La Chapelle, hoy 16 de mayo de 1639
Señora:
Tal vez le extrañará que, sin tener el honor de conocerla ni de ser conocida de usted, me tome la libertad de escribirle. No lo haría a no ser por la seguridad que tengo de que no va a llevarlo a mal, pues solamente el amor a Dios, a quien queremos servir y amar, me mueve a enviarle una joven de este lugar, que es buena y está llena de buenos deseos, para ocupar el puesto de hermana lega, que me han dicho hay vacante en su monasterio.
Lo he sabido por una de nuestras Hermanas, sirvientas de los pobres en las Caridades de las Parroquias, a la que Dios ha llamado y puesto en este modo de vida desde hace ocho años. No he querido creer, señora, que haya sido usted la que ha procurado se intentara desviarla de su vocación, no pudiendo ni siquiera imaginar que los que conocen su importancia quisieran oponerse a los designios de Dios y poner en peligro la salvación de un alma, privando a la vez de socorro a los pobres abandonados, sumidos en toda suerte de necesidades que realmente sólo son atendidos por los servicios de estas buenas jóvenes que, desprendiéndose de todo interés, se dan a Dios para el servicio espiritual y temporal de esas pobres criaturas a las que su bondad quiere considerar como miembros suyos. Quiera Dios, señora, que la que tiene usted ya en su casa la sirva bien y ella misma esté contenta; quiero persuadirme de que no se sentía muy llamada al modo de vida en que estaba, porque en caso contrario, sería reprensible. Pero, señora, le suplico que no vuelva a permitir que, con conocimiento de usted, sean probadas de esta manera, porque podría servir de tentación a otras. Esto, no obstante, no me impediría seguir siendo, como lo soy, en el amor de Jesús Crucificado su humilde y obediente servidora.







