Los votos como parábola y profecía

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Robert P. Maloney, C.M. · Year of first publication: 1996 · Source: Ecos de la Compañía.
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Imagínense la escena: nos encontramos en la capilla de un monasterio de Asia Menor, en el siglo v. Una mujer, impulsada por la gracia de Dios, ha decidido incorporarse a aquella comunidad monástica, después de un período de prueba. Todos los miembros se hallan reunidos en oración silenciosa, en presencia del obispo del lugar. Entra la joven candidata, vestida de negro, atraviesa la nave central, se detiene ante el obispo y dice sencillamente:

«Quiero entregar toda mi vida al Señor. Renuncio a mi familia, a mis bienes, a todo, por el Reino de Dios».

«¿Lo hacéis libremente?» —pregunta el obispo.

«Sí» —responde la interesada.

«Revestid este hábito como signo de que vivís en Dios, dice el obispo presen­tándole su nueva vestidura. Amad al Señor vuestro Dios con todo vuestro corazón, con toda vuestra alma, con todo vuestro espíritu y con todas vuestras fuerzas, y vivid en profunda caridad mutua con vuestras Hermanas».

Las Religiosas la ayudan a vestir el nuevo hábito, después de lo cual ocupa un lugar entre ellas.

No había votos explícitos en aquellos primeros tiempos de la vida religiosa; como tampoco los hubo en los primeros años de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Una sencilla y sobria ceremonia de recepción expresaba un profundo compromiso subyacente, que todo el mundo comprendía: se trataba de la entrega explícita al servicio del Señor, vivida en comunidad. Todos sabían que esto sig­nificaba castidad, pobreza y obediencia por toda la vida.

Podríamos llamar a este compromiso fundamental que se encuentra en lo pro­fundo de la vida de comunidad, «el voto único». Más adelante, llegó a expresar­se bajo la forma de tres o cuatro votos. En el fondo de este compromiso, se encuentra:

  • una orientación única, centrada en el Señor;
  • el compromiso firme de seguir a Cristo, con sus exigencias radicales: la volun­tad de renunciar a los lazos humanos, a los bienes de este mundo, a las opciones personales y hasta a la propia vida por el servicio del Reino de Dios;
  • la primacía del «ágape», amor de amistad y de servicio;
  • la fe y la esperanza en el Reino, donde la vida es victoria sobre la muerte.

Con el tiempo, el «voto único» se fue plasmando, por decirlo así, en varios votos, en la Iglesia primitiva, como en la Compañía de las Hijas de la Caridad. No fue en realidad hasta el 25 de marzo de 1642, ocho años, más o menos, después del nacimiento de la Compañía, cuando Luisa de Marillac, Bárbara Angiboust y otras tres Hermanas fueron las primeras Hijas de la Caridad que hicieron votos perpetuos.

No debemos nunca equivocarnos acerca de la realidad profunda que expresan los signos. Cuando la Hija de la Caridad emite los votos de castidad, pobreza, obediencia y servicio de los pobres por toda su vida, está diciendo que desea sumirse en la vida del Señor. Los cuatro votos de la Compañía son una manera de expresar el «voto único», que hemos descrito más arriba. Expresan fundamen­talmente: «No quiero más que al Señor y su Reino. Quiero llenarme del amor a Cristo crucificado».

Permítanme que hoy les hable brevemente de los votos como parábola y como profecía.

Los votos como parábola

Las parábolas son relatos enigmáticos. Son metáforas o algo que se les pare­ce, que suscitan preguntas en el ánimo del oyente. Jesús gustaba de utilizarlas. Hablaba con frecuencia en parábolas y a veces, las actualizaba. Cuando lavó los pies a sus discípulos, en la última cena, lo hizo para mostrarles que en el Reino, de manera paradójica, dirigir significa servir. En cierto sentido, toda su vida fue una parábola.

Jesús provocaba a las gentes que le rodeaban a preguntarse: ¿No es el hijo del carpintero? ¿Dónde ha adquirido ese saber? Estaba rodeado de misterio porque, en cierto modo, irradiaba la presencia de Dios. Sus discípulos quedaban fascinados al verle orar, por su confianza en Dios como en Padre amoroso, por su opción de estar al lado de los pobres y de los marginados de la sociedad, por su renuncia a los lazos familiares y su entrega a un ministerio itinerante, por su manera de formar en cierto modo una especie de nueva familia cuyo fin era cumplir la voluntad de Dios, por su aceptación de morir por ellos.

La vida consagrada es, como la de Jesús, una parábola. Habla de misterio. Suscita preguntas. Provoca al que busca la verdad e incluso al incrédulo, a pre­guntarse:

  • ¿Por qué una persona renuncia al matrimonio, a las relaciones sexuales, a los hijos? La respuesta que da Jesús es: «Por amor a Mí y por el Reino».
  • ¿Por qué una persona renuncia a los bienes materiales, a la riqueza? La res­puesta que da Jesús es: «Para distribuirlos entre los pobres y venir en mi segui­miento».
  • ¿Por qué una persona renuncia a sus gustos o a una parte de su libre albedrío? La respuesta que sugiere Jesús es: «Para que su alimento pueda ser hacer la voluntad de mi Padre».
  • ¿Por qué una persona consagra toda su vida al servicio de los desechados de la sociedad: los pobres enfermos, los drogadictos, los sin techo, los enfermos de sida, los refugiados? La respuesta que sugiere Jesús es: «Cuantas veces lo hicis­teis a uno de estos mis más pequeños hermanos y hermanas, a Mí me lo hicis­teis».

Como ocurre con las parábolas, lo que la vida consagrada significa en la Iglesia no tiene por objeto el que todos las tomen al pie de la letra. Los votos que vivimos no dicen a todos los demás cristianos que tengan que renunciar a la propiedad de sus bienes, o que deban someterse al juicio de un superior. Nues­tros votos proclaman más bien la presencia del Reino de Dios. Dicen que existen valores que trascienden el matrimonio, los bienes materiales y aún nuestras pre­ferencias personales. Hacen hincapié en las exigencias radicales que el Reino plantea a todos: religiosos, esposos, célibes. A todos recuerdan que, en definitiva, toda nuestra vida tiene que ser la de un súbdito del Reino de Dios.

Por supuesto, la parábola no suscitará en otros preguntas decisivas a no ser que resulte evidente que el amor de Cristo arde en el corazón de la Hija de la Caridad que ha hecho los votos de castidad, pobreza, obediencia y servicio a los pobres por toda su vida. Entonces es cuando esa vida será una historia maravi­llosa e incitadora.

Los votos como profecía

Los profetas hablan en lugar de Dios. Interpretan la historia. Conducen la Palabra de Dios a que actúe sobre la realidad de hoy y juzgan con frecuencia su ausencia a la luz del Reino de Dios. Los profetas culminan en la persona de Jesús. En El se deja ver el Reino: incesantemente proclama que el Reino de Dios está cerca. Envía a sus discípulos a que anuncien la misma Buena Noticia.

En un sentido, la vida consagrada es también una profecía. Le dice al mundo que el Reino de Dios está presente. Lo votos de castidad, pobreza, obediencia, los hacemos al servicio del Reino. Sólo a causa de nuestra fe y de nuestra espe­ranza en el Reino, creemos en el valor de nuestros votos.

Para hablar más concretamente, los votos proclaman que el Reino de Dios nos libera. «Creed en el poder del Reino», dicen los votos.

  • Quedad libres para ir a todas partes por el mundo, donde las necesidades de los pobres os llaman, más bien que aferraros a la seguridad de vuestra casa o del trabajo que os agrada.
  • Quedad libres para compartir vuestras posesiones materiales con los pobres, en vez de almacenarlas para vuestro propio bienestar.
  • Quedad libres para permanecer junto a los pobres en su lucha por la justicia, mejor que acercaros a «los poderes constituidos», que con frecuencia se aíslan de los problemas de la gente.
  • Quedad libres para decir la verdad frente a los problemas sociales de nuestro tiempo, mejor que tener la preocupación de vuestra propia imagen o de vuestra tranquilidad.
  • Quedad libres para vivir juntos en comunidad como amigos que se aman en lugar de aislar a los que son diferentes por su nacionalidad, raza, clase, sexo u otros factores que dan origen a prejuicios.
  • Quedad libres para poder dedicar tiempo a orar, en vez de creer que tenéis siempre que «estar haciendo algo».
  • Quedad libres para discernir la voluntad de Dios juntamente con otros, para saber escuchar, más que para dominar o reivindicar un monopolio personal en el conocimiento de la voluntad de Dios.
  • Quedad libres para renunciar a una satisfacción inmediata en favor de fines más importantes, en vez de buscar siempre lo que os agrada aquí y ahora.
  • Quedad libres para dar pruebas de amor más duraderas que la unión sexual, en vez de, como es frecuente en nuestra sociedad contemporánea, centrar vuestra atención en las relaciones sexuales, como si fueran la única forma de amar.

Si vivimos los votos de manera auténtica, son una palabra profética en el mundo. Desafían las tendencias que continuamente se reafirman en la historia humana’:

  • la necesidad para mí de tener más;
  • la tendencia a las relaciones sexuales abusivas o sin compromiso alguno;
  • el hambre de hacer lo que quiero, aun cuando mi voluntad propia perjudique al bien de los demás.

Una cosa llamativa cuando se trata de la vida consagrada como parábola o como profecía, es que habla por sí misma. No hace falta decir casi nada: la parábola se refiere a través de nuestras acciones. La profecía se proclama por nuestras vidas. El mensaje de una y otra es admirablemente claro, aunque mis­terioso: el Reino de Dios está cerca. Los votos dicen a los demás: Es seguro que esas mujeres que viven en castidad, pobreza, obediencia y que consagran su vida al servicio de los pobres, creen profundamente en el Reino de Dios.

La verdad de la parábola y de la profecía

Parábolas y profecías son, tanto las unas como las otras, unas formas de discurso. Las parábolas son historias incitadoras, metáforas. Despiertan el interés del oyente utilizando un lenguaje poético, rico en imágenes. Las profecías son palabras que llaman la atención, tanto más insistentes cuanto que el orador pro­clama sus juicios apoyándose en la autoridad de Dios.

El poder de las parábolas y de las profecías reside en la verdad que aquéllas enseñan. Captan la atención del oyente porque le impresionan. La verdad que proclaman, por una parte no parece inmediatamente evidente: «El Reino de los Cielos se acerca». Pero, por otra parte, son un llamamiento a la fe: «Mirad, pues, los signos. Mirad la fe, la esperanza y el amor profundo de los que consagran toda su vida al servicio del Reino».

Nuestros votos no serán nunca una parábola decidora o una profecía creíble si no los vivimos en verdad. En un sentido, la fidelidad es la clave de la parábola y de la profecía. Los votos son signos proféticos y parábolas atractivas, a condi­ción de que los vivamos verdaderamente hasta el fin. De otro modo, se convierten en un escándalo, una mentira, la historia de alguien que dio, pero en seguida retiró lo dado.

Finalmente, nuestros votos son palabras, como lo son las parábolas y las profe­cías. Son una promesa hecha a Dios, a la Comunidad y a los pobres. Creemos que Dios es fiel a su palabra. Y por esa razón, podemos darle nuestra vida, seguros de que estará con nosotros en los buenos como en los malos momentos. Pero nues­tras palabras deben también ser fieles, especialmente las palabras de nuestros votos, ya que llevan consigo un compromiso para con Dios, para con aquellos a quienes servimos y entre nosotros, unos hacia otros. Gracias a Dios, la gran mayo­ría de las Hijas de la Caridad son admirablemente fieles a las palabras que pronun­cian todos los 25 de marzo, siguiendo el ejemplo de Luisa de Marillac, de Bárbara Angiboust y de otras tres, hace de esto trescientos cincuenta y cuatro años.

Hay muchos medios para crecer en fidelidad, que podría sugerirles. Hoy quiero detenerme en uno solo:

La gratitud

San Vicente estaba profundamente convencido de que debíamos estar muy agradecidos a Dios por nuestra llamada: «Demos gracias a Dios por esta feliz suerte»  exclamaba durante una conferencia’. Por nuestra fidelidad a nuestra vocación, damos nuestra vida a Dios y a los pobres, y al hacerlo, participamos también en la promesa de las bienaventuranzas: Felices, dichosos los que tienen el espíritu de pobreza, los que tienen hambre y sed de justicia. El Señor bendice no sólo a los pobres, sino también a los que son sus amigos.

Déjenme que les sugiera cinco medios de expresar su gratitud:

  1. La gratitud hacia el Señor se expresa de manera fundamental cuando celebra­mos la Eucaristía. Una participación activa, así como un corazón agradecido, reflejarán y profundizarán al mismo tiempo nuestra dependencia de El, fuente de toda fidelidad.
  2. Expresar a los demás esa gratitud que sentimos por nuestra llamada, será una señal de que creemos verdadera y profundamente en el «nuevo orden de las cosas», en el cual los pobres son los primeros y en el que servirles es una gracia que hemos recibido con una fe gozosa.
  3. La gratitud hacia la Compañía es un humilde reconocimiento de que hemos recibido mucho: años de buena formación, el testimonio de hombres y de mujeres excelentes que nos han acompañado con experiencias de primera mano junto a los pobres. La gratitud hacia la Compañía alimenta nuestro amor hacia ella y nuestra fidelidad.
  4. Una señal muy práctica de nuestra gratitud por nuestra llamada es el deseo de compartir ese beneficio, animando a otras personas a que se unan a nosotros en la misma feliz vocación. A esta luz, la promoción vocacional expresa y profun­diza a la vez nuestro compromiso de servir a los pobres en la Compañía durante toda nuestra vida.
  5. Una quinta señal de gratitud por nuestra llamada es la ayuda que podemos aportar a los que se debaten con dificultades. La experiencia nos dice que la mayoría de las personas, en un momento o en otro, se ven asaltadas por la turbación, la duda, la incertidumbre del camino a seguir. Dante, hablando de los ‘<años de la mitad de la vida», lo expresa de manera elocuente:

«En medio del camino de la vida,
me encontré perdido en el centro del bosque,
había extraviado el camino que va recto…»
«¡Ah, mi Dios! ¡Qué duro es de describir
lo que era aquel bosque salvaje, hostil y triste,
cuyo solo recuerdo reaviva el espanto!
Tan amargo era, que no lo es más la muerte».

En tales momentos, el apoyo de sentirse escuchado, de la amistad de alguien que se siente agradecido por su propia vocación, puede ser una fortaleza decisiva que permita al otro perseverar. Puede ser también fuente de crecimiento para el que escucha.

Para terminar, déjenme que les diga esto: las peticiones de dispensa de votos que recibo durante el transcurso del año son —y me complazco en decirlo— poco numerosas. Últimamente, he decidido —en la mayoría de los casos en que se pida una dispensa—, invitar a la Hermana a que sea fiel a los votos que ha hecho, hasta el 25 de marzo siguiente, fecha en que quedará libre de dejar la Compañía. Será sólo en casos raros, muy claros, cuando conceda la dispensa. Tomo esta decisión a causa de la importancia que tiene la palabra dada. No hacemos los votos sino después de haber orado y reflexionado mucho. Debemos, pues, obser­varlos. Tendría que ser algo extraordinariamente excepcional que alguna pidiera una dispensa pocos meses después de haber renovado los votos. Al contrario, si vive todo el año al servicio de los pobres, como lo ha prometido, yo tengo gran confianza de que el Señor la bendecirá.

Las felicito hoy, Hermanas, en esta renovación de sus votos. Permítanme que haga mía esta oración de san Vicente:

«.., Somos débiles, Dios mío, y capaces de sucumbir al primer asalto. Nos has llamado por pura misericordia; que nos conserve tu infinita Bondad, te lo suplica­mos. Por nuestra parte, mediante tu santa gracia, contribuiremos con todo nuestro esfuerzo a rendirte todos los servicios y toda la fidelidad que esperas de nosotros. Danos, pues, Dios mío, la gracia de perseverar hasta la muerte. Es lo que te pido por los méritos de nuestro Señor Jesucristo, con la confianza de que me lo con­cederás».

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