La mies es mucha y los obreros son pocos

Mitxel OlabuénagaEspiritualidadLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:

asd«Recorría Jesús todos los pueblos y aldeas, ensenando en las sinagogas, proclamando la buena noticia del Reino, curando todo achaque y enfermedad. Viendo el gentío, le dio lastima de ellos, porque andaban maltrechos v derrengados como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: la mies es mucha y los braceros pocos; por eso, rogad al dueño de la mies que mande braceros a su mies». (Mt 3,33-38).

«El cuidado de promover las vocaciones exige de nosotros oración (Mt 9,37) y un autentico, pleno y alegre testimonio de la vida apostólica y comunitaria, sobre todo cuando adolescentes y jóvenes trabajan con nosotros en la misión vicenciana, educando su propia fe». (E 36).

La promoción de las vocaciones es un quehacer de todo católico. La Congregación en general y cada Misionero en particular no pueden ser insensibles a la exhortación del Señor para que pidamos y promovamos las vocaciones. Ciertamente lo hemos de hacer en relación con las vocaciones sacerdotales, pero también con todas las demás: religiosas, misioneras, apostólicas, etc.

  1. A Dios pertenece escoger y llamar.

Toda vocación es un don de Dios. El mismo Jesús nos exhorta a que pidamos al Padre que derrame abundantemente este don sobre la iglesia. Solo a Dios pertenece escoger y llamar.

“Tenemos por máxima el que a Dios pertenece escoger y llamar a los que quiere para su servicio y así como los primeros misioneros, que fueron los apóstoles, no se metieron por si mismos en el apostolado, sino que fue el señor quien «llamo al que quiso», así también es menester que los que se entregan a Dios para trabajar, a imitación de esos grandes santos, en la instrucción y conversión de los pueblos, sean escogidos y llamados por el mismo Señor». (ABELLY I, 236).

  1. Promoción vocacional garantizada por el testimonio de nuestra vida.

La vocación, don de Dios, pedido en la oración, exige también el testimonio de los que ya la han obtenido; testimonio autentico, alegre, pleno, convincente de que es un hermoso modo de servir a Dios, ‘a la Iglesia y a los hombres.

«El Pastor y Obispo de nuestras almas de tal forma constituyo a su Iglesia, que el pueblo escogido y adquirido con su Sangre había de tener sus sacerdotes siempre y hasta el fin de los tiempos, para que nunca los cristianos fueran como ovejas sin pastor. Conociendo este designio de Cristo, los Apóstoles, por inspiración del Espíritu Santo, juzgaron que era obligación suya elegir ministros capaces de enseriar a otros (2 Tim 2,2), deber que pertenece ciertamente a la misma misión sacerdotal, por la que el presbítero participa de la so-licitud de la Iglesia toda, de que nunca falten obreros al pueblo de Dios aquí en la tierra. Pero como «hay una causa común al piloto de la nave y al pasaje» enséñese a todo el pueblo cristiano su deber de colaborar de diversas maneras, ya por la constante oración, ya por otros medios de que dispone a fin de que la Iglesia tenga siempre los sacerdotes necesarios para cumplir su misión divina. Ante todo, preocúpense mucho los presbíteros de presentar a los fieles por el ministerio de la palabra y con el propio testimonio de vida, que manifieste abiertamente el espíritu de servicio y el verdadero gozo pascual, la importancia y la necesidad del sacerdocio, y de ayudar sin miedo en las dificultades a quienes juzgaren idóneos… Para conseguir este fin ayuda mucho la asidua y prudente dirección espiritual».

 Las vocaciones son un tesoro de la Iglesia

A la oración y al testimonio hay que añadir el cultivo de las vocaciones como un tesoro de la Iglesia. Esto es lo que San Vicente aconsejó a uno de sus Misioneros:

«Le doy gracias a Dios por esa veintena de seminaristas que tienen y por el esfuerzo que ponen en su formación. No puedo menos de conjurarle en nombre de nuestro Señor Jesucristo que quiere que todos sean buenos y perfectos sacerdotes, que haga cuanto pueda para ello, sin ahorrar oraciones ni platicas, ni ejercicios, ni buenos ejemplos. Fíjese, padre, son el tesoro de la Iglesia que Dios le ha confiado y el campo en el que Vd. debe hacer florecer las gracias que él ha puesto en Vd. Es lo que le pido a Dios». (VII 33).

¿Agradezco a Dios el don de la vocación sacer­dotal?

¿Qué hago por la promoci6n de las vocaciones?

¿Mi vivencia de la vocación sacerdotal la considero suficiente testimonio para animar al que se sienta llamado a seguir mí mismo camino?

ORACIÓN

«Oh Dios, que provees a tu Iglesia de obreros para predicar el Evangelio, infunde, en un renovado Pentecostés, tu Espíritu de piedad y fortaleza y suscita en tu pueblo dignos ministros del altar, anunciadores fuertes y mansos de la palabra que salva. Por Jesucristo nuestro Señor». Amen.

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *