salvación; simboliza la pedagogía divina revelada en la Escritura».
Las enseñanzas vicencianas no están lejos del comentario que hace la Redemptoris Mater: «El amor preferencial de la Iglesia por los pobres está inscrito en el Magnificat de María.
El Dios de la Alianza, cantado por la Virgen de Nazaret, es a la vez «el que derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos…». María está profundamente impregnada del espíritu de los pobres de Yahvé, que en la oración de los salmos esperaban de Dios su salvación, poniendo en él su confianza (cf. Sal 25; 31; 35; 55). La Iglesia, acudiendo al corazón de María, a la profundidad de su fe, expresada en las palabras del Magnificat, renueva cada vez mejor en sí la conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios, que es fuente de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y humildes, que se encuentra luego en las palabras y obras de Jesús».
Vicente de Paúl descubre en la humildad de la Virgen la fuente de todas las bendiciones celestiales. La estancia de María, mientras fue necesaria, en casa de su prima Isabel es interpretada como signo de presencia entre los necesitados.
c) El ministerio público de Jesús
La presentación de Jesús en movimiento obliga a san Vicente a contemplar a María como la discípula más fiel y aventajada en el seguimiento de su Hijo. Ella «conservaba cuidadosamente en su corazón todas las cosas» referentes a Jesús, tenido como Profeta y Mesías. Nadie tan cercana a él como la Virgen, que «veía progresar en sabiduría, en estatura y gracia delante de Dios y de los hombres» al hijo de sus entrañas (Lc 2, 51-52). En compañía de los apóstoles va a Caná de Galilea, donde suscita el primer signo del Mesías (cf. Jn 2,1-12). En pos de Jesús recorre caminos y aldeas, escuchando atentamente la Palabra. Debido a esta actitud de apertura, Jesús la declara más dichosa que por ser madre suya (cf. Lc 11,27-28). Cada acontecimiento de la vida del Salvador es objeto de meditación para la sencilla mujer de Nazaret:
«La Santísima Virgen recogía en su corazón las palabras de su Hijo; se llenaba de ellas y las meditaba luego, de forma que no perdía nada de todo cuanto decía. Pues bien, ¿qué no hemos de hacer nosotros por intentar conservar en nuestros corazones la unción de estas santas palabras?».
El espacio interior de María, fertilizado por la Palabra de Cristo, ofrece el encanto de una fe y caridad traducidas en seguimiento fiel hasta la muerte en cruz de su Hijo. Y al pie de la cruz se convierte en la dispensadora del espíritu del Crucificado.
d) La venida del Espíritu Santo en Pentecostés
El cuarto y último cuadro está descrito en el libro de los Hechos 1,12-24. María, Reina de los Apóstoles, perservera en oración, esperando la venida del Espíritu Santo, en compañía de los apóstoles y de otras mujeres. El mismo Espíritu que la había cubierto con su sombra el día de la Anunciación del Señor, el mismo Espíritu que la llevó a casa de su pariente Isabel y la acompañó en el seguimiento de Jesús…, ese mismo Espíritu desciende en Pentecostés, llenando a María y a los discípulos de fuerza y de confianza para ser testigos en el mundo de la resurrección del Crucificado. La Iglesia se abre al mundo bajo la guía del Espíritu y la intercesión maternal de la Reina de los Apóstoles.
Pentecostés enseña que el Espíritu es el maestro interior de la Esposa de Cristo y de cada uno de sus hijos. El Espíritu concede el «don sagrado» de la oración a todos los que, como María, Madre de la Iglesia, lo imploran de todo corazón. Por la oración aprendemos «a descubrir a Dios en las criaturas… y a sentir mucho gusto mirando al prójimo especialmente a los pobres».
IV. Ejercicios de piedad mariana
La devoción a la Madre de Jesús, practicada mediante actos de piedad y por la imitación de sus virtudes, arranca de la tradición cristiana. Vicente de Paúl recita diariamente (y aconseja a hacer lo mismo) el Angelus y el Rosario; varias veces durante la jornada se encomienda a la Madre de Dios y Madre nuestra con Salve, Regina y Sancta María, succurre miseris. Estas breves plegarias alimentan el recuerdo y devoción de la Virgen protectora.
El ejercicio del Angelus sumerge a Vicente en la hondura del misterio clave de la Encarnación del Verbo. La recitación del Rosario le enrola pausadamente en los misterios de gozo, dolor y gloria del Salvador y Redentor del mundo. El Rosario, «breviario de los pobres», como él lo llama, o «compendio del Evangelio», como prefieren otros calificarlo, posee una nota trinitaria y cristológica que ha sido puesta de relieve por la encíclica Marialis cultus. La contemplación de la vida y obra de Jesús, acompañada de las tres oraciones más bellas del cristianismo, el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria, mantiene al devoto de María en actitud abierta al Espíritu para seguir dócilmente las huellas del Salvador.
Según la palabra y espíritu de san Vicente, la Virgen María es la mediación para llegar a Jesús. San Bernardo había condensado este pensamiento en la célebre frase: a Jesús por María —ad Iesum per Mariam – fórmula explotada doctrinalmente durante varios siglos. Pero, como enseña la Redemptoris Mater, «si es verdad que el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado, es necesario aplicar este principio de modo muy particular a aquella excepcional hija de las generaciones humanas, a aquella mujer extraordinaria que llegó a ser Madre de Cristo. Sólo en el misterio de Cristo se esclarece plenamente su misterio». Aun suponiendo que esta nueva orientación mariológica no entrara en los cálculos de Vicente de Paúl, es cierto que él vio siempre a María al lado de Jesús. El encuentro con Jesús le ayudó a conocer más a fondo la misión de la mujer «feliz porque creyó», de la cristiana primera y de la discípula más agradecida a la Palabra de Dios.







