LA MISERICORDIA Y LA TERNURA COMO PRAXIS DE LA HIJA DE LA CARIDAD (IV)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad, Espiritualidad vicencianaLeave a Comment

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  1. LA DIACONIA DE LA MISERICORDIA PARA TRANSFORMAR EL MUNDO

En esta tercera parte voy a intentar poner de relieve algunos aspectos que podrían contribuir a transformar el mundo desde la ternura y la misericordia. Me parece importante acentuar algunos aspectos de lo que estamos viviendo y que deseamos vivir con mayor intensidad. indudablemente la bondad, la ternura y la miseri­cordia, embellecen la convivencia y tienen una fuerza capaz de transformar el mundo.

4.1 Compartir el sufrimiento de los pobres, llevar con ellos el peso que los oprime

La geografía del hambre no conoce fronteras. cerca y lejos mal­viven y mueren millones de personas por problemas de nutrición, de higiene o de cuidados sanitarios. El analfabetismo, la soledad, la falta de amor siguen siendo una mancha que afea el rostro de la humanidad. Muchas familias con escasos recursos tienen que enfrentarse con el drama de la lucha cotidiana por sobrevivir digna­mente. El desempleo, la falta de un trabajo estable, la insuficiente cobertura social para quienes carecen de recursos, viviendas en pésimas condiciones agravan la situación.

El cerco de la precariedad rodea a personas que sienten ver­güenza de pedir y que esconden la mano cuando sus labios musitan alguna de sus miserias. Cerca y lejos, allí donde nos encontramos, muchos hermanos empobrecidos necesitan cuidados, atención, compañía. Ante tantas situaciones de sufrimiento, de humillación, de desesperanza, podemos pasar de largo, ir de prisa, acostumbrar­nos al dolor y perder sensibilidad. Todo esto entra en lo que el Papa Francisco llama la globalización de la indiferencia. Un sencillo gesto de bondad con alguien que sufre puede cambiar toda una vida.

El mundo actual no destaca por su inclinación hacia la miseri­cordia, abundan desgraciadamente la indiferencia, la deshumaniza­ción, el abandono. La Exhortación Evangelii gaudium nos estimula a permanecer vigilantes para que la cultura del bienestar no nos anestesie, volviéndonos incapaces de compadecernos y de llorar ante el drama de los demás ni de interesarnos de cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe.

Llevar el peso que oprime a los pobres, – sufrir con la persona que sufre -, no se reduce a un hecho concreto y puntual, ni está moti­vado por una ráfaga de emoción colectiva, ante catástrofes y acon­tecimientos excepcionales. La ternura misericordiosa lleva a poner­se en la situación de los que sufren y a compartir su pena. Sobrellevar con agrado las debilidades de nuestros hermanos, ser pacientes con los defectos de nuestro prójimo, entra en la praxis cotidiana de la misericordia.

Son actuales las recomendaciones de santa Luisa a las Hermanas cuando las animaba a llevar las penas de los pobres y a hacer todo lo posible por remediarlas. Tal vez vosotras sufráis esca­sez; eso debe ser vuestro consuelo, pues si tuvierais abundancia vuestros corazones se sentirían tristes por ello…

Compartir el sufrimiento de los pobres lleva de forma ineludi­ble a renunciar a cosas necesarias para poder atender sus necesida­des como hacían santa Luisa y las Hermanas que “tomaron de lo de ellas mismas para aumentar el fondo de los pobres y se contenta­ban con tomar una vez al día un poco de alimento, el más tosco.

Ayudar a llevar el peso de los pobres implica permanecer a su lado en las dificultades. ofrecerles el apoyo que necesitan, defender sus derechos y colaborar con quienes asumen su causa, siguiendo las orientaciones de la Iglesia. Es ser ese poyo en medio de la calle donde los que pasan puedan depositar la carga que llevan y permi­tir que descarguen en nosotras su indignación, su malestar, todo lo que les atormenta, como repetía y sobre todo practicaba la beata Sor Rosalía Rendu.

Compartir sufrir con los pobres, permanecer a su lado, lleva a servirles como a señores, pues tienen derecho a ello, y a aprender de su vida crucificada pues verdaderamente son nuestros maestros y, sin darse cuenta, desde la cátedra del sufrimiento y la humillación, nos están evangelizando.

4.2 Cuidar la fragilidad, acompañar a las personas más débiles y desfavorecidas

En la sociedad actual hay problemas que no ocupan grandes espacios en las informaciones, bien porque no interesan o porque otros temas que acaparan toda la atención. La soledad es uno de los problemas actuales más graves, que afecta a enfermos crónicos, a personas mayores, sin hogar o en la cárcel, que carecen de víncu­los familiares, o estos son muy débiles. En los grandes centros urba­nos. pero también en otros núcleos de población, muchas personas se encuentran aisladas, con escasa o nula comunicación. Los datos estadísticos que de vez en cuando salen a la luz son verdaderamente alarmantes. La indiferencia y la soledad son síntomas de una socie­dad deshumanizada.

Puede parecer que actualmente muchas personas no necesitan de nadie para vivir. Sin embargo, las personas que sufren y carecen de apoyos humanos y sociales o pasan mucho tiempo solas, precisan mucho cariño y comprensión y sobre todo alguien que les ofrezca su tiempo y las escuche. Esto requiere una permanente disponibilidad, siempre pronta a acudir a aliviar, consolar, apoyar al hermano débil y necesitado.

Cuidar y curar heridas, custodiar y proteger a las personas más frágiles y desfavorecidas a través del ejercicio constante de las obras de misericordia corporales y espirituales, cooperando con recursos necesarios que les ayuden a vivir dignamente y faciliten su integra­ción social. ¡Cuántas heridas abiertas encontramos en el corazón de ancianos y enfermos solos, en personas que están en la cárcel, en emigrantes y refugiados perseguidos que han tenido que huir de sus países para salvar la vida, en tantas y tantas víctimas de esclavi­tudes y miserias!

Cuando una persona se encuentra acogida y comprendida, de alguna manera empieza a nacer de nuevo. Los niños y jóvenes, necesitan un acompañamiento especial, sobre todo, los que han nacido o crecido en familias con dificultades, que apenas han reci­bido mensajes positivos orientados al desarrollo armónico de su per­sonalidad. La necesidad de ser reconocidos y amados les lleva a determinadas actuaciones de las que más tarde se arrepentirán.

En estos tiempos nos sentimos particularmente urgidas a cuidar con ternura y a proteger la vida humana y la dignidad inviolable de la persona desde el inicio de su existencia hasta su muerte natural. Es una prioridad la protección a la mujer, con frecuencia discrimi­nada o víctima de esclavitudes; necesitan un apoyo particular las mujeres que valientemente optan por ser madres, en medio de inse­guridades laborales y sociales, familiares o económicas. También es inaplazable la defensa de la familia, amenazada por ideologías que proponen modelos opuestos a la concepción cristiana de la vida.

Cuidar y acompañar, con delicada ternura, paciencia y com­prensión, alentando en los pobres la esperanza que no defrauda: la fe constituye un poderoso apoyo en el sufrimiento, en la soledad, en la dificultad. San Pablo nos exhorta a alentar a las personas desanimadas, a sostener a los débiles y a ser pacientes con todos. Es un privilegio poder contemplar al Señor y visitar en su nombre a tantas personas desesperadas, caídas, abandonadas, rotas e incom­prendidas. Ciertamente existe una profunda relación entre la fe y el amor a los hermanos, particularmente a los más débiles, a los que de ninguna manera debemos dejar solos.

4.3 Hacer de nuestras comunidades y centros vicencianos oasis de misericordia, en las periferias de la marginación v la exclu­sión».

Nuestra sociedad hambrea el pan de la ternura y anhela el bál­samo de la misericordia para poder neutralizar tantas formas de vio­lencia que empañan las relaciones humanas y ensombrecen la vida social. Alarma la insensibilidad ante escenas violentas convertidas en espectáculo ante las que se permanece impasible, sin estremecerse. A veces existe un cierto interés por invisibilizar la pobreza o por atenuarla ante los ojos del ciudadano confortablemente instalado en el sillón del bienestar.

Sin embargo, el clamor de los pobres no cesa pero adquiere tonalidades diferentes; por eso, se necesita un oído espe­cial para captar lo que verdaderamente late en tantos corazones rotos y heridos por la falta de amor y el olvido de los demás. En un barracón semiderruido de un barrio popular de una ciudad turística, un grupo de ocupas que malvive en condiciones infrahumanas ha escrito esta terrible sentencia: Si nada nos libra de la muerte, al menos que el amor nos salve de esta vida.

Además de la ayuda material estamos llamadas a hacer de nuestras comunidades y centros vicencianos oasis de misericordia. A muchos pobres, la vida les resulta difícil de llevar, les faltan las fuerzas, se encuentran desesperanzados, atormentados: viven situaciones durísimas de incomprensión y rechazo sin que les sean reco­nocidos sus derechos, sin un horizonte que les ayude a afrontar con esperanza su dramática situación.

En estos tiempos de tanto individualismo, los pobres necesitan el calor de la amistad que les anime y consuele, les aporte lo que necesitan para vivir con dignidad y les ayude a descubrir a Jesús pues solo en Él encontrarán amor, paz, misericordia, alegría, per­dón.

Una comunidad, un centro oasis de misericordia es un espacio cálido y fraternal, donde los pobres son acogidos cordialmente, se vive en familia y se disfruta de la amistad. Ahí se crean vínculos con los pobres, emigrantes, refugiados, personas solas desarraigadas de sus familias – que carecen de un ambiente que les cobije y proteja -. Los pobres necesitan descubrir que Dios es Padre misericordioso de todos, está con ellos y los ama; los pobres desean que les ayude­mos a orar, a escuchar la Palabra de Dios, a encontrar una luz que oriente su caminar por la vida. Un centro oasis de misericordia ofrece tiempos y espacios para dialogar y compartir, para orar y celebrar juntos la fe, para estrechar lazos fraternales entre hermanos, hijos del mismo Padre.

Una comunidad, un centro vicenciano oasis de misericordia tiene las puertas del corazón y de la casa siempre abiertas para entrar y para salir y desplazarse hacia las periferias geográficas y existencia­les, cercanas o lejanas. donde muchas personas en estado de pobreza sufren y hambrean consuelo y esperanza. Puertas abiertas para acoger a los pobres, sin esperar a que llamen: puertas abiertas para ir a bus­carlos donde se encuentren. Muchos de ellos pertenecen a ese colecti­vo que el Papa Francisco llama la cultura del descarte, son personas no gratas, improductivas no integradas. que no cuentan y que de alguna manera son ignoradas y expulsadas al margen por una sociedad indiferente, satisfecha con la acumulación de cosas innecesarias, entretenida en los macro espectáculos del ocio o la euforia del deporte.

Por dentro, la comunidad oasis de misericordia es una delicia, es una especie de paraíso, donde las Hermanas viven unidas, saben estimularse para avanzar juntas, saben sortear las dificultades con comprensión y superar los obstáculos sin lamentos. Es una comuni­dad misionera, que habla desde la vida, con el lenguaje de la dulzura y la praxis de la misericordia. Guarda muy viva en su memoria la recomendación de san Vicente: Hablad del bien que habéis visto, decid lo bueno que es Dios, que conviene amarlo, explicad cómo le servís para edificación de aquellos que os escuchan. Además, y de un modo muy vivo, esta comunidad oasis siente la responsabilidad de ser referencia evangélica para el entorno y de ser un faro luminoso atractivo que ilumine a los jóvenes en búsqueda de su vocación.

Una comunidad oasis de misericordia sufre y comparte las angustias de los pobres pues sus lágrimas la hacen llorar también. Ora en nombre de los pobres, por ellos y con ellos, consciente de que ese es el medio más poderoso para obtener de Dios que su obra se realice según su santa voluntad.

4.4 Mostrar a los pobres el rostro misericordioso de Dios

¿Cómo podemos mostrar el rostro misericordioso de Dios a unas generaciones que viven en un mundo moldeado por una pro­digiosa tecnología que parece bastarse a sí mismo? ¿Cómo propo­ner el Evangelio en una sociedad que sufre el acoso de la intoleran­cia del laicismo – que impone la dictadura del pensamiento único – y pretende arrinconar el Evangelio al recinto privado de la con­ciencia, dejando de inspirar la convivencia social y la vida pública? En este contexto apremia el testimonio convincente de los que se han dejado iluminar y transformar por la Palabra del Señor y desde su vida, despiertan en otros el deseo de buscar la verdad y la verda­dera vida en Dios.

Hoy como ayer, multitud de gentes atraviesan una honda crisis existencial y necesitan una brújula segura que oriente sus pasos en la vida. Somos conscientes de que en la persona humana hay un hambre profunda que no queda saciada con recursos materiales; no cabe duda de que la mayor desdicha es no conocer a Dios.

Las nuevas generaciones de niños y jóvenes que anhelan liber­tad y buscan la felicidad tienen necesidad de construir su vida sobre bases sólidas. A veces desafortunadamente son arrastrados hacia ideales fundamentalistas y violentos o bien, víctimas de una sofisticada manipulación, caen en las redes de la esclavitud del alcohol, la droga y otras adicciones. Sin embargo, ante hermosas propuestas que proyectan luz y esperanza en sus vidas, vemos que son capaces de dejarse interpelar. Necesitan escuchar la voz de Cristo que les invita a ser sus amigos. Estamos llamadas a decirles que Cristo los ama, que en él encontrarán el Amor y la Vida, la verdadera libertad, la plenitud de la felicidad.

La experiencia de la misericordia de Dios, que constantemente recibimos, requiere ser anunciada y compartida. ¡El Señor nos invi­ta a anunciar con gozo este mensaje de gozo y esperanza! Es her­moso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de com­partir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podernos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.

De forma contundente san Vicente no se cansaba de repetir a las Hermanas que debían trabajar con todas sus fuerzas al servicio de las almas, para hacerlas amigas de Dios, y esto aun antes de ocu­parse de los cuerpos. Hacer que los pobres sean amigos de Dios es un gran desafío. Me encanta el comentario que hizo una Hermana en una de las reuniones comunitarias con los Fundadores: sabemos que amamos a Dios si nos complacemos en hablar de El. Así la experiencia de misericordia que nosotras saboreamos deseamos que pueda extenderse a los pobres. ¡Cómo disfrutarán ellos escuchando en su corazón: Te amo, tú eres precioso para mí!.

Tengo la impresión de que a veces se da una cierta disociación entre obras de atención social y evangelización que limita la acción caritativa a un compromiso solidario, a hacer algo por los demás. Sin embargo, la acción caritativa y social tiene una dimen­sión evangelizadora que habla con el lenguaje de la ternura y la misericordia. Si algo debe inquietar nuestra conciencia es que tan­tos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga. sin un horizonte de sentido y de vida.

Nuestra misión es anunciar al Dios de la vida, hacer presente el amor misericordioso de Dios a los pobres con gestos, palabras y actitudes sanadoras. Es claro que no somos gestoras de obras socia­les, educativas, o sanitarias, por mencionar los tres grandes sectores que de alguna manera engloban la praxis de la Hija de la Caridad. La praxis de la Hija de la Caridad, impregnada de ternura y miseri­cordia, lleva a sanar, a educar, a transformar; y por la fuerza del Espíritu, a despertar el deseo de ver en quienes caminan en la oscu­ridad y a abrir suavemente la puerta de la fe a los que viven en la desesperanza.

Emociona ver cómo los pobres se acercan al Señor de la mano de la Virgen María, Madre de misericordia, que acoge a todos sus hijos con una especial protección hacia los pequeños, humillados y desamparados. Ella nos invita a escuchar a Jesús y a hacer lo que Él nos diga.

Así, ante las multitudes hambrientas, desorientadas, desilusio­nadas, alejadas de la fe y de la Iglesia; ante tantas personas que luchan por la justicia y buscan la verdad; ante tantos corazones rotos o heridos, hambrientos de amor y de paz, de perdón, esperan­za y salvación, Jesús nos sigue diciendo: ¡Dadle vosotros de comer!

Sor Rosa María Miró, H.C.

CEME 2015

 

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