La Palabra de Dios en san Vicente de Paúl (VI)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad, Espiritualidad vicencianaLeave a Comment

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LA MIRADA DE VICENTE DE PAUL AL PRIMER TESTAMENTO

Un lector atento de los escritos de san Vicente como son pre­sentados en un Índice de temas por Coste en el volumen 14, encontramos la Palabra Escritura Santa, pero no las palabras: Biblia ni Evangelio ni Palabra de Dios. Y lo que es más digno de admiración es que en el término Escritura Santa, no se encuentra sino una citación de una carta de san Vicente a Edmundo JOLLY, superior en la casa de Roma, el 23 de enero de 1660 indicando que los sacerdotes de la Misión: «Nuestros padres que vuelven de misionar… tienen cada día dos conferencias y a veces tres, una sobre los casos de conciencia, otra sobre la Sagrada Escritura y la otra sobre materias de controversia».

Lo que aparece con evidencia es que Vicente no percibe nin­guna ruptura entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. La continuidad es homogénea porque Dios va de «comien­zo en comienzo y de comienzos que no tienen nunca fin».

El Fundador afirma el 21 de febrero de 1659: «En la Sagrada Escritura no hay ninguna palabra de la que no se pueda sacar algún fruto, si se explica y se medita con cuidado».

Sin embargo, él mira diferentemente el Primer Testamento. Con atención observa la sucesión de personajes y cita 35, quie­nes por su vida y sus palabras han preparado la llegada y la reve­lación del Hijo único del padre. Esta sucesión semeja a una pro­cesión en oración caminando en la penumbra hacia Cristo Señor. Los salmos atribuidos a David ofrecen no solamente las mejores expresiones de adoración, de penitencia y de intercesión sino también nos ofrecen normas para comportarnos religiosamente. Vicente los conoce muy bien.

En una mirada general encontramos 38 libros del Primer Tes­tamento citados por san Vicente, entre los 46 que forman el texto. De ciertos libros no toma sino un solo versículo incluso utilizando varias veces el mismo texto como este de Amós 3,6:

«¿Suena el cuerno en una ciudad, sin que el pueblo se estremezca? ¿Sobreviene una desgracia a una ciudad, sin que la haya provocado Yahvé»?

Una atención particular la dirige san Vicente hacia los libros llamados poéticos y sapienciales: como el libro del Eclesiástico (hoy Sirácida) o el libro de los Proverbios. (Vale la pena echar una mirada a las citaciones que tenemos).

Detengámonos un poco en la manera como san Vicente leía el salmo 72, 21-24. San Vicente cita la mitad del versículo 22 y a veces el comienzo del 23.

El texto dice:

21 «Cuando mi corazón se avinagraba, cuando se torturaba mi conciencia,

22 Estúpido de mí, no comprendía, solo era un animal ante ti.

23 Pero ,yo estoy siempre contigo, me tomas de la mano derecha,

24 me guías según tus planes, me conduces tras la gloria».

Conferencia del 8 de Diciembre de 1659: Tema: la indiferencia:

«Y como esto repugna a la naturaleza, que desea hacer siempre su voluntad, le pediréis esta virtud a Nuestro Señor y le diréis: «Señor, con­cédeme la gracia de ser como tu fuiste». Y ¿cómo fue Nuestro Señor? Lo dice él mismo: fue como un jumento, como un mulo o como un caballo de tiro. Ved como se dejan conducir los caballos de tiro y lle­var a donde uno quiere, pues nunca se ha oído decir que se hayan resis­tido a los deseos de sus amos. Y Nuestro Señor para mostrar que era indiferente, dijo: Yo he sido como un caballo o como un mulo, que se deja llevar a donde quiera». ¿No os parece una pena que los animales irra­cionales tengan que enseñarnos esta lección de la indiferencia y que a nosotros nos cueste tanto practicarla?».

El 14 de diciembre de 1659, retorna el mismo tema de la «Indiferencia» y afirma:

«Nuestro Señor nos dio un ejemplo de esto, como os dije el ultimo día; se hizo como un caballo, tal como nos lo dice por boca del profeta: «Factus sum sicut jumentum». Lo mismo que un jumento o un caballo no tiene mas voluntad que la de su amo, también yo pongo toda mi felicidad en hacer la voluntad de mi divino Padre».

Dirigiéndose a los Misioneros el 11 de junio de 1655, con el tema de la soberbia, afirmaba san Vicente:

«Ay padres y hermanos míos! Decidme, por favor, que es lo que vino a hacer el Hijo de Dios al inundo y que es lo que quiso parecer, una vez en más: un hombre humilde! Y refirió aquel pasaje de David: «Fue como una bestia de carga etc». Fijaos en los mulos: ¿se sienten orgullosos por estar bien enjaezados, por llevar oro y plata, por ir adornados de hermosas plumas? También nosotros, si nos ala­ban, si nos estiman por haber hecho quizás alguna acción brillante a los ojos del mundo, riámonos de todo eso y no lo tengamos en cuenta. ¿Somos acaso nosotros? ¿No es Dios el que lo hace? ¿No se le debe a él toda la gloria?».

Si de una parte habría que permitirse el tiempo para juzgar si la traducción que san Vicente hace de la palabra latina de la Vul­gata «jumentum» es correcta lo que más llama la atención es la manera de manejar el versículo, de darle vida, de hacerlo orien­tador de las actitudes del evangelizador.

Originalidad de lenguaje, pero también originalidad espiri­tual para invitar a la práctica de virtudes que acercan a ese modelo Jesús, que tiene que ser el nuestro en nuestro ser y en nuestro actuar y que Vicente tiene siempre delante de sus ojos. Permitámonos llamar a Vicente un «exégeta cristológico», no pretende sino leer en Cristo y como Cristo la Palabra de Dios que lo interpela.

En este mundo del Primer Testamento, Vicente retiene con atención cuatro personajes que entran particularmente en las enseñanzas dadas a las Hijas de la Caridad o a los Padres y Her­manos de la Misión.

Adán, citado 11 veces de quien afirmara que lloró hasta los 900 años de su vida a causa de su pecado de no obedecer a Dios. La Biblia dice que Abraham murió a los 930. El Fundador se permite añadir que de Eva no se dice nada.

Noé es citado cinco veces a quien Dios encargó de construir el arca para proteger a algunos escogidos y cuya construcción dice san Vicente tardó 100 años. Pero valga la pena darse cuen­ta que san Vicente parece prolongar esos años solamente para afirmar algo que tenia en su corazón: «Dar espacio a que muchos se convirtieran… dándoles ese tiempo de paciencia divina» que es «nuestra salvación, nuestra fortuna» como lo encontramos en el pensamiento de Pedro, en su segunda carta.

Abraham aparece 6 veces en sus orientaciones y lo llama «el corifeo de los verdaderos obedientes y de los perfectamente des­prendidos». Para todos Abraham es modelo de disponibilidad y de aceptación de la voluntad misteriosa de Dios. El título que le da de corifeo sintetiza mucho el caminar de nues­tro padre en la fe.

Moisés citado 25 veces es modelo de oración particularmen­te cuando levantaba sus brazos al cielo para sostener la victoria del pueblo. En Moisés, san Vicente ve también el hombre res­ponsable del pueblo y en consecuencia modelo para quienes ejercen una autoridad. En Moisés lee su propia historia como fundador y el temor de que su obra pueda ser destruida por gente incapaz de afrontar los grandes desafíos de la misión.

CEME

Álvaro Restrepo Álzate

 

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