La mansedumbre en la vida de la Hija de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Robert P. Maloney, C.M. · Source: Ecos 1995.
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mansedumbreLa mansedumbre es de las virtudes en las que más insistió San Vicente en sus conferencias a las Hijas de la Caridad: «Porque, ¿qué es la caridad—les dice— sino el amor y la mansedumbre?».

San Vicente utiliza esta palabra cerca de 400 veces en las Reglas, las cartas y las conferencias, pero con una amplia diversidad de sentidos. Voy a proponer esa gama de matices variados de la mansedumbre, para ayudar a aquellas que quieren adquirir esta virtud, que San Vicente considera importante.

I- La mansedumbre como la comprendió san Vicente

1- Es una virtud apostólica, indispensable en nuestro servicio a los Pobres

Es un error creer que, para San Vicente, las virtudes eran simplemente una cuestión de ascesis cristiana personal o de perfección individual. Las escoge como
lo que caracteriza a los misioneros de vida apostólica.

San Vicente decía a las Hijas de la Caridad que nada conquista los corazones de los que están irritados o amargados como la mansedumbre.

En la principal conferencia que dio a los Sacerdotes de la Misión sobre la mansedumbre, el 28 de marzo de 1659, San Vicente declara con entusiasmo que «es la virtud de un verdadero misionero». En otra conferencia, cinco meses más tarde, subraya cómo la mansedumbre es esencial para tratar con las pobres gentes del campo, a menudo ignorantes.

2. Nos hace capaces de controlar la cólera y de canalizarla convenientemente

Es el tema principal de la conferencia que San Vicente dio el 28 de marzo de 1659. Hace notar que la mansedumbre comporta varias etapas. La primera tiene dos momentos: en un primer tiempo, una persona reprime el movimiento espontáneo de cólera que siente, esforzándose por permanecer serena y razonable. Esto es difícil, dice San Vicente a sus oyentes, pero es posible, pues cuando los movimientos de la naturaleza preceden a los de la gracia, la gracia puede dominarlos. La segunda etapa consiste en orientar la cólera de una manera apropiada. A veces puede ser muy importante corregir, castigar, reprender, como lo hizo Jesús con sus discípulos. En ese caso el misionero debe actuar, no bajo el impulso de su cólera, sino porque ya la ha dominado.

San Vicente constata que las personas que practican la mansedumbre son constantes y firmes. Son capaces de juzgar sanamente. Al contrario, los que se dejan llevar por la cólera y la pasión son ordinariamente inconscientes.

Y añade: «creo que sólo a las almas que tienen mansedumbre se les concede poder discernir las cosas».

3. La mansedumbre va unida al respeto a la persona humana

San Vicente pone en relación, con frecuencia, la mansedumbre y el respeto. Dice a las Hijas de la Caridad que no hay caridad sin mansedumbre y respeto al otro. Apremia a Roberto de Sergis a tratar a los criados «con mansedumbre, cordialidad y muy respetuosamente».

En una conferencia a las Hijas de la Caridad, del 19 de agosto de 1646, sobre «La práctica del respeto mutuo y de la mansedumbre», San Vicente las anima a entregarse a Dios para respetarse mutuamente. Hace notar que esto no será fácil, y por esta razón, les pide que se unan a él en la oración:

«Dios mío, con todo corazón, por agradarte, deseo ser respetuosa y mansa con mis hermanas; y me entrego a Tí de nuevo para trabajar en ello y para ejercitarme de una manera muy distinta de como lo he hecho hasta ahora. Pero como soy débil y no puedo hacer nada de lo que me propongo sin tu especial asistencia, te suplico, Dios mío, por tu querido Hijo Jesús, que no es más que mansedumbre y amor, que me lo quieras conceder, con la gracia de no hacer nada en contra».

4. La mansedumbre debe ir acompañada de firmeza, especialmente en los Superiores

San Vicente aborda frecuentemente este tema en sus cartas a Luisa de Marillac y a diversos Superiores. Aconseja a menudo a Luisa que honre a Nuestro Señor en su mansedumbre y su firmeza. En una carta que le escribe el 1° de noviembre de 1637, dice: «Si la dulzura de su espíritu necesita un poco de vinagre, pídale prestado un poco de ello del espíritu de Nuestro Señor. ¡Oh, Señorita! ¡Qué bien sabía Él buscar el agridulce cuando era menester!

Al confiar al Padre Portail la dirección de un equipo de Misioneros en 1632, lo anima a honrar «la mansedumbre y exactitud de Nuestro Señor».

Utilizando una expresión clásica en una carta a Denis Laudin, el 7 de agosto de 1658, lo anima a imitar el espíritu de Nuestro Señor, que es a la vez «suave y firme».

5. Mansedumbre significa también: afabilidad, cordialidad, calor, acogida

Es la manera como San Vicente desarrolla a menudo la idea de mansedumbre cuando habla de las relaciones con los pobres o en el interior de la Comunidad.

«Cordialidad» es una de las palabras claves que utiliza para describir unas buenas relaciones. La cita entre los medios para perseverar en la vocación, y afirma que perseveremos si vivimos en profundidad la caridad y la cordialidad.

Une cordialidad y afabilidad, diciendo que ambas son especialmente necesarias cuando se trabaja entre las pobres gentes del campo.  Para él, la afabilidad es el alma de una buena conversación y la hace, no solamente útil, sino agradable. En su principal conferencia sobre la mansedumbre, dice que «el segundo acto», después de controlar y encauzar bien la cólera, es practicar la afabilidad y la cordialidad.

San Vicente está convencido de que el calor de la acogida es especialmente necesario a los que ocupan puestos elevados en la Iglesia:

«Podéis ver por propia experiencia cómo esta actitud conquista y atrae los corazo­nes; por el contrario podéis observar en las personas que ocupan algún cargo elevado que, cuando son demasiado serias y frías, todos las temen y huyen de ellas. Y como nosotros tenemos que trabajar con los pobres del campo, con los señores ordenandos, con los ejercitantes y con toda clase de personas, no es posible que podamos producir buenos frutos si somos como esas tierras resecas que sólo tienen cardos».

6. La mansedumbre implica alegría y paz

San Vicente dice de las Hijas de la Caridad que, cuando una persona tiene la alegría en su corazón, no la puede ocultar. La gente la verá en su rostro y dará gracias a Dios por haberla encontrado.

En los escritos de san Vicente sobre este tema, la palabra clave es «gai» (es decir: alegre, contento).Como Santa Luisa era de un carácter más bien serio, San Vicente la invita a menudo a estar alegre. En 1631, cuando ella debe emprender un viaje, San Vicente la anima así: «Honre la tranquilidad del alma de Nuestro Señor y la de su Santa Madre y manténgase alegre en su viaje, ya que tiene gran motivo para ello en la ocasión en que Nuestro Señor la emplea». Otra vez, cuando va a partir con la exuberante Señora Goussault, le escribe: «… le ruego esté siempre alegre con ella, aunque tenga que disminuir un poco esa pequeña seriedad que la naturaleza le ha dado y que la gracia endulza, por la misericordia de Dios». Le recomienda a menudo que busque la paz de espíritu y de corazón que caracteriza a Nuestro Señor y a su Santa Madre. A las Hijas de la Caridad aconseja sin cesar que estén alegres y sonrientes en el servicio a los Pobres.

7. La mansedumbre lleva consigo la tolerancia y el perdón «Support» es el vocablo francés fundamental en este caso.

San Vicente anima a Esteban Blatiron a que trate a un cohermano desagradable con mansedumbre y tolerancia, porque está en conformidad con el espíritu de Nuestro Señor. A Bernardo Codoing dice que muestre a dos cohermanos con los que tenía dificultades, la mansedumbre y la tolerancia recomendadas por Nuestro Señor. Da el mismo consejo a Marcos Coglée Superior en Sedan, a Luis Dupont Superior en Tréguier, a Pedro Cabel y a Fermin Get.

8. La mansedumbre va unida a la humildad

La Regla de las Hijas de la Caridad  une estas dos virtudes, y pide a los miembros de la Compañía que honren a Nuestro Señor especialmente en su pobreza, su humildad, su mansedumbre, su sencillez y su sobriedad. De hecho, para San Vicente, mansedumbre y humildad se interfieren de tal manera que, como la pruden­cia y la sencillez, son dos «hermanas gemelas».

San Vicente insiste incesantemente en este tema. El Espíritu de Nuestro Señor, dice a Roberto de Sergis, es un espíritu de mansedumbre y de humildad. En las reglas comunes de los Sacerdotes de la Misión, cita el texto del Evangelio de Sar Mateo «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt. 11, 29 b).

9. La mansedumbre implica la compasión hacia los demás

San Vicente une constantemente compasión y mansedumbre. En la duodécima Regla de las Hijas de la Caridad, dice: «Será su principal empleo servir a los pobre enfermos, tratándolos de compasión, dulzura, cordialidad, respeto y devoción». Les dice que su santidad consiste en observar bien sus Reglas «con espíritu», en servir a los Pobres «con amor, mansedumbre y compasión».

En la conferencia del 24 de julio de 1660 «Sobre las virtudes de Luisa de Marillac» es precisamente esta mezcla de mansedumbre y compasión lo que una Hermana había observado en Luisa.

II – La mansedumbre hoy

La enseñanza de San Vicente sobre la mansedumbre se puede perfectamente trasladar al hoy.

Su conferencia del 28 de marzo de 1659, lo mismo que varias de sus cartas, revelan su sabiduría práctica aplicable a nuestro tiempo. Se podría hablar mucho sobre esta virtud, pero voy a limitarme aquí a cuatro puntos:

1. La mansedumbre da la capacidad de controlar la cólera de una manera positiva

La cólera es natural. Es una energía que surge espontáneamente entre nosotros cuando percibimos algo malo. Nos ayuda a hacer frente a ello y nos prepara «al combate». Pero, corno toda emoción espontánea, puede ser bien o mal utilizada. En la práctica, a toda clase de personas les cuesta trabajo el administrarla.

La cólera incontrolada, en sus formas más violentas, estalla en forma de guerra, ataque, violación, asesinato y de muchos crímenes que aparecen en primera plana en, los periódicos. En sus formas menos violentas, la irritación incontrolada se manifiesta en salidas de mal humor, intercambio de palabras agresivas, en negarse a hablar a los demás, tirar objetos, golpear puertas, enojo, rencor manifiesto, intentos de revancha.

Como señalaba San Vicente, controlar bien la propia ira consiste, con frecuencia, en expresarla de manera adecuada. El mismo se sintió trastornado por la condición de los enfermos y de los hambrientos, por eso fundó las Cofradías de la Caridad, las Damas de la Caridad, los Sacerdotes de la Misión y las Hijas de la Caridad. La indignación le hizo capaz de reaccionar con vigor y creatividad al ver las necesidades de los pobres de su tiempo. Expresaba también su cólera cuando percibía el mal en sus Comunidades, pero había aprendido a combinarla con la mansedumbre. Sabía «encontrar el agridulce» como le dice a Luisa de Marillac. Intentaba imitar a Jesús que fue a la vez «manso y firme».

El reto consiste en aprender a controlar la ira, moderarla, suprimirla incluso durante un tiempo y en sublimarla después. San Vicente recuerda a menudo el ejemplo de Jesús, que sabía moderar y, sin embargo, manifestar la decepción que le causaban los Apóstoles; y que podía ser directo expresando su cólera frente a los fariseos que imponían a los demás cargas demasiado pesadas.

2.La mansedumbre implica acogida, amabilidad

Son cualidades especialmente importantes para las siervas de los Pobres. A este respecto, San Vicente nos anima a tener confianza en nuestra capacidad de cambio y, para ello, cita su propia experiencia personal: de temperamento colérico, y, en su juventud, de humor más bien sombrío durante largos periodos, cambió de tal manera a lo largo de su vida que todos los que lo conocieron más tarde dijeron que era uno de los hombres más acogedores y afables que habían encontrado.

Solía decir a su comunidad que a la gente se la gana más fácilmente con la mansedumbre y amabilidad que con las razones. Este consejo es especialmente válido cuando nos proponemos la corrección fraterna, ya sea hecha por los iguales o por los Superiores. Las personas que reciben la corrección escucharán mejor las palabras dichas con afabilidad que las dichas en tono de acusación hiriente. Además, la dulzura y la amistad del que advierte, provocan las mismas reacciones en el destinatario. Por esto seguramente insistió tanto San Vicente en la mansedumbre como virtud «apostólica» o «misionera».

3. La mansedumbre lleva consigo la capacidad de sufrir las ofensas y de perdonar con valentía

San Vicente fundaba su enseñanza en este punto en el respeto que se debe a la persona. Incluso los que cometen la injusticia, decía a la doble familia, merecen respeto como personas. Los escritos de Juan Pablo II insisten hoy en este tema y llaman a un profundo respeto hacia toda persona humana, incluso hacia aquella que nos ofende.

Naturalmente, respetar a la persona del ofensor no nos impide reaccionar con valentía contra el mal que comete, pero nos prohíbe practicar la injusticia en nombre de la justicia. San Vicente reconocía claramente, y recordaba a Felipe Le Vacher la enseñanza de San Agustín a este respecto, que hay males que debemos tolerar cuando no hay posibilidad práctica de corregirlos. El sabio aprende a convivir con el mal y el manso trata con respeto a aquellos en cuyas vidas el mal está tan enraizado, que no puede ser desarraigado.

En este punto hay un delicado equilibrio que guardar. A veces hay que saber sufrir con valentía; hay males que no se pueden evitar y que debemos soportar. Pero por otro lado hay que evitar una falsa indulgencia. En ocasiones hay que gritar contra la injusticia y poner en juego todas las energías para vencerla. Se necesita mucha prudencia para saber distinguir entre uno y otro caso.

En este tiempo de cambios rápidos en la historia de la Iglesia, el emplear la mansedumbre combinada con la firmeza es especialmente necesario, sobre todo cuando se trata de tomar decisiones. Cuando las Comunidades revisan sus formas de apostolado con una perspectiva de futuro, deben tener el valor de escoger y actuar. Al mismo tiempo deben mostrarse pacientes con aquellos de sus miembros que tienen dificultades para adaptarse.

4. La mansedumbre supone la acción en favor de la justicia y de la paz

Hoy especialmente, el testimonio de la mansedumbre de Jesús y de su proclama­ción de un Reino de Paz, juega un papel de primer plano en la predicación que la Iglesia hace de la Buena Noticia. Este testimonio está especialmente vinculado a la promoción de la justicia y a la educación para la paz. Centessimus Annus evoca elocuentemente este tema: «Yo mismo—escribe el Papa— con ocasión de la reciente y dramática guerra en el Golfo Pérsico, he repetido el grito: «¡Nunca más la guerra!» ¡No, nunca más la guerra!, que destruye la vida de los inocentes, que enseña a matar y trastorna igualmente la vida de los que matan, que deja tras de sí una secuela de rencores y odios, y hace más difícil la justa solución de los mismos problemas que la han provocado».

«Por eso, el otro nombre de la paz es el desarrollo. Igual que existe la responsa­bilidad colectiva de promover el desarrollo».

La mansedumbre encuentra los medios para expresar la cólera «en la acción en favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo». Para los que están dedicados a la enseñanza, la educación para la justicia y la paz estará entre los medios primordiales».

La reconciliación será también una de las metas fundamentales del servicio. La conversación y el diálogo serán, en la vida de los que practican la mansedumbre, los primeros medios para arreglar los conflictos, acompañándolos con un amor capaz de sufrir. Son los instrumentos que Jesús mismo utilizó, «El, que es nuestra paz… que destruyó el muro de la separación».

Estos son, Hermanas, algunos medios para practicar la mansedumbre hoy. Son ustedes Hijas de la Caridad, ¿qué es la caridad, nos decía San Vicente, sino el amor y la mansedumbre?»

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