Identificación de Jesucristo con el pobre. Introducción

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: José Sendra, C.M. · Year of first publication: 1983.
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FV-dibujoSi las Bienaventuranzas en Mt 5, 3 ss, son la primera exposición programática, un Manifiesto, diríamos hoy, de lo que constituía la Buena Nueva dirigida a los pobres princi­palmente, la profecía sobre el último juicio en Mt 25, 31-46 es su conclusión lógica, su coronamiento.

Me admiraba que esta perícopa evangélica, de un gé­nero literario singular, tirando a profecía de género apoca­líptico, este breve poema por la perfecta estructuración de sus estrofas que reclaman una recitación más que una lec­tura, pero sobre todo por la profundidad a la vez misteriosa y diáfana de su doctrina, no hubiese hallado un exégeta que le hubiera dedicado un estudio monográfico más o menos exhaustivo como tantos han surgido sobre las Bienaventu­ranzas que acabamos de mencionar, o las Parábolas; entre la floración en fin de trabajos y monografías que a lo largo de un siglo, las últimas décadas particularmente, han sacado a plena luz los pasajes más recónditos del AT y NT.

Aunque es muy difícil por no decir imposible compro­bar todo el inmenso campo de la investigación bíblica en las diversas lenguas, aún referido a un punto particular, lo cual obliga a la cautela en las afirmaciones, de hecho no hallaba tal después de consultada abundante bibliografía y ficheros, como se corresponde a la más elemental metodología: Ver antes de abordar un tema con cierta extensión y rigor las obras anteriores si las hubiere, que versaran sobre el mismo, para consultarlas, evitar la reiteración y eventualmente avan­zar un paso más a partir del punto en que la investigación había quedado.

Sí hallé en cambio su repercusión en la predicación pa­trística y en la literatura espiritual antigua y reciente. Hallé que formaba parte consubstancial en la vida y actuación de los Santos, muy particularmente en la doctrina y espirituali­dad de San Vicente de Paúl, como diré luego.

Ni pretendo ni cabe siquiera novedad. Esta estará sólo en la sistematización, en el hecho de haber reunido en una vista de conjunto virtualmente todo lo que se ha dicho acer­ca de este venerable pasaje evangélico y una vez sentada la doctrina que se desprende de él, mostrar cómo ha influido decisivamente en la práctica de las obras de misericordia con el ejemplo concreto de un Santo que ha hecho de ellas y por tanto de la revelación que se desprende de Mt 25, 31-46, es decir, la real y misteriosa presencia de Cristo en ‘los más pequeños’, el camino a la santidad para él y para las innumerables almas que han seguido sus pasos.

Eventualmente habré añadido alguna conclusión o con­sideración personal al respecto que pueda haber contribuido a una mejor comprensión de uno que otro detalle más que el fondo.

Tal sea el mérito en mayor o menor medida que quiera atribuirme benignamente el lector.

Después de formuladas algunas consideraciones doctrina­les llevado por la dinámica misma del texto, cual sería por ejemplo, que el pobre aparece a la luz de Mt 25, 31-46 co­mo un sacramento, signo sagrado o memorial viviente tras el cual se oculta la presencia viva, real si bien misteriosa de Cristo en su Encarnación en la naturaleza humana y en su vida pobre y humillada, como una llamada no a una cómoda adoración sino a una respuesta efectiva bajo las distintas formas que revisten las obras de misericordia, aún así con­tinuaba investigando las obras y doctrina de los predicado­res, tal un Bossuet; o de escritores espirituales, tal un Bau­nard a la búsqueda de un eco o confirmación, que la mayor parte de las veces aparecía sorprendentemente, expresado con gran belleza. Así, si ello me obligaba a renunciar al pru­rito de originalidad, me compensaba en cambio con creces el hecho de poder ofrecer al lector un punto de doctrina mís­tica bien fundamentado expresado por distintas voces y fuen­tes más autorizadas.

Dándose pues una doble vía, saber: que a veces eran las notas y citas previamente recopiladas y sistematizadas las que guiaban el desarrollo de la exposición, a veces por el contrario, era la progresión de la doctrina y las intuicio­nes que suscitaba las que me inducían a la búsqueda y even­tual hallazgo de pasajes de autores que de otro modo hu­bieran pasado desapercibidos o dispersos en una doctrina de contenido más general; cuyo testimonio traído aquí adquiría por el contexto particular relieve a la vez que lo daba al de­sarrollo del tema.

Por ello las notas de pie de página en la primera parte particularmente están puestas como confirmación de lo di­cho en el texto y más aún en los cc. II, III y IV principal­mente como pequeño florilegio de textos patrísticos, de comentaristas y autores espirituales que expresan virtualmente todo lo que la tradición había formulado de manera ocasio­nal, dispersa y no sistemática. Por ello aunque la lectura de las notas de una obra suele el lector aunque atento, consi­derarla opcional o secundaria, me permito recomendársela intercalándola con el texto o mejor quizá, una vez leído un capítulo para no perder el hilo del discurso, leerse asimismo los diversos testimonios aducidos que hacen referencia al mismo.

Es por ésto que permitiéndolo la no excesiva extensión de la obra ni resultando tales testimonios abstrusos o dema­siado numerosos o prolijos, doy la versión original que mu­chos lectores agradecerán por este sutil matiz y sonoridad que aportan las distintas lenguas, proponiendo seguidamente la traducción vernácula, en atención a aquellos para quienes no resulten éstas familiares.

Confiaría que al previo hojear del libro no tenga el lector la sensación de un tema abstruso o académico particularmen­te en el primer capítulo, antes pueda al progresar en su lec­tura comprobar que puede resultarle provechosa y aún llana y agradable

Trátase en efecto de un tema que si bien profundo y mis­terioso en su revelación, es de un desarrollo sencillo a partir de la propia fuente evangélica. Lo cual hizo sin duda que no provocase especial dedicación por parte de los estudiosos a quienes más bien suele mover la dificultad. Lo cual a su vez me incitó a mí en mi modestia a emprenderlo, esperando con ello contribuir a que a otros se les despertara el interés y lo tomaran a su vez completando y aún corrigiendo, aportan­do en fin cada uno su propia visión a la doctrina aquí es­bozada.

Por ello, lejos de hacerse denso o intrincado el texto, puede resultar más bien a modo de aquellas composiciones musicales que pueden llamarse «variaciones sobre un mismo tema» en los que la maestría del compositor está precisa­mente en este juego de armonización y cambios de tono que permiten oír con diferentes matices y sonoridad progresiva una única frase temática o melódica. Sea en el presente caso la maestría mayor o no tanta, y trasladado evidentemente al arte de la palabra y los conceptos, éste es precisamente el particular efecto que cabría esperar se produzca en la mente del lector.

Réstanos ahora decir una palabra sobre la oportunidad del tema.

Durante un largo período histórico que va desde la edad patrística —véase en la 1.a parte los testimonios de un San Agustín o un San Juan Crisóstomo—, pasando por la Edad Media y particularmente en la Edad Moderna con la flora­ción de organizaciones caritativas entre las que sobresale la obra de San Vicente de Paúl, la práctica de las obras de misericordia se ha fundado, aparte un fondo natural de so­lidaridad y compasión presente aún en el paganismo clásico, en la profunda penetración del Evangelio y el sentimiento místico derivado de la revelación de la presencia de Cristo en los más pequeños que halla su máxima expresión en Mt 25, 31-46.

Cierto que nuestra sociedad actual tecnificada y sociali­zante, parece emprender nuevas vías en la solución de la pobreza en sus múltiples formas. Existe un esfuerzo generali­zado por lograr no sólo una mayor abundancia de bienes sino, lo que puede resultar aún más difícil, una mayor justi­cia distributiva, por la que todo el cuerpo social y no solamente los espíritus más sensibles y generosos tome concien­cia de que le incumbe como tal tomar sobre sí de modo ra­cional y perfectamente planificado, la carga de sus clases pa­sivas, que tal es la nueva denominación de la pobreza y los pobres. Tomando así progresivamente el relevo de la obra subsidiaria de la Iglesia, que con sus instituciones benéficas o la iniciativa personal de los mejores de sus hijos ha tenido que actuar como puente o intermediaria entre una minoría opulenta y una mayoría desheredada1, reducido frecuente­mente algún sector de la misma a situaciones extremas. O simplemente sacar recursos de la pobreza misma, promovien­do la solidaridad entre los propios pobres a base de buena organización y confianza en Dios y su Providencia.

Acción que se ha fundado en último término sobre la dedicación plena por una especial vocación de servicio, se­llada comunmente por los votos religiosos.

Bien está que la ciudad secular moderna tome sobre sí esta tarea que le incumbe como tal2, sin exigir más que una titularidad y conveniente preparación técnica; ni más que una parte del tiempo según ordenación laboral y aún éste convenientemente remunerado que permita disfrutar de un tiempo libre y una vida privada.

Todo esto es deseable y acorde con el cambio de los tiempos y circunstancias sociales, por más que éstas, diga­mos de paso, son frágiles y mudables y la presencia o ame­naza de pobreza no está en modo alguno ausente del mundo de hoy y su futuro previsible.

La Iglesia puede ver en todo ello «los signos de los tiem­pos» y ceder progresivamente un campo que había llegado a ser propio, siempre que pueda hacerlo responsablemente; sacrificando formas probadas de actuación y tesoros de es­piritualidad que han generado y sostenido multitud de vidas dedicadas a la práctica de la misericordia en la totalidad de su tiempo y energías, sin prácticamente retribución temporal alguna; renunciando para ello a formas refinadas de vida espiritual de coro, de jardín o de celda monacal, de una liturgia elaborada; haciendo de la propia práctica de las obras de misericordia su propia escuela y camino de espiri­tualidad. Ni siquiera la expresa aspiración a poseer el día postrero un «Reino preparado para ellos», puesto que los justos en Mt 25, 31-46 parecen ignorarlo en su desinterés total.

¿Significa todo ello que ha perdido vigencia la parábola del Buen Samaritano o el pasaje de Mt 25, 31-46?

En modo alguno. La enseñanza evangélica trasciende las diversas circunstancias históricas y sociales. Siempre será ne­cesaria la misericordia, la compasión y la caridad en el trato con los más pequeños, los disminuidos, los afectados por las múltiples formas de pobreza; entre las cuales muy particu­larmente en nuestro tiempo está la soledad. Y estos senti­mientos deberán fundarse en último término en los oídos abiertos a la Buena Nueva que lo es ante todo para los pobres; en el espíritu de fe, y más aún en una profunda intui­ción mística cual se desprende de Mt 25, 31-46 y de la vi­vencia y doctrina de los santos que la pusieron en práctica.

En nuestra sociedad de fondo individualista y progresi­vamente competitivo, que promueve más la asociación que la solidaridad, se atendería a los pobres, disminuidos, mar­ginados del ritmo general de vida, no tanto por sí mismos, en su propia dignidad personal, cuanto para conllevar, libe­rarse del problema. Se tendería a rodearlos en el mejor de los casos de medios y comodidades materiales para que estén ahí y no obstaculicen el vertiginoso y alegre transcurrir de la vida.

Cuando la sociedad francesa del s. XVII iniciaba su ascenso hacia el predominio europeo, hallándose unas clases progresivamente poderosas pero rodeadas de turbas míse­ras que habían generado las guerras, aunque victoriosas, y las desigualdades de una sociedad todavía feudal, dividida entre siervos y señores; cuando París iniciaba su época de crecimiento y esplendor, la entonces poderosa Compañía del Santísimo Sacramento que reunía la élite aristocrática y devota al estilo de la época propuso crear el Hospital Ge­neral para los pobres3 y a tal fin recabó el parecer y cola­boración del señor Vicente de Paúl, por aquel entonces en el cénit de su acción organizadora y caritativa. A lo que se oponía el Santo por intuir que de lo que se trataba en. reali­dad era de una magna Institución más bien represiva y des­humanizada en función de la propia sociedad, que así se desembarazaba de la vista molesta de la mendicidad y de un amplio sector de pobres considerados potencialmente peli­grosos y delincuentes.

No era tal el espíritu que movía al señor Vicente y su fiel colaboradora Luisa de Marillac.

Aunque no carecía antes era maestro en el sentido de organización sin el cual no es posible una acción seria y eficaz, miraba ante todo al propio ser humano, a cada uno en particular, compadecía sus sufrimientos, más aún veía a través de ellos el rostro desfigurado del Divino Paciente.

Nunca los medios materiales, la organización podrán su­plir lo personal y los sentimientos humanos en el trato con los más pequeños. Ello supondría cambiar la propia na­turaleza humana.

Podría resultar hoy día aún más trágica la suerte del que «cayera en manos de ladrones» en la acera de una tre­pidante ciudad o al borde de una moderna carretera o auto­pista en vez del tranquilo camino de Jericó, cuando el paso cansino del pollino del Buen Samaritano daba tiempo a es­cuchar los latidos de compasión que es un sentimiento es­pontáneo, aunque débil o ahogado las más de las veces pros las cuitas personales; daba tiempo eventualmente a volver atrás acuciado por el remordimiento.

Resta finalmente exponer al lector el plan seguido en la obra.

Este sigue una progresión lógica que se inicia con el aná­lisis minucioso del texto de Mt 25, 31-46 y los diversos ele­mentos que lo integran (Cap. I, I Parte) y la doctrina que se desprende del mismo (Cap. II). El Cap. III forma una digre­sión en la que se examina la luz que pueda aportar el con­texto inmediatamente anterior o viceversa: cómo nuestro tex­to puede ser clave de interpretación o una revelación más clara y explícita del sentido de una parábola tan poética y misteriosa como es la de las diez Doncellas, Mt 25, 1-14.

El Cap. IV de la I.a Parte forma el centro del presente estudio en el que se examinan las enseñanzas que se despren­den de la anterior exposición a la luz del NT relacionando diversos aspectos del mismo y formulando finalmente a mo­do de conclusión con la mayor precisión posible, la natura­leza de la misteriosa identificación de Cristo o el Rey Pastor de Mt 25, 31-46, con ‘los más pequeños’.

Examinada la doctrina en su fuente, viene en la IP Par­te la exposición de la misma en clave distinta. Es decir, có­mo se revela en la vida real, puesto que se trata de una doctrina orientada a la práctica de las obras de misericordia. En tal aspecto los mejores intérpretes pasan a ser los santos. Y entre ellos, sin duda el que más, San Vicente de Paúl. Cada santo en efecto ha tenido su especial carisma. En últi­mo término es el Espíritu Santo y sus Dones que se mani­fiesta a través de ellos de múltiples formas. En este sentido, por lo que se refiere a la revelación de Mt 25, 31-46, es punto menos que imposible hallar en toda la hagiografía un testimonio de mayor plenitud si nos atenemos a los dos as­pectos complementarios de vida y doctrina, de práctica efec­tiva y enseñanza oral.

Su espíritu y su obra pervive aún. En cuanto al segundo aspecto, entre las 8.000 páginas que forman el legado es­piritual de la doctrina del Santo en forma de cartas y con­ferencias a los Misioneros e Hijas de la Caridad principal­mente, hallamos formulada esta doctrina evangélica de Cris­to presente en los más pequeños con todos los matices posi­bles, a veces sorprendentes, expresados bellamente incluso en el aspecto literario, no olvidemos que San Vicente de Paúl es un clásico de la literatura espiritual del Siglo de Oro francés, contemporáneo de Bossuet y de Moliére.

Esta exposición forma la II Parte que viene gradual­mente en tres capítulos:

En el primero aparece la marcada orientación del Santo a la persona de Nuestro Señor y a las más mínimas circuns­tancias de su vida que él honraba y trataba de imitar a cada momento. Esto hace comprensible que viera la vida pobre del Hijo de Dios en la figura de ‘los más pequeños’.

El Cap. II es un análisis del carácter del Santo. Ello nos hace descubrir su fondo rico de humanidad y su aspecto sobrenatural y místico, que lo predispone a una realización perfecta de la enseñanza de Mt 25, 31-46, expuesta en la la Parte.

Finalmente el alcance que San Vicente da a esta doctrina de la identificación queda probado más claramente con las mismas expresiones del Santo dispersas a lo largo de sus nu­merosas conferencias a las Hijas de la Caridad particular­mente.

  1. Esta misma expresión de ‘puente entre una clase rica y la clase más numerosa de los pobres y desheredados’ ha utilizado Juan Pablo II en la homilía de beatificación de Sor Angela de la Cruz celebrada ex­cepcionalmente en su propia tierra natal, Andalucía, durante su visita a España. Añadiendo una consideración muy significativa: ‘Y ello sin cuestionar esta situación, puesto que no le incumbía ni tenía posibilidad de hacerlo, sino remediando en la medida de sus fuerzas las necesidades insoslayables, según se iban produciendo’.
  2. Esta observación de que la beneficencia, mudado ligeramente si se quiere, el concepto en el de asistencia social, pertenece primariamen­te a la sociedad civil más que a la Iglesia, en contra de lo que haría creer la práctica secular, la ha formulado muy documentadamente un estudioso de temas vicencianos bajo el aspecto sociológico particularmen­te, Jaime Corera, en su ponencia al Congreso Vicenciano del IV Cente­nario del Nacimiento de S. Vicente, celebrado en Zaragoza (pendiente de publicación).
  3. Cfr. J.-M.a IBÁÑEZ BURGOS, Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo. Sígueme, Salamanca 1977, p. 118 ss.

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