La misión compartida en la Familia Vicenciana

Francisco Javier Fernández ChentoFamilia Vicenciana sin categorizarLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Manuel Ginete, C.M. · Año publicación original: 2007.
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Introducción

En esta conferencia, soy consciente de que puedo repetir las cosas ya tratadas anteriormente. Les pido disculpas. Sólo quiero dar énfasis aquí a algunas ideas que me parecen importantes al hablar precisamente cómo se comparte la misión en nuestra familia vicenciana. Trataré hacer esto en tres pasos:

  1. La misión compartida: experiencias contemporáneas
  2. ¿Por qué compartir la misión?, y
  3. ¿Cómo compartir la misión?

1. La misión compartida: experiencias contemporáneas

Cuando hablamos de «misión», la primera idea que surge es «misiones ad gentes.» Ejemplos de esto tenemos bastante. Lo que, en el primer paso, quiero contar a ustedes son las experiencias contemporáneas de cómo la misión está compartida en nuestra familia vicenciana hoy, en lugares en los que probablemente ustedes no se enteran ordinariamente.

Filipinas

Hace ya más de 20 años cuando los Padres en el Seminario Mayor de San Carlos en la isla de Cebu, en el centro de Filipinas, empezaron a promover una misión popular, primero en la isla vecina de Bohol, y después en otras islas. Los padres del seminario regional estaban encargados de la formación del clero diocesano en esta parte, y fuera de los meses de vacaciones, estaban ocupados en este ministerio todo el año, ministerio que los Paúles anteriores se encargaron desde 1867 hasta hoy día.

La misión popular, pues, tenía que ser en Abril o Mayo, meses calurosos sí, pero eran los únicos meses libres para hacer esta pastoral con toda la dedicación que exigía del tiempo de los padres. Con ellos fueron los otros Paúles de Manila, los seminaristas de nuestras casas de formación, y especialmente, los seminaristas diocesanos de Cebu. Al empezar, no fueron más de veinte personas para unas siete aldeas en la isla.

La experiencia de la misión popular en estas islas fue muy dura, pues tenían que vivir en las casas de los pobres, sin los servicios y muchas veces durmiendo en el suelo. Pero era una experiencia enriquecedora e inolvidable. El primer año los misioneros se encontraron con un éxito inexplicable, de modo que el obispo de la diócesis donde se hizo la misión pedía el año siguiente que se hiciera una misión también en otra isla.

Esto fue el proceso con las misiones siguientes. Después de algunos años, el equipo misional se aumentó, y vinieron con los padres y seminaristas, algunas Hijas de la Caridad y algunas profesoras y jóvenes de sus colegios, y últimamente, algunos estudiantes de la Universidad de Adamson en Manila, y aún los miembros del club vocacional. Veinte años después, este grupo forma el núcleo de los misioneros laicos vicencianos, que están preparando sus estatutos para ser reconocidos como parte de MISEVI. Cabe decir que algunos de estos «misioneros laicos» entraron en la Congregación y las Hijas de la Caridad. El programa de la misión popular ahora forma parte del programa pastoral del seminario, porque durante el año, estos seminaristas hacen el seguimiento de la misión. Muchos de los seminaristas diocesanos que han sido ordenados como sacerdotes continúan a prestar su presencia en algunas de estas misiones. Ellos representan como una honra para sus formadores Paúles porque verdaderamente viven el carisma vicenciano y promueven la misión con todo compromiso.

Para la financiación de estas misiones, nos ayudaron y ayudan amigos y otras casas de la Provincia y de las Hijas, y también algunos miembros de la Sociedad de San Vicente y del grupo de la Visita Domiciliaria de la Medalla Milagrosa, cuyos miembros suelen apoyar los seminaristas de las diócesis que mandan sus aspirantes al Seminario Mayor en Cebu.

Esto es un ejemplo de cómo se ha compartido la misión vicenciana con grupos con quienes trabajamos, sea con los que pertenecen propiamente a la Familia Vicenciana, sea con los que favorecen nuestro apostolado y se animan con el carisma de nuestra familia.

Brasil

El segundo ejemplo que quiero compartir con Ustedes es la experiencia de la cual me enteré en Brasil cuando fui a visitar el año pasado la Familia Vicenciana. Se refiere a la pastoral vocacional de la FV. Me dicen que cuando los miembros de la nuestra familia van a las escuelas para promover vocaciones, ellos van como un equipo que consiste en miembros de las diferentes ramas existentes en esta parte del país. Van miembros de la Congregación de la Misión, Hijas de la Caridad, Sociedad de San Vicente de Paúl, Juventud Mariana Vicenciana, y otras congregaciones e institutos que pertenecen a la Familia Vicenciana de Brasil. De esta manera, lo que se presenta es más bien el carisma o la misión vicenciana, y no necesariamente y primariamente los diversos grupos de nuestra familia. Así los estudiantes pueden ver claramente la misión, y al mismo tiempo pueden escoger el grupo que les será idóneo a sus aspiraciones y personalidades. La pastoral vocacional, pues, se presenta como una vocación que no es necesariamente clerical o religiosa, sino también laical y que siendo laicos puedan responder a la llamada de Cristo y así pertenecer a un grupo laico, pero comprometido al evangelio.

A mi modo de ver este es un ejemplo de compartir la misión sin disminuir la exigencia y la atracción.

China

La tercera experiencia que voy a hablar es un poco diferente. Es sobre la experiencia de los profesores de lengua inglesa en China. Hace ya más de diez años cuando empezaron los Padres y Hermanas en las provincias chinas que hasta ahora tienen su respectiva sede administrativa en Taiwán. Esta «misión» consiste simplemente en unos voluntarios que enseñan inglés en algunas universidades en China. Algunos de ellos son Paúles e Hijas, pero la mayoría son laicos, y no necesariamente ligados a uno de los grupos de nuestra familia vicenciana. Algunos fueron nuestros seminaristas en Filipinas, pero algunas son amigas y profesores que querían y quieren tomar un compromiso de misión. El superior provincial anterior de China, P. Hugh O ´Donnell, tenía el entusiasmo de promover esta «misión» tan diferente que lo que es tradicional, a saber, la evangelización directa. El asesor o director de este programa es un cohermano Paúl.

Como podemos entender, estos profesores tienen prohibido a hablar a sus estudiantes sobre la religión. Solo se encargan de enseñar inglés a los estudiantes que seguramente aprovechan la oportunidad de conocer más una lengua internacional por razones comerciales en el futuro. Pero para nuestros misioneros voluntarios la misma oportunidad se presenta como una ocasión preciosa de evangelizar sin hacerlo directamente, de ser testigos de la humanidad de la cual todos participamos, y en este modo, quizás indirectamente, predicar el evangelio por medio de su vida, palabra, atención y compromiso. Pretenden que por medio de estos, sus estudiantes aprenden algo del evangelio – experiencia que pueda ser que no les sirva por ahora, pero quizás en el futuro será útil e inspiradora.

Tres experiencias de cómo compartir la misión que hemos recibido de Cristo y de San Vicente de Paúl. La primera, por medio de la misión popular; la segunda, en el campo de la pastoral vocacional; y finalmente, en la experiencia de «missio ad gentes», pero un tipo diverso del que estamos acostumbrados.

De estas experiencias, quiero destacar solamente las reflexiones siguientes:

  • La misión continúa y es inexorable. Por si misma atrae a los que oyen su voz. Ciertamente ayuda haber trabajadores.
  • La misión se presenta en formas diversas. Necesitamos ojos de fe para descubrirlas y reconocerlas. Si la misión está clara, podemos distinguirla fácilmente de los medios con que respondemos a ella.
  • La misión se dirige a todos, sin que ellos sean clérigos o personas consagradas.
  • Cómo compartir la misión muchas veces viene con el terreno. La situación nos da las posibilidades, los medios apropiados o no apropiados.

En las dos secciones que siguen me atrevo profundizar estas reflexiones.

2. ¿Por qué compartir la Misión?

¿Qué motivación tenemos para compartir la misión? ¿Podemos dejar sin compartirla? Estas son las preguntas que quiero dirigirme ahora. Son preguntas a las cuales estoy seguro ya hemos respondido. Pero para facilitar nuestras reflexiones en este tema, quiero añadir un poco si me permiten.

En primer lugar, me atrevo decir que sin duda debemos compartir la misión. El compartir pertenece a la esencia de la misión. No hay razón ninguna para que la misión se haga propiedad personal o institucional de una congregación, grupo, o asociación, por grande y bien motivadas que sean estas. La misión no es propiamente nuestra, en el sentido de que esta brota o proviene de nuestros deseos de servir a los pobres o de compartir lo bueno que tenemos en nuestras personas o en nuestros establecimientos. La misión es propiamente de Dios, es obra de Dios, pertenece al ser divino en lo más profundo que pueda.

En su obra maestra sobre la Santísima Trinidad, San Agustín declara que en el seno de Dios el Espíritu Santo procede del amor de Dios Padre hacia su Hijo. En este acto se coloca lo que llamamos «la misión» en el centro del ser divino. El proceder es como una misión hacia el otro.

Dos cosas que debemos subrayar aquí: primero, el acto es el acto de amor, y segundo, en Dios hay más de una persona – de hecho tres personas cuya esencia es amor. No son pensamientos extraordinarios ni nuevos. El Papa, Benedicto XVI, habló del mismo tema el año pasado. Lo que quiero dar énfasis aquí es al hecho de que esto es importantísimo para nuestras reflexiones sobre la misión a la cual respondemos como una familia de San Vicente de Paúl.

La misión es amor

Es decisivo tener claro qué significa la «misión.» Si colocamos la misión en el seno de Dios, no podemos decir más que la misión consiste en compartir el amor de Dios hacia los demás, como por una parte el Dios Padre mismo lo comparte a su Hijo, y como por otra parte Dios Uno y Trino lo comparte al mundo, aunque este mundo se desvía del mismo amor con que está creado. Este es el objetivo primordial de la encarnación. En el lenguaje del evangelio, la misión es nada menos que proclamar, hacerse conocer, compartir la experiencia del reino de Dios. Este es el evangelio, la buena noticia que anunciamos, en particular a los pobres. Si nos acercamos, amamos, servimos a los pobres, esto es porque queremos hacerles partícipes del amor de Dios, de su providencia, justicia, y compasión. En este sentido lo que hacen los profesores de inglés en China es verdaderamente una expresión de la misma misión que anima las Hijas de la Caridad en los hospitales de España, los jóvenes marianos vicencianos de Nigeria, y los misioneros laicos vicencianos en Mozambique y Honduras. Todos nosotros participamos en esta misión. O mejor dicho, Dios, en su infinita bondad, nos llama a participar en esta misión, que es al mismo tiempo, su vida, su ser.

La misión, como amor, necesita otras personas

Tal como es, la misión no existe solitariamente. Implica al menos dos personas, que se comprometen realizar esta situación. De aquí viene la idea de corresponsabilidad para esta misión. Tenemos una responsabilidad común, y nadie puede desprenderse de los demás sin que la misión misma se haga menos exitosa. La misión es tan grande que no hay nadie que pueda alcanzarla sólo por su cuenta propia y esfuerzos propios. Jesucristo mismo necesitaba los apóstoles y discípulos para difundir la buena noticia.

A mi me parece que este punto no es una cosa debatible. Supongo que lo creemos, aunque algunas veces teóricamente. Lo que quizás no estamos muy convencidos es la parte de que debemos hacer todo lo que podamos para apoyar la misión que se realiza en el mundo de hoy, en cualquier lugar que sea. Tenemos la tendencia a olvidarnos de las obras que no están frente a nuestra nariz. No nos sentimos unidos con algunos que no vemos, con sus ministerios, trabajos o servicios para los pobres. O quizás estamos contentos nada más en hacer lo que los superiores ordenan, los apostolados que estamos acostumbrados, los servicios tradicionales. Si no son de este tipo, los otros compromisos los vemos con sospecha.

Brevemente, quiero acentuar el punto de que si queremos ser seguidores de Cristo, evangelizador de los pobres, debemos cooperar, colaborar, coordinar con otros que están llamados también a la misma misión. De ahí se explica el por qué del compartir de esta misión.

Una Familia Vicenciana

Pero, además de todo esto, existe otra motivación para compartir: somos una familia llamada a compartir el carisma de San Vicente de Paúl. Siendo miembros de esta gran familia en la Iglesia, nosotros no podemos ignorar la experiencia, los procesos, la pastoral del gran santo del siglo diecisiete.

En todas sus obras maravillosas, en el trabajo con los clérigos, las Cofradías de Caridades, las Hijas de la Caridad, etc., San Vicente siempre ha dado gran importancia a la colaboración activa en estas obras, sea de Madame de Gondi, Berulle, Luisa de Marillac, las Damas de la corte francesa, los Jesuitas y otros religiosos, etc. Como ya hemos leído de la vida del Santo fundador, no dependía solo de sus esfuerzos y buenas ideas, sino quería discernir y tomar aviso de otros sobre los pasos que debía hacer en seguimiento de las obras que había empezado. Uno tiene la sensación de que para San Vicente, una obra que merecía la bendición de Dios debería ser obra no solamente personal o individual, sino comunitaria, con la cooperación de otros más.

Esta conciencia de colaboración en San Vicente, me parece, se basa muy fundamentalmente en su eclesiología.1 San Vicente considera a los laicos como miembros tan importantes como los clérigos y religiosos, todos miembros del cuerpo de Cristo, que están encargados de la misión hacia los más necesitados, los más pobres. Cuando S. Vicente asumió la misma misión, la asumió no como una persona solitaria, sino como miembro de una familia, de una iglesia, de una comunidad, que pretende ser imagen de la comunidad de Dios. Así que para San Vicente la responsabilidad para esta misión corresponde a todos, y no solamente a los pocos escogidos.

En resumen, por estas tres consideraciones, a saber, primero, que la misión es esencialmente amor de Dios, segundo, que la misión implica varias personas, y tercero, nuestra misión es de San Vicente para el cual la colaboración era importantísima – por estas razones, podemos afirmar que la misión deber ser compartida.

3. ¿Cómo compartir la Misión?

Por ser una actividad propiamente de Dios, la misión es inexorable. Con la confianza de nuestra fe podemos decir que la misión se alcanzará pues Dios es el autor de la misma. Si no con nosotros, será con otros. En todo esto me anima mucho el hecho que Dios me invita ser parte de su trabajo para toda la creación, de ser instrumento de su plan para todo el mundo. Yo estoy cierto que todos nosotros sentimos así. Damos gracias a Dios por hacernos dignos de ser sus colaboradores para el empeño de su reino. Con esta disposición bien clara, el asunto de cómo compartir esta misión será fácil de tratar. El cómo compartir se ve evidentemente en lo que Dios mismo hizo y continúa a hacer en nuestra historia.

Primer paso: Estar claro con la identidad particular de cada rama

En primer lugar, para que podamos compartir la misión, nuestra identidad como una persona o una rama de la Familia Vicenciana debe ser clara, firme y segura. Llevamos a la mesa del compartir lo que somos, con nuestros talentos y capacidades, al mismo tiempo que debemos reconocer nuestros defectos y debilidades.

Pero no debemos quedarnos en esto. Sabiendo que somos llamados a participar en una misión que Dios mismo dirige, debemos trabajar para que las diversas identidades no caigan como obstáculos al desarrollo de la misma misión. Cuanto sea posible, trabajemos juntos sin olvidar el genio particular de cada una de nuestras ramas. De este modo aseguramos el equilibrio entre lo individual y lo común. Así, somos fieles a la imagen de Dios, uno y trino, en el cual las personas individuales del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo no se pierden en la unidad divina.

Las particularidades de cada rama enriquecen la familia y la promueven. Como miembros del cuerpo de Cristo, cada parte tiene su rol en el funcionamiento saludable del cuerpo. Si podemos poner juntos nuestras habilidades, que cosa no podemos hacer para la misión! Sin duda, no niego que algunas veces estas mismas particularidades llegan a ser como obstáculos principales al empeño de colaboración.

Segundo Paso: Crear estructuras y proceso del compartir

En segundo lugar, para que el compartir sea concreto, es necesario expresarlo por medio de estructuras, programas, y proyectos actuales. Es verdad que cada una de las ramas ya tiene su propia actividad, proyecto o servicio, y que muchas veces no queremos dejar estas por un proyecto común que todavía necesita elaborarse, o asumir otros proyectos cuando ya tenemos demasiado. Pero si deseamos fomentar el compartir de la misión, o invitamos a otros a participar en nuestros proyectos, o asumimos los proyectos de otros, o nos ocupamos de crear otro nuevo proyecto. Un proyecto común a nivel internacional de la FV, a saber, el proyecto que se llamaba «Globalización de la Caridad: Lucha contra el hambre» ha sido exitoso precisamente porque veíamos la necesidad de poner en relieve algún aspecto de nuestra misión para responder a una llamada urgente. Por otra parte, conozco también de algunas situaciones donde algunas hermanas invitaban a las voluntarias a ayudarlas a asumir la responsabilidad de la dirección de una escuela a causa de la escasez de vocaciones. En todo caso, debemos recordarnos de que lo más importante es promover la misión o el carisma, mucho más que la existencia de los grupos que, en un tiempo y un cierto lugar, participan en esa misión y la promueven.

Pero, muchas veces el problema no es el deseo de compartir. Con frecuencia, es mucho más una cuestión de cómo empezar a colaborar, a compartir, dado que ya cada rama tiene su estructura.

En este punto yo quiero sugerir un método que me ha servido bien en muchos casos. Esto consiste nada más en hacer las siguientes preguntas:

  1. ¿Dónde están los más pobres, los más vulnerables hoy?
  2. ¿Qué es lo que quiere Cristo que hagamos concretamente para ellos?
  3. ¿Qué podemos hacer juntos, como una familia?

Me parece que está claro lo que pretendemos con estas preguntas. La primera nos pone directamente a la situación de los pobres, y no en nuestra propia situación. Quiero decir que la misión se halla en la situación concreta de los pobres – la situación de necesidad.

La segunda pregunta nos coloca en el ambiente de discernimiento. Ponemos la voluntad de Dios como punto de referencia. Suponemos que esta actitud de discernimiento surge de un corazón que está dispuesto a escuchar la voz de Dios que se oye por medio de los «signos de los tiempos». Lo concreto que preguntamos hace eco del proceso que seguía San Vicente.

Con la tercera pregunta, hacemos el acto de compartir o colaborar como fruto de análisis de la situación y de discernimiento bajo la mirada divina.

Otros pasos prácticos

Además de estos dos pasos, hay otros que nos pueden ayudar hacer el compartir o la colaboración entre las varias ramas de nuestra familia. En algunas regiones, establecieron grupos coordinadores de la FV con estatutos precisos. A mi modo de ver, esto no es absolutamente necesario, pero sí, que en algunos momentos clarifican el rol de cada rama en este grupo, sea nacional o regional. En América Latina, por ejemplo, cada país o región tiene su grupo coordinador, incluso un grupo regional para toda América Latina. Para ellos esta es una estructura imprescindible, en la cual pueden caber programas, proyectos, sesiones de formación, etc.

Relacionada a estos pasos prácticos, me atrevo de sugerir unos pocos más:

  • Tener encuentros come este. Encuentros que nos dan la oportunidad de compartir con otros nuestras experiencias, nos animan en la misión, nos hacen conscientes de las diversas posibilidades o respuestas a la situación de los pobres. Estos encuentros puedan ser para informar, formar, o celebrar, por ejemplo, los días de fiesta en nuestra familia.
  • Determinar el rol de cada rama. Sería aconsejable alternar la
    responsabilidad de dirección o coordinación entre las diversas ramas.
  • Mantener un equipo coordinador o secretariado que facilita la comunicación entre las ramas.

Supongo que habrá otros más. En todo esto lo que quiero subrayar muy especialmente es la necesidad de estar abiertas a varias posibilidades que puedan surgir de nuestro contacto directo con los pobres. No tengo duda ninguna de que si nos ponemos en contacto con ellos, ellos nos puedan iluminar y dirigir a los medios que convienen. Sólo que vayamos con mentes y corazones abiertos.

Conclusión

En su conferencia del 30 de mayo de 1649, San Vicente nos recuerda lo esencial de nuestra misión:

«Por tanto, nuestra vocación consiste en ir, no a una parroquia, ni sólo a una diócesis, sino por toda la tierra; ¿para qué? Para abrazar todos los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra para inflamarla de su amor. ¿Qué otra cosa hemos de desear, sino que arda y consuma todo?» (SVP, XI, 559).

  1. Véase el articulo «El carisma vicenciano en la Iglesia» en La Familia Vicenciana, Vincentiana 50 (Julio­-Agosto 2006), pp. 205’214, especialmente 206­-210.

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