La vida fraterna en comunidad

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Marie-Bernard Wargnies, H.C. · Year of first publication: 1995 · Source: Ecos de la Compañía.
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daughters_charity«La regla de las Hijas de la Caridad es Cristo», Cristo encarnado, que tomó la naturaleza de hombre y se inculturó hasta el punto de asumir todas las dependen­cias de la humanidad, empezando por la de la cultura de su país, de su tiempo y de su pueblo.

Antes de abordar lo específico de la vida comunitaria de las Hijas de la Ca­ridad, querida y adoptada para la misión, bueno será que recordemos algunas nociones básicas de la vida de relación entre personas humanas: porque, ¿cómo hablar de vida fraterna en comunidad si no tenemos ideas claras acerca de nuestra capacidad para entablar relaciones humanas? Esta capacidad es uno de los puntos imprescindibles para discernir una vocación a la vida comunitaria. ¿Cuáles son, pues, las condiciones mínimas para que se dé una vida en común, ya se trate de la vida en el barrio, de la vida profesional, de la vida de asocia­ción…?

En primer lugar, hay que querer una vida en unión con otras personas, con el deseo de construir algo. No se trata de vidas yuxtapuestas, de vidas «montadas» en unos raíles que siguen su camino sin coincidir con nadie, sin encontrarse con nadie. Es preciso elaborar juntos un proyecto que podrá llamarse programa, re­glamento, estatutos… —en nuestro caso, proyecto comunitario  y que se acepte la presencia operante de un responsable, presidente, jefe…, etc.

La vida en común requiere cualidades humanas y un minimum de reglas de urbanidad para vivir juntos:

  • facultad de observación: saber mirar al otro, saber mirar en torno a sí;
  • saber escuchar para llegar a tener un conocimiento cada vez mejor del otro;
  • disponibilidad: saber poner su tiempo a disposición de los demás;
  • respeto al otro en su diferencia;
  • humildad: no querer tener siempre razón en todo;
  • buena educación, cortesía;
  • discreción, que evita los actos de curiosidad y las murmuraciones;
  • paciencia: para el entendimiento mutuo, la aceptación de la diferencia, las renuncias continuas que todo esto conlleva;
  • decisión firme de practicar la benevolencia —verlo todo bien y juzgarlo bien: evitar el hablar de los demás, sobre todo en sentido negativo y en su ausencia;
  • voluntad de perdón —otorgado y recibido, voluntad de indulgencia recíproca;
  • buen carácter o, al menos, intentar la igualdad de carácter;
  • buen humor: una buena dosis del mismo arregla muchas cosas.

Todo esto puede parecer un cuadro ideal —o idealista—. Sin embargo, cons­tituye la base de una vida compartida, sobre todo cuando en ésta se engarza un servicio duro. Tratemos de utilizarlo para una «revisión de vida», preguntándonos cuál de estos puntos podría suprimirse sin inconveniente.

I. La vida fraterna en comunidad de las Hijas de la Caridad

Es el servicio a Jesucristo en los pobres el que hace —en el sentido pleno de la palabra— a la Hija de la Caridad. La vida fraterna en comunidad la quisieron los Fundadores con miras al servicio a los pobres. Está reconocida como tal por la Iglesia que nos «clasifica» en las Sociedades de Vida Apostólica 2.

Sin olvidar el tema de la inculturación, recordemos el nacimiento de la Pequeña Compañía. A las primeras jóvenes que se presentaron a los Fundadores se las enviaba a servir a los pobres en las diferentes parroquias bajo la autoridad de las señoras 3. Santa Luisa las formaba y las acompañaba tanto como le era posible. Pero como su número iba aumentando, pronto se dio cuenta del peligro que el sistema seguido representaba ante todo para la unidad del servicio a los pobres. Vio también que el aislamiento no era bueno; que aquellas jóvenes corrían el riesgo de desalentarse al encontrarse solas una vez terminado su servicio, solas en un ambiente cultural tan diferente al de sus raíces; o bien corrían el riesgo de verse tentadas a salirse de su clase social, perder su condición de sirvientas y tratar de alzarse al medio cultural de las señoras. Esto hizo reflexionar a santa Luisa y afirmarse en su voluntad de reunir a aquellas jóvenes.

En este deseo, se veía guiada por el Espíritu Santo, recordando la intuición de la Luz de Pentecostés: «Se me advirtió… que llegaría un tiempo en que estaría… en una pequeña comunidad en la que algunas harían lo mismo. Entendí que sería esto en un lugar dedicado a servir al prójimo; pero no podía comprender cómo podría ser, porque debía haber (movimiento de) idas y venidas». Era un interro­gante para santa Luisa porque en la cultura de aquel tiempo, incluidos los prin­cipios de la Iglesia, no podía imaginarse lo que iba a ser el estilo de vida de la Pequeña Compañía. San Vicente tardó en acceder al deseo de santa Luisa. Lo hizo al término de unos Ejercicios Espirituales, tiempo del Espíritu.

Los Fundadores quisieron la vida comunitaria a imitación de la unión de las tres divinas Personas en la Santísima Trinidad’.

Según San Vicente, la vida fraterna en común es una condición absoluta de nuestra vida de Hijas de la Caridad. Alimenta y fortalece la misión de cada una, de la misma manera que la misión alimenta y fortalece la vida fraterna. En ella se rehacen de continuo las fuerzas. El servicio es el que da sentido a la vida comunitaria, que sin él no tendría razón de ser. Porque no nos reunimos para «estar a gusto juntas». Del mismo modo, la vida de oración forma parte integrante de la vida fraterna y le comunica todo su sentido de testimonio evangélico. Tal es el «trípode» inseparable de nuestra unidad de vida, que quedaría rota si le faltara uno de esos elementos.

Esta vida fraterna en común abarca todos los aspectos de la vida. Se extiende:

  • a las condiciones materiales de la vida, y no sólo al alojamiento, comida, pre­supuesto… porque tiene que tener en cuenta las modalidades del voto de pobreza y la voluntad de compartir con miras a una cercanía a los pobres;
  • a la relación afectiva: nuestro corazón pertenece a Jesús y por El, a los pobres. Lo que no nos impide amarnos, «querernos mutuamente». Esta relación entre nosotras, regulada por el voto de castidad, bien comprendido, dispone el corazón para las amistades verdaderas, fuertes, sin exclusivismos, que ayudan a crecer;
  • a la vida espiritual: nuestras comunidades son comunidades de fe, en las que no nos elegimos. Están constituidas con miras al servicio de  Jesucristo en los pobres. Son comunidades de «llamadas» —cada una y todas para honrar a Nuestro Señor Jesucristo y servirle en el pobre. Ese es el fundamento de la oración en común. No se trata sólo de estar reunidas en un mismo lugar, a una misma hora, sino de hacer de nuestra oración el apoyo y el motor de nuestra vida fraterna y de nuestra vida de servicio.

María está presente en la vida de nuestras comunidades. Está en medio de nosotras, como lo estaba en el Cenáculo, esperando con los apóstoles la venida del Espíritu de unidad y de amor. Está presente desde los comienzos de la Compañía, según el deseo de san Vicente y de santa Luisa. Nuestras Constitu­ciones nos invitan a que la reconozcamos como «Maestra de vida espiritual». La C. 2. 16 requiere que la meditemos hoy de manera especial, más que nunca. María está igualmente presente en el corazón de tantos pobres, acogiendo su oración sencilla. Santa Catalina, que fue favorecida con la intimidad de María, supo hacer que los más pobres la amaran, y la tenemos dispuesta a ayudarnos en la continuación de esta misión.

Nuestra vida espiritual queda enriquecida por los intercambios comunitarios: de oración, sobre el Evangelio, las Constituciones, textos de la Iglesia o de la Compañía o de actualidad, etc. Intercambios comunitarios que no deben desen­carnarse ni intelectualizarse, sino ser apostólicos, concretos, útiles, en una pala­bra, para nuestra vida diaria.

Nuestra vida de trato con Dios no es facultativa: es indispensable para funda­mentar la vida fraterna con miras al servicio. Muchas de nuestras dificultades comunitarias quedarían allanadas sin duda alguna, si fuéramos más profundamen­te mujeres de oración, mujeres de contemplación, capaces de cifrar en Dios, y confiárselas a El, nuestras alegrías y nuestras dificultades, nuestros temores y nuestros interrogantes con relación «al otro», a todos los otros, a mi prójimo más próximo… convencidas de que es Dios quien comunica vida a nuestra misión.

Por último, nuestra vida fraterna se quiere y se busca para la misión. La cola­boración efectiva, diaria, en el mismo oficio, es ahora, quizá, menos corriente que en otro tiempo, dada la forma actual de los servicios y la escasez de vocaciones en muchos países. Pero esto no impide en modo alguno la ayuda mutua en el trabajo o, cuando menos, la voluntad de comprensión, de comunicación en la búsqueda de un servicio de mejor calidad, poniéndose juntas a la escucha de las necesidades de los pobres, en el contexto y las condiciones de vida de la comu­nidad.

Los intercambios permiten conocerse mejor y también conocer mejor el entorno humano, sociológico y cultural; todo ello, base indispensable de cualquier incul­turación, primero del servicio y, por ahí, del carisma. Este no puede vivirse plena­mente si no es en una comunidad en la que se acepta la diferencia como una riqueza y no como un estorbo.

Nuestra vida fraterna en comunidad permite compartirlo todo, empezando por la misma vida, con sus alegrías, sus penas, sus tensiones y aspiraciones. Vivida en la condición humana, con sus riquezas y fragilidades, se cimenta en la fe, queda vivificada por la fe. Jesucristo es el Hombre-Dios: a El estamos consagra­das, somos mujeres consagradas.

La vida comunitaria debe ser, en expresión de san Vicente, una «mutualidad», un mutuo entendimiento que sea perceptible a los que contemplan esa comuni­dad, empezando por los pobres: sólo con esa condición será evangelizadora, es decir, anunciará la Buena Noticia del Amor de Jesucristo a los más pobres, a los menos amados por sus hermanos.

II. Condiciones de la vida fraterna en comunidad de las Hijas de la Caridad

No se trata de una proximidad por simpatía ni, menos, de una cohabitación más o menos obligada.

En primer lugar, hay que ser realistas. La comunidad «ideal» no existe: ni por su dimensión, ni por su tipo o estilo —institución o pequeña implantación—; y podemos correr el riesgo de estar soñando con la comunidad que precisamente no tenemos… Nuestra apreciación no pasa de ser subjetiva. La vida fraterna es sin duda el punto más exigente de nuestra vocación, el que requiere por nuestra parte mayor ascesis, mayor entrega de nosotras mismas, de olvido personal, de puesta en práctica concreta de nuestra fe en Jesucristo.

La vida fraterna en comunidad requiere:

  • las cualidades humanas enumeradas al hablar de la vida de relación. Cierto número de comunidades, sobre todo en los países de Misión, son comunidades plurinacionales. Pero, aun en las comunidades de una sola nacionalidad y, por lo tanto, de una misma lengua, las Hermanas encuentran diversidades en la forma de captar una misma cultura, en el interior de un mismo país… Ello supone un mínimum de equilibrio humano, una profundidad en las opciones, en las motiva­ciones, aspiraciones y exigencias de nuestra vida consagrada.
  • la práctica asidua y «penosa»  lo que no quiere decir triste— de las virtudes fundamentales de humildad, de sencillez y de caridad y la de los votos: de pobreza—pobreza de corazón, de tiempo, de dinero—; de castidad, para vivir una vida fraterna expansionada; de obediencia, aceptando, entre otros aspectos, la necesidad de que la vida fraterna en comunidad esté «regulada» por una superiora y que nos conduzca a una obediencia responsable, a la corresponsa­bilidad 18; y, sobre todo, voto de servicio a Jesucristo en el pobre. Si la vida fraterna es querida y se vive en función del servicio, debemos ser conscientes de nuestra responsabilidad, en este aspecto, ante el Señor.

Al tratar de vivir lo más perfectamente posible esas virtudes y esos votos, tenemos que cultivar y hacer crecer en nosotras:

  • el saber escuchar, la aceptación de las diferencias de cultura, de mentalidad, de entorno familiar, de formación humana y profesional; diferencias que permiten el desarrollo de la personalidad, que florezcan asimismo nuestras cualidades de mujeres consagradas, es decir, de mujeres responsables, a todos los niveles, que han asumido los votos con alegría;
  • la cordialidad, el saberse soportar, la tolerancia: el año 1995 ha sido proclamado por las Naciones Unidas «Año de la tolerancia». Recordemos los mensajes del Papa Juan Pablo II hablando de la intolerancia como pecado de nuestro siglo;
  • la discreción: indispensable y vital en comunidad. Pensemos en todos los desastres causados por la indiscreción;
  • el propósito de vivir en coherencia: no esperarlo todo de los demás. Si soy y quiero ser, de verdad, sierva de Jesucristo en los pobres, tengo que empezar por ser sierva de mis Hermanas: es una condición «sine qua non». Si me digo a mí misma que soy responsable de la calidad del servicio de mis Hermanas, tanto como de la del mío, lo pondré todo en juego para que ellas lo asuman con paz y alegría.

Todo esto exige de nosotras la ayuda mutua a todos los niveles, el perdón mutuo y los reajustes necesarios, en particular, la revisión del Proyecto comunita­rio, elemento fundamental de una vida común con miras a la Misión. Si vivimos juntas, atentas a las necesidades de los pobres, si juntas buscamos los medios de acomodar a ellas nuestro servicio, en función del lugar y de la cultura de los pobres a quienes hemos sido enviadas, podremos permitirnos asumir algunos riesgos. Y me parece que nuestra capacidad de arriesgarnos estará en relación con la solidez y coherencia de nuestra vida comunitaria; si no, nuestro caso será como el de la casa construida sobre arena de que habla el Evangelio. Hay tantos Proyectos comunitarios como comunidades, porque el Proyecto comunitario es la encarnación del carisma en un contexto determinado: contexto cultural, social, económico, político, en el que vive la comunidad.

III. La vida fraterna para la misión

La Misión es el servicio a Jesucristo en el pobre.

Como Hijas de la Caridad en y para el mundo de hoy, nuestra misión necesita que conozcamos el mundo que nos rodea, con el fin de poder responder de manera coherente a las necesidades y a las esperanzas de los pobres, hoy, allá donde estamos llamadas a servirlos. La formación y la información nos proporcio­nan ese conocimiento, y nuestros intercambios comunitarios tendrían con frecuen­cia —si no siempre— que tenerlo en cuenta porque de ello depende la calidad de nuestro servicio.

Entre otros fenómenos, hemos de ser conscientes de los cambios que afectan a la vida de todos, inclusive a la de los pobres y a la de nuestras comunidades, en los sectores más diversos:

  • el de la técnica;
  • el de la velocidad, que modifica las nociones de espacio y tiempo, lo que tiene consecuencias que afectan al ser profundo: al nuestro y al de los que nos rodean; consecuencias sobre la estructura de la personalidad: la nuestra y la de nuestros contemporáneos, empezando por la de nuestras Hermanas que, con frecuencia, pertenecen a generaciones diferentes;
  • el de la universalización, que lleva consigo cierta relativización, con riesgo de individualismo, de reivindicaciones de independencia, aunque también un sentido de solidaridad, especialmente entre los más pobres;
  • el de la comunicación que conlleva cambios en la relación entre las personas. Pensemos en los medios de comunicación ultrarrápidos que han surgido en estos últimos años… y no es más que un comienzo. ¿Nos permiten realmente llegar a mejorar nuestras relaciones desde todos los puntos de vista?

Nuestro mundo es un mundo cada vez más secularizado, especialmente en Europa; un mundo cada vez menos jerarquizado, en el que los responsables se hallan cada vez menos distantes, de donde brota una actitud psicológica diferen­te ante el poder; un mundo que aspira cada vez más a que sean reconocidos los derechos humanos, sobre todo allá donde estos derechos se ven desprecia­dos; un mundo de permisividad, en el que los jóvenes buscan puntos de referen­cia: -El joven necesita, para estructurarse, encontrarse frente a frente con adultos que posean una columna vertebral, es decir, que se atrevan a sostener convic­ciones, aun a riesgo de molestar»; un mundo en el que se plantean problemas graves de ética, en el terreno de la genética, de los trasplantes de órganos, de la eutanasia, etc. En resumen, nuestro mundo es un mundo que inquieta y que interpela.

Nuestro mundo se halla en plena evolución, las mutaciones prosiguen y aun se aceleran, conllevando riesgos de desestabilización, de angustia existencial, como lo confirma el número creciente de suicidios y de divorcios. Estos riesgos tendrían que ser otras tantas llamadas a una mayor conciencia de la responsabilidad personal. Pero, en este aspecto también, ¿dónde encontrar puntos de referencia?

Ante estos difíciles problemas, no se puede ser simplistas. La formación, la información, los intercambios comunitarios —que muchos seglares nos envidian nos permiten aprender a distinguir la realidad de nuestras proyecciones persona­les y acostumbrarnos a la vigilancia para no ser víctimas de los medios de comu­nicación que pueden convertirse en una trampa con sus informaciones no objeti­vas, parciales, que llegan del otro extremo del mundo, con una velocidad increíble y cuya veracidad no siempre puede comprobarse.

Estas consideraciones, demasiado rápidamente expuestas, quisieran ser pistas que nos ayudaran a reflexionar, a darnos cuenta de qué manera integramos todas estas mutaciones. En todo caso, nos invitan a que demos cabida al mundo en nuestra oración, especialmente al mundo de los pobres, que es siempre el primero en sufrir las consecuencias de los fenómenos de desestabilización. No obstante, no debemos dirigir una mirada pesimista a este mundo; al contrario, hemos, en cierto modo, de «hacerlo nuestro con realismo y alegría.

Precisamente, es con la alegría con lo que quisiera terminar estas palabras: Cuando Dios hace irrupción en una vida, dice: «¡Alégrate, María…!» «Os traigo una gran alegría…» Jesús empieza su enseñanza con las palabras: «<Bienaventu­rados…»

Nosotras estamos llamadas a anunciar a los pobres la Buena Noticia de que el Reino de los Cielos es para ellos, estamos llamadas «a humanizar la técnica para hacer de ella el vehículo de la ternura de Cristo». ¿Cómo seríamos testigos de la Alegría si no la poseyéramos? ¿Somos felices de ser pobres, más ligeras de equipaje? ¿Nos sentimos abiertas y distendidas en la castidad? ¿Libres en la obediencia, para servir?… ¿Gozosas en la ascesis: «cuando ayunes, perfuma tu cabeza»? Esta alegría nuestra tiene que ser un desafío para nuestro mundo, que con frecuencia la ha perdido. Es un regalo que nos corresponde hacer a los pobres y a nuestras Hermanas.

Esta alegría debe reflejarse en la Comunidad; si somos felices, tiene que verse: la alegría, el gozo es un fruto del Espíritu. Leyendo la Epístola a los Gála­tas, habrán observado, como yo, que todos los frutos del Espíritu están relacionados con la vida fraterna: caridad, gozo, paz, afabilidad, bondad, mansedumbre, templanza… Meditemos con frecuencia este texto.

Conclusión

Nuestra vida comunitaria es evangélica, apostólica. Los Fundadores la implan­taron inspirados por el Espíritu Santo. La encontramos desde la Luz de Pentecos­tés de Santa Luisa hasta su Testamento espiritual:

«Mis queridas Hermanas, sigo pidiendo para ustedes a Dios su bendición y le ruego les conceda la gracia de perseverar en su vocación para que puedan servirle en la forma que El pide de ustedes.

Tengan gran cuidado del servicio de los pobres y sobre todo de vivir juntas en una gran unión y cordialidad, amándose las unas a las otras para imitar la unión y la vida de Nuestro Señor.

Pidan mucho a la Santísima Virgen que sea Ella su única Madre».

Santa Luisa no empieza por desarrollar las cualidades de la sierva —compe­tencia, conciencia profesional, justicia, etc.—. Insiste ante todo en la vida fraterna, convencida de que lo demás se dará por añadidura.

Poco tiempo antes de su muerte, el 16 de septiembre de 1660, san Vicente se dirigió en estos términos a las Hermanas enviadas a Polonia: os enviamos por las presentes a dicha ciudad —Varsovia— exhortándoos a todas a que cumpláis bien con vuestro deber y sobre todo a que viváis en una perfecta unión y obser­vancia de vuestros reglamentos. Esperándolo así de la misericordia de Dios, le suplicamos que El os conserve y os bendiga…«

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