Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica escrita tras la celebración del Sínodo de los Obispos sobre la Vocación y Misión de los Laicos, afirma que el servicio de la caridad pertenece de forma connatural al ser del laico, llamado a la transformación de las realidades temporales con la fuerza del Evangelio:
«La caridad con el prójimo, en las formas antiguas y siempre nuevas de las obras de misericordia corporal y espiritual, representa el contenido más inmediato, común y habitual de aquella animación cristiana del orden temporal, que constituye el compromiso especifico de los fieles laicos»1.
¿De dónde arranca este compromiso? ¿Cómo se manifiesta? ¿Cuáles son sus características propias? Son algunos de los aspectos que podemos ahora considerar.
1. La Caridad pertenece a la vida misma de la Iglesia:
«Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él4.
Cuantos creemos en Dios y en la Buena Noticia de Jesucristo no podemos dar la espalda a la amarga realidad de la pobreza. Está en juego «la dignidad de la persona humana, cuya defensa y promoción nos ha sido confiada por el Creador y de la que rigurosa y responsablemente son deudores los hombres y mujeres de cada coyuntura histórica»5.
Jesucristo, Buena Noticia para los pobres, ha venido al mundo para manifestar el amor de Dios para con los pobres: «a proclamar la liberación a los cautivos y dar vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor»6.
Jesucristo ha hecho del amor el distintivo de sus discípulos: «un amor que inspire y trascienda las exigencias de la justicia, y abra el corazón a la solidaridad del compartir los bienes económicos, culturales y de toda clase, anunciando ya desde ahora la comunión definitiva de toda la familia humana en el Reino de Dios»7.
Ha encargado a sus seguidores que se comporten como hermanos. Y ha pedido al Padre que todos sus discípulos sean ‘una sola cosa’. Él mismo se ha ofrecido hasta la muerte por todos, asegurando que «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos»8. Sus apóstoles predicarán a todos los pueblos el mensaje evangélico para que el género humano se transforme en la familia de Dios, en la que la plenitud de la ley sea el amor9.
El servicio a los pobres es una manera de hacer presente a Jesús (a mí me lo hicisteis) y una expresión irrenunciable de la acción evangelizadora de las comunidades cristianas. La llamada diaconía o servicio de la caridad se hace así parte integrante del anuncio de la obra salvadora y liberadora de Jesús10.
San Vicente de Paúl, que hizo vida estas convicciones, afirmaba:
«Miremos al Hijo de Dios: ¡qué corazón tan caritativo! ¡Qué llama de amor! Jesús mío, dinos por favor, ¿qué es lo que te ha sacado del cielo para venir a sufrir la maldición de la tierra y todas las persecuciones y tormentos que has recibido? ¡Oh Salvador! ¡Fuente del amor humillado hasta nosotros y hasta llegar a sufrir un suplicio infame por nosotros! ¿Quién ha amado en esto al prójimo más que tú? Viniste a exponerte a todas nuestras miserias, a tomar la forma de pecador, a llevar una vida de sufrimiento y a padecer por nosotros una muerte ignominiosa; ¿hay amor semejante?» Sólo nuestro Señor ha podido dejarse arrastrar por el amor a las criaturas hasta dejar el trono de su Padre para venir a tomar un cuerpo sujeto a las debilidades. ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros, por su ejemplo y su palabra, la caridad para con el prójimo. Este amor fue el que le crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención. Si tuviéramos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? ¿Dejaríamos morir a todos los que podríamos asistir? No, la caridad no puede permanecer ociosa, sino que nos mueve a la salvación de los demás y a su ayuda»12.
Como hermanos de todos los hombres y seguidores de Jesucristo, los cristianos nos sentimos llamados a «estar junto a las multitudes pobres, a discernir la justicia de sus reclamaciones y a ayudar a hacerlas realidad»13. Esta llamada, en formas diferentes, ha sido constante en la comunidad cristiana. La Iglesia ha percibido la obligación de ayudar a los pobres de manera permanente a lo largo de su historia, hasta el punto de considerarla como una parte integrante de su misión. El Concilio Vaticano II nos lo ha recordado con gran claridad:
«La Santa Iglesia, como en sus orígenes, uniendo el ágape con la Cena Eucarística se manifestaba unida con el vínculo de la caridad en torno a Cristo, así, en nuestros días, se reconoce por este distintivo de la caridad y, mientras goza con las iniciativas de los demás, reivindica las obras de la caridad como su deber y derecho inalienable. Por eso la misericordia con los pobres y enfermos, así como las llamadas obras de caridad y de ayuda mutua, dirigidas a aliviar las necesidades humanas de todo género, la Iglesia las considera un especial honor»14.
El mismo Concilio nos ha urgido a proclamar la fuerza creadora y transformadora de la caridad:
«… la ley fundamental de la perfección humana, y por ello de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor»15.
El amor es el más alto de los dones comunicados por el Espíritu Santo a la Iglesia. No se trata de una primacía relativa entre distintos dones, que poseen todos ellos un cierto valor. Es la primacía de lo absolutamente necesario. Hay vida y hay fe cristiana, si hay amor. El amor nunca encuentra motivo justificante para retirarse y cesar de amar: «El amor lo excusa todo, lo cree todo, lo espera todo, lo soporta todo. El amor no acaba nunca»17.
El testimonio de la caridad hace visibles los signos del Reino de Dios en medio del mundo y mueve a la adhesión de la fe cristiana:
«Al anunciar el Reino, los cristianos tenemos que hacerlo ya realidad entre nosotros y con todos los hombres, especialmente con los más pobres y necesitados, de manera que aparezcan signos reales de la presencia del amor y de los dones de Dios como invitación a la fe, estímulo para la esperanza, anticipo de la paz y de la felicidad eterna que Dios ha preparado para todos»18.
2. Los laicos y el ministerio de la caridad
«En un mundo secular, los laicos (hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos) son los nuevos samaritanos, protagonistas de la nueva evangelización, con el Espíritu Santo que se les ha dado»19.
2.1. El voluntariado
Son muchos los cristianos laicos que, individualmente y de manera anónima, actúan empujados por el amor al prójimo de muchas maneras y en las diferentes circunstancias de su vida, prestando su ayuda material, compartiendo sus medios económicos, su tiempo disponible, sus cualidades y sus habilidades, y, sobre todo, su corazón, su atención, su bondad y su amistad. Unas veces lo harán con cierta continuidad, cuidando de un enfermo o de un anciano, y otras de manera esporádica y ocasional, haciendo mil favores a gente conocida o desconocida, cercanos o distantes, amigos o enemigos20.
En nuestros días continúan surgiendo y difundiéndose formas muy variadas de voluntariado, que se hacen presentes en distintos frentes sociales y actúan en una multiplicidad de servicios y obras. Juan Pablo II ve en el voluntariado un signo de este tiempo y asegura que es una manifestación del apostolado de los laicos y un cauce para expresar su compromiso en la transformación del mundo:
«El voluntariado, si se vive en su verdad de servicio desinteresado al bien de las personas, especialmente de las más necesitadas y las más olvidadas por los mismos servicios sociales, debe considerarse una importante manifestación de apostolado, en el que los fieles laicos, hombres y mujeres, desempeñan un papel de primera importancia»21.
«Las personas comprometidas en el voluntariado ofrecen una aportación preciosa al servicio de la vida, cuando saben conjugar la capacidad profesional con el amor generoso y gratuito. El evangelio de la vida las mueve a elevar los sentimientos de simple filantropía a la altura de la caridad de Cristo; a reconquistar cada día, entre fatigas y cansancio, la conciencia de la dignidad de cada hombre; a salir al encuentro de las necesidades de las personas iniciando, si es preciso, nuevos caminos allí donde más urgentes son las necesidades y más escasas las atenciones y el apoyo»22.
La Iglesia favorece y promueve el voluntariado y pide la colaboración de todos para sostenerlo y animarlo en sus iniciativas24.
El voluntario es portador de una cultura de la gratuidad y de la solidaridad.
Los voluntarios «suponen un grito profético en favor de la fraternidad y de la solidaridad»25.
En las acciones del voluntariado, el cristiano une su esfuerzo a otras personas de buena voluntad que, sin una referencia explícita a Jesucristo, colaboran en la construcción de un mundo más humano:
«Las asociaciones cívicas y profesionales, los compromisos sindicales o la participación en partidos políticos y en las tareas del Gobierno son otros tantos cauces para el compromiso y la acción de los cristianos en favor de una convivencia y de una vida social cada vez más justa y fraterna, más digna de los hombres, más parecida a la sociedad de los santos y más conforme con los designios de Dios»26.
2.2. Expresiones del ministerio de la caridad
Basta con mirar a nuestro alrededor para descubrir al momento las múltiples necesidades de unos hombres que es preciso atender. A nivel inmediato, nos sentimos afectados por toda clase de personas marginadas (transeúntes, drogadictos, enfermos de SIDA, ancianos, minorías étnicas o 2LC;laleS.,). A un nivel más distante nos preocupa también y nos inquieta la situación dramática de tantas gentes golpeadas en el mundo por los azotes de la guerra, la desigualdad, el hambre, la injusticia o la mala calidad de vida. Estas situaciones siguen siendo hoy un reto a nuestra caridad y a nuestra capacidad de respuesta a todos los niveles (asistencial, de promoción, o de cambio de estructuras)27.
Como las necesidades de los hermanos, también las manifestaciones de la caridad cristiana en el servicio a los más pobres y marginados de nuestra sociedad son múltiples. El documento «La Iglesia y los Pobres» señala28:
- La promoción de la justicia.
- La atención a las nuevas formas de pobreza (toxicomanías, SIDA, paro forzoso…).
- La ayuda a la infancia y juventud ante nuevas problemáticas familiares.
- La solidaridad con el mundo rural.
- La acogida a los inmigrantes y la atención a los desarraigados y excluídos.
- La ayuda a los encarcelados.
- El apoyo a la mujer marginada.
- El acompañamiento del enfermo.
- La atención a los ancianos.
- La ayuda al Tercer Mundo.
En todas estas manifestaciones del ministerio de la caridad, los cristianos están llamados a atender a los frentes de la caridad:
- el frente asistencial;
- la promoción;
- la transformación y el cambio de las estructuras, la instauración de la civilización nueva del amor, el establecimiento del Reino: «servir al Reino de Dios promoviendo la dignidad de la persona, la justicia, la verdad, la paz, la solidaridad con los pobres»29.
2.3. Características del ministerio de la caridad en la Iglesia de hoy
a. Una caridad basada en la justicia
La caridad no trata sólo ni principalmente de suplir las deficiencias de la justicia. Ni mucho menos pretende encubrir las injusticias de un orden establecido y asentado en profundas raíces de dominación o explotación. La caridad es más bien un compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres, considerados como hermanos, en favor de un mundo más justo y más fraterno con especial atención a las necesidades de los más pobres.
En consecuencia, la caridad no puede descuidar la práctica de la justicia; por el contrario, el cumplimiento de las exigencias de la justicia es el primer momento de la caridad:
«En efecto, si el mensaje cristiano sobre el amor y la justicia no manifiesta su eficacia en la acción por la justicia en el mundo, muy difícilmente obtendrá credibilidad entre los hombres de nuestro tiempo»30.
«El servicio de la caridad en favor de los pobres no debe ser entendido como algo ajeno a la obligación que tienen las personas, los grupos sociales y las instituciones públicas y privadas, de promover relaciones de justicia auténticamente humanas… Por el contrario, impulsar la instauración de un orden social justo, corregir desde el amor gratuito los efectos deshumaniza-dores de las injusticias de toda clase, ir más allá de lo que una estricta justicia podría exigir, favorecer así formas de relación más conformes con la fraternidad humana y cristiana… son objetivos que definen la verdadera naturaleza de la acción caritativo-social y por consiguiente, han de ser perseguidos por los cristianos y por las comunidades e instituciones eclesiales en el ámbito de la caridad»31.
Pero no es suficiente la sola práctica de la justicia:
«La experiencia del pasado y de nuestros tiempos demuestra que la justicia por sí sola no es suficiente y que, más aún, puede conducir a la negación y al aniquilamiento de sí misma si no se le permite a esa forma más profunda, que es el amor, plasmar la vida humana en sus diversas dimensiones»32.
«La sociedad será más justa, fraternal y humana, en la medida en que practique la justicia y el amor misericordioso»33.
b. Una caridad que forma parte de la vida de la Iglesia
La caridad forma parte de la vida de la Iglesia, lo mismo que la predicación o la práctica de los sacramentos. Más aún, la caridad es la expresión más convincente de la vida de la Iglesia:
«La acción caritativo-social obra de manera cuasi-sacramental en cuanto parte integrante de la acción pastoral de la Iglesia, que no se reduce solamente a la predicación y los sacramentos, sino que se extiende también al mandamiento de la caridad, en especial a los más pobres y necesitados… Así como los sacramentos de la fe manifiestan la presencia salvífica de Cristo dentro de la comunidad de los creyentes, la acción caritativa y social es como el sacramento para los no creyentes»34.
«La benevolencia entre nosotros y la solicitud por los más necesitados son /a realización vital de los misterios que celebramos y el argumento más convincente de las cosas que anunciamos»35.
c. Una caridad que atiende a la totalidad de la persona y a todas las personas
La caridad ha de interesarse por todos los hombres y mujeres, de cualquier raza, cultura, religión o condición:
«La acción caritativa y social de la Iglesia debe tener un carácter internacional e interconfesional (católica y ecuménica)»36.
La caridad ha de interesarse por la totalidad de la persona:
«por el hombre completo y por su completo bien: corporal y espiritual, material y cultural, individual y social, temporal y trascendente, terreno y celestial. Esta unidad global abarca tanto la ayuda individual frente a una situación de necesidad urgente como la promoción social y la lucha por la reforma o cambio de las estructuras injustas»37.
d. Una caridad que no interfiere la autonomía de otras instituciones
La caridad de los cristianos no puede desconocer los múltiples esfuerzos provenientes de la pluralidad de los agentes sociales, ordenados al servicio de los pobres y los marginados.
La caridad no pretende interferir ni rivalizar con los esfuerzos realizados por otras instituciones, al tiempo que asegura su derecho a actuar:
«En una sociedad democrática y plural, la Iglesia no pretende invadir los campos que no le pertenecen -como pueden ser la economía o la política-, ni hacer competencia a otras instituciones que realizan actividades de carácter social, asistencial o promocional, con las que puede coincidir. Solamente desea hacer presente de manera pública y notoria, con paz y con respeto, en diálogo y colaboración con todos, el mensaje del Evangelio de Jesucristo como una oferta de Dios a los hombres»38.
e. Una caridad política
La dimensión política forma parte de la existencia de los cristianos y, por tanto, del ministerio de la caridad:
«La vida teologal del cristiano tiene una dimensón social y aun política que nace de la fe en el Dios verdadero, creador y salvador del hombre y de la creación entera. Esta dimensión afecta al ejercicio de las virtudes cristianas o, lo que es lo mismo, al dinamismo entero de la vida cristiana. Desde esta perspectiva adquiere toda su nobleza y dignidad la dimensión social y política de la caridad. Se trata del amor eficaz a las personas, que se actualiza en la prosecución del bien común de la sociedad»39.
Conscientes del papel decisivo del amor en el marco de un mundo caracterizado por el individualismo y la insolidaridad, los cristianos hemos de intentar ofrecer una caridad política, una caridad generadora de solidaridad social, crítica y capaz de configurar desde la fuerza del amor unas nuevas estructuras sociales40.
f. Una caridad organizada y coordinada
La caridad hoy no puede ser sólo entusiasmo espontáneo de personas aisladas; la caridad hoy reclama organización y coordinación:
«A pesar del reconocimiento de la acción generosa de tantos cristianos a nadie debe extrañar si decimos que el momento actual de nuestra Iglesia requiere intensificar y coordinar mejor las formas organizadas de ejercer la caridad en favor de los pobres y de los necesitados. Lo requiere la misma naturaleza de la evangelización, pues el anuncio del Evangelio incluye alguna señal de que Dios efectivamente se acerca a los hombres para su liberación integral. Lo requiere también el sufrimiento de tantos hermanos nuestros, pues la sociedad moderna segrega marginación y sufrimiento que luego con frecuencia ignora y olvida. Lo requieren los ‘nuevos pobres’ de la sociedad moderna: ancianos solitarios, enfermos terminales, niños sin familia, madres abandonadas, delincuentes, drogadictos, alcohólicos y tantos otros. Lo necesitan especialmente las familias sin trabajo, desgraciadamente numerosas en nuestra patria»‘41.
2.4. El ministerio de la caridad, institución laical
En los últimos años, se han ido abriendo camino en las comunidades cristianas algunos ministerios laicales: el ministerio del lector, el ministerio de la eucaristía, el ministerio de la catequesis… Parece necesario avanzar en el reconocimiento del ministerio de la caridad como institución laical.
En cada una de las comunidades cristianas, los laicos instituidos para el ministerio de la caridad podrían prestar los siguientes servicios:
- Búsqueda y conocimiento cercano y directo de las necesidades.
- Educación y sensibilización de la comunidad cristiana.
- Servicio de caridad y solidaridad con dedicación (a tiempo pleno o parcial).
- Coordinación de las iniciativas de caridad y presencia en los organismos (eclesiales o no) de intervención social.
Para lograr que los laicos desarrollen estos servicios propios del ministerio de la caridad en cada una de las comunidades cristianas, resulta imprescindible una adecuada formación:
«La formación y acompañamiento para la educación en la caridad, la solidaridad y la promoción de la justicia es una necesidad urgente»42.
«La capacitación para la acción caritativo-social de los agentes de la Pastoral de la Caridad y de los cristianos presentes en la vida socio-política, está unida estrechamente a la maduración en la fe personal. La motivación sobrenatural del creyente tiene que asegurar la identidad propia del cristiano que se sitúa ante los pobres con la «mirada» de quien comparte el amor compasivo que Dios siente hacia ellos»43.
- Juan Pablo II, Christifidelis Laici, 41
- 1 Jn 4,16, asegura la primera carta de Juan. «Dios es un abismo de ternura»2SVP XI, 412., explica san Vicente de Paúl.
El descubrimiento del amor de Dios es el que lleva a los cristianos, en todas las épocas de la historia, a vivir en el amor. «Lo más profundo de la vida de la Iglesia y del cristiano es compartir el amor de Dios, Padre de buenos y malos, que quiere la salvación de todos los hombres. Los mejores cristianos, en la medida en que han vivido este misterio de comunión con el amor de Dios y de Cristo, se han sentido enviados al mundo, solidarios con los sufrimientos y las esperanzas de los más pobres y necesitados, responsables de alguna manera, juntamente con Cristo, de la liberación y salvación de todos»3CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Testigos del Dios Vivo, Reflexión sobre la misión e identidad de la Iglesia en nuestra sociedad, (Documento aprobado por la XLII Asamblea Plenaria, en Junio de 1985), 54
- Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 47
- Lc 4,18
- CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, La Caridad en la Vida de la Iglesia. Propuestas para la acción pastoral aprobadas por la LX Asamblea Plenaria, noviembre 1993, p. 10
- Jn 15, 13
- Cfr. G S, 32
- La caridad en la vida de la Iglesia, p. 11
- SVP XI,555.
«Los sentimientos más íntimos de nuestro Señor han sido preocuparse de los pobres para curarlos, consolarlos, socorrerlos y recomendarlos. En ellos es en quienes ponía todo su afecto. Y él mismo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el mal y el bien que les hacemos a los pobres los considera como hechos a su divina persona. ¿Podría acaso mostrar un amor más tierno a los pobres? Y ¿qué amor podemos nosotros tenerle a él, si no amamos lo que él amó? No hay ninguna diferencia entre amarle a él y amar a los pobres de ese modo. Servirles bien a los pobres es servirle a él; es honrarle como es debido e imitarle en nuestra conducta»11SVP X, 811-812
- Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 39
- Concilio Vaticano II, Decreto sobre el apostolado de los laicos, Apostolicam Actuositatem, 8
- G S, 38
- 1 Cor 13,7s. El Espíritu Santo lo pone en nuestros corazones (Rom 5,51), Ese amor es el que hace que cualquier otro don, actividad o compromiso tenga algún valor, o simplemente sea nada (Cf. 1 Cor 13, 1-3). Si no se ama se está en la muerte (1 Jn 3, 14). Cf. J. Losada, La Iglesia, Comunidad de Caridad, A en AA.VV. La Caridad. Carisma Vicenciano, CEME, Salamanca, 1993, p. 147.
Puesto que la caridad pertenece a la misma vida de la Iglesia, los laicos viven su vocación y misión de transformación de las realidades temporales con la fuerza del Evangelio a través del servicio de la caridad; caridad ejercida en formas personales o asociadas.
Con la caridad hacia el prójimo, los fieles laicos viven y manifiestan su participación en la realeza de Jesucristo, en quien «servir es reinar»16Christifidelis Laici, 41
- Testigos del Dios vivo, 55
- CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo, Documento aprobado en la 55 Asamblea Plenaria, noviembre, 1991, 148
- CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, La Iglesia y los pobres. Documento de reflexión de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, febrero, 1994, 83
- Juan Pablo II, Christifidelis Laici, 41
- Juan Pablo II, Evangelium Vitae, 90
- Centesimus annus, 49.:
«Nuestra sociedad y nuestra Iglesia están necesitando de un verdadero ejército de voluntarios, no para la guerra, el odio y la violencia, sino para la paz, la justicia y el amor; de un ejército de voluntarios sociales que se ocupen y preocupen de acoger, atender, escuchar, orientar, ayudar, sostener y levantar a todos aquellos ciudadanos y hermanos a los que la sociedad empobrece y maltrata»23La Iglesia y los pobres, 85. Cfr. Centesimus annus, 49
- La Iglesia y los pobres, 65
- Testigos del Dios vivo, 62
- Cfr. S. AZCÁRATE, Caridad y evangelización, dos urgencias que se entrecruzan, en AA.VV., La caridad carisma vicenciano, Salamanca, CEME, 1993, pp. 191-235
- Siguiendo a los pobres, 89-105.
- CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOl.A, Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo, Documento aprobado en la 55 Asamblea Plenaria, 1 noviembre 1991,31
- SÍNODO UNIVERSAL DE LOS OBISPOS, La justicia en el mundo, 1971, 37
- La caridad en la vida de la Iglesia, p. 13
- Juan Pablo 11, Dives in misericordia, 12
- La Caridad en la vida de la Iglesia, p. 18
- La Iglesia y los pobres, p. 110 y citando a san Agustín
- Testigos del Dios vivo, 57
- La Iglesia y los pobres, 117-119
- Ibidem, 112
- Ibidem, 114
- CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Los católicos en la vida pública, Documento de la Comisión Permanente, 1986, 60-61
- Cf. ROVIRA BELLOSO, La dimensión crítica y configuradora de la caridad, en Corintios XIII, 1997, 42-62
- Testigos del Dios vivo, 60
- La Caridad en la vida de la Iglesia, p. 23
- Ibidem, p. 15







