La inmensa región de Texas, después de guerras interminables, había sido anexionada a los Estados Unidos en 1836. La Santa Sede, preocupada de las necesidades religiosas de aquel país, había confiado a los Lazaristas el cargo de restablecer y de desarrollar nuestra Santa Religión. El Sr. Odín fue nombrado Vice-Prefecto apostólico, lo cual le obligó a salir de Barrens y dejar las misiones emprendidas con tanto valor y continuadas con tan generosa perseverancia.
Había trabajado por espacio de casi veinte años en la Alta Luisiana bajo una protección especial de la divina Providencia. Pues allí era donde había conocido su verdadera vocación; esos eran los lugares testigos de sus primeras emociones al entrar en el territorio de América; allí la cuna de su formación en la vida religiosa, en el espíritu de San Vicente de Paúl.
Y después, ¿cuál había sido su vida en ella? El profesorado, la dirección del Colegio y del Seminario, los cuidados materiales y las responsabilidades morales, sus misiones tan peligrosas entre los salvajes, todo, en fin, alegrías y penas, ensueños de apóstol, ardor de la juventud, con- quicios de misionero, sacrificios que habían cansado la naturaleza; para él, todo se hallaba reunido en aquella tierra de la Luisiana, y anejo a su atmósfera, a sus bosques y a sus riberas.
«No sin pena — escribe él mismo — dejé el Missouri; aquello era salir segunda vez de mi patria y separarme de un pueblo al cual había llegado a cobrar mucho amor y cariño, y de los establecimientos florecientes que había visto nacer. Afectado de esos sentimientos, partió el Sr. Odín para Texas el día 2 de Mayo de 1840, acompañado de los Sres. Estany y Calvo y de un hermano Coadjutor. El viaje se hizo en un baroto por el Mississipi hasta Nueva Orleans, y desde allí por mar, hasta el primer puerto de Texas. Oigámosle refiriendo los incidentes de su travesía.
«Pocos días después de nuestra salida de Missouri experimentamos de una manera sensible la protección especial de la Providencia, escapando, casi por milagro, de un espantoso huracán que causó inmensos destrozos en Natchez; el viento rompía las gruesas cadenas, desmoronaba las casas más sólidas y sumergía los barcos de vapor; nosotros distábamos solamente un cuarto de milla de la región que recorría el azote formidable. Las ramas de los árboles que se llevaba el viento venían a caer al pie de nuestro batel, y ciertamente nos habríamos hallado en el mayor peligro si, por distracción del piloto, no nos hubiésemos visto obligados, por la mañana, a volver atrás, para dejar en tierra unos pasajeros, cuyo lugar se le había pasado. ¡Qué espectáculo tan triste se ofreció a nuestra vista cuando, algunos minutos después de la tempestad, llegamos a Natchez! Casas derribadas, bateles y falúas rotos o sumergidos, cadáveres tendidos acá y acullá en las calles, o nadando sobre las olas, hombres mutilados agonizando bajo los escombros: ¡qué escena tan desgarradora! Después de haber prestado todos los socorros que nos fue posible a las infortunadas víctimas que habían escapado de la violencia de la tempestad, continuamos nuestro viaje, muy agradecidos por una protección tan singular de la divina Providencia.
Llegados a Nueva Orleans, el Sr. Odin y sus compañeros se vieron obligados, por falta de navío, a esperar mesy medio; y hasta el 12 de Julio, más de dos meses después de su partida, no llegaron a Linnville. «Nuestra travesía, dice, aunque de corta duración, fue bastante penosa, por razón de las calmas abrumadoras que tuvimos en el golfo de Méjico, del ardor insoportable de un sol abrasador y del reducido local donde estábamos amontonados 130 pasajeros».
Desembarcan en Linnville, pequeño puerto sobre el golfo de Méjico, y ya los tenemos en Texas.
Texas, situado entre 26° y 35° de latitud, 93°,30 y 162° de longitud, estaba reconocido como Estado independiente de México, como hemos dicho, y formaba parte de la Confederación Americana. La historia de su anexión a la grande República no es menos útil a nuestra narración que curiosa. En 1803, deseando el Gobierno de Washington poseer las dos riberas del Mississipi, compró la Luisiana a la Francia. Desde aquel momento empezó a suscitar a la España, a propósito de fronteras, dificultades que duraron hasta 1819. Aquel mismo año, los americanos, al mando del General Long, penetraren en Texas é intentaron apoderarse de Nacogdoches, siendo rechazados con pérdidas. Sin embargo, no perdieron la esperanza de lograr su pretensión. El Gobierno de Méjico había dado a uno, llamado Moisés Austín, la autorización de establecerse en Texas con trescientas familias de colonos. Esos colonos debían ser católicos y jurar fidelidad al Rey y a las leyes. La República, proclamada en México el 14 de Abril de 1823, extendió sus libertades, y muy pronto ochocientas familias americanas, pertenecientes a varias sectas y a todas las clases de la sociedad, llegaron a Texas.
Una ley mexicana concedía además, por espacio de siete unos, una franquicia de todo impuesto a los colonos de Texas que habían llegado de Europa o de los Estados Unidos, con lo cual muy pronto se vio que acudían millares de aventureros que, no queriéndose aplicar al trabajo de laagricultura, buscaban su fortuna ejercitándose en contrabandos en las fronteras; por donde se ve lo fatales que fueron aquellas libertades. Organizáronse complots, de los cuales fue el principal fautor un miembro de la familia que más favores había recibido. En efecto, John recorrió el país para lograr de los habitantes que proclamasen la independencia de Texas, y cada día llegaban de la Nueva Orleans goletas cargadas de armas y municiones. Los mexicanos fueron atacados en los distritos de Ahahna y de Nacogdoches, perdiendo sus armas, hasta el punto de que al fin del año 1831 los americanos hasta habían establecido un gobierno provisional en Brazoria.
Ese estado de cosas duró hasta el año 1835, época en la cual los aventureros venidos de los Estados Unidos tomaron las armas, al mando de Samuel Hourton, nombrado Presidente de la futura República, y se apoderaron de San Antonio de Bexar el día 15 de Diciembre, viéndose el General D. Martín Cos, que defendía la ciudad, obligado a capitular y a retirarse a Loreda sobre el Río-Grande. La guerra continuó con infortunios, y el II de Mayo de 1836 se había firmado, una Convención y proclamado la independencia de Texas. Esta independencia fue reconocida por Inglaterra, cosa que causó mucha extrañeza, por Francia, que se apresuró a enviar un Representante en la persona del Sr. de Saligny, y, como era natural, por los Estados Unidos, a cuyo favor se había hecho la guerra. Más aún: puede decirse sin reparo que los Estados Unidos fueron los que cometieron aquella indignidad. Tenemos el testimonio del valiente y célebre americano H. Clay, que escribía a Channy en 1837 esta carta, tan graciosa como sincera: «Hay crímenes que, por su enormidad, tocan a lo sublime; los tiempos modernos no ofrecen un ejemplo de rapiña hecho por individuos en tan larga escala. La toma de Texas es el principio de las conquistas que, a no intervenir una justa Providencia, no se detendrán hasta el istmo de Darien». Tal era la situación general de Texas, que había llamado la atención de la Santa Sede.
Pero esto se verá más claro por la relación que hace de ella el Sr. Odín:
«Las tierras, en general — escribe—son allí de una excelente calidad, y ningún partido de la América posee bosques tan vastos ni pastos tan ricos y abundantes. Muchos son los ríos que riegan el país; sin embargo, hay pocos que sean bastante largos y profundos para la navegación. La cifra exacta de la población actual no es todavía bien conocida; no obstante, dícese comúnmente que no debe exceder de cuarenta mil almas, entre las cuales se cuentan unos diez mil católicos». Después de este golpe de vista general, la narración nos conduce al país, cuya situación moral y religiosa vamos a presentar circunstanciadamente.
«Desde Linnville, pequeño puerto de mar, donde nos embarcamos — continúa el Sr. Odín — nos trasladamos a Victoria. Esta ciudad, fundada en 1825, fue muy pronto habitada por ciento treinta familias mejicanas; pero en 1835, habiendo la guerra desolado el país, se dispersaron los habitantes. Victoria, sin embargo, empieza a poblarse de nuevo; además de algunas familias mexicanas que han vuelto, se cuentan allí cerca de cuatrocientos habitantes, la mitad de los cuales profesan la Religión católica. Victoria posee una pequeña iglesia de madera, pero abandonada desde hace ya cinco años, hallándose en un estado indecoroso, muy impropio para celebrar en ella los santos misterios. Habiéndonos un vecino del lugar ofrecido su casa, la aceptamos de buena gana, por lo que todos los habitantes se dieron prisa a asistir a los divinos Oficios y a las instrucciones; dejéles para esto al Sr. Estany, encargándole además la visita de los católicos de Coleto, de Bahía, Lamo, Live Oak, del Ranchío, de Don Carlos y de los que habitan a lo largo de río Labaca, en número de ocho o novecientos. Lo lejano de esos diversos lugares le dará mucha ocupación y será causa de que su trabajo sea bastante penoso».
Desde Victoria, el Sr. Odín se va a San Antonio con el Sr. Calvo y el hermano Coadjutor. La distancia no es larga (154. millas), pero las numerosas bandas de salvajes coman ches y tonakamies, que recorren sin cesar el país, hacen el camino por extremo peligroso.
«No se puede— continúa –emprender el viaje sin evidente peligro de muerte, a menos que sean un número suficiente para intimidar a aquellos indios. Nos juntamos, pues, a un convoy de veintidós carretas que llevaban allí unas mercaderías. Todos nuestros compañeros de viaje iban bien armados; mas si, por una parte, el número nos aseguraba contra los ataques de los salvajes, por otra ¡cuántas miserias y cuánta tardanza no tuvimos que experimentar en nuestra marcha!
El calor era excesivo, y en las inmensas praderas que habíamos de atravesar apenas se encontraba un árbol a cuya sombra pudiésemos disfrutar de un instante de descanso.
Por la tarde, cerca de la puesta del sol, nos poníamos en marcha; pero muchas veces, apenas habíamos dado algunos pasos, cuando descomponiéndose uno de nuestros vehículos, era preciso detenernos y pasar una parte de la noche en componerlo.
Esos accidentes sobrevenían algunas veces lejos del agua; para encontrarla debíamos recorrer la pradera, quedando contentos cuando, después de muchos afanes, hallábamos un pequeño agujero en el cual podíamos disputar a las ranas un agua lodosa y desagradable. Nuestras provisiones no eran muy abundantes que digamos, y las compartíamos con nuestros compañeros de viaje, peor provistos todavía que nosotros. Así es que el hambre no tardó en hacerse sentir; entonces tuvimos que recurrir a la caza, con peligro de provocar a los salvajes con el ruido de los tiros. La calentura atacó también a nuestras filas; yo mismo tuve algunos accesos de ella, pero algunas medicinas de que me había provisto, por fortuna, nos restituyeron poco a poco la salud.
El pequeño alivio que procuraba a nuestros pobres enfermos me adquirió una reputación que en adelante me creó muchas dificultades; porque luego que nuestros buenos carreteros me dieron a conocer con el nombre de Padre que sabía curar las enfermedades, todos los enfermos vinieron a consultarme. Muchas veces, durante el viaje, el grito de ¡los Indios!» puso en alarma a nuestra comitiva y la hizo correr a tomar las armas; pero fuese que nuestro número intimidase a los salvajes, fuese que nosotros hiciésemos poco caso de ellos, llegamos el 30 de Julio a San Antonio sin novedad, gracias a la divina Providencia, que vela de un modo especial sobre nosotros.
San Antonio, que ha alcanzado tan grande desarrollo y que ha llegado a ser Sede episcopal, se componía ya en 1840 de una población de 10.009 almas, siendo actualmente la más poblada de las ciudades de Texas. fue fundada por los españoles venidos de las islas Canarias; tiene algunas casas de piedra, y las demás son pequeñas cabañas cubiertas con juncos. «La ciudad—continúa el Sr. Odín — confina al Este con la ribera de San Antonio, al Oeste con un pequeño arroyo, y el centro lo atraviesa un canal, hecho hace tiempo por los indios bajo la dirección de los Misioneros, y cuya abundante agua lleva la fecundidad a todas las huertas. Nada hay tan hermoso como el valle de San Antonio, siendo su clima agradable, el aire puro y saludable, el terreno rico y fértil; en fin, todo contribuye a hacer de él un lugar delicioso, sin hostilidades ni agresiones de salvajes, los cuales, hasta el presente, no se han dedicado a explotar un país cuyas riquezas serían inmensas.
Desde su fundación San Antonio ha estado siempre expuesto a los ataques de los comanches y tonakamies, tribus numerosas, crueles y al mismo tiempo antropófagas. Esta población ha sido además teatro de guerras frecuentes y desastrosas, siéndole su independencia de Texas particularmente funesta.
Muchos años han de pasar hasta que este desgraciado país pueda reponerse de sus ruinas; no hay familia que no tenga que llorar la pérdida de un padre, de un hijo, de un hermano, de un esposo, cruelmente degollados por los comanches, ni se pasa mes alguno en que estos salvajes no vengan a traer la perturbación y el espanto y causar grandes daños a los hombres que se encuentran en los caminos, y a los animales que andan por el campo; así es que la pobreza es extrema; y cuando se tiene el consuelo de tener algunos recursos, se encuentra gran satisfacción en poder socorrer a tantos indigentes y necesitados».
Todas las ruinas causadas por la guerra contristan al corazón del Misionero, y los males morales desconsuelan su alma. El Sr. Odín añade:
«Apenas se conservan algunos vestigios de cristianismo en este país. En el espacio de catorce años no se ha presentado persona alguna al Tribunal de la penitencia, todas las funciones del ministerio se reducen a bautizar los niños, enterrar los muertos y celebrar los matrimonios. Las costumbres corresponden a la ignorancia en que se encuentran estas almas redimidas con el precio de la Sangre de Jesucristo».
Estas son las expresiones que hacía brotar del corazón de este verdadero Misionero el estado desconsolador que refiere, y que era resultado de la indolencia de dos malos Sacerdotes encargados de la salvación de estos pueblos católicos, y cuyas costumbres eran deplorables. No obstante, estos indignos ministros gozaban del respeto debido al carácter sacerdotal, a pesar de su vida irregular y escandalosa. La fe de las poblaciones había sabido distinguir en el hombre al Sacerdote de Jesucristo.
Aunque con pena y sentimiento, la necesidad obligó al Sr. Odín a tomar las medidas oportunas para cortar de raíz el mal. Estas medidas se imponían necesariamente, como se puede juzgar por sus palabras: «Extranjero desconocido, el primer acto de mi misión debía ser poner en entredicho a dos hombres nacidos y distinguidos en el país y unidos con muchas familias. Me abandoné a la divina Providencia y me resolví, aun con pérdida de mi vida, a llevar las cosas al mejor estado que fuera posible.
El Cielo me favoreció visiblemente: el domingo, después de nuestra llegada, predicamos en español é inglés, con consentimiento del Cura, delante de un numeroso auditorio que la curiosidad de ver nuevos Padres había atraído a la iglesia, hasta entonces casi siempre desierta los días de fiesta. El lunes me dirigí a la casa del Cura, le mostré las Letras de la Santa Sede y le pedí las llaves y los registros de la iglesia. Se sometió, aunque sin duda con repugnancia, y pocos días después fue arrestado y conducido por una escolta a Austín, para dar cuenta de una correspondencia secreta que había tenido con los jefes del Gobierno mexicano».
El cuidado de los niños, la visita de los enfermos, el celo desplegado en los actos todos del ministerio, ganaron bien pronto la confianza de los habitantes. Sin embargo, este feliz resultado afligía por sus sucesos mismos el alma del santo Misionero: pensaba sabiamente que las obras de Dios descansan sobre las penas y sacrificios. Una cruz ha salvado al mundo: sólo la cruz santificará las almas.
Los abusos estaban demasiadamente arraigados por las costumbres, de modo que no se podían extirpar sin atraer una verdadera tempestad. «Todo se arreglaba con dinero– dice el Sr. Odín.—Se podía tocar las campanas para celebrar la victoria de un caballero, para el entierro de un protestante, o de un infiel, etc… . Cierto día un protestante, célebre por sus hechos militares, murió, y se pidió tocar las campanas; me opuse con firmeza. Las leyes de la Iglesia están muy claras y me dictan la conducta que debo seguir. Al desenfreno de todas las pasiones, a las injurias y libelos, opuse la firmeza, sin apartarme un punto de la mansedumbre y caridad evangélica. El furor se calmó por sí mismo,
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luego que se vid que no tenía otras leyes que las de la Iglesia y que no había nada de personal en mi oposición.
Poco después, la administración del Sacramento de los Santos Óleos hecha a un enfermo causó grande impresión a esta gente, en quienes la fe sólo estaba adormecida; la iglesia se llenaba toda durante las dos Misas, todos los niños acudían a la explicación de la doctrina cristiana, fueron muchos los matrimonios rehabilitados, las conversiones numerosas, y para poner el sello a la sinceridad de la reformación de sus costumbres, abandonaron generosamente los juegos peligrosos, por los que este pueblo era apasionado.
Tal fue el fruto de tres meses de permanencia en San Antonio. Estaba manifiesta la obra de la bendición divina. El Sr. Odín continuó su marcha a lo largo de la ribera de San Antonio, y a su vuelta no pudo permanecer sino muy poco tiempo en Gonzáliz y Victoria, donde se hallaban algunos miles de cristianos. Al recorrer la ribera Labaca, ¡cuáles fueron su sorpresa y alegría al encontrar setenta católicos que formaban parte de la Parroquia de Barrens! «Me causó mucho consuelo–escribía—el verme en medio de antiguos conocidos, y sobre todo al convencerme que estos fieles nada habían perdido de su fe y piedad primitivas, aunque privados de los auxilios de la Religión, después de su llegada a Texas. Todos se acercaron al santo Tribunal y tuvieron la dicha de recibir la Sagrada Comunión; no pude estar con ellos más que una semana».
Bien hubiera querido estar más tiempo entre sus queridos neófitos, lo que era muy grato a su corazón y conveniente a su salud; pero el apóstol no se pertenece a sí mismo, sino que va siempre doquiera existen necesitados, pues hay muchas almas que están esperando su llegada y que se regocijan de su paso.
CAPÍTULO XIII
Austin. — El Sr. de Saligny. — Galveston.— En marcha para Houston.— Los salvajes: lo que eran al empezar el siglo XIX: lo que han llegado a ser. — Resultados obtenidos entre los católicos.
El Gobierno de Texas, que trataba de consolidarse, estableció su residencia en una pequeña villa que apenas acababa de fundarse y que tomó el nombre de Austin, el del conspirador americano que con su habilidad é intrigas había sublevado a los colonos é indígenas contra México. El Congreso tenía sus sesiones. El Sr. Odín quiso obtener de él el reconocimiento legal de sus poderes apostólicos y la confirmación de los derechos de los católicos sobre las iglesias que poseían bajo el Gobierno de México. Allí se encontró con el Sr. de Saligny, Ministro del Gobierno francés, y no pudo menos de alabar su proceder. «No sabré, escribía, cómo expresar todo lo que tuvo la bondad de hacer por mí. No contento con haberme hospedado en su casa, se ha dignado además apoyarme con todo su crédito en bien de la Religión. Los señalados servicios que ha prestado a la naciente República le han conciliado la estimación general y ganado la confianza y benevolencia de las poblaciones, y se juzga dichoso en poder ayudarme en mis empresas. Ha hablado por sí mismo, a los diferentes miembros del Congreso, de la justicia de mis peticiones, y ha conseguido por su perseverancia y esfuerzos la sanción de mi demanda. Bien puede decirse que su grande sacrificio por la causa de la Religión le ha hecho acreedor a nuestra más vivo reconocimiento».
(Queda incompleto)
Tomado de Anales Españoles, tomos I-II. 1983-1984








