La MISERICORDIA como praxis de la vida y del apostolado del misionero (V)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad, Espiritualidad vicencianaLeave a Comment

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2.3. Id por todo el mundo…

Madagascar fue la primera Misión «Ad Gentes» de la Congregación. San Vicente comenzó a relacionarse con la Santa Sede a través de la recién fundada Sagrada Congregación de Propaganda Fide, a la que envió una primera súplica con el propó­sito de obtener la concesión de las facultades que solían conceder a los misioneros, incluso en países católicos.

Por otra parte, san Vicente tenía relación con las dos Compañías que tenían permiso para comerciar con Indias o con Oriente.

Pero lo que movió a san Vicente a mandar Misioneros a Madagascar fue la necesidad de Evangelizar. San Vicente le escribía al P. Carlos Nacquart:

«Lo principal es que, después de esforzarse en vivir con las personas que tenga que tratar en olor de suavidad, y de buen ejemplo, procure que aquellas pobres gentes, nacidas en las tinieblas de la ignorancia de su Creador comprendan las verdades de nuestra fe, no ya por las sutiles razones de la teología, sino por razonamientos tomados de la naturaleza; pues hay que empezar por ahí, intentando hacerles compren­der que no hace usted más que desarrollar en ellos las seña­les que Dios les ha dejado de sí mismo v que había ido borrando la corrupción de la naturaleza, desde hace mucho tiempo habituada al mal». «Me gustaría que les hiciera ver las debilidades de la naturaleza humana mediante los desór­denes que ellos mismos condenan, pues también ellos tienen leyes, reyes y castigos».

«Si su divina Majestad quiere darle la gracia de cultivar la semilla de cristianos que ya hay allí y que viven con aquellas buenas gentes en la caridad cristiana, no dudo, ni mucho menos, que nuestro Señor se servirá de ustedes para prepararle allí a la Compañía una mies abundante. Vaya pues, padre, y ya que le envía Dios por medio de sus representantes en la tierra, eche las redes con valentía».

Pero la Misión de Madagascar era muy dura: La distancia era considerable, el clima asfixiante, la lengua difícil y el trabajo estaba todo por hacer. Antes que los Misioneros habían estado Jesuitas por­tugueses que habían bautizado a algunos nativos, pero había pasado mucho tiempo y todo había desaparecido. Añádase a esto que los Misioneros morían uno tras otro en número considerable. Comenzaron a surgir voces que pedían abandonar una Misión tan dura. San Vicente dirá en una repetición de oración de 1657:

«También les encomiendo a todos a los de la compañía que están en Madagascar. Hemos sabido que ha llegado un barco a Nantes, pero como no hemos recibido ninguna noticia ninguna carta, estamos esperando que alguien nos diga la situación de nuestros hermanos que están allí. ¿Estarán muertos? ¿Vivirán todavía? No lo sabemos. En cualquier estado que estén, roguemos a Dios por ellos. Y aunque fuese verdad que habían muerto, ¿habría que abandonar por ello esta obra, esa tierra que ellos y cuantos les precedieron ya han empezado a roturar? ¡No, Jesús mío, no! ¡Ni mucho menos! ¿Pues qué, dirá quizás alguno, no será que Dios no quiere ya servirse de nosotros, ni allí, ni en Génova, puesto que permite que mueran en esos sitios tantos y tan buenos obreros? La Compañía está todavía en la cuna, y sin embar­go Dios permite que mueran tantos y tan buenos obreros. Padres y hermanos míos, no nos extrañemos de esto; por el contrario, consolémonos al ver que Dios quiere tratar a la compañía como trató a la Iglesia al principio, cuando acaba­ba de nacer».

El amor misericordioso pone siempre delante las mayores necesidades. Ninguna pobreza tan desoladora como el vivir sin Fe, sin conocer a Dios Padre.

Juan Julián Díaz Catalán, C. M.

CEME 2015

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