Luisa de Marillac (13)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Autor: Elisabeth Charpy, H.C. · Año publicación original: 1988 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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OLYMPUS DIGITAL CAMERAPasados los años tormentosos y la crisis que con tanta violencia zarandeó a la Compañía, Luisa de Marillac percibe la necesidad de afianzar a cada una de las Her­manas en su vocación. Las diferentes conferencias dadas por entonces por el Sr. Vicente siguen esta línea:

— importancia de la oración, en mayo 1648, y amor a la vocación, en diciembre del mismo año;

— amor a Dios y amor al trabajo, en septiembre y diciembre de 1649; importancia de la obediencia, en agosto de 1650.

Las tres conferencias de febrero de 1653 presentan una magnífica síntesis del espíritu de la Compañía, desarrollando las tres virtudes características de la Hija de la Caridad: la humildad, la sencillez, la Caridad en su doble vertiente de amor a Dios y amor a los Pobres.

En sus cartas a las Hermanas, Luisa de Marillac insiste en la fidelidad al espíritu de la vocación, en la fidelidad a la regla de vida de la Hija de la Caridad. Ayuda de manera especial a las Hermanas Sirvientes a cumplir sus funciones de animadoras de la Comunidad local y en esta tarea se nos muestra como excelente educadora.

Es que Dios la había preparado a esa tarea de educadora a través de los múlti­ples acontecimientos de su vida.

En Poissy, Luisa adquirió una cultura básica: cultura cristiana, humanística, filo­sófica (como dice su primer biógrafo Gobillon). Estudió latín, Biblia, música, pintu­ra…

En casa de la señora, «maestra hábil y virtuosa», de que habla Gobillon, Luisa se inicia en una vida más práctica y en los quehaceres domésticos, al mismo tiempo que vive la experiencia de la pobreza material.

En su vida de casada, descubre el amor humano del marido y del hijo. Vive tam­bién dificultades económicas y aprende el ahorro necesario. Prosigue su formación cultural mediante la lectura de autores espirituales de su época: Fray Luis de Grana­da, Bérulle, Francisco de Sales. ¿Llegó a ser asidua de los círculos mundanos de la capital en los que florecía y se expansionaba la vida intelectual junto a los hombres de letras, tales como Malherbes, Maynard, Corneille, Descartes? Lo que sí sabemos es que su tío Miguel sí frecuentaba esos círculos.

Luisa de Marillac, cuya personalidad ha sido forjada por la vida, que está im­pregnada por el amor de Jesucristo, pone todo su ser de mujer al servicio de esta función de educadora. Su pedagogía es sencilla. Descansa sobre tres bases:

  • Luisa personaliza la formación que da.
  • Luisa parte de la realidad de la vida concreta.
  • Luisa transmite el dinamismo que bulle en ella.

Atención hacia la persona

Recorriendo las cartas de Luisa de Marillac a las primeras Hermanas, queda uno impresionado al comprobar la atención que dedica a cada una. El estilo, el tenor de la carta varían según la Hermana a la que va dirigida. Luisa de Marillac tiene en cuen­ta el nivel cultural de cada una, nivel cultural que, en el siglo XVII, estaba muy rela­cionado con el estrato social del que procedía.

Las cartas a Isabel Hellot, a Francisca Carcireux revelan que estas corresponsa­les procedían dé la burguesía, que poseían cierta cultura. Por el contrario, con Bár­bara Angiboust y Ana Hardemont, el estilo es mucho más concreto. Luisa se dirige, en ellas, a muchachas campesinas y, entonces, se pone a su nivel y utiliza un estilo sencillo y directo.

Adaptarse así a sus corresponsales es, en la intención de Luisa, una señal de respeto a su persona.

Luisa dedica mucha atención al carácter de cada Hermana. La forma de señalar un error, de dirigir un reproche, varía mucho según el conocimiento que tiene de la interesada.

A las Hijas de la Caridad de «temperamento fuerte», como Bárbara Angiboust, Ana Hardemont, Juliana Loret, Magdalena Mongert, Luisa les habla muy claro, a ve­ces hasta parece dura:

«Creía haberle comunicado con toda claridad» escribe a Juliana Lo­ret quien, en Chars, ha decidido tocar la campana a la hora del rezo, como hacen las monjas. El reproche de Luisa es severo:

«¿No es esto «tocar la trompeta» sobre su acción, siendo así que Nues­tro Señor nos enseña a hacerla en secreto cuando se trata sólo de nues­tro interés particular?».

La Hermana Sirviente de Saint Denis (¿podría ser Sor Bárbara Angiboust?) re­cibe una carta que la invita muy seriamente a reflexionar acerca de su conducta:

«¡Cuánto tiempo hace que le he rogado a usted que se deshiciera de estos animales! (unos gatos que no se separaban de las Hermanas ni durante la oración) y no lo tiene usted en cuenta; en cambio, ¡si una Hermana deja de obedecerla con prontitud…!».

Con las más tímidas o temerosas, como Claudia Brígida, Genoveva Doinel…, Luisa de Marillac manifiesta mayor dulzura, más benevolencia; no alza el tono.

Genoveva Doinel ha mandado un hermoso pescado a la Casa Madre. Luisa em­pieza por agradecérselo; luego viene la reprensión:

«si hubiera sido posible devolvérselo con prontitud, le hubiera rogado diera usted con él un festín a sus pobres enfermos, porque bien sabe­mos que nuestra Compañía no se regala de ese modo..».

Y quizá para atenuar el reproche que acaso pueda desconcertar a Genoveva, cuya intención ha sido la de manifestar su afecto a las Hermanas de la Casa, Luisa añade:

«… pero como no podía hacerlo (devolvérselo), su caridad ha servido para obsequiar a varias de nuestras Hermanas enfermas, entre las que me encuentro yo».

¡Qué delicadeza! Luisa sabe que los reproches tienen por objeto educar y no hun­dir. En una carta a Claudia Brígida y a Genoveva Doinel, que están juntas en Chan­tilly, Luisa empieza por elogiar el buen trabajo que hacen en favor de los pobres. Y luego les habla de la importancia de la caridad fraterna, contentándose con sugerir­les.

«¿Estoy equivocada en recomendarles esta virtud de una gran cordiali­dad y buena inteligencia entre las dos sin la que no podrían no ya ser Hijas de la Caridad, sino ni siquiera buenas cristianas».

¡Qué bondad y qué delicada atención manifiesta Luisa a las Hermanas enfer­mas, sobre todo a las que se hallan lejos de la Casa! No pudiendo siempre desplazar­se personalmente, envía a una Hermana a visitarlas. Isabel Martín va a ver a Juana Dalmagne que se halla en trance de muerte en Nanteuil y le lleva una carta conmo­vedora:

«… bien sabe Él (Dios) el dolor que me causa no poderla asistir en este último acto de amor, que estoy segura va usted a hacer, de entregar voluntariamente su alma al Padre Eterno, con el deseo de honrar el ins­tante de la muerte de su Hijo….

Ana Hardemont va a ver a Bárbara Angiboust, gravemente enferma en Fontai­nebleau. Unos años después, será la propia Bárbara quien vaya a ver a Margarita, con encargo de llevársela a París donde se la podrá cuidar mejor. ¡Qué dolor experi­menta Luisa por no haber sabido a tiempo la gravedad de Sor Isabel Turgis!.

«¡Qué dolorosamente nos ha sorprendido la noticia de la muerte de nues­tra querida Hermana, que estábamos lejos de esperar!… Queridas Her­manas, tenemos motivos para quejarnos de que no nos hayan ustedes avisado de que había empeorado, porque no hubiéramos dejado de man­dar a visitarla».

Luisa se entera por el Sr. Gauthier, Sacerdote de la Misión en Richelieu, de que Isabel Martín se encuentra cada vez peor. Y le escribe:

«Nuestro buen Dios le hace, pues, participar intensamente en sus pade­cimientos… Suplico a su bondad le dé los consuelos que Él da a las almas a las que quiere santificar por este camino…».

Luisa encarga a su compañera que la cuide con todo esmero, y recomienda a Isabel que se deje cuidar:

«le ruego que le pida con toda confianza cuantos cuidados necesite, y si le aflige el estado de sujeción a que la reduce su enfermedad, en esto también debe usted, querida Hermana, ver y amar la voluntad de Dios».

A la Hermana Sirviente de Angers le insta para que tenga especial cuidado de Sor María Despinal, enferma; y añade, dirigiéndose a esta última:

«La saludo con todo mi corazón y su estado hace crecer me afecto, creyéndola en un alto grado de unión con la santísima voluntad de Dios».

Como lo demuestran las cartas dirigidas a las Hermanas enfermas o agonizan­tes, Luisa está atenta a la evolución espiritual de cada una. Sabe que el acercamien­to a Dios se hace por itinerarios diferentes y que es necesario respetar «los caminos de Dios».

La mayoría de las Hermanas se acercan a Dios a partir de lo concreto de la vida y Luisa les ayuda en su progreso espiritual. A las Hermanas de Angers que se han descuidado en su servicio a los pobres enfermos del Hospital, Luisa les manifiesta su sentimiento y les interroga acerca de sus actitudes:

«… ¿Dónde están la dulzura y la caridad que habían de conservar tan cuidadosamente hacia nuestros queridos Amos, los pobres enfer­mos?…»

Después de haber dirigido esa mirada a la realidad de su vida, Luisa les invita a que configuren esa vida suya con el Evangelio, con la vida de Cristo:

«Si nos apartamos, por poco que sea, del pensamiento de que son los miembros de Jesucristo, eso nos llevará infaliblemente a que disminu­yan en nosotras esas hermosas virtudes».

Cuando se trata de Margarita Chétif, Luisa puede compartir con ella la experien­cia de su vida espiritual:

«… Nuestro Señor le habrá hecho gustar la suavidad que las almas lle­nas de su santo amor experimentan en medio de los sufrimientos y an­gustias de esta vida…».

Con Juana Lepintre el estilo es distinto. Luisa de Marillac intenta iluminar y apa­ciguar a esta hermana de espíritu inquieto y complicado.

Luisa sabe por experiencia que el crecimiento de la vida espiritual sigue las leyes de todo crecimiento, y dedica mucha atención especialmente a las Hermanas Sirvientes nuevas para educarlas con mucho amor. Cuando se dirige a las antiguas, que conocen el espíritu y las reglas de la Compañía, emplea un estilo mucho más directo.

Pero la atención de Luisa no se detiene en la Hermana interesada, sino que se extiende a toda su familia. En aquella época, los viajes eran difíciles y costosos; servirse del correo era imposible porque los padres o familiares de las Hermanas no sa­bían leer ni escribir. Entonces, cada vez que le es posible, Luisa da noticias de sus familias a las Hermanas que están alejadas de ellas. Así, podemos seguir, por ejem­plo, la vida de la familia Angiboust, de la familia Ménage, de la familia Carcireux: las bodas, los fallecimientos, etc.

Luisa sirve también de intermediaria entre las Hermanas y sus familias. Envía a las Hermanas de Nanteuil a ver a los padres de Lorenza Dubois. A las Hermanas de Brienne les ruega visiten a la familia de Sor Bárbara Bailly, que vive en la región.

De esta manera, todas las Hermanas se sienten conocidas y reconocidas por Luisa. Y si no es así, no tienen inconveniente en hacérselo sentir. Por ejemplo, Carlo­ta Royer hubiera podido hablar de «la mala de Sor Luisa», que le había enviado tan lejos, a Richelieu. Ana Hardemont y su compañera, que están descontentas en su nuevo destino en Ussel, sienten tan hondamente su aislamiento que envían unas cartas muy duras a Luisa de Marillac, de tal manera que Vicente de Paúl se ve obligado a decirles que sean más delicadas con su Superiora.

La educación dada por Luisa descansa en el conocimiento de cada persona y en el respeto que se le debe como tal. Esto permite que la relación sea auténtica y estimulante.

Un conocimiento de las realidades de la vida

Luisa de Marillac no funda nunca en lo abstracto una acción educativa. Nume­rosas son las cartas que dejan ver el conocimiento profundo que tiene de las realida­des que vive la Hermana a quien se dirige. Esas realidades las conoce a través de las cartas de las Hermanas, o de escucharlas cuando van a la Casa Madre o por las visitas que ella misma hace a las casas. También conoce la vida de las Comunida­des locales por los informes de las visitas que hacen los Sacerdotes de la Misión o por el correo que le llega de las Señoras de la Caridad, de los Administradores de los Hospitales…

Luisa de Marillac parte de hechos concretos, de acontecimientos de la vida dia­ria, para basar en ellos la educación de las Hermanas. La Comunidad de Chantilly le ha hecho un pedido de material para el servicio a domicilio: una olla para el reparto de sopa, píldoras, aceite medicinal, etc… Luisa les enseña, lo primero, a que sepan concretar cuando piden algo:

«Ahí tienen parte de lo que han pedido, porque, con relación a la olla, no sabíamos si la quieren de hierro o de cobre, ni tampoco de qué ta­maño…».

Y luego acompaña el envío con la explicación de cómo han de usar el material, que es para el servicio de los pobres y no para uso personal.

«Les mandamos… dos pares de guantes para llevar la olla. Creo que ya saben, queridas Hermanas, que no tienen que llevarlos puestos en la iglesia ni en el pueblo, sino sólo para el uso previsto. Igualmente sa­brán que son enseres de esa casa y que si la una o la otra fuera trasla­da antes de que estuvieran estropeados, tendría que dejarlos ahí para uso de las que fueran a reemplazarlas».

Bárbara Angiboust, siempre llena de delicadeza, manda a París un lienzo fino de lino, fabricado en las manufacturas de la región de Bernay. Luisa, que conoce la personalidad de Bárbara y sabe hasta dónde puede llegar con ella, no teme —al mismo tiempo que le da las gracias— hacerla reflexionar acerca de aquel envío que ha hecho. Le explica que aquel lienzo es «demasiado bueno y bonito» para las Hijas de la Caridad y que resulta «un tanto caro», «teniendo en cuenta su poco ancho». Bárbara puede aplicarse a sí misma la frase siguiente, aunque dirigida a Lorenza:

«(le) ruego ame siempre mucho la santa pobreza, no sólo por la estima y con las palabras, sino en la práctica, en todos sus efectos».

Pero Luisa sabe con certeza que estos avisos sobre la vivencia de la pobreza no van a disminuir en nada el afecto y la confianza de Bárbara:

«Su corazón demuestra siempre su afecto a la Compañía, que por su parte también la quiere a usted de verdad».

Es frecuente que Luisa de Marillac proponga a las Hermanas que reflexionen jun­tas en lo que están viviendo. En Angers, la vida comunitaria se ha hecho menos fra­ternal. Entonces, Luisa invita a las Hermanas a que consideren cuál es su conducta en la vida comunitaria: si muestran fastidio por los defectos de una, si no aceptan el carácter de otra, etc… De una manera muy sencilla explica la psicología femenina:

«… Si nuestra Hermana está triste, si tiene un carácter melancólico o demasiado vivo o demasiado lento, ¿qué quiere que haga si ése es su natural?, y aunque a menudo se esfuerce por vencerse, no puede im­pedir que sus inclinaciones salgan al exterior. Su Hermana, que debe amarla como a sí misma, ¿podrá enfadarse por ello, hablarle de mala manera, ponerle mala cara?

¡Ah, Hermanas! ¡Cómo hay que guardarse de todo esto y no dejar tras­lucir que se ha dado usted cuenta, no discutir con ella, sino más bien pensar que pronto, a su vez, necesitará que ella observe con usted la misma conducta!».

En seguida orienta la reflexión hacia la vocación a la que las Hermanas han res­pondido:

«Y eso será, queridas Hermanas, ser verdaderas Hijas de la Caridad, ya que la señal de que un alma posee la caridad es, con todas las demás virtudes, la de soportarlo todo».

Luisa pone de relieve la importancia de la llamada de Dios que las ha reunido para servirle en los pobres:

«… Renuévense, pues, mis queridas Hermanas, en su primer fervor y empiecen por el verdadero deseo de agradar a Dios, recordando que Él las ha conducido, por su Providencia, al lugar en que se encuentran y las ha unido juntas para que se ayuden mutuamente en su perfec­ción».

Las Hermanas de Richelieu exponen que no tienen tiempo para hacerlo todo. Es posible que hayan pedido una Hermana más. En su respuesta, Luisa propone a estas Hermanas que reflexionen en cómo emplean el tiempo.

Les pide que consideren cómo transcurre su jornada: a qué hora se levantan, a qué hora se acuestan. Las visitas que reciben o hacen, ¿son necesarias? ¿No exis­ten entre ellas palabras o conversaciones inútiles? Las comidas que hacen fuera de casa, ¿las motiva una necesidad indispensable del servicio a los pobres? Lo que les propone es, pues, una revisión de la organización del día.

A continuación, las invita a que confronten ese empleo del tiempo en la Comu­nidad local con su vocación de Hijas de la Caridad: ¿qué espíritu las anima en cada una de.-sus acciones?; ¿qué importancia dan a la vida comunitaria? ¿cómo viven la obediencia, que es el claustro de la Hija de la Caridad?

Luisa desea que le den cuenta por escrito de su reflexión comunitaria:

«¡Qué consuelo me proporcionan cuando me dan extensamente noti­cias suyas! Ahora me gustaría que me dijeran de una vez todo su com­portamiento en relación con lo que acabo de pedirles».

Luisa de Marillac sabe que las Hermanas se enfrentan con numerosas dificulta­des y no duda en hablar de ellas, pues no ignora que el hecho de mirar de frente una dificultad supone localizarla mejor y, con frecuencia, descubrir sus causas, al mismo tiempo, que hacerle perder gran parte de sus inconvenientes.

Algunas de estas dificultades van unidas a lo novedoso de la Compañía. Las Hermanas tienen que saber afirmar su identidad, defender el servicio a los pobres a domicilio ante las Señoras de la Caridad y los Obispos. Luisa alienta a las más tími­das a que se expresen:

«Si se les preguntan su parecer, será para saber cómo se hace en París el servicio a los pobres. Si se trata de un hospital, no olviden hacer pen­sar en los pobres vergonzantes que se quedarían sin asistencia, ya que nunca irían al hospital por más que se les quisiera forzar; por eso, el establecimiento de la Caridad es del todo necesario».

Otros problemas proceden del difícil equilibrio que hay que mantener en todo. Las Hermanas de Chantilly sirven muy bien a los pobres, pero se dejan acaparar por el trabajo y descuidan el tiempo de la oración. Luisa les recuerda la importancia de unirse a Dios en la oración para poder servirle en los pobres:

«Espero también que guarden ustedes lo mejor que puedan sus reglas, sin perjuicio para los pobres, ya que su servicio debe ser preferido siem­pre, pero de la manera que se debe y no según nuestra propia volun­tad».

En Bernay, Lorenza Dubois no sabe cómo conciliar la libertad que tiene toda Hermana para escribir a los Superiores y la confianza que le merece su Hermana Sir­viente. Luisa le explica la actitud que debe adoptar: en el siglo XVII, el correo lo lleva la «silla de postas», que no pasa con regularidad por Bernay, o bien se entrega en mano a personas que se ofrecen a llevarlo:

«Si tiene usted algún secreto que comunicarme, escríbamelo usted misma y, aunque no tenga usted obligación de mostrar su carta, sin embargo, por cordialidad debe usted decirle que me va a escribir. No tema que ella le pregunte lo que me va a decir ni que lo mire, porque sabe muy bien que haciéndolo ofendería a Dios».

También surgen dificultades de una mala comprensión de las recomendaciones de los Fundadores o de un celo intempestivo para ponerlas en práctica. Por ejemplo: la higiene y la limpieza son indispensables para toda vida en común. Pero con este pretexto, algunas Hermanas buscan ciertas satisfacciones personales y olvidan la po­breza necesaria a una sierva.

«… no se perciben las vanidades que pueden ocultarse bajo esos po­bres hábitos y ruin confiado si no se pone cuidado en ello: con pretexto de limpieza y orden se cometen grandes faltas en este punto».

En La Fére, la necesidad de aprender bien para poder enseñar el catecismo pro­voca en Juliana «ansiedad y deseos de leer», lo que puede ser una amenaza de me­nosprecio de los servicios humildes y bajos. Luisa se muestra atenta a estas realida­des de la vida para ayudar a cada una de las Hermanas a captar su sentido y a crecer en el amor a Dios, a los pobres y a sus compañeras.

Un dinamismo contagioso

En toda su enseñanza y a través de su vida y de su mismo ser, Luisa de Marillac transmite a las Hermanas la llama que la abrasa: el amor al hombre que saca del amor a Cristo Encarnado.

En sus meditaciones, Luisa dirige su mirada admirativa al hombre al que Dios ha creado, al que ha amado tanto que ha querido participar Él mismo en su humani­dad para redimirle.

El mismo Dios… había dicho «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’; de la misma manera decidió redimirle, lo que es una nue­va creación».

Otro día anota, para comunicarlo a las Hermanas en una conferencia:

«Pensemos en la excelencia del ser que Dios nos ha dado».

Luisa se detiene varias veces en el tema de la libertad, ese regalo que Dios ha hecho al hombre y que permite a éste tomar decisiones libres, teniendo la facultad de escoger entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte.

«…esa voluntad libre que el hombre conserva, ya para perderse, siguien­do la maldad de sus inclinaciones y las persuasiones del espíritu malig­no, ya para salvarse, por la gracia de aplicarse los méritos del Hijo de Dios».

Luisa de Marillac pone de relieve con vigor cómo la Encarnación del Hijo de Dios devolvió al hombre toda su grandeza. En sus Ejercicios Espirituales o retiros gusta de contemplar la Humanidad santa de Cristo. Meditando en la Natividad, escribe:

«… adorando la divinidad en ese estado de la Infancia de Jesús e imi­tando cuanto pueda su santa Humanidad, en especial en su sencillez y caridad que le han movido a hacerse Niño para facilitar a sus criatu­ras el libre acceso a Él».

Durante unos Ejercicios entre la Ascensión y Pentecostés, desea honrar espe­cialmente la Humanidad gloriosa de Cristo:

«Traer lo más que pueda el espíritu ocupado en honrar la gloria que la Humanidad santa de Nuestro Señor recibe en el cielo…».

Su meditación se prolonga con las palabras de Cristo en el Evangelio: «Lo que hicisteis con uno de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis». En el pobre, quienquiera que sea, Luisa descubre a Cristo.

«Mi oración ha sido más de contemplación que de razonamiento, con gran atractivo por la Humanidad santa de Nuestro Señor y el deseo de honrarle e imitarle lo más que pudiera en la persona de los pobres…».

Animada por ese poderoso amor al Hijo de Dios hecho hombre, Luisa de Mari­llac cree en las posibilidades de todo hombre, por pobre y desprovisto que pueda ser. Reconoció la grandeza y dignidad de los niños expósitos, de los condenados a galeras, de los dementes, la de todos los desechados por la sociedad. Luisa com­parte esta convicción con las Hermanas; insiste en el respeto, en la estima, en el amor que se debe a toda persona, rica o pobre.

«… nuestra vocación de siervas de los pobres es para nosotras una ad­vertencia de la dulzura, humildad y tolerancia que hemos de tener con el prójimo; del respeto y honor que debemos a todo el mundo: a los pobres, porque son los miembros de Jesucristo y nuestros amos, y a los ricos para que nos proporcionen medios de hacer el bien a los po­bres».

Luisa entra en detalles: recuerda que la dulzura y la amabilidad, son muestras de respeto y de amor:

«…sean muy afables y bondadosas con los pobres; ya saben que son nuestros señores a los que debemos amar con ternura y respetar pro­fundamente».

Muestra de ese respeto es también acoger cordialmente a las Señoras:

«tenemos que acoger con agrado a los que vienen a ver a los po­bres».

Luisa vive, por su parte, profundamente lo que pide a las Hermanas, Su respeto hacia cada una se traduce en su preocupación por valorar lo que hay de bueno en ella. Una mirada cargada de afecto, de amistad, siempre es estimuladora.

A Juliana, que no sabe conservar las manzanas, Luisa alaba sus cualidades de repostera. A la ocasión siguiente, Luisa admira el buen estado en que han llegado las manzanas, pero le hace notar que no se entretenga tanto en preparar pasteles.

Si Bárbara Angiboust no ha tenido presente la pobreza al escoger la tela de lino, junto a esa observación Luisa destaca el amor que tiene a la Compañía.

Al dirigirse a la Hermana Sirviente de Saint Denis, no hace resaltar ninguna cua­lidad suya en particular. Pero le asegura que el conocimiento propio es cosa excelen­te y que una falta reconocida es punto de partida para progresar en el camino de la virtud.

A través de su vida, mediante la formación que da, Luisa desea conseguir ese acercamiento del hombre a Dios. La Humanidad santa de Cristo se le hace presente, la descubre, la contempla, la sirve en la humanidad doliente del pobre. Luisa exhorta a las Hermanas a que pongan su mirada en la vida del Hijo de Dios en la tierra para impregnarse de su amor, para descubrir sus actividades ante los pobres.

¡Qué razonable sería que aquellas a las que Dios ha llamado al segui­miento de su Hijo, tratasen de hacerse perfectas como El, intentando hacer de sus vidas una prolongación de la Suya!».

En su oración diaria, la Hija de la Caridad descubre y contempla en Jesús aque­lla mirada de amor, aquellos actos de respeto, su fe en el hombre.

«Tratemos de encontrarnos con frecuencia ante Nuestro Señor, viéndo­le a Él en el ejercicio de la caridad con el prójimo».

Bajo la pluma de Luisa se encuentran con frecuencia ciertos pasajes del Evange­lio. Le gusta, por ejemplo, citar el versículo 29 del capítulo II de San Mateo: «Apren­ded de mí que soy manso y humilde de corazón». Grande es su deseo de que las Hermanas se dejen transformar poco a poco por estas palabras de Cristo,

«recordando la enseñanza que el Hijo de Dios nos ha dado al decir­nos que aprendamos de Él a ser mansos y humildes de corazón».

Cuando se dirige a Hermanas Sirvientes, le gusta ponerles ante los ojos el ejem­plo de Cristo Servidor:

«la obligación que tenemos de imitar la vida y manera de obrar de Nuestro Señor que siempre estuvo sometido y que pudo decir que ha­bía venido a la tierra no para hacer su voluntad, para servir y no para ser servido…».

Impregnarse del Evangelio es dejarse invadir por el Espítiru de Cristo, que es el Espíritu de la Compañía. El 10 de enero de 1660, Luisa se lo repite una vez más a Margarita Chétif. Este mensaje, escrito dos meses antes de la muerte de la Fundado­ra de la Compañía, rezuma cierta solemnidad:

«¡Dios sea bendito por todo y dé fortaleza y generosidad a la Compañía para mantenerse en el espíritu primitivo que Jesús puso en ella, por el suyo y sus santas máximas! Démonos a Dios frecuentemente para obtener de su Bondad esa generosidad que necesitamos para gloria de sus designios sobre la Compañía.».

Ser de Dios para poder darse por completo a los Pobres. Tal es el resumen de la formación que Luisa da a las primeras Hermanas. Su mensaje coincide con el del Papa Juan Pablo II a los franceses, el 13 de agosto de 1983:

Devolver Dios al hombre,
devolver el hombre a Dios,
es devolver el hombre a sí mismo,
es hacerle reencontrar su semejanza con Dios».

¿No reside ahí el fin de toda la formación, el fin del servicio a los pobres, el fin de la consagración a Dios de toda Hija de la Caridad?

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