Las cinco virtudes características ayer y hoy: mortificación (VI)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Robert Maloney · Year of first publication: 1993 · Source: CEME.
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29PRT4. Mortificación
No es nada popular el hablar hoy de mortificación. La mortificación se está convirtiendo en lo que Karl Rahner denomina «una verdad olvidada». Naturalmente que todo el mundo se retrae de todo lo que signifique muerte. Además, los cambios de perspectiva sucedidos desde el tiempo de san Vicente (cf. especialmente el quinto cambio descrito arriba) hacen aparecer hoy algunas de las prácticas que él recomienda como sin sentido y totalmente extrañas. Estos mismos cambios hacen que los jóvenes pongan en cuestión incluso las fundamentaciones teóricas de la enseñanza tradicional acerca de la mortificación. No aceptan la nítida división del ser humano en animal y racional, con el pecado dominando el lado animal (¿pero no el lado racional?). Preguntan: ¿por qué no detenerse a oler la flor a lo largo del camino? ¿por qué no mirar a la belleza de Dios en la creación? ¿cómo no mirar con gratitud al amor que nos dieron nuestros padres?
Pero a la vez, curiosamente, algunos de los escritores modernos más populares recomiendan disciplina, que es una forma de mortificación, con toda fuerza. Gandhi dice que sin disciplina y oración no se puede conseguir nada. Erich Fromm dice que la disciplina es el primer paso en la práctica del amor. Dietrich Bonhoeffer describe la disciplina como uno de los estadios en el camino de la libertad.
Al tratar de recuperar el valor implícito en la mortificación parece mejor admitir con franqueza que un cambio de perspectiva teológica (cf. sobre todo el tercero, el quinto y el sexto cambio de perspectiva) ha hecho que algunas de las prácticas que recomendó san Vicente no tengan hoy sentido, y de que parte de sus ideas en relación a este tema estén superadas y que sean unilaterales. San Vicente tenía una actitud mucho más negativa hacia la realidad creada que la que tenemos nosotros. Cuando recomienda dejar de lado la flor que aparece a lo largo del camino como una manera de mortificarnos, el hombre y la mujer de hoy se preguntan con razón por qué no se ha de poder coger, olerla, admirar su belleza y alabar a Dios como a su creador.
Pero se debe admitir que san Vicente comprendió muy bien la importancia de la mortificación. Junto con todos los santos él creía al Señor que dice que para ser seguidor suyo deben negarse a sí mismos. Ofrezco las ideas que siguen como un intento de recuperar el valor de la mortificación para el mundo moderno.
a) La mortificación supone renunciar a una cosa buena para conseguir otra mejor.
En este sentido, la mortificación es «ascetismo funcional», para usar la frase Karl Ranher20. Se practica la mortificación por razón de otra cosa o de otra persona, «por mí y por el evangelio». Renunciamos a cosas buenas no porque pensemos que son malas. Admitimos que son buenas mientras renunciamos a ellas, pero porque buscamos algo aún mejor. Uno puede dejar de fumar porque quiere tener buena salud, o moderar la bebida o dejarla del todo para mantener la lucidez de pensamiento, juicio y acción. Se abraza la vida célibe para estar «libre para el Señor» o para dedicarse exclusivamente al servicio del reino dondequiera que me quiera el Señor, o para entregarse a una vida de oración. Se renuncia a las posesiones materiales para compartirlas con los pobres o por hacerse solidario con los pobres participando de su condición. Se renuncia a la libertad de escoger lo que uno puede hacer para optar por una vida en comunidad y unirse a otros en una vida común y un proyecto compartido. En este aspecto el fin de la mortificación es elegir y construir su propia personalidad.
b) La mortificación incluye el conocer nuestras metas y el canal izar nuestras energías, que son limitadas, para conseguir esas metas.
No podemos hace todo en este mundo, pues somos muy limitados. Sólo alguno que otro puede ser un gran pianista, o una estrella del baloncesto, o un gran actor. Nadie posee todas estas cosas juntas. Adquirirlas lleva mucho tiempo y mucho trabajo disciplinado. El tiempo que se necesita para ser un gran pianista no deja lugar para intentar ser un gran jugador de baloncesto o un gran médico.
Es por ello imperativo que una persona sepa cuáles son sus metas, y que se dedique a conseguirlas con una gran disciplina. Por eso dice Jesús que nadie puede ser su discípulo a no ser que renuncie a su casa, esposa, padre, madre, hermano, hermana, y a todas las cosas por él y por el evangelio. Si nuestro ideal más importante es seguir a Jesús, entonces nuestra relación con todo lo demás debe ser orientada a la luz de ese ideal.
c) La mortificación es también «entrenarse para la muerte», por usar otra expresión de Karl Rahner. Es la renuncia definitiva. Exige que nos desprendamos de la vida, nuestra posesión fundamental. Las limitaciones que experimentamos como criaturas nos llevan a renunciar a tinas cosas para poder perseguir otras con mayor dedicación. Sólo la persona entrenada en este arte será capaz de entregarse a sí misma al Padre en un acto final de renuncia, como hizo Jesús: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46). Una cristología «desde abajo» (cf. el cuarto cambio de perspectiva) pone en relieve la lucha que experimentó Jesús en su agonía y nos invita a entrar en ella junto con él.
d) A la luz de lo que se ha dicho, mencionemos algunas formas que puede tomar la mortificación en el mundo de hoy. La lista no es exhaustiva en modo alguno; al contrario, el autor confía en que el lector encontrará aquí un estímulo para pensar en otras formas.
1. Estar dispuesto para responder a las necesidades de la propia comunidad y a las del pueblo de Dios, sobre todo aceptando destinos. Las llamadas del pueblo de Dios son muy importantes. También lo son nuestras cualidades y talentos. La mayor parte de las comunidades religiosas de hoy intentan adaptar los trabajos a las capacidades de los individuos. En este tema es necesario que estemos abiertos a lo inesperado. Con frecuencia el tener que responder a situaciones nuevas extrae de nuestro interior recursos personales que ni sabíamos que poseíamos.
2. Ser fiel a las obligaciones de nuestro estado de vida, preferirlas cuando entran en conflicto con otras cosas más agradables. Esto es más difícil de lo que parece a primera vista. Es muy importante saber cuáles son los valores fundamentales en nuestra vida: apostolado, oración, comunidad, estudio, etc. La experiencia muestra que todas estas cosas son menos atractivas que otras opciones, sobre todo a la larga, y sobre todo si las otras opciones ofrecen una gratificación inmediata. Cosas como el ver la televisión pasivamente o el malgastar gran cantidad de tiempo con amistades agradables pero insípidas (lo que se denomina hoy «compañía protectiva») nos pueden fácilmente distraer de los valores fundamentales de nuestra vida.
3. El trabajar duro, como lo hacen los criados. Buena parte del trabajo que hacen los religiosos no está regimentado. Nuestro tiempo es nuestro para que lo usemos responsablemente. El hacer esto exige disciplina, o se malgastará mucho el tiempo.
4. Levantarse temprano por la mañana para alabar a Dios y animarnos mutuamente en la oración compartida. San Vicente tenía convicciones muy fuertes en este punto. El creía que sin oración (y sin levantarse pronto para la oración) su comunidad dejaría de existir. Es muy importante orar de una manera disciplinada, dar a la oración su tiempo aparte cada día, y ayudar a los demás a hacer lo mismo.
5. Ser muy sobrios en tener o aceptar posesiones materiales, tales como ropa, dinero u otras cosas. En otras palabras, un estilo de vida sobrio y sencillo. Esto es lo que Karl Rahner denomina «ascetismo consumista». Este tipo de ascetismo es muy difícil en nuestra sociedad y es también muy diferente de lo que la sociedad busca de nosotros a través de la propaganda. El mundo de hoy nos está diciendo continuamente a través de los anuncios que siempre es mejor tener más.
6. Disciplina en el comer y beber, y evitar todo tipo de preocupación por lo que hemos de comer o de beber. En esto la clave es la moderación. Es cosa muy buena liberarse de la preocupación por la comida. San Vicente era exigente en este punto. Recomendaba no comer fuera de hora. Esto puede ser también hoy una práctica ascética como ayuda para mantenerse en buena forma física y en el peso justo.
7. Usar de moderación y del sentido crítico hacia la televisión, la radio, el cine y otros medios de comunicación. En el mundo moderno se dilapida mucho tiempo. Hay demasiadas distracciones pasivas. Se traga sin ninguna crítica demasiada violencia y licencia sexual. Una de las consecuencias de esto es que la vida de mucha gente tiende a ser como la de las estrellas que ven en las novelas televisivas. Lo que entra en nosotros a través de los sentidos, sobre todo si es a través de un hábito largo, influye sin remedio en nuestra conducta poco a poco.
8. No pedir privilegios o buscar excepciones a lo que pide la norma. Las normas se dan por el bien común. En las comunidades religiosas de hoy se dan además después de muchas consultas. Suelen ser además poco numerosas. Ayudará mucho al bienestar comunitario si mantenemos y practicamos las pocas normas que se tengan.
9. Abstenerse de críticas y de observaciones que dividen. Esto es una gran ayuda para una vida de caridad. San Benito decía que la murmuración es el gran vicio de los monasterios. San Vicente pensaba lo mismo. Es una idea muy saludable el abstenerse de críticas que no sean constructivas, y exponerlas a quienes pueden hacer algo acerca de ellas.
10. Tratar igualmente con los que nos agradan menos que con los que nos son más atractivos. Esto ayuda mucho a una verdadera vida en común. Somos hermanos y hermanas en el Señor. Por supuesto que siempre nos sentiremos más cercanos a unos que a otros. Es importante tener amigos íntimos y verdaderos. Sin embargo, también es importante no excluir a nadie de nuestra compañía y tener siempre amistades abiertas de las que no se excluye a nadie.
11. Dar nuestro tiempo generosamente para participar en los sistemas actuales de tomar decisiones (e. g., reuniones, cuestionarios, cartas de consulta). Este es un aspecto importante del ascetismo moderno. Algunos lo llaman «el cilicio de hoy». Es hoy un aspecto de la obediencia el participar (cf. el tercer cambio de perspectiva). Esto no es sin más un lujo. Ni tampoco es el privilegio de unos pocos. Todos son llamados hoy a participar en el proceso de toma de decisiones y a vivir una obediencia responsable. Se nos pide expresar abiertamente nuestras opiniones. Esto consume mucho tiempo y es a veces penoso. Es por ello para muchos una gran mortificación.

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