Hoy, 8 de octubre (1648)
Señor:
La esperanza en que me ponía siempre que iba usted a regresar, me ha retenido muchas veces de tomarme el honor de escribirle, a pesar de desearlo; pero desde hace unos meses, al empezar a perder esa esperanza, ya me había resuelto a hacerlo y sólo el temor de importunarle o el pensamiento de que no tenía que hacerlo me han hecho diferirlo hasta este momento en que la divina Providencia ha permitido que su caridad se me adelantara, por lo que le doy las más rendidas gracias.
No sabría yo expresarle la alegría de todas nuestras Hermanas, después del disgusto que algunas se llevaron con el rumor que corrió de su muerte. Dios sea bendito, señor, por haberle conservado su bondad en medio de tantos peligros y dígnese esa misma bondad traérnoslo pronto. Podrá usted encontrar, gracias a El, a muchas de sus hijas y a otras muchas nuevas que espero recibirán ayuda de su caridad. Actualmente tenemos muy enfermas (a algunas Hermanas) de las antiguas: Sor Turgis1 aunque va un poquito mejor desde que ha recibido la Extremaunción; nuestra Sor Isabel Martín;2 que estaba en Nantes cuando usted marchó, tiene una enfermedad pulmonar, y yo sigo con mis languideces de holgazanería. Pero ahora ya tengo motivos para creer que Dios se cansará pronto de ejercer tanta misericordia a lo largo de mis años y los hará terminar ejerciendo su justicia. Este pensamiento aumenta todavía más mi deseo de que regrese usted y me movería a decirle de buena gana: señor, si su labor ya está cortada, dése prisa en hilvanarla y deje que otro vaya a coserla. Sepa que si Dios me concede esta gracia de ver su tan deseado regreso, no he de considerar que viene usted de Marsella, sino de Roma de donde he de pedirle muchas noticias, como también de Loreto, en caso de que haya usted estado allí. Así es que empiece usted a refrescar su memoria, por favor.
Las Hermanas sentirán gran consuelo en escuchar la lectura de la apreciada carta que su caridad se ha tomado la molestia de escribirles. Aprovecharé para leérsela la primera conferencia, después de haber obtenido el permiso del señor Vicente.
Ya no me atreveré a entusiasmarlas más con la proximidad de su regreso, quiera Dios que tengamos la dicha de que ocurra antes de lo que pensamos. Espero que su caridad continuará dirigiéndose hacia nosotras y que me hace usted el honor de creerme siempre, en el amor de Jesús Crucificado, señor, su muy obediente y humilde servidora.







