Grandes y profundos cambios científico-técnicos, políticos, económicos, sociales y religiosos se han producido desde el siglo XVII hasta nuestros días, cambios semejantes y aún mayores que los originados por el paso de la Edad Media a la Moderna. Sin embargo, entre las nuevas orientaciones doctrinales y las vividas ya entonces por Vicente de Paúl existen puntos de coincidencia como la visión de una Iglesia sacramento universal de salvación y el emplazamiento del pobre en el corazón de la obra misma de Jesús. La Iglesia no es simplemente para los pobres, sino de los pobres. Estos golpean sin cesar las puertas de la Iglesia para que demuestre su propia identidad: su naturaleza y misión en el mundo.
Las conferencias sobre el Reino de Dios, del 29 de febrero de 1659, y sobre la caridad, del 30 de mayo de 1659, condensan el pensamiento vicenciano acerca del ser y actuar de la Iglesia en el mundo. Estamos en presencia de una eclesiología más existencial que esencialista. Jesucristo, Iglesia y pobres forman una tríada indisoluble en el pensamiento y experiencia del apóstol de la caridad del siglo XVII.
I. La Iglesia fundada por Jesús
A partir de 1615, año en que la Asamblea del Clero aceptaba las resoluciones del Concilio de Trento, comenzó la hora oficial de la reforma en Francia. Como ha precisado J. Mª Román: «La reforma preconizada por Vicente de Paúl para la Iglesia francesa pasaba por una vuelta decidida a los pobres y, simultáneamente, por una vigorosa acción de mejoramiento del clero». El establecimiento del Reino de Dios y la salvación universal del hombre desplegaron el celo de nuestro apóstol.
Vicente de Paúl no se plantea la cuestión teológica sobre el origen histórico de la Iglesia: si Jesús la fundamentó o la fundó, o si ella nació de la comunidad creyente de Pentecostés. Ya hemos dicho que para él no existe diferencia entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe. El no admite discusiones sobre la promesa de Jesús a Pedro: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). La potestad de Jesús confiada a Pedro, el llamado poder de las llaves, de atar y desatar, pasa a sus sucesores a través de los apóstoles, fundamento de la Iglesia. Las notas de jerárquica, monárquica, perennemente duradera y dotada de un magisterio infalible, definen la naturaleza de la Iglesia santa defendida y propagada por Vicente de Paúl: santa por su divino Fundador, santa por la doctrina que imparte, santa por estar guiada del Espíritu Santo.
Vicente de Paúl llama al grupo de cristianos: «reunión de todos los fieles», «grey apacentada por un solo Pastor», «Esposa de Jesucristo», «Reino de Dios» y «Cuerpo de Cristo». Cada una de estas representaciones está ligada a la fe en Jesús como algo indisoluble entre el amor a él y a su Iglesia. Y aunque parezca a veces dominar en la palabra vicenciana el elemento jerárquico y societario de la comunidad creyente, sin embargo prevalece el concepto y realidad de «sacramento universal de salvación» con que ha sido designada la Iglesia por el Concilio Vaticano II. Cristo, el Señor, convoca en su Iglesia a todos los elegidos para ser salvos y salvadores.
a) La Iglesia, Cuerpo de Cristo
Dos conceptos de Iglesia se imponen sobre todo en la estimación vicenciana: el de Cuerpo de Cristo y el de Reino de Dios. Ambos distinguen al Santo de otros eclesiólogos más especulativos, pero menos comprometidos en la liberación total del hombre.
Por «Cuerpo de Cristo» se entiende tanto la organización social y visible de la Iglesia como su constitución unitaria y de caridad. San Pablo enseña que «a todos nos bautizaron en el único Espíritu para formar un solo cuerpo, cuya cabeza es Cristo» (1 Cor 12,12; Col 1,18). Pero los miembros más débiles de ese cuerpo están revestidos de mayor honor, pues «Dios combinó las partes del cuerpo procurando más cuidado a lo que menos valía, para que no haya discordia en el cuerpo y los miembros se preocupen igualmente unos de otros» (1 Cor 12,25).
La enseñanza paulina sugiere la necesidad de vivir en comunión —koinonía—, participando todos de los mismos sentimientos —sympatheia—. La exhortación a vivir en comunión con Dios y con los hombres trasciende la simple participación en la misma fe y lleva al compromiso real de la caridad. La fe y la caridad, traducidas en obras, hacen de la Iglesia una comunidad viva y operativa, donde todo es común y nadie pasa necesidad (cf. Hch 2,42-47; 4,32-35). Sólo la insensibilidad a los dones de Dios y a las necesidades de los pobres destruye la vida teologal de los fieles como miembros del Cuerpo de Cristo:
«Todos los hombres componen un cuerpo místico; todos somos miembros unos de otros. Nunca se ha oído que un miembro, ni siquiera en los animales, haya sido insensible al dolor de los demás miembros; que una parte del hombre haya quedado magullada, herida o violentada, y que las demás no lo hayan sentido. Es imposible. Todos nuestros miembros están tan unidos y trabados que el mal de uno es mal de los otros. Con mucha más razón, los cristianos que son miembros de un mismo cuerpo y miembros entre sí tienen que padecer juntos. ¡Cómo! ¡ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad; es ser peor que las bestias».
Las cualidades del humanismo vicenciano, antes mencionadas, encuentran su expresión más elocuente en la práctica de la caridad, que «anima y sostiene una activa solidaridad, atenta a todas las necesidades del ser humano».
b) La Iglesia evangelizadora
La caridad urge a toda la comunidad creyente a que salga de sí misma, vaya por el mundo entero a predicar la Buena Noticia, convierta a los hombres en hijos de un mismo Padre y en hermanos entre sí, y transforme esta tierra en un cielo nuevo. La Iglesia —Ekklesía—, convocada por Jesús para ser enviada, no ambiciona otro poder que el de servir y amar. Su destino es abrirse al mundo para salvarlo por la práctica del amor:
«Es cierto que yo he sido enviado no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar. No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo. He de amar a mi prójimo como imagen de Dios y objeto de su amor, y obrar de manera que a su vez los hombres amen a su Creador, que los conoce y reconoce como hermanos que los ha salvado, para que con una caridad mutua también ellos se amen entre sí por amor de Dios, que los ha amado hasta el punto de entregar por ellos a la muerte a su único Hijo».
Sólo cuando la Iglesia es signo visible del amor puede presentarse como Cuerpo vivo de Cristo. Esa misma comunión con Dios y con los hombres explica la vocación y misión evangelizadora de la comunidad creyente.
El hecho de que los «doce» y otros muchos discípulos del Señor fueran a proclamar por pueblos y aldeas el mensaje de la salvación, ha de excitar la caridad de todos los seguidores de Jesús y repetir con san Pablo: «Ay de mí si no predicara la Buena Noticia!» (1 Cor 9,160). La misión evangelizadora de la Iglesia es continuación de la iniciada por Jesús, que vino al mundo precisamente para eso: para anunciar la salvación. El Papa Pablo VI ha definido así la naturaleza de la Iglesia: «Evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa… Entre evangelización y promoción humana —desarrollo, liberación— existen lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de orden teológico, ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la redención que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir, y de justicia que hay que restaurar. Vínculos de orden eminentemente evangélico, como es el de la caridad. En efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre? Ignorar esto equivaldría a desconocer la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia el prójimo que sufre o padece necesidad».
c) «La Iglesia necesita hombres evangélicos»
Vicente de Paúl comprueba que existen diferencias flagrantes entre pobres y ricos, entre ignorantes y sabios, entre justos y pecadores. Ello no significa que las apruebe, en particular las que han sido provocadas por la avaricia de los poderosos; pero, al no poder suprimirlas, trata, al menos, de remediarlas. En este sentido, predica la penitencia y la caridad, la justicia y la limosna, que salvan al pobre de una muerte inminente, redimen al pecador de sus culpas y contribuyen a hacer santos.
Las limosnas le llegan por distintos cauces: de las Señoras de la Caridad, de la Compañía del Santísimo Sacramento y de los mismos jansenistas. Reyes, ministros y ricos le entregan dinero, alhajas, alimentos, vestidos y semillas para los pobres que, quizá, ellos mismos crearon pisoteando los derechos más elementales del hombre. Vicente de Paúl no se niega a recibir esas ayudas, so pena de acelerar la muerte de muchos hambrientos y desnudos. La compasión puede más en él, lo mismo que en cualquier cristiano auténtico de hoy, que la simple inteligencia de las «trampas de ciertos estafadores profesionales de la mendicidad y de la falaz beneficencia de algunos ricos, que, habiendo fabricado pobres… quieren después construir hospitales y dispensarios para sus pobres».
Todos los esfuerzos resultan escasos, entonces y ahora, para remediar la miseria espiritual y corporal que padece el pueblo pobre. Se necesitan apóstoles, como los elegidos por el Señor, para «detener el triple torrente de la ignorancia, de la herejía y de los vicios que han inundado la tierra». Aún estimando la vida contemplativa como una gracia para la Iglesia, lo que ésta necesita son hombres evangélicos, comprometidos en la salvación integral del pobre:
«La Iglesia tiene bastantes personas solitarias, gracias a Dios, y demasiadas inútiles, y otras muchas que la desgarran. Lo que necesita es tener hombres evangélicos, que se esfuercen en purgarla, en iluminarla y en unirla a su divino Esposo».
Las tres vías propuestas por la ascética tradicional, la purgativa, la iluminativa y la unitiva, son aconsejadas a todos los miembros de la Iglesia, «a la que Cristo amó y se entregó por ella para santificarla» (Ef 5,25-26), la unió consigo en pacto indisoluble y no cesa de «alimentarla y cuidarla» (Ef 5,29). El hombre evangélico recorre las tres vías practicando la caridad con los pobres, lugar donde alcanza la experiencia de Dios.
d) El trasvase de la Iglesia
Los clérigos son los primeros que necesitan convertirse al Evangelio, purificarse de sus pecados, abrirse a la acción del Espíritu y mantenerse unidos a Dios por Jesucristo. La Iglesia que contemplamos, la del siglo XVII, está atiborrada de clérigos: las ciudades, llenas de frailes ociosos; los pueblos, también repletos de curas, pero ignorantes y viciosos; el país entero, cubierto de monasterios y conventos. No es número de sacerdotes lo que se echa en falta, sino calidad. La institución clerical ofrece un cuadro triste y sombrío. En una diócesis «casi siete mil sacerdotes borrachines e impúdicos suben todos los días al altar sin ninguna vocación». Su ignorancia es pavorosa. Verdaderamente este colectivo «desfigura el rostro de la Esposa de Cristo, por la que los buenos cristianos deberían llorar lágrimas de sangre…».
Más de la tercera parte de los bienes nacionales está en manos del clero. Dos cardenales, Richelieu y Mazarino, (éste ostenta el capelo cardenalicio sin órdenes sagradas), llegan a ser primeros ministros del reino. A ambos les devora el hambre de riquezas temporales y les interesa más la grandeza política que la santidad de la Iglesia.
Ante situación tan lamentable, Vicente reacciona y se compromete con otros promotores de la santidad sacerdotal a mejorar el estamento jerárquico. En 1628 dirige los primeros Ejercicios a los ordenandos de la diócesis de Beauvais; como miembro del Consejo de Conciencia y director de las Conferencias de los Martes, promueve la moral católica, invita a la piedad y culto verdaderos, corrige los abusos en las ceremonias religiosas, propone nombres para diócesis vacantes. El púlpito recobra el buen gusto de la predicación gracias, en parte, a sus esfuerzos. La falta de unidad entre los cristianos es otra lacra de la Iglesia, provocada principalmente por los sacerdotes. Es de lamentar la ruptura de Lutero y de Calvino, así como los enfrentamientos de Jansenio y de Saint Cyran contra la Iglesia de Roma. La publicación del Augustinus de Jansenio y de la Frecuente comunión de Arnauld recrudecen las relaciones de estos con el Vicario de Cristo en la tierra. La dura actitud de Saint Cyran frente a la autoridad del papa obliga a Vicente de Paúl a romper con la familiaridad de su antiguo amigo y a tomar posiciones contra el jansenismo. Una conclusión se impone a juicio de Vicente,
«[…] somos nosotros la causa de esa desolación que arruina a la Iglesia, de ese deplorable retroceso que ha sufrido en muchos lugares, habiéndose quedado casi totalmente asolada en Asia y en África e, incluso, en gran parte de Europa».
Parecidas lamentaciones se levantan en momentos críticos de la historia. Recientemente ha escrito Juan Pablo II: «Países enteros y naciones, en los que en un tiempo la religión y la vida cristiana fueron florecientes y capaces de dar origen a comunidades de fe viva y operativa, están ahora sometidos a dura prueba e, incluso alguna que otra vez son radicalmente transformados por el continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo. Se trata, en concreto, de países y naciones del llamado Primer Mundo, en el que el bienestar económico y el consumismo —si bien entremezclado con espantosas situaciones de pobreza y miseria— inspiran y sostienen una existencia vivida como si no hubiera Dios».
La proliferación de sectas y el avance incontenible del protestantismo hacían sospechar a Vicente de Paúl y a otros contemporáneos suyos un traslado de la Iglesia católica. El presentimiento de que la Iglesia sería aniquilada en Europa despliega el celo misionero del Sr. Vicente, puesto al servicio del papa, «ya que es el único que puede enviar ad gentes y es obligatorio obedecer. Yo me siento interiormente a hacerlo ante la idea de que sería en vano ese poder que Dios le ha dado a su Iglesia de enviar a anunciar el evangelio por toda la tierra, y que reside en la persona de su jefe, si sus miembros no estuvieran obligados a ir a donde se les envía a trabajar por la extensión del imperio de Jesucristo».
Subyace aquí una espiritualidad castrense de obediencia y de trabajo en favor de la extensión del Reino de Dios. Vicente de Paúl, como san Ignacio de Loyola, predica una obediencia ciega al Vicario de Cristo y un acatamiento fiel de las verdades declaradas ex cathedra. Nada le horroriza tanto como el temor de verse envuelto en los errores de alguna herejía. Pero la obediencia al Pontífice de Roma no le resta amor a las personas afiliadas a otras religiones. Ni integrista, ni progresista, él permanece fiel a la ley suprema del amor, abierto a todas las corrientes que favorecen la comunión con el Cuerpo místico de Cristo y la extensión del Reino de Dios. Su caridad ecuménica le prohíbe desafiar a nadie desde el púlpito, como si los demás desconocieran las Sagradas Escrituras, o defender a un católico, sólo por ser católico, cuando éste ha atropellado los derechos de sus semejantes los hombres.
No extraña que H. Maupas du Tour afirmara del difunto Sr. Vicente: «Ha cambiado casi totalmente el rostro de la Iglesia». Si no transformó más la sociedad eclesiástica, no hay que achacarlo a falta de celo o coraje, sino a las estructuras endurecidas de la época. La prudencia vicenciana se impuso en muchos casos en los que otras posturas intransigentes impedían avanzar por el camino del Evangelio.
II. La Iglesia de los pobres
La expresión «Iglesia de los pobres» se debe al papa Juan XXIII. Tal imagen se ha popularizado hoy. Bajo esta denominación están comprendidos todos los marginados de la sociedad. La presencia del pobre obliga a la Iglesia a mantenerse fiel a su propia vocación y misión en el mundo, a ser verdaderamente «sacramento de salvación». Como asegura V. Codina: «Cuando la mediación de los pobres desaparece, la fe y la teología se convierten en la más peligrosa de las ideologías, en la droga más estimulante para todos los satisfechos y poderosos de este mundo, que buscan en la religión la confirmación de su camino de iniquidad… Cuando la Iglesia y la teología olvidan a los pobres, tienen el riesgo de mundanizarse y de reproducir miméticamente en sus estructuras mentales y sociales la disimetría y el clasismo de la sociedad injustamente estructurada».
El ejemplo de Jesús, que se hace rodear de pobres, señala la ruta de la Iglesia. «¿No fue Dios quien escogió a los que son pobres a los ojos del mundo para que fueran ricos de fe y herederos del Reino que Él prometió a los que le aman?» (St 2,5). «El Hijo de Dios, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza» (2 Cor 8,9). Ningún evangelizador puede predicar a los pobres, en nombre de Jesús, si antes no asume la condición de pobre. La irrupción de los pobres, cada día más creciente, condiciona la vocación y actividad vicenciana:
«En esta vocación vivimos de modo muy conforme a nuestro Señor Jesucristo, que, al parecer, cuando vino a este mundo, escogió como principal tarea la de asistir y cuidar a los pobres… Y si se le pregunta a nuestro Señor: «¿Qué es lo que has venido a hacer en la tierra?» —A asistir a los pobres. «¿,A algo más?» —A asistir a los pobres. En su compañía no tenía más que a pobres, conversando casi siempre con los aldeanos e instruyéndolos».
La Iglesia de los pobres reales presenta otro rostro no menos desolador que el estamento clerical. Tanto la jerarquía como los políticos pasan de lado del que muere sin remedio. Salvo raras excepciones, la mayoría de los laicos ven morir a sus semejantes, impasibles y sin cambiar de compromiso religioso. No basta decirlo, habría que ver las matanzas de niños inocentes, el abandono de los ancianos, las torturas de los galeotes, etc., para quedar vivamente impresionado. Muchas calamidades públicas segaban la vida de los más abandonados: las epidemias, las sequías interminables, los robos y pillajes, el hambre y las guerras. La situación degradante de los pobres obligó al Sr. Vicente a tomar partido por la justicia, la caridad y la paz. Tal es el tono con que escribe, con acento suplicante, al papa Inocencio X, mediando por la paz:
«La casa real dividida por las disensiones; los pueblos divididos; las provincias y ciudades asoladas por las guerras civiles; las aldeas, las villas, los más pequeños rincones destruidos, arruinados e incendiados; los trabajadores, sin poder recoger lo que sembraron y sin poder sembrar nada para los años siguientes. Los soldados se entregan impunemente a toda clase de desmanes. Los pueblos, por su parte, no sólo se ven expuestos a las rapiñas y a los actos de bandolerismo, sino incluso a los asesinatos y a toda clase de torturas. Los habitantes del campo que no han sido matados por la espada tienen que morir casi todos de hambre… Es poca cosa oír y leer estas cosas; sería menester verlas y comprobarlas con los propios ojos».
El intento mediador vicenciano por conseguir la paz y devolver la vida a todos concretiza una acción en solidaridad y defensa del que sufre. La paz ansiada por el Sr. Vicente es fruto de la justicia y de la caridad, de la convivencia fraterna y del amor de unos con otros; trabaja por la paz que redunde en gloria de Dios, y ésta en bienestar temporal del hombre, según el comentario de san Ireneo:
«La gloria de Dios consiste en que vivan los hombres» —gloria Dei vivens homo–; o como parafraseó el obispo de El Salvador, Oscar Romero: «La gloria de Dios es que vivan los pobres» —gloria Dei vivens pauper—. Para dar vida a los que sólo les queda morir, el Sr. Vicente ejerce la función profético-política en la Iglesia.
a) Caridad y política
San Vicente no actuó como un político de partido: «no le impulsaron móviles partidistas, simpatías personales, ambiciones de poder o preferencias ideológicas». No se entrometió en asuntos políticos, «a imitación de Jesucristo que no quiso ser juez entre hermanos en litigio, ni tampoco juzgar de los derechos de los príncipes. El se limitó sólo a predicar que hay que dar al César lo que es del César…». La política de Vicente de Paúl ha de entenderse en el contexto de fidelidad al seguimiento de Jesús, entregado al Padre para evangelizar a los pobres. Pero Jesús de Nazaret es una persona política, en el sentido genuino de la palabra, un hombre con patria y sociedad propias. El Hijo de María nazarena se enfrenta contra los poderes religiosos y políticos de su tiempo por su actitud para con la Ley, el templo y los pobres; convulsiona las bases religiosas y sociales, al dar plenitud a la ley y a los Profetas (cf. Mt 5,17) y al optar claramente por los pobres. Por eso le mataron.
Vicente de Paúl trata de actuar, a ejemplo de Jesús, movido por el celo de la verdadera religión y por la caridad con los marginados de la sociedad; asume compromisos, al parecer, de mar- cado tinte político, pero sin identificarse con ningún partido militante: acude a la reina regente, Ana de Austria, y al primer ministro, Mazarino, a quien aconseja que abandone el gobierno del país por el bien del pueblo; su presencia en el Consejo de Conciencia testifica un acto político; la carta al papa Inocencio X rubrica su postura decidida de mediar por la paz social. Nada detiene sus pasos ante los distintos gobernantes políticos o religiosos con tal de dar la vida al pobre convulsionado en sus legítimos derechos.
Baste como prueba de lo dicho las ayudas enviadas a las provincias de Picardía, Champaña e Isla de Francia, los socorros a la Lorena y los alimentos diarios en san Lázaro, durante la Fronda. Mas allá de las fronteras de Francia, los gastos invertidos en la liberación de los cautivos del norte de África. En todas estas actuaciones sólo hay que ver el móvil de la caridad. Bien se trate de una caridad privada o institucionalizada, el genio vicenciano salvó la vida de muchos pobres o contribuyó a mejorarla; para ello se sirvió siempre del diálogo, nunca de las amenazas ni de las armas: «manejó, eso sí, la fuerza subversiva del Evangelio, que no es ni neutral, ni inhibismo aséptico».
Resumiendo, «san Vicente no toma partido por nadie. No es que piense que el mundo de la política no tiene nada que ver con las exigencias de la evangelización. Sabe muy bien que las decisiones de los grandes y las disensiones políticas afectan profundamente al bienestar y a la vida de los pobres. Por eso no tiene miedo de acudir a los que manejan con sus decisiones y sus ambiciones las vidas de las pobres gentes. Esto lo hace con coraje y tomándose sus buenos riesgos para sí y para sus obras. Este hombre, que no se entromete ni permite que se entrometan sus hombres en las disputas de los «príncipes cristianos» y de los poderes públicos, no deja por eso de acercarse a ellos y de predicarles con vigor cuando se encuentran en juego la fe y el bienestar del pobre pueblo».
III. «El Espíritu guía a su Iglesia»
Cuando aquel hereje de Montmirail acusaba a la Iglesia de Roma de no estar conducida por el Espíritu Santo, el Sr. Vicente no creyó entonces conveniente responder con otras armas que la entrega a Dios y la evangelización de los pobres. Actuaba, sin saberlo, como un profeta surgido del pueblo y para el pueblo. Su acción apostólica y caritativa evidenciaba la presencia del Espíritu en un momento crucial para la historia de la Iglesia. Estaba persuadido de que la evangelización de los pobres constituye el rejuvenecimiento de la comunidad cristiana:
«¡Qué dicha para nosotros, los misioneros, poder demostrar que el Espíritu guía a su Iglesia, trabajando como trabajamos por la instrucción y santificación de los pobres!».
Vicente de Paúl es testigo de que toda reforma y renovación eclesial comienza por una opción preferencial en favor de los pobres. La experiencia de Montmirail le confirma en la caridad del Espíritu, amor que purifica, ilumina y une a los hijos adoptivos con el Padre y a los hombres entre sí; robustece también su esperanza en la misión del Espíritu que «guía a la Iglesia a toda verdad, la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones carismáticos y jerárquicos, la embellece con sus frutos».
«El Espíritu Santo gobierna a su Iglesia, reina sobre los concilios y las santas asambleas, da luces esparcidas por toda la tierra, que han inundado a los santos, para que la Iglesia en general y cada uno de los fieles en particular puedan caminar con toda seguridad».
Si la esperanza no le defraudó, la caridad del Espíritu, «padre de los pobres», le ayudó a caminar en libertad y solidaridad con los necesitados. Fue precisamente la caridad la que le proclamó «padre de la patria», título que no le fue conferido a ningún político de su tiempo.
a) Las obras vicencianas proceden del Espíritu de Dios
Prueba evidente de la vivificación del Espíritu a su Iglesia son las obras de Vicente de Paúl. Las necesidades urgentes, las llamadas de los pobres y los «signos de los tiempos» desencadenaron múltiples expresiones de su amor misericordioso y compasivo. El Santo nos repite con machacona insistencia que ha sido el Espíritu de Dios o la Providencia quien ha dado nacimiento a la Caridad y a la Misión, a las Conferencias de los Martes, a las obras de los ordenandos, de los niños expósitos, de los ancianos, de los enfermos mentales, de los presos y condenados a galeras… Todo lo vicenciano lleva el cuño e inspiración del Espíritu: los Reglamentos de la Caridad, las Reglas de la Congregación de la Misión y… hasta el «pequeño método» de predicar.
En el fondo de estas creaciones, puestas al servicio y construcción de la Iglesia, laten los pobres. Si la multitud de obras vicencianas no son fruto de un oportunismo, ni del azar, ni de una política de partido, sino de la caridad, hay que verlas como son en realidad: «como obras de Dios, que Dios nos ha confiado, sin que nosotros nos hayamos metido en ninguna de ellas». Concretamente, respecto de la Misión, «[…] todo el mundo piensa que esta Compañía es de Dios, porque se ve que acude a las necesidades más apremiantes y más abandonadas».
El dato teológico de estas obras confirma su origen divino. La sociología se encarga de comprobar el mismo aserto. Por eso, para no desviamos de la vocación y misión cristiana, «nuestro lote son los pobres, los pobres». Ellos nos ayudan a vivir la condición de hijos de Dios, de hermanos unos de otros; ellos nos mantienen en la unidad y comunión de la Iglesia santa, fundada por Jesucristo.







