La Palabra de Dios en san Vicente de Paúl (III)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad, Espiritualidad vicencianaLeave a Comment

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LA BIBLIA EN LOS CONTEXTOS HISTORICOS DEL SIGLO XVII

No se puede comprender la manera de acercarse a la Biblia en la experiencia espiritual de san Vicente sin tener en cuenta brevemente el contexto histórico en que vivió.

Hablemos en primer lugar de los vientos de la Reforma pro­testante… que inquietaron la tranquilidad de la Iglesia y de todas sus instituciones despertando sin duda un nuevo modo de pensar, creando sospechas frente a la autoridad de la Iglesia y que lógica­mente influía en la lectura e interpretación de la Biblia. Vientos muy fuertes cuyas consecuencias son todavía evidentes en cuan­to a la doctrina o en cuanto a las metodologías evangelizadoras.

Los historiadores son unánimes en afirmar que Lutero en ese sentido creó un nuevo modo de pensar conduciendo normalmen­te a los cristianos a otros planteamientos que no conocían antes y que lógicamente generaban confusión doctrinal y espiritual.

Francia fue particularmente sacudida por esta influencia pro­testante que no era solamente un problema de principios religio­sos sino que abarcaba muchas zonas de la vida corriente, y sobre todo en donde nobles y plebeyos encontraban un nuevo campo de batalla. Conocida es la guerra de los «Hugonotes», como se llama­ba a los calvinistas franceses, desatada en los años de 1653.

Un fanatismo religioso que ayer y hoy siembran sufrimientos en el mundo.

Era necesario esperar hasta el año 1558 cuando el edicto de Nantes deja la puerta abierta a la reforma católica.

La Iglesia de Trento ofreció la imagen de una organización poderosa consciente de su prestigio y de su poder. La centraliza­ción del poder en Roma quería favorecer la unidad de la Iglesia, en contraste con la pulverización del protestantismo. Y si el Papa era mirado como un guardián de la fe, el poder de los príncipes de la tierra buscaba también entrometerse en los asuntos propios a la Iglesia

Si la vida espiritual de la Iglesia se concentraba en el miste­rio del hombre, marcado por el pecado original, pero con posibi­lidad de ir al encuentro con Dios, la teología sin embargo se que­daba corta dando más espacio cierto a un carácter apologético o sea, defensa de la fe contra las tendencias protestantes, que a una catequesis kerigmática fundamental.

La historia cristiana de la Francia de la época de san Vicen­te conoció también la presencia de la doctrina de Jansenio que marcó el mundo cristiano de la época y de lo cual san Vicente supo mucho y sufrió también mucho; él que no quería otra cosa —y nos lo recordada con frecuencia— que «ir sencilla… llana­mente a Dios».

QUÉ CAMINOS BÍBLICOS OFRECÍA EL SIGLO XVII

La Reforma Protestante que nace en aguas turbias de polémi­cas contra la autoridad del Papa y de los Obispos concretándose posteriormente desemboca en una posición exclusiva sobre la autoridad de la Escritura negando el principio de la Tradición eclesial. En el pensamiento de Lutero ninguna autoridad huma­na puede confirmar o interpretar válidamente la Escritura

Las Escrituras pueden solo entenderse con la luz del mismo Espíritu bajo cuya luz fueron escritas. El Espíritu solo puede ser encontrado presente en la Sagrada Escritura. El cristiano podrá tener acceso a la comprensión de lo que contienen las Escrituras según su espíritu de fe en el Espíritu. La conclusión era clara: Sola GRATIA, sola FIDES, sola SCRIPTURA

En ese mar agitado Vicente recibe y acata las determinacio­nes del Concilio de Trento que condena la libre interpretación de la Biblia y que declara la VULGATA (de san Jerónimo) como único texto auténtico, en todos los libros y en todas sus partes, afirmaba el Concilio de Trento. Es éste entonces el círculo bíbli­co de Vicente.

La fuente: la Vulgata y en latín, que delicadamente traduce par­ticularmente en sus reflexiones a las Hijas de la Caridad. El equi­librio sin embargo entre Escritura y Tradición necesitó de tiempo para concretizarse, evitando así el riesgo de que la Palabra de Dios fuera solamente un instrumento de teología y de apologética, y no la «la fuente que ofrece el agua viva» como Vicente lo dice de modo muy hermoso en su reflexión del 19 de enero de 1642.

San Vicente no conoció los caminos que a partir del siglo XVII hasta su apogeo en el siglo XIX fueron buscando con insis­tencia el sentido literal del texto sagrado. Las puertas estaban abiertas a una investigación mucho más profunda y en donde las nuevas ciencias aportaban sus propios ángulos de análisis. Pero no creo que su experiencia espiritual hubiera cambiado, de él dijeron los biógrafos «semper sibi constaras», el «siempre ecuánime Vicente».

CEME

Álvaro Restrepo Álzate

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