¿Qué les puedo decir sobre la caridad que no sepan? Sobre el tema de la caridad, los doctores y los santos han sido sobreabundantes. A veces pienso que sobre estos temas en los que estamos bien informados, sería mejor dedicarnos a su contemplación que a hablar de ellos. Sin duda, es mejor contemplar a Dios que es amor, examinarnos cómo vivimos el amor y cómo cumplimos esta Ley suprema del cristiano, plenitud de la ley, vínculo de la perfección. Ver qué hacemos para probarnos a nosotros mismos que, de verdad, amamos a Dios, a los hermanos, a los pobres, a todo lo que Dios ama. Seremos juzgado en el amor, nos dice San Juan de la Cruz, y San Juan, el discípulo amado, nos dice que la verdadera señal del discípulo de Jesús es la práctica del amor. Orar para que el Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, derramado en nuestros corazones, siga su obra maravillosa de transformarnos en el amor y por el amor…
Sin embargo… he sido llamado para hablarles sobre la Caridad.
1. El Amor… es una opción
No hace mucho tiempo, la liturgia de las Horas nos ofrecía a los sacerdotes un pasaje de un sermón de San Agustín cuyo tema era:
«cantemos al Señor un cántico nuevo.»
Cantar es expresión de alegría y de amor. Quien ha aprendido a amar, ha aprendido a cantar lo que ama. Quien ama la vida nueva, sabe cantar el cántico nuevo. Quien ama al Señor, sabe cantar al. Señor. La idea es bella, interesante, pero no es la que más me llamó la atención. San Agustín seguía diciendo: Todo hombre ama, nadie hay que no ame, pero hay que preguntarse ¿qué es lo que ama?
a) Una opción… ¿por qué?
No se nos invita a amar, sino a que elijamos el amor, lo que tenemos que amar. Suya es la frase tan conocida:
«dime qué amas y te diré qué eres».
La idea de elegir nuestro amor merece nuestra consideración. Las decisiones de nuestra vida están determinadas por el amor. Por esto es importante elegir bien lo que amamos. Nuestra existencia está configurada por lo que amamos y cómo lo amamos. Lo que se nos impone sin amarlo, lo que se asume sin amor, o se ama con amor débil, es un peso muerto, vale poco y, ciertamente, no habrá seguridad de perennidad. Existe tanta veleidad porque no se ama en profundidad. Jesús nos amó hasta el fin, en el tiempo; y hasta el extremo, en la densidad. Era amor verdadero, profundo. Todo amor, si es verdadero, es indisoluble, en el matrimonio y en cualquier estado.
b) Una opción… ¿cómo?
Elegimos amar a Dios porque Él nos amó primero. Esto es lo que nos enseña San Juan, y San Agustín sigue el mismo criterio. Me parece que es una pista para saber qué debernos amar. Basta con que nos preguntemos por el contenido de la elección de Dios: ¿para qué me ha elegido Dios? La respuesta nos ofrecerá un abanico de amores. Pensemos en la Hija de la Caridad:
- ¿Para qué la ha elegido el Señor?
- ¿Cuál es el contenido de su vocación y misión?
La vocación y la misión tienen origen en una libre y amorosa elección de Dios, hecha desde toda la eternidad. Bien saben ustedes cómo San Vicente gustaba de repetir esta idea a las Hermanas cuando eran llamadas para esta obra o este lugar. Al fin, la elección de Dios se concreta en el quehacer cotidiano de la existencia.
No es necesario que yo enumere aquí todos los contenidos de la elección que Dios ha hecho de nosotros. Sí creo necesario recordarles el esmero con que debernos presentar los objetos de la elección. Decir que tenemos que amar a Dios, a Jesús, a María, a nuestras Hermanas a la Compañía, a los pobres, etc. puede ser un tópico, un lugar común, o puede ser muy interesante y conmovedor. Algo que se dice porque hay que decirlo, ni ilumina ni conmueve. Las verdades resabidas tienen el peligro de resbalarnos; fácilmente las trivializamos y no les damos espacio dentro de nosotros para que funcionen.
Pienso, por ejemplo, en el amor a la Compañía. Encuentro gran diferencia si se la presenta como don ele Dios a la Iglesia y a los pobres o se la presenta como empresa de un servicio por muy bueno que este sea. A algunas Hermanas he oído con pena decir: «para trabajar aquí, trabajo en mi casa». No han sabido nada, o casi nada, de lo que en profundidad es la Compañía. No es lo mismo presentar el alma de la ‘Compañía que presentar sus obras como realidad social, por muy buenas que estas obras sean. No es infrecuente encontrarnos con Hermanas que tienen visiones distintas de la Compañía: alguna de estas visiones anima muy poco a que se la ame.
La elección es un don gratuito globalmente considerada. También es un don gratuito su concretización. Este don concreto marca toda la elección y hace que la persona, fiel a la gracia, se proyecte de una manera especial sobre un aspecto u otro. Dentro de un amor general denso, puede haber amores especiales. Todos, creo, tenemos experiencia de ello. ¿Por qué, dentro de la Compañía, creemos amarla en su totalidad y, sin embargo algo de ella nos atrae especialmente, y ese algo lo hacernos objeto de predilección particular? No es siempre fácil dar una respuesta. Algo hubo que nos cautivó, que nos atrajo con fuerza especial, desde un primer momento o después de una experiencia. Habrá que pensar en una elección de Dios. Estamos en el campo del discernimiento ante los signos que el Señor ofrece a cada alma. A veces el camino puede ser largo y tortuoso. Recordemos el camino seguido por San Vicente hasta amar con pasión a los pobres, o el de Santa Luisa, quizá todavía más elocuente y más aleccionador. Tardó, pero acertó en sus verdaderos y principales amores.
2. El Amor… es un testimonio
Hecha la elección de lo que debemos amar, surge otra pregunta: ¿Y cómo hemos de amar?
Todas ustedes saben muy bien la doctrina de San Vicente sobre el amor afectivo y efectivo, y su predilección práctica por éste. Todos los místicos llegan a la misma conclusión. Santa Teresa, que siente intensamente el amor afectivo, enseña a sus hijas que el amor tiene que probarse con las obras: «Obras, Hermanas, obras». San Ignacio de Loyola, después de decirnos que el amor es la actitud fundamental del cristiano, hace observar que el amor debe mostrarse por las obras.
a) Un testimonio… ¿por qué?
De todo esto resulta que las obras son un criterio para enjuiciar el amor, si no el único, sí el más convincente. En español tenemos una frase popular, que seguramente existirá en todas las lenguas y dice así:
«Obras son amores y no buenas razones.»
Encontrar este pensamiento en San Vicente es fácil, porque abunda. Sólo quiero recordarles aquel que añade un matiz particular:
«Amemos a Dios, pero que sea con el sudor de nuestro rostro y con el cansancio de nuestros brazos».
Sólo se suda cuando ponemos a presión nuestro organismo psíquica o físicamente. Sólo nos cansamos cuanto trabajamos de verdad. Aquí está el matiz: amamos quemando algo de nosotros mismos. Este aspecto de sacrificio por el amor tiene importancia, creo yo, por el convencimiento personal de que amamos o porque prueba a los demás que amamos, razones éstas suficientemente válidas para que no nos quedemos sólo en los bellos sentimientos y, mucho menos, en las bellas palabras.
b) Un testimonio… ¿cómo?
La Caridad, es, además, comunicación. Dios se nos da al amarnos. Nosotros nos damos amando. No se trata de dar cosas, de prestar servicios, como lo más importante. Es la donación de la persona lo más importante, haciendo partícipes a los demás de lo que soy, mucho más que de lo que tengo. Si no fuera así, podríamos pensar que todavía quedan raíces de egoísmo. A veces, la entrega es tal que hasta se desea renunciar a lo irrenunciable. San Pablo desea ser anatema con tal de que su pueblo se salve. San Vicente pronuncia aquella maravillosa frase:
«¡Qué me importa el que yo ame a Dios, si mi prójimo no le ama!».
Antes dije que, en el amor, dar cosas y prestar servicios no es lo más importante. Sin embargo, el amor lleva al servicio. Las Hijas de la Caridad se dan a Dios para el servicio de los pobres. Hay que entender bien de qué servicio se trata. La luz nos la da el texto de las Constituciones que reza así:
«El apostolado de las Hijas de la Caridad es, al mismo tiempo, mirada de Fe, y puesta en práctica del Amor. Su primer paso es la atención: atención hacia las personas y las realidades concretas de su vida».
El apostolado de las Hijas de la Caridad es, al mismo tiempo, mirada de Fe y puesta en práctica del Amor. Su primer paso es la atención: atención hacia las personas y las realidades concretas de su vida. Si analizamos este texto nos daremos cuenta de su riqueza. La inspiración del apostolado nace de la Fe y su realización es exigencia de la práctica de la Caridad. Al mismo tiempo está lleno de humanidad, porque se tiene muy en cuenta la persona y las circunstancias que la rodean para poner eficaz remedio a sus necesidades. Creo que todos estos aspectos tocan muy de cerca, son esenciales, a la visión vicenciana de la caridad. No se puede prescindir de ninguno de estos elementos porque se falsificaría el servicio según lo entiende San Vicente.
Siempre me hizo mucha gracia aquella ocurrencia de San Vicente: «Eso también lo hacen los turcos». San Vicente se refiere a pedir perdón cordialmente. También vale para nuestro tema, es decir, prestar un servicio, ejercer una profesión, remediar una necesidad, lo hace todo el que puede y tiene buen corazón. Infinidad de obras buenas se hacen por interés económico, por ideologías políticas, por humanitarismo. Hoy asistirnos a una invasión de ideas humanitarias, a la creación de estructuras sociales que intentan remediar las necesidades de los hombres. Hay que alegrarse de ello. Sin embargo, algo hay que nos debe inquietar y es que su inspiración no es directamente evangélica. Se hace desde posiciones laicas, desde ideologías, pero no, al menos directamente, desde el Evangelio. Para un cristiano, para una Hija de la Caridad, no basta eso. Nos podernos alinear y colaborar en la consecución de esos ideales, pero sin renunciar a nuestra propia inspiración que es la Fe y a nuestro propio dinamismo que es el Amor de Dios. El servicio cristiano tiene que ser completo, perfecto. Para ello hay que remediar eficazmente la necesidad; el servicio tiene que ser competente pero, al mismo tiempo, tiene que ser comunicación de amor. Si buena es la Salvación que nos da Cristo, lo que más entidad le da es cuije procede de su amor gratuito y misericordioso…
3. El Amor… es un dinamismo
Otro aspecto de como debemos amar, es el que se refiere a la densidad. El himno a la caridad que el Apóstol San Pablo nos ofrece en su primera carta a los Corintios, capítulo 13, es otra muestra del amplísimo campo de la Caridad y sus exigencias espirituales. Al final dirá que la Caridad lo supera todo, que está por encima de la Fe y de la Esperanza. «Esto queda, nos asegura haciendo un resumen de lo que acaba de escribir: Fe, Esperanza y Amor, y de ellas las más valiosa es el Amor».
a) Un dinamismo… ¿por qué?
El escudo de la Compañía de las Hijas de la Caridad reza así: «La Caridad de Cristo nos apremia».
El contexto en el cual San Pablo escribió esta frase es interesante:
«Porque si perdí el juicio, fue por Dios; si estoy cuerdo, en mis cabales, es por vosotros. Es que el amor de Cristo no tiene escapatoria, cuando pensamos que uno murió por todos…».
Sabroso es el comentario que las mismas Constituciones ofrecen:
«La Caridad de Jesucristo Crucificado, que reina en el corazón de la Hija de la Caridad y lo abrasa, la apremia a acudir a todas miserias.»
En resumen, hay que amar con fervor, hay que convertir la caridad en celo, porque
«si la Caridad es fuego, el celo es la llama; si la Caridad es el ‘ol, el celo es su rayo. El celo es lo más puro en el amor».
Cuando San Vicente habla del celo, nos hace ver que él mismo está poseído de ese fuego. A los Misioneros les dice:
«Nuestra vocación es ir… por toda la tierra y ¿qué hacer? Abrasar los corazones de los hombres, hacer lo que hizo Nuestro Señor que vino a traer fuego al mundo para inflamarle con su amor. ¿Qué podemos querer sino que queme y consuma todo?».
A las Hermanas les habla de otra manera:
«La Caridad nos hace amar a Dios con toda la amplitud de nuestro afecto, nos hace ansiar ardientemente que sea amado y servido por todos, que sea conocida y amada esta verdad, esta inmensidad, esta pureza, esta bondad, esta sabiduría, esta providencia divina, esta eternidad en la cual comunica su gloria a los bienaventurados y les hace que continuamente ofrezcan sus oraciones por todos. He aquí los efectos del Amor de Dios».
b) Un dinamismo… ¿cómo?
La Caridad es una virtud esencialmente dinámica que engendra el celo y el fervor. Los que aman de verdad hierven de fervor en el servicio del Señor. La Hija de la Caridad tiene que saber que la virtud de la Caridad es la misma Caridad cristiana, pero reforzada, si es que podemos hablar así, por su misión particular: misión de caridad, de amor a Dios y a los pobres. Es lo propio de su vocación en la Iglesia y por ello la Iglesia se lo pide. Por eso mismo, el celo de la Hija de la Caridad, naciendo de la virtud de la Caridad, tiene también como resorte la misión. En Jesús también advertimos la fuerza que da a sus actitudes no sólo el Amor, sino también la Misión. En un pasaje de lo sucedido durante la última Cena, vemos a Jesús como con prisas por cumplir su misión:
«Ya no es tiempo de hablar largo, porque está por llegar el jefe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero el mundo tiene que comprender que amo al Padre y que cumplo exactamente su encargo. Por esto, ¡Levantaos y vámonos!».
Lo mismo nos dice San Lucas cuando pone en labios de Jesús esta frase:
«Fuego he venido a traer a la tierra y deseo vehemente verlo ya encendido».
El que tiene el don de conectar con los sentimientos de Cristo se verá muy pronto empujado a la entrega total. Creará en él actitudes muy significativas:
«Todo lo soporto por amor a los elegidos… aunque hubiera de derramarme en libación me alegro y con todos vosotros me felicito… Me gastare con mucho gusto y hasta mí mismo por vuestras almas… Siento por vosotros celos de Dios… Soy deudor a todos, griegos y bárbaros».
San Vicente no le va en zaga a San Pablo. Seguro que todas ustedes recuerdan muchos pasajes de su vida y escritos en donde la caridad se convierte en celo. Cuando creía que las puertas de París se le caían encima, o cuando decía que a los pobres hay que ir como se va a apagar un fuego, o cuando afirmaba que no le preocupaba tanto la Compañía pero sí los pobres porque ellos
«son mi peso y mi dolor».
La Caridad para San Vicente inquieta, inflama y quema hasta consumirse. El misionero que tiene la buena ocurrencia de redactar el diario de los últimos días de San Vicente, nos recuerda que el 7 de junio de 1660 dio esta recomendación:
«Consumirse por Dios, no disponer de bienes ni de fuerzas sino para consumirlas por Dios, esto es lo que hizo Nuestro Señor por amor del Padre».
Estas frases y otras muchas que podemos espigar son sólo muestras de una realidad más profunda que envolvía toda su vida. Nuestro Fundador tuvo el don de vivir la Caridad, de saber proyectarla, de desarrollarla, de arder en celo, de sentirse urgido, apremiado por la Caridad.
He insistido en el celo como modo de practicar la Caridad en densidad, Creo que hay que formar no sólo para amar, sino también para amar con celo, con fervor. Pienso que, si no es así, nos faltará lo mejor, lo atrayente, lo más convincente. Me parece que sin celo en el amor, seríamos infieles a nuestra misión. Ustedes son conscientes de los peligros de la rutina, de la mediocridad, de la superficialidad que continuamente nos acechan en la práctica de la Caridad. No se trata de ser imprudentes, pero tampoco de contentarnos con lo justo. Casi siempre se puede más. Para el cristiano, la norma no es el deber escueto, es el Amor, y
«el Amor es infinitamente inventivo».
El celo, además, nos acerca a la medida del amor. La medida no en «que yo ame al otro como quiero ser amado» ni —aunque parezca un poco extraño— «el amor con que Jesús nos amó» —y ya es amar—, sino que la medida verdadera es «el Amor del Padre». Hay que amar como ama Dios, quien siendo Amor ama necesariamente, sabiamente, omnipotentemente, absolutamente, infinitamente. Todas las perfecciones que podemos imaginar en Dios, las podemos aplicar al Amor que es Dios.
4. El Amor… ¿virtud específica de las Hijas de la Caridad?
Después de lo dicho, es casi superfluo hacerse esta pregunta. Con todo, algo podernos añadir.
a) El origen de la Compañía
Nace corno exigencia, no tanto de una organización de la Caridad, de las Caridades, sino como exigencia de la virtud de Caridad cristiana que debe llegar a todos, y las Señoras de la Caridad no podían llegar.
Su mismo nombre
No es un nombre que tenga solamente su inspiración en el hecho externo de siervas de los pobres de las Caridades. No, es un nombre lleno de teología y de exigencias espirituales. El nombre viene de Dios:
«Cuando todo el mundo habla bien de una cosa, entonces, la voz del pueblo es la voz de Dios. Por tanto, ha sido Dios quien os ha dado este nombre. Por eso, conservadlo con cuidado, procurando tener siempre el vestido de la caridad, cuyas señales son el amor a Dios, al prójimo, a las Hermanas no sea que Dios os borre del libro de la vida, y no os suceda como a aquel Obispo del que nos habla el Apocalipsis: «Tú tienes el nombre de tal, pero no haces sus obras». «¿Habéis oído alguna vez un nombre más hermoso y más favorable a los. pobres?».
El nombre ya es un reto. Hay un detalle, sumamente teológico, que no quiero callar. Me refiero a la explicación, por otra parte muy lógica, que San Vicente hace cuando afirma que el nombre de Hija de la Caridad lo que significa realmente es Hija de Dios:
«¿Qué creéis que significa este nombre «Hija de la Caridad»? Nada menos que. Hija de Dios, del buen Dios. Por eso, sed siempre cariñosas y cordiales, escuela de todas las virtudes».
b) El fin de la Compañía
«Honrar a Nuestro Señor, fuente y modelo de toda Caridad. La naturaleza de las obras y sobre todo el espíritu que debe animar a toda Hija de la Caridad. Si esta virtud no se explicitara como característica de la Hija de la Caridad, habría que suponerla. San Vicente prefirió la explicitación a las suposiciones. Todas estas razones son suficientemente válidas…
Yo, en cambio, quiero insistir en la fundamentación cristocéntrica, como lo he hecho al hablar de la humildad y de la sencillez.
Vuelvo al mismo punto de partida: al Cristo que las Hijas de la Caridad deben contemplar e imitar. Este Cristo, Adorador del Padre, Designio del Amor del. Padre a la humanidad, es contemplado también como Evangelizador de los Pobres. Después de la admirable Exhortación de Pablo VT la Evangelii Nuntiandi, la idea que poseemos sobre lo que significa evangelizar adquiere dimensiones amplísimas. Evangelizar significa recreación del mundo y del hombre a la luz de Cristo. Pero ¿cómo? Cuando Pablo VI nos habla de los contenidos de la Evangelización, establece como contenido esencial, inmodificable, so pena de desnaturalizar gravemente el verdadero significado de la Evangelización, el testimonio del. Amor del Padre. Dice textualmente el Papa:
«No es superfluo el recordarlo: evangelizar es ante todo dar testimonio, de una manera sencilla y directa, de Dios revelado en Jesucristo por el Espíritu Santo. Testimoniar que ha amado al mundo en su Hijo».
Consecuentemente, el Papa pide a los evangelizadores que estén animados por el Amor.
«Un amor mucho mayor que el del pedagogo: más aún, es el amor del padre; más aún, es el amor de la madre».
Es fácil percibir los ecos vicencianos de todos estos pensamientos proferidos por un Papa del siglo xx.
La Hija de la Caridad debe ser evangelizadora como lo es el Cristo, que ella contempla y quiere imitar. La Caridad, corazón de la Evangelización, la debe animar.
Siguiendo el hilo de las Constituciones, confirmamos lo dicho:
«La Caridad a la que están llamadas las Hijas de la Caridad es la misma Caridad de Cristo que las impele a ayudar a todos para que realicen su vocación de hijos de Dios».
Humildad, sencillez, Caridad. Tres virtudes cardinales para las Hijas de la Caridad; tres dinamismos de su vida; tres rasgos de su fisonomía que las hace visibles. Son su alma. Una, las introduce totalmente dentro de la espera divina, a la vez que las libera de los obstáculos humanos; otra, las hace dóciles instrumentos de Cristo, depender de su Espíritu, como quería Santa Luisa: la otra las inflama en el amor de Dios y de Cristo.
«Dios quiere que las Hijas de la Caridad se dediquen, ante indo, la práctica de la humildad, la sencillez v la caridad».
Y si Dios lo quiere, ¿qué otra razón necesitamos? ¿A qué esperarnos?






