La Eucaristía, Epifanía de Diálogo y de Comunión: el ejemplo de San Justino de Jacobis

Francisco Javier Fernández ChentoJustino de JacobisLeave a Comment

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Autor: Antonio Furioli, M.C.C.J. · Traductor: Julio Suescun, C.M.. · Año publicación original: 2010 · Fuente: Vincentiana, Abril-Junio 2010.
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Introducción

Abuna Yaqob Maryam — «este es el nombre con que me conocen en este país»1 —, moría el 31 de julio de 1860, rodeado amablemente de sus sacerdotes abisinios, en el ardiente y desolado valle de Aliga­de,2) no lejos de Hebo, en lo que hoy es Eritrea. Las continuas priva­ciones, la dura prisión y la obstinada persecución de Abuna Selama, suprema autoridad religiosa de la Iglesia Ortodoxa Abisinia, al fin pudieron con la voluntad tenaz y la resistencia física de Abuna Yaqob, templadas en los 21 largos años de ásperas y continuas fati­gas apostólicas.

1. Una piedad eucarística tradicional

En 1809 en la antigua iglesia parroquial de Santa María de la Encina3) en San Fele (Potenza), Justino de Jacobis, con apenas nueve años, recibía la primera comunión de manos de Mons. Gianfilippo Ferrone, obispo de Muro-Lucano. Este acontecimiento dejó una huella indeleble en la robusta piedad del preadolescente Justino, que en adelante sería marcadamente eucarística.

San Vicente de Paúl (1581-1660)4 había recomendado insistente­mente a los miembros de la Congregación de la Misión, fundada por él (25, enero, 1625), mantener alto el fervor de su consagración a los pobres (consecratio ad pauperes)5 por medio de ejercicios piadosos, el primero de todos, la adoración eucarística.6 Los testimonios más autorizados que nos ha llegado, sobre la piedad eucarística de Jus­tino de Jacobis, provienen de las declaraciones juradas de sus coher­manos lazaristas y de simples laicos, con ocasión de los Procesos informativos diocesanos a través del largo y complejo «Iter canonico» que culminó, primero en su beatificación y luego en su canoniza­ción.7 Los testigos están de acuerdo en decir que Justino, antes de subir al púlpito para las misiones al pueblo, ministerio específico de su congregación, ligado al carisma del Fundador, solía entretenerse largamente en profunda meditación ante el sagrario.8 La meta de la más profunda meditación es siempre la comunión íntima con el Padre, que se realiza por medio de Jesucristo en la Eucaristía. De hecho, en la contemplación, más que conocer a Dios en sí mismo, se le experimenta en lo más profundo de uno mismo, mientras que en la predicación, se le transmite a los fieles.9 Nada tiene de extraño que su predicación produjese un tan amplio seguimiento y consenso entre los fieles de las diversas comunidades que el visitó en la Italia meridional.10

Los dos años que Justino vivió en Lecce, como Superior de aquella comunidad (1830-1836), están llenos de anécdotas vivas que mani­fiestan su sencilla pero sólida piedad eucarística. En la hermosa capi­lla que él había hecho construir con tantos sacrificios, incluidos los que provenían de las críticas de los cohermanos y de las advertencias oficiales de los superiores, preocupados por los gastos excesivos, se le veía frecuentemente durante la jornada detenerse a adorar el Santí­simo Sacramento. Para Justino esto significaba una forma intensa de comunión, de verdadera simbiosis con el Señor, un «comerlo con los ojos», es decir apropiarse, identificarse, llegar a ser un todo con él. «Comer con los ojos» es un mirar en profundidad en el misterio y más allá de él, con la misma fe que precede y acompaña sea el «comer» (manducatio) que el «mirar» (contemplatio); la fe capaz de reconocer y desear la Palabra hasta comerla (cf. Ez. 3,1-15). Mirar y comer con los ojos no son cosas distintas, son dos momentos interdependientes que juntos habilitan para la contemplación. Mirar no indica sólo una facultad de os ojos. Es un mirar especial: comunicación intensa, expresión de una relación, dice lo que uno es para el otro, es un saber captar la esencia del misterio. Es un proceso de unión trans­formante: un éxodo de la propia voluntad, un salir de sí mismo para entrar en íntima unión con la voluntad de Dios, para enriquecernos con él. El que se cierra en si mismo, al fin se pierde, mientras que el que se da a si mismo, al fin se encuentra (cf. Jn. 12,25; Mt. 10,39; Mc. 8,35; Lc. 9,24). La Eucaristía es el centro místico del cristia­nismo, en el que Dios, de modo misterioso, sale continuamente de sí mismo y nos arrastra en su abrazo de comunión.

Los cohermanos de San Lázaro cuentan también que el hermano coadjutor encargado de despertar por la mañana, oyó que De Jacobis le preguntaba si había sonado ya la hora para el descanso de la noche. El hermano entre estupefacto y admirado, contestó que lo que Justino acababa de oír era la campana para levantarse. De Jacobis, sin darse cuenta, había pasado toda la noche inmerso en la adora­ción de la Eucaristía.11

Pero el episodio más extraordinario ocurrido en la vida de Abuna Yaqob Maryam se remonta al tiempo de su primer viaje a África. El 24 de mayo de 1839, en compañía de P. Luigi Montuori, camino de Siria,12 Justino zarpó, a su vez, de Civitavecchia, para Alejandría de Egipto, desde donde después habría continuado para Massawa, sobre las quebradas e insidiosas costas del mar Rojo. Después de dos días de navegación, la nave arribó al puerto de la Valleta, en Malta, primera etapa de un viaje que había resultado más largo y difícil de lo previsto. Al día siguiente, de madrugada, De Jacobis se acercó a la catedral de S. Juan para celebrar la Eucaristía. Era la primera misa celebrada en el viaje para llegar a su misión en tierra de África.

Justino celebró con su fervor acostumbrado, demorándose junto al altar por casi una hora. Los testigos oculares lo cuentan así: Hemos asistido a su misa y hemos visto al Niño Jesús sobre su cabeza, desde la elevación hasta la comunión.13 Signo y gracia de la evangelización que Justino habría de llevar adelante, al paso que avanzaba también en su santidad.

Estos episodios, narrados con una franca sencillez franciscana, son un testimonio acreditado de la consolidada espiritualidad euca­rística de San Justino, de la que él supo sacar la fuerza secreta para un ministerio fructuoso e incisivo, como se manifestaría luego en Abisinia.

2. La Eucaristía, corazón del diálogo ecuménico

El encuentro con el luterano Dr. Wilhelm Schimper constituyó un acontecimiento decisivo en la metodología misionera que adoptará como consecuencia San Justino de Jacobis. El Dr. Schimper había llegado a Abisinia en 1832 para una específica misión científica por encargo de una sociedad de naturalistas de Wünttemburg (Alema­nia). Entregado con entusiasmo al estudio de la flora del Tigráy, con el tiempo reunió preciosas colecciones que pasaron a enriquecer los mejores museos de Europa, incluso los del Vaticano.

El encuentro con De Jacobis hizo madurar en él, el deseo de hacerse católico: «[…] todo lo que he visto en vosotros, me ha dado la convicción de que Jesucristo está en vosotros. […] es como si yo viniese a descubrir la vida de Cristo que vosotros imitáis y esto me da una gran confianza«.14

El Dr. Schimper, acostumbrado a aceptar únicamente los datos que resultan de una seria investigación científica, encontró parti­cularmente difícil aceptar el misterio de la presencia real en a Euca­ristía. «Necesito […] aclararme sobre aquellos puntos en los que mi razón no puede estar de acuerdo con la fe».15 Siguiendo sus pensa­mientos, declara sin medios términos «[…] lo que yo quiero abrazar es la verdad».16

En Europa, los siglos XVII y XVIII, que son los siglos en los que se funda y se desarrolla a Congregación de la Misión, representan un cuadro histórico muy interesante, porque se encuentran en una encrucijada, A las nuevas cuestiones que se proponen, en un periodo en el que la fe y la razón se colocan en posturas irreconciliables, se dan dos respuestas: la del ultramontanismo, que intenta conmover por la estética y la de las Luces (Voltaire, Kant, etc.)17 deseosos de convencer por la ética.

Precisamente para ayudar al racionalista18 Dr. Schimper en su búsqueda fatigosa, pero tanto más determinada búsqueda de la ver­dad, De Jacobis escribió, expresamente para él, un breve pero denso texto sobre la Eucaristía, una especie de Pequeña Suma de Teología Eucarística («Summula thelogíae eucaristicae»). Comentando la pre­gunta sincera de Schimper, Justino se expresaba en estos términos: «[…] no le faltaba, […] más que el don de la fe»;19 palabras que dejan entender una valoración lisonjera del personaje en cuestión. Y que la búsqueda de la verdad fuera el valor prioritario y la mayor preocu­pación de entrambos, brota con fuerza desde los textos: nueve veces en las dos cartas20 de Schimper y seis veces en el texto de Justino sobre la Eucaristía,21 refiriéndose a su búsqueda, se habla de un asunto sostenido por «amantes de la verdad».22 La suya es una especie de misión común en la que el culto apasionado a la Verdad les capa­cita para un ministerio diverso, mas complementario, al interno de la comunidad de los creyentes: «Con tantas razones para estar separados entre nosotros para siempre, el buen Dios había dado a nuestras almas una condición tal que desde el momento que nos encontramos, ya no podíamos sino estar juntos, y abrir mutuamente nuestro corazón para descubrir e mandato que nos habían dado al enviarnos a Abisinia y que teníamos que cumplir. […] somos dos seres privilegiados, destinados a realizar el designio amoroso del verdadero amigo de los hombres, […] Señor he aquí la finalidad de nuestra vocación que el buen Dios nos ha dado enviándonos a Abisinia».23 La fuerza del amor intensifica la cualidad y el empeño de la investigación. Este ardiente amor lo ha esperimentado todo el que con esfuerzo y tenacidad ha conseguido llegar felizmente al puerto de la verdad,24 felicidad colmada, en la perspectiva indicada por el Maestro: «La verdad os hará libres».

La petición del Dr. Schimper no podía ser más explícita y con­creta: «Ya que vuestro amor puede servirme como un medio de ilumi­nación, os suplico que me hagáis alguna pequeña observación, sencilla y breve, […] sobre lo que se refiere a la comunión, de modo que […] yo pueda repetir […] la presencia real de Cristo que está en la hostia y en el vino, que son su carne y su sangre. No me falta más que esto para ser católico y declararme tal. […] no me atrevo a pensar que sea un buen católico si no poseo una completa prueba o certeza de que en la comunión está la verdadera presencia de Cristo».25 Disponiéndose con caridad pastoral a acoger la petición del científico tedesco, De Jaco-bis anticipa la sensibilidad y los contenidos del documento conciliar sobre el ecumenismo, hasta en sus mismas palabras: «[…1 ha llegado el momento en que el buen Dios quiere dar una bella prueba a nuestros hermanos separados del inefable querido misterio de la presencia real de Jesucristo […] nuestro hermanos no tienen ya gran dificultad para unirse a los hermanos amados en la gran casa de nuestro Padre común».26 Señal ésta de que los santos, bajo la acción iluminadora del Espíritu Santo, anticipan intuiciones y valores que a los cristia­nos nos es dado recoger sólo gradual y fatigosamente, en un lapso de tiempo mucho mayor.

Sorprendentemente aún antes de adentrarse en la viva discusión teológica y sin esperar a hacer el balance de sus argumentos sobre la eucaristía, San Justino de Jacobis hace una declaración de amor respecto a sus hermanos separados: «[..] i Protestantes que yo amo «.27 Para él, aún incluso antes que fijar donde está la verdad, es de ca­pital importancia buscar el fundamento de la unidad y la concor­dia, porque «Al atardecer de la vida nos examinarán sobre el amor».28 Y la Eucaristía es la cumbre y la fuente inagotable del mandamiento del amor. «Y sobre todo esto, la caridad que es el vínculo de toda perfección» (Col. 3,14). Amor que distingue a los seguidores de Jesús: «En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os améis los unos a los otros» (Jn. 13,35), amor que fundamenta la comunión entre os hombres, condición indispensable para una comunión duradera con Dios y entre sí: «[..] los que están unidos por el amor, lo están inse­parablemente para siempre».29

Lo que dice el pensamiento, su contenido, y el sentir íntimo del corazón de Justino de Jacobis están en perfecta sintonía con el espí­ritu ecuménico del Beato Juan XXIII, del Vaticano II y del magisterio ordinario de la Iglesia: «Es mucho más fuerte lo que nos une que lo que nos separa«.30

3. «Se trata de hacer justicia a la verdad»31

«[..] os halláis iluminados más que por el buen sentido, porque estáis animados de un vivo deseo de la verdad sobre las principales dificultades. [..] la fuerza de la verdad tiene un poder inmenso sobre almas como la vuestra».32 Estas reconocidas e innegables disposicio­nes interiores del naturalista alemán, muestran a De Jacobis particu­larmente audaz y al mismo tiempo exigente, al proponerle nuevas metas, cada vez más difíciles de conseguir, sólo a costa de una entrega y constancia fuera de lo ordinario: «Y como el amor hacia los amigos acerca a Jesucristo y el amor a Jesucristo acerca a los ami­gos, yo satisfago uno y otro deber, gran deber de mi alma, ofrecién­doos por escrito las razones que deseáis».33 Y San Justino ofrece al Dr. Schimper como fuentes de estudio, de investigación y de refle­xión, estos cinco medios fundamentales: 1º) El depositum fidei de la Iglesia: «[…] hay que creer lo que la Iglesia ha creído siempre: y la Igle­sia ha creído siempre la Presencia Real».34 Y añade con la detallada precisión de quien es consciente de la gran responsabilidad que pesa sobre quien transmite la verdad, como para poner en guardia a Schimper: «Las impresiones personales no son una buena guía para nuestra fe, hay que referirse a las interpretaciones de la Iglesia pre­sidida por su Jefe natural al que competen cuestiones como esta».35 2º) La Sagrada Escritura en general y los Evangelios en particular: «[…] un libro en el que el Espíritu Santo que lo ha escrito, se mani­fiesta por doquier […]»,36 «[…] los Santos Padres han dicho que la Palabra de la Escritura está llena de grandes frutos».37 «Tomemos así el Evangelio y leámos, sin comentario alguno, el libro sobrehumano.38 […]Después continuando la lectura, entrad en el capítulo 6 de San Juan y encontraréis la escena de la multiplicación de los panes; la nece­sidad de la fe y finalmente el escándalo de los cafarnaítas ante la manera clara y repetida con que Jesús dice que es necesario comer su carne y beber su sangre para participar en la vida eterna».39 En el lute­ranismo la piedad eucarística se fundamenta sobre todo en la Pala­bra de Dios, ya que el sacramento es visto como una palabra en acto, que se demuestra por su misma presentación. Gracias a su profunda teología de la Palabra y de los sacramentos, el luteranismo testimo­nia que la Cena puede ser vivida como la misma Palabra en base a la cual el fiel es justificado por la fe y no por las obras de su piedad.40 3º) Los libros de la Liturgia Ge’ez: «[…] El Libro Ritual de esta Iglesia es del tiempo de San Frumencio, de Atanasio, del siglo de oro de la fe cristiana. Ahora, dado que en este libro se encuentra expresada la creen­cia católica sobre la Presencia Real con fórmulas quizá más vivas de las que tenemos en nuestro Ritual Latino [..], os pongo a disposición las palabras de la liturgia en la lengua original con su traducción; consultad por vuestra parte los Textos, pedid a los doctores [ ..]».41 4º) Los Padres de la Iglesia: «[ ..] puedo asegurar que en la lectura de los Santos Padres, que ha sido una de mis casi continuas ocupacio­nes, he encontrado por doquier la confirmación de esta verdad».42 5º) El magisterio solemne de la Iglesia y la historia del dogma: «[..] La encuentro hasta en los más antiguos concilios».43 «Es lo que nos dice el Concilio de Florencia cuando hablando de las ofrendas de la comunión, nos dice que se trata de la coadunatio hominis ad Chris­tum».44 Aquí San Justino recuerda oportunamente la íntima conexión entre encuentro y eucaristía, donde encontrarse significa reconci­liarse con los hombres y con Dios. Y precisamente en este contexto de fidelidad y de asentimiento interior al magisterio de la Iglesia, y por lo tanto de autentica comunión (comun-unión), es donde Jus­tino coloca el peculiar ministerio petrino: «[..] el Católico quiere oír la voz misma de Dios a través de aquel a quien Jesucristo ha dicho: el que os recibe, me recibe a mí mismo».45

La unidad pertenece a la naturaleza misma de la Iglesia, en su características esenciales y en su notas fundamentales: una, santa católica y apostólica. Unidad como motivo sobre el que se basa su credibilidad en el mundo: «Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn. 17,21).

4. La Eucaristia, fuente de la misión

El deber misionero de evangelizar a todas las gentes. «Id, pues, y enseñar a todas las naciones» (Mt. 28,19), se basa en el bautismo que confiere el carácter indeleble de hijos de Dios; eso comporta un estilo de vida cristiana, centrado sobre la propuesta evangélica y sobre el cumplimiento de la Ley. De ello, la Eucaristía es la cumbre y el ejemplo más cabal. El anuncio del Evangelio tiene su núcleo central en la Eucaristía como sacramento de comunión con Dios y con los hombres-hermanos. Hoy, más que nunca, la misión es comu­nicación de esta experiencia de comunión, compartiendo con los demás los frutos de un exigente compromiso de comunión y de soli­dariedad, sobre todo a favor de los más pobres. En ella están com­prometidos todos los bautizados, cada uno conforme a la propia llamada, dentro de la comunidad eclesial. Es interesante notar la íntima relación que Justino establece entre la Eucaristía y el miste­rio de la Encarnación como voluntad reiterada por parte de Dios, de comunicar con el hombre, de establecer con él una relación cada vez más personal y duradera. En la encarnación, Dios ha bajado en Cristo y ha asumido él mismo la precariedad, los límites, la fragilidad del ser humano: «A los que creemos en la comunión que se establece entre lo finito y el infinito, entre la debilidad y el poder, entre Dios y el hombre, en la gran obra de la Encarnación, no debe parecernos impo­sible, la otra comunicación que podría establecerse entre ellos, […1 para los que creen en el misterio de la encarnación no debe haber ninguna dificultad en creer en todos los medios misteriosos que el buen Dios ha usado para comunicarse con el hombre y sobre todo, añado yo, por medio de la comunión. […1 Y por esto, él ha unido la humanidad a Dios con lazos tan estrechos que son precisamente los lazos de la Encarnación. […1 Todos los otros sacramentos, por consiguiente, que nos ponen más o menos, en esta dichosa y noble comunión, no hacen sino referencia a esta mayor comunicación que nos da, conforme a la afirmación de Cristo, la vida eterna».46 La Eucaristía representa el vértice al que tiende la actividad evangelizadora de la Iglesia, que tiene como prioridad absoluta, la de llevar a todos los hombres a la perfecta comunión con Dios por Jesucristo, sacramento universal de salvación, que al entrar en su existencia, la transfor­mará. La Eucaristía es la pregustación de un mundo nuevo, en el que la solidariedad y la paz podrán terminar con los pecados contra la unidad perpetrados a los largo de los siglos, por un hombre contra otro hombre (cf. Gen. 4,8 ss.). En esta perspectiva, la Eucaristía, como sacramentum unitatis et caritatis, representa la referencia final del ecumenismo empeñado en la búsqueda de la unidad de la fe. La fe es el principio dinámico del origen de la misión, por medio de la cual el mundo llega a ser sacrificio vivo agradable a Dios.

Además de los aspectos que hemos considerado, para Justino de Jacobis se da una estrecha relación entre eucaristía y compro­miso moral, formación de las conciencias y estilo de vida evangélico.

La eucaristía es una fuente perenne de fuerza moral que lleva nece­sariamente al creyente al testimonio de los valores evangélicos en la sociedad en la que vive: «[ … ] los dogmas de la religión [ … ] inspiran una especie de culto religioso hacia los cuerpos que han recibido o se preparan para recibir un alimento totalmente divino. Hay que leer a San Pablo para conocer el uso victorioso que ha hecho para impedir los desordenes de la incontinencia o del adulterio y los más deplora­bles de todos los desordenes sociales. Cuando manda honrar los cuerpos, hechos miembros de Jesucristo, no sólo para una comuni­cación mística y metafísica, que apenas ejercen estímulo alguno en el corazón humano, sino para una comunicación verdadera, justa, con­tinua y aún material. Que sea tan poderosa en los fieles que les impida todos los abusos de una carne destinada a resucitar por el derecho que ha adquirido como consecuencia de la admisión a la comunión».47

En el transcurso de los siglos, la Eucaristía ha infundido siempre nuevas energías en las opciones impopulares y en los compromisos morales contra corriente que están llamados a asumir los cristianos. Aunque desgraciadamente tengamos que admitir que no son siempre distinos de los otros hombres a la hora de resistir la tentación de la corrupción. A propósito, es importante recordar lo que afirma el Vaticano II: «Ecclesia sancta et semper reformanda».48 Para el cumpli­miento del mandato misionero de la Iglesia es de capital importancia el testimonio de los cristianos. Juan Pablo II ha dado una enseñanza y un ejemplo autorizados: «No hay testimonio sin testigos, como no hay misión sin misioneros».49

Conclusión

El luminoso ejemplo de San Justino debe inducir a los cristianos a testimoniar con más fuerza, convicción y coherencia la presencia de Dios en nuestra sociedad y a no tener miedo de hablar de él, de bus­car personalmente la verdad y de enseñarla a los demás a hacer otro tanto. De la Eucaristía brotó su audacia para confesar la fe en Cristo en los duros tiempos de la persecución en Abisinia: «Misterio que nos hace considerar a todos los individuos de la familia humana como partes verdaderas del Cuerpo de Jesucristo; nos inspira un gran interés por hacer el bien a los demás y confortar a la humanidad que sufre».50

Habiendo experimentado innumerables veces nuestra fragilidad y discontinuidad en la búsqueda de la unidad de la Iglesia, debemos rezar a fin de que Cristo venza nuestras resistencias y nos transforme a cada uno de nosotros de discípulos miedosos en testimonios creí­bles de su amor en el mundo, en el que prevalezca la solidaridad, el diálogo, el respeto a las personas y una ilimitada confianza en la misericordia de Dios, manifestada en el misterio pascual de su Hijo Unigénito.

La Iglesia no debe nunca dejar de pedir que vuelvan los días de la comunión y de la plena unidad de los creyentes en Cristo.

Señor, acuérdate de cuanto has prometido.
¡Haz que seamos un solo Pastor y un solo rebaño!
No permitas que tu red se desgarre,
y ayúdanos a ser servidores de la unidad
.51

De la Eucaristía brotará la fuerza secreta que superará las fronte­ras de la división y las transformará en un mundo capaz de comu­nión a través de la diaconía y del agape, sobre todo a favor de los que han soportado las consecuencias de las heridas de la discordia y de la división.

 

 

  1. Escritos, Volumen II, Epistolario, C.L.V.-Edizioni Vincenziane, Roma 2003, 557, 567 y 1473. Editados por primera vez: el Diario en el 2000 mientras que el Epistolario en el 2003, con un total de 2.370 páginas que constituyen un auténtico y en verdad imponente corpus de los escritos de San Justino de Jacobis. Desgraciadamente otros escritos se han perdido. «[…] camino de Roma, había echado al fuego todos mis escritos […]» (Epistolario, 889).
  2. Justino, en sus escritos, hace muchas veces referencia a las dificultades del clima abisinio: «La canícula mata, los barrancos son impracticables… Las serpientes que matan instantáneamente a un hombre, abundan en el camino. [..1 Ardiendo de sed[…]» (Epistolario, 784
  3. Construcción de cruz griega del siglo XV. El interior fue repetidamente modificado en los siglos sucesivos. La iglesia fue embellecida con un precioso baptisterio y con una cúpula de la escuela de Luigi Vanvitelli (1700-1773
  4. San Justino de Jacobis murió exactamente dos siglos después que su fundador.
  5. El lema oficial de la Congregación de la Misión es «Evangelizare paupe­ribus missit me» (Lc. 4,18, cf. SAINT VINCENT DE PAUL, Correspondance, entre­tiens, documents, éd P. Coste, 14 voll., París 1920-1925, vol. XII, 84-85).
  6. En el siglo XVII se hablaba de la Eucaristía como el sol de los sacramen­tos y también el centro de la religión.
  7. Apenas pasados cuatro meses de su elección a la sede de Pedro (2 de marzo, 1939), Pio XII lo beatífico, 25 de junio de 1939, en tanto que Pablo VI lo inscribió oficialmente en la lista de los santos el 26 de octubre de 1975.
  8. Cf. S. PANE, Il Beato Giustino de Jacobis della Congregazione della Mis­sione, Vescovo titolare di Nilopoli, primo Vicario Apostolico di Abissinia. Storia critica sull’ambiente e sui documenti, Editrice Vincenziana, Napoli 1949, p. 83.
  9. El celebérrimo «Contemplata alüs tradere» (cf. STO. TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiæ, II.a II.æ, q. 188, a. 6).
  10. Durante 15 años, del 1824, año de su ordenación sacerdotal (12 de junio) al 1839, año de su partrida para Abisinia (24 de mayo), su ministerio se cen­tró sobre todo en la Puglia y en la Capania,
  11. Cf. S. PANE, o.c., 87-88.
  12. Se trata de dos sacerdotes, los PP. Poussou, Prefecto Apostólico, y Rey­gasse y de un coadjutor H. Martin, todos de nacionalidad francesa…
  13. Cf. Summarium, n. VI, 191.
  14. Diario, parte II, C.L.V.-Edizioni Vincenziane, Roma 2000, 448-449.
  15. Ibid., 425-426. Esta petición a De Jacobis se convertirá en una letanía in­terminable: «[…]pido al menos ser ilustrado […]»(ibid., 425, 426, 451, etc…).
  16. Ibid., 427.
  17. Justino añade otro «[ …] Robespierre Gran Sacerdote della Ragione […]» (ibid., 434).
  18. Comentando esta peculiaridad protestante, De Jacobis se expresa así: «[…] hombre tan racionalistas a los que pertenecen muchos Protestantes» (ibid., 436).
  19. Ibid., parte III, 619.
  20. Cf. 24 febbraio 1843, in Diario, parte II, 424-428; cf. 8 aprile 1843, ibid., 448-453.
  21. Cf. 18 marzo 1843, ibid., 428-442.
  22. Ibid., 431.
  23. Ibid., 428-430; cf. Epistolario, 931.
  24. Cf. S. AGOSTIN, Confessioni, lib. 7, 10, 18; 10, 27, en C.S.E.L., 33, 157- 163, 255.
  25. Diario, parte II, 426-427. Lutero, que creía en la presencia real, pero de un modo diverso al católico, rechazaba el concepto escolástico de transibstan­ciación. La fidelidad a la Palabra de Dios le hacía rechazar algunas de las prácticas más recientes de su tiempo. Celebrar la Cena del Señor implicaba la comunión efectiva de los cristianos. La comunión bajo las dos especies, el utraqueismo, venía de la institución de la Cena por parte de Cristo. Sobre este terreno surgió el desacuerdo entre los reformadores Después Karlstadt y también Zwinglio se separó de Lutero, porque la Cena era la representación simbólica del sacrificio del Calvario, mientras para Calvino, Cristo se da en el momento mismo de la comunión. Diso no necesita del pan ni del vino para comunicar su gracia, sino que lo hace independientemente, por obra del Espíritu.
  26. Ibid., 429; cf. Epistolario, 739, 777 y 905; cf. Unitatis redintegratio, cap. I, 3; cap. II, p. 12. La fecunda expresión «el buen Dios», repetida muchas veces por Justino, evoca el soplo místico de análogas expresiones en Santa Teresa del Niño Jesús: «Si una mañana, me encontráis muerta, no tengáis pena; es simplemente que el Buen Dios habrá venido a buscarme» (Novíssima Verba, 28).
  27. Diario, parte II, 430. Las expresiones de estima hacia los protestantes son numerosas: «[..] tengo la más favorable opinión sobre los conocimientos y sobre el espíritu de las naciones del Norte [..]» (ibid., 433), «[..] una nación ilustrada cono lo son en general los cristianos del Norte [..]» (ibid., 436), «[..] entre los protestantes hay personas verdaderamente instruidas» (ibid.).
  28. S. JUAN DE LA CROCE, Parole di luce e di amore, n. 57.
  29. Diario, parte II, 428.
  30. JUAN XXIII, Ad Petri Cathedram, 29/VI/1959, p. 513; Gaudium ete Spes, 92; JUAN PABLO II, Ut unum sint, 25/V/1995, 1, p. 20.
  31. Diario, parte II, 430; para semejanzas paulinas, véase Ef. 4,15.24.
  32. Ibid.
  33. Ibid., 430-431. La lengua usada es el francés, a veces difícil de com­prender, porque no la dominan ninguno de los dos interlocutores: «Os pido(grandemente) perdón por el inconveniente de mi escritura. No tengo un diccio­nario de la lengua que no conozco bien y que sin embargo querría hablar cada vez que tengo el honor […] de escribiros» (Epistolario, 78). «[…] mi francés es un tanto salvaje y bárbaro […]» (ibid., 1075).
  34. Ibid.
  35. Ibid., 431.
  36. Ibid., 431-432.
  37. Ibid., 438.
  38. «Evangelium sine glossa», solían aconsejar San Francisco y una nutrida pléyade de maestros espirituales.
  39. Diario, parte II, 431-432.
  40. El luteranismo, fiel a la Confessione di Augusta (1530), enseña una lec­ción que no ha perdido nada de su actualidad y que todas las iglesias deberían recordar más a menudo: la participación en la Eucaristía como en otros sacramentos, tiene valor, sólo en a fe y aprovecha espiritualmente sólo por medio de la fe.
  41. Ibid., 429-430. La publicación de los Libri liturgici ha representado para la Ortodoxia lo quee el Concilio de para el catolicismo. La publicación de los textos litúrgicos ha terminado con la fecunda creatividad y exuberancia de la liturgia ortodoxa.
  42. Diario, parte II, 433.
  43. Ibid.
  44. Ibid., 439. El Concilio de Florencia (1439-1442) es importante porque sancionó la unión con la Iglesia Ortodoxa Griega.
  45. Ibid., 435. Justino se refiere a Lc. 10,16: «El que os escucha a vosotros me escucha a mí», o también a Mt. 10,40: «El que os acoge, me acoge a mí».
  46. Diario, parte II, 436, 439-440. Conforme al genuino sentir de Justino, no es sino por la condescendencia y autodonación de Dios por lo que nosotros recibimos el sacramento de la eucaristía.
  47. Ibid., 441. Para Justino el eros de la creatura es asumido y trasformado por el ágape de Cristo, viniendo así a ser un abrazo transformante e beatifi­cante en la comunión sacramental.
  48. Lumen Gentium, 8.
  49. Redemptoris missio, en A.A.S., 83 (1991), 309-310.
  50. Diario, parte II, 441-442.
  51. BENEDICTO XVI, Homilía del 2 de abril de 2005, en El Observatore Romano, 25 aprile, 2005, p. 5. También San Justino habla de los tiempos feli­ces de la unidad, pero con un tierno acento mariano: Que el Inmaculado Corazón de María haga, con su intercesión que pronto despunte el día que […] deberá llenar de tanto gozo a toda la Iglesia (Epistolario, 777).

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