La Palabra de Dios en san Vicente de Paúl (VII)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad, Espiritualidad vicencianaLeave a Comment

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VICENTE DE PAUL Y EL SEGUNDO TESTAMENTO

Es normal el que encontremos a san Vicente mucho más cer­cano del Segundo Testamento y con un mayor conocimiento del texto. Mas que sobre los 46 libros y los 37.501 versículos del Antiguo Testamento es sobre todo sobre los 261 capítulos y los 2.752 versículos del Segundo Testamento fija su atención, se apoya espiritualmente y se sirve para la evangelización de los pobres de todas las categorías.

«No debemos desanimarnos —dice san Vicente hablando de la lectura del Nuevo Testamento— si habiéndolo leído varias veces, un mes, dos meses, seis meses, no se siente uno tocado por esa palabra divina. Un día llegará una pequeña luz, en otro una luz más grande y luego otra más grande aun cuando tendremos necesidad de ella. Una sola pala­bra es capaz de convertirnos como le ha bastado a san Antonio.

Pero para san Vicente el error sería leer la Escritura para enri­quecer nuestro arsenal de argumentos y florecer en capacidad retórica. Sobre todo hay que estar atentos a no leer por estudio, diciendo: «este pasaje me servirá para tal predicación, sino sola­mente para nuestro crecimiento espiritual».

No habrá en este pensar del Fundador la raíz de lo que le dice a uno de nuestros primeros misioneros que le acompañaron, el P. Francisco du Coudray, competente en lenguas bíblicas y a quie­nes sus amigos habían solicitado el que tradujera el Primer Tes­tamento del hebreo y del griego. «Otros podrían hacerlo pero no tendrían el mismo sentido de los pobres a quien comunicar la Palabra de Dios a lo cual lo destinaba su vocación de misione­ro».

Esta intención religiosa se traduce concretamente por tres dis­posiciones que san Vicente enuncia el 19 de enero de 1642 (antigüedad de este modo de acercarse al texto sagrado, un ejemplo de «lectio divina» tanto tiempo antes de lo que hoy conocemos).

Esta manera de entrar en el texto y de impregnarse san Vicen­te lo testimoniaba en su manera de celebrar la eucaristía. Uno de los más antiguos de la Congregación observaba que la devoción de san Vicente era todo particular y que se manifestaba aun más claramente en la lectura del Santo Evangelio.

Su biógrafo Abelly afirma que las personas percibían que cuando encontraba algunas palabras que el Señor había pronun­ciado, Vicente lo hacía con otro tono de voz más tierno y afec­tuoso, comunicando así la devoción a los participantes que lo escuchaban incluso a escuchar de personas que no le conocían una admiración profunda al decir: «Dios mío, he ahí un sacerdo­te que celebra bien la santa misa, debe ser un hombre santo». Y otros añadían que les parecía ver un ángel en el altar.

«Algunos han observado que, cuando leía en el Santo Evangelio algu­nos párrafos en los que Nuestro Señor había dicho, Amen, amen dico vobis, es decir, en verdad, en verdad os digo, seguía con mucha aten­ción las palabras siguientes, como admirado de esa doble afirmación que el mismo Dios de Verdad empleaba; y, al ver que allí se encerraba un doble misterio, y que la cosa era de gran importancia, manifestaba, con un tono de voz todavía más afectuoso y devoto, la pronta sumisión de su corazón. Parecía que mamaba el sentido de los pasajes de la Escritura como un niño la leche de su madre, y sacaba de ellos el meo­llo y la sustancia para sustentarse de ella y alimentar su alma. Eso hacía que en todas sus acciones y palabras apareciera lleno del Espíritu de Jesucristo». Mimetismo de lo que el Espíritu pedía en las Escrituras de «comer y saborear el libro». Nuestro Señor tenía como alimento la voluntad de su Padre. Vicente decía también que esa palabra era su «comida y sus deli­cias». «Lo que me alimenta, me deleita y me robustece es hacer la voluntad de mi Padre».

Es bastante fácil ver que Vicente percibe la originalidad de cada evangelista: Mateo, contable profesional, es quien le ofrece la mayor cantidad de máximas evangélicas. Es a él a quien se dirige para obtener los formularios legislativos. Lucas, es el escritor de la mansedumbre de Cristo, recuerda la misericordia, la ternura el servicio de la Virgen María y de las mujeres que lo acompañaban. Es una excelente autoridad y heral­do de la caridad haciéndolo san Vicente hablar a las Damas y a las Hijas de la Caridad. Juan, entrega el misterio del Hijo eterno de Dios, Unido a su Padre, alimentado con su voluntad, no teniendo una doctrina propia, totalmente uno con su Padre tanto que ver al Hijo es ver al Padre.

Llama mucho la atención de los estudiosos de esta dimensión bíblica de san Vicente la manera como maneja, traduce, interpre­ta el versículo 3 del capítulo 5 de Mateo. Quien lee san Vicente con «atención, cariño y fe» percibe aquí con mucha facilidad el estilo que caracteriza la «hermenéutica vicenciana».

Del texto de Mateo 5,3 encontramos en las estadísticas espa­ñolas 11 citaciones y 1 vez Mt 5, 3-6:

Pero son textos que san Vicente emplea en fechas diferentes y diferentes los temas a los que se aplica la citación de Mateo, lo que da otro peso a la reflexión que propongo.

El texto se encuentra en tres conferencias sobre las MÁXI­MAS EVANGÉLICAS.

Del 2 de noviembre 1655 a las Hijas de la Caridad; 14 de febrero y 21 de noviembre de 1655 dirigidas a los misioneros.

El mismo versículo 3 aparece en una conferencia sobre la POBREZA en dos conferencias dadas el 14 y el 21 de noviem­bre de 1659.

Las ocasiones donde también aparece es en las conferencias en la fiesta de todos los santos, repetición de oración 1657, con­ferencia del 2 de marzo de 1659 sobre la MORTIFICACIÓN y en un tema de pastoral, sobre el método que hay que seguir en la predicación, 20 de agosto de 1655.

Un encadenamiento de virtudes que el fundador deja percibir todavía en la reflexión dirigida a los misioneros, el 2 de mayo de 1659):

«Hace poco me hablaba un predicador y me decía: «Padre cuando un predicador busca el honor y la fama popular, se pone en manos de la tiranía del público y creyendo distinguirse por sus hermosos discursos, se convierte en esclavo de la reputación». A eso podemos añadir que el que viste los pensamientos ricos con un estilo pomposo se opone al espíritu de nuestro Señor, que dijo: «Bienaventurados los pobres de espíritu. En esto la sabiduría eterna nos enseña que los obreros evan­gélicos tienen que evitar la magnificencia en las acciones y en las pala­bras y seguir una manera de obrar y de hablar HUMILDE, FACIL Y SENCILLA».

Creativo se deja conocer el fundador, cuando hablando de la predicación y de ese tesoro de familia que es el PEQUEÑO MÉ­TODO, Vicente vuelve al núcleo de su pensamiento y recurre a la enseñanza de Jesús sobre la pobreza, el 20 de agosto de 1655:

«Se trata del método que utilizó Jesús… Pero ¿en dónde vemos que el Hijo de Dios lo utilizó? En el evangelio, sí en el evangelio. He aquí los tres puntos del método observado en sus sermones. Veámoslo. Cuando Jesucristo predica por ejemplo la pobreza, en san Mateo, la pone como la primera de las bienaventuranzas y empieza así todos sus sermones: Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum (y añade el fundador): bienaventurados los pobres de corazón y de afecto, porque su herencia es el reino de los cielos. (Otra manera de traducir el texto, qué imaginación de este santo). Esa es la primera razón que el Salvador del mundo alega para llevar los hombres al amor de la pobreza: Beati pauperes: los pobres son bienaventurados. Que gran razón para amar la pobreza, pues es ella la que nos da la felicidad. Pero ¿en qué consiste esa bienaventuranza? Hela aquí como segunda razón para confirmar la primera: quoniam ipsorum est regnum caelorum: porque de ellos es el reino de los cielos. Y después de estas razo­nes nos enseña lo que es la pobreza. Cuando aquel joven fue a buscar a nuestro Señor para que le dijera lo que tenía que hacer para asegu­rar su salvación, Jesús le dijo: vende omnia. Véndelo todo, no te reserves nada».

En cuanto a Pablo, es irremplazable como único para definir infaliblemente la condición del hombre regenerado.

Y luego Vicente no olvida que a veces el rostro grave de Jesús se vela de lágrimas.

«¡Que cariñoso era el Hijo de Dios! Le llaman para que vaya a ver a Lázaro; va; la Magdalena (María de Betania) se levanta y acude a su encuentro llorando; la siguen los judíos llorando también; todos se ponen a llorar. ¿Qué es lo que hace nuestro Señor? Se pone a llorar con ellos, lleno de ternura y compasión. Ese cariño es lo que lo hizo venir del cielo; veía a los hombres privados de su gloria y se sintió afectado por su desgracia. También nosotros hemos de sentir este cariño por el prójimo afligido y tomar parte en su pena. ¡Oh san Pablo qué sensible eras tu en este punto! ¡Oh Salvador que llenaste a este apóstol de tu espíritu y de tu cariño, haznos decir como él: «¿Quis infirmatur, et ego non infirmor?, ¿hay algún enfermo, con el que yo no me sienta enfermo?».

La existencia y la condición cristiana, Vicente la percibe, la examina y se siente inquieto, porque es en el espejo de los escri­tos paulinos donde «esa existencia y condición humana» están exactamente descritas: «Debemos vivir en Jesucristo por la muerte de Jesucristo y debemos morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo… Nuestra vida debe esta escondida en Jesucristo y plena de Jesucristo… para morir como Jesucristo es necesario vivir como Jesucristo».

Dando sus últimas recomendaciones a un joven superior, Antonio Durand, Vicente le dice:

«No, Señor, ni la filosofía, ni la teología, ni los discursos obtienen nada en las almas; es necesario que Jesucristo se mezcle con nosotros y nos­otros con él; que nosotros actuemos en El y El en nosotros, que hable­mos como El y en su espíritu, como El estaba en su Padre y predicaba la doctrina que el Padre le había ensenado, es así como habla la Santa Escritura. Es pues necesario señor vaciarnos de nosotros mismos para revestirnos de Jesucristo».

 

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