III. LA RECUPERACION DE LAS CINCO VIRTUDES
La parte tercera de este capítulo intentará recuperar los valores implícitos de las virtudes que san Vicente dejó a las comunidades inspiradas por él. Dicho en términos tradicionales, el objetivo de esta sección es desvelar la sustancia de las cinco virtudes, dejando de lado las manifestaciones que están fuera de lugar en el mundo moderno y sugiriendo formas modernas que podrían adoptar esas virtudes. Por supuesto que no todas las manifestaciones de estas virtudes propias del siglo XVII están hoy carentes de significado. Muchas de ellas son aún válidas. Pero, por otro lado, algunas de sus manifestaciones y el lenguaje usado para describirlas no nos sirven ya por los cambios de tiempo y circunstancias. Han aparecido formas nuevas que pueden servir para encarnar la sustancia de las cinco virtudes.
1. Sencillez
En algunos aspectos la sencillez es la más fácil de recuperar. Gandhi’s Truth (La verdad de Gandi), como dice el título de la sicobiografía de Erik Erikson, apela con mucha fuerza a los jóvenes de hoy. La virtud que más le gustaba a san Vicente, su «evangelio», tiene aún mucho atractivo. En el mundo moderno puede tomar muchas formas. Sugerimos algunas.
a) Decir la verdad. La sencillez significa hoy, lo mismo que en el tiempo de san Vicente, decir las cosas como son.
La verdad es un concepto clave. Forma la base de varios sistemas filosóficos y teológicos. Para el aristotelismo y para la filosofía escolástica la contemplación de la verdad es el valor más alto. Desde la perspectiva personalista la verdad es la base de la confianza, que es a su vez la base de todas las relaciones humanas. Por otro lado, la falsedad destruye la confianza y hace imposibles unas verdaderas relaciones humanas.
Decir la verdad y dar testimonio de la verdad son valores cristianos básicos, sobre todo en el evangelio de Juan. Jesús es la verdad (4, 6). El hombre que obra en la verdad llega a la luz (3, 21). Cuando venga el Espíritu nos guiará a la verdad plena (16, 13). La verdad nos hace libres (8, 32). Jesús ha venido a dar testimonio de la verdad (18, 37). Todo el que pertenece a la verdad escucha su voz (18, 37).
Pero la experiencia demuestra que es muy difícil que nuestro sí signifique sí y nuestro no signifique no. (Mt 5, 37; cf. Sant 5, 12; 2 Cor 1, 17-20), como dice Jesús. Precisamente porque Jesús dice verdad sus enemigos no le creen (Jn 8.44). Por último, muere por la verdad.
San Vicente nos recuerda por otro lado que los que dicen verdad atraen poderosamente a los demás. Intuimos espontáneamente que no tienen nada que ocultar, que no tienen agendas escondidas. Son verdaderamente libres, y es por eso más fácil relacionarse con ellos.
Pero el decir siempre la verdad es una asignatura muy difícil. Nos sentimos tentados a difuminar la verdad cuando nuestro interés está en peligro o cuando la verdad nos resulta embarazosa. También resulta difícil ser veraz y fiel a las palabras propias, a las promesas, a los compromisos. Cuando hacemos una afirmación de presente, es o verdadera o falsa en el instante mismo. Pero cuando ofrecemos un compromiso para el futuro será sólo verdadero en la medida en que lo sigamos firme. En este sentido verdad quiere decir fidelidad. Jesús verdadero para nosotros precisamente en este sentido. Promete estar, está siempre con nosotros hasta el final mismo. En este sentido nos irle que seamos veraces en relación a los votos, a la amistad, a nuestros compromisos concretos para servir a los demás.
Decir la verdad es especialmente importante en la relación que llamamos «dirección espiritual». Escogemos un «alma hermana» para que, con su ayuda, crezcamos en la vida del Señor y en el discernimiento de lo que promueve su reino. Es vital, por tanto, que esta relación se caracterice por una apertura libre y por un evitar que haya «rincones oscuros» en nuestras vidas. Ningún hombre es una isla. Necesitamos que otros nos reflejen, como en un espejo, lo que está sucediendo en nuestro camino hacia el Señor (cf. el segundo cambio de perspectiva que vimos arriba). La calidad de esa relación de dirección espiritual dependerá en buena medida de la sencillez con que nos manifestamos.
b) Dar testimonio de la verdad. Este aspecto de la sencillez es muy importante. La gente admira espontáneamente a los que viven lo que creen y lo que dicen. Un estudio muy completo de la Asociación de Escuelas Teológicas’ de Estados Unidos y Canadá reveló que la cualidad que más apreciaba la gente en los ministros de la iglesia era la autenticidad, el ser genuino. Este parece ser un deseo de todo tiempo. El lector recordará en Chaucer la alabanza del clérigo en los Cuentos de Canterbury:
Este noble ejemplo daba a su rebaño: primero hacía, y luego enseñaba.
En un tiempo en que tantos jóvenes han perdido la confianza en las autoridades civiles y religiosas por su corrupción y por su duplicidad comprobada (por ej., Watergate e Irangate en Estados Unidos, las revelaciones sobre las vidas y tren de vida de la familia Marcos en Filipinas y de la familia Ceaucescu en Rumania), los que de verdad viven lo que dicen hablan con más fuerza moral que nunca.
Este tipo de sencillez es también muy atractivo en el mundo moderno. A los jóvenes les encantan las personas que son «reales», «genuinas». Estas palabras no son más que términos modernos para referirse a la sencillez.
El ser genuino aparece a los demás como integridad personal, una transparencia que desvela la riqueza interior. Sirve de seguridad a los demás de que pueden fiarse de nosotros. Como lo expresa Shakespeare:
Esto ante todo: sé veraz contigo mismo
y sucederá, como la noche al día,
que no serás falaz con ningún hombre.
c) Buscar la verdad. El ser «real» o ser genuino hoy, como se deduce del primer cambio de horizonte descrito arriba, puede pedir de nosotros el que admitamos estar tanteando en busca de la verdad, que no estamos seguros acerca de la verdad, o que hay verdades complementarias. Esto es aún más necesario en un mundo en el que ya no es posible el tener conocimiento de todo.
Tenemos conciencia de ser peregrinos. La vida es una peregrinación, un proceso continuado. Así es también la búsqueda de la verdad. Vamos apresando la verdad gradualmente, no podemos capturarla en una simple intuición. Nuestros intentos de expresarla verbalmente son siempre limitados y perfeccionables. Tampoco se la posee de una vez para siempre, sino que la construimos paso a paso. Cuanto más descendemos en el pozo descubrimos mejor su profundidad. Debemos por ello dedicarnos a buscar, perseguir, encontrar la verdad. Esta virtud, que Bernard Háring denomina «dedicación a la verdad», se manifiesta en saber escuchar, reunirse y discutir con otros, leer, educación continua.
d) Estar en la verdad. Esto es lo que se ha llamado tradicionalmente rectitud de intención, pureza de corazón, referir todo a Dios. Es una entrega total al Señor y a su reino. Desde este punto de vista, cuando el sencillo obra, obra porque ama a Dios y porque ama a sus fieles. No obra para que se le den altas posiciones, ni buscando la admiración o el dinero si hace algún trabajo extra. Cuando una persona sencilla se da cuenta de que sus motivos son ambiguos, los expone a otro y busca su ayuda para discernir el motivo real de su obrar. Sabe que es imposible tener siempre una total pureza de intención, pero intenta que el amor de Dios y el servicio al prójimo sean el motivo dominante en todo su obrar. Si, como se mencionó en el cuarto cambio de perspectiva, Jesús se esforzó por conocer la voluntad de su Padre y rechazó otros motivos opuestos cuando se decidía a llevarla a cabo, el sencillo debe hoy sufrir y pasar por una lucha semejante.
Como algo que nos ayudará a crecer en este estilo de sencillez sería muy útil examinar de vez en cuando los valores diversos que entran en competencia en nuestras vidas. Comodidad, poder, popularidad, seguridad económica, todos ellos pueden competir muy su-tilmente con el amor de Dios y el amor al prójimo. A veces estos motivos secundarios coincidirán con motivos más puros (como cuando la gente por la que trabajamos nos admira y responde con afecto hacia nosotros). Pero cuando hay conflicto entre unos motivos y otros ¿estamos dispuestos a sacrificarnos?
e) Practicar la verdad (en el amor). Esto quiere decir hacer obras de justicia y de caridad, trabajar porque la verdad esté viva y sea creativa en el mundo. Significa hacer viva la verdad en la práctica. Significa hacer carne de nuestra palabra, dar al evangelio una forma vital concreta. La verdad no puede ser meramente verbal, tiene que ser vivida. No basta hablar de compromisos en favor de la justicia; debemos llevarlos a la práctica cada día. No basta predicar el evangelio; hay que vivirlo en el amor.
Desde este punto de vista la sencillez quiere decir que cuando predicamos la justicia debemos también vivirla. Cuando predicamos solidaridad con los pobres debemos también vivir en solidaridad con los pobres. Cuando animamos a otros a vivir una vida sobria, debemos vivir sobriamente. Cuando decimos que somos célibes, debemos vivir como célibes. Cuando anunciamos los medios para la paz debemos actuar como trabajadores por la paz.
O Integración. Sencillez en este sentido quiere decir integridad personal, la capacidad de reunir de forma unificada los variados aspectos de la vida, trabajo, oración, comunidad, soledad, descanso. Los jóvenes hablan hoy de «ser enteros». La literatura educativa de hoy pone mucho énfasis en la integridad como el objetivo de todo el proceso de formación:
Martin Buber cuenta una historia notable que ilustra la importancia de la integración:
Un discípulo del rabí de Lublin ayunó en cierta ocasión desde un sábado al siguiente. El viernes por la tarde empezó a sufrir una sed tan fuerte que creía morir. Vio un pozo, se acercó a él y se dispuso a beber. Pero se dio cuenta de repente de que por una sola hora que tenía que aguantar estaba a punto de arruinar el sacrificio de toda la semana. No bebió, y se marchó del pozo. Entonces le entró un sentimiento de orgullo por haber superado la difícil prueba. Cuando se dio cuenta de ello se dijo a sí mismo: «Es mejor que vuelva y beba que dejar que mi corazón caiga en el orgullo». Volvió al pozo, pero justo cuando se iba a agachar para sacar agua advirtió que la sed había desaparecido. Cuando comenzó el sábado fue a la casa de su maestro. » ¡Petachos!» le dijo el rabino cuando cruzaba el dintel».
La persona en verdad sencilla llega a ser «un alma integrada». Su vida ya no es una serie de «petachos», sino que es toda de una pieza. El amor de Dios y el amor al prójimo se fundan en una sola cosa.
g) Sencillez de vida. Igual que en tiempo de san Vicente, hoy la sencillez tiene consecuencias en relación con el estilo de vida. Algunos escritores de hoy prefieren decir «sencillez de vida» que «pobreza» al hablar del contenido del voto. Cualquiera que sea la terminología nuestro compromiso con la comunidad para el servicio de los pobres incluye necesariamente un compromiso con el estilo sencillo de vida, a través del cual participamos, algo al menos, en la experiencia de los que viven en necesidad. Se dirán más cosas sobre esto al hablar de la mortificación (y más adelante al hablar del voto de pobreza).
Pero la sencillez en la forma de vida no se debe confundir, como a veces se hace, con una apariencia vulgar o falta de belleza (o, aún peor, con falta de limpieza). Por el contrario la sencillez implica belleza a la vez que la pone en relieve. La sencillez es una de las características del arte auténtico. Las obras maestras de la pintura, de la escultura, del diseño, de la música, aun cuando son complejas, mantienen una sencillez radical que reside en el corazón mismo de su belleza. Por ello es muy importante cultivar el sentido de «lo bello» en nuestras vidas. En especial los lugares y formas de nuestra oración (el canto, los modos de recitar los salmos, las imágenes, etc.), aunque sencillos, deben ser «bellos para Dios».






