(París)
(11 de mayo de 1646)
Señor:
Le agradezco muy humildemente las molestias que se toma siempre por nosotras, que no merecemos este bien. No he escrito al señor Portail1 sobre el asunto que su caridad ha hecho el favor de advertirme porque ya le había yo rogado que hablara con el señor Ratier2 antes de hacerlo con las Hermanas, para que estuviese informado de las disposiciones de cada una. Tan pronto como supe, señor, la gravedad del mal de su difunto hermano, no dejé de comunicárselo al señor Vicente y al señor Lamberto, y también lo hice cuando su fallecimiento para que encomendaran su alma a las preces de su Compañía. El agradecimiento que le debemos a usted, señor, ha sido como un testigo que nos ha recordado nuestro deber y nos ha movido a cumplirlo lo menos mal que hemos podido. Mucho me contrarió no poder tener el honor de ver a su señora hermana en San Lázaro ni saludarla en su casa antes de su partida. De su bondad espero que no dejará de hacerme el favor de conservarme su amistad, en la seguridad de que le profeso especial estima. Le suplico por amor de Dios, señor, que ofrezca a su bondad en el Santo Sacrificio todo lo que su caridad pueda pensar que El quiere de mí, para que estos días de ejercicios espirituales que voy a empezar hoy le sean agradables, y créame por favor en el amor de Jesús Crucificado su muy humilde y obediente hija y servidora.
P. D. Le ruego que si escribe usted al señor Ratier le diga, por favor, que hable abiertamente con el señor Portail de todas las necesidades de nuestras Hermanas.







