(París)
(agosto de 1646)
Muy querida Hermana:
Alabo a Dios con todo mi corazón por las disposiciones de su divina Providencia sobre la Compañía; tenemos tantos motivos para adorarla, que seríamos las más ingratas del mundo si no nos confiáramos en ella. Sólo ella, mi querida Hermana, es la que debe mantenernos, la que provee a todas nuestras necesidades, especialmente aquellas que la prudencia humana no puede prever ni remediar. Deseo de corazón que todas nuestras Hermanas se penetren íntimamente de estos sentimientos, sin poner nunca su confianza en otra cosa. Me complace que Sor Salomé1 esté por un poco de tiempo en la Casa. Supongo que la habrá usted hecho ir para que se purgue. Si la que ha quedado en su puesto lo hace bien, creo, querida Hermana, que sería conveniente no hacerla marchar en seguida. Me ha dado usted una gran alegría al comunicarme las atenciones y la caridad de nuestro Muy Honorable Padre; tenemos que estar muy agradecidas por ellas a nuestro buen Dios.
He escrito a mi hijo; no sé si les han entregado puntualmente todas mis cartas, pero a mí me parece que no hago otra cosa más que escribir. Discúlpeme ante las Hermanas por no escribirles en particular; les aseguro que mi corazón está con cada una y que soy, querida Hermana, de usted muy humilde hermana y servidora.







