Identificación de Jesucristo con el pobre. Parte I, Capítulo 2

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: José Sendra, C.M. · Year of first publication: 1983.
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II: La enseñanza de Mt 25, 31-46

El Maestro ha dado forma y fuerza nueva al gran man­damiento, reduciendo a él toda la Ley y los Profetas, decla­rando el precepto del amor al prójimo semejante al amor debido a Dios. La espontaneidad de Jesús al añadir el segun­do mandamiento —el Doctor de la Ley le había pregunta­do solamente cuál era el primero, Mt 22, 35-41—, muestra bien cuánto lo tenía en el corazón y cómo para él el segundo era inseparable del primero. Este solo hecho basta a dar la fisonomía de la religión que eleva tan alto el amor a nuestros hermanos que lo pone al mismo nivel del amor de Dios. La mejor y más clara justificación de ello nos la da Jesús mismo al identificarse con los más pequeños1

1. El criterio del juicio

El criterio en base del cual serán juzgados los pueblos, según lo propone Jesús en Mt 25, 31-46 no podía menos de resultar extraño para una mente judía, habituada a las mil observancias de la Ley.

Jesús les propone un nuevo códice de perfección moral. Ha venido a vivificar ante todo las relaciones del hombre con Dios y entre ellos mismos.

Para Jesús la religión no son conceptos abstractos, es algo personal y vivo, es ante todo relación de filiación y paterni­dad con el Padre que está en los cielos.

El mismo se proclama Camino, Verdad y Vida, Jn 14, 6.

No camino, ni verdad, ni vida que no se identifique con él mismo. El que es a su vez la Palabra —el Verbo— perso­nal del Padre según el misterioso prólogo del cuarto evan­gelio.

En Dios todo se hace vivo y personal. El Espíritu —el Amor eterno— es asimismo viviente y personal.

¿Qué extraño, pues, que la religión propuesta por el Maestro, con su código de preceptos sea también algo vivo, estrechamente ligado a lo personal?

¿Y el juicio en fin, con el criterio en base del cual serán llamados ‘benditos del Padre’ o ‘maldecidos’, no sea precepto abstracto, sino la conducta que han observado con relación a los semejantes, a los hermanos, a la persona misma de Jesús?

No será la recitación de un código de leyes numeradas, divididas y subdivididas, sino la presentación de las comu­nes necesidades que puede sufrir cualquier ser humano y vi viente, para determinar si han sido socorridas o descuidadas.

He ahí toda la base y criterio del Juicio. Entonces ¿qué de los demás preceptos de la Ley y del mismo Evangelio?

No significa que queden excluidos y que en la realidad toda la materia del juicio verse únicamente sobre las obras de misericordia2.

Pero el Maestro ha empleado ya otra vez el método de resumir, de reducir a unidad más bien los mandamientos, para poner de relieve la primacía indiscutible de la caridad3.

2. La primera enseñanza

La enseñanza directa, principal, que lleva no es el hecho en sí del juicio, ni la existencia de un Reino preparado des­de la eternidad o del fuego eterno reservado a Satanás y sus ángeles.

Todos estos elementos, con ser de sí importantes, en Mt 25, 31-46 vienen subordinados a la enseñanza relativa a las obras de misericordia4.

De modo que todos estos elementos que forman la pre­paración y el epílogo, quedan reducidos a un plano secun­dario.

Entre las varias figuras que en el evangelio de Mateo ex­presan condenación o reprobación —los dos términos no son exactamente sinónimos, por cuanto el primero connota positivamente una acción punitiva y justiciera; mientras el segundo tiene un significado negativo es decir, de descalifica­ción total y absoluta o exclusión inapelable del Reino o del festín— entre las varias figuras, decimos: ‘cizaña echada al fuego’, 13, 30; ‘peces desechados’, 13, 48; ‘la gehenna’, 53, 30 —sin duda la más expresiva: aquel vertedero o cremato­rio humeante de basuras en un barranco o vallada contiguo a Jerusalén, antiguo lugar de culto a Moloch—; ‘invitado arrojado del festín’, 22, 13; vírgenes necias excluidas de la amistad y del banquete nupcial’, 25, 12; ‘tinieblas exteriores’, ‘llanto y crujir de dientes’, 25, 30 (versículo inmediatamente anterior a 25, 31-46, etc.; de entre todas utiliza aquí la figura y expresión más dura: ‘fuego eterno, preparado para Sata­nás y sus ángeles’.

Ello lo conlleva el paralelismo con la expresión ‘Reino preparado para vosotros’, poniendo con ello de relieve la ex­celencia de tal recompensa y por otro lado la gravedad ex­trema de la omisión de las obras de misericordia.

Tal es la enseñanza directa del texto de Mt 25, 31-46.

Inferir de aquí una doctrina sobre el infierno eterno pre­supone un discurso filosófico (nociones de eternidad, fuego, inmortalidad…) y teológico (noción de justicia divina, gra­vedad del pecado…), aparte una representación artístico-imaginativa —piénsese, por ejemplo, en la Divina Comedia de Dante que ha inspirado durante siglos un determinado estilo de predicación y literatura ascética— todo lo cual di­fiere según las categorías y contexto cultural de cada época.

Pero el texto evangélico y su enseñanza está más allá de las mediaciones culturales, para interpelar directamente la conciencia y comportamiento humano de todos los tiempos.

¿Cuál es más en concreto la enseñanza que se da aquí?

No es una nueva exhortación a la caridad o a la mise­ricordia en general, sino algo más: la revelación de un nuevo significado de las obras de misericordia hechas a los más pequeños: es decir, que de un modo real están hechas a El mismo. Y correlativamente también que se niegan a El mismo los beneficios reusados a los más pequeños en sus necesidades. Porque su oficio de Redentor y de Cabeza de la humanidad lo hace profundamente solidario de toda mi­seria humana5.

Este es un punto realmente inesperado como denota la sorpresa que causará a ambos grupos, el de la derecha y el de la izquierda.

A esta admirable conclusión convergen el montaje de la escena, el doble diálogo, la solemne declaración del Rey y en fin el dramático epílogo.

En la parábola del Samaritano la asistencia caritativa o su omisión tenía lugar entre prójimo y prójimo, entre hermano y hermano.

Este es un paso más, un punto nuevo en la doctrina del Maestro sobre la caridad6.

3. Antecedentes e insinuaciones

Hay a lo largo del Evangelio de Mateo una serie de pa-. sajes que forman como una preparación o insinuación de es­ta enseñanza7.

Aquí Jesús nos revela por fin el misterio. He aquí la doctrina resumida en una frase:

‘Lo que se hace al más pequeño de sus hermanos se hace a Jesús mismo’8.

Uno estaría tentado de pensar que se trata de una simple figura de lenguaje.

Pero no, ahí está el epílogo con la posesión de un Reino eterno como recompensa o el fuego igualmente eterno, para sancionar la omisión de la misericordia.

Suerte tan distinta y de una dimensión tal que sólo pue­de resultar proporcionada si se trata realmente de servicios prestados o reusados al mismo Rey eterno9.

Además se trata de un verdadero juicio y un juicio no se aviene con formas de lenguaje exagerado. Es decir, de una metáfora no puede seguirse una sentencia judicial10.

La escena de Mt 25, 31-46 nos revela que Cristo está situado en el centro de la historia humana.

En la persona del Rey converge todo y declara que se referían nada menos que a sí mismo todas las acciones bue­nas o las omisiones de los juzgados.

4. Preferencia de los pobres

El texto de Mt 25, 31-46 representa la última palabra de un proceso que ha venido desarrollándose desde los al­bores del gran Mensaje: «Bienaventurados los pobres».

Es la preferencia evangélica por los pobres11.

En el pensamiento de Dios la Buena Nueva es ante todo para ellos.

Preferencia largamente preanunciada en la Antigua Ley. Jesús viene a dar realidad a la Buena Nueva prometida a los pobres ya desde siglos antes por boca de Isaías, 61, 1-2:

«He sido enviado a llevar la buena nueva a los pobres».

Ello constituirá la prueba de la autenticidad del Mesías. El resumen y programa de su venida al mundo, Lc 4, 18-19.

El Evangelio pues es ante todo para los pobres. La mis­ma idea se desprende de la primera bienaventuranza: «De ellos es el Reino de los cielos».

Reino aquí significa ciertamente la posesión eterna de la gloria pero además la Iglesia y la misma predicación evangé­lica en el tiempo12.

Ya desde el anuncio angélico en Belén el Salvador lo es principalmente de los pobres: «Os ha nacido»13.

Jesús no es que declare la pobreza en si como un bien evangélico y la riqueza mala intrínsecamente.

Los pobres que conoce Jesús son ricos de cualidades mo­rales, que de hecho suele ser patrimonio de la pobreza ma­terial14.

Son los pobres que tienen amplio eco ya en el AT cuan­do Yahvéh tomaba su defensa.

Ellos formaban propiamente el pueblo de Dios, ‘los po­bres de Yahvéh’ según la expresión escriturística.

Los «anawim» eran gente humilde y piadosa, que ponía toda su confianza en Yahvéh. De modo que «anawim» llegó curiosamente a ser sinónimo de piadoso y justo. Mientras que los ricos, los poderosos, eran al propio tiempo los im­píos, los que confiaban en su propio poder, los despreciadores de la Ley de Yahvéh y los opresores de los débiles15. Cfr. Am 8, 4-6; Mi 2, 2.

Esa noción contrapuesta es frecuente en los salmos:

La Escritura, puédese decir, ignora pobres impíos, co­mo potentados piadosos, salvo excepciones, cfr. 2R 5, 1-27; Lc 4, 27; Mc 15, 43.

En el NT los pobres de Yahvéh son los hermanos de Jesús, los primeros oyentes de la Buena Nueva, los que alcanzan los puestos de privilegio, a comenzar por los mismos Apóstoles llamados en torno al Profeta de Nazaret.

Se conmueven las entrañas de Jesús al ver que la rique­za mesiánica del Reino, el mensaje de que es portador por misión expresa del Padre, inaccesible a los soberbios y pru­dentes, va difundiéndose entre las turbas de los humildes, y prorrumpe en aquella alabanza trémula de emoción:

«Te doy gracias, oh Padre, Señor de cielo y tierra, por­que ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las reve­laste a los pequeñuelos», Lc 10, 21.

¡Cuánto significaba para el Profeta de Nazaret ‘estas cosas’ de que estaba lleno su corazón, ansioso por comu­nicarlas!

San Pablo con lenguaje enérgico hace eco a estas pala­bras: ‘Dios eligió a los ignorantes y débiles según el mundo, para confundir a los sabios y poderosos’, 1Co 1, 27.

«De ellos es el Reino de los cielos». Aquí el verbo es tiene su significato de presente16.

Por su misma condición, por su identificación con el Heredero, el Reino de los cielos ya les pertenece, lo tienen por herencia.

Los ricos por su condición no tienen el Reino, deben merecerlo por influencia de los que lo poseen por herencia:

«Granjeaos amigos con el dinero inicuo… a fin de que os admitan en las eternas moradas», Lc 16, 917.

Jesús que ha asociado hasta la identificación a ‘los más pequeños’ en su propia cualidad de pobre los identifica tam­bién en su condición de heredero.

Esta idea está al fondo del pasaje del juicio. De los más pequeños no se hace causa. Ellos forman grupo aparte. Ellos son los benditos de antemano, los herederos.

La causa de la eterna bendición o maldición, de la eter­na posesión del Reino o la exclusión de él, se decide entre todos los demás. Y se decide en relación a la conducta que han observado con los preferidos.

Jesús tomó pues decididamente el partido del pobre. Y tenía poder para hacerlo. Precisamente por su doble y paradójica condición de pobre y heredero.

Por eso pudo levantar su voz sobre las verdes montañas de Palestina, dando consuelo eterno a los que sufren.

La paradoja de las Bienaventuranzas, sus palabras en Mt 25, 31-46, no serían más que frases brillantes, sino amar­ga ironía en boca del que no estuviera como El en posesión de unos bienes capaces de hacer de sus palabras una reali­dad. Y hacer eternamente felices a los que llama felices.

Esta condición de privilegio de los pobres ante los bie­nes mesiánicos forma uno de los pasajes particularmente ex­presivos de Santiago:

«¿No ha elegido Dios a los pobres según el mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que ha pro­metido a los que le aman?» St 2, 518.

5. El juicio de los pobres

El juicio tal como está narrado en Mt 25, 31-46 ocurre en tiempo escatológico. Al final de los tiempos. Ello puede inducir a una falsa apreciación: Sucederá un día, Aquel Día en expresión cara a los Profetas.

Pero ellos, los Profetas, encarecían Aquel Día como es­tímulo y advertencia en orden al comportamiento de ahora, aquí. Tal es también en último término la intencionalidad del pasaje evangélico.

El juicio ocurrirá ciertamente en su carácter definitivo e irrevocable al final de los tiempos. Pero el juicio YA está ocurriendo. Es el juicio de los pobres.

El rostro atemorizado del pobre está acusando a la so­ciedad prepotente, organizada en función de los grupos más o menos privilegiados; de los que margina, deja fuera de juego, a multitud de los que no tienen instrucción ni medios.

Ellos son un juicio permanente a las estructuras de cual­quier signo político que no aciertan a generar bienes básicos suficientes o propiciar una equitativa distribución de los dis­ponibles, que destinan ingentes energías y medios a una desenfrenada carrera de predominio o armamento.

En un siglo en que tal vez por primera vez se han gene­rado las posibilidades técnicas de extender un grado básico de bienestar —casa, vestido, alimentación, educación— y de erradicar el hambre y la pobreza, ésta persiste en grandes círculos contiguos tal vez al despilfarro y la opulencia.

Nuestro siglo se ha percatado que el pecado por exce­lencia no son conflictos de conciencia girando en torno a sí mismo, a las dudas sobre tal o cual artículo de fe, la omi sión de tal o cual práctica piadosa, o las tentaciones de la carne, que en alguna época como por ejemplo el s. XVII, el siglo de San Vicente de Paúl, podían servir de coartada o evasiva ante unas estructuras fundamentalmente injustas en que el destino de todo un pueblo o nación, la paz o la guerra, la libertad o la servidumbre, las riquezas y propieda­des, todos los resortes del poder, estaba en manos de unos pocos que lo utilizaban ante todo en beneficio de sus privi­legios, con gran contraste entre una vida refinada y muelle de los menos y la rudeza y miseria de los más; entre el pala­cio y la choza, en una sociedad dividida entre siervos y señores.

Este siglo va tomando conciencia que los recluidos en prisión son a la vez acusados y acusadores; condenados, ellos también juzgan a la sociedad que los condena; porque la mayoría de las veces una infancia desgraciada y no protegi­da, la falta de instrucción y preparación debida para una vida honrada, los ambientes infrahumanos, han llevado por el camino del delito o el crimen.

En la moderna ciudad, las exposiciones y escaparates fas­cinantes, restaurantes y cines rutilantes de anuncios lumino­sos, frecuentados por el ejecutivo elegante, la familia de bue­na condición o la pareja rebosando festiva alegría; coches más potentes, viajes, utensilios mil, cada vez más refinados.

Todo ello, bien. El progreso puede ser un don de Dios rectamente ordenado y administrado.

Pero mil rostros lastimosos la están llevando a juicio. La tremenda seriedad del pobre. Ningún juez más severo que el rostro de un pobre, a pesar de que no cuenta con el montaje de la justicia humana en la que todo desde los for­mularios a la arquitectura y el mobiliario está pensado para impresionar.

La sociedad en todos los tiempos ha tenido gran cuidado en establecer un aparato y una escenografía del poder —grandes monumentos, castillos y fortalezas, palacios, el esplendor cortesano, los desfiles, la policía y el ejército, la administración de justicia—. Ha llegado incluso a instru­mentalizar la religión en beneficio de las propias estructu­ras —coronación y aun ‘consagración’ de los monarcas, ben­dición de los símbolos, discurso sobre el fundamento últi­mo supuestamente divino de las leyes e instituciones humanas e históricas, custodia de las tumbas de los constituidos en dignidad.

Son las estructuras de poder que han querido tradicional­mente poner a Dios de su parte, llamar a Dios y su ley en apoyo de las propias leyes.

Por una falsa apreciación, muy comprensible, son las formas revestidas de poder y majestad mundanal las que tienden a aparecer ante los ojos de los sencillos particular­mente, como un trasunto del poder y majestad de Dios al que tienden inevitablemente a referirse como último fun­damento.

Por un razonamiento muy simple, demasiado simple: «Si las cosas me suceden bien, si he obtenido privilegios, si mis empresas marchan, si tengo bienes de fortuna, es que Dios está de mi parte». Razonamiento formulado o subcons­ciente que lleva a su vez a considerar el culto a Dios y la religión como un dominio natural y propio en agradecida retribución.

Y no. No es así. A la luz de Mt 25, 31-46 paradójica­mente es lo contrario. Son los débiles, los humildes, los po­bres, los más pequeños, quienes juzgan ya desde el tiempo y juzgarán en tiempo escatológico de forma definitiva los poderes de este mundo. Son ellos quienes pueden remitirse en última instancia de Apelación a Dios, al Rey-Mesías y al Evangelio que es ante todo un mensaje de consolación y li­beración dirigido a los pobres.

En siglos pasados, en la sociedad de Vicente de Paúl había contraste entre el castillo-palacio con su ambiente de cacerías, festivales y bailes, estrenos teatrales, arte y lujoso mobiliario, banquetes; y la austeridad de la morada, casi una choza, el trabajo rudo y la mesa frugal o insuficiente.

Pero el contraste no era hiriente, la confrontación no era tan inmediata y patética. El castillo-palacio quedaba ahí, lejano e inasequible. Más aún, el fausto cortesano, el cortejo servía, por extraño mecanismo sicológico o sociológico, de compensación, por vía de identificación imaginativa, a la multitud de míseros que llevaban una vida ruda y arras­trada, para quienes óbviamente no era asequible tal refi­namiento.

Por otra parte la Iglesia llegó a constituirse en valedera y mediadora entre el poder dominador y las masas sojuz­gadas. Ante las deficiencias de la justicia, instituyó el palia­tivo de la caridad incitando a los poderosos a la práctica de la misericordia para con los débiles. Y organizando tal práctica para una mayor eficacia. Instituyó fiestas y creó con el arte religioso, cuyo paradigma puede considerarse la catedral gótica con la elevación de bóvedas, espacio am­plio y abierto a todos —al contrario de los castillos y pa­lacios almenados y custodiados—; con la multitud de imá­genes de colorido y transparencia luminosa, la magnificencia de la música del órgano y el fausto de las ceremonias; era como una visión celeste en contraste con la estrechez de horizontes y de paredes y techo de sus moradas; una antici­pación de la gloria en contraste con las realidades de este mundo que pudo considerarse como ‘destierro’ y ‘valle de lágrimas’.

Eso ayer. Pero hoy la confrontación entre riqueza y po­breza es más lacerante. Está una realidad frente a la otra. La vivienda humilde con la morada fastuosa, que ya no puede tener valor de símbolo o sublimación de las aspira­ciones del pobre. El dinero insuficiente para las necesidades básicas, con el dinero sobreabundante, superfluo; y aún el gran dinero, es decir, el dinero convertido en poder. La es­trechez de la cárcel se hace más angustiosa cuando hasta allí llega el bruncir del avión o del automóvil que hablan de espacio sin límites.

Las posibilidades de goce y confort, la libertad de elec­ción de mil objetos, de viajes, de confortables moradas y re­laciones sociales que otorga la posesión del dinero es hoy inmensamente mayor que en épocas pasadas. Añádase la constante incitación de la propaganda comercial y de los personajes y figuras de actualidad o de moda, proclamando nuevos paraísos. Todo ello hace más dura la lucha por la simple subsistencia, por las necesidades más elementales a la que se ve sometida la multitud de los pobres y marginados en la moderna sociedad.

Ella hace que el dios Mammón, el dios del dinero, sea hoy más que nunca el dios todopoderoso, obsesivamente ado­rado por los que lo poseen, y obsesivamente invocado por los que no; frente al Dios vivo, el Dios de los pobres, que un día ha de dictar sentencia a favor de ellos y desde ellos está juzgando ya.

6. La compasión, complemento de la misericordia

En Mt 25, 31-46 el Rey alude y recompensa situaciones suyas sufridas en la persona de los más pequeños que no pu­dieron ser remediadas en sentido material y efectivo, sino solamente compadecidas: «En la cárcel estuve y me visitas­teis» No dice: «Me sacásteis de allí». Y paralelamente: «Es tuve enfermo y vinisteis a verme. No dice: » Y me devolvis­teis la salud». En el primer caso se trata en efecto de imposi­bilidad o gran dificultad de orden humano y en el segundo, de orden natural. Por tanto sólo les pide la compasión. No les exige ni siquiera la fe que aún «pequeña como un grano de mostaza» es capaz de mover montañas, 17, 20. Les reconoce y premia algo tan al alcance de todo corazón bien na­cido como es la compasión.

Existen dos formas de compasión: La primera es un sentimiento que mueve a la práctica directa de la misericor­dia, surge espontáneamente de la vista del sufrimiento o ne­cesidad concreta de nuestro próximo o prójimo e impulsa a ayudarle en la medida de las propias fuerzas y posibilidades. Es la compasión del Buen Samaritano, es la que el Rey en el juicio aprecia en los que le secorrieron en los más pequeños o al menos hicieron cuanto estaba de su parte: fueron a visitarle.

Es la compasión del Hijo. De la que dio precepto y ejem­plo y puso como prueba primera de su misión.

La segunda forma no está ligada al sentimiento sino al espíritu. Es puramente espiritual. Tampoco a la percepción de una necesidad o sufrimiento concreto. Es universal (no abstracta). Abarca a todos los hombres y aun a todos los vivientes que sufren.

Es la compasión del Padre. «Sed compasivos como vues­tro Padre es compasivo», Lc 6, 36.

Será oportuno explicar aquí estos extremos, a fin de percibir mejor la diferencia y a la vez complementariedad de ambas formas.

La primera, por su natural, no puede llegar más allá de donde alcanzan los propios brazos, los propios pies, los propios sentidos. Para sentir necesita ver u oír. El senti­miento al fin reposa sobre el corazón como órgano físico-moral; éste aunque admirablemente dotado y generoso como se muestra en los santos, al fin es limitado al menos en su dependencia física. Además la vista o noticia de las necesi­dades y sufrimientos a los que no puede aportar remedio pueden sobrecargarle.

Las propias fuerzas son limitadas. Los medios materia­les son limitados. Además hay situaciones que no tienen remedio humano posible.

De ahí ha lugar la compasión puramente espiritual.

Esta compasión del Padre celestial se manifiesta a través de toda la creación. Abarca a todos los vivientes incluso el más insignificante: «No cae en tierra un pajarillo (de su ni­do) sin (que tenga que ver, se conmueva) vuestro Padre ce­lestial», Mt 10, 29. Es el estremecimiento que causa cual­quier sufrimiento a toda la creación como manifestación Teofanía del Padre, a manera como la más pequeña piedra cayendo en un estanque de aguas quietas se transmite en un callado estremecimiento de ondas hasta sus confines; aunque seguidamente vuelve a su majestuosa quietud. Así también de modo misterioso se conmueve el universo. San Pablo llega a decir que toda la creación sufre como dolores de parto, Rin 8, 22, aún envuelta en una majestuosa sere­nidad. Y los evangelistas notan esta conmoción en la muer­te de Jesús con las expresiones más gráficas posibles, ins­piradas en la literatura apocalíptica: la tierra tembló, se cubrió de tinieblas; se estremeció el reino de lo sagrado y de la muerte, Mt 27, 51-2; Lc 23, 44-5.

Esta compasión del Padre celestial alcanza al ser vivien­te más insignificante, cuánto más a su propio Hijo y a noso­tros en El.

La manifestación de tal compasión no es de naturaleza física, al menos puramente física, sino que halla su eco a través del espíritu o consciencia humanas que por no tener límites físicos puede abarcar la inmensidad de lo creado.

Pero ahí ocurre preguntar: Al contrario de la caridad y la compasión concreta afectiva y efectiva, la compasión espiritual hacia todos los seres indistintamente ¿no será va­cía, estéril, sin utilidad ,puramente sujetiva?

Aquí radica el misterio. Es absolutamente cierto que puedo ayudar desde mi compasión a todos los que sufren a quienes no alcanza la proyección de mis fuerzas y senti­dos. Pero tal eficacia por su propia naturaleza no es com­probable, aunque sí perceptible a la intuición mística.

Si alguien ‘cae en manos de ladrones’ junto a la vera del camino por donde me acaece pasar o cae al mar o a un foso junto a donde me hallo, surgirá en mí el impulso de sacarle de aquel trance por todos los medios a mi alcance. Pero ¿cómo auxiliar al que ha sido asaltado en descampado o al náufrago a merced de la aparente indiferencia y bravura de los elementos?

¿Estarán éstos totalmente privados de mi auxilio por una simple circunstancia espacial?

No puede alcanzarles ayuda material alguna. Ni siquiera la mera compasión afectiva o de sentimiento, puesto que escapa a mi vista y aún a mi noticia.

Solamente, con certeza, aunque de modo incomprensible a la razón corriente puede alcanzarle mi compasión espi­ritual.

Decíamos aparente indiferencia de los elementos ante la tragedia o el sufrimiento de un ser viviente. En efecto, ante una mirada común o superficial el universo manifiesta una insensibilidad desconcertante ante el dolor o la muerte de los seres que tan delicadamente se han engendrado en su seno. Los elementos, el agua y el fuego —por no hablar ahora del comportamiento de los hombres y sus sistemas—muestran con frecuencia su ley ciega e inexorable. Pero mi­rado en profundidad y en su conjunto y unidad, una su­prema armonía rige lo creado. La compasión o resonancia cósmica está suficientemente atestiguada por la intuición de los grandes místicos y por expresa revelación, como ya he­mos visto.

Ocurren en el mundo a diario mil tragedias, que moder­namente los «Media» nos hacen presentes al instante, sin el paliativo del tiempo y la distancia que reducían el campo de las sensaciones y experiencias a un nivel natural.

¿Qué hacer? ¿Dejarse sumergir en un sentimiento trá­gico, una honda fatiga moral con la sensación de impoten­cia a nivel personal y a veces social? ¿Endurecerse, hacerse insensible? ¿Atenerse a una vía superficial de compensa­ción o ‘distración’ que parecen propiciar los propios «Media» cuando a renglón seguido de la noticia o reportaje dramáti­co transmiten el festivo anuncio consumista o el programa frívolo o deportivo? ¿O en el andar cotidiano por la moder­na ciudad, la vista inevitable del pobre o los lugares de la pobreza se compensa sólo unos pasos más allá por el lujo, el goce de la vida, el neón rutilante?

¿Cómo afrontar tal realidad?

Podemos hablar, para resumir, de tres vías no excluyen-tes sino complementarias:

Está en primer lugar la vía de la caridad y de la mise­ricordia, que me interpela aquí y ahora, en concreto y aun caso-por-caso en la medida de mis medios y posibilidades, en una donación total de mí mismo o parte de mí mismo, mi tiempo y energías, según el carisma y vocación de cada cual que va desde el simple obrar humano y cristiano hasta la entrega propia del apóstol especialmente llamado.

Está complementariamente la vía de la justicia que es la caridad, por decirlo así, llevada a nivel social, a nivel de estructuras socioeconómicas. Con sus recursos propios de la ciencia, técnica y capacidad de organización, muy propios de nuestra época.

Está finalmente más allá de la caridad, más allá de la justicia distributiva, es decir allá donde no llega la acción personal o comunitaria propia de la caridad, o la acción so­cial propia de la justicia, la vía de la compensación.

Las dos primeras vías tienen su lugar propio e insustitui­ble. Sus frutos son las obras de la misericordia y de la jus­ticia y equidad. Se realiza por la eficacia, la buena adminis­tración y organización y por el «sudor de la frente y el es­fuerzo de los brazos».

El lugar propio de la compasión, aparte que pueda llegar a ser una disposición permanente del espíritu, es la oración y meditación en sus diversas formas, por las que se da la más perfecta unión posible entre el ámbito humano indivi­dual y limitado y el divino, cuyo «Espíritu llena el orbe de la tierra». Es por razón de la compasión que este Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo, es llamado Padre de los pobres y Paráclito o Consolador.

Como la pupila del ojo contiene en su pequeñez el hori­zonte, el mar y la bóveda celeste, cuando no se detiene so­bre un objeto cercano particular, así el espíritu puede abra­zar a todos los seres humanos y aun todos los vivientes en un sentimiento de con-pasión (padecer con) y simpatía (sym­pathós) que es la palabra griega correspondiente a compa­sión. En nuestra lengua los significados de esta común raíz greco-latina han tomado matices diversos, pero complemen­tarios: Simpatía es comunicar, sintonizar con las cualidades amables de nuestros semejantes; compasión es comunicar, sintonizar con sus sufrimientos, debidos a circunstancias, o inherentes a la condición humana o viviente como tal.

Así la compasión es universal, no se detiene en cada caso particular; es serena, no conduce al sentimiento trágico de la vida. Acepta el misterio del dolor, no lo ignora. Es límpi­da y transparente, nunca morbosa, como puede llegar a serlo la contemplación obsesiva e inoperante del sufrimiento. Cree que la armonía está sobre el caos, la felicidad vence finalmente al dolor y la vida a la muerte. Por esta creencia o sentimiento esperanzado que es un componente de la com­pasión, es ésta también un fruto de la Pascua del Señor, de su cruz y resurrección.

  1. «Cette spontanéité est tras remarquable, et non moins l’audace qui ne craint pas de placer tout á caté de l’amour de Dieu, l’amour du prochain. Ce fait seul suffirait á quafifier une religión, á la fois si divine et si humaine, qui eleve si haut l’amour de nos fréres… La meilleure justification nous sera bientót fournie par le Sauveur en personne quand il osera d’identifier, lui, le chef, á chacun de ses membres; lui, le docteur, á chacun de ses disciples, fút-ce le plus petit. Esta espontaneidad es muy de notar, y no menos la audacia que no teme colocar junto al amor de Dios el amor del prójimo. Este solo hecho bastaría a expresar la natu­raleza de una religión a la vez divina y humana que eleva tan alto el amor a nuestros hermanos… La mejor justificación nos será dada muy pronto por el Salvador en persona cuando no vacilará en identificarse, él, la cabeza, a cada uno de sus miembros; él, el maestro, a cada uno de sus discípulos, aún al más pequeño».

    BUZY, S. Matthieu, op. cit., p. 301.

  2. «Assurement il n’a pas exclu les autres vertus, comme si la bien­faisance était la seule nécessaire, mais qui aime assez le Christ pour le secourir dans ses pauvres posséde tout dans l’amor. A buen seguro que no ha excluido las otras virtudes, como si solamente las buenas obras fuesen necesarias, mas quien ama a Cristo lo suficientemente como para socorrerle en sus pobres, todo queda incluido en el amor».

    LAGRANGE, S. Matthieu, op. cit., p. 427.

  3. Cfr. Mt 22, 36-40.

    «Si toda la ley moral se compendia en la caridad, no es extraño que sea la caridad o su defecto lo que determine al galardón o el castigo». BOVER, El Evangelio de San Mateo, op. cit., p. 432.

  4. «Il est manifeste que Jésus ne s’intéresse pas a la déscription es­chatologique prise dans sa materialité: ce qu’il veut avant tout, c’est donner un enseignement moral. Es evidente que Jesús no se interesa en la descripción escatológica por sí misma: lo que pretende ante todo es dar una enseñanza de orden moral».

    FEUILLET, La synthése escathologique de S. Matthieu, art. cit., p. 181.

  5. «Le Fils de l’homme voit son frére dans tout misérable, et le dernier d’entre les misérables, sera encore son frére. Son amour de berger d’Israel prétend se solidariser avec toute misére humaine dans son im­mense et derniére profondeur: le Fils de l’homme est venu chercher et sauver ce qui était perdu (Lc XIX, 10). El Hijo del hombre ve un her­mano suyo en todo miserable y el último de entre los miserables será todavía su hermano. Su amor de Pastor de Israel tiene a bien solidari­zarse con toda miseria humana en su inmensa y última profundidad: el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido», Lc 9, 10.

    Trlo PREISS, Le mystére du Fils de l’homme, p. 217.

  6. «Dans l’ordre de la charité, la réponse du roi est une révélation qui déchire les ténébres les plus épaises; c’est une force capable de re­volutionner des mondes. En el orden de la caridad la respuesta del Rey es una revelación que rasga las más espesas tinieblas; es una fuerza capaz de revolucionar todo un mundo».

    Buzv, op. cit., p. 338.

  7. Quelques formules antérieures du divin Maitre nous la faisaient déjá pressentir, celle-ci surtout déjá si impressionante: Qui vous re­goit, me regoit; et cette autre: Qui regoit l’un de ces petits enfants en mon nom, c’est moi-méme qu’il regoit (XVIII, 5). Mais enfin peut-étre n’était-ce que de pieuses exagérations pour incliner les coeurs á la cha­rité. Nous savons maintenant que c’était des essais préliminaires, com­me il arrive fréquemment en S. Matthieu, chargés de disposer de loin les esprits á recevoir la doctrine compléte. Algunas fórmulas anteriores del divino Maestro nos lo hacían presentir ya, particularmente ésta es ya impresionante: ‘Quien os recibe a vosotros, me recibe a mí’, Mt 10, 40. Y esta otra: ‘Quien recibe a uno de estos pequeños niños en mi nombre es a mí que me recibe’, 18, 5. Pero en fin, podía tratarse de piadosas exageraciones para inclinar los corazones a la caridad. Ahora sabemos que se trata de aproximaciones preliminares como se da frecuentemente en Mateo, con el fin de preparar desde lejos los espíritus a recibir la doc­trina completa».

    Ib., p. 338.

  8. A propósito Plummer: «What He did and suffered was done and suffered by Leader of the human race, and might be claimed, in some measure, as the work of mankind. In the present passage, wich in certain respects stands alone in the Gospels, we have the other side of the myste­rious unity between the Messiah and mankind. What men do, or fail to do, to one another, they do, or fail to do, to Christ. Lo que él hizo y su­frió, fue en cuanto Líder de la raza humana y puede ser considerado en cierta manera como obra de la humanidad. En el presente pasaje que en algunos aspectos es singular en el Evangelio, tenemos la otra parte de la misteriosa unidad entre el Mesías y la humanidad. Lo que se hace o se deja de hacer el uno al otro, se hace o se deja de hacer a Cristo».

    An exegetical commentary…. op. cit., p. 349.

  9. «Cet instant revét une gravité infinie, paree qu’il est chargé du poids infini de la présence mystérieuse dans l’homme qui est devant l’homme, du Fils de l’homme et de Dieu lui-méme. Este instante reviste una gravedad infinita, porque está cargado del peso infinito de la pre­sencia misteriosa en el hombre que está delante del hombre, del Hijo del hombre y de Dios mismo».

    THÉO PREISS, op. cit., p. 35.

  10. «La doctrine compléte, la voici enfin: ce que l’on fait au dernier des fréres, c’est á Jésus qu’on le fait. Exagération, imagination, poésie? Non, l’occasion est trop solennelle pour qu’elle se préte á des excés de langage, d’autant plus que cette doctrine, qui mesure la récompense des justes, va servir également de chátiment des réprouvés. La doctrina com­pleta, hela aquí finalmente: lo que se hace al último de los hermanos es a Jesús, que se hace. ¿Exageración, imaginación, poesía? No, la ocasión es demasiado solemne para prestarse a excesos de lenguaje, tanto más que esta doctrina que da la medida a la recompensa de los justos servirá igualmente de castigo a los réprobos».

    BUZY, S. Matthieu, op. cit., p. 338.

  11. «L’amour du Christ pour les petits et les humbles remplit 1’Evangile….El amor de Cristo hacia los pequeños y humildes llena todo el Evangelio».

    JACQUES LECLERCQ, Le Chrétien devant l’argent. Série «Je sais – Je crois» (59) p. 23.

  12. «Dans le royaume de Jésus-Christ la préeminence appartient aux pauvres, qui sont les premiers-nés de l’Eglise, et ses veritables enfants. En el reino de Jesucristo la preeminencia pertenece a los pobres que son los primogénitos de la Iglesia y sus verdaderos hijos».

    BOSSUET, Sermon sur l’éminente dignité des pauvres dans l’église. Oeuvres, Versailles, 1816, tom. XI, p. 2.

    «O pauvres —exclama Bossuet— que vous éter heureux paree qu’á vous appartient le royaume de Dieu! (Lc VI, 20). Si dont c’est á eux qu’appartient le ciel, qui est le royaume de Dieu dans l’étérnité; c’est á eux aussi qu’appartient l’Eglise, qui est le royaume de Dieu dans le temps. ¡Oh pobres, cuánta es vuestra felicidad puesto que el reino de Dios os pertenece! Lc 6, 20. Si pues a ellos les pertenece el cielo que es el reino de Dios en la eternidad, también a ellos pertenece la Iglesia que es el reino de Dios en el tiempo».

    Oeuvres…, t. XI, p. 7.

  13. «Selon les termes méme de l’Evangile, ce Sauveur l’est premilre­ment pour le pauvre: cela est capital. Non seulement c’est aux bergers, aux pauvres que l’annonce en est fait: evangelizo vobis…, mais de plus c’est pour eux que ce Sauveur est né: quia natus est vobis: c’est parmi les choses de chez eux qu’il est venu: un étable, de la paille, une créche. Il s’est fait comme l’un d’eux, paree qu’il est d’abord á eux. Non exclusi­vement sans doute […] Mais il n’en est pas moins manifeste, et le ciel le déclare: il vient d’abord pour ceux dont il s’est fait le compagnon, le semblable: natus est vobis! Según los términos del Evangelio, el Salvador lo es ante todo para los pobres: ésto es de suma importancia. No sola­mente el anuncio ha sido dado a los pastores, a los pobres, evangelizo vobis, ‘os anuncio…’ más aún es para ellos que el Salvador ha nacido: quia natus est vobis, ‘porque os ha nacido’; es entre su ambiente que ha venido: un establo, paja, un pesebre. Se ha hecho uno de ellos, porque ya de buen principio es uno de ellos. Sin duda no en exclusiva […] Pero no es menos cierto y el cielo lo declara: él viene en principio para aque­llos de quienes se ha hecho compañero: natus es vobis».

    MGR. BAUNARD, L’Evangile du pauvre. Paris, 1909, pp. 7-8.

  14. «Les pauvres sont devenus dans Is. LXI, et dans les Psaumes une notion religieuse et élevée; ce ne sont pas ceux qui n’ont pas d’argent, mais les personnes pieuses qui se sentent desenchantées et oppri­mées dans le monde et qui par consequent sentant leur impuissance atten­dent tout de Dieu. Los pobres han llegado a ser en Is 61 y en los salmos una noción religiosa y elevada; ya no son solamente los que no tienen dinero sino las personas piadosas que se sienten desencantadas y oprimi­das en el mundo y que por consiguiente sintiendo su impotencia lo espe­ran todo de Dios».

    LAGRANGE, Op. Cit., p. 82.

  15. «Riches easily become pride: the succesfull man soon forgets that he is mendicant of God. Los ricos fácilmente se vuelven orgullosos; el hombre de éxito pronto olvida que es un mendigo de Dios».

    The Interpreter’s Bible, op. cit., p. 280.

  16. «…’Estin’ au présent, quand tous les autres verbes seront au futur, parte que ‘Basileia’ est ici le royaume oú ces pauvres entreront, mais qui existe déjá pour eux. ‘Estin’ en presente, cuando todos los otros verbos están en futuro, porque ‘Basileia’ es aquí el reino donde estos pobres entrarán, pero que existe ya para ellos».

    LAGRANGE, Op. cit., p. 82.

  17. Bossuet tiene a este respecto una paradoja célebre: «O pauvres, que vous étes riches! mais 6 riches, que vous étes pauvres!… Voulez vous entrer au royaume? les portes, dit Jésus-Christ, vous seront ouvertes, pour­vu que les pauvres vous introduisent: «Faites, dit-il, des amis qui vous regoivent dans les tabernacles éternels»… le royaume está ses mains; et les riches n’y peuvent entrer si les pauvres ne les y regoivent. ¡Oh, pobres, hasta qué punto sois ricos! Más, ¡oh, ricos, hasta qué punto sois pobres!… ¿Queréis entrar en el reino? las puertas, dice Jesucristo, os serán abiertas, con tal que los pobres os presenten: ‘Granjeaos, os dice, amigos, que os reciban en los eternos tabernáculos…’ el reino está en sus manos; y los ricos no entrarán en él si no están los pobres a recibirlos».

    Oeuvres…, t. XI. p. 19.

  18. Bossuet comenta elocuentemente: «Ecoutez, nous dit-il (S. Jac­ques), mes trés chers Fréres; audite, fratres dilectissimi: sans doute il a dessein de nous proposer quelque chose de bien remarcable. Quelle áme refusera son attention, á laquelle est excité par l’organe d’un si grand apótre, qui est honoré dans les saintes Lettres de la qualité glorieuse de frére de Nótre Seigneur? Mais entendons ce qu’il veut dire: ‘N’est il pas vrai que Dieu a choisi les pauvres, afin qu’ils fussent riches dans la foi et héritiers du royaume?… Et aprés cela, poursuit-il, vous osez mépriser les pauvres!’. Escuchad, nos dice (Santiago), hermanos míos muy queridos; audite fratres dilectissimi: sin duda tiene intención de proponernos algo de suma importancia. ¿Qué alma reusará su atención que le es deman­dada por mediación de tan gran apóstol que es distinguido en la Sagrada Escritura con la cualidad gloriosa de hermano del Señor? Pero oigamos lo que quiere decirnos: ‘¿No es verdad que ha elegido Dios a los pobres. a fin que fuesen ricos en la fe y herederos del reino?… Y después de ésto, prosigue, os atrevéis a despreciar a los pobres!'».

    Oeuvres…, t. XI, p. 8.

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