Las hermanas en los manicomios
Animadas por el impulso de la fe, las primeras hermanas se entregan a su nuevo campo de acción. Como siempre les esperaban trabajos muy humildes: ropería, cocina, enfermería. Pero todas sus acciones están impregnadas de espíritu sobrenatural: amor a Dios y al prójimo.
He aquí como, poco a poco, el orden se establece. Los señores administradores atestiguan, según Abelly, «que estas buenas hijas habían suprimido multitud de desórdenes que ofendían a Dios, arruinaban los bienes de la casa y alteraban a estos pobres locos, por esto estamos muy edificados y satisfechos de su conducta».
La casa no se vaciaba, y el mismo san Vicente encontró a veces dificultad para internar a alguien. Por ello expresa su pesadumbre a sor Margarita Chétif, en una carta del 22 de junio de 1658, al no poderle procurar el consuelo de «hacer que reciban en el manicomio a ese buen hombre, alienado de espíritu, del que me escribís, ya que jamás se encuentra plaza vacante, al estar encargadas por otros antes de que estén libres».
Las hermanas tenían a veces la alegría de ver al propio san Vicente venir en persona ya fuese para visitarlas, ya para ver cómo iban los enfermos que había logrado pudieran ser admitidos. En el proceso de beatificación, una hija de la caridad adujo que se acordaba de una dama, en particular,
«que había caído en un estado de furia tal que cuatro hombres debían custodiarla, y de una señorita afligida por la misma locura, que habían sido instaladas por el siervo de Dios en la casa, en la que una estuvo casi dos meses y la otra seis semanas. La hermana de servicio consideró que la curación de las dos fue una bendición concedida por Dios a los méritos de su servidor. La dama hizo una confesión general antes de partir, y después gobernó a su familia con gran prudencia; la señorita se hizo religiosa».
A pesar del trabajo que aumentaba sin cesar, las hermanas tenían contentos a Luisa y a Vicente por su fidelidad a la oración durante dos veces al día, esa oración sin la que es imposible que pueda vivir una hija de la caridad… «Cuando todas no tienen tiempo para pararse a ello después de comer, nosotras hacemos la lectura del punto y después cada una trata de hacer lo que puede mientras va y viene», cuenta una de las hermanas interrogadas en la Conferencia del 17 de noviembre de 1658.
Una memoria de entonces, dice, que en la fundación eran seis hermanas que, bajo la mirada de Dios, prestaban sus cuidados con alegría. Había entonces unos sesenta o setenta locos y la enfermería tenía 18 camas: cuatro de hombres y catorce de mujeres. Muy pronto la enfermería creció. Para el lector, acostumbrado a leer que en París, antes de 1789, los enfermos se acostaban cuatro o seis en la misma cama, tendrá interés recordarle que en el manicomio las enfermerías tenían ya ciento cincuenta pequeñas camas en esta época.
La fidelidad de las hermanas fue recompensada por la duración de la obra durante los años de la revolución: ellas consiguieron no tener que abandonar el establecimiento. Despojándose solamente de sus vestimentas religiosas, continuaron dándole a los pobres sus cuidados y sus consuelos.
Solicitud de Luisa
Sus sufrimientos personales habían hecho meditar a Luisa de una manera muy especial sobre la significación divina de la enfermedad. Las advertencias que dirigía a sus hijas que se hallaban junto a los que sufrían estaban impregnadas sin embargo, no sólo de un espíritu sobrenatural sino de un sentido práctico que a nosotros nos gusta llamar moderno. Una vez más vemos la importancia que da a la limpieza.
«No sé si usted tiene la costumbre de lavar las manos de los pobres, escribe, a una de las hermanas. Si no lo hace, yo le ruego que se acostumbre a ello».
A otra le pregunta si «hay sábanas en las camas de sus enfermos…» y «Mas tiene usted limpias?». En su propio relato del establecimiento de las hijas de la caridad en el hospital de Nantes, a donde ella las condujo, Luisa constata haber pedido «lo necesario y la limpieza» para el acomodo de los enfermos. Después de su muerte, sus hijas contaban que ningún detalle referente al alivio de los enfermos escapaba a su solicitud.
Aunque su correspondencia no proporciona los detalles de la instalación de las hermanas en el manicomio, es muy probable que éstos coincidieran con las mismas advertencias que Luisa dio a las primeras enfermeras al servicio de los locos. Lo que es cierto es que ya pensaba en su miseria desde hacía tiempo: diez años antes, aproximadamente, de haber colocado allí a sus hijas, se le oye decir que ante la idea incluso de este establecimiento del manicomio, ella lo «deseaba para ella misma».
Si los documentos callan también sobre las visitas que hizo a las hermanas que cuidaban a estos pobres afligidos, nosotros sabemos que estaba muy al corriente de todo lo que allí pasaba. Todos sus esfuerzos tienden a mantener en la casa la paz y la unión necesaria entre todos los que comparten el servicio.
Tras un malentendido entre el cura de la parroquia, capellán del manicomio, y sor Ana Hardemont, superiora de las hermanas, a propósito de los enfermos, ésta escribía a Vicente de Paúl para pedirle cambio de confesor. El santo le concedió su deseo pero solamente después de que le presentase sus excusas, y que su caridad se esforzase por agradar al capellán.
Algunos señores del «Bureau», que se habían enterado del asunto, hicieron saber su disgusto, en la reunión siguiente, al capellán que creían estaba equivocado.
Pero Luisa se interpuso a la acción de los administradores:
«En el nombre de Dios, señor, escribe al señor Béguin, miembro del «Grand Bureau des Pauvres», yo le suplico humildemente que impida que esto se haga, debido al respeto que debemos al carácter y a la virtud del señor capellán, por la que nuestra hermana ha sido tan frecuentemente edificada, y nos la ha atestiguado tantas veces. Le pido muy humildemente perdón, señor, por tomarme esta libertad. Al escribirle, pienso, usted lo conoce mejor que yo, que todos los señores maestros conocen bien la necesidad que tienen de mantener su autoridad para la gloria de Dios y el bien de las almas que se ha encomendado a su cuidado».
Luisa concluía, afirmando que «si ocurría la menor desgracia a esta persona que nosotros debemos respetar, nos veríamos obligadas a retirar a nuestras hermanas».
Pareció necesario en la práctica, por otra parte, según el parecer incluso de Vicente de Paúl, quitar a la superiora. El puesto no era nada fácil. Sabemos estos detalles por la interesante biografía de sor Nicolasa, uno de los pilares de la fundación.
Una de las primeras hijas de la caridad en el servicio a los enfermos mentales
Ella no llegó allí, en la flor de la edad, sino al contrario, ya entrada en años, para acabar sus días en medio de estos pobres a los que había amado tiernamente.
Hija de Juan Boquet y de Magdalena Lequin, que vivían en la ciudad de Créque, diócesis de Lyon, sor Nicolasa fue admitida en la comunidad de las hijas de la caridad por la misma fundadora, el 25 de junio de 1649, e hizo sus primeros votos el 17 de septiembre de 1654. Murió al servicio de los pobres locos, en el hospital del manicomio, en París, el 17 de febrero de 1703.
Avanzada en edad cuando fue destinada al servicio de los pobres enajenados, «desempeñó perfectamente su trabajo, según testimonio de la superiora, y con más celo y fervor que el que se podía esperar de una persona de su edad». Herida muchas veces y fuertemente maltratada, «lejos de mostrar algún resentimiento, estaba encantada de recibir sus malos tratos» y repetidas veces expresaba el deseo de morir prestándoles servicio.
«Desde el primer año que estuvo allí, continúa el relato, Dios le envió una hermosa ocasión de ejercitar su caridad con un pobre loco que nos trajeron, que tenía una pierna medio podrida y casi llena de gusanos. Estaba afligido por esta llaga desde hacía mucho tiempo: hacía tres años que estaba como pensionista en casa de un particular, donde había sido tratado por cirujanos que le habían aplicado todos los remedios imaginables, pero sin ningún efecto, porque se pensaba que su llaga era incurable; y tan pronto como llegó, fue visto por el cirujano de esta casa, al que muy pronto le repugnó curarle, así como al estudiante por causa de su gran infección. Uno tras otro lo abandonaron sin querer volvérsele a acercar. Sor Nicolasa, al ver esto, se prestó ella misma para tratarlo con tanta ternura y confianza en Dios, que con pequeños remedios comunes e inocentes de los que se sirvió, lo curó perfectamente en muy poco tiempo.
Nosotras le hemos visto hacer otras curas semejantes; porque era siempre ella quien curaba y cuidaba a esta pobre gente, aunque ya estaba entrada en años. Desde su llegada comenzó a velar durante la noche a los enfermos que había a su alrededor, igual que las más jóvenes, e incluso se las componía para velar con más frecuencia que las otras, para aliviar a sus hermanas compañeras. Ella las instruía, les enseñaba a sangrar, a curar las llagas, y a preparar los remedios: trataba de enseñarles todo lo que sabía a fin de hacerlas capaces de servir bien a los pobres…».
¿Y después?
¿Cuántos centenares de hijas de Luisa de Marillac se han santificado tras ésta y han santificado también a sus pobres enfermos en los cinco continentes? Esto sólo lo sabe el Eterno, pero rebuscando al azar encontramos que en el siglo XVII sor Juana Lévéque se pasó cuarenta y tres años al servicio de los enfermos en el hospicio de San Nicolás de Metz. De éstos, veintidós los dedicó «al cuidado de los locos en los calabozos, pobres seres cuyo carácter ingrato y mala conducta hacían penoso el cuidarles, y a esto se unía a veces que tenían males repugnantes, como escrófulas, epilepsia y otras enfermedades incurables».
En el siglo XIX, en Estados Unidos, sor Matilde Coskerey, quien había sido bien instruida en su juventud por la fundadora americana, madre Seton, y por la dirección de monseñor Bruté de Remur, se adjudicó innumerables méritos al ocuparse de los enajenados. A una hermana joven, poco experimentada, que le confesó: «Soy joven pero tengo buena voluntad para aprender a cuidar a los locos», le sonrió amablemente y le aseguró que era todo lo que hacía falta tener. Antes de dar un deber que cumplir, tenía la bondad de explicar a la hermana, detalladamente, lo que hacía falta decir o hacer, y sus advertencias concluían ordinariamente como las de Luisa de Marillac dos siglos antes: «Obra sólo por Dios; acostúmbrese a verlo en sus enfermos, y no haga caso a sus preferencias. Siempre que pasaba por las salas, tenía una buena palabra que decir. «Cuidad bien esta tisana, le dice un día a la hermana de servicio, acordándoos de que es por Nuestro Señor por quien lo hacéis».
En el siglo XX
El famoso hospital de locos de Baltimore, en el que sor Matilde prestó sus servicios, ha recibido, en 1949, el nombre de Instituto Seton. Se inauguraba un curso para la formación de psiquiatras católicos. La jerarquía de Estados Unidos, horrorizada por la filosofía materialista subyacente en la formación de los psiquiatras en las escuelas no confesionales, se dirigió a las hijas de la caridad para la fundación de este centro de estudios psiquiátricos. La historia de 1655 se repetía en otro continente, y las palabras de san Vicente perduran aún:
«Los señores del Grand Bureau han pensado que, para la buena marcha de esa gran casa de los pobres locos, es necesaria la presencia de las hijas de la caridad».
La dedicación a los pobres enajenados continúa, a la manera de los santos fundadores de la comunidad, en todos los continentes. Así, una chica que volvía de Tierra Santa, contaba sus impresiones en 1952:
«Después de los Santos lugares, ¿qué he visto que me haya parecido más hermoso? Pues bien, ha sido la hermana de los locos en X…, aún llora a sus enfermos muertos durante los bombardeos, como lo haría una madre con sus hijos».
Cuán profunda y alentadora es la reflexión de una buena hermana que en un lecho de enfermería, ofrece sus sufrimientos y sus oraciones por sus compañeras y sus enfermos:
«El servicio a los locos, vedlo, es lo más bello que existe, porque nuestros pobres locos son víctimas: reparan por el orgullo humano, y servirlos, es reparar nosotras también».
Hijas dignas de Luisa de Marillac y de Vicente de Paúl, pueden repetir con ellos:
«Bendigamos a Dios y démosle gracias por destinarnos al cuidado de esta pobre gente, privadas de sentido y de responsabilidad sobre su conducta; porque, al servirlos a ellos, nosotros vemos y palpamos cuán grandes son las miserias humanas; y por este conocimiento nos hallaremos más apropiados para trabajar útilmente en favor del prójimo, desempeñaremos nuestras funciones con tanta más fidelidad cuanto que sabremos mejor por nuestra propia experiencia lo que es sufrir».







