Los Pobres son nuestros Señores

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Jean-François Berjonneau, FSJC · Year of first publication: 2012 · Source: Ecos de la Compañía.
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pobrezaHe querido tomar de su fundador, san Vicente de Paúl, el titulo de mi conferencia. El título que me habían propuesto era: «¿Qué tienen que decirnos los pobres, a nosotros y a la Iglesia de hoy?» Pienso que el mejor mensaje que hoy podemos recibir de los pobres, es Cristo, la presencia de Cristo, la Palabra de Cristo. En el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, Cristo se identifica con los pobres, los hambrientos, los enfermos, los extranjeros, los presos… El ha afirmado que cada vez que nos relacionamos fraternalmente con uno de estos pequeños a los que ha llamado «sus hermanos», nos relacionamos con Él mismo, cualesquiera que sean los rostros de los pobres, tan distintos según sus países de procedencia. Hoy podríamos añadir los rostros actuales que todos encontramos: los «sin»: los sin papeles, sin domicilio fijo, sin hogar, sin familia, las innumerables personas que no pueden seguir en esta sociedad globalizada cuyas mutaciones políticas y tecnológicas se aceleran a tal velocidad que deja al margen a un número cada vez más asombroso de excluidos.

A través de todas estas categorías de pobres tan diversificadas, y cuyos recorridos son tan complejos, nosotros, cristianos, oímos la única palabra de Jesús, que «siendo rico, se hizo pobre» para acercarse a nosotros y abrirnos su Reino.

Es esto lo que San Vicente de Paúl afirmaba cuando decía: «No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre (1); él casi ni tenía aspecto de hombre en su pasión (2) y pasó por loco entre los gentiles y por piedra de escándalo entre los judíos» SV XI-4-165. Sobre el espíritu de fe. p.725

Me parece importante dedicar tiempo para considerar juntos lo qué nos dice Cristo a través de los pobres con los que nos encontramos, y preguntarnos a qué camino de conversión profunda nos compromete Cristo, cómo nos escoge, cómo nos transforma, cómo nos altera totalmente.

Haré referencia a mi experiencia de capellán de prisiones desde hace 30 años. En esto me siento cercano a ustedes ya que san Vicente de Paúl fue el fundador de los capellanes de prisiones. Me apoyaré también en mi recorrido como secretario de la Comisión Episcopal de Migraciones entre los años 1992-1998, en la que tuve mucha relación con los sin papeles que pedían ser acogidos en una sociedad que los rechazaba y que recurrieron a las iglesias para hacer oír su grito.

A este propósito, me gusta contar mis primeros pasos como capellán de prisión. Durante mi primera visita a la Cárcel de Evreux, en cierto modo recibí, de un joven detenido, mi carta de misión. Este, al saber que yo era el nuevo «cura» enviado a la cárcel, me dijo algo que nunca olvidaré: «Mira, Cura, yo tengo dos cárceles: la primera es mi celda, la puerta blindada, los barrotes… de esa, no sé cuando saldré. Pero la segunda es la más dura: es el odio que tengo hacia la gente. ¡Si tú consigues liberarme de esta segunda cárcel, habrás ganado! ¡Pero, te aviso, tus problemas no han hecho más que empezar!». Creo que a través de este detenido Jesús trazaba el camino de mi misión.

Les propongo dividir mi conferencia en dos puntos importantes:

  1. Cómo nos transforma Cristo en nuestro acompañamiento a los pobres.
  2. Cómo pueden ser «mediadoras» entre los pobres y la Iglesia para que ellos lleguen a ser el centro.

I- Cómo nos transforma Cristo en la relación con los pobres

1- Al comienzo, los pobres siempre nos molestan

En el empleo de nuestro tiempo, con frecuencia bien repleto, los pobres intervienen, surgen muchas veces de manera inesperada.

Por ejemplo, quise retirarme para preparar esta intervención, estaba muy tranquilo cuando sonó mi teléfono móvil. Era Jean-Pierre al que acompañé en la cárcel durante las veinte veces que estuvo y que aún está; me decía que pronto iba a salir y que contaba conmigo para encontrar en ese momento un alojamiento.

Pienso que a ustedes también les ocurre con frecuencia: han programado un trabajo urgente, están muy ocupadas…y, de repente, en el peor momento, este pobre que pide se le escuche o acoja y que no entiende sus argumentos. Claro, en comunidad hay Hermanas que se dedican a la acogida de estas personas en situación precaria, pero a pesar de eso las personas familiarizadas con la exclusión aparecen frecuentemente como aguafiestas, perturbadores.

En nuestras sociedades marcadas por la eficacia, el rendimiento, la rentabilidad, la preocupación por organizar todo los pobres surgen siempre, de manera habitual, allí donde no se les esperaba. No entienden nuestros criterios, nuestros puntos de referencia. No viven como nosotros, no piensan como nosotros, no tienen los mismos rituales que nosotros…Y esta perturbación forma parte de los primeros pasos de la relación. Porque nos obliga a descentrarnos de nuestro pequeño universo, a hacernos a un lado para dejar sitio a esta persona que en su sufrimiento necesita que se le preste atención sobre la marcha. Y en este intervalo, es Dios mismo quien nos llama. Es esto lo que nos dice Michel de Certeau en su libro «El extranjero o la unión en la diferencia» (DDB p.14)

«Es de lo desconocido y como desconocido como el Señor llega siempre a su propia casa y a la de los suyos: » Mira que vengo como ladrón» (Ap. 16,15 ; 3,3). Los que creen en El son incesantemente llamados a reconocerle así, viviendo lejos o venido de otro lugar, vecino irreconocible o hermano separado, encontrado en la calle, encerrado en las cárceles, alojado con los desprovistos o ignorado en una región fuera de las fronteras. No es hasta la ˝mística˝ cuando no siempre sobreviene en la Iglesia como un aguafiestas, un obstáculo y un extraño…Esto nos lleva a algo más desconcertante aún, pero fundamental para la fe cristiana. Dios permanece desconocido, el que no conocemos, incluso aunque creamos en El. En la experiencia humana de nuestras relaciones el continúa siendo el extraño para nosotros. Pero es también desconocido aquel al que no queremos reconocer y que Juan nos lo dice (Jn.1,11), ˝vino a su casa y los suyos no lo recibieron˝. Y es precisamente por esto por lo que, a última instancia, seremos juzgados; es el test de la verdadera vida cristiana: ¿hemos recibido al extranjero, visitado al preso, acogido al otro?» (Mt. 25, 35-36)

El mismo Jesús conoció esta perturbación. Cuando se retira a la región de Tiro y Sidón, queriendo pasar desapercibido, la cananea le busca para expresarle su sufrimiento de madre por la enfermedad de su hija. Sus discípulos, le decían: «Despáchala, que viene detrás gritando» pero el mismo Jesús, dedica tiempo a esta mujer para reconocer en ella la fe.

Los pobres nos hacen vivir la experiencia de una difícil desigualdad. Nos obligan siempre a dejar nuestras costumbres y «la comodidad de nuestra casa», de ese modo abren en nosotros un espacio para Dios…

2.- Cualquiera que sea su dificultad, los pobres merecen respeto.

Cuando se han pasado las ganas de despedirlos y se ha asumido la perturbación, se inicia el tiempo del respeto. Entramos en este camino de distinción que supone la escucha y la comprensión del otro. Y todo esto exige tiempo y continuidad.

La persona que tengo ante mí, tiene una historia, le han afectado las heridas y no siempre encuentra palabras para expresar su sufrimiento. La primera petición puede esconder otra. Así, en la cárcel, una petición de tabaco o de sellos, aparentemente interesada, puede ser la introducción de un intercambio mucho más profundo.

Como dice Maurice Bellet, sacerdote y psicoanalista: ˝Comenzarás por el respeto˝. El respeto consiste en resistir a la tentación de clasificar a este pobre en una categoría y buscar enseguida «la solución» para él u orientarlo a uno u otro servicio social.

El respeto consiste en abrirnos a la dimensión única de la persona que está ante nosotros, que ha sido creada a imagen de Dios y a través de la que Cristo se dirige a nosotros. Esto supone por tanto dejar que la palabra de esta persona se abra un camino, incluso si en un principio esta palabra nos parece inaudible…

Este espacio sagrado, llamado respeto, supone también que evitemos cualquier apariencia de dominación o de paternalismo para ponernos a la escucha de lo que la persona expresa con sus palabras, pero también de lo que se dice más allá de las palabras.

En el episodio del encuentro de Jesús con la Cananea, Jesús escucha los gritos de esta mujer angustiada y «no le dice una palabra». Es para Él el momento de respetar la distancia que le separa de esta mujer y confrontarse con ella.

3- Contrastarnos con la mirada de Dios sobre los Pobres

Los pobres que encontramos, en cierto modo, nos hacen siempre la misma pregunta: «¿Eres capaz de amarme como soy?»

Si los encontramos por primera vez nos piden que superemos nuestras reticencias ante su apariencia a veces repulsiva. Nos piden que superemos nuestras aprensiones, incluso, nuestros miedos.

Si nos relacionamos durante tiempo, prueban nuestra fidelidad en el acompañamiento, incluso en situación de crisis.

Para entrar en esta conversión de la mirada, siempre tenemos que ponernos a la escucha de esta palabra de Cristo en el Evangelio: «no temas…no tengáis miedo…» Tal conversión de la mirada se fundamenta en el itinerario mismo de Jesús de Nazaret.

Para Jesús, la fuente de la experiencia a partir de la que todos sus encuentros con los pobres tienen un sentido, es su bautismo en las aguas del Jordán: allí vive esta experiencia conmovedora de la paternidad de Dios. En su libro » Le Dieu plus grand «, Eloi Leclerc escribe: «En la inefable proximidad divina que se manifiesta a El, Jesús tiene la evidencia de que Dios se ha acercado… En El, cualquier hombre sin excepción, está llamado a oír decirle » Tú eres mi hijo muy amado «. Al mismo tiempo que, por su parte, descubre la paternidad de Dios, se abre al amor de Dios por todos los hombres. Fija su mirada misericordiosa sobre el hombre. Por otra parte es tanto más el Hijo parecido al Padre cuanto se deja invadir y conducir por este amor divino por todos los hombres.»

No debemos nunca olvidar la fuente contemplativa en nuestro encuentro con los pobres. Habitados por este Espíritu de Cristo estamos invitados sin cesar a ir al encuentro de los más pobres.

A partir de la experiencia personal de la acción del Espíritu de Cristo en nosotros, podemos progresivamente ajustarnos a la mirada del Padre sobre todas estas personas desfavorecidas que nos encontramos. Dios los mira con ternura. «Un pobre grita, Dios le escucha». ¿Sabemos sencillamente ser los reflejos de esta divina bondad para con ellos? Bajo la mirada de Cristo, podemos superar los miedos, las aprensiones, las reticencias que a veces pueden habitarnos para entrar en una auténtica relación de vida con los pobres para que se sientan amados de Dios.

4- Los Pobres nos revelan nuestras propias fragilidades.

Cuando entro en la cárcel para visitar a los detenidos, nunca puedo, en un principio, evitar un cierto miedo: miedo de encontrar situaciones de violencia, miedo de cometer alguna infracción en relación con el reglamento, miedo de enfrentarme con algún detenido especialmente agresivo, miedo, a veces, de no estar a la altura… Estos miedos siempre me recuerdan mi fragilidad, mis límites. Y en este sentido, esta toma de conciencia de mis miedos es positiva para el encuentro con el más pobre.

Mi fragilidad me obliga a hacer un trabajo en mi mismo para aprender a crear la verdad sobre mis miedos y a superarlos. Mi fe en Cristo me ayuda también a superar estos miedos. No puedo abordar a estas personas que tienen un recorrido tan perturbado y sembrado de tantas pruebas más que de manera muy humilde, muy disponible, despojada de toda voluntad de influencia sobre mi interlocutor. Es ese, el sentido del lavatorio de los pies: Tomar la posición del servidor, arrodillarse ante la persona frágil, ponerse a su escucha, tener una actitud desprovista de todo poder. (Cf. Jn 13,1-15)

La «humildad» es la condición para que la palabra del pobre pueda expresarse y la confianza se establezca entre nosotros.

Esta observación personal me lleva a algunos comentarios sobre la conciencia de nuestra propia fragilidad en el encuentro con las personas en precariedad. Este sentimiento de fragilidad en el encuentro con los pobres es ambivalente:

  • Unas veces su encuentro despierta en nosotros miedos o heridas ocultas desde hace mucho tiempo y que surgen con motivo de esta relación. A veces, este sentimiento de fragilidad es tan fuerte que puede conducirnos a una reacción de exclusión que puede sorprendernos… No sabíamos que éramos susceptibles a tales rechazos. En otras circunstancias, el encuentro de una u otra persona en situación precaria, ya sea en el plano económico, de relación, o de salud, puede llegar a llenar un vacío afectivo que nos impide guardar la justa distancia con la persona. Entonces esta no tiene libertad para trazar su camino como lo entiende.
  • Pero este sentimiento de fragilidad puede ser bueno si se vive en verdad y se pone en tela de juicio el sentimiento de omnipotencia. Puede también introducirnos en el sentimiento de una condición común que nos relaciona profundamente con la persona que encontramos. Es lo que expresa Xavier Emmanuelli, médico, que fue Director del SAMU social: «En el fondo, el sentimiento de fragilidad crea esta indefectible solidaridad de la humanidad. …Esto es lo que decía, en los comienzos del SAMU social, a mis equipos tratando de enaltecerles: «no olviden que esta noche, en las calles de Paris, encontrarán gentes de la misma categoría y del mismo status de humanidad que ustedes»… La fragilidad es lo que marca el estatuto del humano en un mundo que permanece, aunque sea indescifrable e infinito».

Esta experiencia de nuestra fragilidad en el encuentro con los pobres y los riesgos que conlleva nos exige estar siempre acompañado por alguien o por un equipo que nos permite encontrar la justa distancia para ayudar a la persona precaria sin ser devorado a sí mismo por su sufrimiento. «En el acompañamiento del sufrimiento es preciso arriesgar algo personal, ciertamente, pero sin perderse totalmente porque nos convertiríamos en inútiles o peligrosos, para uno mismo o para el paciente.» Luego da una definición de la compasión: «La compasión, consiste en comprender el sufrimiento del otro e interrogarse sobre ello, es estar atento a uno mismo, pero es también saber defenderse del naufragio, de lo que pueden ser el dolor, el sufrimiento moral para saber relacionarlo. Es una relación de alteridad, es la preocupación por el otro. Porque el otro sufre y está en peligro por lo que le acompaño, porque sé ver en mi mismo mi propia fragilidad. Si no tenemos esta compasión, no podemos hacer la relación.» (Id. p.146)

Esta experiencia nos permite comprender el misterio de la encarnación de Cristo. Sólo asumiendo el Amor del Padre y la fuerza del Espíritu Santo, es nuestra vulnerabilidad, haciéndose «pobre, rico como era», «tomando la condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre… obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp2, 7-8), es como nos ha dado a conocer el poder de su Amor y nos ha abierto el camino de la resurrección.

5- Los pobres son reveladores del desorden del mundo y nos invitan a comprometernos.

Cuando Jesús presenta su programa en la Sinagoga de Nazaret, lo hace con las mismas palabras del Profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc. 4, 18-19)

Se trata pues, para él, de acercarse a todas estas categorías de personas caracterizadas por su estatuto precario: los pobres, los cautivos, los ciegos, los oprimidos. Hay en ellos una prioridad reconocida y afirmada. Pero al mismo tiempo, esta misión aporta una dimensión de liberación, de salida de este estatuto precario de encarcelamiento, de ceguera, de opresión. La Buena Noticia anunciada se produce por una dinámica concreta de liberación de una cierta esclavitud. No podemos contentarnos con interpretar este mensaje de Isaías recogido por Jesús como puramente espiritual. En efecto, se refiere a la inauguración del Reino de Dios tal como se manifiesta en la persona de Jesús. Pero implica también dimensiones concretas, las que el mismo profeta, el 3er Isaías, evoca en estos términos: «Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos» (Is. 58, 6-7)

La proximidad de los pobres está íntimamente relacionada con cualquier actividad que pretende hacer cesar la opresión de la que son víctimas y entrar en un combate por la justicia, en una dinámica de compartir. Tal movimiento forma parte integrante de la solidaridad con los más pobres según el Evangelio.

En su encíclica Sollicitudo Rei Socialis, el Papa Juan Pablo II da una definición de la solidaridad : «La solidaridad no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. Esta determinación se funda en la firme convicción de que lo que frena el pleno desarrollo es aquel afán de ganancia y aquella sed de poder…Tales actitudes y estas «estructuras de pecado» solamente se vencen —con la ayuda de la gracia divina— mediante una actitud diametralmente opuesta: la entrega por el bien del prójimo, que está dispuesto a » perderse «, en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a » servirlo » en lugar de oprimirlo para el propio provecho» (cf. Mt 10, 40-42; 20, 25; Mc 10, 42-45; Lc 22, 25-27).

El acompañamiento a los pobres, en particular a los que son víctimas de un orden social y económico injusto, nos compromete en un verdadero combate contra estas «estructuras de pecado», de las que habla Juan Pablo II. Por lo que se refiere a mi ministerio de capellán de prisión, esta proximidad con los presos me lleva, en los diálogos que tenemos juntos, a descubrir el mundo de su infancia: con frecuencia proceden de un medio marcado por el desempleo, la miseria, las viviendas degradadas, la ausencia de vida familiar equilibrada, la carencia de puntos de referencia educativos, y que han acabado en la delincuencia.

Cuando pregunté a un joven que había recaído una quinta vez en prisión por tráfico de drogas cómo saldría de ésta, me respondió: «¡Encuéntrame una razón para vivir en el barrio en el que vivo!»

En mis encuentros con los presos, si no pongo toda mi atención al medio del que proceden, si de una manera o de otra no contribuyo a encontrar con ellos un camino de reinserción social y profesional a su salida de la cárcel, si no lucho contra todas las estigmatizaciones de las que pueden ser objeto después de su encarcelación, la presentación del mensaje de conversión y de liberación que Cristo les dirige corre el riesgo de no ser recibido. Va en ello la verdad de este compromiso que quiero vivir a su lado en nombre de Cristo.

En la relación con los pobres hay, pues, lugar para un compromiso a su lado que puede llevarnos muy lejos. Nos invita a hacer el análisis de la situación económica, política y social que ha provocado esta miseria. Nos implica en un combate perseverante contra todas las formas de opresión que mantienen a tantas personas en el subsuelo de la humanidad. Nos invita también a acudir, sin cesar, a la escuela de los pobres, porque son ellos los que a partir de su situación, con su lenguaje propio, nos dicen cuales son los caminos de su propia liberación.

6- Los pobres nos invitan a la paciencia y a la fidelidad.

El mismo Jesús conoció la prueba de la fidelidad en la alianza con los pobres. En un momento dado se da cuenta de que su relación con los excluidos de su pueblo podía conducirle a la confrontación con los poderes públicos y religiosos de su tiempo que no aceptaban su misión. También tuvo la experiencia de la inconstancia de las personas que lo habían seguido. La multitud que lo había aclamado a su entrada en Jerusalén fue capaz de volverse contra él en el momento del proceso. Sus mismos discípulos quisieron impedirle que arriesgara el don de su vida.

Pero, fiel al amor de su Padre y de los hombres a los que había sido enviado, se mantuvo hasta el final. Resistió todas las tentaciones de poder, de dominio bajo todas sus formas, de búsqueda de éxito popular. Mantuvo esta elección de la pobreza y del don de sí y, «tomó la decisión de ir a Jerusalén» (Lc.9, 51).

En este acompañamiento a los pobres, sucede que hacemos la experiencia de la prueba y de la contradicción. Esta prueba puede venir de nosotros, debido al cansancio, a la duda que se insinúa en nosotros del bien fundado de nuestro compromiso, o aun de la impresión del fracaso en esta solidaridad con los pobres. Esta prueba puede también sobrevenir debido al carácter arriesgado de nuestro compromiso y del peligro o de la violencia que se acercan, incluso de un sentimiento de soledad. Puede también surgir cuando los mismos pobres que hemos acompañado en el camino de su recuperación están sujetos a recaídas y, parecen de nuevo abatidos por la fatalidad. Puede entonces ocurrir que estemos tentados a rendirnos.

Un día, unos amigos me dijeron que un joven al que yo había acompañado en su combate por una verdadera liberación de la droga durante su larga cura de desintoxicación, había caído de nuevo en el consumo de la droga. Era la 5ª vez que tenía una recaída. Tuve la mala suerte de decir a estos amigos que me habían dado la noticia: «Esta vez, me rindo». Y este joven vino enseguida a decirme: «si supieras el mal que me ha hecho saber que tu también, te rindes…» Es lo que llamo el pecado contra la esperanza… Los pobres nos provocan a la fidelidad y a la paciencia, más allá de las recaídas, de las desesperación, de las angustias que puedan herirles e incluso llevarles a la muerte.

Hay una espiritualidad de «Stabat Mater» que se parece a la fidelidad de María que se mantuvo de pie junto a la Cruz cuando ya no había aparentemente nada que hacer, que su hijo estaba muriendo ante el sarcasmo de la multitud. Sólo nuestra fe en la resurrección de Cristo, en un amor más fuerte que todas las miserias y los sufrimientos que pueden abatirse sobre nuestros hermanos los más pobres, puede ayudarnos a estar a su lado y a permanecer «esperando contra toda esperanza,» como nos invita San Pablo en la Carta a los Romanos. (Rm. 4,18)

7- Los pobres nos introducen en el camino pascual con Cristo

Finalmente, los pobres pueden inducirnos a vivir, hasta en nuestra propia carne, este camino pascual que Cristo ha trazado para llevarnos hacia su resurrección.

En la encíclica Sollicitudo Rei Socialis el Papa Juan Pablo II escribe: «A la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas de gratuidad total, perdón y reconciliación. Entonces el prójimo no es solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo. Por tanto, debe ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama el Señor, y por él se debe estar dispuestos al sacrificio, incluso extremo: » dar la vida por los hermanos» (cf. 1 Jn 3, 16).

Los monjes de Tibhirine nos han dado un resplandeciente signo de esta solidaridad hasta el don de su vida. Día a día, en esa difícil fraternidad con el pueblo argelino sometido al miedo y a la violencia de la guerra civil en medio de la que vivían, trazaron el camino del don de sí mismos. Quisieron permanecer hermanos de todos, rechazando la elección entre los hermanos de la llanura (los soldados del ejército argelino) y los hermanos de la montaña (los llamados islamistas) que se oponían con una violencia despiadada. En una contemplación asidua de su Señor y maestro Jesucristo crucificado y resucitado, y en este largo trabajo interior de la oración, aprendieron a superar sus miedos, a hacer la elección de permanecer unidos junto a este pueblo de pobres con los que habían hecho alianza, a despojarse poco a poco de todo lo que pudiera dificultar el amor y a abandonarse con confianza en las manos de este Dios que, en la persona de Cristo, nos dice continuamente «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos».

Nosotros también, en la medida que hacemos esta elección definitiva de unir nuestra vida a la de los pobres, nos dejamos conducir y modelar por ellos. Poco a poco nos dejamos llevar por el camino de sus gozos, de sus penas, de sus esperanzas, de sus combates…Unimos nuestra vida a la suya. Pasamos, como ellos, por las oscuridades del miedo, de la inquietud por el mañana, por la experiencia de nuestras limitaciones y de nuestra fragilidad. Pero también somos transportados por la gracia que nos hacen al acogernos como a sus hermanos o hermanas y ofrecernos su amistad.

Ellos son los que, como Cristo, nos enseñan día tras día a dar nuestra vida. A veces, en el fondo de nuestras fragilidades, recibimos de ellos palabras de esperanza, como Jesús, que antes de entregar su aliento al Padre, recibió del buen ladrón crucificado a su lado, este reflejo antes de la carrera de la resurrección en la que participaba: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc.23, 42)

II- Lugar de los pobres en la vida de la Iglesia

1- La expresión del Concilio Vaticano II

Si Cristo nos habla personal y colectivamente en el encuentro y la solidaridad con las personas en precariedad, la vida de la Iglesia está implicada en el más alto punto.

En este año del 50 aniversario del Concilio Vaticano II, podemos referirnos a alguno de los textos que evocan el lugar de los pobres en la Iglesia.

«Como Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los frutos de la salvación a los hombres. Cristo Jesús, «existiendo en la forma de Dios…, se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo» (Flp 2,6-7), y por nosotros «se hizo pobre, siendo rico» (2 Co 8,9).

«Así también la Iglesia, aunque necesite de medios humanos para cumplir su misión, no fue instituida para buscar la gloria terrena, sino para proclamar la humildad y la abnegación, también con su propio ejemplo. Cristo fue enviado por el Padre a «evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos» (Lc 4,18), «para buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10); así también la Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo.» (cf Lumen Gentium nº 8)

Este texto pone de relieve algunos puntos esenciales:

  • La pobreza como signo de la conformidad con la persona de Cristo y como camino para la misión.
  • El reconocimiento de los pobres y de los que sufren como los privilegiados de la misión de la Iglesia ( la expresión de la opción preferencial por los pobres está sobreentendido).
  • El reconocimiento por la Iglesia de la presencia de Cristo en la persona de los pobres.

Para resumir estas afirmaciones conciliares, se podría decir que una Iglesia sin los pobres es una Iglesia mutilada. Porque Cristo se ha identificado con los pobres (hambrientos, enfermos, extranjeros, presos…), porque ha designado a los pobres como los destinatarios privilegiados de la Buena Noticia, porque ha manifestado la búsqueda de la oveja perdida como una acción prioritaria para sus discípulos, el lugar de los pobres es constitutivo del misterio de la Iglesia.

2- Pero la Iglesia reunida está frecuentemente distante de los pobres.

Ciertamente, hablo de la Iglesia que conozco, en Francia y más ampliamente en Europa, donde constato que los pobres están aún muy lejos de sentirse, en nuestras asambleas cristianas, como en su casa. Sin duda para algunas de ustedes que proceden de países más pobres, este comentario no es muy apropiado. Esto no impide que en muchos países, los más pobres no se sientan plenamente en nuestras comunidades cristianas.

Nuestras Comunidades cristianas tienen la preocupación de responder a la demanda de los pobres. Estas son para los pobres, pero no con los pobres. El Padre Joseph Wresinsky, fundador de ATD Cuarto Mundo escribió un libro titulado: «Los pobres son la Iglesia» … ¡Estamos lejos de esto! Aunque se hable de la opción preferencial por los pobres, la voz de los pobres es aun difícilmente perceptible en nuestras iglesias. Esta distancia hay que considerarla y reconocer lúcidamente, sin culpabilidad, pero también sin complacencia. Es importante medir esta distancia que nos mantiene a distancia de los pobres porque es también la base de una posible conversión. Si sabemos reconocer con lucidez la alteridad de nuestras comunidades (parroquiales o diocesanas) en relación a los que viven en la exclusión, si tomamos conciencia de que nuestras comunidades están «alteradas» por su ausencia, entonces podremos abrir un diálogo con ellos en una verdadera reciprocidad evitando las tentaciones sutiles de recuperación precipitada que nos sirven de pretexto para no oír el grito molesto de los pobres. Porque con nuestros hermanos y hermanas más pobres, tenemos que ponernos siempre a su escucha y estar preparados, en un verdadero diálogo con ellos, para dejarnos transformar profundamente por la palabra que nos dirige Cristo en su persona.

3- Para vivir un verdadero encuentro con los pobres, nuestras comunidades cristiana necesitan mediaciones.

Cuando hablo de mediación, pienso en las personas que están en relación permanente con los más pobres, comprometidas en una verdadera solidaridad con ellos, compartiendo sus sufrimientos y sus combates después de haber aprendido a su lado su lenguaje y haberse dejado transformar por ellos. Estas personas, como miembros de las comunidades cristianas, pueden estar cerca de sus hermanos y hermanas bautizados, de los siervos o siervas del encuentro con los más pobres. Pueden enseñar a las comunidades cristianas a comprender, desde el interior, lo que viven estas personas excluidas y a ponerse a la escucha de la palabra que Cristo les dirige a través de su vida.

Ustedes mismas, Hermanas, de una manera o de otra, todas son testigos: ocurre que en ciertos lugares humildes, marcados por la hospitalidad, el sentido de la oración, la calidad de escucha del otro, se lleva a cabo un verdadero encuentro entre los excluidos y la sencilla palabra de Cristo. Sucede que el gran deseo de los excluidos de ver por fin reconocida su dignidad y su deseo de ser liberados de toda opresión, a veces entra en la luz del Evangelio. Los presos y los oprimidos están tocados por la Buena Noticia del Evangelio y oyen la palabra de Cristo «levántate toma tu camilla y anda». Entonces la vida de estas personas frágiles puede hacerse más cálida. Siendo testigos de estas pequeñas resurrecciones podemos estremecernos con la alegría de Cristo. «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito» (Lc.10,21) En la misma línea, resuenan en nosotras las palabras del Magníficat en las que la voz de María se mezcla con la de los pobres con los que nos encontramos: «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes» (Lc. 1,52)

Cuando somos testigos maravillados de este encuentro fulgurante entre la voz de los más pobres y la luz del Evangelio de Cristo, no podemos guardarlo para nosotros. Tenemos una doble responsabilidad:

  • Permitir a las personas que viven la exclusión y que han descubierto la palabra de Jesús, sentirse acogidas en una comunidad y dar algunos pasos en el camino de una reinserción que tiene una dimensión espiritual y eclesial.
  • Ayudar a las comunidades de Iglesia, con frecuencia distanciadas de los pobres, a entrar en relación con estas personas afectadas por el sufrimiento o por la miseria y a dejarse convertir por la palabra que Cristo les dirige.

Como Hijas de la Caridad, ustedes pueden:

  • Aportar su contribución a la formación de una Iglesia más evangélica, porque está habitada, transformada por la presencia y la palabra de los pobres en su seno.
  • Llegar a ser humildes lazos de unión entre estos pobres trabajados por la gran esperanza de la Buena Nueva de Cristo y nuestras iglesias diocesanas o parroquiales, heridas por la ausencia de los pobres y en espera de un verdadero encuentro con ellos y a través de ellos con Cristo.

4- Las responsabilidades que les incumben en el seno de sus comunidades religiosas y en la Iglesia.

Como «Visitadoras», no tendrán siempre la posibilidad de estar en contacto directo con los más pobres. Pero las Hermanas de las comunidades de las que ustedes tienen la responsabilidad comparten la condición de los pobres en lo concreto de su vida diaria. Los testimonios que hemos oído al comienzo de este encuentro, muestran la calidad de la escucha y de la presencia de las Hermanas junto a todas estas personas frágiles, que la vida les da la ocasión de encontrar. Ellas comparten de cerca sus sufrimientos, sus combates, a veces su proximidad con el Evangelio. Les comparten unas veces su admiración al estilo de Jesús ante la cananea o el centurión romano, otras veces su cansancio o sus decepciones cuando experimentan estas inevitables contradicciones, como Cristo las encontró. Imagino que su presencia junto a ellas es de una gran importancia.

Ustedes están ahí para discernir estos carismas que el Espíritu Santo pone en el corazón de una u otra Hermana que encuentra su alegría en el servicio de los pobres, realizado en esos lugares de precariedad. La escucha atenta de su experiencia puede ayudarles a releer la palabra que Cristo les dirige a través de esta proximidad con los más pobres. Ustedes están ahí para apoyar, acompañar, levantar… cuando la experiencia resulta demasiado pesada de vivir debido a la extrema miseria o a la pérdida de las esperanzas. En cierto modo, son ustedes las depositarias de esos «Hechos de los apóstoles» que se viven aún hoy en compañía de aquellos que el mundo deja abandonados. Y sobre todo, ustedes están empeñadas en reunir en el corazón de las comunidades todas estas perlas de Evangelio recibidas de los más pobres y que llevan a nuestra Iglesia a resplandecer en el amor siempre activo del Resucitado.

Conclusión

Esta reflexión toma hoy un carácter de urgencia por dos razones:

  • Nuestras sociedades globalizadas, están sacudidas por una crisis económica y financiera sin precedentes y, de una manera o de otra, todos los países del planeta están afectados. Esta crisis tiene consecuencias dramáticas en la vida de las familias que no saben cómo será el mañana. Las migraciones de desesperación se intensifican. Los jóvenes de los países pobres alimentan frecuentemente el deseo de ir a trabajar a los países industrializados. Los países occidentales cierran sus fronteras y tienden a replegarse sobre tímidas identidades. Por todas partes el desafío de la solidaridad adquiere una actualidad sorprendente.
  • En este contexto, muchas de las comunidades cristianas conocen una nueva precariedad, ya sea por el hecho de la miseria que domina en su país, ya sea a causa de la violencia, o en Occidente por el hecho de la disminución rápida del número de sacerdotes y de los medio pastorales. Si las comunidades de Iglesia saben realizar un discernimiento sobre la apuesta espiritual que lleva consigo esta nueva situación en el marco de esta universalización no regulada, pueden descubrir una nueva dinámica evangélica en el encuentro con los pobres, en el diálogo con ellos y en el compromiso a su lado para que sus derechos básicos sean reconocidos. En este compromiso y en la profundización del misterio eucarístico que les hace vivir, las Comunidades pueden dejarse llevar de nuevo por la Pasión de Cristo, que «se hace pobre entre los pobres», hasta el don de su vida en la cruz para abrir a la multitud de pueblos la comunión en la luz de su Resurrección.

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