Lucía Rogé: El carisma de los Fundadores

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Author: Lucía Rogé, H.C. .
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Sor Lucía Rogé, H.C.

París, junio 1976

Hemos de afrontar, juntas, las diferencias del actual estado de cosas. Hasta 1980, nos encontraremos en una etapa de actualización, a través de los inevitables tanteos de algunas realizaciones apostólicas. Sin embargo, en esta fase de búsqueda continua, hay algo que sigue siendo esencial, el carisma vicenciano, esa gracia que recibió san Vicente para imitar uno de los aspectos de la vida de Jesús.

El carisma de san Vicente fue transformándose progresivamente en un carisma colectivo, vivido en Iglesia, «para servir a la misión salvífica de la Iglesia, con nuestro estilo peculiar»,1 y así nació una descendencia espiritual vicenciana, que vive de la palabra y el ejemplo de san Vicen­te. Descendencia muy diversificada: Sacerdotes de la Misión, Damas de la Caridad, Hijas de la Caridad, Ozanam, más tarde. Mas, para captar su primitivo impulso, lo más sencillo y eficaz es volver a la expresión vicenciana de las Reglas primitivas.

«El fin principal para el cual Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad es para honrar a nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres».2

He aquí, la idea central de san Vicente, idea que completará indi­cando el espíritu de la Compañía, espíritu evangélico de humildad, sen­cillez y caridad. El eje central de este carisma es Jesucristo identificado, contemplado y servido en la persona del pobre.

Cuando se reflexiona sobre el carisma de san Vicente en la funda­ción de las Hijas de la Caridad, conviene buscar las expresiones evan­gélicas que emplea, cuando a ellas se dirige. Pues bien, san Vicente vuelve una y otra vez sobre esta palabra: servicio. Se trata de servir a Cristo en la persona de los pobres. En los escritos de san Vicente a las Hijas de la Caridad, encontramos desde el principio estas dos palabras, servicio y persona, para expresar su entrega a Dios, ya que el pobre es Jesucristo. «Sirviendo a los pobres, se sirve a Jesucristo. ¡Oh, hijas mías, cuánta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan-cierto como que estamos aquí. Una Hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces al día, encontrará en ellos a Dios».3

La persona del pobre es de capital importancia para san Vicente. En la vida de sus hijas, dará prioridad al servicio de esta persona que, una vez más, no es sino Jesucristo. Este servicio ha de ser total, cor­poral y espiritual. Y ha de hacerse a imitación del que llevó a cabo el Hijo de Dios, que vino para servir y que nos dio ejemplo: «Y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego, echó agua en la jofaina y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugárselos con la toalla que tenía ceñida».4

Tal es la señal de este servicio, considerado a partir de otra página del evangelio que san Vicente y santa Luisa meditaron y vivieron de manera especial: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era peregrino y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, preso y vinisteis a verme…».5

Esto es lo que va a motivar todas las actividades de la Compañía. Por eso, vamos a encontrar la misma expresión de servicio en la perso­na de los pobres, en santa Luisa.6

Desde 1639, ya recomendaba: «Socorrerán a los pobres abandona­dos que no puedan ser asistidos más que por las Hijas de la Caridad, desprendiéndose de todo interés, dándose a Dios en el servicio temporal y espiritual de los pobres, a los que su bondad tiene a bien considerar como sus miembros».7

«Los dos fines por los que os habéis entregado a Dios» dice san Vicente ya en 1641, «son: el servicio de los enfermos y la instrucción de la juventud».8

Y también, en 1653, cuando concretó el espíritu de la Compañía, en tres conferencias, que sería conveniente que se leyeran, sobre el espíri­tu de la Compañía,9 sobre el fin de la Compañía,10 sobre la vocación de la Compañía.11

«El espíritu de la Compañía consiste en entregarse a Dios para amar a Nuestro Señor y servirle en la persona de los pobres, corporal y espiri­tualmente, en sus casas o en otras partes, para instruir a los jóvenes po­bres, a los niños y, en general, a todos los que la Providencia os envíe».12

No terminaríamos de citar los textos donde están conjugados estos dos términos, el del servicio y el de persona. Para eso, realmente, hemos sido establecidas y, por eso, Dios ha permitido el desarrollo de la Com­pañía. Y san Vicente concreta todavía el espíritu de servicio con estas palabras: «que no debe ser más que espíritu de pobreza, de sencillez y de humildad en todas las cosas».13

Servicio de Cristo en la persona de los pobres, servicio de toda la persona, he ahí, el distintivo particular que «diferencia a la Compañía de otras muchas que hacen profesión de asistir a los pobres, pero no de la manera que vosotros lo hacéis»,14 nos dice san Vicente en la misma con­ferencia. De esta suerte, aleja de nosotros, la tentación de imitar sin reflexión a tantas otras que también hacen profesión de asistir a los pobres, por citar su misma expresión. San Vicente nos libera del posible error de añadir otro carisma al que él nos transmitió.

El servicio a Cristo en la persona de los pobres, esto es, lo que debe mantenerse, renovarse, revivir e incluso volver a crear, es a la vez acep­tar unos límites y conservar un vasto campo de actividades en el que, con los más pobres, sin acepción de personas, cada día existen posibi­lidades de extender el servicio, si se sabe verlos, permaneciendo fieles, no obstante, al fin y al espíritu de la Compañía.

Este carisma hemos de vivirlo, juntas, en una comunidad de vida fra­terna. «Dios os ha reunido.» Esta frase nos lleva a considerar a nuestras compañeras de una manera especial. Ustedes y yo podemos decir: «Es verdad que yo no he escogido a cada una de mis compañeras, es Dios quien me las ha dado para que las ame. Dios nos ha reunido. No se trata de una elección personal. Cada una se siente así unida a su hermana por la vocación, confiando en la elección de Dios, que es mejor que la suya».15

«Estas hermanas han sido escogidas para el cumplimiento de un fin; pero la obra no durará si vosotras no os amáis mutuamente».16

Se insiste en esto porque cuando surgen desviaciones, éstas se introducen primero a nivel de la comunidad local. Se deslizan insensiblemente, a partir de una noción falsa en cuanto al fin, el espíritu y la naturaleza de la Compañía. Las Constituciones de 1975, en el n2 26, nos indican que la Hermana Sirviente «está encargada de mantener la cohesión de la comunidad local». Por tanto, como Hermana Sirviente, tiene la responsabilidad de mantener la unión de la Comunidad en torno al designio de Dios sobre la Compañía, es decir, de las Constituciones. Éste es también el pensamiento de san Vicente cuando, ya en junio de 1642, habla de la Hermana Sirviente: «Es una función de sierva, como la Santísima Virgen, para cumplir la voluntad de Dios, siendo ésta el servi­cio de los pobres; servicio a Cristo, en la persona de los pobres».17

Mantener la cohesión es tener la preocupación constante, no sola­mente del impulso misionero, sino también de la vida común y fraterna que, junto con la oración, «es necesaria para que el servicio conserve su dimensión apostólica».18

Una Hermana Sirviente debe tener convicciones fuertes sobre el carisma de la Compañía y sobre la espiritualidad que le es propia. Ser­vicio a Cristo a quien se reconoce, a quien se contempla, a quien se ama y se sirve en la persona de los pobres, por una comunidad de vida fraterna pobre, humilde y sencilla. De este modo, la Hermana Sirviente puede sostener a las compañeras en las dificultades y recordarles esto.

Cada una de nosotras hemos querido entregarnos a Dios, con una decisión libre y enteramente espiritual, en respuesta a su llamada. Hemos querido entregarnos a Dios para hacer su voluntad, en la Com­pañía de las Hijas de la Caridad, al servicio de la Iglesia. A partir de esta decisión, ya no puede tener ninguna de nosotras un proyecto indepen­diente del proyecto de la Compañía, formulado en las Constituciones.

Si no, lo digo sencilla y claramente después de haber reflexionado sobre ello larga y frecuentemente delante de Dios, después de haber rezado y hecho rezar, si no, con toda lealtad frente a la Compañía y a su misión en la Iglesia, se deben plantear honradamente la cuestión de per­manecer o no en la Compañía.

Por otra parte, al hablar así, no hago sino recordar lo que decía san Vicente, hablando de las exigencias de las Reglas en el plano de la pobreza. Dice así: «Se os advirtió de ello cuando entrasteis en la Com­pañía; prometisteis hacerlo así y no fuisteis admitidas sin haberlo prome­tido; de forma que no hay ninguna excusa que os pueda dispensar».19

Y en otro lugar: «Ya se les ha propuesto este compromiso antes de recibirlas; así lo quisisteis y lo prrometisteis hacer; porque no se habría recibido a una hermana que dijese que no puede resolverse a esta prác­tica».20

Ciertamente, no minimizo las dificultades que encuentra una Her­mana Sirviente.

La aceleración de las modificaciones técnicas, administrativas y legales, que intervienen en las actividades de cada una de las Herma­nas. Se produce una división más clara entre la vida profesional y la vida comunitaria.

Los condicionamientos que con frecuencia pesan sobre las Herma­nas son terriblemente fuertes, con repercusiones tanto mayores cuanto que no siempre son consistentes y les es difícil, por tanto, conservar una libertad interior suficiente.

En la misma línea, existe la influencia de las situaciones de grupo, vividas por las Hermanas en una sociedad cada vez más colectivista y en la que se tiende a no reconocer como válidas, más que las expe­riencias vividas en grupos y fuera de las comunidad local, como si la comunidad no fuese también un grupo reunido en el nombre de Jesu­cristo y por su amor.

Hay que tener en cuenta que estas experiencias vividas en grupo, fuera de la comunidad, llevan a una especie de comportamiento reflejo, a la repetición de doctrinas no suficientemente confrontadas con la fe. ¿En qué queda entonces la unidad interior de una Hermana que, implí­citamente, se adhiere a varios proyectos diferentes en su vida?

Existe también, incluso en el seno de la Iglesia, la influencia prepon­derante de una actitud que se reduce toda a lo concreto. Partir de la vida, partir de lo real es estupendo a condición de que esto no disminuya la importancia de lo espiritual, es decir, de los consejos evangélicos. Valo­res del don de sí a Dios, establecidos con primacía en nuestra vida, del servicio a Cristo en la persona de los pobres, respondiendo a esta invi­tación de san Vicente a las Hijas de la Caridad, «de que viesen a Cristo en aquéllos a quienes sirven». Sabemos muy bien que, para san Vicente, el servicio a Cristo no se ajusta a la consagración, sino que la expresa.

Es cierto que, bajo el impulso del Espíritu, pueden surgir formas nuevas y condiciones de vida diferentes, pero siempre deben estar en armonía con el carisma de la comunidad.

Hoy, las jóvenes rechazan con más fuerza que nunca lo inauténtico y lo insignificante. Sepamos, pues, expresar nuestra identidad. Es una abe­rración para una Hija de la Caridad consentir en pasar o hacerse pasar por lo que no es, y más extraño aún, dejar voluntariamente que ignoren quién es, lo que se asemeja mucho, digan lo que digan, a una especie de defección, y que conduce a una cierta ambigüedad frente a la vocación.

«Hacer lo que el Hijo de Dios hizo en la tierra»,21 nos dice san Vicente. Esta intuición de nuestros Fundadores se ha confiado a la responsabili­dad de la Hermana Sirviente, a nivel de comunidad local; y se realiza por la prioridad que todas y cada una conceden sin cesar a la conversión del corazón. Nos hemos reunido en el nombre de Dios, para Él, para su servicio en los pobres; ésta es la verdad de nuestra vocación, si no, una vez más, se cae en lo facilón, en lo insignificante, en una especie de fac­símil de Hija de la Caridad.

Ahora bien, el referirnos al Hijo de Dios, como pide san Vicente, en cada instante de nuestra vida, jamás es fácil. Es cotidianamente adhe­sión y comunión con la Cruz. Es también enormemente significativo en un esfuerzo de verdad el descubrir, a lo largo de las páginas de san Vicente, el lugar que se da a la mortificación, y el gran número de conferencias en las que desarrolla ampliamente el renunciamiento. La mortificación es a veces el tema principal de un envío a misión, como cuando envía unas Hermanas a Cahors, el 4 de noviembre de 1658. Adquiramos la costumbre de no escoger en san Vicente lo que nos con­viene y dejar a un lado u olvidar del todo otros puntos importantes de su espiritualidad. Tengamos como él la amplitud del amor verdadero jamás satisfecho de lo poco que da. No dejemos que se vuelva insípida en nosotras la sal vicenciana. ¿Qué hacemos de este testamento espiritual, de ese potencial de vida y de amor a Cristo en los pobres, transmitido por nuestros Fundadores?

El secreto de toda renovación, de todo avance de la Compañía, de todo brote nuevo, se encuentra en un tomar en serio lo que nos dice san Vicente. La verdadera vida misionera, hoy como ayer, no está desli­gada de la Cruz. A nosotras, toca acogerla, recibirla con amor en unión de Cristo, con la certidumbre de fe, de que la Cruz es fuente de vida. Las afirmaciones contrarias son ilusiones, comodidad personal y comuni­taria, desviación de lo esencial del carisma vicenciano. El vigor renovado de la Compañía, en la adaptación a las actuales condiciones de la vida y del mundo de hoy, se encontrará en el radicalismo del don de Dios.

La Compañía ha atravesado ya largas etapas de vida, permane­ciendo sierva fiel de la Iglesia de Dios, tanto en las revoluciones políti­cas como en la prosperidad. Siempre y en todas partes, ha vivido de la Iglesia y para la Iglesia. Es normal que al ir en seguimiento de ésta, participe de ciertos remolinos. Hoy, en algunas partes del mundo, comulga dolorosa y heroicamente con la situación de la Iglesia, en una humilde fidelidad. Estemos nosotras también, sin rigidez orgullosa, a la escucha del Espíritu, distinguiendo las llamadas nuevas, pero siempre en fidelidad.

En este período litúrgico y en las horas difíciles, volvamos a encon­trar el ardor de santa Luisa para pedir al Espíritu de amor que continúe dirigiendo a la Compañía según su vocación especial de servir a Cristo en los pobres.

  1. LG, n.43.
  2. Reglas Comunes, 1,1.
  3. IX, 240.
  4. Jn 13, 4-5.
  5. Mt 25, 36-40.
  6. SLM, p. 259.
  7. SLM, p. 30.
  8. IX, 58.
  9. IX, 523-540.
  10. IX, 746-758.
  11. IX, 32-43.
  12. IX, 533.
  13. X, 840.
  14. IX, 533.
  15. Cfr. IX, 103-119.
  16. IX, 29.
  17. Cfr. IX, 81.
  18. C. 34. Ed. de 1975.
  19. IX, 815.
  20. IX, 816.
  21. IX, 652.

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