Llegada de las Hijas de la Caridad a Brasil en 1849

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CRÉDITOS
Autor: Eponina da Conceiçao Pereira · Año publicación original: 1999 · Fuente: Ecos 1999.
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El 23 de Noviembre de 1848 dejaban la Casa Madre las primeras Hijas de la Caridad designadas para el Brasil, llamadas por un Obispo Lazarista de Mariana, Monseñor Antonio Ferreira Vicoso. Las doce Hijas de la Caridad francesas que formaban parte de la expedición eran las siguientes: Sor Dubost (Hermana Sirvien­te), Sor Odet, Sor Lézat, Sor Laveissiére, Sor Rigail, Sor Rouy, Sor Martinier, Sor Lenormand, Sor Chazet, Sor Mass, Sor Millet y Sor Bonnardet. Al mismo tiempo que nuestras Hermanas partían seis Padres Paúles: el Padre Monteuil (Superior de la nueva Misión), el Padre Gabet (Superior del Seminario de Mariana), los Padres Chalvet, Cornagliotto, Cunha y Musci, así como otros tres Hermanos: Felipe Mar­garhia, Juan Rigler, Juan Bernardt.

El Padre Etienne y la Madre Mazin los acompañaron hasta el Havre. Su barco, que llevaba el nombre simbólico de «la Estrella de la Mañana», debía salir al día siguiente, pero la tempestad impidió que desplegara velas ese día. El Padre Etienne no obstante celebró a bordo el Santo Sacrificio: «Vayan, pues, nos dijo, vayan con alegría, lleven en una mano la antorcha de la fe y en la otra la de la caridad. Vayan, San Vicente vela por ustedes, María los llevará al puerto, no tienen nada que temer…».

Ruda fue la travesía en un velero primitivo. Setenta días fueron necesarios para atravesar el Océano Atlántico. En su carta del 15 de Febrero de 1849, escrita por Sor Dubost al Padre Etienne, se encuentra el eco de lo que debió vivir la Familia Vicenciana en la travesía del Océano. Veamos algunos extractos:

(La salida del Havre tuvo lugar el 28 de Noviembre). «Tuvimos un tiempo espantoso que no nos dejó un momento de descanso ni de día ni de noche. El tercer día de nuestra navegación, el Padre Monteil nos invitó a comenzar una novena. Allí estuvimos reunidos las dos Familias de San Vicente y los marineros, de rodillas, para cantar las Letanías de la Santísima Virgen… Pero apenas comen­zamos a elevar nuestras voces hacia María Inmaculada, las olas del mar se levan­taron impetuosas y los vientos redoblaron su furia. No sabíamos qué pensar. Las noches, sobre todo, eran terribles: baúles, cajas, muebles, platos, vasos, etc. … rodaban de derecha a izquierda y viceversa, con un ruido indescriptible; en el fondo de la embarcación, el estruendo sordo no era menor…

He pasado del 16 al 29 de diciembre sin decirle nada de las fiestas de Navi­dad, que pasamos según la voluntad divina… Habíamos hecho bellos proyectos… El buen Maestro dispuso otra cosa… Tuvimos que contentarnos con la comunión espiritual y nos sentimos muy unidas a nuestras Hermanas de Francia, pues en esa gran fecha sólo tuvimos como capellán a nuestra Sor Rigail, que leyó en voz alta las oraciones de la Misa… El último día del año hubiéramos querido recibir a Nuestro Señor, pero Dios nos privó de esa gracia, reservándonosla para el primer día del año 1849. El Padre Monteil designó a Monseñor Cunha para celebrar el San­to Sacrificio; el balanceo del navío era tremendo… Asistían al Padre Cunho, tres Padres que tuvieron mucha dificultad para mantener el cáliz, la patena y el misal…

Terminábamos nuestra acción de gracias, cuando entró el Capitán para felici­tarnos el Año Nuevo; después de él el 29 de a bordo, el Teniente y los marineros…

Habíamos estado desde la víspera en «San Lázaro a bordo», después de haber rezado en común por nuestros Superiores, por todo San Lázaro de la Calle de Sévres y por nuestra querida Casa Madre. Al día siguiente, los Padres Monteil, Gabet y Cunha vinieron, a la Calle del Bac (así es como ellos llaman a nuestro camarote). Nos dieron unas bonitas estampas y nos felicitaron el Año Nuevo…

Hoy, 6 de enero… hemos tenido la felicidad de asistir a la Santa Misa.

Y para el domingo, día 7, esperábamos esa misma gracia, la Santa Misa. Pero el «Consejo de San Lázaro», a la vista del terrible balanceo del navío, decidió no celebrar. Fue nuestro sacrificio matutino.

10 de Enero de 1849: Se reanuda «la pequeña Misión» interrumpida el día 15 de diciembre. Es realmente consolador ver el interés de todos por escuchar la Palabra de Dios. El capitán designó tres locales para las confesiones: su cabina, la del segundo de a bordo y la de nuestros Padres. Él mismo fue el primero que dio ejemplo.

Los Hermanos Coadjutores también tienen su mérito: edifican por la disponibi­lidad en prestar servicios a toda la tripulación y no cesan, en todo momento, de preparar los corazones para que reciban con mayor fruto las instrucciones que dan nuestros Misioneros… Todos los elogian por su bondad, sus atenciones, porque no descuidan a nadie.

13 de enero: las olas nos amenazan a cada instante, llegan hasta las ventanitas que están abiertas para que entre un poco el aire. Rugiendo, se elevan después más alto, y vuelven sin habernos alcanzado. No ocurre lo mismo con las que baten el babor del navío. Una de ellas se ha elevado hasta la claraboya que está sobre la cama de Sor Mass, y ha inundado su habitación; Sor Lenormand que se había refugiado allí para prepararse mejor a la confesión ha quedado purificada también por un baño de agua.

Ayer por la noche gozamos unos instantes de un bello espectáculo: el cielo estaba muy oscuro, la luna se había escondido entre espesas nubes y pudimos admirar en el mar su brillo fosforescente. Era un espectáculo maravilloso; pero fuimos arrancadas de nuestra contemplación por la llegada del Padre Cunha que venía a darnos una lección de portugués. No es que sepamos mucho todavía,  pero cada una se esfuerza con tanto interés que, a mi parecer es necesario frenar el ardor más que excitarlo…

Día 19, viento contrario, marcha lenta. Lo mejor que hemos tenido en este día ha sido la instrucción que ha dado el Padre Gabet a toda la tripulación en la que ha refutado algunos pretextos que se alegan para no acercarse al Sacramento de la Penitencia; ha dicho con una sencillez admirable: «algunos ya han venido; ¿qué es lo que está deteniendo a los demás? Ustedes no son niños; necesitan coger su coraje con las dos manos y venir». Después ha terminado con unas palabras sobre la Comunión. Por la tarde se han confesado muchos.

29 de Enero. El malestar propio de los viajes marítimos y sobre todo la salud frágil del Padre Cunha requieren que se le dispensen cuidados especiales. No pasa por alto nuestra solicitud hacia él y se oye decir en voz alta: «Estos Padres están muy bien cuidados». Algunos marineros y grumetes también estuvieron enfermos y no ahorramos esfuerzos para atenderlos. Nos bastaba tener a Dios como único testigo. Parecía, no obstante, que la Divina Providencia quería recom­pensarnos. Poco después, caía enfermo el hermano del Comandante. A él también dispensamos todo el cuidado y desvelo y Dios nos bendijo, porque en poco tiempo quedó fuera de peligro.

Hoy, día 30, el Padre Monteil me ha abordado diciendo: «Hermana, como ayer: Ite, missa est». Marchamos como el viento. Contamos los días y dentro de ocho esperamos estar en el puerto de Río…

El día 31 de enero y el 12 de febrero no tuvimos misa. Ese favor nos fue reservado para el día siguiente, fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen…

Nos hubiera gustado tener misa el día 3, pero tampoco fue posible por el incesante movimiento del navío. La Santísima Virgen había frenado nuestra marcha para permitirnos ayer esa gracia. Hoy nos empuja hacia Río. Nos acercamos a nuestra querida Mariana…

Día 7…, de repente una voz nos sorprende agradablemente: «¡Tierra! ¡Tierra!»

Nuestras Hermanas llegaron por fin a Río el 8 de Febrero de 1849, día en que se celebraba la fiesta del Corazón de María, a quien las Hermanas se habían confiado la víspera de su partida de París, en la Capilla de la Casa Madre y en el Santuario de Nuestra Señora de las Victorias.

Después de haber puesto pie en tierras brasileñas, nuestras Hermanas tuvieron que familiarizarse con el país, la lengua y las costumbres. Les quedaba, en primer lugar, recorrer la distancia que separaba Río de Mariana.

La carta de Sor Dubost, de fecha 15 de febrero de 1849, dirigida al Padre Etienne menciona para el 11 de febrero:

«No sabemos todavía cuándo podremos partir. Los mulos para nuestro viaje no han llegado. Es posible que nos quedemos aquí hasta finales de mes. Estamos hospedadas en las Religiosas Franciscanas y en clausura, con todas sus Reglas. Sólo vemos a nuestros buenos Padres a través de dos rejas y a unos seis pies de distancia. Las buenas Religiosas sólo nos han dejado salir después de haber recibido, por escrito, una orden del Señor Obispo. Como puede imaginar, hemos atraído todas las miradas. Caminábamos en fila, de dos en dos, con los Padres Monteil y Cunha al frente …»

Nuestras Hermanas salieron de Río el 11 de marzo de 1849 y tuvieron que cabalgar por montes y valles durante veintitrés largos días, experimentando peli­gros y cansancio durante su expedición. En su carta del 28 de abril, el Padre Gabet relata el viaje por tierra.

«Partimos de Rio a bordo de un barco de vapor, repleto de pasajeros; en unas horas nos dejó al otro lado de la bahía, en un lugar llamado Estrella, donde debíamos comenzar el viaje por tierra. Nos hospedamos en una casa recientemen­te construida… Tuvimos allí una muestra de la vida del Misionero: fue preciso comer con los dedos, todos de un mismo plato, coger agua de la fuente y beber todos, uno tras otro, en una misma corteza de coco. Al día siguiente habían llegado los mulos y los caballos, les colocamos las sillas y nos pusimos en camino. Todo el mundo estaba un poco inquieto con relación a las Hermanas, pues la mayoría de ellas jamás había viajado a caballo, pero muy pronto nos tranquiliza­mos; el primer día no se cayó ninguna y todo nos hacía esperar que Dios y San Vicente no tendrían los ojos menos abiertos en esta segunda parte de nuestro viaje que en la primera…. De vez en cuando, alguna Hermana o algún cohermano sufría una caída, pero ninguna tuvo consecuencias importantes …».

La carta de Sor Dubost del 15 de abril de 1989, al Padre Etienne revela igualmente algunos detalles típicos de esta expedición:

El día 13, a las ocho nos pusimos de nuevo en marcha … María nos precedía y ayudaba en todo; la Medalla Milagrosa estaba colocada en la cabeza de los caballos y en nuestras fustas. Ella era nuestra fuerza. Viajamos con alegría y confianza por caminos extremadamente difíciles…

Después de seis horas de marcha, llegamos a Vargem… Para doce Hermanas teníamos nueve camas… fuimos hasta un río próximo y nos lavamos los pies.

El día 15 de Marzo, fecha tan señalada para las Hijas de la Caridad, tuvimos cuatro Misas. Nuestra venerable Madre quiso también favorecernos y mostrar que Ella velaba por nosotras…

Llegamos a Borda do Campo… Era el día 24, víspera de los Santos Votos. Pudi­mos confesarnos y, al día siguíente, estrechar los lazos que nos unen al Divino Sal- vador… No nos era posible oír la conferencia de nuestro Muy Honorable Padre, pero para compensar tuvimos cuatro: el Padre Monteil nos dio una sobre cada uno de los cuatro votos. Este día fue un verdadero reposo para el alma y para el cuerpo.

El día 27 debíamos atravesar un río, no en barco, sino a caballo. El río era muy profundo; fue necesario sondear el mejor sitio y un hombre nos pasaba una a una, asegurando la brida de nuestro caballo al que el agua le llegaba hasta la tripa. Pasamos por pequeños ríos varias veces…

El día 31, para cumplir una promesa que el Padre Cunha había hecho en el barco, tuvimos una Misa, cantada, en honor de San Vicente y por la tarde la bendición solemne.

El lunes 2 de abril, llegamos a Congonhas. El tiempo era magnífico, pero el camino era peor todavía que los que habíamos tenido hasta entonces… Llegamos a Capao a las cuatro y media de la tarde… Nos acostamos antes de las ocho. Nos encontrábamos tan cansadas que no pudimos dormir; estábamos todas como los niños ante una gran fiesta…

Fue un martes, 28 de Noviembre de 1848, cuando embarcamos en el Havre y el martes, 3 de abril de 1849 terminaba nuestro viaje. ¡Mil acción de gracias sean dadas a Jesús y a nuestra Madre Inmaculada, a San José, a San Vicente y a nuestro Angel de la Guarda!

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