La espiritualidad vicenciana del Laico Vicenciano

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: José Ignacio Fernández Hermoso de Mendoza, C.M. · Año publicación original: 1994.

Conferencia pronunciada en Mexico, D.F. el 5 de Febrero de 1994.


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Comenzaré la exposición del tema que me fue encomendado con un saludo muy cordial a todos ustedes. A cuantos, perteneciendo a una u otra asociación de San Vicente de Paúl, forman parte de la gran Familia Vicenciana.

Una significativa representación de Padres y Hermanos de la Congregación de la Misión, Hijas de la Caridad y Laicos Vicencianos, se encuentra estos días reunida en la capital de México. El motivo es de todos conocido: hace 150 años llegaron a este país los primeros Misioneros e Hijas de la Caridad. A partir de esa fecha tan memora­ble la Familia Vicenciana fue consolidándose a medida que pasaban los años.

Las conmemoraciones sirven para evaluar el pasado, pero tam­bién para proyectarnos con nuevas energías hacia el futuro. Y, sobre todo, para dar gracias a Dios porque siempre acompañó a los hijos e hijas del Santo de la Caridad en esta parte del mundo.

La comisión encargada de organizar estas jornadas me invitó a preparar una conferencia con el siguiente título: La espiritualidad vicenciana del laico vicenciano. Con mucho gusto paso a exponer el tema que me fue encomendado.

En todos los países que he visitado a lo largo de mi vida he encontrado, sin excepción alguna, hombres y mujeres pertenecientes a la Familia Vicenciana. Mas en particular, en cada una de esas naciones he tenido la oportunidad de presenciar obras de evangelización, asistencia y promoción social a cargo de alguno de los laica-dos vicencianos. En realidad la Familia Vicenciana es hoy un hecho eclesial de proporciones universales. Se trata de una espiritualidad y de una manera de vivir la propia condición cristiana al estilo de San Vicente de Paúl. No deja de ser consolador el hecho de ver a tantos miembros de la Iglesia, esparcidos por los cinco continentes, cada uno siendo consecuente con su propia vocación, Misioneros, Hijas de la Caridad y Laicos Vicencianos, compartiendo idéntica herencia, la que un día nos dejara, como el mejor de los regalos, San Vicente de Paúl.

Declaro ante ustedes, con mucho regocijo por mi parte, el gozo que experimento en este momento, al encontrarme con tan numeroso y representativo grupo de laicos vicencianos en la capital de México.

El título de la disertación, en cuanto tal, da por supuesto que existen diversos laicados vicencianos. En consecuencia, se me pide que trate de poner en evidencia los rasgos de la propia espiritualidad, que no es otra que la vicenciana, compartida por tantos laicos vicen­cianos, sea cual fuere el nombre, el tiempo y el lugar donde se encuentren. Procuraré, pues, ceñirme lo más posible al tema.

Todos los cristianos compartimos la misma fe en el Dios que nos ha dado a conocer Nuestro Señor Jesucristo. Todos nosotros trata­mos de dar una respuesta a la llamada a la santidad que el Señor nos ha dirigido en su Evangelio. (LG, 42). En este sentido, cada uno de los bautizados se encuentra, en cuanto miembro de la misma y única Iglesia, en idéntica situación que los demás hermanos. Su primera responsabilidad consistirá en reproducir en sí mismo, a partir de la vocación bautismal, el hombre o la mujer nueva, a tenor de los gran­des valores evangélicos.

Esta noble tarea es, como digo, responsabilidad de todos los miembros de la Iglesia, de todos los bautizados sin excepción. Hom­bres nuevos fueron Jesús, los santos y tantos otros cristianos que asu­mieron con entereza su condición de seguidores de Cristo. Denomi­namos hombres y mujeres nuevos a quienes en su vida han renovado su mente y sus criterios por medio de la conversión; a los que se han revestido, como dice San Pablo, de Cristo; a los que con Cristo han resucitado a una vida nueva, conforme al evangelio.

No hay lugar a diferencias ni distinciones entre los miembros del pueblo de Dios, a la hora de encarnar en la vida de cada cual los postulados básicos y fundamentales que acabo de recordar. Como tampoco debería haberla a la hora de reproducir en la propia vida a Jesucristo evangelizador y servidor de los pobres. La entrega plena a Dios y el anuncio del evangelio a los pobres con palabras y hechos, resulta ser competencia, según nos lo pide el Señor, de todos los cris­tianos.

No obstante lo dicho hasta ahora, de hecho, la comunidad ecle­sial, comunión de los bautizados, se ha visto enriquecida con distin­tos dones o carismas. El Espíritu Santo ha otorgado, según su beneplácito, dones especiales cuando así lo ha dispuesto y a quien ha tenido a bien favorecer. De esta manera han ido apareciendo histó­ricamente dentro de la Iglesia diversas corrientes de espiritualidad. Cada una de ella nace a partir del modo o manera como un hombre de Dios ha leído el evangelio y ha contemplado a Jesucristo.

San Vicente de Paúl recibió de Dios una gracia especial. Después de bastantes años de búsqueda y de superación del egocentrismo per­sonal y familiar que le dominaba, se decidió a seguir de cerca a Jesu­cristo, en cuanto evangelizador de los pobres. Fue entonces cuando se originó un hecho de particular relieve. San Vicente emprendió un camino propio, el de la evangelización y promoción de los pobres, en el que empleó todas sus fuerzas hasta el final de sus días.

Nunca, sin embargo, anduvo a solas por la vida ni vivió su entrega a los pobres como una experiencia exclusivamente personal sino compartida con otros. Todas las instituciones vicencianas, Padres de la Misión, Hijas e la Caridad y Señoras de la Caridad, actuaron siempre en colaboración.

Las diversas fundaciones vicencianas fueron apareciendo gra­dualmente, marcadas en cada caso con un doble distintivo: la visión que el Santo tuvo de Jesucristo en cuanto evangelizador de los pobres y el modo comunitario de actuar.

Como quedó dicho, los laicados vicencianos son numerosos. Algunas asociaciones se encuentran extendidas por el mundo entero. Otras se ciñen a una o unas pocas naciones. En una parte llevan un nombre y, a veces, el mismo laicado, en otro lugar se denomina de manera distinta.

Personalmente he mantenido una relación frecuente desde hace bastantes años con cuatro de los laicados vicencianos conocidos: Voluntarias de la Caridad, cuyo nombre oficial es ahora Asociación Internacional de Caridad; la Asociación de la Medalla Milagrosa; las Conferencias de San Vicente de Paúl y las Juventudes Marianas Vicencianas.

Voluntarias de la Caridad

Las Voluntarias de la Caridad, llamadas a veces Voluntarias Vicentinas, fueron fundadas por San Vicente de Paúl, siendo párroco de Chatillon, el día 8 de Diciembre de 1617. Se trata de la primera de sus fundaciones. Las dotó de estructuras sólidas, realistas y eficaces. Durante algo más de tres siglos y medio han actuado contra muy diversas formas de pobreza. Hoy las Voluntarias de la Caridad regu­lan sus actuaciones a tenor de unos nuevos estatutos. La AIC es en la actualidad un movimiento eclesial y laical, que mantiene estrechos vínculos espirituales y pastorales con la Congregación de la Misión y con las Hijas de la Caridad. Su fin propio consiste en ayudar a todo el que sufre por uno u otro motivo. Actúan siempre en cuanto miem­bros de la asociación. La espiritualidad vicenciana impregna toda la vida de este laicado.

Sociedad de san Vicente de Paúl

Fue fundada por Federico Ozanám y sus compañeros en París el año 1883. «Puesta bajo el patronato de San Vicente de Paúl, se ins­pira en su pensamiento y en su obra, esforzándose en aliviar, con espíritu de justicia y de caridad a aquellos que sufren, y haciéndolo por medio de un compromiso personal » (Reglamento de la Sociedad S.V. de Paúl, n. 1).

Las Conferencias de San Vicente, siendo autónomas, mantienen una relación estrecha con la Congregación de la Misión y con las Hijas de la Caridad en todo el mundo. Los miembros de las Confe­rencias esperan de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad el apoyo espiritual y el reforzamiento del carisma vicen­ciano.

Las Conferencias de San Vicente se consideran miembros de la Familia Vicenciana. Están presentes en el mundo entero. El número de afiliados asciende a unos 800.000.

Recientemente nuestro Superior General ha dirigido a los misio­neros de la Congregación de la Misión la siguiente recomendación:

«Espero que la C.M. en los cinco próximos años desarrolle un con­tacto vital y activo con los grupos de laicos vicencianos y que sean capaces de contribuir a su formación como nos lo piden con frecuen­cia » (R. Maloney, París, Agosto 1993).

Por otra parte, sigue diciendo el Superior General, la normativa de la Congregación de la Misión nos pide que nos impliquemos en la formación del laicado en lo concerniente a la evangelización de los pobres y en general a la formación y espiritualidad vicenciana.

Asociación de la Medalla Milagrosa

Se trata de una asociación que surge con las manifestaciones de la Virgen a Santa Catalina Labouré, que tuvieron lugar en París el año 1830. Los socios se proponen imitar a la Virgen María, primera cristiana, y procuran una sólida formación para vivir según la fe en los diversos ambientes.

La asociación de la Medalla Milagrosa contiene un claro matiz vicenciano. La Virgen se manifestó a una Hija de la Caridad. De hecho, la asociación, asesorada por los misioneros de la Congrega­ción de la Misión y las Hijas de la Caridad, enfoca el apostolado hacia los pobres. Junto a la devoción mariana y la santificación per­sonal, hoy encuentra un fuerte eco en la asociación de la Medalla Milagrosa la vertiente caritativa y social.

Juventudes Marianas Vicencianas

La antigua asociación de Hijos e Hijas de María ha derivado en la actualidad en la Asociación Internacional de Juventudes Marianas. Este nombre en algunos países ha sido cambiado por el de Juventu­des Marianas Vicencianas. La asociación se propone estos fines: la santificación de sus miembros, la devoción a María y a San Vicente, la evangelización y el servicio a los pobres e, incluso, la misión «ad gentes «.

Juventudes Marianas Vicencianas guarda desde su nacimiento una estrecha relación con toda la Familia Vicenciana. Se trata en la actualidad de un movimiento laical implantado en bastantes de los países de habla hispana.

* * *

¿En qué medida la espiritualidad vicenciana configura a los lai­cados vicencianos y, en particular, a los más conocidos? ¿De qué ingredientes, extraídos de la espiritualidad vicenciana, participan estos laicados? Al formular ambos interrogantes recordemos una vez más el título de esta conferencia: Espiritualidad vicenciana del lai­cado vicenciano. Si no interpreto mal, el título se refiere a esa aguas que recorren y fecundan el cuerpo y las estructuras de los diversos laicados; a esa savia que les proporciona vitalidad y carácter propio.

La espiritualidad cristiana es sustancialmente única. Las expre­siones, por el contrario, son múltiples. El Concilio Vaticano II men­ciona la espiritualidad sacerdotal, religiosa y laical; también la espiritualidad centrada en la contemplación o en la acción. Incluso las distintas Ordenes o Congregaciones han originado diversas escue­las de espiritualidad: la franciscana, la jesuítica y la vicenciana.

La espiritualidad laical, por su parte, cuenta con características propias. Es secular y se encarna en la múltiple realidad del mundo: familia, trabajo, cultura y vida social. El laico testimonia a Cristo con la palabra y los hechos, en medio del mundo, al que trata de trans­formar.

¿Qué aporta, repito, la espiritualidad vicenciana a la espirituali­dad laical? ¿Qué matices y qué colores propios le proporciona? ¿Cuál es el resultado del mutuo encuentro? ¿Qué es lo primero y esencial de la espirtualidad vicenciana y, en consecuencia, lo comunmente compartido por los diversos laicados vicencianos?

Me permito enumerar y comentar algunos de los elementos pro­pios de la espiritualidad vicenciana, que en mayor o menor grado se encuentran presentes en la entraña de los laicados propiamente vicencianos.

Primero Dios

Mis propios oídos han escuchado esta hermosa expresión en dis­tintos lugares de América Latina. Primero Dios. Para San Vicente el punto de partida se sitúa en el encuentro personal con Dios, al que descubrió en realidad al ponerse en contacto con los pobres.

Sin una fe profunda y vital al laico vicenciano le faltarían pronto las energías para la vida apostólica. Nos dice el evangelio, leído con frecuencia por san Vicente, que Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado y venido a este mundo nuestro, se mantuvo siempre abierto a la tras­cendencia de Dios Padre. Jesucristo vino a este mundo, procedente del Padre. El punto de arranque de Jesucristo, el que recorre los caminos de Galilea, se encuentra en el ámbito Trinitario de Dios. Esto supuesto, las actitudes de Jesús con relación a Dios Padre fue­ron, según San Vicente, de diálogo oracional, de recuerdo frecuente, de humildad, de veneración y de seguimiento de la voluntad del Padre, de confianza y de amor. «Hay que imitar al Hijo de Dios que no hacía nada sino por el amor que tenía a Dios Padre » (SVP IX, 20).
San Vicente asimiló esta lección. Actuaba en todo desde Dios. Como Jesucristo, también el Santo de la Caridad vivía en apertura a la trascendencia de Dios, con quien contaba en todo y para todo. La relación con Dios fue una constante en la Vída de San Vicente.

El laico vicenciano, precisamente en este momento de secula­rismo ambiental, necesita igualmente un arraigo y una relación pro­funda con Dios.

Seguimiento de Jesucristo

San Vicente admiró los hechos sencillos siempre y las palabras que pronunció el Hijo de Dios venido y presente en este mundo. La vida de Jesús comprende todos los pasos sin excepción dados en esta tierra por su santa humanidad. Dirigiéndose a las primeras Hijas de la Caridad, San Vicente les decía: podéis imitar los misterios de la vida de Jesús «su encarnación, su natividad, su vida en Nazaret, como obediencia a su santa madre y a San José, y en fin, todos los demás pasos de la vida del Hijo de Dios, desde el nacimiento hasta la muerte » (SVP IX, 574).

San Vicente fue un fiel seguidor de Jesucristo. Intentó imitarle en todo: en el padecimiento, en el trabajo, en la obediencia, la pobreza, la humildad, y en la pasión y evangelización: «Nuestro Señor Jesu­cristo es el verdadero modelo y el cuadro invisible sobre el cual hemos de ir plasmando nuestras acciones » (SVP XI, 212).

El laico vicenciano, fiel al Santo Patriarca de la Caridad, se com­promete, pues, a seguir las huellas de Jesucristo. Se remitirá en todo a Jesucristo. El es el maestro. Los miembros de los distintos laicados vicencianos, siguiendo la costumbre de San Vicente, harán bien en preguntarse con frecuencia: ¿Qué haría ahora Jesucristo?

Jesucristo, primer evangelizador de los pobres

San Vicente siguió a Jesús ante todo en aquello que el Señor practicó con más ahinco en este mundo: la evangelización liberadora de los pobres. De esos pobres de carne y hueso, en quienes llegó a ver representado al mismo Jesucristo en persona. En ellos descubrió una presencia peculiar del Señor. A este propósito pronunció aquellas sig­nificativas palabras: «cuando servís a los enfermos, tenéis que acor­daron también de que es a Nuestro Señor a quien representan » (SVP IX, 123); «al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo » (SVP IX, 252). Llegó a ver en ellos a Jesucristo. Basta dar media vuelta a la medalla para presenciar en tal o cual persona indigente a Cristo (SVP XI, 725).

Detrás de estas valoraciones se encuentran, sustentándolas, aquellas palabras de San Mateo: «porque tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber… cuanto hicistéis a uno de estos hermanos mios más pequeños a mí me lo hicistéis » (Mt 25,35-40).

Los miembros de la Congregación de la Misión, de las Hijas de la Caridad y de los distintos laicados vicencianos tratan de reproducir en la propia vida la misma experiencia que vivió San Vicente de Paúl. Esta no fue otra que seguir a Jesucristo en cuanto evangelizador y amigo cercano y entrañable de los pobres.

En la misión de la Iglesia

San Vicente amó y defendió a la Iglesia. A veces se avergonzó a causa de los pecados de los cristianos que afeaban el rostro de la Iglesia. Según el santo, sin credibildad la acción evangelizadora resulta poco menos que imposible. Por eso contribuyó con todas sus fuerzas a la reforma de la Iglesia de su tiempo en muy diversos cam­pos: el jerárquico, la formación sacerdotal, el parroquial y la acción caritativa.

Las instituciones vicencianas, Congregación de la Misión, Hijas de la Caridad y laicados estiman a la Iglesia, Pueblo de Dios, repre­sentada por el Papa y los Obispos.

Los laicos vicencianos se ven a sí mismos como enviados por la Iglesia a llevar a cabo la misión de Cristo, consistente ante todo en un amor explícito y cercano a las gentes necesitadas. Dentro de la comunidad eclesial, de la que se sienten miembros vivos, escogen y trabajan una parcela particular, la de los pobres y sencillos. Actúan siempre desde la Iglesia y en nombre de la Iglesia.

Las facultades del alma

Así definió San Vicente, dirigiéndose a los Misioneros, las virtu­des propias, que son: la sencillez, humildad, mansedumbre, mortifi­cación y celo por la salvación de las almas. A las Cofradías y a las Hijas de la Caridad les invitó a revestirse ante todo de las tres virtu­des evangélicas: la sencillez, la humildad y la caridad. En la espiri­tualidad de las Conferencias de San Vicente de Paúl cuentan, y no poco, las virtudes vicencianas.

Se trata de unas virtudes cristológicas y misioneras. Cristológicas porque las practicó de manera eminente Jesucristo. Apostólicas y misioneras porque quien se ha revestido de estas virtudes cuenta con las disposiciones necesarias para evangelizar y servir a los pobres. San Vicente las considera siempre en orden a la misión propia. Las virtudes vicencianas crean un estilo peculiar de vida y un modo de ser y actuar en quien las encarna y, por supuesto, en los laicados vicencianos en cuanto tales.

* * *

Junto a estos elementos básicos de la espiritualidad vicenciana, a los que he aludido, nos es posible individualizar otros principios doc­trinales e incluso de orden práctico, que se derivan de san Vicente y configuran hoy el modo propio de ser y actuar de los laicos vicencia­nos. Los enumero con brevedad.

En el punto de partida de la acción evangelizadora y social de los laicados vicencianos se encuentra una espiritualidad eminentemente cristológica y vicenciana, alimentada por la Palabra de Dios, los sacramentos y el contacto con los pobres.

El laico vicenciano refuerza la acción caritativa con una referen­cia explícita al Señor, a base de la oración frecuente, personal y com­unitaria.

Un presupuesto básico es la dignidad del pobre. Desde la fe se les considera como a miembros predilectos de Jesucristo, dignos de todo respeto.

Hoy los laicados vicencianos siguen remediando necesidades puntuales, pero, a la vez, se buscan las causas de la pobreza en orden a encontrar soluciones más globales y duraderas.

En los laicados vicencianos suman muchos puntos la verdadera compasión cristiana y la calurosa acogida y cercanía al pobre. El laico vicenciano se sitúa cerca del pobre y lo acompaña.

El laico vicenciano evangeliza a los pobres en conexión con la dinámica de la Iglesia local y, de algún modo, universal. Toda la acción caritativa se desenvuelve en unión con la Iglesia.

Algunos laicados vicencianos acentúan con especial énfasis la devoción mariana. Estos laicados a partir sobre todo de la reflexión postconciliar orientan sus actividades hacia la acción apostólica, asis­tencial y de promoción.

La acción caritativa y social de los laicados vicencianos se lleva a cabo en buena medida a través del contacto personal con el pobre,. de la cernanía y del dialógo. La caridad consiste en dar y darse. Los servicios, como quería San Vicente, son personalizados.

Cuenta mucho en la forma de acercarse al pobre el amor, la deli­cadeza y el respeto a la persona que sufre por cualquier motivo.

En la actualidad los laicados vicencianos tienden a ser en la práctica mixtos y abiertos a todas las edades. Por lo general, cuenta mucho la colegialidad como método y la participación. El espíritu de familia y el sentido de pertenencia a la propia asociación se suele mantener vivo. Sirven a los pobres en cuanto miembros de un equipo o comunidad.

El servicio a los pobres se realiza a través de tres cauces: el asis­tencial, el de promoción y el compromiso por la justicia. De la misma manera, el laico vicenciano anuncia explícitamente a Jesucristo sal­vador.

La acción caritativa y social de los laicados vicencianos no conoce fronteras. La caridad piensa en todos, lo mismo en el ámbito local que universal, tratando de aliviar las endémicas y las nuevas pobrezas. Sirven • a Jesucristo corporal y espiritualmente en la per­sona de los pobres.

El laico vicenciano no actúa unicamente por motivos humanita­rios, sino sobre todo porque se lo exige una espiritualidad inspirada en el evangelio y en San Vicente.

Por lo general los laicos vicencianos no se han mostrado procli­ves a la aparatosidad burocrática y administrativa. Al contrario, sus estructuras se caracterizan por la sencillez. Se comparte con los demás lo que se tiene, sin necesidad de que pase por muchas manos. Últimamente los laicados vicencianos se abren cada vez más a la colaboración con otras asociaciones que persiguen iguales o pareci­dos fines.

Actúan con estilo y a la manera propia, caracterizada por las for­mas humildes, la sencillez en el trato con los pobres, la discreción y la modestia vicenciana. Se desea evitar con toda intención todo lo que suene a publicidad y a ostentación.

Los servicios son pluriformes porque pluriformes son las situa­ciones personales, las pobrezas, las circunstacias sociales y los lu­gares.

Todos los laicados vicencianos consideran urgente la formación Integral de sus miembros, en orden a ofrecer mejores servicios. La formación abarca lo doctrinal, espiritual, vicenciano, pastoral y pro­fesional. Todo con miras al fin específico de la asociación a la que cada uno pertenece.

Los laicos vicencianos valoran su propio estado laical como una vocación peculiar que Dios les ha dado y la viven dentro de la com­unidad eclesial. Por el bautismo y la confirmación se han incorpo­rado al pueblo de Dios y han sido llamados a dar testimonio de su fe. Al mismo tiempo, llamados a una vocación secular y laical específica, como es la vicenciana, se sienten impulsados a la evangelización y servicio de los pobres.

Mi exposición se acerca a su fin. Antes de concluir quisiera for­mular ante ustedes un deseo y una petición.

San Vicente de Paúl es considerado hoy como el padre de incon­tables voluntariados, presentes en todo el mundo. Todos ellos parti­cipan del carisma vicenciano y consideran al Santo Fundador como al inspirador de la caridad evangélica y de la promoción de la justi­cia.

Por un motivo o por otro, lo cierto es que los diversos movimien­tos laicales vicencianos con frecuencia se han distanciado unos de otros, se han desconocido. Hoy, sin embargo, crece en todas partes la conciencia de que constituímos una Familia Vicenciana. Crece el deseo de relacionarse y de estrechar los lazos espirituales y apostóli­cos en orden a una mejor ayuda mutua y a fin de servir mejor a la Iglesia.

Mi petición es la siguiente: unámonos, conozcámonos más, apo­yémonos mutuamente todos cuantos formamos la gran Familia Vicenciana. En el mundo actual las naciones de una misma área geo­gráfica estrechan lazos en orden a incrementar los intercambios eco­nómicos y culturales. Algo semejante debería ocurrir entre los misio­neros de la Congregación de la Misión, las Hijas de la caridad y todos los laicados vicencianos.

Por parte de la Congregación de la Misión las cosas están claras por lo menos a nivel teórico. Esto no quiere decir que en la práctica suceda lo mismo. Dicen nuestras Constituciones en el número pri­mero: «El fin de la Congregación de la Misión es seguir a Cristo evangelizador de los pobres. Este fin se logra cuando sus miembros y comunidades fieles a san Vicente » llevan a la práctica, entre otros, lo siguiente: «ayudan en su formación a clérigos y laicos y los llevan a una participación más plena en la evangelización de los pobres » (C 1). Por su parte el Estatuto n. 7 recoge otras puntualizaciones: «Los misioneros tendrán especial cuidado de las asociaciones de lai­cos fundadas por San Vicente o que dimanan de su espíritu, pues como tales tienen derecho a que les asistamos » (E 7).

También ustedes, que representan a diversos laicados vicencia­nos, desean, estoy seguro, en lo más profundo de su corazón acen­tuar el conocimiento mutuo y ofrecer y recibir la colaboración de otros hermanos. Si, como todos lo deseamos, así sucediere, la heren­cia recibida de San Vicente será más visible y creible en esta tierra mexicana.

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