La inculturación del carisma de las Hijas de la Caridad en el siglo XVII

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: Elisabeth Charpy, H.C. · Año publicación original: 1996 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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hhccenfermeraLuisa de Marillac, al igual que Vicente de Paúl, no habló de inculturación. Esta palabra no existía en su tiempo. Sin embargo, su trato con Margarita Naseau y las demás campesinas que llegaban a servir a los enfermos de las Cofradías van a hacerle descubrir rápidamente un modo de vida, una manera de actuar, en una palabra, lo que hoy llamamos «una cultura» diferente de aquella en la que ha sido educada, y que la ha modelado a lo largo de toda su vida.

Entrevé que Dios la llama a ser la sierva de las siervas de las Cofradías. Comprende que esta vocación nueva va a llevarla a vivir en medio de las campe­sinas, a compartir su vida. Es interesante releer sus notas de ejercicios que dejan percibir sus aprensiones, incluso sus temores frente a esta llamada de Dios.

• Toma de conciencia de Luisa de Marillac

En 1630, durante una misión en Suresnes, Vicente de Paúl encuentra a Marga­rita Naseau. Rápidamente la envía a Luisa de Marillac. Esta la inicia en el servicio de los pobres enfermos, como lo hará con todas las demás campesinas que se presentarán para servir en las Cofradías de la Caridad de París. Ante el número creciente de jóvenes al servicio de las Cofradías, Luisa se pregunta sobre el devenir de aquellas «siervas de los pobres». ¿No sería necesario reunirlas en una especie de Cofradía, distinta de la de las Damas, para asegurar su formación y sostener su fidelidad? ¿No sería aquella la pequeña Comunidad consagrada al servicio de los pobres que entrevió en Pentecostés de 1623? ¿No le pediría Dios ser la Sierva de aquellas siervas? Lo que escribió en el atardecer de un día de ejercicios en 1632 muestra su deseo de estar totalmente disponible: «Me he sentido fuertemente impulsada en mi interior a ponerme de grado en santa indiferencia para estar así mejor dispuesta a recibir la llamada de Dios y cumplir su santísima voluntad, teniéndome por indigna de que su bondad quiera tener designios sobre mi alma, los que deseo se cumplan enteramente en mí, y quiero ofrecerme a Dios por toda mi vida para ello.

Pero, ¿tendrá fuerza para vivir este compromiso con las campesinas, cuya cultura y modo de vida son tan diferentes de los suyos? Su familia, sus amigos, ¿cómo comprenderán esa decisión, ese descenso social? A lo largo de sus ejer­cicios en mayo de 1632, Luisa contempla a Jesucristo cuyas acciones, dice ella, son «para nuestro ejemplo e instrucción» y medita detenidamente en el anona­damiento del Hijo de Dios, querido y aceptado para dar a conocer a toda criatura su amor y traerle la salvación:

«Que esa humildad de Dios al querer que seamos perfectos como El, ha de infundirme un gran valor, incitarme a una gran pureza en mis intenciones, y darme la seguridad de que no dejará de asistirme cuando me pida algo que esté por encima de mi capacidad».

El temor de Luisa de Marillac ante la vocación que se le presenta es grande. Esta vocación, ¿no está por encima de sus fuerzas, por encima de lo que, huma­namente, puede cumplir? Por eso dirige su mirada a Jesús en la Cruz, ese infame instrumento del suplicio del Hijo de Dios:

«Puesto que para darme la mayor prueba de su amor que jamás haya dado, ha querido escoger el lugar más ignominioso, aceptaré la elección que El quiera que yo haga y de la manera más ruin y abyecta que pueda, y en el lugar en el que no hay motivo de contento para el mundo».

Los términos empleados por Luisa de Marillac en sus meditaciones pueden sorprender a nuestras mentalidades del siglo xx:

«Una condición sujeta a censura a los ojos del mundo…», «la elección que El quiere que yo haga y de la manera más ruin y abyecta que pueda, y en el lugar en el que no hay ya motivo de contento para el mundo…»

Dichos términos manifiestan que Luisa es muy consciente de que va a entrar en un mundo distinto del suyo, un mundo que, en su época, es despreciado por aquél al que ella pertenece. Para conocer si la llamada oída es la voz de Dios, Luisa pregunta a su director. Vicente de Paúl se opone durante largos meses a ello, porque no ve la necesidad de reunir a las jóvenes en una Cofradía distinta de la de las Damas. Pacientemente, Luisa de Marillac espera que Dios se manifieste de una manera más explícita. Durante sus ejercicios de mayo de 1633, anota, de nuevo, su deseo de estar totalmente disponible para cumplir la voluntad de Dios:

«Tengo que aprender a mantenerme oculta en Dios con ese deseo de servirle sin buscar para nada el testimonio de las creaturas y la satisfacción de su comunica­ción, contentándome con que Dios vea lo que quiero ser para El; para ello desea que me entregue a El dejándole operar en mí esta disposición; y así lo he hecho por su gracia».

Luisa insiste sin cesar en este pensamiento: debe contentarse con que Dios sólo vea lo que ella quiere ser, su deseo de total disponibilidad en respuesta a su llamada, sin preocuparse de lo que dirá el mundo con relación a la opción de vida que ella entrevé. Para ella sólo cuenta su entrega sin reserva a Dios, a quien quiere servir en su prójimo, a imitación de Jesucristo:

«Debo darme a Dios para servir al prójimo en una condición digna de crítica a los ojos del mundo, en seguimiento de Nuestro Señor en su conversación en medio de los pecadores y en toda su vida en la que despreció su propio interés material en favor de sus creaturas: es lo que yo deseo hacer, si tal es su santa voluntad-6.

Otra inquietud aparece en el fondo del corazón de Luisa. Reunir a las siervas de los pobres en una Cofradía, hacerse su sirvienta, comprometerse a llevar con ellas una vida en común. ¿Es capaz, ella, nacida en una familia noble, de vivir en comunidad con las aldeanas? También aquí, el ejemplo del Hijo de Dios entre los hombres viene a reconfortar a Luisa:

«Que debo consagrar el resto de mis días a honrar la santa vida oculta de Jesús en la tierra, el cual, habiendo venido para cumplir la voluntad de Dios, su Padre, lo hizo toda su vida, y viendo que la vida ordinaria necesitaba más de ejemplos, consagró a ella más tiempo… yo le suplico con todo mi corazón me conceda la gracia de imitarle en esto, aunque sea indigna, y espero de su Bondad que, después de habérmelo concedido tanto tiempo en deseo, me lo concederá en efecto».

Todas estas diferencias que, aparentemente, superan su capacidad, Luisa no podrá aceptarlas más que dirigiendo su mirada al Hijo de Dios entre los hombres. Sabe que Cristo se sometió a las condiciones más concretas de la humanidad, a través de un pueblo particular, el de Israel. «Cristo se hizo semejante a los hom­bres». Habló su lenguaje, se adaptó a sus condiciones de vida, vivió toda la experiencia cotidiana de su pueblo. Luisa de Marillac profundizó en el gran mis­terio de la Encarnación: toda su espiritualidad que transmitirá a las Hijas de la Caridad estará anclada en el misterio de Cristo Redentor.

• Descubrimiento de la cultura campesina

Luisa de Marillac va a esforzarse por penetrar en esta <cultura nueva» en la que está llamada a vivir su compromiso misionero. Para esto, adopta una actitud de escucha, de búsqueda, de presencia atenta y de discernimiento. Tendrá que dejarse esclarecer y enriquecer por las respuestas de fe dadas por esas siervas de los pobres, y por las experiencias vividas por todos aquellos a quienes atien­den, alivian y sirven.

Es en primer lugar Margarita Naseau quien se hace su educadora y le revela los valores, las riquezas vividas en el mundo de los pobres. La lectura de la primera conferencia sobre las virtudes de la primera Hija de la Caridad muestra lo que Luisa ha percibido en esos intercambios con Margarita. En efecto, en aquel mes de junio de 1642, ninguna de las Hermanas que participa en la Conferencia había conocido a Margarita: todo lo que se dice procede de los recuerdos del señor Vicente y de la señorita Le Gras.

Se subraya en esa Conferencia que «Margarita era una pobre vaquera sin instrucción»9. Y fue ella a quien Dios escogió para ser la primera de las Hijas de la Caridad, para «mostrar el camino a las demás’. Luisa de Marillac aprendió de Margarita que el mundo de los pobres es capaz de grandes cosas: riqueza y erudición no son indispensables para responder a la llamada de Dios, para vivir plenamente el Evangelio, para comprometerse en una vida totalmente consagrada a Dios.

Luisa de Marillac fue testigo de la fe profunda de Margarita Naseau: observó su total confianza en la Providencia, su adhesión gozosa a la voluntad de Dios, su gran dinamismo misionero. Margarita no pronunció grandes discursos teológicos, pero todo su comportamiento era reflejo del Evangelio que impregnaba su vida. La fe del pueblo es una fe sencilla, profunda sin duda, que se expresa a través de ritos comunitarios y sociales: oración en familia, asistencia a la misa dominical, recepción de los cuatro grandes sacramentos: bautismo, comunión, extremaun­ción, administrados por el párroco del pueblo, y confirmación cuando el señor obispo iba a la parroquia.

En la conferencia sobre las virtudes de las buenas aldeanas, Vicente de Paúl constata, ya que ha vivido en Ranquines:

«La fe es una gran posesión para los pobres, ya que una fe viva obtiene de Dios todo cuanto razonablemente queremos». Y se complacía en repetir: «Dios escogió a los pobres para hacerlos ricos en la fe».

El mundo rural gusta también de expresar su fe y su piedad a través de peregrinaciones. Con frecuencia parroquias enteras se ponen en marcha, prepa­rándose mediante uno o dos días de ayuno. Las Hermanas, en su aldea, han participado en estas grandes reuniones y desean poder continuar expresando así su fe. Felipa Bailly escribe a Luisa de Marillac manifestando su deseo de participar en la peregrinación de la parroquia de San Germán en Laye:

«Le saludo y le ruego por amor de Dios me diga si haré ese viaje. Tengo el propósito de ayunar a pan y agua con tal fin. Y empiezo hoy, porque la marcha es el viernes. Me encomiendo a sus santas oraciones y le ruego me diga cuál es su deseo, porque no quiero hacer más que la voluntad de usted, para estar segura de hacer la de nuestro buen Dios.

Margarita Naseau trabajaba «sin ningún motivo de vanidad o de interés, sin otro plan que el de la gloria de Dios». Lo que guiaba a Margarita era el bien de los demás. Luisa de Marillac puede hacer la diferencia entre el mundo de su infancia y el de los pobres: este último no busca la propia promoción personal, ni sus propios intereses.

Desde su más tierna edad, las campesinas están acostumbradas a un duro trabajo. Margarita Naseau aprendió a leer mientras guardaba las vacas que lleva­ba a apacentar. La guarda de los rebaños se confiaba con frecuencia a los niños. Más tarde, las jóvenes ayudan en las tareas del campo, llevan la casa: cocinan, lavan la ropa en el río, y por la noche en la velada, hilan lino. En la conferencia sobre las virtudes de las campesinas, Vicente de Paúl hace esta constatación:

«(Las campesinas) vuelven de su trabajo a casa para tomar una frugal comida, cansadas y fatigadas, mojadas y llenas de barro; pero apenas llegan, tienen que ponerse de nuevo a trabajar, si hay que hacer algo; y si su padre y su madre les mandan que vuelvan, en seguida vuelven, sin pensar en su cansancio, ni en el barro y sin mirar cómo están arregladas».

A pesar del rudo trabajo que hacen cada día, las campesinas se contentan con una comida frugal, sin ningún capricho.

«Las campesinas, mis queridísimas hijas, tienen gran sobriedad en su comida. La mayor parte se contenta muchas veces con pan y potaje, aunque trabajen ince­santemente y en trabajos fatigosos».

María Joly se muestra una verdadera campesina: el trabajo no la asusta. Ade­más nunca hace grandes gastos y su modo de vida es sencillo y frugal. Antes de ir a Sedán, Luisa la presenta a san Vicente:

«Pues aunque en San Germán tenía mucho trabajo y enfermos, sacaba tiempo para lavar para otras personas y así ganaba algo».

La pobreza desarrolló en Margarita Naseau el sentido de compartir. Luisa de Marillac pudo constatar que no guardaba nada para ella misma: compartió todo lo que tenía, su pan y su comida, su saber, su habitación. En Sedan, durante el tiempo de la guerra, María Joly compartirá también todo lo que posee con los niños y los pobres privados de alimento.

Si Luisa de Marillac aprendió mucho de Margarita Naseau, penetrará más todavía en ese modo de vida por su contacto con las demás jóvenes sirvientas de las Cofradías. Descubre las reacciones de los campesinos frente a la organización de la sociedad rural. Comprende que el señor del pueblo es aquel cuya superio­ridad y preeminencia no se discute. Es el primero del pueblo, lo que sirve para justificar una parte de sus derechos y a quien hay que rendir, naturalmente, toda clase de honores. Lo más a menudo es el propietario de las tierras y recibe impuestos de los colonos, de formas múltiples. Si algunos son buenos amos, que socorren a la viuda y al huérfano, otros se muestran amos tiránicos. Los campe­sinos deben someterse a las exigencias de su señor, aun cuando se las arreglan para hacer trampas y pagar lo mínimo. Luisa de Marillac percibe que estas relaciones de señor a campesino, de amo a siervo, se viven en las Cofradías de la Caridad. Las Hermanas de la parroquia de San Sulpicio se quejan, pues:

«Hay cinco o seis personas que les dan órdenes; esto, añadido a los desprecios que les hacen y las continuas sospechas que de ellas se tienen, las desanima mucho».

Algunos administradores de hospitales no dudan en mostrarse amos exigentes, que critican el trabajo de las Hermanas delante de los mismos enfermos. Con frecuencia los campesinos no se atreven a hablar delante del dueño del castillo, se mantienen en una actitud de inferioridad ante su señor: actitud compleja que indica a la vez temor y respeto.

• Una indispensable inculturación

Como Cristo se encarnó en una cultura particular para salvar a toda la huma­nidad, del mismo modo los Fundadores, bajo el impulso del Espíritu de Dios, hacen la opción, para la Compañía de las Hijas de la Caridad, del mundo de los pobres, con el fin de devolver a todos los desprovistos y los excluidos de todos los tiempos y de todos los lugares, su dignidad humana. En la Conferencia sobre las virtudes de las buenas aldeanas, el 25 de enero de 1643, Vicente de Paúl invita a las Hermanas consideradas «de alta condición», las que proceden de la burgue­sía o de la nobleza «a vivir en el cuerpo y en el espíritu como las buenas aldea­nas»’. Esta frase subraya la importancia de lo que hoy llamamos «inculturación». Quienes deseen ser Hijas de la Caridad tendrán que acoger, comprender y com­partir todas las riquezas de la vida concreta de las campesinas y sus valores espirituales, para adaptar a ellos su modo de vida y de pensamiento.

En la conferencia del 11 de diciembre de 1644, Vicente de Paúl repetirá la necesidad, para toda Hija de la Caridad, de entrar en la cultura campesina: «Por eso, las que entre vosotras sean de condición más elevada tienen que ajustarse a vuestra manera de vivir y de vestir, y hacerse en todo como aldeanas para seguir el plan de Dios en vuestra fundación y para hacerlo subsistir, ya que, sin el fundamento de esa bajeza todo se vendría abajo.

Y para ayudar a las Hermanas en esta actitud, las orienta hacia la contempla­ción del Hijo de Dios:

«Aunque fueseis de condición noble, como hay algunas entre vosotras, deberíais prescindir de ello y estaríais también obligadas a deshaceros de todos los efectos y vanas satisfacciones que la naturaleza y el hábito os hubieran hecho adquirir. El Hijo de Dios, ¿no era más que vosotras, no sólo como Hijo de Dios, sino incluso como hombre? ¿No era de familia real? Sin embargo, ya veis su humillación, su trabajo y su mortificación continua, en medio de tan gran pobreza, que tenía que ganarse la vida con san José?

En la conferencia tan bella sobre el espíritu de la Compañía del 24 de febrero de 1653, Vicente de Paúl reafirma con vigor que la Compañía perdería su fuerza y su eficacia si no tomara en consideración el mundo de los pobres a quienes está consagrada, si no copiara su estilo de vida y no respetara sus valores:

«(Dios) como se dirigió a una pobre joven aldeana, quiere que la Compañía esté formada por pobres jóvenes de aldea. Si hay algunas de la ciudad, muy bien: tenéis que creer que Dios es quien las ha traído; pero, si pusiese entre vosotras a personas de elevada condición, deberíais tener miedo de que la Compañía se viniese abajo, si no tuviesen el espíritu de las pobres aldeanas, pero podría su­ceder que Dios les diese este espíritu. Si viniesen señoritas o damas habría que tener miedo y probarlas bien para ver si es el espíritu de Dios el que las quiere traer aquí».

Esta inculturación se realizará bajo dos aspectos complementarios:

  1. Vicente de Paúl y Luisa de Marillac «inculturan» la vida religiosa en el mundo de los pobres, en el mundo campesino y rural.
  2. Vicente de Paúl y Luisa de Marillac enseñan a las campesinas a «inculturar» el Evangelio en su vida cotidiana.

1. Inculturación de la vida consagrada en el mundo de los pobres

En el siglo XVII, la vida religiosa en los grandes monasterios acoge a jóvenes originarias de la nobleza o de la burguesía. En la Conferencia sobre las virtudes de las buenas aldeanas, Vicente de Paúl lo dice claramente: «Hasta el presente, las jóvenes llamadas al servicio de Dios eran todas ellas hijas de familias linajudas y ricas».

Continuando su reflexión, constata que ahora Dios llama también a jóvenes pobres a consagrarse a El. Reconoce que esta opción de Dios tiene algo que decir al mundo cristiano: «¿Qué sabéis, digo yo, hijas mías, si al llamaros Dios para su gloria y para el servicio de los pobres, su bondad no quiere quizás probar vuestra fidelidad para mostrar esta verdad, que Dios escogió a los pobres para hacerlos ricos en la fe?».

Vicente de Paúl y Luisa de Marillac van pues a insertar los valores propios de la vida religiosa en la cultura particular de las campesinas, en esta parte de la sociedad que, en aquel entonces, no podía beneficiarse de ella. Va a nacer una nueva forma de vida consagrada a Dios. Para Vicente de Paúl, esta nueva forma de vida consagrada es cercana al Evangelio, pues Dios escoge con preferencia a los pequeños y a los humildes:

«Nuestro Señor ha escogido los medios más bajos para que su obra se recono­ciese con mayor facilidad y para que su Padre fuese más honrado en ello. De forma que tenéis que consideraros muy felices por haber sido escogidas, humi­Ilaros mucho por ello y ser fieles, pues, aunque os consideréis como sujetos débiles y aunque quizá no conozcáis la grandeza de vuestra vocación, Dios la sabe por vosotras. ¿No ha querido El que su Hijo aceptase ser de una condición tan baja, que, cuando le veían hacer algunas obras por encima de lo que aparen­taba, el pueblo exclamaba: «¿No es este Jesús, el hijo de José el carpintero?» ¡Ved, hijas mías, cuán ocultos son los planes de Dios!«.

Lentamente, respondiendo a los diversos acontecimientos, los Fundadores van a presentar, con modalidades y términos nuevos, lo que, desde hacía siglos ca­racterizaba esta vida religiosa. El Derecho Canónico actual, retomando lo que se ha vivido siempre, define la vida religiosa como «una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente a Dios como a su amor supremo, a fin de conseguir la perfección de la caridad en el servicio del Reino de Dios>>».

En los monasterios, esta búsqueda de la perfección por el Reino de Dios se vive apartados del mundo: un hábito especial con un gran velo señalan la ruptura con el mundo y la consagración a Dios. Un lugar importante ocupa la «lectio divina», y el Oficio divino que se celebra en el coro. Los votos religiosos perpetuos, pronunciados con gran solemnidad, incorporan definitivamente a la religiosa a su monasterio.

¿Cómo respetar la experiencia que viven todas estas campesinas venidas para servir a los pobres y responder al designio de Dios que parece querer compro­meterles en una vida totalmente entregada, en una vida consagrada? A través de esos intentos, poco a poco, la Compañía de las Hijas de la Caridad tomará forma, se definirá su modo de vida, sus exigencias, en conformidad con su objetivo que no variará nunca: el servicio a los pobres por medio de campesinas pobres.

• Seguir a Cristo más de cerca

Margarita Naseau, al oír hablar a san Vicente en una misión en su pueblo, capta toda la importancia que tiene para ella un nuevo compromiso misionero al servicio de los pobres enfermos. A ella le siguen otras campesinas deseosas de dedicarse a ese servicio. «Margarita Naseau, de Suresnes, es la primera Hermana que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás, tanto para enseñar a las niñas, como para asistir a los pobres enfermos».

La finalidad del compromiso de Margarita y de las primeras campesinas sigue siendo la finalidad fundamental de la nueva comunidad. En una carta a la Superiora de las Benedictinas de Argenteuil, Luisa de Marillac define claramente quiénes son esas jóvenes y lo que desean hacer de sus vidas: «Estas buenas jóvenes… des­prendiéndose de todo interés, se dan a Dios para el servicio espiritual y temporal de… esos pobres abandonados que están en toda clase de necesidad…».

Desde los orígenes de la Compañía, este servicio a los pobres tiene una dimensión profunda de fe, ha de vivirse como «seguimiento de Cristo», especial­mente en el aspecto del Hijo de Dios encarnado en medio de los hombres.

«Pensad que en estos últimos tiempos Dios quiere poner en su Iglesia una Com­pañía de pobres campesinas, como sois la mayor parte, para continuar la vida que su Hijo ha llevado en la Tierra. Hijas mías, no os hagáis indignas de vuestra gracia».

Vicente de Paúl se complace en mostrar a las Hermanas la belleza y la gran­deza de su vocación. Después de haber recordado el carisma propio de cada orden religiosa, los Cartujos, los Carmelitas, etc., presenta a las Hermanas su propio carisma.

«Vuestra Compañía… ha sido instituida para honrar la gran caridad de Nuestro Se­ñor. ¡Qué felicidad, mis queridas Hermanas! Ese sí que es un fin noble. Estar fundadas para honrar la gran caridad de Nuestro Señor, tenerlo a El por modelo y ejem­plo, junto con la Santísima Virgen, en todo lo que hacéis! ¡Dios mío, qué felicidad! 31

Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, como todas las primeras Hermanas, saben que ese fin exige una vida totalmente consagrada al Señor de la Caridad. Al final de la conferencia, esta oración de ofrenda y de petición sube hacia el Señor: «Nos entregamos a Ti, Dios mío, para honrar y servir toda nuestra vida a nuestros señores los pobres, y te pedimos esta gracia por tu santo amor».

• La perfección de la Caridad

Todo cristiano está invitado a contemplar la figura del Hijo de Dios hecho hombre para ver cómo la Buena Noticia del Evangelio se realiza en su propia vida y en sus relaciones con los demás. El religioso, por el hecho de su consagración a Dios, va a tender hacia la perfección de la Caridad, tal como el mismo Jesús la ha vivido. Si las Hijas de la Caridad no son religiosas, propiamente hablando, Dios las llama, sin embargo, a vivir en plenitud su vida cristiana, revelando el Amor de Dios a través de su servicio:

«¿Pensáis que sólo los religiosos y las religiosas tienen que aspirar a la perfec­ción? Hermanas mías, todos los cristianos están obligados a ella, y vosotras más aún que las religiosas. No es la religión la que hace a los santos; es el cuidado que ponen las personas que están en ella de perfeccionarse, pues puede muy bien haber en una religión personas imperfectas y viciosas, como se ha visto a veces. Esto os demuestra que no es necesario estar encerrado en un claustro para adquirir la perfección que Dios pide de vosotras. El estado religioso es muy santo; pero de ahí no se sigue que solamente se santifiquen aquellos que lo abrazan»».

Las Siervas de los pobres, como las religiosas, están invitadas a la perfección de la Caridad, pues su vocación viene de Dios y no puede sino volver a El por una perfecta caridad. Vicente de Paúl responde a las objeciones que hacen las Hermanas, impresionadas sin duda por lo que se les propone:

«Pero, Padre, ¿es posible que una pobre muchacha aldeana pueda llegar a la perfección que usted dice?

Sí, Hermanas mías, podéis conseguirlo lo mismo que las religiosas

¡Cómo! ¿Puede una pobre mujer pretender la perfección de esas personas distinguidas que han entrado en el claustro, inclinadas naturalmente al bien y a todo lo referente a la honestidad y a la educación cristiana, y a quienes tanto les cuesta alcanzar todas las cualidades requeridas de alma y de cuerpo? —¿Puede decirse de las pobres Hijas de la Caridad que son capaces de igualar en virtud a esas personas educadas de esa forma? ¿Puedo yo esperar esa per­fección, si no me han instruido más que en las cosas del campo?

—¿Y dice usted, Padre, que debo tender a eso y que he de practicar todas las virtudes?

—Sí, hija mía, hay que esperar llegar a esa misma perfección. Mis queridas Her­manas, ¡si supierais lo que es la confianza en Dios y lo que puede un alma que está bien asentada en ella! «34

Para vivir esta perfección, la Hija de la Caridad está invitada a dejar que crezca en ella la gracia de su bautismo. Es lo que explica Luisa de Marillac al presentar las cualidades que deben tener las postulantes que piden entrar en la Compañía de las Hijas de la Caridad:

«Se necesitan espíritus equilibrados y que deseen la perfección de los verdaderos cristianos, que quieran morir a sí mismas por la mortificación y la verdadera renun­cia, ya hecha en el santo bautismo, para que el espíritu de Jesucristo reine en ellas y les dé la firmeza de la perseverancia en esta forma de vida, del todo espiritual, aunque se manifieste en continuas acciones exteriores que parecen bajas y des­preciables a los ojos del mundo, pero que son grandes ante Dios y sus ángeles».

Con la gracia de su bautismo, el cristiano, y por consiguiente la Hija de la Caridad, encuentran la fuerza, el dinamismo para llevar esta vida nueva de con­formidad con los consejos evangélicos. Mortificarse, perfeccionarse son los térmi­nos utilizados en el siglo XVII para hablar de esta adhesión al misterio de muerte y de resurrección de Cristo. La vida nueva no puede nacer más que si primero muere el pecado. Toda conversión es un cambio exigente:

«Para ser verdaderas Hijas de la Caridad es preciso haberlo dejado todo: padre, madre, bienes, pretensión de formar un hogar, es lo que el Hijo de Dios enseña en el Evangelio. Además, hay que dejarse a sí mismo, pues si se deja todo y se reser­va uno su propia voluntad, si no se deja a sí mismo, no se ha hecho nada. Ser Hijas de la Caridad es ser hijas de Dios, hijas que pertenecen por entero a Dios»’.

El servicio a los pobres, aunque sea duro y exigente, favorece también la marcha hacia esa vida nueva, porque obliga a superarse y nos acerca a Dios. Luisa de Marillac escribe a las Hermanas de la Comunidad de Angers: «Les ruego a todas que sean muy animosas, lo primero para perfeccionarse en la verdadera humildad, dulzura, obediencia, cordialidad y tolerancia de unas con otras. Con tantas ocasiones como tienen ustedes de servir a Dios y a los Pobres sin interrup­ción, tendrían que ser santas».

Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, hablando de perfección y de santidad, invitan pues a las Hermanas a dejarse poseer por el amor de Dios que es fuente de libertad y de alegría. Vicente de Paúl insiste también en que esta perfección hay que vivirla desde el conocimiento de la propia cultura: «¡Salvador mío, ¿qué es lo que somos para que te dignes servirte de nosotras?! ¡Unas pobres mujeres que son la escoria del mundo! ¿No es verdad, Hermanas mías?».

«Señor, ¿qué es lo que piensas al servirte de unas pobres criaturas, pobres aldea­nas que han estado ocupadas la mayor parte de ellas en guardar ganado, y al hacer lo que tú haces por medio de unos pobres espíritus como los nuestros?

Muchas son las Hermanas que desearon confirmar por voto su deseo de ser totalmente de Dios. El 25 de marzo de 1642, Luisa de Marillac y otras cuatro Hermanas pronuncian los primeros votos en la Compañía de las Hijas de la Cari­dad. Después, cada una pedirá hacer los votos, cuando ella lo desee: en tiempo de los Fundadores no existe ninguna regla a este respecto. Unas los pronuncian al finalizar los tres años de vocación, otras a los siete o los diez; otras parece que no los hacen. Estos votos no son religiosos, sino votos simples, privados.

El obispo de Nantes tiene dificultad para comprender el género de vida de esas Hermanas que sirven en el hospital de su ciudad. Vicente de Paúl advierte a las Hermanas que van a Nantes que es posible que se vean interrogadas: «Si el obispo os pregunta: «¿hacéis votos religiosos?», decidle: «No, señor, nos entre­gamos a Dios para vivir en pobreza, castidad y obediencia, unas para siempre, otras por un año»».

Tres años más tarde, Juana Lepintre, la Hermana Sirviente de Nantes, se ve de nuevo interrogada sobre los votos que hacen las Hijas de la Caridad. Ella responde con claridad: «Monseñor, los votos que hacemos no nos convierten en religiosas, por­que son votos simples, que puede hacer cualquiera, incluso viviendo en el mundo».

La primera parte de esta exposición muestra cómo Vicente de Paúl y Luisa de Marillac «inculturaron» la vida religiosa en el mundo de los pobres, en el mundo campesino y rural. Si las Hijas de la Caridad no son religiosas, propiamente ha­blando, están sin embargo, llamadas por Dios a Seguir a Cristo más de cerca y a vivir la perfección de la caridad.

• Una vida consagrada en medio del mundo

Luisa de Marillac, en su Luz de Pentecostés, percibió una comunidad de un estilo nuevo, consagrada al servicio de los pobres y en la que habría ‘<idas y venidas». La adecuación entre esta comunidad y la vida religiosa tal como se vivía entonces era imposible. Vicente y Luisa insistieron en la imposibilidad de que las Hijas de la Caridad fueran religiosas. «En efecto, no puede decirse que las Hijas de la Caridad sean religiosas, ya que si lo fueran, no podrían ser Hijas de la Caridad, pues para ser religiosas hay que vivir en el claustro. Las Hijas de la Caridad no podrán jamás ser religiosas; ¡maldición al que hable de hacerlas religiosas!

Los Fundadores saben que, para responder al designio de Dios, las Hijas de la Caridad no pueden ser de clausura, que es indispensable que vivan «en medio del mundo». Son seculares. Teniendo en cuenta no sólo las costumbres de vida sencilla, sino también las exigencias de la consagración a Dios, Vicente de Paúl y Luisa de Marillac organizan el «estilo de vida» de las Hermanas.

Para responder a las llamadas de todos los que sufren, las Hijas de la Caridad no tendrán monasterio, ni grandes muros de clausura. Vivirán cerca de los pobres: dos o tres en un cuarto de alquiler. Así es como viven las «gentes humildes» en la capital. «Sí, hijas mías, estad seguras de ello. Si hay algo digno de verse, agradable a Dios y admirable a los ángeles y a los hombres, si hay un espectáculo admirable, es ver cómo unas Hermanas viven como particulares en una habita­ción, como ellas quieren, aparentemente y a juicio de las que no las conocen, pero que en realidad son tan sumisas que puede decirse que no hacen jamás su voluntad, ya que no hacen nada más que en virtud de la santa obediencia»‘.

La obediencia, libremente aceptada, reemplaza a la clausura de las religiosas: «¡Oh no!, estad seguras, mis queridas Hermanas, de que las religiosas que están encerradas durante toda su vida en el claustro no hacen más que vosotras, si tenéis obediencia; y que lo que hacéis por esa virtud es tan grande que difícil­mente podría encontrarse algo mayor»».

El vivir juntas, en un cuarto de alquiler, se apoya en la palabra de Jesucristo, que prometió estar en medio de los que están reunidos en su nombre. «La Pro­videncia os ha reunido aquí a vosotras doce, y, al parecer, con el designio de que honréis su vida humana en la tierra. ¡Oh! ¡Qué ventaja estar en una comunidad, puesto que cada miembro participa del bien que hace todo el cuerpo! Por este medio podréis tener una gracia más abundante. Nuestro Señor nos lo ha prome­tido cuando dijo: «Cuando estéis dos reunidos en mi nombre, yo estaré en medio de vosotros»

Toda vida comunitaria descansa en la unión, una unión llena de respeto y de cordialidad a imagen de la vida trinitaria. Esa vida se hace lugar de reflexión sobre el servicio a los pobres, sobre las dificultades que se encuentran, sobre los com­promisos que se hayan de tomar. Vicente de Paúl y Luisa de Marillac repiten con frecuencia que el servicio no es propiedad de una Hermana: es toda la comunidad la que es enviada a misión a un lugar determinado. <‹… las verdaderas Hijas de la Caridad, para cumplir lo que Dios pide de ellas deben ser como una sola y puesto que la naturaleza corrompida nos ha despojado de esa perfección, sepa­rándonos por el pecado de nuestra unidad que es Dios, debemos, para aseme­jarnos a la Santísima Trinidad, no ser más que un corazón y no actuar más que con un mismo espíritu como las tres divinas personas, de tal suerte que cuando la Hermana que está para los enfermos pida la ayuda de su Hermana, la Hermana que está para la instrucción de las niñas no dejará de ayudarla, e igualmente si la que está encargada de las niñas le pide ayuda a la de los pobres, ésta hará otro tanto, no considerando uno y otro empleo sino como cosa de Dios y tenién­dose ambas por escogidas por la Providencia para obrar unánimes y unidas; por lo tanto, nunca se habrá de oír: eso es tarea suya y no mía».

La contemplación de las realidades divinas es el primer deber de todos los religiosos. En sus monasterios, religiosos y religiosas celebran el Oficio Divino en el coro y dedican tiempo a la lectura de la Sagrada Escritura. En cuanto a las campesinas, lo más a menudo analfabetas, es impensable que participen en el Oficio Divino. Luisa de Marillac y Vicente de Paúl saben la importancia que tiene, en la vida espiritual, el encuentro personal con Cristo. Van a guiar a las Hermanas hacia la contemplación. No es necesario que sean instruidas o sabias para hacer oración. «Después de vestiros y de haber hecho la cama, os pondréis en oración. Hijas mías, éste es el centro de la devoción, y tenéis que desear mucho habituaros perfectamente a ella».

Vicente les explica que pueden llegar a ser profundamente espirituales, pues Dios está cerca del pequeño y del pobre: «No creáis que unas pobres mujeres de aldea, ignorantes como vosotras pensáis ser, no tienen que pretender realizar este santo ejercicio. Si Dios es tan bueno y lo ha sido ya con vosotras al llamaros al ejercicio de la caridad, ¿por qué vais a creer que os negará la gracia que nece­sitáis para hacer bien la oración? Que no se os ocurra nunca esto. Yo me he sentido hoy muy edificado, al hablar con una buena joven aldeana, que es ahora una de las almas más grandes que conozco».

Luisa de Marillac, desde hace años, lee la Biblia: sabe la importancia que tiene el ir a beber una misma la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura y va a hacer todo lo posible para que las Hermanas puedan aprovechar esta riqueza, bien por sí mismas o con la ayuda de una lectora. El primer reglamento subraya la impor­tancia de la lectura del Evangelio para mejor vivir a imitación del Hijo de Dios: «De vuelta a casa, se ponen a trabajar, leen para aprender y después de hacer recor­dar los principales puntos de la doctrina, en forma de catecismo, se lee algún pasaje del santo Evangelio para excitarse a la práctica de las virtudes y al servicio del prójimo, a imitación del Hijo de Dios.

Vicente de Paúl insistirá en esta lectura cotidiana, un poco difícil o incluso poco atractiva para algunas: «Por la mañana habláis a Dios en la oración, y por la lectura Dios os habla a vosotras. Si queréis que Dios os escuche en vuestras oraciones, escuchad a Dios en la lectura. No es menos provechoso escuchar a Dios que hablarle. Por eso os recomiendo mucho, tanto como sea posible, que no faltéis a esto».

La Eucaristía, que celebra el memorial del sacrificio de Cristo, está en el centro de toda vida consagrada a Dios. Como buenas cristianas, las Hijas de la Caridad participan, según tienen costumbre, en la vida de la parroquia. Nada las distingue de otros feligreses, a no ser su presencia regular en las misas y en los diferentes actos de oración. Con palabras muy sencillas, Vicente de Paúl invita a las siervas de los pobres a participar, todos los días, en el santo sacrificio de la misa:

«Id todos los días a la santa misa, pero id con una gran devoción, y estad en la iglesia con gran modestia, siendo ejemplo de virtud para todos los que os vean… ¿Qué pensáis hacer durante ella? No es solamente el sacerdote el que ofrece el santo sacrificio, sino todos los que asisten a él; estoy seguro de que, cuando estéis bien instruidas en este punto, tendréis gran devoción, porque es el centro de la devoción.

La Eucaristía significa que Aquel que no es sino Amor fue hasta la muerte y que, de allí, surge una nueva vida. Así, las Hijas de la Caridad se ven invitadas a entregarse totalmente a Dios para hacer surgir la vida en torno a ellas. En la conferencia del 22 de enero de 1646, sobre la sagrada comunión, Vicente de Paúl se admira del don de Dios en la Eucaristía: «Sabed, hijas mías, que la virtud capital de las Hijas de la Caridad es comulgar bien… Tened mucho cuidado, por favor, y considerad la grandeza del plan de Dios sobre vosotras: El quiere que vosotras, pobres mujeres, sin capacidad ni estudios, cooperéis con El para comu­nicar su espíritu. Hijas mías, no descuidéis esta gracia, por favor. Pero, acerqué­monos a este fuego para vernos invadidos, primeramente nosotros, y luego, por nuestra caridad y buen ejemplo, atraer a El a los demás».

Desde los comienzos de la Iglesia, la virgen consagrada a Dios lleva un gran velo, signo de su pertenencia a Dios y de su ruptura con el mundo. Las Hijas de la Caridad, que viven «en medio del mundo» no llevarán velo ni hábito religioso tal como se introdujo después. Es una novedad, en aquel siglo XVII, ver «una Compañía de mujeres y de jóvenes con vestido secular». Las primeras siervas de los pobres iban vestidas «como aldeanas», conservando sencillamente el vestido que llevaban en sus casas. Se planteará un problema cuando llegan jóvenes de otras regiones de Francia, o de la nobleza, con una manera de vestir totalmente diferente. Para evitar que se establezcan comparaciones entre las sier­vas procedentes de regiones o de ambientes sociales diferentes, los Fundadores van a escoger como «hábito» de la Hija de la Caridad, el vestido de las campe­sinas de la isla de Francia: es un vestido sencillo que a algunas les parece poco elegante. En una conferencia, Vicente de Paúl refiere lo que ha oído: «¡Cómo! ¡Llevar ese tocado para ir a ver a los pobres! Habría que llevar una cofia y un pañuelo al cuello para cubrirnos».

Vicente de Paúl insiste en el mantenimiento de un vestido sencillo, tal como lo llevaron en los orígenes. Pide que se evite todo lo que pueda parecerse a un hábito monacal y muestra la importancia de la uniformidad para mantener la unión y la caridad entre las Hermanas. «La uniformidad… mantiene la unión. En la medida en que conservéis la uniformidad, hermanas mías, en esa misma medida habrá cari­dad entre vosotras. Pero apenas haya algunas que digan: «¡Cómo! ¡Ir siempre to­das lo mismo! ¡Habrá que tomar un velo, pues eso es más modesto!», no las escu­chéis, sino huid de ellas como de personas que quieren echaros a perder.

Vicente de Paúl sabe, por experiencia, que las verdaderas campesinas son espontáneamente modestas y pide a las Hijas de la Caridad que las imiten en su vestido de campesinas: «Las verdaderas campesinas son muy modestas en su trato, mantienen su vista recogida, son modestas en sus vestidos, que son corrien­tes y vulgares. Así tienen que ser las Hijas de la Caridad.

Si la modestia es una señal que manifiesta la pertenencia a Dios, esta actitud no debe, sin embargo, ser un obstáculo para el servicio de los pobres. En todo, hace falta la sencillez y el sentido común. «Acostumbraos a tener vuestra vista moderadamente baja, ya que, como estáis al servicio de personas seculares, es menester que no las asuste el exceso de vuestra modestia. Esto podría impedir hacer el bien que puede hacerse con una jovialidad moderada.

Vicente de Paúl y Luisa de Marillac introdujeron, en una vía totalmente nueva, a estas «pobres campesinas» deseosas de servir a sus hermanos. Comprendieron que su consagración a Dios debía realizarse teniendo en cuenta realidades que vivían día tras día. Comprendieron también que los pobres podían ser servidos por pobres.

2 – Inculturación del Evangelio en las realidades de la vida campesina

Vicente de Paúl y Luisa de Marillac partieron de realidades vividas en el mundo de los pobres para «inculturar» en él la vida consagrada; así, van a ayudar a las Hermanas a insertar el mensaje cristiano en su cultura particular. Como el grano sembrado en tierra, el Evangelio transforma poco a poco la cultura. Esta acción misteriosa presupone un sembrador y una tierra disponible que se deje trabajar desde el interior. En toda su reflexión con las Hermanas, Vicente de Paúl y Luisa de Marillac las orientaron hacia ese misterio inaudito de la Encarnación redentora. Este encuentro dará respuestas creativas. Se tienen especialmente en cuenta algunos aspectos de la cultura de las campesinas: la pobreza, el trabajo manual y la dependencia.

Una «cultura» de pobreza

Durante su infancia, durante los años vividos en su familia, las campesinas quedaron marcadas por experiencias de pobreza. Vicente de Paúl las describe en su conferencia sobre las virtudes de las campesinas. La comida es sencilla y sobria, poco variada, pan y potaje, rara vez carne. La ropa es, corrientemente, de tejido grueso, sin ningún refinamiento: «Las verdaderas campesinas se contentan con lo que tienen, tanto en el vestir como en el alimento»

El trabajo es rudo y exigente. Los campesinos viven sometidos al ritmo de las estaciones, con un trabajo incesante en el tiempo de la recolección. Vicente de Paúl insiste también en la sencillez y la humildad que caracterizan a la mayor parte de estas campesinas sin instrucción: «El espíritu de las verdaderas aldeanas es sumamente sencillo: nada de astucias, nada de palabras de doble sentido; no son obstinadas ni apegadas a su manera de pensar… no se glorían de lo que tienen…, ni piensan que son inteligentes, y van con toda sencillez».

¿Cómo acoger el Evangelio como mensaje de salvación, de liberación y de realización en esta cultura de pobreza? Las primeras Hermanas, en contacto fre­cuente con las Damas de la Caridad, descubren otra cultura, donde la vida les aparece mucho más fácil y agradable. ¿Pueden vivir el mensaje y los valores del Evangelio en su propia cultura?

Vicente de Paúl responde con mucha claridad. Cristo renunció a su condición divina para revelarse al mundo a través de lo que la humanidad considera como lo más bajo. El Hijo de Dios se sometió libremente a las condiciones concretas más humildes de su pueblo. ¿No es un honor ser llamadas a seguirle?

«Fijaos, mis queridas Hermanas, esta Compañía de Hijas de la Caridad se com­pone en su mayoría de muchachas pobres. ¡Qué excelente es esa cualidad de jóvenes pobres, pobres en sus vestidos, pobres en su alimento… Esa cualidad de pobres os distingue de las que son ricas. Habéis dejado vuestra tierra, vuestros parientes y vuestros bienes, ¿y para qué?, para seguir a Nuestro Señor y sus máximas. Sois hijas suyas y El es vuestro Padre; os ha engendrado y os ha dado su espíritu; el que viese la vida de Jesucristo vería sin comparación algo seme­jante en la vida de una Hija de la Caridad».

La pobreza acerca a Dios. El 8 de agosto de 1655, en aquel día solemne en que todas las Hijas de la Caridad presentes en París van a firmar el acto de erección, Vicente de Paúl vuelve a leer la corta historia de la Compañía y, una vez más, invita a las Hermanas a permanecer fieles a sus orígenes: «Manteneos, pues, en el estado en que Dios os ha puesto; procurad conservar siempre vuestro primer espíritu de humildad y de sencillez. Puesto que Dios os ha escogido como escogió a san Francisco, para honrarle en vuestra condición pobre y humilde a los ojos del mundo, manteneos en ella y El os bendecirá».

Esta cultura de la pobreza podría, ciertamente, engendrar sublevación y rebeldía, al ver la riqueza y el bienestar de los nobles. Los reglamentos y las numerosas con­ferencias de Vicente de Paúl, así como las cartas de Luisa de Marillac animan a las Hermanas a entrar por un camino de pobreza a ejemplo de Jesucristo. La pobreza de nacimiento se transformará voluntariamente en virtud a imitación de Jesucristo. El primer reglamento, redactado para las Hermanas del Hospital de Angers, muestra bien este movimiento: «Se acordarán de que han nacido pobres, que deben vivir como pobres, por amor al Pobre de los pobres, Jesucristo Nuestro Señor».

Vicente de Paúl no duda en decir que la pobreza, libremente vivida, se con­vierte en una riqueza: «Hijas mías, si sois verdaderamente pobres, sois también verdaderamente ricas, ya que Dios es vuestro todo. Fiaos de El, mis queridas Hermanas. ¿Quién ha oído decir jamás que los que se han fiado de las promesas de Dios se han visto engañados? Esto no se ha visto nunca ni se verá jamás. Hijas mías, Dios es fiel a sus promesas, y es muy bueno confiar en El, y esa confianza es toda la riqueza de las Hijas de la Caridad, y su seguridad».

Otra dimensión, muy moderna, está también presente: la solidaridad con todos los que viven pobremente. Las Hermanas, como lo hizo Margarita Naseau, están llamadas a compartir todo lo que tienen y todo lo que son con los numerosos pobres a los que sirven: «No tenéis derecho más que a alimentaros y vestiros, el sobrante pertenece al servicio de los pobres».

La cultura de la pobreza engendra a menudo una actitud de inferioridad frente a los ricos, a veces una falta de confianza en sí mismo. Vicente de Paúl invita a reconocer esa actitud y a transformarla en experiencia espiritual: «Como las pri­meras (Hermanas), casi todas habéis sido sacadas de una baja condición… ¡Qué dichosas sois y yo con vosotras, por habernos concedido Dios la gracia de esco­gernos de las heces del mundo para servirse de nosotros! Siendo as( ¿vamos a hacernos los presumidos? ¿Nos vamos a elevar por encima de lo que somos? Si el mundo no lo tiene en cuenta haciendo de nosotros más caso de lo que mere­cemos, ¿vamos a abusar nosotros, hijas mías?»

Esta experiencia espiritual revela la manera de obrar de Dios y opera una transformación real del ser: «Tenéis que tener el espíritu de Nuestro Señor. Cuan­do El vino al mundo a combatir el orgullo, vino con humildad, desconocido de todos y sin dar a conocer nada de lo que era. Hermanas mías, El es vuestro Patrono y tenéis que imitarle».

La inmensidad del Amor de Dios se traduce por la inmensidad de su humildad. Deseando hacerse reconocer por el hombre, Dios, en la plenitud de su libertad y de su poder, llega hasta ocultarse El mismo: «El Verbo se hizo carne». Luisa de Marillac se detiene mucho en esta humildad que hay en Dios, que es Dios: «No contento con haberse ofrecido para nuestro rescate, el Hijo de Dios quiso llevarlo a cabo, no viniendo a este mundo, como hubiera podido hacerlo, de una manera más en consonancia con su grandeza, sino de la forma más humillante que ima­ginarse pudiera, para que as( ¡oh alma mía! tuviéramos más libertad para acer­carnos a El; lo que debemos hacer con tanto mayor respeto cuanto más grande es la humildad con que se nos presenta, humildad que ha de servirnos para que lleguemos a reconocer cómo se da en Dios tal virtud, ya que todas las acciones que El produce fuera de El están muy por debajo de El»».

Ser humilde es situarse en verdad delante de Dios y de los demás, y por consiguiente aceptarse a sí mismo con sus limitaciones y sus cualidades. Es entrar, siguiendo a Jesús, en una relación de acogida y de reciprocidad con todos. Es mantener en el corazón la admiración por el Verbo de Dios, hecho Hombre entre los hombres.

Una «cultura» de trabajo manual

El trabajo de la tierra es, para el campesino del siglo xvii, la fuente de sus ingre­sos: cultiva algunas fanegas que le pertenecen, y, sobre todo, se dedica a las tie­rras de su amo que, a cambio, le da un reducido salario, la mayor parte de las veces de la misma cosecha. Las mujeres guardan el ganado y por la noche tejen o hi­lan. Todos los que trabajan con sus manos para subsistir y nutrir a la nación tienen que sufrir el desprecio del resto de la sociedad. Nobles y burgueses se esfuerzan por vivir de sus rentas, supervisando sus propiedades, o bien gozando de buenas pensiones o de beneficios importantes en el ejército, la administración o la Iglesia.

Vicente de Paúl y Luisa de Marillac van a revalorizar el trabajo manual. Es Dios mismo el que lo ha instituido. Este trabajo confiere dignidad al hombre: «… Dios dio al hombre el mandamiento expreso de ganarse la vida con el sudor de su frente. Te ganarás la vida con el sudor de tu frente’, esto es, Hermanas mías, con un trabajo que sea duro y pesado; mandamiento tan expreso que no hay ningún hombre que pueda exceptuarse de él, y trabajo de tal categoría que, por la gracia de Dios, nos sirve de penitencia por el esfuerzo que exige al cuerpo. Dios no dijo solamente: «Trabajarás con el afán de tu espíritu por ganarte la vida», sino: «Trabajarás con el sudor de tu frente», trabajarás no solamente con tu entendimiento, sino con tus manos, con tus brazos y con todo tu cuerpo, y trabajarás con tal actividad que el sudor te caerá de la frente. Así es, mis queridas Hermanas, como hay que entender este mandamiento de Dios, al que todos los hombres están obligados a obedecer»72.

El servicio que realizan las siervas de los pobres está constituido por tareas manuales. Son, según la expresión de la época, tareas humildes y bajas. El texto de la aprobación de la Compañía menciona que las Damas de la Caridad, habi­tuadas a tener criadas en torno a ellas para todos los trabajos domésticos, no podían hacer las tareas que requerían los pobres enfermos: preparar la comida, hacer la limpieza, el aseo, etc.

«Y como las personas que componen la cofradía de la Caridad no pueden hacer las más bajas funciones necesarias para el alivio de los pobres enfermos, nuestro dicho querido y muy amado Vicente de Paúl ha considerado conveniente, con el permiso de dicho señor arzobispo, tomar algunas buenas jóvenes y viudas de los campos, a quienes Dios ha inspirado dedicarse al servicio de los pobres enfer­mos, las cuales, desde hace varios años, se emplean en todas las tareas más bajas con la edificación del pueblo y el consuelo de los enfermos.

El elegir jóvenes acostumbradas a los humildes trabajos de la casa y de los campos se impone por sí mismo. ¿Cómo si no, los pobres, hubieran podido ser servidos con toda la caridad y la competencia requeridas?

«En primer lugar, Dios tomó a unas mujeres pobres. Si hubiese tomado a unas mujeres ricas, ¿hubiesen hecho lo que las pobres hacían? ¿Hubiesen servido a los enfermos en los servicios más bajos y penosos? ¿Hubiesen ido a llevar un puche­ro, una cesta al mercado a comprar las provisiones? Y aunque, por la gracia de Dios, haya ahora entre vosotras personas de bastante buena posición, podemos creer que, en el comienzo, ellas lo hubiesen hecho así.

Las motivaciones para dar prioridad a esas tareas humildes y bajas son las mismas que para la pobreza: respetar la elección de Dios, configurarse con el Hijo quien, durante su vida en Nazaret, dedicó largos años a un trabajo manual. Luisa de Marillac escribe a Ana Hardemont: «Mi querida Hermana, sepa que está usted honrando el estado del Hijo de Dios cuando, al salir del templo donde estaba trabajando por la gloria de su Padre, siguió a la Santísima Virgen y a San José para obedecerles, y por ese medio cumplir la voluntad de Dios durante tantos años en un oficio tan abyecto como el de trabajar en la carpintería, Él, que había venido a la Tierra para realizar la salvación de todos los hombres».

Luisa de Marillac se preocupará cuando vea a Hermanas que buscan, en su servicio, las tareas más elevadas, tareas «del espíritu» a imitación de los grandes de este mundo: «Esta manera de instruir como hacen en La Fére, además del peligro de que la Hermana ponga mucho de su cosecha y adelante máximas que no pueda explicar… es una forma de instruir llamativa y brillante.

Luisa sabe que «Dios ha escogido a jóvenes campesinas para el estableci­miento sólido de las Siervas de los pobres enfermos». Comprometerse en tareas «llamativas y brillantes», ¿no es querer ser «dispensadas de otros empleos más bajos», no es comprometer a la Compañía en un camino que no es el suyo y provocar al final su ruina?’

Una «cultura» de dependencia

Desde su tierna infancia, las campesinas aprenden a depender de alguien: pri­mero de los padres que mandan en el trabajo, en la casa y en la granja, después del amo, si van como sirvientas. Este estado de dependencia va a ser transformado también por el Evangelio, por medio de aquellas palabras conmovedoras de Jesús: «Lo que hagáis al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hacéis».

Al llegar a las Cofradías de la Caridad, las campesinas se convierten en siervas de los pobres. Sus verdaderos amos no son ya las damas, los dueños de los cas­tillos, sino los pobres. Vicente de Paúl, profundamente marcado por lo que Bossuet llamará «la eminente dignidad de los pobres», exclama en una conferencia: «Los pobres son nuestros amos; son nuestros reyes; hay que obedecerles, y no es una exageración llamarles de ese modo, ya que Nuestro Señor está en los pobres.

¡Qué cambio de perspectiva para estas campesinas! Todo el respeto, la sumi­sión que tienen habitualmente a los ricos, a los poderosos, las Hermanas deben concedérselo a los pobres. En todos los que viven una carencia, una pérdida de categoría, un rechazo o una marginación, las siervas de los pobres están llamadas a descubrir la grandeza de su humanidad. Una frase resume bien la profundidad del pensamiento de Luisa de Marillac: «Queridas Hermanas, sean muy afables y bondadosas con sus pobres; ya saben que son nuestros señores a los que de­bemos amar con ternura y respetar profundamente. No basta con que tengamos estas máximas en la memoria, sino que hemos de demostrarlo con nuestros cui­dados caritativos y afables».

Respeto y ternura van juntos y se dirigen a todos los que sufren, cualesquiera que sea su edad, su situación, su pobreza, ya sean niños abandonados, enfermos, mendigos o soldados heridos. Luisa de Marillac recuerda a menudo a las Herma­nas que el respeto concedido a los pobres no suprime el debido a los ricos. También ellos son hombres y mujeres creados por Dios y cuya dignidad debe ser reconocida: «Querida Hermana, estamos obligadas a complacer a todos y a hacer con paciencia la obra de Dios, ejecutando todas las cosas sin apresuramiento; nuestra vocación de siervas de los pobres es para nosotras una advertencia de la dulzura, humildad y tolerancia que hemos de tener con el prójimo; del respeto y honor que debemos a todo el mundo: a los pobres porque son los miembros de Jesucristo y nuestros amos; y a los ricos para que nos proporcionen medios para hacer el bien a los pobres»’.

El título de sierva es, en el mundo, un título de dependencia. Pero la Hija de la Caridad que es sierva de los pobres, por este mismo hecho es sierva de Jesucristo. Vicente de Paúl exalta toda su grandeza: «Hermanas de la Caridad, siervas de los pobres enfermos… ¡Ah! ¡Qué hermoso título y qué hermosa cuali­dad! ¿Qué habéis hecho por Dios para merecer esto? Siervas de los pobres es como si se dijese siervas de Jesucristo, ya que El considera como hecho a sí mismo, lo que se hace por ellos, que son sus miembros. ¿Y qué hizo El en este mundo sino servir a los pobres? ¡Ah, mis queridas hijas, conservad bien este título, porque es el más hermoso y el más ventajoso que podríais tener».

En su trabajo en la casa o en los campos, las campesinas dependían de quienes les mandaban. Las siervas de los pobres van a aprender a «depender» de los pobres, sus amos. El servicio es tributario de sus necesidades. Luisa de Marillac insiste con frecuencia en este punto. Las Hermanas no pueden decidir por sí mismas lo que deben hacer, pero es importante mirar, discernir lo que piden las situaciones de pobreza allá donde son enviadas. El reglamento para las Hermanas de Montreuil indica: «En lo que se refiere a su comportamiento con los enfermos, ¡por Dios! que no sea para salir del paso, sino llenas de afecto, hablándoles y sirviéndoles con el corazón; informándose con detalle de sus necesidades, ha­blándoles con mansedumbre y compasión, proporcionándoles sin importunidad ni agitación la ayuda que sus necesidades requieran».

Ana Hardemont, al llegar a Ussel, se muestra muy impaciente por ponerse a trabajar. ¿No tiene bastante experiencia después de veinte años pasados entre los pobres? Luisa de Marillac le exhorta a «que conozcan bien las necesidades de los pobres» antes de pensar en crear un hospital. Sabe, por experiencia, que las necesidades de los pobres requieren con frecuencia respuestas nuevas, bajo formas inéditas. La Compañía de las Hijas de la Caridad ha puesto en marcha el servicio a los enfermos a domicilio y en los hospitales, después la acogida a los niños abandonados, las escuelitas, el servicio a los refugiados y a los soldados heridos, ha abierto un asilo para los ancianos… «El amor es creativo hasta lo infinito.

* * *

La Compañía de las Hijas de la Caridad nació en un ambiente particular: el ambiente pobre del siglo xvii. La relación entre la vida religiosa y la cultura campesina fue un intercambio recíproco que transformó el rostro de la vida con­sagrada. Vicente de Paúl, Luisa de Marillac y las primeras Hermanas trataron de vivir el Evangelio poniéndose a la escucha de la cultura campesina. Al abrirse así al mensaje de Cristo, contribuyeron a la humanización de los pobres, pero también de la Iglesia.

Para Luisa de Marillac, esta inculturación necesitó una toma de conciencia de las riquezas y carencias de su cultura personal y en consecuencia un verdadero desprendimiento para entrar plenamente en el proyecto de la Compañía. ¿No tenemos que llevar a cabo esto mismo en el mundo en que las mutaciones socio­culturales son numerosas?

El lenguaje y los valores vividos en el mundo de los pobres, de los «nuevos pobres» han cambiado. ¿Sabremos salir a su encuentro con actitudes, con formas nuevas de servicio, pero con el mismo dinamismo anclado en el misterio de la Encarnación? ¿Nuestras respuestas sabrán corresponder a lo que esperan: que se reconozca su dignidad y encontrar una fraternidad real? Dios mismo nos habla a través de la situación concreta de todos los «nuevos pobres» de nuestro mundo moderno.

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