Se me ha pedido que presente la espiritualidad de la Hija de la Caridad y cómo vivirla hoy ante los desafíos de nuestro mundo. No pretendo hacer una exposición magistral sobre esta espiritualidad. Voy, sencillamente, a comunicarles mi manera de presentarla a las Hermanas jóvenes del Seminario. Cuento con su experiencia personal para completar y matizar, en función del contexto que viven ustedes.
Unas ideas preliminares a modo de introducción
Para comenzar, me ha parecido conveniente que volvamos a recordar juntos —como lo hago con las Hermanas del Seminario— qué se entiende por espiritualidad cristiana. Para esto, podemos inspirarnos en un extracto de la carta a los Romanos, en la que San Pablo habla de una vida según el Espíritu. Para el cristiano, la espiritualidad es la «vida según el Espíritu de Jesús», este Espíritu que le hace creer en Jesucristo, que le lleva a amar como Jesucristo, a comprometerse a la manera de Jesucristo. En efecto, el Espíritu Santo conduce progresivamente al cristiano a reproducir la manera de vivir y de obrar de Jesús, a hacer suyo su estilo de vida, su calidad de existencia, a vivir cada vez más en coherencia con la lógica del amor trinitario.
Vivir según el Espíritu significa, pues, dejarse trabajar, inspirar, conducir por el mismo Espíritu que trabajó, inspiró y condujo a Jesucristo.
Esta acción del Espíritu Santo invade a toda la persona: corazón, cuerpo, espíritu, con su afectividad, su psicología, su comportamiento, sus relaciones, etc. …
Como escribe Juan Pablo II en la Exhortación postsinodal «Vida Consagrada», n° 93: «la vida espiritual, entendida como vida en Cristo, vida según el Espíritu, es como un itinerario de progresiva fidelidad, en el que la persona consagrada es guiada por el Espíritu y conformada por Él a Cristo, en total comunión de amor y de servicio en la Iglesia Todos estos elementos, calando hondo …, generan una espiritualidad peculiar, esto es, un proyecto preciso de relación con Dios y con el ambiente circundante, caracterizado por peculiares dinamismos espirituales y por opciones operativas que resaltan y representan uno u otro aspecto del único misterio de Cristo».
La referencia central para una espiritualidad cristiana es, pues, Cristo, tal como lo presentan los cuatro Evangelios. Y cuando hablamos de espiritualidad en plural, queremos subrayar maneras singulares de seguir a Cristo. Todos los cristianos no tienen las mismas intuiciones para la misión ni los mismos carismas. Todos no tienen, por tanto, los mismos interrogantes ni los mismos desafíos que afrontar. Los cristianos tienen sensibilidades distintas, caracterizadas por espiritualidades que manifiestan enfoques diferentes del mundo y del hombre. Es la riqueza de la Iglesia.
En la exposición que va a seguir, me propongo abordar nuestra espiritualidad de Hijas de la Caridad a partir de la dimensión del Misterio de la Encarnación Redentora. Esta manera de amar a Jesucristo marcó profundamente a nuestros Fundadores y hoy sigue siendo un desafío para nuestro mundo contemporáneo.
Mi intervención se hará en dos tiempos:
— en un primer momento, me detendré en la espiritualidad de la Hija de la Caridad a la luz de la de los Fundadores;
_ en un segundo tiempo, presentaré algunos aspectos de nuestra espiritualidad sobre los que me parece importante insistir para vivirla en nuestro mundo de hoy.
I. Nuestra espiritualidad de Hijas de la Caridad a la luz de la espiritualidad de los fundadores
Todo fundador tiene su manera propia de leer y de descubrir el Evangelio, de asimilar, de actualizar y de vivir ciertos rasgos característicos de Cristo.
Las líneas fuerza de nuestra espiritualidad de Hijas de la Caridad se desprenden de esta manera particular como los Fundadores se sintieron interpelados por Jesucristo e invitados a participar en su vida y en su misión.
A.- Una espiritualidad bautismal
Como todo bautizado, las Hijas de la Caridad están llamadas a la plenitud de la vida cristiana. Toda nuestra vida de Hijas de la Caridad se enraíza en nuestro Bautismo. Por el Bautismo, las Hijas de la Caridad son incorporadas a Cristo y consagradas a Dios.
Los Fundadores nos recuerdan con insistencia que ser «buenas Hijas de la Caridad» (S.V., Conf. Esp. p. 32, 33, 47, 95, 97, 558) es ser «buenas cristianas» (Id. 132). En la línea de la consagración bautismal, nos comprometemos a vivir y actuar con el espíritu de Jesucristo. Por tanto, no es posible hacer lo que Cristo hizo sino a condición de ser lo que Él fue. «… quien viese la vida de Jesucristo vería sin comparación algo semejante en la vida de una Hija de la Caridad» (S.V., 9.02.1653, Conf. Esp. Nº 970).
Según la experiencia de fe de los Fundadores, el espíritu de humildad, de sencillez y de caridad es la expresión concreta del Espíritu de Jesucristo que debe animar nuestra vida de Hijas de la Caridad. Dios quiere que las Hijas de la Caridad se dediquen particularmente a la práctica de la humildad, la sencillez y la caridad. «
II. Cómo vivir hoy nuestra espiritualidad de Hijas de la Caridad
Después de haber visto, un poco más cerca, nuestra espiritualidad, a partir de la experiencia de los Fundadores, se trata ahora de abordar el segundo punto que es igualmente importante: Cómo vivir hoy nuestra espiritualidad de Hijas de la Caridad ante los desafíos de nuestro mundo.
La espiritualidad cristiana tiene un carácter radicalmente histórico y concreto. Por eso, tenemos que luchar contra una imagen ideal de las modalidades concretas, a fin de vivir nuestra espiritualidad en el mundo de hoy. Las modalidades varían según los lugares, los contextos, las evoluciones constantes. Es imposible determinarlas, de una vez por todas, desde el exterior. Hay que inventarlas en el terreno de la historia, y reajustarlas sin cesar.
Voy a limitarme a dos realidades mundiales y eclesiales de hoy que nos interpelan muy directamente:
- la primera es el fenómeno de la mundialización y de la comunicación,
- la segunda es la Nueva Evangelización de que habla Juan Pablo II.
Ante la mundialización, tenemos que inculturarnos cada vez más en el mundo de los pobres, lo que se va a traducir en un estilo de vida cercano a los pobres y en una mirada positiva a la vida que puede extrañarnos y desconcertarnos, para descubrir en ella la presencia actual del Resucitado, que invita a seguirle y abre un camino de esperanza.
Para comprometernos en la Nueva Evangelización, el servicio a los pobres vivido con un espíritu de humildad, de sencillez y de caridad es un camino auténtico de evangelización.
A. La Hija de la Caridad, sierva, encarna la presencia de Cristo en el mundo de los pobres
En este mundo de comunicación a nivel mundial en el que las técnicas se desarrollan y perfeccionan de día en día, el misterio de la Encarnación redentora y el de la Resurrección nos lanzan desafíos: ¿cómo entramos en relación con los demás? ¿qué comunicación favorecemos?
Para nosotras, Hijas de la Caridad, el centro de nuestra preocupación y de nuestro compromiso, es la persona del Pobre. No se trata primero de comprometernos en un gran proyecto humanitario de dimensión mundial, sino de lanzarnos a una aventura de relación y de servicio donde reinan disponibilidad y apertura al trabajo del Espíritu. Nuestra espiritualidad de siervas nos lleva a:
– buscar, juntamente con otros, caminos concretos para vivir el hoy de la presencia de Cristo en todos, y particularmente en los pobres,
– dirigir nuestra mirada a personas concretas, individualmente, ya que cada una posee una dignidad y vive una realidad propia, en un lugar, un tiempo y una cultura determinada.
Por vocación, nos vemos llamadas a afrontar el desafío de acercarnos a «los que están destituidos de todo», a fin de hacer presente a Cristo en medio de los pobres.
1. Proximidad a los pobres
Siguiendo a Cristo que eligió venir entre nosotros, estamos llamados a «ir hacia ellos» y vivir en proceso de «domesticación»: estar con, compartir las condiciones de vida de la gente, acoger, ir hacia, participar en la vida de las personas… y vivir una verdadera cercanía de vida y de preocupaciones. Las palabras de nuestra Carta Magna (cf. C. 1. 9) dicen que los lugares donde estamos son las calles de la ciudad y las salas de los hospitales. Allí encontramos a Dios. La vivienda de alquiler requiere un estilo de vida en el que rehusamos instalarnos. Nuestro estilo de vida nos permite vivir una cercanía lo más verdadera posible con los pobres. «Ir hacia ellos» significa «dejar» nuestras maneras de ver, de pensar, para descubrir las de los pobres y acercar en la medida de lo posible nuestra manera de vivir a la «de nuestros amos». No se trata únicamente de efectuar un desplazamiento geográfico sino de experimentar una proximidad favorable, con el fin de entrar progresivamente en una mayor comprensión de sus necesidades, su historia, su mentalidad, sus dificultades… La verdadera proximidad a los pobres es del fuero interno. Es en el corazón donde reside la verdadera fraternidad. Sólo los conoceremos bien si los amamos.
El misterio de la Encarnación de Cristo es la referencia fundamental donde toma raíces la razón de ser de nuestra cercanía a los pobres.
Al vivir nuestra espiritualidad en un mundo donde reinan lo efímero y lo superficial, respondemos al desafío de la duración y de la calidad en las relaciones.
2. Relaciones de reciprocidad
La convicción central de nuestra Fe cristiana es que el Espíritu del Resucitado se da a todo ser humano. Él nos precede, está presente en la vida de cada hombre, le habla al corazón, está ya operante en él, y nosotros no hacemos sino unirnos a su acción.
En primer lugar, es necesaria la escucha que dispone a recibir lo que los pobres llevan en sí como gérmenes del Espíritu. La escucha nos ayuda a dejarnos transformar como Cristo se dejó conmover por la palabra de una mujer pagana, la Sirofenicia, hasta el punto de aprender a ver la realidad a través de sus ojos. Después, podemos llevar a cabo un real trabajo de discernimiento para recoger y seleccionar lo que va a favorecer y nutrir la vida y denunciar, juntamente con ellos, lo que constituye un obstáculo a esta vida que quiere nacer y crecer.
Al vivir nuestra espiritualidad en un mundo donde reina el «cada uno para sí», nosotras afrontamos el desafío de ser verdaderos «partenaires» donde cada uno da y recibe para crecer en una comunicación mutua y avanzar juntos.
a) Los pobres nos evangelizan mediante sus propios valores
La Fe es un don de Dios que nos hace acoger a Dios en nuestras vidas. «La verdadera religión… está entre los pobres». La mirada de fe nos lleva a «ver» y amar al Señor en todo lo que es humano, con una atención especial hacia todo lo que es pequeño e insignificante a los ojos del mundo. El espíritu de fe nos hace mirar verdaderamente a los pobres «como a nuestros maestros» que nos traen la Buena Noticia.
Los pobres nos evangelizan por sus cualidades y por los valores que viven en la vida cotidiana. En el mundo de los pobres, a pesar del egoísmo que en él puede manifestarse y de la tentación del «cada uno para sí», se crean lazos de solidaridad, un clima de ayuda mutua y de compartir, de manera muy sencilla. Con frecuencia los pobres, que tienen la experiencia de la miseria, se sienten interpelados por la miseria de los demás. Además de la solidaridad, los pobres tienen a menudo la sensibilidad de saber apreciar lo que se hace por ellos, de alegrarse con ello y de mantener una verdadera gratitud. Todavía podemos profundizar más. El pobre es quizá el único que verdaderamente da haciendo de su don un acto de amor, pues para él, el don implica una privación.
Además, cuando los pobres nos acogen tal como somos, con todas nuestras limitaciones, nos hacen descubrir la inmensa capacidad de acogida y de misericordia de Dios hacia nosotros.
Al vivir nuestra espiritualidad, respondemos al desafío de dejarnos evangelizar por los mismos pobres.
b) Los pobres nos evangelizan por medio de sus pobrezas
Los pobres nos evangelizan no solamente por medio de sus cualidades sino también porque nos zarandean y nos piden una profunda conversión. Solicitan lo mejor de nosotros y nos hacen pasar de lo instintivo a lo espiritual. Si nos evangelizan, no es porque ellos son ejemplos vivos de virtudes. En efecto, su corazón, puede ser tan violento o mentiroso como cualquier otro corazón humano. Nos humanizan porque manifiestan lo que es el hombre. Nos revelan que el ser humano es pequeño, débil, frágil, pecador, mortal. Sin pedir explícitamente afecto, los pobres nos recuerdan que una necesidad primordial del hombre es el respeto, el reconocimiento y la estima. Lo que buscan, por encima de todo, es una mirada que les hable de atención, de consideración, una mirada que les dé una imagen positiva de ellos mismos. A través de su necesidad de relaciones verdaderas, los pobres nos ayudan a centrarnos en lo esencial de la vida que es el intercambio, la gratuidad, el amor. Si escuchamos sus llamadas, los pobres despiertan en nosotros fuentes de compasión y de bondad, liberan en nosotros capacidades de amor insospechadas. Para perseverar en unas relaciones auténticas con los pobres, que a veces nos dan miedo, necesitamos reconocer que ellos nos revelan nuestra propia pobreza. Sin saberlo, ponen el dedo en nuestras llagas y en nuestras limitaciones que nos impiden amar en plenitud. Se convierten para nosotros en un espejo y nos ayudan a reconocer que, en definitiva, no somos tan diferentes unos de otros. A no ser que nos volvamos duros, los pobres pueden ser para nosotros una gracia de reconciliación en profundidad, con nosotros mismos y con los demás. Cuando somos capaces de ver a los pobres como aquellos que, por sus debilidades, nos revelan una verdad fundamental sobre nuestra humanidad, nuestra propia fragilidad, ellos han crecido y nosotros con ellos.
En el pobre, Cristo es sobre todo interpelación. No puede haber encuentro con los pobres si nuestro corazón no está profundamente habitado por un impulso de fraternidad, deseoso de renunciar verdaderamente a querer estar por encima de ellos, para estar sencillamente con ellos, quizá incluso para ser el más pequeño entre ellos. Ante los pobres, nos sentimos invitadas a la solidaridad, a la justicia. Los pobres nos evangelizan renovándonos, llevándonos a la caridad, a la humildad en el servicio. Ponernos al servicio de los pobres, en lugar de dominarlos imponiéndoles nuestro saber y nuestros proyectos en favor suyo, es también dejarnos evangelizar y abandonar la idea de que podemos «salvar» a alguien.
Al aceptar ser servidos por nosotras, tal como somos, los pobres nos ponen en situación de expresar, más allá de nuestras limitaciones, la fuente de amor que existe en nuestro corazón y nuestra capacidad para dar la vida, siguiendo a Cristo Servidor.
Al vivir nuestra espiritualidad, respondemos al reto de una verdadera fraternidad en la que el preferido es el más pequeño.
B) La Hija de la Caridad, sierva, encarna el actuar de Cristo servidor en el mundo de los pobres
Al hablar de «nueva evangelización», Juan Pablo II invita a toda la Iglesia a proponer al hombre de hoy el mensaje eterno de la salvación, en términos nuevos y convincentes. La Compañía de las Hijas de la Caridad participa en ella a través del servicio a los pobres, que lleva a cabo como manera de vivir auténticamente el Evangelio.
Nuestra espiritualidad de servicio procede de la forma como nuestros Fundadores .comprendieron la Encarnación y la misión de Cristo. «Para ser verdaderas Hijas de la Caridad, hay que hacer lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra» (S.V., 5.07.1640 – Síg. IX, p. 34). Lo que nos caracteriza, no es tanto el servicio como una espiritualidad de sierva. Para combatir la tentación de imitar a los «reyes de las naciones» (Lc. 22, 25) y de seguir la cultura ambiente de la sociedad con todas sus formas de ayudar a los pobres «desde arriba», nuestros Fundadores nos recuerdan, a tiempo y a destiempo, la necesidad de «imitar al Hijo de Dios que no hacía nada sino por el amor que tenía a Dios su Padre» (S.V. 10.07.1640 – Síg. IX, p. 38). Y nuestra vocación de Hijas de la Caridad equivale a reproducir la vocación de Jesucristo Servidor. El servicio que debemos proponer a la sociedad de hoy debe estar impregnado y caracterizado por las virtudes necesarias que San Vicente pidió para sus hijas.
1. La actitud de sierva requiere la puesta en práctica de las virtudes de su estado: humildad, sencillez, caridad.
a) Humildad
Servir a los pobres con humildad es, en primer lugar, escucharlos, desde la gratuidad, antes de buscar la manera de resolver sus problemas. Ponerse a su servicio exige un esfuerzo de atención para entrar en lo que constituye su universo, abriéndonos ante todo al misterio de la persona, intentando comprender sus sufrimientos y sus alegrías. Esto supone por nuestra parte una actitud de discreción y de modestia. La humildad nos ayuda a ir más allá de lo humano o de lo psicológico para entrar en el terreno del amor. Nos hace descubrir cosas nuevas, pero nos ayuda a dirigir una mirada nueva hacia los pobres. Nos hace estar atentas a la vida de los pobres, a sus aspiraciones, a sus expectativas profundas, pero nos lleva también a meditar en su vida para captar su punto de vista. La humildad nos lleva a creer que los pobres son portadores de un pensamiento único, que no sospechábamos, y del que podemos sacar provecho. La humildad nos ayuda también a tener la capacidad de reconocer que cada situación debe abordarse a partir de ella misma y no de la nuestra. Impregnadas de este espíritu de humildad, nuestras actitudes y nuestras palabras son menos suficientes y menos seguras de tener siempre razón. Dominamos más nuestros reflejos de poder y de afirmación de nosotras mismas, lo que hace que evitemos tomarnos como punto de referencia y hacer comparaciones hirientes.
La humildad es, ante todo, un acto de Fe en Cristo, especialmente en su Encarnación Redentora. Esta Fe que no consiste solamente en expresar la grandeza de todo hombre, sino que invita también a penetrar, a ver más allá de cada rostro, ‘para descubrir en él el icono de Cristo.
b) La Sencillez
La sencillez es la búsqueda de Dios y de su gloria en todo lo que hacemos. La sencillez nos ayuda a tener un comportamiento lo más verdadero posible y a crear relaciones claras, sin ambigüedad y sin dar lugar a sospechar otra cosa más que lo que aparece. La sencillez nos ayuda a evitar toda ambigüedad en nuestra manera de hablar, en nuestra forma de ser, evitando así llamar la atención en uno u otro sentido. Con un corazón sencillo, sin cálculos ni complicaciones, sin buscarnos a nosotros mismos. Cuando caminamos con rectitud, no tenemos constantemente en nuestra boca la contestación o la crítica negativa o amarga. Nuestra cualidad de siervas de los pobres exige esta sencillez en todas las cosas y especialmente en nuestro estilo de vida, si queremos ser comprendidas por ellos.
c) La Caridad
La especificidad de nuestra espiritualidad es hacer del servicio a los pobres un acto de Caridad. La Caridad nos hace participar del sentimiento más profundo del Corazón de Dios, de su misericordia y su fidelidad para con el hombre. Nuestros gestos en el servicio a los pobres no tienen sentido más que si los hacemos por amor y con amor. No se trata tanto de realizar acciones como de hacerlas «en caridad» (S.V. 15.10.1641 – Sig. IX, p. 64). Nuestros gestos, ya sea en el campo de la enseñanza, de la educación o de la asistencia sanitaria y social, están llamados a ser manifestaciones de caridad, es decir, nacidos del Amor de Dios. No deben reducirse a gestos puramente profesionales. Nuestros gestos, ya sea en el terreno de la enseñanza, de la educación o de la atención sanitaria y social, están llamados a ser gestos de caridad, es decir, que proceden del Amor de Dios. No deben reducirse a gestos puramente profesionales, aunque tienen que adaptarse a las normas profesionales y administrativas que los rigen y realizarse con la competencia necesaria. Por la caridad, nos hacemos solidarias de los pobres hasta el punto de aceptar que nuestra vida sea por ello cambiada.
Al vivir nuestra espiritualidad respondemos al reto de optar por un espíritu de servicio que exprese la Ternura de Dios para con los Pobres.
Santa Luisa presenta este espíritu de servicio a través de las cualidades que pide para servir a os pobres:
- el «respeto» y la «devoción» nos revelan un espíritu de humildad «viendo siempre a Dios en ellos» (SL., Corr. y Escr. C. 435)
- la «cordialidad», que expresa la sencillez del corazón,
- la «compasión» y la «dulzura» manifiestan la caridad.
2. La actitud de sierva requiere preocuparse constantemente por la promoción integral del hombre y de todos los hombres
Nuestro amor a Dios no puede limitarse a una mera experiencia espiritual, debe plasmarse en un compromiso a favor de la dignidad, de la promoción del hombre. Se trata de servir a los pobres teniendo en cuenta todas sus pobrezas: física, económica, intelectual, moral, espiritual, y facilitándoles los medios para que recuperen su dignidad.
Aun cuando el servicio, en el punto de partida, vaya dirigido a una dimensión particular de la persona: física, afectiva, intelectual, económica, espiritual… nuestro servicio tiene en cuenta a todo el hombre y a todos los hombres. Tenemos una vocación que nos obliga a asistir indistintamente a toda suerte de personas, hombres, mujeres y niños, y, en general, a todos los pobres que nos necesitan (cf. C. 1. 7).
Al vivir nuestra espiritualidad, respondemos al reto de trabajar por el desarrollo integral del hombre y de todos los hombres.
3. La actitud de sierva requiere un espíritu de colaboración
El voto que hacemos de servir corporal y espiritualmente a los Pobres, exige el don de nuestra persona y de nuestro tiempo. Pero el servicio a los Pobres no se limita únicamente al servicio a la persona en dificultad, sino que tiene también en cuenta su entorno y a las otras personas con las que estamos llamadas a colaborar. El Espíritu Santo nos impulsa hoy, más que nunca, a compartir con los laicos nuestra espiritualidad, a fin de trabajar juntos con miras a un mejor servicio. Esta ayuda mutua en el servicio, esta colaboración no responden a una estrategia práctica como resultado de una disminución de los miembros de la Compañía. Se trata de un componente esencial de nuestra vocación.
Vivimos nuestra espiritualidad de servicio favoreciendo al máximo la colaboración con los laicos en nuestras propias obras apostólicas. Esta colaboración con ellos amplía el campo de nuestra misión, transforma nuestra manera de servir a los pobres y enriquece también lo que hacemos y vivimos.
Nuestro servicio nos llama también a colaborar más estrechamente con instituciones, organizaciones y actividades que no están bajo la tutela de la Compañía. Esta colaboración es un lugar privilegiado para vivir nuestra espiritualidad de Hijas de la Caridad en complementariedad con otras personas.
Al vivir nuestra espiritualidad, respondemos al reto de poner en común nuestras riquezas respectivas, para promover la dignidad de los Pobres.
Conclusión
La espiritualidad de las Hijas de la Caridad se expresó de manera original en la Iglesia y en la sociedad del siglo XVII. En aquella época y en aquel contexto particular, las Hijas de la Caridad expresaron la fuerza revolucionaria de su espiritualidad, a través de su manera particular de encarnar el Espíritu de Jesucristo, para continuar su misión sirviendo a los pobres.
Fieles a este espíritu y en el mundo de hoy, nos situamos dentro del linaje de las siervas comprometidas en llevar a cabo el proyecto de Amor del Padre en el mundo de los pobres.
Hoy, como ayer, los pobres necesitan mujeres de acción, impulsadas por el Espíritu Santo, que actúan no solamente con sus facultades humanas, por muy extraordinarias que sean, sino con su gracia bautismal y con los dones de humildad, sencillez y caridad. El mayor servicio que podemos prestar a nuestros hermanos que atraviesan dificultades es dejarnos invadir, unificar, dominar, por el espíritu de Cristo Servidor y encarnarlo en las realidades socioculturales de nuestro mundo.







