En estos días, en que van dejando nuestra Casa de Palma de Mallorca los últimos que allí quedan de aquel considerable número de Misioneros, jóvenes Estudiantes y Hermanos Coadjutores que en ella encontramos caritativo refugio y abrigo durante el glorioso Movimiento Nacional, que felizmente terminó el 1º de abril del año en curso, ha parecido oportuna la publicación en nuestra Revista de un pequeño estudio histórico que trata, precisamente, acerca de esa misión o destino providencial que le ha cabido el honor y la dulce obligación de desempeñar a la Casa de Mallorca a lo largo de su historia: la de ser un centro de refugio para los hijos de San Vicente en los días tristes de prueba o persecución.
Es un capítulo o aspecto de su vida no desprovisto de interés para cuantos deseamos y nos gozamos en conocer los más pequeños pormenores de la historia de nuestro pasado, las acciones nobles, los rasgos y perfiles edificantes de quienes nos precedieron por los mismos caminos que a nosotros nos toca recorrer. Porque el recuerdo de los buenos padres es luz y guía, estímulo y fuerza para los hijos.
Fruto de mis primeros atrevimientos en materia histórica, nacidos más que de otra cosa de la afición del que esto escribe a aquella Casa y a su historia, que todavía yace sepultada, en gran parte, en los manuscritos y papeles de su Archivo, fue preparado como número de un programa que dedicó la juventud, según costumbre, a honrar al Sr. Visitador en su fiesta onomástica de 1936.
Hoy, al repasarlo y arreglarlo para ANALES, es gratísimo a mi corazón, (y ha de serlo también a nuestra Revista, que fue un refugiado más a quien Mallorca dispensó buena acogida y desinteresada hospitalidad) es gratísimo a mi corazón, digo, ofrecerlo como un homenaje de amor y agradecimiento a la venerable Casa Misión de Mallorca que, una vez más, ha sabido cumplir en la historia aquel glorioso destino de su pasado, reuniendo y salvando dentro de sus muros la mayor parte del personal de las Comunidades de nuestra Provincia en España, dispersado por el vendaba! de la más tremenda de las Revoluciones que ha sufrido nuestra Patria.
Puédese muy bien afirmar que, si en el orden militar, ha sido Mallorca el punto de apoyo del gigantesco y formidable ariete que, martilleando duramente por el mar y por el aire con sus potentísimos brazos al levante rojo, consiguió su resquebrajamiento primero y después su total hundimiento, cooperando así, como factor de primer orden a la gran victoria del Caudillo y a la consolidación de la España Nacional; así, en orden al restablecimiento y consolidación de nuestra Provincia en la Península puede ser considerada Mallorca, guardadas las debidas proporciones, como el punto de apoyo o de partida de un resurgimiento incomparablemente más rápido y eficiente de lo que sin ella hubiera sido, gracias en particular a las reservas de personal que allí se acumularon y fueron conservadas y que, devueltas ahora generosamente, laboran ya con entusiasmo en levantar otra vez y aún ampliar las Casas y obras de San Vicente en tierras de Cataluña y Valencia.
Penetremos, pues, ya en los dominios del pasado histórico de nuestra Casa, para ver cómo supo realizar en cada caso su providencial misión.
Los mismos acontecimientos, que motivaron el ejercicio de un caritativo oficio para con los perseguidos o fugitivos que llamaban a sus puertas, serán los sencillos mojones que dividen estas páginas.
Revolución francesa.
Desde Roma, donde acababa de instalar provisionalmente al gobierno de la Congregación, arrojado de Francia por la gran Revolución, que en su misma presencia había asaltado y saqueado bárbaramente a San Lázaro, el M. R. P. Cayla, Sup. Gen. escribía en 1795: «Nuestras casas de Italia v España, sobrecargadas ron el personal emigrado de Francia, sostienen este nuevo peso ron un celo que merece toda nuestra gratitud.» Y el P. Paradela añade que, dichos emigrados «fueron muy bien recibidos y tratados» por sus hermanos españoles, y en especial por el Visitador Sr. Pi, quien «recogió en las Casas de España; con caridad verdaderamente evangélica, a muchos paúles franceses, que la Revolución lanzó de su patria».
La Casa de Mallorca fue una de las que cumplieron a la letra las precedentes palabras. En el «Llibre miceláneo», precioso manuscrito de su Archivo, en el apartado destinado a registrar los «venidos», leo y copio: «Desembre de 1793… Dit dia (22) ringueren també (con el Sr. Carreras) Illonsieur Bro y Larand, enviats del Sr. Pi; són francesos.» Y un poco más abajo: «Juny de 1798. Dia 6, arribaren a esta Casa, enviats del Rey, los enül, grats monsieur Lafont, mons. Clau,de, mons. Chode [Chaudel, mons. Galtier. mons. Dalabi, mons. Petoquart, mons. Lamboley y lo H.’ Guillem.»
Por el mismo manuscrito nos es dado a conocer el tiempo que algunos de estos cohermanos franceses permanecieron en la isla. Así, se anota la partida del Sr. Bro el 8 de agosto de 1796, la de su compañero Sr. Larand, en 1º de junio del año siguiente, y la del Sr. Dalabi, el 29 de diciembre de 1798.
De otra fuente de información de la época se deduce que estos buenos señores no estuvieron del todo ociosos durante su voluntario destierro en Mallorca. Como en aquellos años fue la isla, especialmente su capital un gran centro de refugiados franceses, tuvieron vasto campo en que ejercitar su celo. «De la dulce Francia llegaba un río de emigrados en cuyos lívidos rostros, en cuya falta de afeite, en cuyo vestido ajado y muchas veces roto, se leían crueles persecuciones, sobresaltos, fugas y penalidades inauditas. Eran sacerdotes inserrnentés, canónigos, vicarios generales, obispos, gentilhombres, caballeros de S. Luis, cordons bleus, oficiales., marinos,- intendentes, procuradores del rey: astillas del antiguo régimen, en suma, esparcidas a los cuatro vientos por la exp’osión revolucionaria… Sólo en un día de octubre llegaron 96 clérigos de los que no habían querido jurar la Constitución». Fueron repartidos estos últimos entre las distintas casas religiosas de la ciudad, y el obispo, apunta el citado autor, les permitió celebrar misa. En «La Misión» fueron alojados 24, según afirma una lista formada en 1792-93, que publicó el «Boletín de la Sociedad Arqueológica Luliana» (septiembre de 1898).
Por otra parte, el «Libro de Ejercitantes» nos ha conservado el nombre de buen número de eclesiásticos y seglares franceses que por aquel entonces practicaron en nuestra Casa los santos ejercicios dirigidos por los misioneros compatriotas suyos. En 1796, figuran: José Arbrich, Pedro Barbe y Juan Gibert, dirigidos por el Sr. Laurent; durante el 1798 dirige a otros tres, un capitán de artillería y dos sacerdotes, el Sr. Chode; el Sr. Dalabi a un señor «Emanuel Carabasa», los Sres. Galtier y Claude a algunos sacerdotes. Y siguen- las notas de directores y dirigidos franceses hasta 1801.
Por lo que queda dicho se ve como nuestros refugiados tuvieion en qué ocupar santa y útilmente sus ocios, pagando así de algún modo la generosa hospitalidad que se les prestaba.
De este primer grupo de refugiados quiero destacar dos nombres es: el del Sr. Claude, Asistente general de la Congregación a partir de 1806, durante el gobierno de los Sres. Brunet, Placiard y Hanon, cuidando después de la muerte de este último de convocar Asamblea que le eligiera sucesor. Y el del Sr. Lanaholey, autor de varias cartas interesantes, transmitidas desde País a Misioneros españoles, y por cuyo medio y autorizada non su firma, se recibió en Madrid la «Noticia del origen de la Medalla de la Virgen Santísima», recientemente hallada y publicada por el P. Nieto, como apéndice de su obra «La B. Catalina Labouré y la Medalla Milagrosa» (edic. 1933). Documento de mucho precio por haberse escrito «con anterioridad a toda otra relación conocida del asunto, como que lleva la fecha de 5 de agosto de 1833».
Guerra de la Independencia (1808-1814)
A la gran Revolución no le bastó remover y derrocar las instituciones básicas de la antigua sociedad francesa. Una vez triunfante en su lugar de origen, se propuso extender sus conquistas más allá de sus fronteras, para así poder inocular en otros pueblos el virus de sus principios revolucionarios. Y una de sus víctimas preferidas fue el pueblo español. En franca decadencia nuestro poderío político y guerrero, grandemente debilitado el espíritu religioso, y en camino de ser substituida la solidez de nuestra antigua ciencia filosófico-teológica por el oropel de la flamante cultura enciclopedista, les pareció fácil la empresa. Pero, no contaban con las reservas de una raza inmortal, aunque decadente. Cuando nuestro pueblo se dio cuenta de la gran traición y felonía, ocupadas ya, so capa de amistad, por los ejércitos napoleónicos nuestras mejores plazas fuertes, y secuestrados nuestros reyes, levantóse heroicamente en armas, convirtiendo en campos de batalla todos los rincones de la Patria donde había osado sentar sus reales el hipócrita invasor, y no desistiendo de la lucha hasta desalojarlo por completo de las tierras españolas. ¡Lástima que, victoriosos en el terreno militar, quedáramos vencidos en el terreno ideológico!
Durante aquellos seis largos años de epopeya, Mallorca no oyó el fragor de los combates ni experimentó la ferocidad y pillaje de los soldados de la Revolución. Por ello se vio invadida por una multitud de pacíficos peninsulares, que huía despavorida de las regiones asoladas por la guerra. Mezclados y confundidos con esa multitud heterogénea de refugiados, llegaron a nuestra isla buen número de Misioneros, obligados a abandonar nuestras Casas de Cataluña para buscar asilo en lugar más seguro.
Se engañaría, empero, quien juzgara que, porque Mallorca estuvo alejada de los campos de batalla, no participaría o participaría escasamente de las grandes penalidades que son obligado acompañamiento de todas las guerras. Los naturales y los inmigrados experimentaron notablemente sus terribles efectos, en especial en el orden económico, de alojamiento y de abastecimiento, causas de vivo malestar social. Si otra cosa no supiéramos, bastaríanos el hecho de que Palma, ciudad entonces de unos 33.000 habitantes, llegó a rebasar los 70.000. Dieron el primer contingente Barcelona y su comarca, ocupadas desde bis primeros días por el invasor. A partir de 1810 la afluencia, de reposada y lenta se convierte en tumultuosa. Una verdadera invasión de forasteros viene a amontonarse en las estrecheces de Palma, tomando por asalto casas y viviendas, disputándose cocheras y sotabancos, pasando noches enteras bajo los soportales de las callejas aporticadas, en espera de mejor acomodo… Con la entrada de los franceses en Villanueva y con el asalto de Tarragona, una verdadera avalancha de fugitivos volvió a llamar a nuestras puertas… Las calles de Palma están materialmente cuajadas de personas que imploran la caridad. Ya a mediados de 1811 apuntaba en un cuaderno de notas el cronista coetáneo Barberi: «La isla hora abunda de muchísima gente extranjera y parece como una pequeña corte o una nueva Cádiz.» Y al año siguiente: «La carestía de trigo continúa sin más alivio que algunos barcos griegos que Dios envía.» Y entretanto seguían llegando barcos y más barcos y toda clase de embarcaciones, en las que a más de catalanes se apretujaban gentes de Andalucía, Valencia y Aragón, y aún de otras regiones más apartadas.
«Las casas de religión no podían contener más gente. No hay convento —dice Barberi- que no albergue a lo menos quince huéspedes». La Casa Misión no fue una excepción en medio de este estado general de cosas. También ella aguantó una superpoblación proporcionalmente más pronunciada aún que la calculada en la ciudad y demás casas religiosas. Y prescindo ahora de los externos, de los cuales algunos fueron hospedados allí habitualmente, como el venerable Obispo de Lérida, D. Jerónimo María de Torres y los Seminaristas diocesanos cuando les fue requisado el edificio del Seminario junto con los de la Sapiencia y Montesión para Academias militares, y otros periódicamente, como las diversas clases y grupos de ejercitantes (que, ciertamente, casi no comprende uno cómo y dónde serían aposentados) ; y quiero fijarme en los que hacen a nuestro objeto, que son nuestros cohermanos allí refugiados. No insistiré en su parte de privaciones y sufrimiento, que se desprende suficientemente de lo anteriormente expuesto.
Los primeros en llegar fueron los HH. Estudiantes de Barcelona. Les acompañaban dos de sus profesores, los Sres. Sendra y José Roca, si bien este último no aparece en la nota del «Llibre miceláneo» que consigna el hecho. Dice así:
«Setembre de 1808. Dia 2, arribaren a ésta, des de Reus, ahon habian passat fugitius de Barcelona, per causa de la guerra, los següents:
Sr. Juan Cendra, natura’ de la Bishal del Valles, Bisbat de Barcelona. — H. Ignaci Santasusana, natural de Manresa, Bisbat de Vich. H. Felipe Barragán, natural de la Higuera, Bisbat de Badajoz. H. Antoni Pla, natural de Joanet, B’sbat de Vich. — H. Zeferino Cráber, natural de Selgua, Bisbat de Lleyda. H. Antonio Larroya, natural de Tamarit, Bisbat de Lleyda. — H. Jaume Beil (Vehil), natural de Vilassá de Dalt, Bisbat de Barcelona. — H. Carlos Roca, natural de Esquirol, Bisbat de Vich».
Quedaba en Barbastro otro pequeño grupo de Estudiantes, los Moralistas. A ellos se unió en 1812 el H. Larroya. Todos los demás terminaron sus estudios en la isla, fueron ordenados allí de sacerdotes y trabajaron después como buenos operarios en los diversos ministerios que les confió la Obediencia. Uno de ellos, el Sr. Santasusana fue Visitador durante el primer año de nuestra restauración, en 1852-53.
Hasta la primavera de 1810 no consignan las memorias la llegada de nuevos refugiados, pero desde mediados de marzo empiezan a repetirse las notas del cronista hasta elevar a un total de 23, incluidos los anteriores, el número de los nuestros, caritativamente acogidos en la Casa de Palma.
Volvieron a abrir la marcha dos HH. Estudiantes .»Març de 1810. Dia 15 arribaren l’H.° Bricet y l’H.° Fromón, francesos, tumbé fugitius de Barcelona.» Estos dos jóvenes, junto con el II. Campllong, que falleció en la casa de Matamoros, emigrados de su patria cuando la Revolución, habían sido admitidos en nuca’ ro Seminario Interno de la calle de Tallers en 1802-1803. Terminado éste y admitidos a los Santos Votos, empezaron allí mismo los estudios. Ignoramos (aunque es fácil conjeturarlo), por qué en 1808 no siguieron a los demás Estudiantes en su huida a Reus-Mallorca y por qué, transcurrido poco más de un mes de su anclo a la isla, reembarcaron para el Oriente. La crónica dice escuetamente: «Als 29 (de abril) partiren per Esmirna los Hnos. Bricet y romon, estudiants francesos».
La Comunidad que quedó en Barcelona, arrojada de su propia Casa de la calle de Tallers, se había instalado en la de Matamoros, pero, no dejándola en paz ni aún allí las autoridades intrusas, se dispersó, fugándose de la ciudad cautiva la mayoría de sus componentes. Es de creer que los Seminaristas habrían sido enviados de antemano a sus casas. A Mallorca llegaron los Sres. Sobíes, Visitador, Vilera, Feu, Prat, Buenaventura Codina y Sintes, con los HH. Coadjutores Valls, Balvey y Francisco Farell.
Procedentes de otros puntos desembarcaron en playas mallorquinas e’ Superior de la Casa de Reus, Sr. Francisco Camprodón, quien a los pocos meses de llegado sería puesto al frente de la que le servía de refugio, y años después ejercería el cargo d’ mayor responsabilidad en la Provincia, después de haber reorganizado en Barcelona el Seminario Interno. De la Casa de Barbastro, el Sr. Carreras Juan, citado y alabado como hebraísta por Torres Amat. Y por último, de la de Guisona, aquel misionero de buena memoria, que se llamó Sr. Escarrá, el que, en tiempo de la supresión de la Congregación en nuestra Patria, después de 1835 sería aquel venerado y sabio profesor de Teología, en La Casa Madre, de quien con tan merecido elogio nos hablan las «Relations abrégées…» (tomo 3º) y más adelante una de las columnas de nuestra restAuración en España.
Del grupo de barceloneses cabe hacer resaltar los nombres del Sr. Sobíes, quien el 6 de octubre de 1810 recibió en Mallorca el nombramiento circunstancial de Vicario general de la Congregación en los reinos de España, por decreto del Nuncio, Mons. Gravina. Del Sr. Codina, amante como pocos de la Congregación, a cuyo servicio consagró todas sus fuerzas antes de ser designado para la silla episcopal de Canarias. Del «príncipe de los oradores», Sr. Vilera, que hizo levantar más tarde la segunda Casa que ha poseído la Congregación en la Ciudad Condal, que, expatriado por la persecución de 1835, es honrado por el obispo de Carcasona (Francia) con el cargo de Vicario general, dignidad que renuncia para unirse a los cohermanos de Italia, donde regenta la cátedra de Teología moral del Colegio Alberoni (Plasencia), para pasar por último a dirigir los ejercicios a Ordenan- dos españoles en Montecitorio. Y, finalmente, del bondadoso y activo Sr. Feu, quien, cuando esté al frente de la. Provincia de España, abrirá, en 1828, la primera Casa Misión de Madrid y será su primer superior.
¡Benditos mil veces los muros centenarios que recogieron y guardaron tantos y tan excelentes Misioneros, piedras angulares del edificio de la Congregación en nuestra Patria, y su honor dentro y fuera del suelo español! Aunque fuera éste sólo su único mérito tendrían perfecto derecho a un lugar de distinción en las páginas de nuestra historia.
Si los refugiados franceses de, fines del siglo XVIII se prestaron a cooperar en los ministerios de la Comunidad de Palma, ello tuvo que ser, naturalmente, en el campo limitado que les permita la diversidad de lengua y costumbres. Ahora no existen tales fronteras, y los celosos operarios, arrancados por la guerra, de sus ministerios de Cataluña, pueden reanudarlos al día siguiente en Mallorca. Y así fue. Basta ojear los antiguos manuscritos de la Casa para darse cuenta de aquella general, inmediata y gozosa incorporación al trabajo. No es posible bajar a pormenores porque nos extenderíamos demasiado. Las reseñas del «Llibre de Missions» y los registros de ejercitantes y Ordenandos son un testimonio elocuente de lo que venimos diciendo. Y estos manuscritos no pueden decirlo todo. No hay ninguno de aquellos refugiados cuyo nombre, quien más quien menos, no figure como obrero de alguno de los citados ministerios, a excepción del señor loca, quien con el Sr. Sendra y algún otro estarían ocupados en las clases y formación de los Estudiantes.
Una vez terminada la guerra fueron reintegrándose a sus antiguos puestos. o marchando a los nuevos, de manera que a fines de 1815 no quedaban ya en Palma más que los individuos de su Comunidad.
Trienio liberal (1820-1823)
De este período de triste recordación, lleno de turbulencias y de manías persecutorias contra la Iglesia y las Congregaciones religiosas, no hace a nuestro objeto más que un hecho que recoge el siguiente Post Scriptum de una circular del Vicario general Sr. Baccari fechada en Roma el 6 de febrero de 1823. Dice: «Escrita ya la presente, he recibido una carta del Sr. Francisco Camprodón, Superior de Barcelona y Visitador de las casas de España. Me escribe desde Palma de Mallorca y me comunica que, detenido por las tropas (revolucionarias) a media noche del 7 de septiembre (de 1722), fue puesto en prisión con otros eclesiásticos, paisanos y militares de todas clases, y que luego fueron expuestos todos juntos, en la plaza, a la vergüenza pública, para que fueran silbados y escarnecidos por el populacho revolucionario; como, realmente, ‘o fueron no sin peligro para sus vidas. Al presente se encuentra en nuestra Casa de la mencionada ciudad, en paz y seguridad».
Fue esta vez a Mallorca el Sr. Camprodón como refugiado forzoso, pues marchó allí desterrado de Barcelona por las autoridades liberales.
Supresión «legal» de la Congregación en España (1835-1852)
Amos nuevamente de España al morir Fernando VII los enemigos de la Religión y de la Patria, fue una de sus primeras preocupaciones la desaparición de las Congregaciones y Ordenes religiosas. Postulado ineludible de las logias, verdaderas gobernadoras del gobierno de la nación, había de dársele cumplimiento, fuera como fuera. Por esto, allí donde no llegaron o no bastaron los crímenes y violencias de masas previamente pervertidas, y halagadas en sus más !bajos instintos con la promesa de impunidad, allí llegó la mano fina y enguantada del gobernante por medio de sus sacrílegos decretos, ordenando la supresión y expropiación legal de las Comunidades.
Sufrió nuestra Casa de Palma este último atropello el 3 de mayo de 1836. Pero, aun esta vez, en que ella misma iba a ser víctima de la persecución, no lo fue sin antes haber ejercido su misión, pues antes de que se consumara el atropello de la disolución de la Comunidad y expropiación del inmueble y demás bienes de la Casa, había aquella acogido a cinco cohermanos que meses antes llamaron a sus puertas, «huyendo de los peligros de la guerra civil», se advierte en una nota. Eran estos tres Hermanos Seminaristas: Ginart, Subdiácono, Cerdá y Ramis; el H. Coadjutor Jaime Cañellas, natural de Santa María, donde se retiró al ser disuelta la Comunidad, y el Sr. Alejo Davíu.
Indudablemente es el Sr Davíu el refugidado más benemérito, en calidad de tal, de todos los que han pasado por la Casa de Mallorca. Su recuerdo merece vivir siempre en la mente y corazón los amadores de «La Misión», y su nombre, ser escrito entre el de los más ilustres bienhechores y el de los mejores Misioneros que son gloria de aquella bicentenaria mansión. Si hoy posee a Congregación aquella. Casa lo debe, después de Dios, a los cuidados y tesonera vigilancia del valiente anciano. A pesar de los ratos que su enérgica actitud le costó, jamás consintió desentenderse de «su» Casa, ni en los primeros años de la expropiación, cuando fue destinada a «Casa de venerables», o sea, a hospicio de exclaustrados viejos achacosos; ni cuando sirvió de refugio a eclesiásticos religiosos y seculares de todas edades. Y todavía restábanle bríos suficientes para reanudar, «ajudat de un l’are Franciscano, lo P. Gabriel Villonro», los tradicionales cursos de misiones que dejó reseñados en el Libro de Misiones. Ya con un pie en el sepulcro escribió al Superior general, suplicándole el inmediato envío de un Misionero español, si quería salvar en la isla los intereses de la Congregación. El Sr. Marimón, designado por el M. R. P. Etienne, llegó oportunamente para cerrar los ojos al venerable octogenario y recibir su herencia el 22 de enero die 1818. Pudo morir en paz. Junto a su cabecera estaba quien le prometía que no serían baldíos sus esfuerzos en pro de aquella Casa, porque él continuaría velando por ella hasta conseguir su t integración a la Compañía. El 1.° de mayo de 1851 volvía de nuevo la Casa a manos de sus legítimos dueños.
¡Magnífico ejemplo de amor a la Congregación, éste del señor Alejo Davíu! ¡Y amorosa Providencia de Dios para con la Casa de Mallorca! ¿No es muy puesto en razón creer que quiso Dios premiar sus caritativos oficios para con los refugiados, haciendo que fuera precisamente uno de ellos el instrumento de su conservación en tan difíciles circunstancias?
Semana trágica de Barcelona (Julio de 1909)
Ya no nos resta sino dedicar unas líneas a los que fueron a buscar asilo en la Casa de Palma, a raíz de los trágicos acontecimientos de julio-agosto de 1909, en la capital de Cataluña, que llenaron de sangre, ruinas e ignominia las calles de la gran ciudad.
He aquí lo que escribía el entonces Visitador de nuestra Provincia, Sr. Gelabert, en carta circular, fechada dos meses después de los sucesos, el 27 de septiembre: «La mayor parte de los nuestros pudieron embarcar, no sin grandes dificultades, para Mallorca, donde fueron cariñosamente escogidos por nuestros hermanos y aún por personas extrañas». ¿Quiénes fueron aquellos refugiados? Aunque resulte extraño, dada la proximidad del hecho, no he podido encontrar una lista de aquellos fugitivos de la ciudad en revolución, algunos de los cuales —según referencias- pasaron por trances trágico-cómicos antes de verse libres de los bárbaros amotinados y poder embarcar para Mahón y Palma. No obstante, preguntando a unos y a otros, hemos formado la siguiente: Sres. Miguel Cañellas, Domenge, Puig y Sampol; H. H. Estudiantes Gual, Crespí, Jaime Ramis, Barceló, Tugores, Fiol, Vanrell, Socias, Pedro Juan, Antonio Cañellas. Grau, José Solá. Serrano y Vicente García Iranzo.
Movimiento Nacional (1936-1939)
Finalmente —terminaba diciendo en noviembre de 1936— la mayor parte de los actuales moradores de esta Casa, aquí presentes, congregados por una especialísima Providencia de Dios al amor de estos muros cargados de historia, en la paz- y dulce tranquilidad de esta isla afortunada, durante el actual Movimiento Nacional salvador de nuestra Patria, unidos en espíritu a todos nuestros antepasados que aquí mismo encontraron también amoroso cobijo en días de prueba y de peligro, levantemos nuestros ojos al cielo y bendigamos al Altísimo, agradeciéndole de todo corazón que haya querido en tan críticas circunstancias que el ti ello, la lumbre y el pan de la Casa Misión mallorquina sea, por gracia de fraternal caridad, el techo, la lumbre y el pan de nuestra amada Provincia.
Esto mismo quiero repetir ahora, añadiendo a los motivos entonces apuntados, otros nuevos: la continuidad por tres años en el beneficio inicial; la Providencia especial también que protegió siempre a aquella Casa y a los refugiados en ella durante los treinta y dos largos meses de cruentísima guerra, y por último, el al menos singular favor del Cielo que le ha devuelto ,en la paz, manos y salvos, a cuantos en la guerra generosa y patrióticamente de ella salieron para unirse a los cruzados que en los frentes de combate luchaban, morían y vencían por el honor de Dios y por la grandeza de la Patria.
Dos siglos de fidelidad a un destino, no menos sacrificado que glorioso, como es el que parece haber confiado Dios a nuestra casa de Palma de Mallorca, dan derecho a esperar que se lo ha de conservar en el futuro para honor de la Casa y bien de la Provincia y de la Congregación entera. ¡Faxit Deus!
NICOLAS PASCUAL, C. M. Espluga de Francolí, septiembre de 1939.








One Comment on “La Casa Misión de Palma de Mallorca y los Misioneros refugiados en ella”
Que el 2014 tinguessiu la barra de publicar aixó «En estos días, en que van dejando nuestra Casa de Palma de Mallorca los últimos que allí quedan de aquel considerable número de Misioneros, jóvenes Estudiantes y Hermanos Coadjutores que en ella encontramos caritativo refugio y abrigo durante el glorioso Movimiento Nacional, que felizmente terminó el 1º de abril del año en curso, ha parecido oportuna la publicación en nuestra Revista de un pequeño estudio histórico». Jo que record com un mal son la missió que predicareu a Vilafranca de Bonany i que vaig viure con a escolanet en que sotmetereu a un pressió intolerable a un bon home del carrer de l’Aigua l’unic retret al que vos aferrareu era el no anar a missa hem semble deploraBLE