La doctrina sobre la Virgen

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen MaríaLeave a Comment

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Author: Vicente de Dios, C.M. · Year of first publication: 1986.
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virgen-mariaHay dos modos fundamentales de reflexionar sobre el conte­nido doctrinal de la Medalla Milagrosa:

  • partir de la misma Medalla y ver cuál es el significado de cada uno de sus símbolos o signos: un método que podríamos llamar inductivo;
  • o partir de lo que la Biblia y la Iglesia dicen de María y ver cómo eso que dicen está expresado en la Medalla Milagrosa: un método que podríamos llamar deductivo.

En este artículo nos limitaremos a este último método: a lo que la Biblia y la Iglesia dicen de María y a cómo lo expresa gráficamente la Medalla Milagrosa. Hemos leído en Jean Guitton que la Medalla Milagrosa contiene «una imagen y una alegoría del pensamiento global de la Iglesia sobre la Madre de Cristo».

El pensamiento de la Iglesia sobre la Madre de Cristo nace de la Sagrada Escritura, que es el libro de la Iglesia, el que los católicos recibimos de ella y leemos según su interpretación y que, antes que nada, es norma para la fe de la Iglesia y para su magisterio. A partir de la Biblia la Iglesia hace su trabajo de reflexión teológica.

Dice Karl Rahner que «la teología es necesariamente antro­pología y, en ésta, mariología». Porque, al tratar de la Virgen María, lo primero que comienzan preguntándose los teólogos, es si María puede ser objeto de fe. Y la pregunta viene a cuento de que, cuando se trata de fe, se trata de suyo, exclusivamente, del Dios único. Hacer teología es precisamente hablar de Dios.

Esta pregunta sobre María presupone otra pregunta sobre el hombre: ¿Existe una teología del hombre, en cuanto que hablar de Dios desemboque de alguna manera en hablar del hombre?

Es evidente que sí. En la misma profesión de fe en Dios (hablamos del Dios cristiano), incluida por supuesto en ella, hay una teología del hombre. Porque Dios no sólo crea al hombre, sino que se le revela, le hace su interlocutor y amigo. No sólo trata con él por medio de la creación, sino también por la Alianza. Se da a sí mismo al hombre. Es más, se ha hecho hombre. La teología de Dios es, a la vez, la teología de la exaltación del hombre, exaltación que revierte en alabanza de Dios.

Ese hombre, revelado en Dios, es un hombre solidario. Porque Dios, uno y trino, lo crea a su imagen y semejanza. Y porque ese Dios, al hacerse hombre por la Virgen María, se mete en la familia, la raza, la comunidad humana. Los hombres dependemos unos de otros en lo biológico, en lo social, en lo cultural, pero también para nuestra salvación, en la vida y en la muerte. Y así existe un orden salvífico, querido por Dios, en el que todos dependen de todos y nadie es insignificante para los demás.

Si esto es así porque Dios lo ha querido así, la teología, al hablar de la obra de Dios en el hombre, de que los hombres dependen unos de otros en la historia de la salvación, debe hablar de los hombres y debe hablar, entre los hombres, de la Virgen María, dado que tuvo y tiene una influencia especial­mente intensa en esa obra de salvación.

Teología, antropología y mariología están imbricadas y unidas. Dios se ha hecho hombre. El ser humano predilecto de Dios es María. María nos remite siempre al amor a Dios y al amor al hombre. Por eso no es sólo la madre de Dios, sino también es la madre del hombre. Y al alabarla a ella, glorifica­mos al Dios que en su Verbo hecho hombre se ha acercado a nosostros al nacer de la Virgen María.

Teológicamente, cuando se habla de la Virgen María, sue­len plantearse tres cuestiones fundamentales: Si es necesario desarrollar un tratado especial sobre mariología, qué lugar ocuparía ese posible tratado dentro del conjunto teológico y cuál es el principio fundamental de la mariología. A las dos primeras cuestiones respondió de hecho el Concilio Vaticano II, primero al rechazar un esquema independiente sobre la Virgen María, y segundo al situar a «la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia». El capítulo VIII de la Constitución sobre la Iglesia resultó un documento sobrio y vigoroso aplaudido al final por la inmensa mayoría de los conciliares. Es una base sólida y clara para toda la teología mariana y un fuerte punto de partida para toda discusión ecuménica.

Por principio fundamental de la mariología se entiende «aquel pensamiento clave, aquella perspectiva básica que hace com­prensibles y unifica todas las declaraciones de la mariología» (MIchael Schmaus), «una afirmación fundamental acerca de María de donde se deriven, como por sí mismas, todas las proposiciones que la fe católica reconoce sobre ella» (Karl Rahner).

Hay multiplicidad de opiniones sobre la identidad de ese principio fundamental: María la madre de Dios, la nueva Eva, la plenamente redimida, el prototipo de la Iglesia, la madre de la Iglesia, la madre universal, la madre del Cristo total, la madre corredentora, la madre esposa, la socia del Redentor, etc., etc. El último en terciar ha sido Leonardo Boff con su original propuesta de «lo femenino como principio organizador de la teología mariana»; su libro «El rostro materno de Dios» describe de manera muy interesante las diversas estaciones, hasta siete, del camino recorrido por la reflexión eclesial sobre el principio fundamental de la mariología.

Parece ser que la maternidad divina (no sólo biológica, sino también por el «sí» de su fe obediente y libre) es la verdad mariana más aceptada como principio fundamental. «Es el que mejor cumple las exigencias de un principio fundamental y el que mejor se adecua con la conciencia constante de la Iglesia en su fe y su teología. El incluye los elementos contenidos en los demás principios sugeridos, es el que mejor carga los acentos en conformidad con la importancia histórico-salvífica de María y el que se mantiene más cercano a la realidad mariológica sobriamente considerada… De esta maternidad pueden dedu­cirse las demás declaraciones sobre María que formaliter o fundamentaliter se hallan en la Escritura… y que logran su sentido salvífico y su peso en virtud del principio de la materni­dad… Además, en él se halla el punto de apoyo para la devoción mariana, así como para su legitimidad y para señalar sus límites» (Schmaus).

Sobre esto, sin embargo, nos agrada sobremanera el pensa­miento de Karl Rahner acerca de María como la perfecta redimida y, por tanto, como la realización concreta del cristiano perfecto (Karl Rahner, María Madre del Señor, Herder, 1967).

Comienza Karl Rahner preguntándose qué es con exactitud el cristianismo perfecto. El cristianismo es la obra de Dios vivo en nosotros, lo que él nos da. Y lo que él nos da es El mismo, que viene al hombre y actúa en el hombre por su gracia. Más en concreto: el amor de Dios a los hombres, el amor de los hombres a Dios, e, incluido en este último, el amor al prójimo (cf. Karl Rahner, «Amar a Jesús, amar al hermano», Sal Terrae, 1983).

Partiendo de aquí, el cristianismo perfecto consiste:

  • en la recepción de ese don de Dios con una libertad imbuida de gracia, en acogerlo con todo el ser;
  • en la educación perfecta entre profesión y vida personal: que lo íntimo se haga patente y que lo patente exprese lo íntimo;
  • y en la dedicación sin reservas a la salvación de los demás, pues el cristianismo sólo será perfecto cuando se realice como tal en todas las personas y tiempos.

Según eso la Virgen María es la realización concreta del cristiano perfecto: porque es la pura recepción de Dios que aparece en Jesucristo; porque es la plena correlación entre la misión salvífica externa y la vida personal; y porque es la irradiación e influencia de la gracia de cada uno en servicio desinteresado por la salvación de los demás. Karl Rahner concluye un tanto exaltado: «Consideradas así las cosas, apare­ce realmente claro que María es la perfecta cristiana; es, en cierta manera, la realización concreta y representativa de la redención en su forma más perfecta. Por eso mismo es también el ser más noble entre todos los redimidos y, a la vez, el ejemplar de toda perfección. En ella se manifiesta, en cierto modo, el significado de Iglesia; gracia, redención y salvación de Dios».

Y concluye asimismo, más tarde, en dos pensamientos que nosotros sentimos muy vivamente: Primero, María está de nuestra parte. Es nuestra mediadora junto a Jesucristo, pero permaneciendo uno de nosotros y representando lo que noso­tros mismos debemos ser ante Cristo. Nunca alcanzaremos su dignidad y santidad, pero «lo que María posee, en última instancia debe ser también nuestro; lo que ella es, debemos llegar a serlo nosotros: desde este punto de vista es nuestra Medianera…». Y segundo: por esto, por esta significación suya como medianera y por su unión con nosotros como mera criatura perteneciente a la familia humana, nos es tan entraña­ble: «por eso la amamos, por eso tenemos con ella una confian­za que casi podría parecer demasiado humana…».

Nos hemos detenido en este aspecto de «María como la perfecta cristiana» porque nos parece que es una linea latente en el desarrollo que haremos posteriormente de María en la Biblia y de los tres Novenarios sobre la Medalla Milagrosa.

Es inevitable reflexionar ahora sobre las causas y las líneas del desarrollo de la doctrina sobre María en la vida de la Iglesia. Tenemos que hacerlo, una vez más, esquemáticamente, pues aquí no se pretende ninguna exposición exhaustiva, sino sólo orientar por un lado a los iniciados e introducir por otro a todos en una visión sencilla y clara de la doctrina eclesial acerca de María. De paso veremos, y es muy importante, que este desa­rrollo une íntimamente a María con Cristo y con la Iglesia.

Las causas han sido principalmente tres: la necesidad y el deso de conocer a Cristo, la necesidad y el deso de conocer a la mujer que Dios prefirió y la experiencia de la Iglesia. En primer lugar, quien busca a Cristo encuentra con él a María, como los pastores de Belén. Y todo conocimiento de María nos remite a Cristo. Como un ejemplo claro, pensemos que hasta su virgini­dad personal se puede llamar «una prerrogativa de Cristo». Y cuando llamamos a María Madre de Dios, estamos llamando Dios a Cristo. Y cuando proclamamos la Asunción de María, contribuimos a que no se desvanezca la fe en la Resurrección de Cristo. Todas las afirmaciones sobre María nos hacen conocer y defender mejor los elementos de fe que se refieren a Cristo. Quizá por eso se la ha llamado «vencedora de las herejías»…

En segundo lugar, la Virgen María es la mujer «bendita entre las mujeres», la elegida para madre de Dios, la colmada de gracia. Los seres humanos, tan acomplejados por la calamidad existencial y cotidiana, teníamos que volvernos a mirarla con sorpresa y admiración, un poco buscándonos y encontrándo­nos a nosotros mismos, llegando muchas veces a comprensi­bles exageraciones, como aquella del «numquam satis». La Iglesia ha velado, sin embargo, para que la efervescencia no se desbordara, pero el interés por esta mujer admirable es perfec­tamente legítimo.

Por fin, la experiencia que la Iglesia (todos nosotros) ha vivido a lo largo de los siglos acerca de esta mujer y de su influencia en la santidad, en la evangelización, en todo lo relativo a la «salvación» de este mundo ha sido tan obvia y tan intensa, que sería imposible no entregarse a su conocimiento y culto.

Las líneas de desarrollo de la doctrina mariológica las expone tan condensada y acertadamente el cardenal Garrone en su librito «María ayer y hoy» (Narcea, 1978), que nos limitamos a transcribir lo que él dice:

La primera, la más fundamental, que tiene con el Evangelio su entronque más formal, es la línea de la maternidad divina. Todo el desarrollo parte de ahí. Este título de María es prácticamente el primero que se inscribe como objeto formal de fe en el cuadro de las grandes batallas cristológicas de los primeros siglos y en la consagración suprema de los Concilios. A partir de aquí se impuso poco a poco el título de «Madre de los hombres». Ha sido el alma de la oración antes de ser admitido expresamente por la teología. Hoy nos es tan familiar que nos extrañaría este retraso si no tuviéramos en cuenta la importan­cia en este punto de la experiencia de la Iglesia, que vivió primero lo que anunció después, y si no midiera también la importancia primordial del título de «Madre de Dios». Quedan aún muchos caminos abiertos para que la «maternidad divina y humana» manifieste sus consecuencias.

La segunda línea del desarrollo parte de la virginidad de María. Esta perrogativa toma muy de cerca al mismo Cristo. Por lo cual, contrariamente a lo que se pudiera prever, pero conforme a la lógica profunda de los hechos, a partir de la virginidad, la piedad y después la reflexión cristiana, estudia­ron, descubrieron y admiraron, progresivamente, la santidad de María. Descubierta en las fuentes del Evangelio, en la anunciación particularmente, deduciendo las consecuencias normales de la vocación única de la Madre de Jesús, admirando con lucidez cada día más perfecta la verdadera naturaleza de esta santidad arraigada en la fe, la Iglesia ha llegado a com­prender que no pudo haber en ella sombra alguna. La defini­ción de la Inmaculada Concepción fue para la Iglesia, una vez eliminados los escrúpulos teológicos, el reconocimiento triunfal de su fe vivida, más que un nuevo documento. Finalmente, lo mismo sucedió en la proclamación del dogma de la Asunción, vivida y celebrada antes de ser definida, suprema consumación de una vocación tan alta, más dificil de aceptar sin la Asunción que con ella.

La tercera linea aún está en estudio: es lo que expresa la palabra mediación. Se trata de decir cómo y por qué caminos, ya sea por el de la intercesión o por otro modo, coopera la Virgen activa y eficazmente en la realización de la Redención. Algunas expresiones han conseguido ya con el uso cierto derecho para el que los teólogos exigen estudio y reflexión; se ha llamado a la Virgen «corredentora». Pero los teólogos miden todo el peso de una afirmación que, aparentemente, pondría a María al mismo nivel de su Hijo o haría de ella otra mediadora al lado del único mediador. La fe y la teología reconocen a María una función absolutamente única en la Redención, pero queda aún mucho trabajo por hacer.

¿Habría que considerar como cuarta línea la que abrió Pablo VI en la tercera sesión del Concilio Vaticano II, al proclamar a María Madre de la Iglesia? Este título, hasta ahora poco frecuente, está relacionado con lo que había sido el objeto esencial de la búsqueda conciliar. El mismo papa comentó su decisión: la Virgen debe ser el punto de partida de las búsque­das futuras en relación con todas las anteriores…

(«Fuera de plaza» y a modo de nota, diré «mi» bibliografía sobre la Virgen María. He leído, del todo a veces, o al menos hojeado, libros importantes, algunos voluminosos: Roschini, Schmaus, Laurentin, Dillenschneider, Mc Hugh, Congar, Brown-Donfried-Fitzmyer-Reumann… He leído otros libros menores pero admirables: Max Thurian, Deis, Galot, Rouet, Bojorge, Miguel Rubio, Rafael Ortega… Pero me quedo, libros tanto para el corazón como para el pensamiento, con estos libritos que considero algo así como clásicos:

  • La Madre del Señor, Romano Guardini, Guadarrama, escri­to en 1955.
  • La Virgen María, Jean Guitton, Patmos, en 1949.
  • María Madre del Señor, Karl Rahner, Herder, en 1953. María ayer y hoy, Gabriel María Garrone, Narcea, en 1978. María en la vida actual de la Iglesia. José A. de Aldama,
  • Hechos y Dichos, en 1964.
  • ¿Y qué sería de aquel librito del P. Eugenio Escribano, que se titulaba algo así como «El alma de la Virgen María», que sin duda alimentó la piedad mariana de muchos seminaristas en las décadas de los 40 y 50 y que parecía realmente un clásico? Lo he buscado sin encontrarlo… Para la tradición mariana en la C. M. y en las Hijas de la Caridad., es insustituible el estudio del P. André Dodin, «El culto a María y la experiencia religiosa de San vicente de Paúl», aparecido en Vincentiana, 1975-4, y en Anales, mayo 1975. Amén de los libros de R. Laurentin y colaboradores: «Catherine Labouré et la Medaille Miraculeuse», «Proces de Catherina», «Vie authentique de Catherine Labou­ré» —con traducción abreviada de este último en Ed. Ceme, 1984—.
  • Para una panorámica breve y actualizada sobre la doctrina mariana en general, mejor que el libro «Quien es la Virgen María», de la Sociedad Mariológica Española, Ed. de Espirituali­dad, 1982, el excelente libro «El misterio de María», de José María Carda Pitarch, Sociedad de Educación Atenas, 1984.
  • Y, por supuesto, dos referencias insustituibles: El capítulo VIII de la Lumen Gentium, y la «Marialis Cultus» de Pablo VI, 2 de febrero de 1974).

Ha quedado expuesta, de alguna manera, una visión del «pensamiento global de la Iglesia sobre la Madre de Cristo». Esta visión global, también queda dicho, se encuentra funda­mentalmente en los textos bíblicos que se refieren a María. En el capítulo siguiente desarrollaremos el contenido mariológico de dichos textos bíblicos. Y seguiremos la exposición que de ellos hace el Concilio Vaticano II en los números 55-59 de la Lumen Gentium. Así es como los presenta:

La Sagrada Escritura del Antiguo y del Nuevo Testamento y la venerable Tradición muestran en forma cada vez más clara el oficio de la madre del Salvador en la economía de la salva­ción y, por así decirlo, lo muestran ante los ojos.

ANTIGUO TESTAMENTO

Los libros del Antiguo Testamento describen la historia de la salvación, en la cual se prepara, paso a paso, el advenimiento de Cristo al mundo. Estos primeros documentos, tal como son leídos bajo la luz de una ulterior y más plena revelación, iluminan cada vez con mayor claridad la figura de la, mujer Madre del Redentor:

  • Gn 3, 15: ella misma, bajo esta luz, es insinuada proféti­camente en la promesa de victoria sobre la serpiente, dada a nuestros primeros padres caídos en pecado;
  • Is 7, 14 Miq 5, 2-3 Mt 1, 22-23: así también, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz a un Hijo, cuyo nombre será Em­manuel;
  • Sof 3, 11-13: ella misma sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que de El esperan la salva­ción;
  • Sof 3, 14-18: en fin, con ella, excelsa Hija de Sión, tras larga espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva economía, cuando el Hijo de Dios asumió de ella la naturaleza humana para librar al hombre del pecado mediante los misterios de su carne.

NUEVO TESTAMENTO

El Padre de las Misericordias quiso que precediera a la encarnación la aceptación por parte de la Madre predestinada, para que, así como la mujer contribuyó a la muerte, así también contribuyera a la vida. Lo cual vale de forma eminente de la Madre de Jesús, que difundió en el mundo la vida misma que renueva todas las cosas. Por eso no es extraño que entre los Santos Padres fuera común llamar a la Madre de Dios toda santa e inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura.

Inmaculada y santa, madre y cooperadora

  • Lc 1, 28, Lc 1, 38: Enriquecida desde el primer instante de su concepción con esplendores de santidad del todo singular, la Virgen nazarena es saludada por mandato de Dios como llena de gracia, y ella responde al enviado celestial: «He aquí la es­clava del Señor, hágase en mí según su pala­bra». Así María, hija de Adán, aceptando la palabra divina, fue hecha Madre de Jesús, y abrazando la voluntad salvífica de Dios con generoso corazón y sin el impedimento de pecado alguno, se consagró totalmente a sí mis­ma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo… no como un mero instru­mento pasivo, sino como una cooperadora a la salvación humana por libre fe y obediencia…

Vida oculta de jesús

La unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muer­te:

  • Lc 1,  41-45: en primer lugar, cuando María se dirige a toda prisa a visitar a Isabel, es saludada por ella a causa de su fe en la salvación prometida y el precursor saltó de gozo en el seno de su madre;
  • Lc 2, Mt 1, 18-25: y en la Navidad, cuando la Madre de Dios, llena de alegría, muestra a los pastores y a los Magos a su Hijo primogénito, que, lejos de disminuir su integridad personal, la consagró;
  • Lc 2,  34-35: y cuando, ofrecido el rescate de los pobres, lo presentó al Señor, oyó al mismo tiempo a Si-meón que anunciaba que el hijo sería signo de contradicción y que una espada atravesaría el alma de la madre para que se manifestasen los pensamientos de muchos corazones;
  • Lc 2, 41-51: al Niño Jesús, perdido y buscado con dolor, sus padres lo hallaron en el templo, ocupado en las cosas que pertenecían a su Padre, y no entendieron su respuesta. Mas su Madre con­servaba en su corazón, meditándolas, todas estas cosas.

Ministerio público de Jesús

En la vida pública de Jesús, su Madre aparece significativamente:

  • Jn 2, 1-11: Ya al principio, durante las bodas de Caná de Galilea, movida a misericordia, consiguió por su intercesión, el comienzo de los milagros de Jesús Mesías.
  • Lc 2, 19 y 51, Mc 3, 35, Lc 11, 27-28: En el decurso de la predicación de su Hijo, recibió las palabras con las que, elevando el Reino de Dios por encima de los motivos y vínculos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados a los que oían y observaban la palabra de Dios como ella lo hacía fielmente.
  • Jn 19, 25, Jn 19, 26-27: Así también la Virgen María avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz, en donde, no sin designio divino, se mantuvo de pie, se condolió vehementemente con su Unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima engendrada por ella misma, y, por fin, fue dada como Madre al discípulo por el mismo Cristo Jesús moribundo en la Cruz, con estas palabras: «¡Mujer, he ahí a tu hijo!».

Después de la Ascensión

Como Dios no quiso manifestar solamente el sacramento de la salvación humana antes de derramar el Espíritu prometido por Cristo,

Hech 1, 14: vemos a los apóstoles antes del día de Pente­costés perseverar unánimemente en la oración con las mujeres, y María la Madre de Jesús, y los hermanos de éste, y a María implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo, quien ya la había llenado con su sombra en la anuncia­ción.

Ap 12, Ap 19, 16: Finalmente, la Virgen Inmaculada, preserva­da inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida terrena, fue ASUNTA en cuerpo y alma a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como REINA del universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan y vencedor del pecado y de la muerte.

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