Luisa de Marillac (03)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Elisabeth Charpy, H.C. · Year of first publication: 1987 · Source: Ecos de la Compañía.
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Los años de viudez

OLYMPUS DIGITAL CAMERAAl quedarse viuda, Luisa de Marillac se siente desamparada. ¿Qué va a ser de ella, sola con su hijo? ¿Quién va a ayudarle a guiar su barca en medio de la tempestad que recela de nuevo? ¿Cómo conocer el camino que Dios quiere que siga?

Luisa no deja de sentir en su corazón ese deseo intenso de ser totalmente de Dios. Para plasmarlo en algo concreto, para descubrir, también, el designio de Dios sobre ella, intensifica su vida de oración. Reza todos los días los 15 misterios del Ro­sario y el Oficio Parvo de la Virgen, multiplica los actos de la presencia de Dios y dedi­ca 33 a honrar los 33 años que Jesucristo vivió en la tierra. Además, asiste a Misa diariamente, lee el Evangelio y la vida del santo del día.

Lleva a cabo también los ejercicios prescritos por las numerosas cofradías espiri­tuales a las que pertenece: la de las Cinco Llagas de Nuestro Señor, la del Santísimo Sacramento, la del Rosario, de Santa Mónica, de San Francisco….

A todos esos ejercicios acompaña el ayuno: los viernes, las vísperas de las fiestas de Nuestro Señor y de la Santísima Virgen, y durante el tiempo de Adviento y de Cua­resma. Además la Señorita Le Gras suele tomar la disciplina con regularidad.

Esta vida de oración tan estructurada es fuente de tensión para Luisa. A veces, le resulta difícil ser fiel a tantas cosas y cualquier falta, aun involuntaria, sirve para acre­centar su inquietud y aumentar su angustia. Vicente de Paúl es ahora su director. El será quien le ayude a conseguir su encuentro con Dios de una manera más sencilla:

«En cuanto a esos 33 actos a la Santa Humanidad y lo demás, no se aflija cuando falte a ellos. Dios es amor y quiere que vayamos a El por amor; No se juzgue, pues, obligada a todos esos buenos propósitos».

Siempre atormentada, Luisa trata de encontrar aliento y apoyo en aquellas perso­nas que conoce y sabe pueden ayudarla. Así, confía a su primo, el Padre Hilarion Re­bours, su búsqueda de Dios y los obstáculos con los que tropieza:

«¿No es razonable que sea totalmente de Dios después de haberme entre­gado durante tanto tiempo al mundo? Le digo, pues, amado primo, que lo deseo con todo mi corazón y en la forma que a El le plazca.

Pero tengo grandes motivos para desconfiar de mí misma en cuanto a mi perseverancia en este deseo y son los continuos impedimentos que se oponen a los designios de Dios sobre mí.

Ayúdeme, pues, con sus oraciones a que mi pobre alma rompa las liga­duras que la tienen tan fuertemente amarrada a todo lo que no es Dios».

Luisa de Marillac se dirige también a Mons. Camus mientras fue su director. Le explica las tinieblas en las que se debate y la turbación que se apodera de su alma. Desde su Obispado de Belley, Mons. Camus le responde con una carta un tanto dura:

«Señorita y querida hermana:

La que he recibido de usted por mediación del Sr. Chappe hace alusión a otras dos que dice usted haber escrito desde que se quedó viuda y de las que yo sólo he tenido una en mis manos. Ahora bien, mi querida hermana, no sé por qué se turba su espíritu y dice encontrarse en tinieblas y en aban­dono. ¿Por qué habría de ser así? Ya no está usted dividida. Ahora se debe solamente al Esposo celestial, toda vez que ya no tiene al terreno. Hace tiempo que está usted resuelta a no querer más que a El, y ahora que ha roto sus lazos y que por ello debe usted ofrecerle una hostia de alabanza, se lamenta; mujer de poca fe, ¿qué es lo que teme? Hay que repetirle a usted lo que Nuestro Señor dijo a María (sic) a propósito de la resurrección de Lá­zaro: «Si creyeres con más firmeza, verás la gloria de Dios sobre ti». iPues qué! Lo que no veo con claridad, lo creo sin embargo con seguridad.»

Belley, 26 de marzo de 1626.

Monseñor Camus no acaba de comprender a esta joven viuda, atormentada e in­quieta. Durante la enfermedad de su marido, había hecho voto de viudez. Ahora que se queda viuda no encuentra la paz. ¿Qué es, pues, lo que desea? Es que sobreponer­se a un estado depresivo, al sufrimiento de la viudez, a la inquietud por el porvenir, no puede hacerse rápidamente, por más buena voluntad que ponga por su parte la per­sona. Hay que dar tiempo al tiempo.

Monseñor Camus reside ahora en su Obispado de Belley, alejado de París. Por ello indica a su dirigida otro director. Luisa de Marillac vacila, no se siente atraída por aquel Sr. Vicente cuya sencillez dista mucho de la distinción de Mons. Camus o de la de Mons. Francisco de Sales. Pero Luisa recuerda la «Luz de Pentecostés» en la que Dios le hizo ver a su nuevo director. A pesar de su «repugnancia», la Srta. Le Gras acudirá al Sr. Vicente. Desea con toda su alma adherirse a la Voluntad de Dios, a aquella «Luz de Pentecostés» que disipó las tinieblas en las que entonces se encon­traba.

«Se me aseguró también que debía permanecer en paz en cuanto a mi di­rector, y que Dios me daría otro, que me hizo ver (entonces), según me parece, y yo sentí repugnancia en aceptar; sin embargo, consentí…» escribe en el relato de la Luz de Pentecostés Luisa de Marillac.

Por su parte, el Sr. Vicente muestra cierta reticencia para aceptar el hacerse car­go de la dirección espiritual de aquella joven viuda. Tiene la experiencia de la direc­ción espiritual de la Señora de Gondi, conoce las exigencias de las señoras de la no­bleza, duda mucho. La Congregación de la Misión ha sido fundada para la evangeliza­ción de los pobres y las misiones en las aldeas ocupan mucho tiempo.

¿Quién convence al Sr. Vicente para que acepte esa función de director espiritual con relación a la señorita Le G ras? ¿Acaso el Sr. Bérulle? ¿O tal vez el recuerdo de la amistad de ambos con Mons. Francisco de Sales, fallecido en diciembre de 1622? Quizá se trata sencillamente de una inspiración del Cielo. Años más tarde habrá de escribir, en efecto, Vicente de Paúl a Luisa de Marillac, que se inquietaba por moles­tarle de continuo con sus problemas personales:

«… Cuando Dios ha designado a una persona para ayudar a otra con sus consejos, no puede sentirse más sobrecargada por las luces que ésta le pida que lo que un padre lo está con su hijo…».

Por obediencia a la Voluntad de Dios, Luisa de Marillac acepta la dirección del Sr. Vicente, aquel sacerdote tan equilibrado y también tan cercano a Dios y a los Pobres. Por su parte, el Sr. Vicente acepta a aquella mujer ansiosa e inquieta y se dispone a ayudarla a liberarse de su angustia y a recobrar la paz en Dios.

Luisa de Marillac se ha trasladado a vivir cerca del Colegio de «Bons Enfants», re­sidencia del Sr. Vicente. A principios del año 1626, se decidió a dejar su palacete de la calle Courteau Villain para fijar su residencia en la calle Saint Victor, feligresía de San Nicolás «du Chardonnet». Indudablemente, su decisión ha obedecido a motivos económicos después del fallecimiento de su marido. Sin cambiar de calle, Luisa cam­biará varias veces de vivienda. De su correspondencia se desprende que vivió en una casa del Sr. Veron, después en una del Sr. Guerin, luego, en otra del Sr. Veron.

Los primeros encuentros con la Srta. Le G ras parecen confirmar al Sr. Vicente en sus vacilaciones y reticencias. Ya en la primera carta de 1626, se ve a Luisa más bien exigente con su Director; le escribe mucho. El Sr. Vicente no puede contestar a todas sus cartas, lo que preocupa a la Srta., quien, además, se inquieta tan pronto como su Director sale de París para cualquier misión en el campo. ¿Qué va a ser de ella? El Sr. Vicente hace lo posible por tranquilizarla:

«Nuestro Sseñor… mismo desempeñará el oficio de director; ciertamente que lo hará y de forma que le permitirá a usted ver que se trata de El mis­mo».

El tono y estilo de las primeras cartas es muy ceremonioso, bastante complicado. Las expresiones que ahora podrían parecer muestras de amistad y de afecto respon­den más bien al lenguaje del ambiente mundano del siglo XVII. Luisa de Marillac es­cribe al Sr. Vicente:

«Espero me perdonará usted la libertad que me tomo de manifestarle la im­paciencia de mi espíritu, tanto por su larga ausencia pasada como por el te­mor del porvenir y por no saber el lugar a donde se dirigirá usted después de aquel en que se encuentra».

El Sr. Vicente le responde en el mismo tono:

«Perdone a mi corazón que no se explaye un poco más en la presente». «Hágame el favor de convencer a su corazón de que si de veras se dedica a honrar la serenidad de Nuestro Señor en su Amor, no dejará de serle agra­dable».

A través de las entrevistas y de las cartas cada vez más frecuentes, el Sr. Vicente y la Srta. Le Gras aprenden a conocerse mejor, a descubrir lo que les aproxima y lo que les diferencia.

El Sr. Vicente descubre la huella que ha dejado la dureza de la vida en la mujer supersensible y dolorida que es la Srta. Le Gras; se hace cargo de su sufrimiento y con paciencia la ayuda a asumirlo. Un día de fuerte tormenta en París, escribe a su di­rigida:

«Pero no crea que está todo perdido por esas pequeñas rebeldías que siente en su interior. Ha llovido con intensidad y truena espantosamente: ¿Es aca­so el tiempo menos bueno por ello? Aunque las lágrimas de tristeza inun­den su corazón y el demonio truene cuanto le plazca, esté segura, querida hija, que no por ello es usted menos querida de Nuestro Señor. Viva, pues, contenta en su amor…».

En esta época, «el pequeño» tiene ya 15 años y está interno en el Seminario de San Nicolás «du Chardonet», que dirige el Sr. Bourdoise. El rendimiento de este ado­lescente es muy irregular; adelanta con dificultad en sus estudios que deberían de­sembocar en el sacerdocio. Su madre no hace más que preguntarse: «¿Cómo va a lle­gar al fin si no trabaja?».

Pronto se da cuenta el Sr. Vicente de la gran tensión que hay en lo íntimo del co­razón de la Srta. Le G ras por conocer y cumplir la Voluntad de Dios. Y en este sentido está completamente de acuerdo con ella. Pero si Luisa de Marillac es viva, rápida, tie­ne prisa, el Sr. Vicente sabe tomarse el tiempo necesario. No hay que adelantarse, saltarse el ritmo de la Providencia. El Sr. Vicente espera los acontecimientos, signos de Dios.

La Srta. Le Gras expresa sus inquietudes:

En sus numerosas cartas, el Sr. Vicente trata de alentarla orientando su mirada hacia el Hijo de Dios.

«Procure vivir contenta en medio de sus motivos de descontento y honre siempre el «no-hacer» y el estado desconocido del Hijo de Dios». «Honre… la pena que la Santísima Virgen pasó al ver sufrir a su Hijo, y añada a ese honor el de la aceptación del Padre Eterno en la contemplación de los sufrimientos de su Hijo Unigénito; espero que El le hará ver y conocer cómo ha de agradecer a su divina Majestad el que la honre con la unión de sus sufrimientos a los de El».

La angustia de Luisa de Marillac va unida en gran parte a la inquietud que le cau­sa el porvenir de su hijo. De cada dos cartas una (esto es así hasta la fundación de la Compañía) habla de Miguel. Desde un primer momento, el Sr. Vicente se ha visto atraído por este muchacho. Quizá le ha dado lástima verlo huérfano con la única com­pañía de su madre tan angustiada. Si la expresión de Luisa, en sus cartas, es «mi se­ñor hijo», Vicente en cambio, durante varios años, hablará con términos más afectuo­sos. Para él, Miguel es «el pequeño».

La Srta. Le Gras pide con frecuencia consejo al Sr. Vicente con relación a su hijo.

«El motivo principal (de mi carta que ha debido de perderse) era pedirle consejo acerca de mi hijo…».

El Sr. Vicente la tranquiliza y modera la inquietud exagerada de su corazón ma­ternal. En 1628 escribe:

«Alabo a Dios por haberla librado del excesivo apego que tenía al pequeño y de haberla hecho entrar en razón».

«He deseado mucho estos días pasados que se acordara usted de ofrecerme a Dios y le pidiera la gracia de que su santa Voluntad se cumpla en mí no obstante las oposiciones de mi miseria».

El Sr. Vicente que conoce la riqueza de la vida espiritual de su dirigida, la solidez de su amor a Dios, la invita sencillamente a seguir buscando esa Voluntad de Dios, pero con alegría y confianza.

«Consérvese alegre y en disposición de querer todo lo que Dios quie­ra».

«¡Dios mío! hija mía, ¡cuántos tesoros ocultos hay en la Santa Providencia, y cómo honran a esa divina Providencia los que la siguen y no se adelantan a ella!

Por su parte, Luisa de Marillac, en su relación frecuente con su director, descubre rápidamente la actividad que éste lleva a cabo en favor de los pobres, la existencia de las Cofradías de la Caridad, y de modo natural participa en esa actividad, junto con su prima la Srta. Du Fay. Ya el 5 de junio de 1 627, escribe al Sr. Vicente:

«La labor que su caridad me ha encargado está terminada; si los miembros de Jesús la necesitan y es de su agrado, Padre, que se la envíe, así lo haré; no he querido hacerlo sin que me lo ordenará».

El Sr. Vicente acude con mucha frecuencia a su colaboración para pedirle ropas que luego mandará a las diferentes Cofradías para que se las entreguen a los pobres. Pero no tarda mucho en pedirle otros servicios: visitas a pobres en sus casas, recibir en la suya a muchachas que se hallan en peligro y a las que hay que buscar coloca­ción. El Sr. Vicente agradece la disponibilidad de Luisa de Marillac y aprecia la clari­dad de su juicio y su gran sentido de organización.

«Sirvan estas pocas líneas para agradecerle el haber aceptado en su casa a esa buena joven y el envío de las 12 camisas…».

Luisa va recobrando poco a poco confianza en ella misma, ayudada por Vicente que la sostiene y orienta. Este se apoya cada vez más en ella hasta el punto de con­vertirla en su colaboradora para todo el trabajo de las Cofradías de la Caridad.

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