La sociedad rural en la vocación de San Vicente de Paúl (Primera parte)

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José María Ibáñez Burgos, C.M. · Año publicación original: 1976 · Fuente: V Semana de Estudios Vicencianos, Salamanca..
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Permitidme que os declare mi ingenuidad y osadía por haber aceptado el tema que me ha sido propuesto en esta V Semana de Estudios Vicencianos: Lo rural en la vocación de San Vicente. Y como subtítulo: interpretación del fin de la Congregación de la Misión: evangelizare pauperibus maxime ruricolis.

Para haber sacudido mi ingenuidad y limitado mi atrevi­miento, me podía haber acordado, en primer lugar, de la com­plejidad y variación de los accidentes históricos agrupados en torno a las estructuras frágiles del mundo campesino francés en tiempo de Vicente de Paúl. Los elementos de crisis de la coyun­tura histórica revelaron la realidad económico-social del mundo rural. Al mismo tiempo descubrieron el amplio movimiento de disgregación de la economía y de la sociedad campesinas. Y, lo que es más grave, obligaron a muchos campesinos entre 1630 y 1660 a abandonar sus tierras, sus casas y a aumentar conside­rablemente las filas errantes de pobres, mendigos, vagabundos y bandoleros.

El vagabundo se convirtió desde unos años antes de la Fronda hasta el mes de abril de 1656, fecha de la creación por real Edicto del Hospital General,1 en un espectáculo obsesionante. Por todas partes bandas de hambrientos, de mendigos, recorren los caminos y se presentan en las puertas de las ciudades.2 Los vagabundos recorren las provincias, mendigan a las puertas de los conventos. Piden limosnas en las Iglesias, importunan a los bur­gueses en las calles, escandalizan o conmueven con sus enferme­dades, sus súplicas o sus injurias.3 ¿Cómo distinguir en sus filas al cliente de la «Cour des miracles» o a los mendigos profesio­nales del campesino arruinado por los impuestos, por los soldados, por los burgueses acaparadores de tierras y del obrero de la ciu­dad sin trabajo?

Este espectáculo desafió al poder centralizador del Estado moderno, pero al mismo tiempo interrogó a la conciencia evan­gélica de la Iglesia. Inquietó durante algún tiempo a los explo­tadores del mundo rural, pero al mismo tiempo provocó la incer­tidumbre en el magistrado y en el cristiano: ¿el orden o la ca­ridad?.4 El pauperismo y la mendicidad solicitaron el vigor del nuevo cristianismo, pero al mismo tiempo desafiaron a la volun­tad organizadora del Estado.

En segundo lugar, podría haber tenido en cuenta un peligro constante y atenazador, introducido candorosamente en muchos espíritus como bella tentación: ¿no hay síntomas de esta tenta­ción, mejor, de una hipocresía, en las Comunidades «religiosas» al proclamar bien en voz baja, bien a gritos —todo ello reflejo de una angustia—, que el fin de las Comunidades, su originalidad, su especificación, en la Iglesia y en la sociedad se encuentran en la realización concreta de tal o cual función, obra, trabajo? Puesto que dicha hipocresía puede llegar a convertirse en «ob­sesión», me permito señalarla.

Esta sospecha y esta desconfianza mías ¿no están reflejadas, incluso, en la formulación del subtítulo referente al tema que me ha sido propuesto en esta Semana ?

Comprended, pues, que estaba obligado a declararos mi ingenuidad y mi atrevimiento.

Concientización

Para percibir el pasado por el que la Congregación de la Mi­sión mantiene su carnet de identidad y para tomar conciencia del presente, e incluso del futuro, al que se debe abrir, se requiere ha­cer una lectura hermenéutica de la historia de los orígenes de la Comunidad. Esta lectura exige un trabajo crítico referente tanto a las coordenadas socio-culturales de la época de la fundación, como a la inspiración del Espíritu que se transmite a través de ellas. Este trabajo de investigación no se reduce solamente a leer la vida «edificante» del fundador, ni a entresacar el espíritu de los orígenes, debe intentar igualmente descubrir los elementos esenciales a través de los cuales la inspiración primera de la Co­munidad intentaba organizarse, encarnarse en la Iglesia y en la sociedad. Rehuir esta última exigencia sería correr detrás de una abstracción. Una comunidad no puede nacer al margen del tiem­po, del lugar y de las situaciones concretas de la Iglesia y de la sociedad. Más aún, estos elementos esenciales constituyen, en su conjunto, el contexto de la fundación de la Comunidad.

La fidelidad al espíritu del fundador y a los elementos esencia­les de la Comunidad no puede, pues, prescindir del conjunto de las formas sociales en las que dicha Comunidad se desarrolla a través del tiempo, incluso si ellas desaparecen bajo diversos aspectos, debidos a la evolución del contexto socio-cultural.

El proyecto de Vicente de Paúl se enraíza, sin duda, en la ola de miserias y en la sociedad y espiritualidad de su tiempo. Pero terminada la inmensa miseria de los campesinos del siglo xvu francés y evolucionado el contexto socio-cultural no por eso la intención evangélica de Vicente de Paúl pierde su valor. Si esta intención evangélica es válida todavía para hoy, cuando el con­texto socio-cultural ha cambiado, quiere decir que ella incluye, en lo que tiene de más específico, un proyecto de encarnación. Encarnación que expresa de manera privilegiada los elementos esenciales en los cuales se cristaliza el proyecto original de la fundación de la Congregación de la Misión y su integración en la Iglesia y en la sociedad de su época. Lo que quiere decir que la Congregación de la Misión —como todo Instituto o comunidad «religiosa»— es una realidad necesariamente de orden sociológico. Pero no se puede olvidar que una Comunidad se define por un espíritu y un estilo de vida que la condiciona.5 Al mismo tiempo hay que recordar que el espíritu es a la vez el vínculo de unión entre los miembros, la pulsión orientadora de la creatividad y del dinamismo. Vicente de Paúl escribe con realismo el 17 de enero de 1634: «Una Orden exige el mismo fin, los mismos medios y el mismo espíritu».6 ¿Tan frágil es nuestra memoria para haberlo olvidado? ¡Semejante olvido se puede pagar caro! Lo que está en juego no es tanto el querer evolucionar, sino el saber cómo evolucionar y progresar para permanecer fieles en la interpreta­ción de la fidelidad permanente del espíritu del fundador a Dios en Jesucristo.

Esta fidelidad evolutiva es una exigencia vital para la Comu­nidad. El esfuerzo requerido de la inteligencia para conseguirlo debe ayudar a solucionar la tensión entre fidelidad a la intuición primitiva y fidelidad a su tiempo. Cuanto más abierta está la Comunidad al presente, tanto más es remitida a sus orígenes; cuanto más percibe sus orígenes, tanto más abierta está a su tiem­po. Toda vuelta a los «orígenes» hace descubrir la fuerza «revo­lucionaria», el dinamismo, que se encuentra en ellos. Esta aber­tura y este retorno deben hacerse al mismo tiempo para indicar claramente que la intención evangélica de Vicente de Paúl tiene valor permanente. Más aún, es por esta vuelta permanente a sus orígenes por lo que la Comunidad puede estar presente a su tiempo. La tradición de la Comunidad, el espíritu, es la presencia activa de un principio en toda su historia. Trabajo minucioso de reflexión que, por envolver una realidad compleja y profunda, requiere mucha atención y una búsqueda paciente y apasionada.

El mundo rural en la sociedad del siglo XVII francés

En el siglo XVII francés el «estamento» de la sociedad perma­nece el mismo de la tradición. En el reino se hace la distinción entre los que oran, los que luchan y los que trabajan, «estos úl­timos innobles, por ser útiles».7

Estas distinciones tienen su fundamento en la calidad de ser­vicios, reflejan una concepción religiosa y militar de la sociedad y, podría decirse, una economía primitiva. Corresponden por lo tanto a funciones sociales. Pero esta apariencia jerárquica y hie­rática encubre otras realidades producidas por el favor del Rey y especialmente por lo económico.8

Economía y sociedad

Para comprender la Francia del tiempo de Vicente de Paúl (1581-1660), se requiere no olvidar que es un país rural en un 80%. Este país, donde predomina una agricultura no industria­lizada ¿puede alimentar al gran número relativo de sus habi­tantes?.9 Se puede dudar mucho que así fuera. Las grandes «mor­tandades» de 1629 a 1631, de 1648 a 1653, provocadas por el hambre y la enfermedad, son signos que indican con precisión cómo la población tiende siempre a sobrepasar sus propios medios de subsistencia.

Las grandes crisis demográficas de los años 1630 y las de 1648 a 1653 coinciden con las grandes crisis económicas, desencadena­das por un aumento cíclico considerable de los precios del trigo. Por consiguiente no es exagerado pretender que el precio del trigo constituyó un verdadero «barómetro» demográfico y que de la crisis económica de tipo antiguo surgió la crisis demográfica de tipo antiguo. Si la vida y la muerte de los hombres dependen de los precios del trigo, es porque los cereales dominan la eco­nomía y la sociedad. Esto supone que la mayoría de los hombres no puede recolectar suficiente trigo para vivir, o bien no posee suficientes recursos para comprarlo cuando su precio aumenta considerablemente. Como consecuencia del hecho de la orga­nización económica y de la estructura social, los pobres —en el sentido de la época— es decir, los que no tienen pan suficiente para vivir, son diezmados de manera especial por las grandes mortan­dades correspondientes a las grandes crisis económicas. La cri­sis agrícola, agravándose casi siempre con una crisis manufac­turera, provoca la falta de trabajo y, en consecuencia, la falta de salario. Esta crisis agrícola produce entonces una crisis económica y ésta desencadena al mismo tiempo los daños del pan caro, del hambre, del paro obrero, de la miseria y de la muerte. Esta crisis agrícola, en definitiva, provoca siempre una crisis social. Para los pobres, esta crisis significa pan más caro, pero también contrata más difícil. El mundo de los pobres es el de la necesidad, donde la ausencia de reservas, y especialmente de reservas alimenticas, condena a la obsesión del pan diario.

Es cierto que muchas condiciones aparecen en realidad con­tradictorias, incluso inexecrables, cuando se las arranca de una historia vivida en la oscuridad y en el tumulto. Si se trata de si­tuarlas en su contexto vivido, quizás, se esclarecen. Las palabras pobreza, miseria, adquieren sentido cuando un pueblo hace su historia.

La historia política debe interesarse tanto por los grandes acontecimientos, adornados de anécdotas, como por las realida­des, sin las cuales no es posible política alguna: las condiciones económicas del país donde se ejerce, la mentalidad de una opinión que la opone resistencia o la soporta, o que la aprueba y la apoya.

Visto desde lejos el reino de Francia podría ser sencillamente considerado de la siguiente manera: un terreno agrícola rico, pero con un gran estancamiento técnico, una fortuna nacional impor­tante, pero infructífera para el desarrollo del país.

Rutinario o pérfido, el nacionalismo de tantos turiferarios franceses del «Gran Siglo» no podría ocultar un dato fundamental: durante el siglo xvfi la preponderancia económica mundial per­tenece a los Holandeses.10

Richelieu proyecta un programa de reformas casi revolucio­nario para casi todos los asuntos del reino. Proclamado en Fon­tainebleau (29 de septiembre de 1625) y en París (6 de diciembre de 1626),11 adoptado después de la «Journée des Dupes» (18 de noviembre de 1630) 12 y continuado durante la regencia de Ana de Austria por Mazarino, el objetivo de este programa político consiste en «realzar el nombre del Rey en las naciones extranje­ras» y hacerle respetar en el interior. Para conseguirlo proyecta realizar el «Estado Moderno» unificando a las provincias fran­cesas. Por la reforma interior pretende permitir al país adoptar una política de independencia, cuya fuerza y riqueza le permita, quizás, la guerra contra España. Preocupado por el rápido re­troceso del comercio marítimo francés intenta impulsar el des­arrollo del comercio y de la marina por razones ventajosas de orden económico y político para Francia.13

Desgraciadamente en el programa de reformas de Richelieu no aparece ninguna reforma agraria y no se hace nada para sacar del estancamiento a la agricultura. Semejante olvido o desinterés producirá crisis terribles en la sociedad rural y en la vida diaria de los campesinos.

La primera preocupación de Richelieu es salir de una situa­ción precaria —política y económicamente— para llegar a una paz general y segura, pero no piensa poder conseguirlo sin pa­sar por la guerra. Estableciendo una jerarquía de valores en sus acciones, el Cardenal-Ministro instala al reino de Francia en una política de guerra y de despilfarro. Pero esta guerra, decla­rada para asegurar una paz de larga duración, durante la cual el Estado se enriquecería por la potencia del comercio,14 reduce cada día desde 1630 y sobre todo desde 1635 a los campesinos al malestar, incluso a la miseria, endeuda sin cesar al Tesoro públi­co, enriqueciendo demasiado a funcionarios, comerciantes y arren­datarios que poseen cantidades disponibles.15

¿Olvidó Richelieu durante su ministerio lo que conocía per­fectamente en 1626? Nadie lo sabe, pero muy bien se puede dudar que así fuera. Sin embargo, «las nuevas imposiciones, que el pue­blo no podría soportar más»,16 él las aumentó. «Las bolsas de los arrendatarios del patrimonio real con frecuencia llenas del di­nero del Rey», fue él mismo quien contribuyó a llenarlas dema­siado con este mismo dinero del Rey y también fue él quien «cortejó y obligó a cortejar a los financieros».17

Decepcionante o admirable, la política de Richelieu, «asom­brosamente audaz», tendrá un precio: la extrema miseria de un pueblo.

A la muerte de Richelieu (4 de diciembre de 1642), la guerra continúa. El drama social de esta política va a proseguirse todavía durante diecisiete años de guerra: recaerán sobre el pueblo nuevas miserias y nuevas exigencias de la fiscalía real. De 1648 a 1653 la Fronda parlamentaria y la de los Príncipes estalla. La sangre corre por todas partes. Los hombres se matan fácilmente entre sí. En las provincias de Champagne, Picardie y en la Ile-de-France los males crecen y la miseria aumenta cada día.18

Semejante política de gastos diplomáticos, de guerra, de gran­deza, costará cara y será dura de llevar a cabo. Ella implica una contradicción entre lo económico y lo político, que suscita el des­contento en el reino y multiplica las rebeliones populares.19 La política de los Cardenales-Ministros obliga a exigir sin cesar más de sus «súbditos fieles». Todos los grupos sociales son concer­nidos por el monstruoso aumento de los impuestos del Estado, pero los campesinos mucho más que todos los demás. Es cierto que esta política abrió a Francia a mayores y más amplias pers­pectivas, pero no se puede negar que desarrolló todos los meca­nismos destinados a la fabricación de pobres. No llegó a solu­cionar el drama social de la grandeza de un Estado y la miseria de un pueblo.

Los campesinos

La sociedad, lo mismo que la economía y que el Estado, se apoya en la masa más numerosa, más eminentemente productiva, más dependiente: la masa de los campesinos. «Un año de interrup­ción en el cultivo de la tierra hubiese sido la muerte para todos».20 Ellos proporcionan por su trabajo los bienes al país, cultivando un terreno del que poseen bastante menos de la mitad y esta propiedad, al ser de tipo señorial, no es jamás completa. Por añadidura 1/3 de las tierras francesas, pertenecientes al 70% de sus habitantes, está repartido muy desigualmente.21

Las condiciones de trabajo son difíciles, sobre todo si se tiene en cuenta que no tienen ninguna perspectiva de mejorar la manera de realizar los trabajos del campo: sorprende la carencia de es­critos sobre el cultivo del campo y el estancamiento de las téc­nicas agrícolas.

Como toda sociedad, el mundo rural del siglo xvir francés deja aparecer oposiciones brutales y tonalidades muy diversas. Se conoce mejor a los ricos y medianos labradores, que a los obreros del campo, propietarios de algunas áreas, o a los propie­tarios de pequeñas parcelas y arrendadores.

El análisis social del mundo campesino revela, al menos, tres tipos sociales diferentes, a pesar de la aparente unidad de nombre.

Las 3/4 partes de los campesinos —obreros y propietarios de algunas pequeñas parcelas— apenas poseen una décima parte de las tierras cultivables y su situación material oscila entre la penuria y la indigencia. Muchos de ellos deben encontrar otras ocupaciones para poder vivir. Su condición de vida no es fácil; su nivel social es bajo.

Los obreros del campo —»jornaleros»— son frecuentemente muy pobres y de los «más miserables, se ignora casi todo». A veces se les llama «mendigos», aunque tengan residencia. Lo que se sabe con toda certeza por los registros parroquiales, es su muer­te en masa cuando una epidemia pasajera o el «hambre cíclica» aparecen. Ellos constituyen, con los mendigos, el estrato inferior de la sociedad rural y el grupo más numeroso. Tributarios de empleos irregulares forman el mayor número de pobres.22

Continuamente endeudados, estos obreros del campo trabajan en ciertas épocas del año de manera intermitente en las casas de sus acreedores. Los trabajos realizados son banales, pero les sir­ven para pagar sus deudas y ganar algo de dinero. Pero si la co­secha es mediocre, el precio del pan aumenta y el trabajo disminuye. Los menos desdichados no están totalmente desprovistos. Vi­viendo en una habitación, no siempre de su propiedad, ninguno de ellos es capaz de alimentar a su familia con el producto de las pocas áreas de tierra que poseen. Para salir de la miseria perma­nente, a la que sus reducidos bienes parecen condenarlos, algunos se hacen obreros-granjeros. Estos mantienen alguna oveja y una vaca, cultivan algunas parcelas dispersas de los burgueses o pequeños trozos de un campesino ausente. Otros, intentando salir de su miseria, buscan su independencia social y económica convirtiéndose en pequeños fabricantes de sargas o haciéndose cardadores. Esta persecución de independencia arriesga ser más aparente que real. En realidad permanecen siempre obreros, re­ducidos prácticamente a la condición de asalariados con todas las servidumbres del paro obrero, que esta situación lleva consigo en la época. La estructura campesina y social impide a los obreros todo esfuerzo eficaz para salir de su miseria económica y social.

La clásica clasificación del mundo campesino en obrero rural y labrador, olvida a todo un grupo de campesinos bastante nu­merosos en algunas regiones de Francia. Estos poseen pequeñas parcelas de tierra y trabajan otras que arriendan, al mismo tiempo que crían un pequeño número de animales. De esta manera pue­den vivir, aunque bastante pobremente. Estos campesinos ¿son independientes? Se puede dudar mucho que así fuera. Los más favorecidos pueden difícilmente —incluso los mejores años—alimentar de pan a cinco o seis personas. Si la cosecha del año resulta mediocre, estos campesinos no pueden alimentar a su familia. Su apariencia de independencia se limita estrictamente a los años muy buenos. En los años malos no pueden vivir a no ser pidiendo un préstamo y firmando obligaciones, de las cuales di­fícilmente pueden liberarse. En realidad no pueden vivir de sus tierras, de su explotación, de su trabajo, si no es contrayendo deudas.

Los labradores poseen, por lo menos, dos caballos, que, en­ganchados a un arado, les permiten labrar la tierra. Pero en esta sociedad tan formalista, tan sensible a las denominaciones y a las dignidades, la aparente unidad de denominación oculta con mucha frecuencia niveles económicos muy distintos. Hablando de los labradores, es necesario distinguir el mediano y el rico labrador.

Un labrador mediano raramente posee más de una decena de hectáreas. Con su par de caballos, acompañado con frecuencia de una mula, labra sus tierras, ara para sus vecinos más pobres y explota algún arrendamiento que puede igualar en extensión a su propiedad. Interesantes los años buenos, estos arrendamientos constituyen, por el contrario, cargas pesadas los años difíciles, puesto que el aumento del arriendo es constante. El conjunto de su ganado, por término medio, no alcanza proporciones importantes. Mediocres propietarios, medianos arrendatarios, apenas fueron otra cosa que modestos campesinos con un par de caballos.

Otros labradores, que tampoco poseen tierras suficientes para estar ocupados y alimentar a sus familias, buscan un segundo oficio. Gracias a este segundo oficio, algunos alcanzan el nivel de los labradores ricos.

Los estratos superiores de la sociedad rural están constituidos por los labradores ricos, que poseen de veinte a treinta, incluso cuarenta hectáreas, grandes colonos, recaudadores de señorías. Su estudio, sobre todo su existencia, contribuyen a explicar la inco­modidad, la miseria de los campesinos pobres, reducidos, casi, a ser sus deudores y sus asalariados. Ellos nos hacen conocer también las relaciones con los grandes propietarios.

Dada la organización constitutiva de la sociedad rural, cuatro categorías se precipitan sobre el trabajo y el producto de los campesinos: la comunidad rural, la Iglesia, el Señor y el Rey, este último con los más fuertes y variados impuestos. Las exi­gencias fiscales del Estado y de los Señores —eclesiásticos o lai­cos— absorben la mayor parte de las ganancias y reducen a la población campesina, si la venta de los productos ha sido baja y si la cosecha ha sido mediocre o mala, a una miseria extrema, y, con frecuencia, a la desesperación y a la rebelión.

Las rentas estipuladas en especie pueden pagarse más fácil­mente. Para las demás es necesario hacerlo en metálico. Para conseguirlo, los modestos labradores se endeudan siempre con los mismos acreedores. La deuda rural alcanza en el siglo xvii proporciones extremas y contribuye a disgregar la economía y la sociedad campesinas. Es el origen de un proceso de empobreci­miento que afecta gravemente a todos los grupos que viven en el campo, desde el obrero hasta el labrador. El resultado es un amplio movimiento de expropiación que modifica profundamente los equi­librios de la sociedad rural.

El mecanismo «antiguo, complejo pero eficaz», funciona con seguridad. Ha sido descrito en Languedoc, Beauvais, Comté, Ile-de-France… Una mala cosecha, un accidente familiar, llevan a pedir un préstamo. Concluida, registrada, no pagada, la deuda se consolida frecuentemente bajo la forma de renta constituida, transformada en renta perpetua y garantizada por una hipoteca general de bienes raíces. Si se añade una serie de malas cosechas, el aumento de los arrendamientos y de los impuestos del Estado, sin olvidar el paso de los soldados, la deuda de los campesinos aumenta. En el momento de pagar a los recaudadores de la con­tribución rural y de abonar los arrendamientos, los campesinos se ven presa de una multitud de acreedores. A los abusos come­tidos en el acto de la conclusión del préstamo, realizada en pe­ríodos aparentemente favorables de la coyuntura histórica, sigue trágicamente la expropiación de las tierras de los campesinos endeudados por sentencia judicial, cuando la acumulación de las deudas es superior a la estimación de sus bienes raíces.

Las deudas de los pequeños y medianos campesinos terminan por ser el medio de constituir y de aumentar la riqueza, en bienes raíces, de los burgueses parlamentarios y financieros. Acapa­rando y reuniendo parcelas de tierra, preparan las condiciones de su brillante éxito social. Los pobres campesinos, obligados a ven­der una parte de su herencia, para poder pagar sus deudas y en­contrar con qué poder alimentar a sus familias, en los períodos de carencia y de indigencia, terminan por perder su herencia inme­diatamente después de la crisis demográfica. El hambre y la miseria arrancan a estos pobres campesinos sus tierras y les obligan, a veces, a trabajar como arrendatarios las parcelas recibidas en otro tiempo en herencia. Esta conquista urbana y burguesa pro­gresa al mismo tiempo que crecen las deudas de los campesinos.23 Durante el siglo xvn, la burguesía prosigue su ofensiva contra la propiedad campesina. Lo que hacía perder, incluso morir, a unos enriquecía a otros, disimularlo no sería honrado.

Los privilegiados en el campo son los clérigos, los nobles de la Corte, los burgueses, exentos de pagar contribución. Ellos po­seen ordinariamente grandes terrenos y derechos rurales. Estos grupos de la sociedad urbana obtienen importantes réditos de la renta de la tierra y del interés del dinero. La percepción de sus rentas agota la mayor parte del producto de la tierra y reduce a la indigencia y a la miseria a los pequeños y medianos cam­pesinos.

Su pobreza y su miseria

Con anterioridad a la política de guerra emprendida por Richelieu y continuada por Mazarino, antes de las grandes crisis del siglo xvit francés, incluso durante los períodos de relativa pros­peridad, la mayoría de los campesinos franceses vive con gran dificultad: ofrecen el cuadro de una semi-miseria, con algunas pinceladas de bienestar y con fuertes sombras de penuria y de miseria.

Roberto Miron, magistrado de los comerciantes, presidente del «Tercer Estado», presentando el «cuaderno» del Tercer Es­tado el 23 de febrero de 1615, dice: «Los pobres campesinos trabajan sin descanso, gastando… su vida para alimentar a todo el reino… de su trabajo no les queda más que el sudor y la mi­seria…».24

En el «cuaderno» de 1620 de los Estados de Normandía se lee: «A pesar de que el Tercer Estado sea el primer peldaño, la piedra que soporta todo el peso, el padre alimentador de todos los demás, no obstante está considerado como anatema y cosa exe­crable, abandonado de todos, es decir, oprimido por todos; la Iglesia le exige la duma: todos saben cuán indignamente es tratado por los nobles; el impío soldado lo golpea, lo viola, le roba, de­jándole únicamente lo que no se puede llevar; de los hombres de justicia, ¡ni siquiera se atrevería a quejarse!».25

El mismo Richelieu en sus proyectos de reforma de 1625 y 1626 habla de «aliviar a la gente del campo» «sobrecargada» y «arruinada».26

Aun cuando haya que tener en cuenta el tono exagerado de su carta, Gaston d’Orléans escribe desde Nancy el 30 de mayo de 1631 a Luis xin: «…el derroche de vuestras finanzas ha reducido a vuestro pueblo a una necesidad extrema… Os diré solamente lo que he visto. En el campo, un tercio de vuestro súbditos apenas come pan ordinario, otro tercio no vive más que de pan de avena y el tercio restante, no solamente está reducido a la mendicidad, sino que languidece en una necesidad tan lamentable que, una parte muere realmente de hambre, la otra no se sustenta más que de bellotas, hierbas y cosas parecidas, a semejanza de los ani­males. Los menos desdichados no comen más que salvado y sangre que recogen en los regatos de los mataderos. Yo mismo he visto con mis propios ojos esta miseria en diferentes lugares, des­de mi salida de París».27

El 26 de junio de 1633, J. Luis de La Valette escribe desde Burdeos al Canciller Séguier: «…se puede temer que la necesidad extrema en que viven los pueblos suscite algunos malos consejos… la miseria es tan general en todas partes que será imposible, si no hay algún alivio momentáneo, que el agotamiento no conduzca al pueblo a tomar alguna decisión peligrosa…».28

Durante la guerra de Francia contra España la correspondencia enviada al Canciller Séguier desde todas las provincias de Francia, nos presenta un pueblo demasiado cargado de im­puestos y excesivamente arruinado por la brutalidad de los arren­dadores de contribuciones y por las atrocidades de los soldados.29

Guerras e impuestos, incendios y saqueos, acaparadores de tierras y acreedores obligan a los campesinos a abandonar sus casas y sus tierras y fuerzan a crear una población de mendigos y de vagabundos. Las ciudades se convierten en polos de atracción de todos los desdichados y atraen a los vagabundos. El fenómeno se explica: fuera de los períodos de crisis las ciudades atraen a los mendigos, porque si no les ofrecen trabajo, al menos alimen­tan en ellos la esperanza de encontrarlo. En períodos de escasez, las posibilidades de asistencia de que disponen las ciudades, inexistentes en el campo, los atraen. La historia del vagabundo está relacionada con el éxodo rural. El mayor número de vaga­bundos lo forman jornaleros agrícolas. El único medio que tienen las autoridades municipales para liberarse de esta miseria am­bulante y embarazosa, a veces contagiosa, es utilizar la crueldad de la policía.

Resumiendo, se puede decir que, dadas las estructuras de la propiedad campesina y las condiciones de la técnica del tiempo, la mayoría de los campesinos no podía vivir ordinariamente del producto de su trabajo de la tierra y que ninguno de ellos podía sentirse, en tiempo de crisis, resguardado de la miseria.

Sociedad y espiritualidad

Los «espirituales» y los hombres apostólicos del siglo xvu francés toman conciencia de las exigencias requeridas para rea­lizar la obra de reforma. Desgraciadamente no se puede decir que el movimiento de transformación doctrinal, de profundidad de vida cristiana y de purificación moral, comenzado durante el reinado de Enrique rv y continuado durante la regencia de María de Médicis, el reinado de Luis xur, intentará llegar a los habi­tantes del campo. En realidad parece estar reservado, por el con­trario, a un grupo selecto que, en razón de su vida monástica o de la calidad de su formación, era más apta para beneficiarse de la aportación de la nueva doctrina religiosa. Para esta élite, apóstoles, reformadores, consagran lo mejor de su tiempo. Y este «trabajo de orfebre» produce todos los frutos que se tenía derecho a esperar de quienes parecen revelarse los mejores. Con la reforma de las Ordenes antiguas, Francia encuentra el espí­ritu de la cristiandad medieval. A través de las nuevas Congre­gaciones, recoge las exigencias del Concilio de Trento.

Pero también existen los «campesinos que se condenan por no saber las cosas necesarias para salvarse y por no confesarse. «Que si su Santidad, escribe Vicente de Paúl en 1631, conociese esta necesidad, no descansaría hasta que no hubiese hecho todo lo posible por remediarlo».30 El buen Padre Vicente se sentirá siempre en deuda con ellos. El 14 de mayo de 1653 escribe a la duquesa de Aiguillon: «Me parece que ofendería a Dios si no hi­ciese todo lo que puedo por los pobres campesinos».31

En la Iglesia de Cristo sólo hay un Bautismo, un único Sal­vador para todos, incluso si los «Grandes» del siglo XVII decla­ran que «es excesivo el tener con el pueblo la misma religión y el mismo Dios».32 En el Pueblo de Dios, es en los hombres, por los hombres, con los hombres, como se debe buscar a Dios, su reino y su justicia. «Según el camino ordinario, declara perfec­tamente Vicente de Paúl, Dios quiere salvar a los hombres por los hombres y Nuestro Señor se hizo hombre para salvar a to­dos».33

Las causas de esta situación de abandono son múltiples. Por razón de brevedad las reduciré a dos:

  • Ruptura entre el «oficio» y el «beneficio».
  • Ignorancia y mediocridad de muchos sacerdotes.

Ruptura entre el «oficio» y el «beneficio»

En la sociedad del siglo xvii el clero de Francia, corporación tradicional como la nobleza y la burguesía, mantiene una posi­ción y ejerce una influencia que hoy difícilmente imaginamos.

Materialmente se apoya esta situación en el poderío económico y financiero que la Iglesia Católica posee apaciblemente. Propie­taria de una parte notable de bienes raíces, los bienes eclesiás­ticos constituyen la mitad, al menos, del patrimonio nacional.

Y si la economía general no se resiente demasiado por ello, se debe a que el sistema de colación de beneficios eclesiásticos, la comanda, remite la mayor parte de esta riqueza al circuito ge­neral.

Dejando aparte su función espiritual, el clero reune entre sus miembros a personas de origen noble o burgués. Las diversas noblezas pueblan con sus segundones el episcopado y los mejores conventos, en los que viven de sus rentas señoriales y de la tierra, unidad a sus funciones. A estas rentas añaden los beneficios propios de la Iglesia, como el diezmo universal, variable en su tanto por ciento, aunque con frecuencia es inferior al 10%. Los más ricos comerciantes y funcionarios instalan a sus hijos en los numerosos canonicatos urbanos: suntuosos capítulos, generalmen­te muy ricos y muy atentos a sus beneficios temporales. Excep­tuando el bajo clero de los vicarios y de los sacerdotes «habi­tuales», es decir, sin beneficio y sin ministerio pastoral preciso, los párrocos urbanos y rurales gozan de una buena situación en comparación con la mayoría de los campesinos.34

Una segunda consecuencia se desprende del poderío y rique­za eclesiástica: gran número de sacerdotes y religiosos. Un re­cuento realizado con detalle alrededor de los años 1655-1660 acu­sa una proporción de hombres de Iglesia particularmente eleva­da: 260.000 eclesiásticos, 181.000 religiosos y religiosas. Francia no cuenta menos de 152.000 iglesias o capillas y 40.000 conven­tos».35 Desgraciadamente, gran número de sacerdotes, obispos, abades, priores y titulares de beneficios, entran en el estado ecle­siástico y religioso sin vocación. El fenómeno llamado del «beneficio» establece y crea una ruptura entre la función y el estado, el oficio y el beneficio, la virtud y la santidad del titular. Esto explica por qué, a pesar del gran número de sacerdotes y de re­ligiosos, el pueblo del campo está con demasiada frecuencia abandonado.

Ignorancia y mediocridad de muchos sacerdotes

Las parroquias son dirigidas por un clero cuya vocación está mediatizada y condicionada por ambiciones muy terrenas. La formación eclesial de los párrocos es sumamente deficiente. Las consecuencias se reflejan en el bajo nivel moral, que deja poco que esperar y bastante que desear. La estima del sacerdocio pa­dece una crisis muy seria. Es cierto que también existen los bue­nos sacerdotes y los reformadores del clero se apoyan en ellos. Sin embargo el porcentaje de los ignorantes y mediocres es de­masiado elevado.36 Es menester, pues, formar lentamente un clero, capaz de reorganizar las parroquias e impulsar al público a la práctica religiosa e impregnarle de la doctrina adaptada a las necesidades.

No obstante esta situación, se requiere afirmar que, incluso herida, la Iglesia permanece vigorosa. Obispos reformadores, es­pirituales y fundadores, descubren al mismo tiempo un catolicismo coherente en su doctrina y multiforme en su acción.

La potencia económica da a la Iglesia de Francia del siglo XVII una influencia social y un peso jurídico que se manifiestan en una voluntad tenaz de exigir sus libertades y defender sus derechos.

La preocupación financiera de la Iglesia es tanto más acu­ciarte cuanto que asistimos al principio del siglo xvii a una dis­tanciación, a una separación de los «estamentos sociales», en razón de la «estratificación social». La nobleza rural, enferma económicamente por las guerras, sufre grandes tensiones por la carencia de dinero. La burguesía comerciante, parlamentaria y de oficios, lucha sagazmente por suplantar a los nobles y por forjarse su éxito social.

En esta coyuntura hay que colocar la vida de Vicente de Paúl. Una parte notable del tiempo tiene que emplearlo en vigilar la gestión de sus finanzas, en asegurarse una cantidad de beneficios o de rentas y en sostener varios procesos. Este aspecto econó­mico y temporal de su existencia había escapado totalmente has­ta hace quince años a los historiadores. Los primeros inventa­rios de archivos notariales, que nos permiten conocer una parte de su vida financiera (como la de otros espirituales y reforma­dores de la época, Pascal, Arnauld) nos entregan su humanidad y nos detienen ante la tentación del angelismo.37 Vicente de Paúl es, quizás, el primer santo que haya tenido sentido de las reali­dades económicas.

Lo interesante es percibir la influencia de las dimensiones económicas y sociales en la historia cultural y religiosa, teniendo en cuenta las causalidades económicas. Al mismo tiempo se re­quiere descubrir los condicionamientos económicos de la Iglesia, del fenómeno cristiano, y su influencia en el plan económico, en el plan político, en el plan cultural.

Vicente de Paúl, atento a las realidades económicas y a las dimensiones sociales, descubre que la «estratificación social» es el medio, el «lugar», en el que el Evangelio encuentra su realiza­ción inteligible y apostólica. Es menester leer y comprender a Vicente de Paúl en el tiempo y no hacer de él un espiritual atem­poral o intemporal. Situarle en su tiempo, interpretarle en el con­texto de su época, es hacerle inteligible para hoy. No puedo leer a Vicente de Paúl fuera de este contexto. Porque, paradójica­mente, cuanto más le comprendo en su tiempo, más siento hoy su actualidad. Por el contrario, si se le fija en unos principios es­pirituales abstractos, en las «verdades eternas», se hace de él una abstracción. Un místico de la acción religiosa, como fue él, no diserta sobre el fondo de su alma; se expresa obrando. Sus palabras no tienen significación por sí mismas. Solamente el mo­vimiento de vida que las forja y las dinamiza puede hacérnoslas interpretar.

  1. Edit du Roi portant l’établissement de l’Hópital Général, publicado en Code de l’Hópital Général de Paris, ou Recueil des principaux Edits, Arréts, Declarations et Réglements qui le concement, ainsi que les Maisons et Hópi­taux réunis á son Administration, Paris, 1786.
  2. FLOQUET, A. P., Histoire du Parlement de Normandie, Rouen, 1840­1842, 7 volúmenes, t. V. p. 592; ROBILLARD DE BEAUREPAIRE, Ch., Cahiers des Etats de Normandie sous les régnes de Louis XIII et Louis XIV. Documents relatifs li ces assemblées…, Rouen-Paris, 1876-1878, 3 volúmenes, t. DI, p. 72; WALTER, G., Histoire des paysans de France, Paris, 1963, pp. 272-274; FEILLET, A., La misére au temps de la Fronde et saint Vincent de Paul, Paris, 1862, p. 133, 143, 194; BOUTIOT, Th., Histoire de la ville de Troyes et de la Cham­pagne Méridional, Paris, 1870-1880, 5 volúmenes, t. IV, p. 98; DIGOT, A., Histoire de Lorraine, Nancy, 1856, 6 volúmenes, t. V; MOUSNIER, R., Lettres et Memoires adressées au Chancelier Séguier (1633-1649), Paris, 1964, 2 volú­menes, t. I, p. 514; t. II, p. 397.
  3. El fenómeno preocupa especialmente en París: cf. Mémoires des pau­vres qu’on apelle enfermés, publicadas en CIMBERT, L., y DANJOU, F., Archives curieuses de l’Histoire de la France depuis Louis XI jusqu’a Louis XVIII, Pa­ris, 1837, 27 volúmenes: La Serie 1-15, 2.»Serie 1-12. Cf. 1.» Serie, t. XI, pp. 273-282, 286; FELIBIEN, M. y LOBINEAU Dom, Histoire de la ville de Paris, Paris, 1725, 5 volúmenes, t. III, p. 596; LALLEMAND, L., Histoire de la Cha­rité, Paris, 1905-1912, 5 volúmenes, t. IV, p. 249; PAULTRE, Ch., De la supres­sion de la mendicité et du vagabondage en France sous l’Ancien Régime, Paris, 1906, pp. 154, 40-46; LORET, J., La muze Historique, t. I (1650-1654), Paris, 1857, pp. 241-242; SouvAL, Histoire et recherches des antiquités de la ville de Paris, Paris, 1724, t. I, pp. 510-515.
  4. En los textos relativos al pauperismo y a la aplicación del Edicto real de 1656 se encuentran las mismas fórmulas, las mismas obsesiones: el pecado, la carne, la perdición, los sacramentos, la salvación: cf. Code de l’Hópital Général, op. cit., p. 262; GODEAU, A., Discours sur l’établissement de l’ Hi3- pital Général, Paris, 1657, pp. 36, 51, 73, 83. Incapaz de solucionar el problema del vagabundeo y del pauperismo, el Gobierno acentúa el carácter represivo de la legislación. El mendigo, que ocupaba a principios de siglo el últimp es­calón del estamento social, pasa a ser un delincuente: cf. Code de l’Ilbpital Général, op. cit., pp. 494-496; cf. CHILL, E., Religion and mendicity in Seven­teenth Century France, en International Review of Social Hystory, t. VII, 1962, pp. 400-425. Es muy interesante consultar los Diccionarios de la época para darse cuenta de esta evolución: cf. Furetiére, A., Dictionnaire Universel, La Haye y Rotterdam, 1690, 3 volúmenes, consúltense las palabras pobre y mendigo.
  5. S.V., IX, 592 (Las siglas S.V. hacen referencia a la obra de Saint Vincent de Paul, Correspondance, Entretiens, Documents: Edición preparada por CosTE, P., Paris, 1920-1925, 14 volúmenes. Los números romanos colo­cados detrás de las siglas S.V. se refieren al tomo y los números árabes a la página de la edición).
  6. S.V., I, 224.
  7. LOYSEAU, CH., Traité des Ordes et Simples Dignitez, Paris, edición de 1620, p. 139.
  8. MOUSNIER, R., Fureurs paysannes, Paris, 1967, pp. 13-41; MOUSNIER, R., LABATUT, J. P.; DURAND, Y., Deux cahiers de la Noblesse (1649-1651). Paris, 1965, pp. 25-49. No se puede olvidar que en el siglo xvn, las funciones pú­blicas se heredan, se compran y se venden. El fenómeno llamado «Vénalité des Offices» se convierte en un verdadero comercio: cf. MOUSNIER, R., La vé­nalité des Offices sous Henri IV et Louis XIII, Rouen, 1945, 2f edición, Paris, 1971. Por esta razón la duquesa de Aiguillon compra en beneficio de la Con­gregación de la Misión los Consulados de Argelia y de Túnez y Vicente de Paúl puede nombrar a los cónsules franceses en estas dos naciones.

    Por otra parte el Rey pasa contrato de los impuestos directos e indirectos del reino con los arrendadores de rentas que le dan una suma global. Estos se enriquecen a cuenta del contribuyente y del Rey. En realidad los financieros tienen una gran influencia en la sociedad y en la política. Richelieu juzga en varias ocasiones que esto es un mal para el Gobierno y para el pueblo, pero no ve la posibilidad de anularlo: cf. RICHELIEU, A. J., DU PLESIS, CARDINAL­Duc DE, Testament Politique (Utilizamos la edición de Amsterdam, 1688), pp. 146-148, 328, 329, 342, 344, 136. Los nobles de provincia se quejan de ello : cf. Cahier des remontrances de la noblesse d’ Angoumis, Cahier des remontrances de la noblesse de Troyes, edición preparada por LABATUT, J. P., y DURAND, Y., Deux cahiers de la Noblesse (1649-1651), Paris, 1965, pp. 80, 82, 134, 149, 153-154, 139, 152, 157, 140, 146.

  9. Es muy posible que la Francia de 1640 haya alcanzado una excepcio­nal densidad de población. Las cifras dadas, más o menos aproximativas, os­cilan entre 18 y 22 millones, cf. TAPIE, V. L., La France de Louis XIII et de Richelieu (Reedición 1952), Paris, 1967, p. 20; MOUSNIER, R., Etudes sur la population de la France au XVII` Siécle, en la Revista XVIIC Siécle, 1952, n. 16, pp. 534-535; GOUBERT, P., Louis XIV et vingt millions de Francais, Paris, 1966, pp. 14, 18, 33; JACQUART, J., Immobilisme et catastrophes, en Histoire de la France rurale, Paris, 1975, t. II, p. 190.
  10. Cf. RICHELIEU, op. cit., p. 13.
  11. Cf. AVENEL, D. L. M., Lettres, Instructions diplomatiques et papiers d’Etat du Cardinal Richelieu, Paris, 1853-1867, 8 volúmenes, t. II, pp. 120­121, 168, 183, 203, 208-211, 301-302, 299.
  12. Cf. MONGREDIEN, G., La Journée des Dupes, Paris, 1961.
  13. Cf. RICHELIEU, op. cit., pp. 13, 8, 49, 299-312, 312-325; AVENEL, D. L. M., op. cit., t. II, pp. 163-165, 290-292, 561-562; t. III, pp. 177-178.
  14. «Es un dicho común, pero exacto, afirma Richelieu, que de la misma manera que los Estados aumentan con frecuencia su extensión por la guerra, se enriquecen ordinariamente durante la paz por el comercio»: RICHELIEU, op. cit., p. 313.
  15. En los últimos días del año 1640, Bullion, Superintendente de Finan­zas, declara su penuria financiera. El tesoro público «necesitaba 32 millones de libras para hacer frente a los gastos del año 1641»: cf. AVENEL, D. L. M., op. cit., t. VI, p. 744.
  16. AVENEL, D. L. M., op. cit., t. II, p. 301.
  17. AVENEL, D. L. M., op. cit., t. II, p. 302.
  18. LLORLS, P. G., La Fronde, Paris, 1961; FEILLET, A., op. cit., JACQUART, J., La Fronde des Princes dans la region parisienne et ses conséquences maté­rielles, en R.H.M.C., 1960, pp. 257-290, La crise rurale en Ile- de-France, Paris, 1974, pp. 643-667; MOUSNIER, R., Quelques raisons de la Fronde. Les causes des journées révolutionnaires parisiennes de 1648 en la Revista XVII° Siécle, n. 2-3, 1949, pp. 37-78, reeditado en La plume, la faucille et le marteau, Paris, 1970, pp. 265-300.
  19. Sobre las causas, significación, actitud del Gobierno central y conse­cuencias materiales de las rebeliones populares en Francia, cf. PORCHNEV, B., Les soulévements populaires en France de 1623 á 1648, Paris, 1963; MOUSN1ER, R., Fureurs paysannes, op. cit., pp. 43-158; Foisu., M., La révolte des Nu­pieds et les révoltes normandes de 1639, Paris, 1970.
  20. HANOTAUX, G., La France en 1614 (Utilizamos la edición de París 1913), p. 398.
  21. Cf. HANOTAUX, G., op. cit., pp. 392-410; GOUBERT, P., Cent mille Provinciaux au XVII’ Siécle, Paris, 1968, pp. 177-252; LE ROY LADURIE, E., Les paysans de Languedoc, Paris, 1966, 2 volúmenes, t. I, pp. 455-461, 489, 490-491; DEYON, P., Amiens, Capitale Provinciale, Paris-La Haye, 1967, pp. 323-338; VENARD, M., Bourgeois et paysans au XVII’ Siécle, Paris, 1957, pp. 21-29, 31-37, 39,49, 51-62; JACQUART, J., La crise…, op. cit., pp. 331-357, 485-521; Immobilisme…, op. cit., pp. 259-275.
  22. Cf. GOUBERT, P., Cent-mille…, op. cit., p. 185; JACQUART, J., La crise rurale…, op. cit., pp. 485-498.
  23. Cf. GOUBERT, P., Celo mille…, op. cit., pp. 177-208, 212-213; VE­NARD, M., op. cit., pp. 38-100; DEYON, P., op. cit., pp. 323-325; LE ROY LAN­miluE, E., op. cit., t. I, pp. 485-491; JACQUART, J., Immobilisme…, op. cit., pp. 259-276.
  24. WALTER, G., en la introducción a La Journée des Dupes, op. cit., pp. XVI-XVII.
  25. Cf. ROBILLARD DE BEAUREPAIRE, Ca., op. cit., t. II, p. 4.
  26. AVENEL, D. L. M., op. cit., t. II, pp. 161, 178, 179, 318, 326.
  27. Cf. MONGREDIEN, G., La Journée…, op. cit., Apéndices, pp. 216-218.
  28. Cf. PORCHNEV, B., op. cit., p. 584; MOUSNIER, R., Lettres…, op. cit., t. I, p. 226.
  29. Cf. MOUSNIER, R., Lettres…, op. cit., donde se pueden encontrar nu­merosísimas referencias desde el año 1634 hasta el año 1649 en la correspon­dencia enviada al Canciller Séguier. WALTER, G., op. cit., pp. 249-280; DEYON, P., op. cit., pp. 210-211, 313-315, 329-330, 332-334, 433-436, 445-446, 455; GOUBERT, P., Cent mille…, op. cit., pp. 162-164, 177-221; LE Roy LADURIE, E., op. cit., t. I, pp. 485-489, 499-503.
  30. S.V., I, 115; cf. FERTE, J., La vie religieuse dans les campagnes pari­siennes (1622-1695), Paris, 1962, pp. 196-230, especialmente pp. 196, 198, 212-213, 218, 223.
  31. S.V., IV, 586-587; cf. S.V., XI, 136 (23 de octubre de 1643); XI, 444-445 (25 de noviembre de 1657); XII, 3-5 (7 mayo de 1658); XII, 79-82 (6 de diciembre de 1658).
  32. LA BRUYERE, J., Les caractéres ou les moeurs de ce siécle, Paris, 1688 (utilizamos la edición de París 1944), p. 297.
  33. S.V., VII, 341.
  34. El reglamento de Richelieu para los asuntos del reino señala que la pensión de los párrocos sea de 300 libras por año, cf. AVENEL, D. L. M., op. cit., t. II, p. 174. El artículo 10 del Cahier de la noblesse du baillage de Tro­yes, 1651, suplica al rey tenga a bien ordenar que la pensión de los párrocos sea «al menos de 300 libras por año, sin comprender las pequeñas dimas y los oficios de la Iglesia, op. cit., p. 137. Consúltese especialmente el estudio de MEUVRET, La situation matérielle des membres du clergé séculier dans la France du XVIP siécle, en R.H.E.F., t. LIV, 1968, pp. 47-68.
  35. Cf. Le nombre des ecclésiastiques de France, celui des religieux et religieuses, le temps de leur établissement, et dont ils subsistent at á quoi ils servent, Paris, s. f. hacia 1660. Reedición, Paris-Lisieux, 1876, p. 52. De la Liga a la Fronde se crearon más de 100 conventos en París: Les anciens cou­vents de Paris, Paris, 1943, p. 16.
  36. Cf. CARDENAL DE RETZ, J. F. P. de GONDI, La Fronde, (Textos se­leccionados y presentados por BERNARD, Ph.,), Paris, 1962, p. 50; COGNET, L., Historie de la spiritualité chrétienne, (1500-1650), volumen 3, Paris, 1966, p. 234; FERTE, J., op. cit., pp. 145-195; DELUMEAU, J., Le Catholicisme entre Luther et Voltaire, Paris, 1971, pp. 233, 234, 270-271, 272, 228, 231, 262, 263­265. S.V., II, 428-429; V, 568; IV, 42-43; VII, 462; XI, 308-309; XII, 85-86.
  37. Cf. Documents da Minutier Central concernant l’Histoire Littéraire, 1650-1700, Paris, 1960. Según estos documentos he podido comprobar que Vicente de Paúl desde el 15 de enero de 1650 al 29 de diciembre de 1659 pasó ante notario 90 contratos de compra-venta o de arrendamientos. Con rea­lismo, dota a la Congregación de la Misión de una magnífica fortuna en bie­nes raíces, cuyo núcleo representa 345 hectáreas de tierra laborable en la lla­nura de Saclay.

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