Desde enero de 1649, los meses fueron agotadores para Luisa de Marillac. Aunque oficialmente se había proclamado la paz, de hecho, el ambiente era de revolución. En agosto, escribía a las Hermanas de Montreuil que aconsejaran a las jóvenes no abandonar un trabajo fijo por venir a París en busca de otro mejor, «pues no sabe usted —le escribía a la superiora Sor Ana— las dificultades que hay al presente en París para colocar gente; es increíble. Parece como si aquí hubiera guerra desde hace mucho tiempo y como si todo el mundo se hubiera empobrecido».
Más cierto era aún para Luisa. La paz oficial fue tan sólo una bocanada de aire fresco en su alma. Estaba de Dios que su alma caminara sin descanso por una ruta de sufrimientos. Ella estaba convencida. A primeros de mayo, recibió una carta del señor Vicente. Le escribía desde Nantes. Al leerla, sintió escalofríos. Otra vez, Nantes iba mal. Tres sacerdotes del hospital y varios burgueses se habían unido contra las Hermanas. Las acusaron ante el ayuntamiento, el cabildo y el obispo «de apropiarse de los bienes de los pobres», y se proponían echarlas del hospital. Aunque después de una auditoría, se descubrió que todo era falso, San Vicente le confesaba a Luisa que las Hermanas no se portaban como era de desear: «1. Se olvidan de la observancia del reglamento; 2. no son fieles a la oración, a la lectura, a los exámenes y al silencio; no hay mucha caridad entre ellas, ni obediencia ni paciencia ni tampoco la debida dedicación a la asistencia de los enfermos». Describía cómo era cada Hermana y proponía destinar a una y expulsar a otra; luego, traer a «dos como es debido».
Vicente de Paúl había hablado con el obispo de Nantes, pero no detenidamente. Pensó que no lograría quitarle la antipatía que manifestaba a las Hijas de la Caridad; y por otros motivos, le dijo a Luisa. Estos motivos eran la repugnancia que sentía de aceptar en su diócesis a unas mujeres que no eran ni religiosas ni seglares ni, en el fondo, cofrades; que hacían votos y, sin embargo, se presentaban como si fueran exentas de los obispos y dependientes del superior general de la Congregación de la Misión. Luisa mandó a la superiora que hiciera una copia del reglamento para el señor obispo.
Ni Sor Juana Lepeintre ni uno de los defensores de las Hijas de la Caridad, el señor de Annemont, capellán del gobernador de Nantes, mariscal de la Melleiray, comprendieron que Vicente de Paúl no hablara detenidamente con el obispo. Luisa sí comprendió el acierto del superior en no hablar nada de la aprobación de la Compañía por el arzobispo de París. Cuando se enteró que la superiora había pedido consejo a varios sacerdotes sobre el modo de actuar, le escribió con amabilidad pero también con firmeza: «Usted sabe que no puede nunca dejar de seguir las órdenes de nuestro muy honorable Padre; sea firme y constante en esto y nunca se deje persuadir en nada por el atractivo de la satisfacción del espíritu en hacer lo contrario».
La situación era, al mismo tiempo, delicada y crucial, pero Luisa no perdió la claridad. Para contentar al obispo, acaso lo mejor hubiera sido presentarle los votos de las Hijas de la Caridad como religiosos, pero era una traición a los pobres. Las Hijas de la Caridad no eran religiosas y las que hacían votos los hacían privados. Y mandó que así se lo dijeran al obispo.
Sor Juana le contó a Luisa que el obispo fue a visitarlas con un cuestionario minuciosamente extenso. Interrogó a las Hermanas y fue duro con ellas, aunque admitió su sinceridad. Sor Juana se dolía en su carta: «No sé qué pasa. Si tiene que haber aquí alguna cosa que no esté bien y que cause todos estos males, pero no ha pasado una aflicción, cuando ya viene otra». Luisa sacó una conclusión enraizada en lo sobrenatural: «Espero mucho del establecimiento de Nantes, ya que una de las señales de la bondad de una obra es la persecución». A pesar de esta interpretación, buscó soluciones: envió tres Hermanas nuevas y las aconsejó que no hablaran del pasado. En otra carta, les recomendaba que fueran tolerantes y cordiales, que vivieran en paz sin miedo a ser expulsadas, pues se las pedían de otros muchos lugares. Si las expulsaban, saldrían con la cabeza alta, ya que de nada se habían aprovechado, procurando, al salir, «sacudir el polvo del calzado».
Sin embargo, Luisa sí tenía miedo. Fue temor al ridículo lo que sintió, cuando el señor de Annemont le dijo que el obispo quería sustituir a las Hijas de la Caridad por religiosas de Vannes. Dolorida y con el amor propio herido, preparó en agosto la vuelta de sus hijas. Era la primera vez que las Hijas de la Caridad serían expulsadas de un establecimiento. Como un capricho de la fortuna, no obstante, en los meses siguientes la persecución amainó. Luisa se encontró en París con uno de los anteriores administradores del hospital y, en la conversación, descubrió que las Hermanas eran culpables de excesivo celo por la pobreza: por ahorrar en las comidas, no contentaban a los enfermos. Eran culpables de no encarnarse en el pueblo: cocinaban tercamente al estilo de París y no al de Nantes. Luisa comprendió y escribió inmediatamente a la superiora: «¡Algunas veces, qué poco se necesita para contentar a los más difíciles! Tan sólo, basta poner en el cocido un poco de clavo, ya que es la costumbre del país, como también hacer consomé para los enfermos graves que tengan necesidad, pues lo desean los señores administradores; y tomar la molestia de hacer pequeños guisos y condimentos para los convalecientes. Esto no cuesta más y ellos se recuperan antes». En otra carta, pone la clave de todas las relaciones con los administradores: tener una postura de humildad, sumisión y mansedumbre; «lo que nunca se debe hacer es querer llevarlo todo en lucha encarnizada, quejarse en alto y murmurar entre ellas». Para no caer en el desánimo, que no escuchen nada que las turbe, y si hay angustias, que la superiora las comente sólo con su consejera.
Salidas de la compañía
Como el año anterior, el 28 de agosto, marchó a descansar unos días a Liancourt; al mismo tiempo, visitaría a las Hermanas y las Caridades de los alrededores. Además del cansancio de la Fronda y un sinsabor por la situación de Nantes, llevaba clavado el abandono de Sor Renata Priot, nacida en Angers. Este abandono la había herido doblemente: una mujer que dejaba a los pobres y el desánimo que podría causar en las jóvenes de Angers que se sentían llamadas por Dios a las Hijas de la Caridad. Con este motivo, reflexionó que las Hijas de la Caridad no tenían ningún vínculo jurídico de estabilidad. Las Hermanas que permanecían en la Compañía lo hacían por vocación y la obediencia, pero qué triste era «experimentar tanta clase de caracteres y perder tanto tiempo y tantos años empleados para formarlas y después la debilidad se las quitaba».
Solamente, llevaba dos días en Liancourt, cuando le llegó una noticia aún más desagradable: Sor Ana María, sobrina de una religiosa de la Visitación, solía hacer escapadas «con escándalo de todo el mundo que veía salir de casa a las Hermanas jóvenes con toda facilidad». La disculpa era visitar al confesor. Luisa ordenó tajante encerrar a la joven en la Visitación y quitarle las llaves. La comunidad tenía que ver firmeza en cortar rápido y firme para que no se contagiasen las Hermanas más débiles. Si las salidas se hacen rutinarias sería la ruina de la Compañía.
La piedad de su corazón se compadeció, sin embargo, de aquella joven y suavizó la orden: que, al encerrarla, se hiciera «como para hacer allí los ejercicios espirituales», y que le quitaran las llaves «sin que sospechara que era por desconfianza». Luisa deseaba que se marchara, pero no sabía cómo expulsarla, sin destrozarla, pues Sor Ana María no quería irse. Renata, la de Angers, le había dicho «que se dejara poner en el coche y que se bajara poco después de que la hubieran dejado».
El consejo era eficaz: si del pueblo, la joven había llegado a París acompañada de su padre o de otra persona de confianza, Luisa se veía obligada a entregarla a su familia íntegra y salva. Dejarla sola en París o en el camino, de ordinario, significaba entregarla a la violación, prostitución y, acaso, ser asesinada.
Vicente de Paúl la consoló. No tenía que ser tan impresionable porque se fueran algunas Hermanas. Había que aceptar la voluntad de Dios; purgar la Compañía de esa manera era misericordia divina; el Señor velaría por las buenas vocaciones y le enviaría muchas más. Era cierto. Las jóvenes llegaban de los lugares más diversos. El mismo Vicente dudaba si necesitarían tantas. Bien, pero escarmentada, Luisa impuso un tiempo más largo de prueba para conocer mejor a las candidatas y no fiarse de los informes de palabra.
En agosto, Luisa cumplió 58 años. Para aquella época, era una anciana cargada de trabajo y de preocupaciones, aunque demostraba no estar cansada. En mayo de 1649, con un recuerdo melancólico de los primeros años, enumeró al P. Portail las Hermanas que habían muerto en su ausencia: Isabel Turgis, Juana Bautista, Salomé, Renata, María Despinal, Isabel Martín, Magdalena Monget. Casi todas, compañeras de los primeros tiempos. De aquellas primeras Hermanas, sólo quedaban las hermanas Angiboust, Enriqueta Gesseaume, Brígida y pocas más. Sor María Joly estaba en Sedan, a muchos kilómetros de París. Las Hermanas que comenzaban a llevar el peso de la Compañía venían de una segunda generación. Ella aún vivía y soportaba sobre sus hombros ancianos los cimientos de todo el edificio.
Los niños abandonados
A pesar de los años y de tanto peso, en el otoño de 1649, aún tuvo energías para buscar dinero y alimentos para los niños abandonados. La mayoría de ellos había vuelto a Bicétre en el verano; en París, tan sólo se quedó un grupito. En agosto, Luisa, Vicente y la duquesa de Aiguillon habían buscado nuevos métodos para alimentarlos con menos dinero. Era el preámbulo de lo que se avecinaba.
En noviembre, se desencadenó una tormenta de dolor, de escrúpulos y de impotencia ante la incapacidad de darles de comer, limpiarlos y vestirlos. No tenía nada para hacerlo. Todas las señoras se habían desentendido de la obra. Nadie le daba nada y ella no tenía corazón para verlos morir de hambre. Estaban solos, ella y Vicente de Paúl. A él, acudió con gritos que eran lamentos de madre sin esperanza. Como el agua de una catarata. le enviaba sin cansarse cartas y mensajes continuos: ya había gastado en pan las últimas 20 libras que le quedaban; no tenía ni pañales ni sábanas; siete bebés rechazaban el biberón y no había una peseta para pagar a las pobres nodrizas del campo ni en Navidad. y ellas comenzaban a devolverle los niños. El número de niños seguía aumentando; le acababan de entregar cuatro pequeños y siete bebés. Era imposible seguir. A Vicente de Paúl, casi le exigió no recibir a ninguno más, para que no murieran todos. Amenazó a las Damas y a las autoridades con desentenderse de la obra. Gritó, pero también actuó y buscó soluciones: hacer colectas todos los domingos en las iglesias, que los curas prediquen en su favor, poner algunos cepillos en lugares visibles, hablar a la Princesa de Condé para que se compadezca, hacer una cuestación en la misma Corte. Acudió al canciller Séguier con respeto, elegancia y firmeza, pidiéndole solamente pan para las navidades de los niños.
El corazón de Luisa era todo ternura. Sabía que su amado superior estaba tan angustiado como ella por tantos pobres y prefería sufrir ella a hacerlo sufrir: «Si pudiéramos soportar estas penas sin hacerlo participante, lo haría muy gustosa, pero nuestra impotencia no lo permite». La respuesta de Vicente de Paúl es lacónica: «La obra de los niños está en las manos de nuestro Señor. El viernes, veremos el resultado de la propuesta de la señora de Herse. Por las injurias que la Compañía podrá sufrir, ella será feliz, ya que es por hacer el bien».
Además de lacónica, la carta parece fría. No era así. Vicente estaba preparando una reunión de Damas y ya tenía pensada la plática. Sólo, conservamos el esquema. Como en los comienzos, diez años antes, cuando se hicieron cargo de todos los niños, les habló de la necesidad extrema en la que se encontraban los niños; les dijo que ellas eran sus madres, que las autoridades y la sociedad las felicitaban por lo mucho que estaban haciendo. Había que saber ser generosas; ciertamente, los tiempos eran malos, pero —machacó— «¡cuántos cachivaches hay en vuestras casas que no sirven para nada!»; y les anunció que, días antes, una señora se había desprendido de sus joyas.
El resultado fue enternecedor. De momento, llegaron las ayudas y los niños, de nuevo, fueron llevados a París.
Matrimonio de Miguel Le Gras.
El dolor por el abandono de algunas Hermanas, el desasosiego por la incertidumbre de la comunidad de Nantes y la angustia por el futuro de los niños abandonados no eran los únicos sufrimientos que ahogaban a Luisa por estos meses. A ellos, hay que añadir —y acaso le era un dolor más helador— la situación negra e incierta en la que vivía su hijo Miguel. Luisa, una anciana menuda y pequeña se empeñó, firme, en dar a su hijo un porvenir diáfano y seguro.
El 23 de marzo de 1648, el P.Alméras había escrito a Luisa desde Roma asegurándole que la anulación del matrimonio de Miguel iba por buen camino. El rey de Francia, por medio de su embajador en Roma, Francisco Du Val, marqués de Fontenay, lo había asumido con interés80. El embajador había comprometido en su favor a varios cardenales, y el P. Alméras juzgaba que ya no eran «necesarias más recomendaciones de Francia» .
Mientras Luisa estuvo en Liancourt preocupada por las barricadas de París, se enteró de que, en casa del juez eclesiástico, la señora Munier se había ofrecido para ayudar a Miguel. Luisa se extrañó de que estuviera enterada de un asunto que se guardaba con mucho sigilo, pero aconsejó a su hijo que aceptara el ofrecimiento de aquella buena señora.
En verano de 1649, todo indicaba que se había obtenido la dispensa tanto tiempo deseada. Vicente de Paúl nombró a Miguel, juez (bailí) de San Lázaro para ejercer la justicia en aquel feudo81.
Para Luisa, comenzaba una nueva empresa: casar a su hijo de 35 años de edad. No podía morir sin darle una situación estable. Encontrar a una joven que fuera buen partido exigía que Miguel tuviera un puesto fijo y rentable. Juez de San Lázaro no era suficiente; solamente, los puestos públicos eran apetecidos y había que comprarlos. Un puesto en la maraña estatal era una inversión económica. Aunque en estos arios, estaban devaluados por la multiplicación realizada por el Estado, los cargos rentables eran caros. Lo que ya sabía Luisa se le presenta ahora descarnado y sin disimulo: que era pobre y no tenía para invertir.
También, Vicente de Paúl asumió, como si fuera su hijo, el esfuerzo de ayudarla. Estando fuera de París, escribió a Luisa que fuera precavida en la compra de algún cargo. Era mejor que Miguel «fuera despacio y no emplear en ese cargo todo lo que tenía, (pues) quizá le resulte más caro». Luisa preocupada acudió a las oraciones.
Luisa se fijó en una joven «de la familia Portier, que vivía enfrente de San Pablo», es decir, era una señorita del lujoso barrio del Marais y de la Plaza Royal. Como era costumbre, cada familia encargó a otra persona preparar el contrato. La familia Le Gras no podía presentar muchos bienes, la joven sí aportaba una dote envidiable: 15.000 libras el día de la boda y otras tantas a la muerte de sus padres. Sin embargo, los Les Gras presentaban a un joven bien preparado, capaz de desempeñar un cargo; lo cual suponía una fuerte inversión de dinero en los estudios y en su formación. A pesar de este argumento, la situación económica de Miguel no satisfizo a la familia Portier. Antes de noviembre, se habían abandonado las conversaciones.
El tiempo urgía —Miguel había cumplido ya los 36 años— y se buscó a otra joven, Gabriela Le Clerc, hija del señor de Chenneviéres y sobrina del párroco de Champlan, al sur de París, donde había nacido la joven. Todo el mes de diciembre fue para Luisa un reloj acelerado. En unas semanas, se discutieron el empleo y la boda de Miguel. Intervinieron Luisa, Vicente de Paúl, la duquesa de Aiguillon, varias otras Damas, la familia Marillac y varias personas más. Para Luisa, se sucedían días de esperanza, de miedo, de angustia, de sufrimientos, de gozo. Más que una boda era un trato, un trueque de dos jóvenes y sus bienes entre dos familias.
Miguel necesitaba comprar un empleo. Hubo un momento en que todo pareció perdido. Luisa no encontraba dinero suficiente y sospechó que la familia de la joven quería romper el diálogo. Luisa lo temió con horror y a Miguel daba lástima verlo. Acudió a los Marillac que estaban dispuestos a ayudarles, y a los Attichy, recordándoles el tiempo en que Antonio Le Gras y ella hicieron de tutores suyos sin tener obligación; visitó en Port—Royal a Angélica de Atri y Attichy, y escribió una carta al conde de Maure, esposo de Ana de Attichy, una carta que transparentaba la angustia de su pobreza y el destrozo del orgullo. Todo por el amor a su hijo:
«Señor:
Constantemente, esperaba que alguna ocasión me daría el medio de tener el honor de verlo, y al no poder, me tomo la libertad de hacerle saber, por estas líneas, el estado en que estamos respecto al asunto de mi hijo, que yo diría ser para mí una aflicción grandísima, si, como cristiana, no debiera amar el desprecio que de ordinario sigue a la pobreza, única causa de que no avancemos nada. Y por decirle la verdad, señor, asumo los sentimientos que la prudencia humana da a esta buena joven; la cual, por el conocimiento que tiene de él y por los pocos bienes que yo puedo dejarle, ve que no puede esperar nunca hacer una fortuna, pues entre los dos no tendrán nada más que para sostener muy estrechamente a una pequeña familia. Y como de ordinario, las cargas recaen sobre los que menos medios tienen para sobrellevarlas, el pensamiento de la muerte y de dejar unos pobres huérfanos, le hace temer meterse en este peligro. Y aunque las personas que han intervenido en este asunto le hayan dado motivos para esperar más que lo que aparece, me parece, señor, que ellos no creen más que lo que ven.
Con razón, se quejaría usted de mis importunidades, si Dios no hubiese llenado su corazón de caridad. Pero ¿a quién podría descubrir estas penas, que mi orgullo exagerado me ha hecho tener ocultas por mucho tiempo, sino a usted, señor, que es para Dios lo que le es, y para mí usted tiene el lugar de aquellos que con su dirección me hicieron entrar en la forma de vida que me ha puesto en la situación en que estoy? No interprete, le suplico, esto que le digo como una queja, ¡Dios me libre!, pues hubiera sido felicísima si la divina Providencia hubiera querido que la esperanza y los deseos de ellos se hubiesen cumplido, y si Dios les hubiera conservado la vida. Pero no fue así —¡sea Dios siempre glorificado por ello!— y porque desde que enviudé, o por lo menos desde hace diez o doce años, he tenido que buscar ayuda, como se lo podrán atestiguar el señor y la señora de Marillac y su señora madre, con los que tengo grandes y señaladas obligaciones de gratitud.
Perdóneme, señor, esta enojosa conversación que le dará a conocer la confianza que tengo en su gran discreción y de que soy en el amor de nuestro Señor, señor, su muy obediente y muy humilde servidora LdMarillac».
En la segunda mitad del siglo XVII, el héroe individual y aislado de las tragedias de Corneille quedaba superado y dejaba paso al hombre cortés [honnéte hornme] realizado para la sociedad. Para el hombre cortés, si no era noble, el honor era el comienzo de la prosperidad, y las amistades de nobles valían una fortuna: las puertas se le abrían con facilidad como un aval para una persona emprendedora. Miguel presentaba en el contrato matrimonial los apellidos Marillac, Attichy y Maure. Así, debió considerarlo la familia de la señorita Le Clerc. Luisa presentó el contrato matrimonial a Vicente de Paúl y a Miguel de Marillac y, aunque algunos artículos podían mejorarse, comprendieron que había muchas ventajas.
El 20 de diciembre, Luisa escribió a Vicente una carta más tranquila. Todo parecía que llegaba a un final feliz. El 13 de enero de 1650, Luisa pidió a Sor Juana Lepeintre oraciones por su hijo que se iba a casar. Vicente de Paúl aceptó ser nombrado en el contrato matrimonial, así como el antiguo prior de San Lázaro, junto a los señores de Marillac, Attichy y Maure. Miguel ya era dueño de la herencia de su difunto padre, pero no de los pocos bienes de Luisa. Su madre le cedió unas rentas (acciones) de 500 libras anuales. También, le confesó las cláusulas del testamento. Miguel no se molestó por la figura jurídica de sustitución, manifestando que no sufría por ello ni creía que le causaba perjuicio porque pasaran a los pobres los bienes que quedaran de la pequeña herencia de Luisa si él moría sin sucesión legítima.
Por fin, el 18 de enero de 1650, en la parroquia de San Salvador de París, se celebró «el matrimonio de Mesire Miguel Le Gras, escudero, abogado en el Parlamento, hijo del difunto Antonio Le Gras, escudero, consejero del rey y secretario de la difunta reina, con la señorita Gabriela Le Clerc, hija de Nicolás señor de Chenneviéres y de la difunta Genoveva de la Roche Maillet». Luisa podía descansar. Durante más de 25 años, su amor de madre la había martirizado duramente, pero también la había llenado de energía para darle un porvenir digno a su único hijo. Finalmente, lo había logrado. Aún tardaría unos meses en tomar posesión de un cargo. Lo logró a través de la familia de su esposa. Dos tíos de Gabriela, señores de la Rochemaillet, cedieron sucesivamente hasta llegar a Miguel el puesto de consejero en la Corte de la Moneda.
1649 fue un año horrible para Luisa. En realidad, horribles fueron los seis años que van de 1644 a 1650. Nunca los olvidaría. Mirando su vida desde que era una niña, vio la crueldad de la sociedad, su abandono, la lucha por medrar, el sufrimiento, la angustia y, en el centro de su vida, contempló a su hijo, a las Hijas de la Caridad y a los pobres. Ayudándola, únicamente, Vicente de Paúl, unos pocos amigos y, de vez en cuando, algunos de sus familiares. Todo lo que sintió su alma sencilla y delicada lo escribió por estos años:
«Las almas a las que Dios destina al sufrimiento deben amar mucho tal estado y pensar que sin una asistencia muy particular de Dios, no pueden serle fieles… Dios me ha hecho muchas gracias como la de darme a conocer que su santa voluntad era que fuera a él por la cruz, que su bondad quiso que tuviera desde mi mismo nacimiento, no dejándome casi nunca en toda edad sin ocasión de sufrimiento. Y después de haberme hecho tantas veces estimar y desear este estado, me he confiado a su bondad que Él me daría nueva gracia para hacer su santa voluntad, pidiéndole de todo corazón que me ponga en lugar y estado para ello, aunque esto tenga que ser penoso a los sentidos».
Leyendo estos años de su vida, comprendemos aquella postdata que añadió en 1644 a su director y padre: «Yo no puedo tener ayuda de quien sea en el mundo ni nunca apenas la he tenido a no ser de su caridad».
Solución definitiva
En los primeros meses de 1650, la calma fue penetrando en el alma de Luisa de Marillac, aunque quedaban por resolver de una manera definitiva los problemas que la habían oprimido durante 1649. En febrero, aún se asustaba buscando 2.000 libras para los gastos en dones y regalos que exigía la toma de posesión de Miguel como consejero en la Corte de la Moneda. Hasta julio, no pudo tomar posesión».
Hacia la primavera, también se fue serenando la comunidad de Nantes. En abril, totovía permanecía vivo el deseo de cambiar a las Hijas de la Caridad por las Religiosas de Vartnes. Pero en mayo, con el cambio de la Junta de administradores, todo se tranquilizó.
Pusieron un administrador y un cocinero seglares, pidieron aumentar el número de Hermanas y cambiar a algunas. En agosto, todo parecía pacificado, aunque Sor Juana Lepeintre, la Hermana Sirviente, estaba agotada, resignada y sin fuerzas, como una enferma que se reponía de una larga enfermedad.
Luisa se había acostumbrado al sufrimiento y sabía luchar contra él. En abril, se salió otra Hija de la Caridad, se casó y puso su vivienda en la misma casa en que vivía la otra Hija de la Caridad, que servía a los pobres en la parroquia de San Roque. El párroco y la marquesa de Maignelay, temiendo por la vocación de su compañera, se la devolvieron a Luisa y le pidieron otras dos Hermanas. Luisa se negó a darlas si tenían que vivir en la misma casa en que se alojaba su antigua compañera. Firme pero desconcertada pidió consejo al señor Vicente.
Era de Dios que los niños abandonados estuvieran pegados a Luisa como los hijos a su madre. Los había dividido en tres grupos: los bebés estaban con nodrizas por los campos, los mayorcitos andaban en Bicétre y los destetados ocupaban varias casitas de las trece que construyó Vicente de Paúl en San Lorenzo, al lado de las Hijas de la Caridad. Luisa giraba sin parar de un lado para otro. Pudo encontrar comida, pañales y sábanas, pero como una tormenta, le cayó encima la penuria de los que estaban en el campo. Llevaba meses sin pagar a las nodrizas. Eran familias pobres que en aquella situación de guerra y miseria habían gastado parte de lo poco que tenían, para atender a unos niños que no eran hijos suyos. Estaban en la pobreza y se veían morir de hambre. Desde lejos, a pie muchos kilómetros, venían a París, a la puerta de la señorita Le Gras a cobrar la pensión de los niños. A Luisa, le daba lástima, y su conciencia se alborotaba ante la penuria de aquella «pobre gente, pidiendo lo que se le debía en justicia». Pero no tenía nada para pagarles. Una y otra vez tenían que volverse a sus pueblos sin haber recibido nada más que la esperanza que les imbuía Luisa de pagarles la próxima vez. Pocas veces, una madre de familia se sintió tan angustiada por la miseria y tan avergonzada ante las deudas. Como en noviembre, acudió al superior y le propuso drásticamente, como entonces, no recibir ningún niño más, pagar a las nodrizas y traer de los pueblos a todos los niños destetados. Urgía convocar a las Damas a una asamblea (c.318).
Por fin, consiguieron pagarles, pero el rompecabezas de Bicétre continuaba inquietante. Desde que los niños llegaron a Bicétre, en julio de 1647, se mezclaron dos concepciones diferentes de llevar la organización. La mayoría de las Damas buscaban salvar la vida al mayor número posible de niños abandonados, dándoles comida, vestido y vivienda. Cuanto más ahorraran, más niños acogerían. Luisa modificaba esta visión. Partía de dos principios: el compromiso contraído de recoger a todos los niños abandonados en París. El problema recaía en encontrar el dinero, y ahí, ponía el segundo principio: dinero había suficiente en la municipalidad, en el pueblo y, abundante, en las casas de los nobles y burgueses. No bastaba, por ello, darles la vida, había que darles también un futuro digno, educación y formación. Vicente de Paúl, la señora de Lamoignon, su hija y algunas pocas señoras más asumían las ideas de Luisa.
En Bicétre, había un grupo de niños que ya eran adolescentes. En una sociedad donde el sexo era incontrolable, Luisa pensó que convenía hacer hogares enteramente separados para niños y para niñas. El director de las Caridades, Vicente de Paúl, así lo había manifestado en una asamblea de Damas y había sido aceptado.
Un día de abril de 1650, estaba Luisa en casa de la presidenta de las Damas y habló con su hija, la señorita de Lamoignon. Ambas pensaban idénticamente: no bastaba con recoger a los niños en un pabellón, como pretendían las Damas, para lograr la separación, pues los patios y la mayoría de lo locales eran comunes. Ésta era la estratagema de las Damas para no sacar a los niños de Bicétre ni hacer una verdadera separación. A no ser — pensaba Luisa— que fuera una excusa para quitar la dirección a las Hijas de la Caridad y dársela a otra persona. La señorita de Lamoignon pedía a Vicente de Paúl que no cediera y obligara a las Damas a completar la separación como se había convenido en la asamblea. Luisa propuso alquilar otras dos casitas del bloque llamado Trece Casitas y abandonar totalmente Bicétre. Al director, le insistía, además, en que era imposible dar una formación cristiana a los niños con las mujeres que habían puesto en aquel «castillo» para ayudar a las Hijas de la Caridad. Eran mujeres que habían encontrado trabajo fuera de París, en el aislamiento de Bicétre «no obligadas por la necesidad de los tiempos», sino porque nadie las contrataba debido a «su mala conducta… y porque eran mal habladas y de gran libertinaje».
Luisa de Marillac y Vicente de Paúl, unidos, lograron sacar a los niños de Bicétre, acudiendo al Procurador General y pidiéndole algún edificio en París. Era ya verano de 1650.






