La «revolución» introducida por el señor Vicente en la vida consagrada

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Luis Perouas · Year of first publication: 1982 · Source: Ecos de la Compañía.
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consagradaEn la historia del Catolicismo francés en el siglo XVII, el cambio o trans­formación más importante reside sin duda en la formación, gracias a los seminarios, de manera especial, de un nuevo tipo de sacerdote: que vive separado del «común de los fieles», que lleva digna existencia, como co­rresponde a un «estado tan sublime», que refleja la grandeza de Dios. Ocurre, en cambio, que en muchos puntos la evolución de la vida reli­giosa femenina, en la misma época, se ha operado en sentido inverso, como lo demuestra el ejemplo de las Hijas de la Caridad.

«Las Hijas de la Caridad tendrán por monasterio la casa de los en­fermos, por celda un cuarto de alquiler, por capilla la iglesia de la pa­rroquia, por claustro las calles de la ciudad o las salas de los hospitales… por rejas el temor de Dios, por velo la santa modestia».

Para comprender la importancia de tal mutación, preciso es que demos una mirada retrospectiva.

La primacía de la vida conventual

La religiosa-tipo en la Edad Media es la monja claustral, dedicada esen­cialmente a la oración. Sin embargo, los monasterios no permanecían completamente extraños a toda actividad apostólica; por ejemplo, en ellos se recibía a algunas jóvenes de familias pudientes para su educación. Por otra parte, antes del siglo XVII existían ya religiosas hospitalarias, a las que con frecuencia sirvieron de modelo las Agustinas del Hospital General (Hótel-Dieu) de París, fundadas a principios del siglo XIII. De todas formas, la función hospitalaria, para dichas religiosas, era como un «anexo», un añadido, a su vida conventual. Para darnos idea, con un ejemplo, digamos que a principios del siglo XVII, las Hospitalarias que llegaron de La Ro­chelle (1630) eran, veinte años después, unas veinte o treinta religiosas para ocuparse solamente de ocho camas.

Es la verdad que en cada una de esas camas podía haber, por lo menos en ciertos momentos, varios enfermos; pero no obstante, el trabajo de cada religiosa no era mucho, máxime si tenemos en cuenta que, al menos hacia 1700, aquellas Hospitalarias de La Rochelle hacían cumplir por cria­das parte de sus cuidados a los enfermos. Sea como quiera, lo esencial era la vida conventual, que tenía toda la primacía sobre la función hospi­talaria.

Aun entre religiosas de fundación reciente entonces, como las Herma­nas de Nuestra Señora de la Caridad, establecidas en 1641 por Juan Eudes, se modificó en parte la relación entre vida conventual y función social, pero no de manera sustancial. Parece significativo, por otra parte, que se haga entrar a las «mujeres arrepentidas» en Refugios con un régimen bas­tante cercano a la vida conventual.

La «revolución» llevada a cabo por el Señor Vicente

Se comprende mejor la importancia de la «revolución» operada por el Señor Vicente al poner la primacía sobre el amor de Dios vivido en el servicio del pueblo: «Hijas mías, vosotras no sois religiosas».

Para llegar a esto, el fundador necesitó a la vez su experiencia misio­nera, su intuición cargada de sentido común, su habilidad para soslayar los obstáculos institucionales. Sus discípulas femeninas no serán Religiosas, sino Hijas, jóvenes, muchachas. No se formarán en un noviciado, sino en un «seminario». No llevarán velo, sino la cofia de las «buenas aldeanas». No harán una profesión solemne, sino votos simples, privados, anuales: «para entregarme durante este año al servicio corporal y espiritual de los pobres enfermos, nuestros verdaderos señores…» Pero, sobre todo, no va­yamos a pensar en una especie de activismo.

En realidad, el Señor Vicente era un místico, en el mejor sentido de la palabra, y atribuía enorme importancia a la formación de sus discípulas, a la que consagraba mucho tiempo. Si tuviéramos que dar fe de ello, bas­tarían sus conferencias y sus cartas de dirección. No se trata de una vida religiosa «de saldo» o «rebajas», sino de una forma nueva de vida religiosa, forma en la que se invierte la relación tradicional entré función hospitalaria y vida conventual. Esta última estará regida por sencillos reglamentos.

La intuición de Fco. de Sales

Sin duda, el Señor Vicente no fue el que lo inventó todo en este aspecto. Antes que él, Francisco de Sales quiso dedicar a sus Hijas de Santa María a la visita de los miembros dolientes de Cristo. Juana Francisca de Chantal tuvo, sin embargo, que dar marcha atrás, a causa, se dijo, de la incom­patibilidad entre la visita a los enfermos y la vida contemplativa. En tiempos anteriores, en el siglo xv, por ejemplo, había crecido mucho el papel de las religiosas en los hospitales, pero, salvo error, sin salir de cierto tipo de relación subordinada entre la función hospitalaria y la vida conventual. De manera que puede uno llegar a preguntarse si el Señor Vicente habría logrado transformar y aun invertir esa relación si hubiera querido fundar de buenas a primeras una congregación, en vez de partir, muy concreta­mente, de algunas jóvenes aldeanas, primero supeditadas a las Señoras de la Caridad y luego, progresivamente, reunidas en comunidad.

Partiendo de esa transformación operada por el Señor Vicente, podemos investigar en qué medida la primacía de la acción hospitalaria ha modifi­cado la vida religiosa y ha influenciado a las mismas personas de las religiosas. Es una cuestión muy actual, ciertamente, pero no tan .sencilla para el historiador como aparece a simple vista.

En el siglo XVII, la profesión sanitaria era ante todo una vocación, tenía un alcance espiritual

Las religiosas de hoy valoran las distinciones que se dan entre actividad en el campo sanitario y la que pueden ejercer en la enseñanza sin hablar de otras actividades más directamente pastorales. Son unas distinciones que justifican la evolución que recientemente se ha operado pero que, en gran parte al menos, hubiera pasado desapercibida para un observador de fines del siglo XVII. Es superfluo recordar que el servicio a los enfermos y a los pobres constituía entonces mucho más una vocación que una profesión. En los primeros decenios de su fundación, las Hijas de la Caridad se dedicaron esencialmente a los pobres en las Cofradías de la Caridad, y luego, muy pronto, al cuidado de los enfermos en los hospitales. Pero no podemos olvidar que, a los ojos de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac, el primer objetivo era espiritual: «Dispondrán a vivir como es debido a los que han de sanar y a morir bien a los que han de morir». En las parroquias en las que la fundadora establecía la «Caridad», cuidaba de que se explicara el catecismo, incluso que se abriera una escue­la cuya primera finalidad era, por lo demás, la de enseñar el catecismo. También en los hospitales, las Hermanas trataban de instruir a los en­fermos en las verdades cristianas, para llegar, después, a que hicieran una confesión «general». Donde nosotros ahora distinguimos diversidad de fun­ciones, en el siglo XVII se veía más bien la unidad de la labor y sobre todo del objetivo, caritativos ambos.

La polivalencia funcional tiende a acentuarse

A medida que las Hijas de la Caridad se vayan extendiendo por el Reino, esa «polivalencia» tenderá a acentuarse. Será lo que ocurra especial­mente en los años 1660, y sobre todo en 1680, cuando el Rey, deseoso de convertir a todos los Reformados, mande implantar aun en las aldeas más modestas comunidades de dos o tres Hermanas que se encarguen de la instrucción de las niñas tanto por lo menos como del cuidado de los en­fermos, para volver a traer al redil de la Fe católica a los Protestantes, a los que pronto habría de llamárseles los «Neo-Conversos». En aquella época la acción de las Hijas de la Caridad fue decreciendo cada vez más en las provincias, a medida que se iban fundando otras congregaciones o comuni­dades tales como —entre otras—, las Hermanas de Santo Tomás de Villa- nueva, en 1661, las Hijas de la Cruz, de Puy, en 1672, Las Hermanas de la Caridad de Evron, en 1682, las Hermanas de San Pablo de Chartres, en 1695, a título de ejemplo, citemos este comienzo de las Reglas de las Hijas de la Sabiduría, en 1715:

«El fin exterior es triple, según su capacidad, a saber: 1.° la instrucción de las niñas en las ciudades y los pueblos, en las escuelas caritativas; 2.° el buen gobierno de los pobres en los hospitales y fuera de los hospita­les…; 3.° también la dirección de las casas de retiro a donde se las llame.»

No se puede ser más explícito en cuanto a polivalencia. Es posible que en ciertas comunidades, como las Hospitalarias de Lyon, de Besancon o de Dijon, se hayan limitado al cuidado de los enfermos. Pero es muy de suponer que en los textos normativos y aun espirituales, esta unidad re­presenta una realidad, un objetivo mucho más caritativo que funcional.

Hacia una «vuelta al convento»…

El ejemplo de la Regla de la Sabiduría nos introduce en lo que cons­tituye, para el historiador, una segunda dificultad. En efecto, en ella se distingue, del fin exterior, al fin interior que es el primero y principal. ¿Se trataría con esto de una simple clasificación práctica? Hay motivos para dudarlo. Tras ese desdoblamiento verbal, se perfila una evolución mucho más importante, que podríamos llamar una «vuelta al convento» una «con­ventualización» parcial de la vida religiosa femenina. Entre 1703 y 1715,

Grignion de Monffort pasó de un proyecto propiamente utópico a una Regla minuciosamente bordada, pero hubo demasiadas influencias para suscitar este cambio… tantas que la hacen perder un valor genérico. Es mucho más sugestiva la evolución que progresivamente se produjo en las Hijas de la Caridad. Fundadas por los arios 1630, las discípulas del Señor Vicente, no poseen a la muerte de éste sino sencillos reglamentos. Son los superiores sucesivos de los Lazaristas, sobre todo el Sr. Joly (1673-1697), y más aún el Sr. 13onnet (1711-1735) quienes van a dotar a las Hermanas de una Regla cuidadosamente perfilada. Hacia 1720-1730, se ha llegado también a una «conventualización».

Un fenómeno análogo se produjo en los primeros decenios después de 1700 —acaso un poco antes— en la mayoría, si no en todas, las congregaciones. Lo que hacen es sencillamente seguir la evolución de los Seminarios; de los aspirantes al sacerdocio reunidos por Juan Jacobo Olier, en 16414642, casa rectoral de Vaugirard; de los seminaristas formados en el molde de San Sulpicio, hacia 1690, bajo la dirección del Sr. Tronson.

Pero sin dejar de llevar la huella de las tareas caritativas

Sin duda, la relación entre vida conventual y función caritativa con­tinuará siendo sencillamente diferente a lo que era antes de Vicente de Paúl. Lejos de ser como un anexo, un añadido, el cuidado de los enfermos o la instrucción de los niños conservará un amplio puesto, lo que facilitará, entre otras cosas, la no-clausura. Pero es que hay clausuras morales más rígidas que los muros materiales. En realidad no se puede dudar que el deseo de servir a los pobres haya sido una de las motivaciones más acu­sadas de las jóvenes que, aun después de 1700, se decidieron a entrar en congregaciones «activas», De todas formas, no dejó de producirse un cam­bio en relación con lo que fueron las intenciones del Sr. Vicente, y al histo­riador le cuesta trabajo desenmarañar, en los textos normativos, el rastro de los distintos decenios allí mezclados.

Por lo que se refiere a esas intenciones del Sr. Vicente, el texto más sig­nificativo y sugerente es la súplica de 1646 pidiendo al Arzobispo de París la aprobación de su fundación femenina «Cofradía de la Caridad de las Siervas de los pobres enfermos de las parroquias», título escogido expro­feso para ahuyentar toda posible asimilación con una orden religiosa: las solteras y viudas que la componen considerarán como un deber agradar a Jesucristo, su patrono, en todas sus acciones e imitarle especialmente en su caridad, su pobreza, su humildad, su sobriedad, su mansedumbre. Se han congregado para asistir a los pobres enfermos de las parroquias y de los hospitales, a los forzados y a los pobres niños expósitos. No encon­tramos aquí, sin duda alguna, antes de la época del desdoblamiento en fin interior y exterior; en el momento en que, con un solo movimiento, el fun­dador contempla el «seguimiento de Cristo» y el ‘servicio a los hombres. Esto no le impedirá al Sr. Vicente hacer bellas explicaciones sobre la pobre­za, la castidad, la obediencia de que hacen voto. Pero todo ello converge a una única perspectiva. Si fuera necesario, bastaría para confirmarlo una reflexión del Sr. Vicente, entre muchas otras: «Siervas de los Pobres es como si dijéramos Siervas de Jesucristo, puesto que El considera como hecho a Sí mismo lo que a ellos se hace, y que son sus miembros».

O bien:

«Recordad lo que os decía hace un momento tocante a la oración: que servir a un enfermo es hacer oración. Pues lo mismo puede decirse del silencio». ¿Puede expresarse mejor, en lenguaje del siglo XVII, la unidad entre lo que llamamos la vida religiosa y la función, si no hospitalaria, al menos caritativa?

En un contexto global…

Llegando a este punto, soy consciente de que he respondido de manera muy parcial a la pregunta que se me había hecho: ¿Ha contribuido la función hospitalaria a formar cierto tipo de mujeres? Quizá se encontrasen algunos elementos de respuesta analizando detenidamente determinado artículo de revista de espiritualidad o la personalidad de determinada reli­giosa. Pero me parecía era mejor empezar por situar una investigación o estudio de este tipo en un marco más amplio. Porque de no hacerlo así, siempre corremos el riesgo de proyectar en el pasado nuestros problemas de hoy, tratando más o menos inconscientemente de buscarles una justi­ficación.

Una invitación a anudar —unir— función social y vida religiosa

Pero lo que puede parecer como un simple preámbulo o una desviación un tanto larga del tema, pudiera tener, sin embargo, otra utilidad. Sería erróneo querer reproducir hoy formas del siglo mal que no se corresponden con nuestros interrogantes. Así por ejemplo, el enfoque puramente cari­tativo de la función hospitalaria. Si es cierto que el pasado puede servirnos de punto de referencia, no lo es menos que no puede proporcionarnos mo­delos para hoy. Pero la práctica progresiva del Sr. Vicente —y sin duda de otros fundadores— nos invita a anudar estrechamente la función social y la vida religiosa; más aún, a inventar nuevos tipos de relaciones entre esas componentes, esos elementos de la experiencia vivida por mujeres de hoy.

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