La influencia en la Iglesia de la Medalla Milagrosa

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen María1 Comment

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Author: Philippe Roche, C.M. · Translator: Pilar Pardiñas, H.C.. · Year of first publication: 1981 · Source: 9ª Semana de estudios vicencianos.
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medalla_milagrosa_2corazonesEn el acta de apertura de la Encuesta Canónica sobre los orígenes y efectos de la Medalla Milagrosa (manuscrito ori­ginal de 45 páginas —20,5 x 31,5—, con membrete del Arzo­bispado de París, que se conserva en los Archivos de la Congre­gación de la Misión, en París), leemos : (p. 1) «El décimo sexto día del mes de febrero del año de gracia mil ochocientos trein­ta y seis, indicción novena, el infrascrito Pierre QUENTIN, Canónigo de la Iglesia Metropolitana, Vicario General y Pro­motor de la Diócesis de París, me he trasladado a la casa de los Sres. Sacerdotes de San Lázaro, sita en la calle de Sevres n.° 93, al efecto de informar, conforme a la orden que me ha sido transmitida el día doce de este mes por mi Señor el Arzo­bispo, sobre el objeto de una carta a él dirigida por los Sres. ALADEL y ETIENNE, procurador general, este último, de dicha Congregación, acerca del origen y efectos de la Medalla de la Santísima Virgen llamada Milagrosa».

En su primera deposición, el Sr. Juan María Aladel, Asis­tente de la Congregación de San Lázaro (manuscrito original, pgs. 1 a 4), en respuesta a las diversas preguntas que, conforme a verdad, tuvo a bien hacerle el Canónigo Sr. QUENTIN, dijo lo siguiente:

«Tengo conocimiento particular, de manera cierta, de que una Hermana del Seminario de las Hijas de la Caridad de san Vicente de Paúl, de la calle del Bac n.° 132, ha creído tener una aparición de la Virgen Santísima y oir cómo le encargaba se mandase acuñar una medalla que reprodujese la visión que tenía ante sus ojos en aquel momento». El Sr. Aladel añadió que tal conocimiento le venía por vía de Dirección, y que la persona interesada la había autorizado a hablar de la visión pero a condición de que a ella no la daría a conocer a persona alguna.

Habiendo rogado el Canónigo Sr. QUENTIN al Sr. Aladel que le transmitiese los detalles tal y como los había escuchado de labios de la Hermana, respondió :

«Hacia el mes de septiembre de 1830, la Hermana vino a recibir dirección espiritual y le comunicó que había creído ver un cuadro reproduciendo a la Santísima Virgen tal y como se la representa bajo la advocación de la Inmaculada Concepción. La Virgen estaba de pie, revestida de un manto de tejido color azul plateado, con los brazos extendidos. La Hermana veía en sus dos manos como unos diamantes de los que salían ha­ces de luz que se dirigían hacia la tierra, cayendo con mayor abundancia en un punto determinado. Creyó entonces oir una voz que le decía: «estos rayos son el símbolo de las gracias que María alcanza a los hombres, y el punto sobre el que caen con mayor abundancia es Francia». La Hermana podía leer en tor­no al cuadro, escritas en caracteres de oro, estas palabras : «Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recu­rrimos a Vos». Esta oración estaba grabada en semicirculo, partiendo de la altura de la mano derecha, pasando por enci­ma de la cabeza de la Virgen y acabando a la altura de la mano izquierda. Entonces, el cuadro dio la vuelta y la Hermana vio en el reverso el monograma de la Virgen formado por la letra M coronada por una Cruz y, debajo, los dos corazones de Jesús y de María, que distinguió porque uno estaba rodeado por una corona de espinas y el otro atravesado por una espada. Creyó oir la voz que le decía: hay que hacer acuñar una medalla conforme a este modelo; las personas que la lleven indulgenciada y recen con piedad esta oración, gozarán de una protección es­pecial de la Madre de Dios, y, en ese instante, cesó la visión».

El Sr. Aladel explicó que la misma visión se había repe­tido varias veces y había tenido lugar ya durante la oración, ya durante la misa. La Hermana le habló tres veces en épocas diferentes, pero que la visión había ocurrido algunas veces más. Sabía que la Hermana había recibido gran insistencia y que esa insistencia se había renovado tres veces en torno a la visión, con todos los pormenores que había visto la primera vez en el cuadro.

La acuñación de la medalla no se hacía, puesto que la Her­mana, en la posición en que estaba, no podía llevarla a cabo. No escuchó amenazas contra ella, pero la voz, la tercera vez, añadió que la Santísima Virgen estaba muy descontenta por­que se descuidaba la acuñación de la medalla. Consciente de que este descontento de la Virgen no podía dirigirse sino a él, porque estaba cierto de que la hermana no había hablado de ello a nadie más, y habiendo tenido ocasión de entrevistarse con el Sr. Arzobispo de París, el Sr. Aladel le comunicó la triple visión, sin hacer ningún juicio sobre ella. El Sr. Arzo­bispo le dijo que no veía por qué no se haría acuñar la medalla, ya que no podía sino contribuir a honrar y glorificar a la Vir­gen Santísima. El Sr. Aladel se decidió, pues, a encargar esta medalla, pero por entonces sobrevino una epidemia de cólera, lo que se tradujo en mayor quehacer en las funciones de su mi­nisterio, de modo que la confección quedó de nuevo retrasada. En realidad, el Sr. Aladel, desde un principio, no había presta­do ninguna importancia al relato de la Hermana. Sólo fue en junio de 1832 cuando se encargó la confección de la medalla, y el 30 de dicho mes se le entregaron 1.500 ejemplares de la mis­ma por el Sr. Adrián Maximiliano VACHETTE, fabricante domiciliado en París, calle de los Orfebres n.° 54.

La Hermana vio la medalla después de acuñada, la llevó con gran veneración y dijo que había que propagarla y difun­dirla. «La misma Hermana ha guardado su secreto hasta tal punto que en este momento ni la Superiora General de las Hi­jas de la Caridad ni ninguna de las Hermanas saben que es ella la que ha tenido la visión. Esta Hermana ha guardado su incógnito de manera que toda la Congregación ignora su nombre, pues su mayor temor era el de que sospechase de ella. Sólo su profunda humildad ha sido la causa de esa voluntad suya de permanecer desconocida». Esa misma humildad le hacía experimentar una repugnancia invencible a hacer por sí misma, a la autoridad eclesiástica competente, la declara­ción de lo que se refería al origen de la medalla. «Hace más de un año, el Sr. Aladel le pidió que compareciera ante el Arzo­bispo Mons. de Quélen, a lo que se negó, alegando que no re­cordaba casi ninguna circunstancia de la visión y, por con­siguiente, toda tentativa para obtener informes de parte suya hubiera sido inútil».

Fue el Sr. Aladel, conjuntamente con el Sr. Etienne, Pro­curador general, quienes, habiendo mandado fabricar 2.000 ejemplares, distribuyeron las medallas a los fieles de París y en las Misiones de Levante. La medalla fue acogida inmediata­mente por los fieles con tanta devoción como alegría, y desde los primeros momentos de su difusión, recibieron señales sen­sibles de la protección de la Santísima Virgen por llevar la medalla y por rezar la breve oración que en ella está grabada. Con la propagación de la medalla, se han operado hechos extraordinarios, tanto de orden físico como espiritual: curaciones, conversiones inesperadas… de tal suerte que, a partir del 13 de junio de 1833, con motivo de la curación de un mili­tar en el hospital de Alengon, el pueblo no la ha designado con otro nombre que el de Medalla Milagrosa.

El Sr. Aladel añade en su deposición que han llegado a su poder informes y documentos que comprueban o verifican que varias de esas curaciones o conversiones no podrían ser sino de orden sobrenatural; que será para él un gusto, a la vez que un deber, entregarlos a la Autoridad Eclesiástica para ayudar a la Encuesta de que está encargado el Promotor. Esos informes los ha recibido de París, de varias provincias del Reino y has­ta de países extranjeros. Porque la medalla se ha extendido, en efecto, con mucha rapidez tanto en Francia como fuera de sus fronteras : en Bélgica, España, Suiza, Saboya, Piamonte, Alemania, Baviera, en Levante, China, América del Norte y otros países. Posteriormente, se ha extendido también en Mó­dena, Florencia, Roma y Nápoles. En esta última ciudad, la medalla se acuña en la Casa de la Moneda; el rey ha pedido los primeros ejemplares en plata, pero las peticiones son tan múltiples, que la Casa de la Moneda no da abasto, ya que aca­ba de entregar un pedido de 10.000 medallas. El Sr. Aladel hace constar igualmente que se le ha informado de que muchos fieles que habían puesto su confianza en la Virgen, se han visto favorecidos con su protección especial: en Bélgica, Suiza, Saboya, España, América, en Levante y también en Nápoles.

Por último, el Sr. Aladel declara que ha mandado impri­mir una Reseña Histórica sobre el origen y los efectos de la me­dalla llamada Milagrosa, al Sr. Manuel José BAILLY, im­presor, domiciliado en la Plaza de la Sorbona, 2, en París. Actualmente son cinco las ediciones que se han tirado, y que se han vendido o distribuido ya unos 100.000 ejemplares, de suerte que la sexta edición está a punto de aparecer dentro de unos días. No sólo se mantiene la confianza de los fieles, sino que puede observarse que va en aumento, a juzgar por los pe­didos de medallas que, reiteradamente, llegan de todas par­tes y la cantidad de las mismas que se fabrican. Los fieles siguen recibiendo sorprendentes efectos de la protección de la Virgen, y las nuevas peticiones de medallas están motivadas, en general, por los beneficios recibidos y el gran número de curaciones y conversiones que se operan a diario : lo que que­dará probado con el aumento de hechos que engrosan la sexta edición.

En la segunda sesión de su Encuesta Canónica, 19 de febre­ro de 1836, el Canónigo Sr. QUENTIN interrogó al Sr. Juan Bautista ETIENNE, Procurador general de dicha Congrega­ción de San Lázaro (manuscrito original 20,5 x 31,5, que se conserva en los Archivos de la Congregación de la Misión, en París, pp. 4-7). La deposición de este último no difiere sus­tancialmente de la del Sr. Aladel si no es porque nos pone al corriente de dos cosas, a saber: que el Sr. Etienne ha sido informado de los hechos por el Sr. Aladel, y que, con él, ha acudido a entrevistarse con el Sr. Arzobispo de París. La de­posición del Sr. Etienne nos confirma, además, que el Sr. Ala-del no le ha dado a conocer, ni le ha nombrado, ni desig­nado a la Hermana, de suerte que no la conoce».

Tras las deposiciones del Sr. Aladel y del Sr. Etienne, de la Congregación de la Misión, sabemos en qué circunstancias se decidió la acuñación de la medalla milagrosa y cómo se llevó a efecto dicha decisión. Nos queda ahora por ver por quién y cómo se acuñó la medalla, luego su difusión y, por último, cómo se acogió su mensaje y cuáles fueron las felices consecuencias del mismo, tanto para los fieles como para la comunidad eclesial.

El 23 de febrero de 1836, durante la deposición del Sr. A. M. VACHETTE, fabricante de la medalla (manuscrito ori­ginal, 20,5 x 31,5, que se conserva en los Archivos de la C.M., en París), se nos va a dar a conocer el número aproximado de medallas acuñadas desde junio de 1832 hasta el referido día de la deposición.

El Sr. Vachette, sirviéndose ya de sus libros, ya de esta­dillos o relaciones en que consta el número y cantidad de di­chas medallas, declara haber acuñado, él mismo en primer lugar, después, haberlas encargado a la Casa de la Moneda, y finalmente, al Sr. Leclerc, grabador de París, con domicilio en la calle de los 4 hijos, n.° 18:

1.° del 30 de junio de 1832 hasta este día (22 de febrero de 1836), ha acuñado él mismo, en cobre: 103.523

2.° desde el 30 de marzo de 1833, la Casa de la Moneda ha acuñado: 420.335

3.° y el Sr. Leclerc: 1.223.380

4.° El Sr. Vachette ha demostrado que, exce­diendo la demanda a la fabricación, se ha­bía visto obligado a encargar en Lyon: 300.000

Total: 2.047.238

El Sr. QUENTIN, Canónigo, procedió, a continuación, a la contra-prueba de este número, comprobando con exactitud la clase y la materia de las diferentes medallas que sabía habían entrado en circulación, porque no ignoraba que se habían fabricado medallas de diferentes tamaños, ya en cobre, ya en plata y finalmente en oro. Comprobando los diferentes elementos proporcionados por el Sr. Vachette según la fa­bricación y venta, obtuvo los siguientes resultados:

De cobre:

  • medallas de 10 líneas: 1.955.177
  • medallas de 13 líneas: 3.250
  • medallas de 16 líneas: 14.417

De plata:

  • medallas de 10 líneas: 73.159
  • medallas de 13 líneas: 220
  • medallas de 16 líneas: 824

De oro:

  • un total de medallas de: 191

Total igual al anterior: 2.047.238

El señor Vachette declaró igualmente que, entre esas 2.047.238 medallas que había acuñado o vendido, la invoca­ción Oh María sin pecado concebida… se había grabado no sólo en francés, sino que se había traducido a varias lenguas, en vista de los encargos recibidos de países extranjeros; así, la había grabado en tres dialectos de lengua española, en ita­liano y en flamenco y también en alemán.

Por otra parte, el Sr. Vachette añadió que sabía perfecta­mente que otros fabricantes de París, distintos de él, habían acuñado y vendido la medalla; que, incluso, había tenido con ellos discusiones bastante fuertes, en las que posteriormente no había insistido porque comprendía que su fabricación no daba abasto para atender a los pedidos y ateniéndose al principio de que es justo que cada uno pueda ganarse la vida cuan­do se le presenta ocasión para ello. Conocía al menos once artistas que se habían dedicado a la confección de la medalla: Leplat, de la calle St. Denis, Offroy, también de la calle St. Denis, Gache, de la calle Michel Lecomte, Vincard, de la ca­lle Vieja del Templo, Collier, de la calle Ste. Avoie, Closson, de la misma calle, Tresson, de la calle Grenetta, Bret, de la calle Payenne, Goyon, de la calle S. Lázaro, Blein, del Pasaje S. Avoie y Dussault, de la calle Gravillers. Podía afirmar que cada uno de estos fabricantes, para cubrir gastos y sin esperar a obtener ningún beneficio, había tenido que fabricar y vender 200.000 medallas, añadiendo que fabricación y venta bien podían haber superado esta cantidad, porque sabía por los propios interesados que estaban muy contentos y recono­cían que el negocio había sido para ellos util y ventajoso. Por esta razón, dijo estimaba que aún tomando sólo como base la cifra de 200.000, necesaria para que cada uno cubriese los primeros gastos, no sería exagerado evaluar en 2.200.000 las medallas que esos once artistas habían fabricado.

Dijo, además, ser sabedor de que la medalla había sido acuñada en Lyon por cuatro fabricantes, de los que tres le eran conocidos: los Sres. Mouterde, Marjerie y Changeur. Sabía también que dichos fabricantes habían empleado cada uno treinta obreros, desde 1833, sólo en la confección de la medalla, de la que habían fabricado enormes cantidades. Y que suponiendo que cada uno de esos cuatro artistas hubiese vendido el mismo número de medallas que él, lo que no era en modo alguno exagerado, se hubiera alcanzado un total de 8.000.000 de medallas.

Igualmente sabía el Sr. Vachette que la medalla se había fabricado en Toulouse, Marsella, Vannes y Burdeos. Por úl­timo, había llegado a su conocimiento la fabricación de la medalla en Bruselas, Lieja, Coutray, Ginebra, Turín, Módena, Bolonia, Roma, Nápoles y hasta en Londres; pero no tenía idea del volumen o contingente de esa fabricación. Lo único que podía afirmar era que en Nápoles, al no bastar la Casa de la Moneda para responder a toda la demanda, había recibido él orden de remitirles 10.000 medallas, remesa que acababa de efectuar y cuyo número se hallaba incluido en los 2.047.238 detallados anteriormente.

La deposición de Vachette termina diciendo que la acogida hecha por los fieles a la medalla era la misma al presente, ya que acababa de recibir, hacía tres días, encargos de 30.000 ejemplares. Por su parte, estaba fabricando 200.000, seguro de que pronto se agotarían. La venta diaria se había elevado a 3.000, como promedio, gran parte de las cuales eran de plata. Añadió, asimismo, que hacía algo más de un mes, había ex­pedido medallas a los departamentos de los Vosgos y la Meuse, en número superior a 30.000, lo que era de ser tenido en cuen­ta, porque hasta entonces no había enviado medallas a dichos departamentos.

Observaciones

1.° La citada deposición del Sr. Vachette permite ase­gurar que, entre fines de junio de 1832 y febrero de 1836, la acuñación de la medalla había supuesto :

2.047.238 ejemplares, en los talleres del Sr. Vachette.

8.000.000 ejemplares en Lyon, en los de Mouterde, Marje­rie y Changeur.

2.200.000 ejemplares por lo menos, en los de los once artistas de París, o sea :

12.247.238 medallas, como total mínimo en Francia.

En cuanto al número de medallas acuñadas fuera de Fran­cia, al Sr. Vachette no le era posible saberlo.

2.° En la sexta edición de la Reseña Histórica, publicada el 1.° de marzo de 1836, podemos leer la siguiente nota del Sr. Aladel: «En el momento en que terminamos esta edición, nos escriben de Nápoles que no es posible hacerse idea de la verdadera avidez con que allí se recibe la medalla. El Cabildo Metropolitano mandó a pedir medallas a nuestra casa de la ciudad. El Rey dio órdenes para que se acuñara en la Casa de la Moneda y Su Majestad recibió con agrado, para sí y su augusta familia, las primeras acuñadas en plata. Todo el mun­do la lleva con veneración. Varios prodigios, que publicaremos más adelante, se han operado ya. En casi todas las casas pue­de verse un grabado representativo y en varias iglesias se ve­nera un cuadro de la Virgen conforme al modelo de la medalla.

¡Gloria a María Inmaculada!

Antes de hablar a fondo de la Reseña Histórica, procede que hagamos una curiosa observación:

La primera «reseña» partió de España, en 5 de agosto de 1833.

Se presenta como una circular destinada a informar a los que se interesaban por la Medalla Milagrosa, ya extendida en el país. La firma de su autor, Carlos Francisco LAMBOLEY, no se encuentra hasta la página 4, tras un segundo documento de fecha 5 de noviembre del mismo año. Pero la crítica interna confirma que se le puede atribuir.

Esta RESEÑA SOBRE LOS ORÍGENES DE LA MEDALLA MILAGROSA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN (Archivos de la C.M., Casa Central de Madrid: Papeles Hijas de la Caridad, Madrid, Incurables, 4 p. 21 x 19,5) fue descubierta poco antes de 1933 por Ponciano Nieto, Paúl español, que la publicó en su libro «La Beata Catalina Labouré», Madrid, 1933, pp. 299-308.

¿Quién era Lamboley firmante de este relato ?

Charles Frangois LAMBOLEY, nació en Saint-Barthé­lémy-les-Mélisseey (diócesis de Besangon, Francia), el 22 de junio de 1763. Ingreso en la C.M. el 9 de agosto de 1780 y fue ordenado sacerdote en 1788.

En 1789, por causa de la Revolución Francesa, emigra a España, donde reside sucesivamente en Cataluña y en Balea­res. Regresa a Francia hacia 1812, y años después es nombrado capellán de la capilla de la calle del Bac.

El 22 de mayo de 1829 recibe el nombramiento de Admo­nitor del Superior General de la C.M. Convivía, pues, con el Sr. Aladel en la época de las Apariciones y de la acuñación de la Medalla, pero había conservado, sin duda, su amistad y buenas relaciones con España.

Murió el 18 de febrero de 1847.

Los primeros escritos en que, en Francia, se alude a la Me­dalla son los de Le Guillou, abril de 1834, como se dice en la conferencia anterior.

Y la primera reseña, como veremos ahora, del Sr. Aladel, es de agosto de 1834.

Hemos aludido hace un momento a la 6.a edición de la «Re­seña Histórica», y antes de enumerar las demás ediciones con sus ejemplares, será útil que veamos la presentación de la misma:

M (contraseña o seudónimo del Sr Aladel), sacerdote de la Congregación D.L.M., de San Lázaro, RESEÑA HISTÓRICA SOBRE EL ORIGEN Y LOS EFECTOS DE LA NUEVA MEDALLA acuñada en honor de la Inmaculada Concep­ción de la Santísima Virgen y generalmente conocida bajo el nombre de Medalla Milagrosa, seguida de una novena.

Ahora que tenemos el título completo de la «RESEÑA», veamos lo que de ella dice su impresor, el Sr. Manuel José BAILLY, en su deposición del 22 de febrero de 1836 (Manus­crito original —20,5 x 31,5— que se conserva en los Archivos de la C.M., en París, pp.7 y 8).

«En presencia del Canónigo Sr. QUENTIN, el Sr. E.J. Bailly ha abierto sus libros y mostrado lo que sigue, tal y como consta en los mismos con todo detalle:

  1. que la primera edición se imprimió el 20 de agosto de 1834, con 68 páginas (9 x 4) y una tirada de 10.000 ej.
  2. que la segunda se imprimió el 20 de octu­bre de 1834, con 108 pág. tirada de 15.000 ej.
  3. que la tercera se imprimió el 20 de no­viembre de 1834, con 143 pág. tirada de 37.664 ej.
  4. que la cuarta se imprimió el 20 de marzo de 1835, 270 pág., y tirada de 23.910 ej.
  5. que la quinta se imprimió el 1.° de junio de 1835, con 288 pág., y tirada de 22.621 ej.

Total de las cinco primeras ediciones: 109.195 ej.

Observaciones

Con posteridad a esta deposición del Sr. Bailly, se tiraron otras tres ediciones, como sigue:

  1. que la sexta edición se imprimió el 1.° de marzo de 1836, con 288 pág. (9,5 x 15,5), con una primera tirada de 8.000 ej.
  2. que la séptima se imprimió en junio de 1837, con 440 pág. y una tirada de ??????
  3. que la octava se imprimió en diciembre de 1842, con 608 pág. (9,5 x 16) y una ti­rada de ?????

Como puede observarse, no se dispone del número exacto de ejemplares de que constaron las tres últimas ediciones. Los datos proporcionados por el Sr. Bailly nos informan de que la sexta edic. contó con una primera tirada de 8.000 ejemplares.

Es de observar también lo que el P. Aladel dice en la 7.ª edición («Aviso», p. IV): «Apenas han transcurrido dos años y medio desde que publicamos por primera vez la RESEÑA HIS­TÓRICA sobre la Medalla, y nos encontramos ya en la séptima edición. A pesar de que las tiradas anteriores totalizaron 123.000 ejemplares, sin contar las traducciones italiana, ingle­sa, flamenca, española, alemana, griega y china, se ve acre­centado cada vez más el deseo de proporcionarse esta obra, que edifica a las familias cristianas y refiere cómo la Virgen Inmaculada derrama por todas partes a manos llenas sus be­neficios. Esta nueva edición ofrece nuevos pormenores, a cual más interesantes, sobre la propagación de la Medalla y sus efectos, lo que nos obliga, aunque a pesar nuestro, a ampliar el volumen de este libro.

Lejos de nosotros el pensamiento de prejuzgar en manera alguna lo que pueda haber de extraordinario en todo ello. Es a la Iglesia a quien corresponde el derecho de juzgarlo. Por lo demás, a nuestros lectores les gustará saber que el Sr. Arzobispo de París ha dado comienzo a una encuesta jurídica, cuyo curso prosigue, sobre este particular. Su Eminencia ha tenido a bien autorizarnos a publicar aquí su Ordenanza».

Monseñor Jacinto Luis de Quelen, Arzobispo de París, no se había limitado a permitir la acuñación de la Medalla llama­da Milagrosa, sino que había manifestado el deseo de recibir para sí una de las primeras confeccionadas, haciéndose des­pués uno de sus más celosos propagandistas.

ORDENANZA DE MONS. JACINTO LUIS DE QUELEN, ARZO­BISPO DE PARÍS, con motivo de la consagración de la iglesia pa­rroquial de Nuestra Señora de Loreto.

(Imprenta Adrian Le Clere, 1836)

(p. 6). …………………………

Es un hecho que nos complacemos en constatar y queremos llegue a conocimiento de los fieles hasta los últimos confines del mundo católico : en nuestra diócesis, esta devoción ha echado con el tiempo raíces más y más profundas; las des­gracias han servido para afianzarla, acrecentarla y extenderla prodigiosamente; los favores señalados, las gracias de cura­ción, conservación y salud del alma parecen multiplicarse a medida que imploramos la tierna compasión de María sin pecado concebida…

(p. 7). … POR TODO ELLO,

… Exhortamos a los fieles a que lleven la medalla acuñada hace algunos años en honor de la Santísima Virgen y a que repitan a menudo la oración grabada en torno a la imagen: Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que re­currimos a Vos (p. 8)….

Esta nuestra presente Ordenanza será leída en las misas parroquiales, publicada y expuesta dondequiera sea necesario.

Dado en París, bajo nuestro signo, sello y contra sello del Secretario de nuestro Arzobispado, en el día de la consagra­ción y Dedicación de la Iglesia parroquial de Nuestra Señora de Loreto, 15 de diciembre de 1836.

† Jacinto, Arzobispo de París.

Por mandato del Arzobispo mi señor: Molinier, Canónigo Secretario.

El 16 de diciembre de 1836, Mons. de Quelen erige en Nuestra Señora de las Victorias, de París, una Congrega­ción en honor del Santísimo e Inmaculado Corazón de la Bienaventurada Virgen María.

En los Estatutos y Reglamento de la Archicofradía del San­tísimo e Inmaculado Corazón de María, editados por el Sr. DUFRICHEDESGENE’FIES, Párroco de Nuestra Señora de las Vic­torias y aprobados por Mons. de Quelen, se estipula (art. 3, Manual de instrucciones y oraciones, Bailly, Paris, 1840, pp. 111-112): «(p. 111) Cada asociado recibirá en el momento de su admisión (p. 112), para llevarla con respeto y devoción, la medalla indulgenciada llamada de la Inmaculada Concepción y conocida por el nombre de Medalla Milagrosa. Se le invi­tará a que rece, de vez en cuando, la oración grabada en dicha medalla: Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos».

En la séptima edición de la RESEÑA, publicada en junio de 1837, el Sr. J.M. Aladel escribe: «(p. 46) Monseñor el Arzo­bispo nos decía, hace un mes, que la da a todos los enfermos que visita y que ni una sola vez lo ha hecho sin fruto. De todos es sabido que su inagotable caridad lleva al ilustre prelado, de noche como de día, a la cabecera de una multitud de enfermos de todas, las clases sociales… (Hoy podemos asegurar que la medalla se ha acuñado en número de más de veinte millones, en cobre, un millón veintidos mil en plata y trescientas cin­cuenta y dos en oro)… (p. 47). Una simple mirada a la Me­dalla de María Inmaculada disiparía todas las desesperanzas: «no puede uno matarse ante los ojos de una madre», como decía el Sr. Cardenal Arzobispo de Ruán… (p. 49). Publiquemos que, en Roma, los Generales de Ordenes Religiosas y los Carde­nales se han apresurado a propagarla, y que el mismo Santo Padre la ha colocado al pie de su crucifijo. Se nos escribe que Su Santidad la ha regalado a varias personas como una mues­tra de su especial benevolencia…».

El 11 de junio de 1838. Mons. de Quelen comunica a su diócesis las cartas mediante las que S.S. Gregorio XVI erige en Archicofradía la Congregación en honor del Santísimo e Inmaculado Corazón de la Bienaventurada Virgen María, pa­ra la conversión de los pecadores, en la Iglesia de Nuestra Señora de las Victorias, de París.

La profunda devoción de Mons. J. L. de Quelen a la Me­dalla Milagrosa va muy estrechamente unida con su deseo de proinover el culto de la Inmaculada Concepción. La petición que dirige a Roma —como vamos a verlo— para solemnizar la fiesta del 8 de diciembre, se apoya, haciendo referencia a él, en el movimiento de la Medalla Milagrosa. Los permisos soli­citados por Mons. de Quelen fueron posteriormente concedi­dos a la casi totalidad de las diócesis de España, Francia e Italia.

El 4 de noviembre de 1838, Mons. de Quelen, Arzobispo de París, dirigía una súplica al Papa Gregorio XVI solicitando permiso para solemnizar en su diócesis la fiesta de la Inmacula­da Concepción (el original de esta súplica se conserva en los Archivos de la S. Congregación para las Causas de los Santos, en Roma).

Véase el texto de dicho documento :

«Desde hace más de diez años, el culto a la Santísima Vir­gen honrada bajo el título de su Inmaculada Concepción, se ha extendido en Francia y en la diócesis de París de manera notable. Esta devoción ha recibido un incremento todavía más extraordinario a partir de la emisión y propagación de una Medalla en honor de María sin pecado concebida, llamada vulgarmente «Milagrosa», a causa de los innumerables favores de curaciones y conversiones que se comprueban por todas partes desde la propagación prodigiosa de dicha Medalla.

Es para la Iglesia de París un timbre de gloria el profesar y sostener la creencia en el misterio de la Inmaculada Concep­ción. Sus doctores la proclaman en su enseñanza, los fieles le conceden un valor singular y esperan numerosos favores de la bondad de María, invocada bajo la advocación de Inma­culada en su Concepción. El Arzobispo de París considera co­mo un deber suyo secundar la piedad de sus diocesanos, de la que espera frutos abundantes de bendición y salvación. Y si no es efecto de un celo temerario, se permite suplicar a Nuestro Santísimo Padre el Papa

1.° Se digne autorizarle para celebrar y mandar celebrar a perpetuidad en su diócesis la fiesta de la Inmaculada Con­cepción de la Santísima Virgen, Madre de Dios, al segundo domingo de Adviento, con el fin de hacer esta fiesta más po­pular (la fiesta seguía siendo el 8 de diciembre; sólo se trans­fería su solemnidad al segundo domingo de Adviento).

2.° Poder celebrar el Oficio de la fiesta en ese mismo do­mingo de Adviento, comenzando por las primeras Vísperas de rito solemne mayor, como corresponde a las dobles de segunda clase.

3.° Añadir al Prefacio de la misa de la Concepción de la Bienaventurada Virgen María la palabra Inmaculada, de suer­te que se pueda leer: et te, in Conceptione Inmaculata… como ha sido otorgado a la diócesis de Sevilla, en España, por de­creto del 6 de septiembre de 1834, y posteriormente a otras varias diócesis.

4.° Por último, conceder, también a perpetuidad, en ese día segundo de Adviento, una indulgencia plenaria a todos los que, habiendo confesado y comulgado, recen tres veces, des­pués de las preces ordinarias por las intenciones del Sumo Pontífice, la invocación: «Oh María sin pecado concebida, ro­gad por nosotros que recurrimos a Vos».

París, a 4 de noviembre de 1838.

† Jacinto, Arzobispo de París

El 8 de diciembre de 1838, S. E. Jacinto L. de Quelen reci­bía del Papa Gregorio XVI el Rescripto concediéndole los permisos solicitados para la celebración de la fiesta de la In­maculada (Archivos de la S. Congregación de Ritos, Positio­nes Decretorum et Rescriptorum, 7 de diciembre de 1838. Parisien. Y Registro de decretos litúrgicos).

Los permisos concedidos a la diócesis de París los obtu­vieron igualmente numerosas diócesis de Francia:

  • 2 de marzo de 1839: Chálons, Fréjus, Toulouse y sus sufragáneos;
  • 30 de agosto de 1839: Amiens;
  • 9 de diciembre de 1839: Tulle, etc. …

Es inútil proseguir la lista, porque casi todas las diócesis de España, Francia e Italia pidieron y obtuvieron los mismos privilegios, pero sin hacer mención de la Medalla, como lo hiciera el 4 de noviembre de 1838 Mons. Jacinto L. de Quelen, Arzobispo de París.

El 1.° de enero de 1839, S. E. el Arzobispo de París con­sagró su diócesis a María Inmaculada. Para perpetuar la me­moria de este acto, mandó ejecutar un cuadro que le represen­taba de pie, con los ojos fijos en María, a quien miraba con confianza. La imagen de María descansa sobre un globo o es­fera, con esta inscripción: «Virgo fidelis». Pueden leerse tam­bién estas otras palabras en el cuadro : «Regina sine labe con­cepta, ora pro nobis». El día de la Asunción, el Prelado donó el referido cuadro a su Cabildo, con el fin —dijo— de que fue­se un monumento de su devoción y la del Cabildo de París hacia la Madre de Dios, venerada especialmente en su Inma­culada Concepción (Vida de Mons. de Quelen, por el Barón Henrion).

Una medalla, con inscripción de la fecha de 1.° de enero de 1839, reproduce este cuadro de una de sus caras. En la otra, se ve un bajel, sacudido por la tempestad, al que una estrella muestra el puerto de salvación. Las palabras de San Bernardo: «Respice stellam, voca Mariam» dan el sentido de la alegoría. Los versos siguientes completan la explicación: «Vana, Hya­cinthe, furit; Stella maris auspice, vincis» «Jacinto (de Quelen), en vano se desencadena la tempestad; bajo los auspicios de la Estrella del Mar, triunfas de sus furores».

El lunes 24 de junio de 1839, el Arzobispo anuncia a sus diocesanos que el Papa autoriza la inserción en las Letanías Lauretanas de la invocación «Regina sine labe concepta».

No contento con llevar consigo la Medalla Milagrosa, el piadoso Prelado manifestó la devoción de tener en su propia alcoba una imagen de la Inmaculada, según el modelo con­templado por la Hermana (Sor Catalina). La imagen fue fun­dida en bronce ante sus propios ojos, y él mismo quiso inter­venir en la operación. Cuando se celebró, por primera vez en la diócesis de París, el domingo 8 de diciembre de 1839, Mons. de Quelen hizo llevar esta imagen a la Catedral de Notre Da­me y que allí, sobre un trono rodeado de flores, fuese expuesta a la veneración de los fieles, el domingo 15 de diciembre, en que celebró él mismo por primera vez la octava de la Fiesta, se­gún el indulto obtenido de Roma. Mons. de Quelen moría unos días después, el martes 31 de diciembre de 1839.

Desde que tuvo conocimiento de la Manifestación de la Medalla Milagrosa, es decir, desde fines de 1831 o principios de 1832; desde que oyó hablar de los rasgos de protección obtenidos gracias a la Medalla, Mons. Jacinto Luis de Quelen puso particular empeño en la acuñación de la medalla y en su difusión; difusión mundial que planteaba un problema en la medida en que procedía de una revelación privada. En efecto, las reglas dadas en el siglo XVI por los Concilios V de Letran (1516) y de Trento (1563) eran terminantes: tales revelacio­nes no pueden difundirse sino después de que el Obispo haya emitido su parecer.

De ahí, pues, que el 12 de febrero de 1836, el Arzobispo de París constituyera una Comisión de Encuesta canónica, bajo la dirección del Canónigo Sr. QUENTIN, Pedro, Vicario Ge­neral y Promotor de la diócesis. Los trabajos de dicha encues­ta se prosiguieron por etapas, desde el 16 de febrero al 9 de marzo de 1836: la aparición, la acuñación de la Medalla con­forme a las indicaciones dadas por Sor Catalina al P. J.M. Ala-del y transmitidas fielmente al fabricante Sr. Vachette, la di­fusión de la medalla y los rasgos de protección obtenidos por ella (curaciones, conversiones, protecciones espirituales y ma­teriales).

Antes de finalizar el año 1836, el Canónigo Sr. Quentin redactó un informe de síntesis; pero en eso quedaron las co­sas : no hubo decisión canónica en París. Cosa que extraña, da­da la devoción personal del Arzobispo.

Desde el principio, en efecto, había alentado la acuñación de la medalla, porque veía en ella un medio de propagar la fe en la Inmaculada Concepción —doctrina aún no definida por la Iglesia—, creencia que él deseaba promover. Había dado también su aprobación a los libros del sacerdote C. María LE GUILLOU («Mes de María», calcado, en cierto modo, de la obrita en español del P. Lalomia, publicado en abril de 1834, París — «Novenas a María», septiembre 1834, París— «El libro de María sin pecado concebida», últimos de febrero de 1835, París), libros que habían sido los primeros en informar acerca de la Medalla, siguiendo indicaciones del P. Aladel, porque en aquella época no estaba permitido a los sacerdotes de la Misión escribir libros.

Mons. de Quelen «había recurrido a la medalla diariamen­te y nunca lo había hecho en vano», escribe el P. Aladel en la séptima edición de la Reseña Histórica (p. 278). Se sirvió sobre todo de ella para preparar la entrevista que tuvo, en su lecho de muerte, con Mons. PRADT, antiguo Arzobispo de Malinas, desterrado del episcopado por causa de sus ideas li­berales muy avanzadas.

Los testimonios de su devoción esmaltan este nuestro estu­dio, devoción impulsada por el deseo de promover el culto de la Inmaculada Concepción. Hemos visto cómo hizo referencia al movimiento de la Medalla Milagrosa para pedir a Roma los permisos necesarios para solemnizar la fiesta del 8 de diciembre, permisos que posteriormente fueron concedidos a casi todas las diócesis de España, Francia e Italia.

No tuvo la alegría, en este mundo, de asistir a la Procla­mación solemne del Dogma de la Inmaculada Concepción, pero contribuyó muy positivamente a la misma mediante la Medalla Milagrosa, de la que fue valioso propagandista.

Veamos ahora cómo el P. Luciano MISERMONT, C.M., Abogado en el Proceso de Sor Catalina, presenta la contri­bución e influencia de la Medalla Milagrosa en la Definición del Dogma de la Inmaculada Concepción («Las gracias extra­ordinarias de la Bienaventurada Catalina Labouré, Hija de la Caridad, Vidente de la Medalla Milagrosa», pp. 160 a 164, Libr. LECOFFRE-GABALDA y Cía, Editores, París, 1934):

(p. 160). «Estado de la cuestión en 1830

La misión propia de Sor Catalina fue la de preparar el mundo a la definición del Dogma de la Inmaculada Concep­ción, creando el gran movimiento mariano que, desde hace un siglo, reina en la Iglesia. El medio maravilloso que, para ello, puso la Virgen en sus manos fue la Medalla Milagrosa, con su sublime invocación, revelada al mundo por primera vez : «Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que re­currimos a Vos». Medalla y oración se convirtieron inmediata­mente en instrumentos de milagros sin número, obtenidos en el mundo entero mediante la invocación a María Inmaculada. De ahí nacieron, como naturalmente, una fe y una confianza ilimitadas en este misterio tan consolador.

La naturaleza y el alcance de esta misión se desprenden sin dificultad. Durante doce siglos, se enseña implícitamente en la Iglesia la Concepción Inmaculada de María, y por ninguna parte surgen dudas a este respecto. Pronto, sin embargo, las distinciones escolásticas iban a extender como una nube sobre esta enseñanza hasta entonces unánime. Nuestros más gran­des doctores, los más devotos de María, el mismo San Ber­nardo, el mismo Santo Tomás, vacilan. Ven, no se sabe cómo, en la concepción y en la pureza de María, un primer acto y un segundo acto. Encuentran una dificultad ante la universalidad del pecado original y ante (p. 161) la universalidad del rescate de los hombres por el Divino Salvador. Por otra parte, no saben todavía distinguir, separar, la gracia preservadora —la recibida por María Inmaculada— y la gracia liberadora —la que es común a todos los hombres —.

El pueblo cristiano, de ningún modo turbado por tales sutilezas, conserva su fe en la Inmaculada Concepción, la impone a los doctores, que no saben qué contestar y, a pesar suyo, reclama una fiesta.

Los papas leen en el corazón del pueblo cristiano, se ponen a su cabeza, prohiben a los doctores discusiones que siembran malestar y se complacen en establecer la fiesta o las fiestas pe­didas.

Intervención de la Virgen

En 1830, la Virgen no se contenta ya con esta actitud, po­dría decirse, negativa o pasiva. Quiere algo más vivo, y pre­tende que en la Iglesia surja un movimiento irresistible de fe, de confianza y amor en su gran privilegio. Y ¿a quién va a dirigirse para poner en marcha ese movimiento y conseguir, así, la definición del dogma, que indudablemente entra ya en los planes divinos? ¿A un gran doctor? ¿A una prestigiosa escuela de ciencias sagradas, a la que se escuche con docilidad? No, se dirigirá a una humilde novicia de las Hijas de la Cari­dad, a una joven ignorante que, con sus 24 años, es sencilla como una niña, pura como un ángel, humilde como la más pequeña de la más pequeña familia de un pueblo. Le da una medalla desconocida entonces, le enseña una oración nueva que resume admirablemente toda la doctrina de la Inmaculada Concepción y que, muy pronto, se hará popular hasta los con­fines del mundo : «Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos»; multiplica los prodigios y los milagros: curaciones y conversiones de todas clases, en torno a esta medalla y a esta oración. Y en muy poco tiempo, todo el mundo reconoce la Inmaculada Concepción, todo el mundo la invoca, todo el mundo la mira como la gran prerrogativa de María que, invocada bajo este título, derrama por todas partes un cúmulo de bendiciones espirituales y temporales.

Súplicas de los Obispos

En 1840, diez arzobispos franceses : de Cambrai, Albi, Besan9on, Bordeaux, Sens, Avignon, Auch, Reims, Bourges, Lyon, y cuarenta y un obispos sufragáneos, testigos de los prodigios de la medalla y de la fe de los pueblos, piden al Papa Gregorio XVI la definición del dogma de la Inmaculada: el gran movimiento mariano ha empezado, y ha empezado bien. De 1843 a 1845, unas cuarenta súplicas semejantes llegan a Roma, enviadas por Obispos de diferente’s países (cfr. Dic­cionario de Teología Católica, Tomo VII, primera parte, co­lumna 1192 y siguientes).

(p. 163) Pío IX estudia la cuestión

En 1854, colma los deseos de los fieles. Rodeado de los Cardenales de la Iglesia romana y de un gran número de Arzo­bispos y Obispos —unos doscientos por lo menos— acudidos de todas partes del orbe, despliega la mayor pompa posible y, fuera de todo Concilio, define, el 8 de diciembre, el dogma de la Inmaculada Concepción.

El pueblo cristiano responde inmediatamente a su Pontífi­ce, acoge con entusiasmo la definición tan esperada y organiza por todas partes fiestas extraordinarias : el movimiento ma­riano se halla en su apogeo. Pero sólo los grandes y numerosos milagros (p. 164) de la Medalla Milagrosa explican este entu­siasmo universal, ese estado de ánimo admirable, ese progreso constante del gran movimiento mariano.

En el origen de tan bello movimiento, verdaderamente ca­tólico, que va creciendo más y más desde hace un siglo, se hallan el hecho divino de la revelación de la Medalla Milagrosa y la acción callada pero poderosa de la Bienaventurada Cata­lina Labouré» (Fin de la cita del P. Misermont).

A lo largo de este estudio, hemos hablado con frecuencia de los rasgos de protección obtenidos por la Medalla Mila­grosa, pero sin entrar en detalles. Vamos a hacerlo ahora.

En el cuadro que sigue, hemos reunido los casos de cura­ciones, conversiones, protección espiritual o material que con­tiene el «Dossier» de cartas o relaciones conservadas en los Archivos de la Congregación de la Misión, en París. El total de los mismos es superior al número de documentos, lo que se explica porque si bien alguna de las curaciones, conversiones o casos de protección han dado lugar a varios documentos, en cambio, hay otros documentos que se refieren cada uno a va­rios casos de curación o conversión.

N. B.-En la 8.a edición de la «Reseña», J. M. Aladel hacía notar («Aviso») : «En la última edición (7.a), anunciábamos que Mons. de Quelen había ordenado y hecho que diera comienzo una encuesta jurídica sobre los orígenes de la Medalla y los rasgos de protección obtenidos por ella en la diócesis de París. De estos casos, nueve —tres conversiones y seis curaciones—habían sido examinados en todos sus detalles y reconocidos como verdaderos en todas sus circunstancias por testimonios irrecusables. La encuesta se encontraba en este punto (sin que, por consiguiente, ningún juicio hubiese sido emitido), cuando el Señor llamó a mejor vida al ilustre Prelado. Esos casos figuran, en su lugar correspondiente, en esta edición y junto a su título hemos añadido la mención «Comprobado».

A partir de principios de 1834, las cartas afluyen a la Casa Madre de la Congregación de la Misión. Relatan «rasgos de protección de toda clase», de los que el Sr. P. COSTE, C.M., se encargó de hacer un resumen en términos entusiastas. «Esta medalla… parece que no hay enfermedad que se le resista.

  • A su contacto, ya súbitamente, ya después de una no­vena, vemos desaparecer la locura, la lepra, el escorbuto, la tuberculosis, tumores, hidropesía, epilepsia, hernias, parálisis, fiebres tifoideas y otras, cáncer, fracturas, escrófulas, lesiones cardíacas, cólera…
  • En el orden espiritual, encontramos la misma variedad: conversiones de pecadores obstinados, de protestantes, judíos, apóstatas, incrédulos, masones, malhechores, cómicas…
  • Una tercera categoría de favores la componen hechos de protección y preservación (…): la Medalla ha neutralizado los efectos desastrosos de la guerra, naufragios, accidentes, due­los… (Anales de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, 1930, n.° 378, p. 503).

Estos testimonios sinceros no se prestan a la «comproba­ción» que requieren las reglas conónicas y las exigencias cien­tíficas : no se encuentran en el «dossier» más que ocho certifi­cados médicos de los que la mayoría atestiguan la enfermedad más que la curación. No existen los análisis que hoy se juzga­rían indispensables para una comprobación, y la razón es muy sencilla: no se conocían en aquella época. El médico al que se ha sometido el dossier no ha podido sino confirmar esta conclusión. Como en las curaciones del Evangelio, salvo la inspiración, pero con testimonios inmediatos, muchas ve­ces de la misma persona curada, nos vemos obligados a repe­tir lo que el ciego de nacimiento: «Sólo sé una cosa : que era ciego y ahora veo» (Jn 9, 26).

No se trata, pues, de «querer» esto o lo otro, sino de ha­cerse cargo de la medida de este fenómeno, a escala mundial. Los 391 documentos (cartas o certificados diversos) recogidos en el cuadro recapitulativo anterior, forman un dossier for­tuito, compuesto un tanto al filo de los acontecimientos o, sobre todo, de lo anotado día por día, según las diferentes ini­ciativas y posibilidades.

Muy pronto las cartas llegaron del extranjero.

Como hemos visto, en el transcurso de la Encuesta jurídica sobre los rasgos de protección de la Medalla obtenidos en la diócesis de París, entre el 30 de junio de 1832 (día de la primera remesa de medallas por el fabricante) hasta el 31 de diciembre de 1839 (día del óbito de Mons. de Quelen), a nueve de esos rasgos se pudo añadir la mención «Comprobado».

Al no ser posible citar íntegramente las 323 curaciones, 113 conversiones, 39 protecciones de orden material y 22 de orden espiritual, vamos a limitarnos a señalar esas tres conver­siones y seis curaciones comprobadas.

  • El 9 de marzo de 1834: Curación de María Aglaé DAUSSON, en religión, Sor María Sta. Felicidad, en París. «Comprobada».
  • El 24 de mayo de 1834: Curación de Aurelia BEAU­JEAN, en París, «Comprobada».
  • Fines de noviembre de 1834: Conversión de Luis Agus­tín FREOLLE, cabo de la 5.a división, Hotel Real de los Inválidos, en París. «Comprobada».
  • Fines de noviembre de 1834: Conversión de Hugo AGRICOTIER, Inválido, Hotel Real de los Inválidos, París. «Comprobada».
  • 24 de enero de 1835: Curación del Sr. Julián HUTIN, Hospicio de Caridad de París. «Comprobada».
  • 26 de febrero de 1835: Curación de la Sra. Susana MENNETROL, esposa de Nicolás Peron, calle des «petites Ecuries», 24, París. «Comprobada».
  • noviembre de 1835: Curación de Hortensia PERON, hija de Susana Peron, calle des «Petites Ecuries», 24, París. «Comprobada».
  • 4 de julio de 1835: Curación de la Sra. Ismelie GELLE, esposa de J.B.R. Vaquier. París. «Comprobada».

Como conclusión de este estudio, tomaremos —aunque sólo en parte— la de la Encuesta del Canónigo Sr. Quentin al Sr. Arzobispo de París. El borrador del informe del Sr. Quentin sobre la Encuesta acerca de los orígenes y efectos de la Medalla Milagrosa se encuentra en los Archivos de la Con­gregación de la Misión, en París. Una nota escrita en la parte superior del documento, explica : Entregado a San Lázaro por un Vicario General de París, marzo de 1877″. El manuscrito consta de 20 páginas (17,3 x 22), en papel con membrete del Arzobispado, salvo las páginas 11 a 16. No está fechado, pero es ciertamente posterior al final de la Encuesta canónica (13 de julio de 1836, día de la deposición de la Sra. Leroi, hija de Julián HUTIN) y a la enfermedad del Sr. Quentin, A causa de la imprecisión de estos datos, el manuscrito se ha fechado en nuestros Archivos: fines de 1836. El texto es el siguiente:

«París, a……………………………….. de 183….»

«Arzobispado de París. París, a……………. de 183..

Monseñor:

2). … Como consecuencia de la comunicación de los Sres. ALADEL y ETIENNE, arriba identificados, el Promo­tor dio comienzo, el 16 de febrero de 1836, a la encuesta orde­nada por V.E. sobre el origen y efectos de la Medalla, encuesta que continuó hasta fines de julio del mismo año. Obligado a suspenderla a causa de una grave enfermedad y larga conva­lecencia, la reanudó el , terminán­dola el (estas fechas faltan en el documento).

El promotor acude hoy a V.E. para presentarle su informe sobre la Encuesta y someterle las conclusiones que ha creído deber sacar.

La primera parte comprenderá todos los informes y aclara­ciones que ha sido posible obtener sobre el origen de la Meda­lla así como las reflexiones a que ha dado lugar. La segunda contiene la enumeración de los hechos extraordinarios que se han presentado como efectos de la Medalla. La tercera tiene por objeto importantes observaciones sobre el acontecimiento sorprendente del origen y efectos de dicha Medalla. Por último, la cuarta parte presentará el resumen de las otras tres y las conclusiones del promotor (p. 11). Entre los hechos extraordinarios que la encuesta ordenada por V.E. ha recogido y comprobado, se encuentran, en primer lugar, la fabricación y la venta de la Medalla; 2.°, la publicación y difusión de una Reseña que relata, en detalle, los favores y gra­cias, ya espirituales, ya materiales conseguidos por interce­sión de María; 3.°, el examen y comprobación de varios bene­ficios con que se ha dignado favorecer la confianza depositada en la Medalla.

En ese primer apartado, el Sr. Quentin (p. 10-11) resume la deposición del Sr. Vachette, fabricante de la medalla, sacando esta conclusión : ¡Cómo no quedar admirado al considerar el número prodigioso, la inmensa cantidad de medallas que se han acuñado y vendido ! ¡Cómo no extrañarse de la rapidez con que se ha difundido, de la avidez con que se la ha buscado, de la confianza con que se la acogido ! Apenas conocida, no sólo en todas las provincias de Francia sino en todo el uni­verso católico, los fieles desean tenerla. Y este deseo es tan grande, las peticiones tan múltiples y reiteradas, tan apre­miantes que, en la imposibilidad de satisfacerlas, se ha de acuñar la medalla en varias ciudades de Francia y en el Extran­jero. Por eso, sin miedo a que se nos contradiga podemos afirmar que la fabricación y venta de la medalla constituyen un hecho extraordinario.

En segundo lugar, se halla la deposición del Sr. Bailly acerca de la difusión de la Reseña histórica. Termina este apartado con la conclusión siguiente : La publicación y tirada de la Reseña sobre el origen y felices efectos de la Medalla es también un hecho extraordinario. ¿No es de extrañar que en el siglo en que vivimos, un libro en cuyas páginas destacan los efectos de la poderosa protección de la Santísima Virgen, se cotice tanto que en dieciséis meses se hayan hecho cinco edicio­nes y que la sexta se haga necesaria? (El anuncio de esta sexta edición que se ha hecho necesaria, es el que nos da la fecha aproximada del Informe del Sr. Quentin al Arzobispo de París, puesto que esa sexta edición apareció el 1.° de marzo de 1836). Puede muy bien decirse que la venta de 109.695 ejemplares efectuada en tan corto espacio de tiempo, y la espera de otros 8.000, que están en prensa, es verdaderamente un hecho sor­prendente y extraordinario.

Tercero. La Reseña es la recopilación de los relatos hechos por los fieles favorecidos con la protección especial de la Ma­dre de Dios, al llevar la Medalla indulgenciada y repetir con piedad la invocación: Oh María sin pecado concebida… La finalidad de esta publicación ha sido la de contribuir a que se honrara y glorificara a la Santísima Virgen, dando a conocer a los fieles los efectos obtenidos por la confianza en la medalla mandada acuñar por Ella…

(p. 17). … Esta visión del cuadro, modelo de la medalla, no puede menos de dar lugar a profundas y serias reflexiones (p. 18). Es en medio de circunstancias difíciles cuando se ofre­ce a los cristianos —que lo aceptarán con confianza— un signo sensible de la protección especial de la Virgen. Es en una casa religiosa en la que las Hermanas hacen su consagración a la Virgen en la fiesta de la Concepción y rezan cinco veces al día una oración que es una profesión de fe en ese misterio, donde tiene lugar la visión y aparece el cuadro, mostrando cómo co­rre mayor abundancia de gracias y beneficios sobre el Reino de Francia, en el que, desde hace tantos siglos, se sostiene y defiende con tanto celo como piedad a la Virgen Inmaculada. Por último, lo mismo el cuadro que la medalla que lo repro­duce no señalan sino esta única cualidad de la Virgen: «María concebida sin pecado».

Si a ese conjunto sorprendente de las circunstancias que han rodeado la visión, origen de la medalla, se unen los prodi­giosos efectos de la misma, la rapidez con que se ha propagado en el universo católico, la confianza que, por todas partes, ha conquistado, por todas partes también, recompensada con gracias particulares y favores maravillosos, se siente uno inclinado a pensar que este acontecimiento manifiesta algún secreto designio de Dios para mayor gloria de la Madre de su Divino Hijo (p. 19).

Resulta de la encuesta que la Medalla tiene su origen en una visión y que es copia fiel de un cuadro que creyó ver una Hermana de la Caridad de San Vicente de Paúl, en la capilla de la comunidad, durante la celebración de la Santa Misa y la oración.

En este informe se ha establecido una discusión acerca de la realidad de tal visión y de la fidelidad del relato. Su objeto ha sido saber si se podría dar fe a una y otro. Se ha emitido la opinión de que la visión no podía haber sido imaginaria o fruto de la fantasía, pues se ha repetido varias veces durante el espacio de diecisiete a dieciocho meses; que no era tampoco el efecto de un sueño ni el producto de una imaginación exal­tada, ya que ha tenido lugar de día, durante la oración o la Misa. Por último, se ha opinado también que en ella no po­día haber intervenido ningún pensamiento de orgullo, y vani­dad, amor propio o proyecto de ambición o interés humano, dada la ignorancia absoluta en que ha querido permanecer la Hermana favorecida.

En apoyo y ayuda de las opiniones emitidas sobre el ori­gen de la medalla, vienen los efectos de la misma, relatados y discutidos. La rapidez con que se ha propagado, el número prodigioso de las medallas fabricadas y difundidas, los favo­res sorprendentes, las gracias singulares que la confianza de los fieles ha conseguido, se nos presentan como otros tantos medios con los que el Cielo parece haber confirmado la reali­dad de la visión y la verdad del relato, y aprobado la confec­ción y propagación de la Medalla». (Fin del borrador del in­forme del Promotor).

Al redactar su informe sobre la Encuesta acerca del origen y efectos de la Medalla Milagrosa, el Canónigo Sr. Quentin, Vicario General y Promotor de la Diócesis de París, no pudo añadir —y se comprende fácilmente— que, animado por su profundo amor filial a María, Mons. de Quelen, Arzobispo de París, era uno de los más fervorosos propagandistas de la de­voción mariana en Francia. Fue Mons. de Quelen quien autorizó la acuñación de la Medalla; él, quien aprobó los libros del sacerdote Le Guillou (Mes de María, Novenas a María, El libro de María) y la edición de la Reseña del P. Juan M. Aladel sobre el origen y efectos de la Medalla llamada Milagrosa; él, quien, con motivo de su Ordenanza sobre la consagración de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Loreto, en París (15 de diciembre de 1836), alentó la creencia en la Inmaculada Concepción y, al mismo tiempo, recomendó se llevase la Medalla Milagrosa; él, quien (el 16 de diciembre de 1836) apro­bó los Estatutos y Reglamento de la Archicofradía del Santí­símo e Inmaculado Corazón de María, en la Iglesia de Nues­tra Señora de las Victorias, en París, Estatutos y Reglamento que estipulan (p. 111): En el momento de su admisión, cada asociado recibirá (p. 112), para llevarla con respeto y devo­ción, la Medalla Milagrosa, invitándosele a que rece de vez en cuando la invocación grabada en dicha Medalla : Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos»; él, quien, en respuesta a su súplica al Papa Gregorio XVI (4 de noviembre de 1838) para solemnizar la fiesta de la Inmaculada Concepción, en su diócesis, recibió de dicho Papa, el 8 de diciembre de 1838, el rescripto concediéndole los per­misos solicitados; él, quién, el lunes 24 de junio de 1839, anunció a sus diocesanos que el Papa autorizaba la inserción en las Letanías Lauretanas de la invocación «Regina sine labe concepta»; él, quien, el domingo 8 de diciembre de 1839, hizo llevar a la catedral de París una imagen de bronce de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa y exponerla a la veneración de los fieles en aquella Iglesia Metropolitana.

Tampoco pudo incluir el Canónigo Quentin, en su informe de fines de 1836, entre las conversiones conseguidas por la Medalla Milagrosa, la de Alfonso RATISBONNE, ocurrida el 20 de enero de 1842, eri la Iglesia de Sant’Andrea, en Roma. De ella vamos a relatar el Decreto que atestigua su autenti­cidad, porque tuvo mayor resonancia que las tres antes cita­das, con la mención de «Comprobada».

3 de junio de 1842

DECRETO DEL CARDENAL CONSTANTINO PATRIZI, VICARIO DE

ROMA, atestiguando la autenticidad de la conversión de Alfon­so RATISBONNE.

(Original que se conserva en los Archivos del Vicariato de Roma, pp. 219, 221, 223. Traducción francesa en el libro de Teobaldo WALSH, «El conde de la Ferronnays y María Al­fonso Ratisbonne», 2.’ edición, París, Possielgue, 1843).

Dicho documento es la conclusión de la Encuesta ordenada por el Cardenal Vicario de Roma, el 11 de febrero de 1842, finalizada el 1 de abril de 1842.

(p. 218) «En el nombre de Dios. Amén.

En el año de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo mil ocho­cientos cuarenta y dos, de la indicción romana el quince, el décimo segundo del pontificado de nuestro Santísimo Padre el Papa Gregorio XVI, el tercer día de junio.

En presencia de Su Eminencia el Cardenal Constantino Patrizi, Vicario general de Nuestro Santo Padre el Papa, en su ciudad de Roma, juez ordinario de la Corte de justicia de Roma y de su jurisdicción, comparece el reverendo Fran­cisco ANIVITTI, Promotor fiscal del tribunal del vicariato, especialmente delegado por su Eminencia el Cardenal Vicario para investigar e interrogar a testigos en relación con la auten­ticidad del prodigioso acontecimiento mediante el cual Alfon­so María Ratisbonne, de veintiocho años de edad, natural de la ciudad de Estrasburgo, a la sazón en Roma, ha obtenido su conversión del judaísmo a la fe católica, por la intercesión de la Bienaventurada Virgen María (tal y como se la representa en la Medalla Milagrosa).

El susodicho Promotor declara que, habiendo aceptado con tanta prontitud como complacencia la misión que le era encomendada, ha intentado llevarla a cabo con toda la diligen­cia y puntualidad de que ha sido capaz. Añade (p. 221) que ha sometido a interrogatorio en forma a nueve testigos, y que las respuestas llenas de sinceridad de esas nueve personas ju­rídicamente interpeladas, son unánimes en los detalles refe­rentes ya a la sustancia misma, ya a las consecuencias de tan sorprendente conversión.

Por ello, afirma que, en su opinión, este acontecimiento manifiesta todos los caracteres de un milagro indiscutible. Sin embargo, como es su deber, deja a Su Eminencia el Cardenal Vicario la decisón definitiva acerca de este asunto. Después de examinar detenidamente las actas, documentos e inte­rrogatorios correspondientes, Su Eminencia juzgará si con­viene extender a este respecto un decreto definitivo.

En su consecuencia, después de haber escuchado este in­forme y tomado conocimiento del proceso, interrogatorios, respuestas e información aportadas por los testigos; después de haber pesado todas sus circunstancias con serena madurez; de haber solicitado el parecer de varios teólogos y otras per­sonas de eminente piedad, tal y como lo prescribe el Concilio de Trento, Sección XXV, sobre la invocación a los Santos (p. 223), sus reliquias, imágenes, honor que debe rendírseles, Su Eminencia el Cardenal Vicario de S.S. ha declarado y defi­nitivamente pronunciado que reconoce el milagro insigne obra­do por D.O.M. (Dios Optimo y Máximo), ante las súplicas de la Bienaventurada Virgen María, es decir, el de la conver­sión perfecta e instantánea de Alfonso María Ratisbonne, del judaísmo a la fe católica. Y puesto que es bueno ensalzar a Dios publicando sus obras (Tob., 12, 7), Su Eminencia se dig­no permitir que, a mayor gloria de Dios y para acrecentar la devoción hacia la Bienaventurada Virgen María, este milagro insigne reciba por medio de la prensa ostensible publicidad».

Lo que tampoco pudo decir, por último, el Canónigo Quentin, Vicario General y Promotor de la Diócesis de París, puesto que falleció el 21 de abril de 1847, es la influencia ejercida por la Medalla Milagrosa en la Definición Solemne del Dogma de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre de 1854.

A lo largo de esta exposición ya hemos visto cómo el P. Misermont, C.M., Abogado en el Proceso de Santa Catalina Labouré, presenta la forma en que la Medalla Milagrosa con­tribuyó a la Definición Solemne del Dogma: «En 1840, diez arzobispos franceses de Cambrai, Albi, Besanpon, Bordeaux, Sens, Avignon, Auch, Reims, Bourges y Lyon, más cuarenta y un Obispos sufragáneos, testigos de los prodigios de la Me­dalla y de la fe de los pueblos, piden al Papa Gregorio XVI la definición del Dogma de la Inmaculada Concepción: el gran mo­vimiento mariano ha empezado, y ha empezado bien. De 1843 a 1845, unas cuarenta súplicas semejantes llegan a Roma, en­viadas por Obispos de diferentes países».

En 1848, el 1.° de junio, Pío IX, recientemente elevado al Solio de San Pedro, accede gustoso a ese múltiple deseo, y para estudiar la cuestión de la Concepción Inmaculada de Ma­ría, ya completamente a la orden del día, nombra una «Con­sulta teológica» y, posteriormente, el 6 de diciembre del mis­mo año, instituye una Congregación Cardenalicia para exa­minar esa misma cuestión. En 1849, da un paso más: el 2 de febrero, desde su destierro de Gaeta a donde le ha llevado la Revolución, consulta a los Obispos del orbe, mediante su En­cíclica «Ubi primum», lo que se dará en llamar el «Concilio por escrito». El movimiento mariano se acentúa por todas partes con gran rapidez.

En 1854, llega el momento de colmar los deseos de los fieles. Rodeado de Cardenales de la Iglesia Romana y de gran número de Arzobispos y Obispos, por lo menos unos doscien­tos, llegados de todas partes, despliega la mayor pompa posi­ble y, fuera de todo Concilio, define, el 8 de diciembre, el dog­ma de la Inmaculada Concepción. El pueblo cristiano respon­de inmediatamente a su Pontífice, acoge con entusiasmo la definición tan esperada, organiza por doquier fiestas extraor­dinarias : el movimiento mariano está en su apogeo. Pero sólo los grandes y numerosos milagros de la Medalla Milagrosa ex­plican este entusiasmo universal, ese estado de ánimo admirable, ese progreso constante del gran movimiento mariano. En «el origen de tan bello movimiento, verdaderamente católico, que va creciendo más y más desde hace un siglo, se hallan el hecho divino de la revelación de la Medalla Milagrosa y la acción, callada pero poderosa, de Catalina Labouré…

Podemos, pues, afirmar que la Manifestación de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa a Sor Catalina Labouré ha ejercido una innegable influencia en el terreno de la devoción mariana, de la liturgia y del dogma.

A nosotros, que somos los felices beneficiarios de este don del Cielo, nos corresponde no olvidar —máxime en este 150° aniversario de la Manifestación— que la Virgen Inmaculada es nuestra Madre y Mediadora cerca de Dios. Ahora, más que nunca, es nuestro deber de hijos e hijas suyos ináplorarla de todo corazón, repitiéndole con todo el fervor de que sea­mos capaces : «OH MARIA SIN PECADO CONCEBIDA, ROGAD POR NOSOTROS QUE RECURRIMOS A VOS»

One Comment on “La influencia en la Iglesia de la Medalla Milagrosa”

  1. tengo esa medalla me la vendieron como la medalla milagrosa pero me llamo la atención que tiene escrito REGINA SINE LABE. aacabo de investigar y encuentro en el relato porq.quiero una respuesta es la misma madre milagrosa.

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